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26 febrero 2018

Hermanos en litigio



Hay historias que dan vergüenza a algunos. Incluso hay episodios de la Historia, esa que no paramos los humanos de escribir cada día, que también abochornan casi de continuo. Y de las pequeñas historias, locales o familiares, a la Historia de la Humanidad no hay tanta distancia, pues en realidad todas ellas las protagonizamos las personas.

Esta es la historia de dos hermanos.

Los dos habían nacido en el pueblo. El mayor se llamaba Pascual y el menor Urbano. Se llevaban casi diez años de diferencia. Eso había hecho que sus vidas fuesen muy distintas.

Pascual, en cuanto acabó los estudios primarios, dejó los libros y ayudó a su padre en las tareas agrícolas y, con los años, fue relevándole paulatinamente de los quehaceres a medida que éste envejecía. En los últimos años el viejo estaba enfermo y se convirtió también en una carga para Pascual y para su anciana madre. Pascual, afincado y casado en el pueblo, fue durante años el sostén de sus padres. Cuando ambos murieron, Pascual, que andaba ya por los cincuenta años, se sentía el dueño de todo, especialmente de la gran finca que fue de su padre y que él había cuidado y mejorado con esmero a lo largo de tantos lustros.

Urbano, el pequeño, tuvo otra suerte. Terminada la escuela, los padres, viendo ya con ocupación al hermano mayor, le enviaron a un internado donde continuó sus estudios y, después, a la universidad donde los concluyó. Luego consiguió una plaza por oposición en la administración, se casó y se desvinculó cada vez más del pueblo.

La diferencia de edad en un principio y, posteriormente, las distintas ocupaciones e intereses les hicieron descubrir a los hermanos, justo tras la muerte de sus padres, un piélago de frialdad y lejanía entre ellos. Sin embargo, esa indiferencia, a la que contribuyó también la distancia y el trato cada vez menos frecuente, derivó en un enconamiento entre ambos que se produjo al tener que compartir la herencia de sus padres. Entonces un abismo de rencores se abrió entre ellos.

Poco valía la casa y menos valor aún tenían los enseres de los padres. Pero el campo era una hermosa finca casi rectangular, lindante con la carretera y con un nacedero de aguas, de unas cien hectáreas de por junto. La propiedad de esa riqueza, lejos de avenir a los hermanos, hizo aflorar en ellos la semilla del resentimiento. Pero en la herencia quedaba claro que la mitad era de cada uno.

Pascual, en su fuero interno, pensaba que aquella finca la había levantado él con su trabajo. Consideraba que había sido con los dineros procedentes de su esfuerzo con lo que su hermano había podido estudiar y vivir toda la vida como un señorito. Pensaba que era él, y sólo él, el que había cuidado siempre de sus padres mientras su hermano se dedicaba a vivir como un pisaverde pasando de todo. Y ahora tenía que compartir la finca con él, con él, que tenía una carrera pagada con su sudor y un buen puesto en el que, hiciera bueno o malo, le caía todos los meses un buen sueldo. Parecía mentira que ahora reclamara la mitad de una finca en la que jamás había dado un palo al agua. Urbano, se decía, ya tenía una carrera, lo suyo es que renunciara a su parte de la finca. Era lo menos que se podía esperar de él

Urbano, por su parte, se consideró un perjudicado a lo largo de su vida. Qué fácil lo había tenido Pascual, sólo había tenido que quedarse en el pueblo, aprovechándose de la hacienda de sus padres, dejándose llevar, acoplándose simplemente a lo que ya estaba hecho, sin tener que haber buscado nunca un trabajo, sin tener que estudiar, ni opositar. Toda la vida disfrutando él solo de una hacienda que se imaginaba que era toda suya. ¿Que cuidaba de sus padres? ¿No sería al revés? ¿No fue él el que vivió con ellos toda la vida y a costa de ellos? Él sí que había tenido que despabilarse, salir del pueblo, estudiar años y años y vivir míseramente con cuatro cuartos para sus gastos. En cambio su hermano, sin abrir un libro, con dinero en el bolsillo desde siempre, y todo gracias a un futuro que su padre le dio hecho sin ningún esfuerzo por parte de Pascual, excepto el de seguir la huella ya marcada. Su hermano había nacido de pie y él, en cambio, había tenido que buscarse la vida. Qué menos que ahora, al fin, le correspondiera por justicia la mitad de la finca. Y es más, se decía, ya que nunca había percibido un duro de lo que rindió la finca en aquellos años, bien podría Pascual partir con él el capital que hubiese.

