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31 diciembre 2014

Un rato por Madrid

Existen costumbres que se pegan a la piel como lentigos y se pronuncian como las arrugas, más cada año que pasa. De vez en cuando acomete el ansia por recorrer, una vez más, las viejas urdimbres de la propia memoria. Y, entonces,  a uno, como otras veces, le da por irse a deambular por Madrid.
La mirada, esa mirada individual capaz de ver el tiempo, empieza a bifurcarse apenas uno sube al tren de cercanías que ha de llevarle a la Estación de Atocha.
Mira, con un ojo extraviado, al recuerdo de la primera vez. Y le cae al viajero el manto dulce encima de la emoción simple de niño, cuando un pariente le llevó a Madrid en tren.
- No saques la cabeza por la ventanilla, que se te van a meter carbonillas en los ojos.
Y el viajero novel, obediente y dócilmente atrapado por la magia del monstruo de vapor, se sentaba en el banco de madera del vagón con la nariz pegada al cristal, y con el aliento contenido, para que la atención no se le disipase ni un segundo.
Ahora, mira con el otro ojo, el que tiene ya una lente graduada por los años, desfilar el paisaje viejuno, hoy tan desdibujado. Nuevas estaciones, incluso nuevos pueblos nacidos de centros comerciales, muchas urbanizaciones, pocos eriales, cientos de empresas, miles de obras y una sucesión interminable de pintadas que no dejan libre un palmo de hormigón en el camino. Signos voraces de otro tiempo que aturden y abruman al viajero.
Y, sin embargo, todos esos grises estímulos de hoy, repetitivos, planos, e incluso tan tecnológicos como útiles, no pueden con el recuerdo poderoso, sorprendente, claro, polícromo y vivaz de aquella virginal primera vez.
La Estación de Atocha era entonces la boca de entrada de Madrid. Para el viajero indolente, que abomina del coche y sólo va a Madrid por añoranza, lo sigue siendo. Y, nada más llegar, se apercibe desde ella del aliento de la ciudad, que no es puro, que es una mezcla intemporal, algo así como un tufo que se percibe muy bien en las grandes estaciones. El abigarramiento de cosas y personas da, bajo las grandes carpas metálicas y acristaladas de Atocha, un anticipo inquietante de lo que la ciudad puede ofrecerte. De lo que, quizás, todas las grandes ciudades, satinadas de historia, pueden ofrecer: el hálito del lobo joven y la quimera de la leyenda vieja. La mezcla del fedor de siempre, de los olores cotidianos, de los aromas más inesperados e, incluso, de los perfumes irrepetibles y fugaces, casi imaginados.
El hogaño es una fiera que persigue al antaño sin piedad y se apodera  de los jóvenes sobre los que, desprevenidos de pasado, siempre reina. Pero fenómeno contrario acontece en los viejos, en cuyas almas el antaño se atrinchera y se defiende con toda la venenosa saña del recuerdo. Antaño y hogaño, murgaños ponzoñosos que se odian y que, con desequilibrantes resultados, se devoran mutuamente sin parar, sin darse descanso, en las almas cándidas de los seres humanos, siempre desprevenidos ante el tiempo.
Pega el sol en la Glorieta de Atocha y los negros, desparramados en su semicírculo, ofrecen baratijas y discos en sus mantas. Alguien da el queo y, a grandes zancadas, cuando no corriendo, todos desaparecen veloces con sus hatillos a la espalda. Correr en África, correr en las fronteras, correr en Madrid, correr siempre… Efectiva debió ser la maldición con que Noé postergó a los camitas, que, por lo que se ve, aún no ha prescrito. Ni trazas lleva.
Los bares antiguos de la esquina de la calle de Atocha han desaparecido o cambiado de nombre y, ahora, pertenecen a cadenas que, como en el textil, tampoco faltan en la hostelería. Y hasta las churrerías pertenecen a cadenas y sus masas para churros y porras son ya masificadas. Las franquicias triunfan por doquier como modernas prelaturas de los anónimos pontífices de la economía. Amén.
¿Cuántos años hará? Siempre aparezco en el mismo lugar. Una pensión antigua de un asturiano que está en la calle Atocha, esquina con Santa Ana. Una reliquia de cuando toda la calle estaba llena de pensiones y restaurantes económicos para atender a la demanda de todos los que venían a Madrid a sus pequeños trapicheos o gestiones. Cuarto piso y escaleras estrechas y empinadas de madera.
-Ya podías poner ascensor.
-No jodas. Pero si por estas escaleras las manolas les tiraban agua hirviendo a los gabachos. Si toco la estructura de la casa se raja por los cuatro costaos.