Con estos sentimientos no fue difícil que discutieran. Pero la ley era la ley y, como no podía discutirse que la mitad de la finca fuese de cada uno, la reyerta entre ellos se centró en el modo de repartirla. El odio busca siempre resquicios por donde hacer palanca.

Al agricultor todo se le volvían pegas porque, como él decía, no eran todas las tierras iguales: unas eran casi pedregales, otras ricas en agua, otras arenosas, otras eriales, otras eran espléndidas hazas…

Al funcionario todo le daba igual y sostenía que a él tenían que darle sus cincuenta hectáreas y, preferentemente junto a la carretera por si llegado el momento se podía construir.

Como no hubo manera de que se entendieran se vieron finalmente ante una juez. Ambos expusieron ante ella sus sentimientos y su manera de pensar. La magistrada les escuchó tranquila. Cuando acabaron, la señora juez dictaminó:

-         Siendo ustedes hermanos y conociendo ambos sus tierras, sería un atrevimiento por mi parte hacerles a ustedes una partición de ellas. Además estoy segura de que no estarían de acuerdo con mi partición y, seguramente, con razón. Por lo tanto lo que dictamino es que se haga lo siguiente: Primeramente, que, cualquiera de ustedes dos, divida la finca en dos partes, teniendo en cuenta todos los extremos que aquí han citado. En segundo lugar, y una vez que las dos partes de la finca estén fijadas por uno de ustedes, será el otro el que elija en primer lugar la parte que desea, quedando la restante para el que hizo la partición. Así tendrán un reparto justo, equitativo y hecho, con conocimiento de causa, por ustedes. Ninguno de los dos podrá quejarse Y les ruego que no ocupen el tiempo de los tribunales con inquinas personales que los jueces no podemos resolver. Compartirán ustedes las costas del juicio a partes iguales, como la finca.

11 octubre 2016

La Ladera Mala

Deja la última carreterilla que le ha llevado al pago siguiendo el cauce del río Salado. La desviación a la izquierda le lleva a Rienda. Uno más de los antiguos pueblos salineros que, en el área de Imón, surtían a Madrid. Eran tiempos en los que ese producto tenía un valor estratégico. Hoy, aunque en los cuarterones de sus albercas brillen los cristales de sal que la lluvia saca del subsuelo, todas las salinas están abandonadas y en ruinas. Alguna noria podrida y desvencijada da testimonio de unas explotaciones que iniciaron los romanos.
Pasado el verano, apenas quedan vecinos en el pueblo. Ahora, desierto, cruza entre sus veinte casas, de norte a sur, a la luz sucia y grisácea del alba. Ni un vehículo, ni una luz, ni una puerta abierta. Sólo ladra un perro mientras los pájaros despiertan.
Conduce lentamente por la pendiente suave de un vial de tierra. Para el motor a trescientos metros del pueblo, en un rellano de la cuesta, junto a una taina. Desde allí la pista se convierte en un vericueto breñoso lleno de riscos, con sonruedos tan profundos que el coche, de seguir, daría con los fondos en el suelo.
No contaba con cazar ese día. Era el primer domingo de la temporada. Un día templado, casi caluroso para la sierra.
La Sierra Ministra une el Sistema Ibérico con el Central, deslinda Guadalajara de Soria y es como un tejado que, por el Norte, vierte aguas al Ebro y, por el Sur, al Tajo. En algunos lugares los montes parecen un gigantesco caballón entre las dos vertientes.
Las nubes están arrebolándose en el horizonte por la aurora que ya se descara.
Se apea. Lentamente se pone el chaleco. Comprueba que lleva veinte tiros. ¡Qué ilusión más vana!, se dice sonriendo. Duda de que dispare algún cartucho. Sabe que las invitaciones en días de desvede, y más para que vayas solo, no auguran que la caza abunde en el paraje. De hecho, no ha visto a nadie, ni un coche a lo lejos. Invitaciones a desiertos: cumplir y mentir. Son raros entre cazadores los gestos generosos.