Dejo el poco equipaje. Subo perezosamente por la calle Atocha. Llego a la pequeña plaza de Antón Martín y por la calle de la Madalena me voy a Tirso de Molina. La plaza triangular alberga a otra pequeña tribu de saltimbanquis, malabaristas y vagabundos de guitarra, caja de vino y perros. Piden, pero sin mucho interés. Están contentos y a lo suyo. Ríen y bromean y yo me hago la ilusión de que tal vez pertenezcan a una ONG subvencionada para el disfrute de transeúntes y desocupados.
Es hora de comer. Recuerdo que en la plaza, sobre un bar, hay un buen restaurante: el Asador El Frontón. Pero, al levantar la vista, veo que ahora se llama Aritmendi. Malo. Los cambios de dueño, en la hostelería acreditada, raramente son para mejor.
Las chistorras, bien; las anchoas, bien; el rape, de primera, pero una ensalada que llaman, creativamente, de la selva, con adición de inciertos despojos rebozados, caramelizados y crujientes, es para decretar prisión sin fianza al cocinero.
Me llama la atención la carta, como me la va a llamar en los demás restaurantes que visitaré. Está en castellano, debajo subtitulada en ruso y, más abajo, vuelta a subtitular en inglés. No cabe duda, está volviendo a España el oro de Moscú.
Tras comer, doy un paseo. Subo a la plaza de Jacinto Benavente. Las viejas prostitutas ajadas que, no sé la razón, suelan guardar las esquinas de esta plaza, siguen en sus puestos como veteranas centinelas prestas al servicio. Siempre fieles.
Sigo por la calle de la Bolsa y me percato de que El Viejo Madrid, una taberna castiza con organillero vestido de chulapo, ha desaparecido y, ahora, es una tasca más, que se llama Olé. Son pequeños detalles que uno va echando en falta.
Llego a la plaza de la Santa Cruz y a la de la Provincia. Siempre me agrada el aspecto vetusto, pesado del Ministerio de Asuntos Exteriores y el dintel de su puerta principal con alguna dovela descentrada. Fue cárcel y del Palacio de Santa Cruz, hoy ministerio, algunos salieron para ser ejecutados públicamente en la plaza Mayor. Hoy, toda esta zona centro de Madrid, es lugar de turismo y jolgorio, pero imagino que en siglo XVII debía imponer lo suyo la severidad del paraje, desde el que se dirigía en gran parte el destino del mundo. Y es que, a veces, cuando uno camina despreocupadamente por ciertos lugares, no puede evitar contagiarse del miedo que esas piedras inspiraron en su día. Y hablo, en conjunto, de esa zona que galanamente mostramos al turismo como el Madrid de los Austrias.
No entro a la plaza Mayor pues está atiborrada de gente, de puestos navideños, de mimos disfrazados de estatuas, de estridencias. Y huyo, de tanto bullicio, hacia la plaza del Ángel y la de Santa Ana.
Pese al frío, hay terraza. En cada silla uno tiene una pequeña manta y, sobre ellas, reflectores eléctricos de calor. Sé que sentarse en cualquier terraza de la zona centro es amonarse para que los pedigüeños le tengan a uno a tiro fijo. Pero lo entiendo porque hasta los pájaros tienen que vivir.
No me equivoco y enseguida van viniendo. Ya se dirigen a los de la terraza directamente en inglés. El nivel cultural de este personal, entre artesano, vendedor, fingidor, mendicante y sempiternamente buscavidas, ha mejorado mucho. Parece que la vida de calle es más efectiva para el aprendizaje de otras lenguas que las denostadas leyes educativas del gobierno. Pero claro, tampoco es cuestión de que se incluyan, en el currículum de la enseñanza primaria, varias horas a la semana de mendicidad, venta de baratijas o de flores. Aunque es mejor no dar ideas.
De vuelta a la pensión, bajé la calle de las Huertas, testigo de bonitas juergas trasnochadoras de años más mozos. Y por la calle del León regresé a la de Atocha. Subí los tramos de escaleras, deleitándome en el crujir de la madera. El asturiano me abrió la habitación y, tras echarme en la cama, pensé en Madrid de mil maneras:
Madrid morada muda, mansión mínima, mojarrilla menuda, manceba mentirosa, mansa monjita mística, maciza mantenida, madama manejable, morita misteriosa, mulata miracielos, melosa morenita, modelo mondacimas, meretriz madurita, muchacha mimosa, multirracial, mestiza, madrastra mustia, memita marchosilla, mendiga macilenta, mendaz mosquita muerta, matrona, morosa, mímica, maliciosa, mariposa maligna, maja mohína, magma malévolo. Mantienes mil malhadadas musas. Madrid, madre molestadora, mezquina muela mezcladora, mafiosa mascarada, monumental majada, ministerial mejunje, moldura metropolitana, madriguera manchega, mondo marjal, museo marchito, mera mensajería marginal, momio municipal, metálico madroño, matonería mermada, morbosos monises, manicomio móvil, monederillo mercantil, mecenas misantrópico, murga macarra. Mantienes, Madrid, mil malos modos. Me mareas. Me machacas. Madrid, mala madrastra.
Y, al despertarme, pensé: tal vez vine sólo a Madrid a echarme una siesta en la vieja pensión del asturiano.

11 diciembre 2012

Ojos tragavacas



Cuando tenía necesidad de irse, buscaba La Senda. Desde el primer mojón del monte tenía la costumbre de volverse y observar el pueblo. Después de tantos años la vista le seguía impresionando. Como otros pueblos, que ya lo fueron medievales, tenía aquél la dignidad callada de esos asentamientos viejos, manteles de la historia de los hombres, de esos lugares cuya figura en la distancia resulta anterior a la memoria.
Era el Mojón Bajero parada obligatoria. Y su ritual de observación se parecía más a una oración callada o al recuerdo de seres conocidos o simplemente imaginados que, sin duda, se habrían vuelto desde siglos atrás para sentir, desde aquel punto, el magnetismo de la villa en la distancia. Perfiles viejos acariciados por idénticas luces en miles de retinas. El Pela, como otras veces, cumplió con el ritual callado de todo el que subía al Marojal.
La Senda discurría entre el camino viejo a La Bodera y la galiana principal, el histórico camino real. De entre los tres, La Senda era el más agreste y descuidado, casi perdido ya, pues, desde hacía muchos años, no iba a ninguna parte porque los caminos que pierden su servicio se quedan sin destino. Son cordeles cortados que no sirven de guía, como no sea a quienes los recorren por buscar el silencio o encontrar la quietud que otros dejaron en ellos cuando la vida regalaba ambas cosas.
Era el camino de las cortas, de los pastores, de los vaqueros, de los carboneros, el que pasaba por los antiguos chozos de piedra derruidos, por las cerradas desmoronadas y por unos parajes silvestres tan abandonados que al Pela le desazonaban.
Tomó el sendero, siguiéndolo más por intuición que por certeza, que le llevaría a la Fuente del Chorrillo, la que nunca se secaba. Pronto descubrió que era más fácil seguir las trochas de los jabalíes. En un año de sequía eran las muestras más fiables de que el manantial cumplía. Así era: de entre las cuatro piedras el agua rebosaba y se remansaba en torno a ellas en una esponja verde de berros, jaramagos y pamplinas, plantas que algunos llaman, con acierto y buen gusto, balsamitas.
De la fronda que rodeaba la balsilla voló, blanca y canela, la lechuza. Haciendo el mismo ruido que una mariposa, se posó en el tocón alto y pelado de un marojo seco y su dorso inmóvil se confundió al instante con el fondo del bosque.
A la izquierda del manantial se levantaba un promontorio plano de menos de tres metros de alto. Varias bocas grandes y sobadas tenían la firma del tejón que, seguramente, dormitaría en lo profundo de la tasuguera esperando las horas oscuras.
El agua hecha cieno y verdín bajaría, en cuanto le diera por llover o nevar, hasta Los Ojos. Era allí donde los esqueletos de unas cuantas vacas yacerían, no se sabe los metros, bajo el espeso lodo. Quién no conocía a algún viejo que no perdiera alguna res golosa tragada por la voracidad traidora y mansa de aquellos aguazales. Y El Pela miró con prevención el paraje, porque uno no podía fiarse de un lugar donde la hierba se tragaba a las vacas y no al revés. Dio un rodeo y sorteó Los Ojos mirando bien donde pisaba, que la tierra que se hace a la carne puede volverse viciosa y tomarle querencia, como le pasa al hombre.