Monta la escopeta, la carga y suelta al perro.
Mientras da los primeros pasos, ladera arriba, recuerda que anduvo por allí dos años antes y se fue de bolo y sin ver nada. Pero el perro, mucho más optimista que él, zigzaguea delante con un empeño y unas ganas que contagian. Ver trabajar al animal le anima y, observando su inquietud y sus gestos, desea empaparse de esperanza.
Se enfrenta a la ladera que queda sobre el pueblo. Es suave y larga, sin apenas lucios. Tiene una hierba rala, cardos corredores y algunas aliagas, aquí y allá unos pocos gamones y alguna que otra atocha en las vaguadas. Si hubiera llovido, sería zona idónea para setas. Apenas se divisan algunas carrascas diseminadas y, ascendiendo, grupillos de pinos junto a las bardas medio desmoronadas de las cerradas. Al conjunto de la ladera le llaman La Lastra. Su lomo romo, ancho y pelado, culmina a unos 1200 metros de altitud.
Cuando lo alcanza, otea desde allí, hacia el Norte, la raya con Soria, la amplia ladera de Paredes sesgada por la senda Galiana que, en la trashumancia, fue ruta de las merinas procedentes de la Sierra de Cameros; al Sur, una gran depresión, un cotarro imponente, que por contraste asusta, desciende abruptamente a los 900 metros y, siguiendo el arroyo Valdearcos, llega a La Riba de Santiuste, con su castillo árabe del siglo IX.
Desde el teso más alto del lomo observa ensimismado las dos laderas:
La una es por la que ha ascendido, la suave, la de vegetación rala, la de curvas onduladas, la cómoda de andar, la que termina en Los Arroturos de Tordelrábano con sus huellas fósiles de arcosaurios en la roca que asciende.
La otra es la escabrosa, la que da cara a La Riba, la conocida, en su conjunto, con el descriptivo topónimo, en su sencillez, de La Ladera Mala. En su extensión tiene tres puntales: San Martín, La Muela y La Cabeza de Guíjar. Está constituida por un conjunto de pronunciadísimas vertientes rocosas que, en la mayor parte de su longitud, son precipicios. Todos éstos acaban abajo en oscuros arroyos cubiertos de vegetación a cuyo fondo la luz del sol no llega, como no sea en forma de penumbra. La Ladera Mala tiene una vegetación exuberante e intrincada.
A esas horas el fondo de La Ladera Mala no es visible. Una niebla pesada y espesa lo cubre y se hace jirones ascendiendo. De ella, a la izquierda, emerge a lo lejos, abajo y a contraluz, la silueta oscura y tenebrosa del castillo.
Recuerda entonces que, tras los muchos avatares de la Historia, el castillo fue adquirido, en el siglo pasado, por una asociación que lideraba un argentino, un discípulo de Madame Blavatsky. Eran un grupo algo inquietante, dedicado al esoterismo y a la teosofía. Y piensa que el paraje que observa concuerda muy bien con el misterio de todas esas teorías. Un conjunto sumamente bello, atractivo y agreste, pero peligroso y desconcertante. Los heterodoxos han amado siempre parajes como éste. Y aunque sus ideas hacen sonreír con ironía a algunos, a otros les sobrecogen y hasta les asustan. En la historia del pensamiento, estas gentes suelen ofrecer ideas turbadoras que, a la vez que seducen, aterran.