23 abril 2009

Madrid, mediodía


Cumplida mi visita me dispongo a deshacer el camino andado en la mañana. Es mediodía. Busco el lado sombrío de las calles porque el sol a estas horas ya ofende. Los comercios están todos abiertos excepto los que cerraron para los restos. La actividad está en su apogeo.
Sin darme cuenta me pongo al paso de los ciudadanos, es decir, a andar como si todos me disputasen el terreno. Al llegar a la calle de la Montera reparo nuevamente en la estupidez de mi velocidad y, reportándome, vuelvo al paso normal, al paso del que pasa por los sitios mirando. Me llaman la atención, en esta calle, las jovencísimas prostitutas, casi adolescentes o sin casi, de los países del Este. También las muchas negras que a ello se dedican pero que, en general, parecen más mayores o, tal vez, de más talla o más entradas en carnes.
La Puerta del Sol está llena de gente. Muchos son extranjeros. Gran parte de ellos son turistas y, entre ellos, abundan los guiris sobre todo. Sentado en un cartón puesto en el suelo hay un hombre en calzoncillos que muestra los muñones de las dos piernas amputadas con la mirada triste, pero ensayadamente digna, de un nazareno urbano. Tirada a su lado tiene una silla de ruedas plegable y delante un platillo con monedas. No muy lejos hay una mujer que, sentada también en un cartón sobre el suelo, muestra una pierna y un brazo extraña y horriblemente deformados. Cruzo la calle y, bajo la placa que señala la altura sobre el nivel del mar en Alicante (650,75 m por si a alguien le interesa), hay otro mendigo de la amputación que muestra los dos muñones limpios de ambos brazos. Empiezo a darme cuenta de que también hay putas por doquier y ya de todos los tipos y pelajes. Esta mañana no vi ninguna. Se ve que en el oficio no se requiere madrugar. También hay abundante policía. Los agentes están colocados estratégicamente por parejas y aun por tríos en las esquinas y los cruces. Los hombres anuncio han surgido como setas. Los hay por todas partes. Sobre todo proliferan los que anuncian, entre otros pequeños locales comerciales, las oficinas en las que se compra y vende oro y se empeñan joyas. Por un momento me imagino que me he colado por una rendija del tiempo en la España de la novela picaresca. Escapo por Carretas hacia la plaza de Jacinto Benavente. Más meretrices orondas y colipoterras maduras, con la carrocería bien pintada, hacen ofertas tentadoras a los vejetes que pululan por la plaza y rebajas a los puteros habituales asediados, como todos, por la crisis. Hay más hombres anuncio y algunos transeúntes desaseados con mochilas sobadas y astrosas se mezclan con todo tipo de gentes que circulan por la plaza. Una mujer desgreñada con un saco de dormir azul celeste, orlado de brillante suciedad en cada uno de sus pliegues, camina despistada oscilando de un lado para otro, como una náufraga perdida entre la multitud. El saco es un reguño desordenado bajo uno de sus brazos y uno de los extremos casi arrastra por el suelo.
Gano al fin la calle Atocha. En un diminuto despacho de lotería metido en la entrada de un portal cegado compro lotería. Ya me encamino, relajado, calle abajo hacia la estación. A medida que me alejo del centro desaparecen los hombres anuncios, no hay lisiados ni amputados y el número de pilinguis por metro cuadrado baja muchísimo, aunque de vez en cuando alguna, apoyada en algún portal, me guiña el ojo al pasar o me mira devolviéndome el descaro con que la miro yo.
Entro en una tienda de ultramarinos regentada por un chino y me compro una cerveza. Me siento en un banco al final de la calle Atocha y me la tomo viendo pasar la gente y mirando el rotundo perfil de la estación. Tenía sed.
Tomo un tren que sale a las 13,20. Apenas arranca, un hombre demacrado con barba de no se sabe cuantos días y con un macuto mugriento a la espalda habla sin titubeos y con cierta elocuencia a los viajeros que llenamos el vagón:
“Disculpen que me dirija a ustedes de este modo. Seguramente son todos ustedes buena gente que viene o va a trabajar y que no se merecen el que yo les moleste con mis problemas. Sin embargo, me veo en la necesidad de hacerlo por la urgencia del hambre y el deseo de supervivencia que es inherente al ser humano. Tengo 41 años y tres hijos y ha sido la falta de trabajo, a la que nos ha llevado esta crisis, lo que de ellos me ha separado, impulsándome a buscar trabajo fuera de mi tierra donde las oportunidades, imagínense ustedes, son aún menores que aquí. Pero la adversidad del destino ha hecho que, no solamente no lo encontrase, sino que me vea en la situación en la que ustedes me contemplan. Apelo al nombre de Dios, si ustedes son creyentes, para que me ayuden con la voluntad y, si ustedes no lo fueran, apelo a la común solidaridad humana para que, de igual modo, me ayuden con una moneda que les sobre. Muchas gracias.” Terminadas estas palabras, humilde como un franciscano pero digno como un Quijote, recorrió el vagón recogiendo el fruto, si lo hubo, de las mismas y luego se pasó al siguiente coche. Apenas había salido entró un segundo, de idénticas trazas, que realizó una intervención similar. Luego un tercero…
Los viajeros como el que oye llover, hablan de sus cosas:
- Fidel es mazo buen chaval.
- A mí me lo vas a decir, tía, que es mi colega.
- Y es mazo de guapo, tía.
- Ya te digo. Pues la zorra de novia esa que tiene se mosqueó un día conmigo porque íbamos por la calle y nos pilló abrazaos. Y va la tía y me dice: ¿Qué haces tú abrazá al Fidel? Y yo, pues tía lo abrazo porque el Fidel es mi colega de siempre, ¿vale? A mi qué coño me importaba su novia. ¿Qué no, tía?
- Ya te digo. Y desde que se lo hace en el gimnasio, el Fidel mola tope mazo, tía.
Y el tren se aleja del centro repartiendo su contenido humano en los suburbios chelis de Madrid y en las ciudades cercanas. El tren, a la vuelta, parece más de cercanías que a la ida.