Bueno, se dice, ¿Has venido a cazar o a imaginar historias y leyendas?
Se espabila, se sacude de la cabeza todas las fantasías, se fija en el perro y, sin dudar, se mete en La Ladera Mala.
Elige el promontorio de La Muela. Para llegar a él, atraviesa un arcabucal cuya espesura le hace dar vueltas hasta encontrar pasos practicables. Llega al puntal. Con precaución y pasos muy medidos, delicados, como de ballet, se asoma lentamente a la visera. Al divisar paulatinamente el precipicio a  sus pies, siente un vacío en las tripas y en el bajo vientre. Es el vértigo que la pared vertical le sube luego a la garganta. El perro, a su lado, mira, alargando el cuello, con codiciosa atención. Al animal le palpita delicadamente la trufa en la punta del hocico. Un águila real arranca veinte metros abajo, de un saliente de la pared. Planea sin mover las alas, luego del arranque, y, en semicírculos, sobrevuela la niebla de la que sólo surgen, a lo lejos, las copas de los pobos más altos.
Mientras observa el vuelo de la rapaz, dos torcaces saltan de la pared batiendo con estrépito las alas. Se sobresalta, apunta, tira del brazo siguiéndoles el vuelo pero, a tiempo, se reporta. No dispara. Si les hubiese acertado, se pregunta, por dónde habría bajado a recoger las piezas.
Decide seguir la ladera, evitando la línea de los precipicios. Entre éstos y la cima, el terreno es un mohedal y, a veces, se atolla entre la espesa fusca. Pero otras veces, tras salir de los breñales, topa con pequeñas vaguadas más claras, circundadas de retamas, con algo más de visibilidad y donde, si sorprendiera a una pitorra, podría cobrarla si conseguía abatirla.
Repara en que va sudando. Lleva ya dos horas sorteando manchas de espesura, rocas pulidas por el viento y la lluvia. A veces ha sentido el vuelo de alguna de las palomas bravas, su estrépito, pero sólo eso. Sólo sonido, ni siquiera las ha llegado a vislumbrar.
Así que mantiene su atención y mira de continuo a lo alto. Repentinamente repara en que el perro está parado, atento, con la mirada fija. Le imita y se previene. El perro, sin moverse, da un ladrido bronco. Uno sólo, pero no se mueve. Está fijo en lo espeso. Se da cuenta de que no es una muestra, al menos, no es una postura normal de su perro a la caza menor. Al instante, siente muy próximo el gutural rebudio del jabalí, sorprendido en la espesura donde encama, y escucha nítidamente sus pisadas presurosas y el violento tronchar de las matas. No ha visto al cochino. Ni ganas de verlo, porque la caza mayor a él no le gusta. Pero el corazón se le ha subido a la garganta. Llama con energía al perro que se ha metido inquieto en la espesura. Ni por asomo quisiera que se llevara un verrojazo. Pero no, el perro obedece y el sonido de las pisadas y el del áspero roce de las matas se pierden entre los ecos del barranco que baja. El perro viene y él le acaricia la cabeza. No quiere que se pique a los cochinos. Pero reconoce que el encuentro le ha alterado. Y no sólo al perro.
Sube un poco más y va buscando, en la medida que puede, los parajes menos tupidos. Únicamente en ellos sabe que podrá sorprender a la torcaz. Vuelve a llevar alta la mirada y el oído atento al menor inicio de aleteo.
A punto está de cruzar una torrentera estrecha flanqueada de finos marojos a ambos lados. Nota que el perro se lanza con decisión al otro lado. Baja la vista y apenas puede ver entre las matas, o más que verlo, intuye por la mota móvil el torpedo de pelo de una liebre. Ya no puede soltar el tenazón, mueve en cambio la mano intuyendo la trayectoria. Suena el tiro, que retumba como un latigazo seco entre las cárcavas. Cruza presuroso la torrentera. El perro ha llegado veinte metros abajo y se precipita sobre la liebre que, herida, aún tiene fuerzas para intentar la huida. Al poco, ufano, la levanta en la boca y se la lleva.
Si hubiese escogido la ladera de La Lastra no le hubiera extrañado levantar alguna liebre pero, en aquel arcabuco en mitad de la varga, no la hubiera buscado. Es una liebre vieja. Seguramente por eso había encamado en un lugar tan agreste y tan seguro. El azar quiso que se la topara. Bueno, una liebre, se dijo, ya había echado el día. Y palpó su bulto, pesado y caliente, en el bolsón trasero del chaleco.