22 abril 2009

Madrid, primera hora


Subo, ya más tranquilo, la calle Atocha. A medida que lo hago reparo en las hermosas puertas de madera de algunos edificios antiguos. Muestran algunas los símbolos cuadrados de hermosos laberintos, otras los rombos protectores, otras el chevron, otras bellos ajedrezados, otras diseños serrados, otras esquemáticas flores de loto… Lástima que en alguno de los esconces que hacen las entradas de los comercios haya gente durmiendo o, más bien a estas horas, aguantando el relente en sacos de dormir ajados. No tienen a donde ir, no tienen prisa.
Las tiendas no han abierto o están abriendo y algunas, sobre todo de las más pequeñas, se ve que cerraron para siempre por la crisis. Hay colas esperando en las oficinas de información, en las de Hacienda y en las de asuntos para extranjeros, éstas especialmente nutridas, donde los inmigrantes se organizan para que la atención se reciba en el orden debido y sin conflictos.
Al llegar a la plaza de Jacinto Benavente hay gran ajetreo de coches de reparto que surten a los bares, restaurantes y mesones de la zona centro, muchos de los cuales están enclavados en zonas que hoy son peatonales.
Por la calle Carretas me pongo en la Puerta del Sol en un suspiro. La Puerta del Sol está en obras y la salvo como puedo para, enseguida, encaminarme por la calle de la Montera hacia la Gran Vía. Siguen los repartos y la mayoría de los comercios comienzan a abrir también por esta zona. El tráfico de la Gran Vía es tan denso como de costumbre. La cruzo y me meto por la calle Fuencarral. El comienzo de esta calle, estrecha y con árboles parece la de cualquier pueblo.
Enseguida me topo con algún recuerdo cuando, a la izquierda, echo una mirada a la calle de San Onofre. Parece como si viera salir a la puerta de su portal a la tía Petra secándose las manos en el delantal y diciéndome enseguida:
- El tío Rufino no puede andar muy lejos, date una vuelta que estará tomando café por aquí cerca, yo no voy porque no puedo dejar la portería. Dile que se venga contigo y ya quedamos para comer. Porque, ¿te quedarás a comer, no?
Pero no, ni la Petra ni el Rufino, aparecerán ya por allí ni por parte alguna y, súbitamente, cambio de opinión y, en lugar de meterme por San Onofre, continúo por Fuencarral para evitar que la punzada del recuerdo profundice más de lo debido.
Madrid es la ciudad de las obras, la calle Fuencarral tiene un gran tramo en ellas. Llego a Tribunal esperando toparme con la singular portada barroca del hospicio pero resulta que también está en obras. Lo tapa completamente un lienzo con la fachada dibujada. Curioso intento de evitar que tanta obra afee la ciudad. Así que, mientras me decepciono de nuevo, me viene a la memoria otro pariente que vivió en la cercana calle de Churruca. Quizás porque aún no he desayunado, recuerdo que teniendo unos doce años aquel pariente me invitó a hacerlo por allí cerca, en un bar de la calle Fuencarral. Se le ocurrió al buen hombre rematar el desayuno con una copa de anís dulce y, sin considerar mi edad, pidió que a mí me la sirvieran en forma de palomita. Apenas tomé la mitad de la blancuzca palomita me salió del estómago cuanto antes en él había entrado con el consiguiente susto y disgusto del pariente y mi primera experiencia desagradable con el alcohol. Recordé que era un bar estrecho y largo que al fondo, a la izquierda, tenía los servicios y también un comedor. Y como por ensalmo, siguiendo Fuencarral adelante, aparece. Es el bar Peñacruz. Entro en él y, con la excusa de ir a los servicios, localizo éstos y el comedor interior. Luego reparo en que dentro hay dos putas. La una es muy joven y guapa y está con un muchacho que pega más que sea su cliente que su chulo. Toman café con leche y el chico, con cierta delicadeza, pide tostadas con unte de tomate y aceite. La otra es más mayor y descarada y está con su maromo, mano a mano, tomándose unas copas de orujo de hierbas que en ese momento el camarero repone generosamente. Tomo un café con leche y una rosquita de hojaldre casera con cabello de ángel y luego estoy tentado de pedir un anís, pero decido tener algo más de seso que mi pariente y desecho la idea. Enseguida me voy pensando cómo, de milagro, algunos lugares se conservan mientras lo normal es que todo cambie sin cesar. De mi pariente, ni mentarlo, otro que no aparecerá.
Llego a la glorieta de Bilbao y, maldita sea, la zona donde estaba la cafetería La Campana también está en obras. Otro recuerdo cegado. Así que sigo y enseguida me planto en la glorieta de Quevedo. Sigo por Bravo Murillo y entro en la confitería Mallorca. Una de las dependientas me atiende solícita y me pone una docena de pasteles tan diminutos que he de decirle que complete con los que quepan en la bandeja so pena de hacer el ridículo allá donde los lleve. La muchacha se ríe. Luego le pregunto que si hacen pan al estilo de los pueblos y me señala lo que hay al otro extremo del largo mostrador de la pastelería. Me dice que son baguettes. Le contesto que ya lo había notado pero que no me había atrevido a decirlo por mi poco dominio del francés. Se ríe nuevamente y me dice que he de pagar en la caja a la salida. Le digo que primero voy a hacer una llamada y me paso a la barra de enfrente, que es de la cafetería del mismo local. Pido un café. Mi llamada es para ver si la persona a la que debo visitar se encuentra en casa. Lo está.
Mientras tomo el café observo como, en una esquina de la barra, un tipo que anda por los sesenta se deja hacer cucamonas y caricias por una joven que no pasa de los veinticinco. Desde luego el lugar es muy discreto y las horas las menos sospechosas para amores ilícitos pero, por mucho que babosee el madurito con su atractiva amiga, creo que tales relaciones son siempre ficticias. Recojo los pasteles, voy a pagar y la dependienta que me atendió, a la que paso, me hace un gesto simpático y ambiguo, como diciendo: así son las cosas.