Con los brazos y piernas cosidos a puntazos de aliagas y por los rasgones de pirliteros, salió como pudo de La Ladera Mala. Estaba cansado tras tres horas de deambular, casi cegado y atarantado, entre aquellas espesuras.
Apenas llegó a la línea donde lo espeso rompía hacia lo claro, y cuando más ocupado estaba en salir de entre las últimas matas sin dejarse un ojo en ello, notó que el perro se lanzaba. Apenas vio trasponer una sombra y soltó el tenazón. Precipitadamente salió al claro y sintió latir al perro tras el conejo que ya se perdía hacia el bardo. Había marrado. Por consolarse se dijo que el calibre 20 no era para trabajarse un monte tan espeso y menos para tirar a bocajarro. Luego se sonrió pensando que los cazadores siempre se justifican y, cuando aciertan, se jactan justo por aquello que, cuando marran, les sirve de disculpa. Él no era una excepción.
Decide desandar lo andado pero por lo alto, por la línea donde el monte se difumina con la ladera limpia de La Lastra. Es un sardón que le parece bueno para la caza al salto y que, a la derecha, tiene bardas de piedras grandes y de chantos clavados en el suelo formando cerradas que un día guardaron el ganado; a la izquierda, aparecen de continuo las grandes rocas que, entre encinas, rompen sobre esa Ladera Mala, tan bien adjetivada.
Contra sus pensamientos el perro se empeña en derivar a la derecha, con difidencia decide seguirle. El can husmea cada vez más picado y, abiertamente, se tira hacia La Lastra. Pese a su desconfianza, el perro da signos de buscar la muestra. Por la velocidad a que ambos van, tienen que ser perdices. ¿Perdices en La Lastra? El cazador quiere creer al perro, aunque le cuesta. Nota que el zarzagán se ha levantado y que, quizás por eso, al perro los vientos le llegan de largo. Pero no tarda en asombrarse al ver saltar cinco perdices desde una cerrada con un muro caído. Toman el zarzagán de cola y se descuelgan a La Ladera Mala. Naturalmente saltaron fuera de tiro y hacia el lugar menos conveniente, como suelen.
Se asoma a la ladera por dónde las patirrojas desaparecieron. Ante aquel abismo se desazona. Decide tirar por el borde, ladera adelante, y luego dar la vuelta algo más bajo. Pero sabe que si se han dejado caer por derecho nunca dará con ellas y la maniobra no valdrá para nada.
Sigue hasta el puntal de San Martín. No va deprisa. Quiere envolverlas pero sabe que no las lleva delante. Si están en la ladera, mejor que se confíen. Les entrará por donde no lo esperan.
Encuentra unas tainas hundidas. Es un conjunto en el que algunas fueron hechas aprovechando los antros de los techos rocosos para que les sirvieran de techumbres naturales. Al lado del conglomerado de tainas descubre una gran losa. En ella, con letras de un palmo, hay algo grabado: “Torivio Hedo. Año 1939”
Él piensa que Toribio se escribe con “b”, pero imagina que el autor del petroglifo escribió aquello por haber acabado la guerra civil con vida y, tal vez, por no haber perdido sus rebaños. Había de estar muy ufano para haber escrito algo como eso.
Como no hay prisa, pues las perdices, si es que se han quedado por arriba, las echará al volver, se sienta un rato a observar la inscripción y, enseguida, encuentra dos grabados más en la gran roca. Son mucho más antiguos. ¿Serán acaso prehistóricos? Se dice si no serán los símbolos, esquematizados, de una mujer y un hombre. Los observa un buen rato.
Cuando da la vuelta, un poco más abajo, descendiendo de nuevo a los tramos peligrosos de los precipicios, tiene la intuición de que va a dar con las perdices. A medida que se acerca a las viseras de roca más peligrosas sabe que le van a saltar. El perro también está seguro, lleva ya un minuto loco con el rastro. Llegan los dos al unísono hasta la punta de la roca. Saltan deprisa sobre ella, como dos exaltados. Arrancan hacia arriba las perdices. Dispara, vuelca una. Quiere doblar con el segundo, pero la roca se desgaja con estruendo y cazador y perro caen con ella al vacío. Oyó al perro chillar según caían y él, soltando la escopeta, cerró los ojos con fuerza y esperó con angustia y a ciegas la inminente llegada de la muerte bruta.

Despertó tendido en la piedra de “Torivio”. Tenía al perro al lado, tumbado, casi cosido a su costado. Se puso en pie. Se tentó el cuerpo. Estaba sudoroso pero indemne. Nervioso tentó el chaleco buscando un cigarrillo. Se espantó, de repente, al no dar con la liebre. No dio con pelo ni sangre en el bolsón trasero del chaleco. Miró la munición con avidez. Llevaba los veinte tiros con los que salió. Palpó el bolsillo donde guardaba las vainas, pero no las había. El perro gimió a su lado y le lamió la mano. Estaba atardeciendo. Los dos regresaron al coche sin volver la mirada. El perro, inusualmente desinteresado por la caza, caminaba a su lado, con la cabeza bajo la sombra alargada que el sol, ya en el Oeste, proyectaba de su cuerpo. Sólo al llegar al coche echó de menos la escopeta. No estaba en la piedra de “Torivio”. Con un escalofrío, no quiso imaginarse dónde podía estar.
Según se alejaba del pueblo pensó con qué precisión y sencillez llamaban las gentes de antes a las cosas terribles: LA LADERA MALA.


19 junio 2016

El Camino de la Ruina

Dicen que en un pueblo serrano, hoy desaparecido, había un camino que no llevaba a lugar alguno sino que tenía al tiempo por desembocadura. Le llamaban el Camino de la Ruina. Salía de una aldea, hoy abandonada, que tuvo por nombre Portarrecia y cuyos restos aún se reconocen entre la vegetación arrolladora y salvaje de un valle perdido del Sistema Ibérico.
Y cuentan, los que conocieron a alguna de las personas que transitaron por aquel camino u oyeron relatos de terceros sobre ellas, que los caminantes, que por esa trocha se internaban, a veces no volvían y, los que volvieron, nunca supieron con total certeza qué tiempo visitaron.
Algunos sostienen que los que por ese sendero se perdieron iban buscando el pasado. Y que, cuando lo encontraban, comprendían que el mundo era antaño mucho más injusto, con trabajos más duros, con más enfermedades, con menos alimentos y más hambre. Y que, por eso, generalizando, lo llamaban el Camino de la Ruina.
Otros, por el contrario, decían que los que anduvieron por tal camino buscaban el futuro. Y que, cuando daban con él, entendían que el mundo tendía a desnivelarse, que unos vivirían sin límite y otros morirían apenas alumbrados, que los más altos adelantos convivirán con el exterminio y que el género humano sustituirá los sentimientos por las utilidades. Y que es ésta la razón por la que llamaban al tal camino el de la Ruina.
Tras indagar mucho, me informaron de que en una residencia vivía un anciano de aquéllos que se sabía con certeza que habían recorrido tal camino. Pero, me dijeron, que no sabían si querría hablar conmigo ni si, en el caso de que accediera a ello, le encontraría en sus cabales.
Me sorprendió dar con un hombre que rondaba los cien años. Tenía tan ágil la mente como torpe el esqueleto. Pero no pareció extrañarle mi curiosidad, ni tuvo reparo alguno en conversar conmigo.
El señor Telesforo había sido cartero. Fue el último que hubo en Portarrecia. Todos los lunes bajaba a por la correspondencia a la cabeza de partido de aquella zona serrana. El resto de la semana la repartía en el pueblo, las aldeas aledañas y en los caseríos dispersos por las cercanías. Todos los trayectos los hacía en caballería pues los caminos de la zona no eran aptos para vehículos a motor y, además, había muy pocos por entonces.
Tras conversar con él y hacerme cargo de las características de su trabajo y de la zona y del pueblo que habitó, entré en el asunto que tan curioso me tenía:
-¿Qué me puede decir usted, Telesforo, del Camino de la Ruina?
El viejo cartero pareció sorprendido de que le mentase el tal camino. Pensó un poco antes de hablar. Al fin, sonrió y me contó lo siguiente:
-No sé lo que le habrán contado. Pero lo que yo voy a contarle, sin despreciar otras historias, es la mía y la de los míos en ese camino.
-Seguramente –le interrumpí- tuvo usted que recorrerlo alguna vez o pasar por él para cumplir con su trabajo.
-No. Mi paso por ese camino fue anterior. Lo recorrí en mi infancia, a pie, con mi hermana y mi madre y una perrilla conejera, pequeña y peluda, a la que llamábamos la Pulga. Mi padre había muerto un mes antes. Mi hermana y yo éramos muy chicos y mi madre era una mujeruca endeble y enfermiza. Lo poco que dejó mi padre lo consumimos en ese mes. Y, desesperados y acuciados por el hambre, un día decidimos los tres tomar ese camino y ver dónde llevaba, pues lo incierto nos tentó entonces como una esperanza, porque de lo cierto sólo la limosna nos cabía esperar y eso duraría poco. Porque los buenos sentimientos duran menos que el dinero. Y, por llamarse el Camino de la Ruina, nos pareció que, estando nosotros arruinados, bien podríamos transitarlo con todo merecimiento, por ver a qué sitio llevaba o si era cierto que no llevaba a sitio alguno, sino a otro tiempo diferente. Pues eso decía la leyenda que todos sabíamos en Portarrecia.
-Y, ¿dónde conducía? ¿Llegaron a otro tiempo?
-Pues no sabría decirle con exactitud, porque la sierra en la que nos internamos es, como todos los paisajes desiertos, ajena al tiempo. Pero puedo asegurarle que, tras varios días de caminar sin descanso y dormir en oquedades, terminamos también nosotros por perder toda relación con el espacio y con el tiempo. Y, acabadas las provisiones y desengañados de encontrar solución a nuestra ruina, una mañana, cuando al despertar nos encontramos de nuevo perdidos en la nada, decidimos abrazarnos los tres y despeñarnos.
Ya nos habíamos despedido y besado y pensábamos, con lágrimas en los ojos, que en breve nos reuniríamos con mi padre.
Cuando, abrazados los tres cuerpo con cuerpo, estábamos a un pie de dejarnos caer al precipicio, apareció la Pulga con un conejo en la boca. La sensación de que un animal era más valiente que nosotros me encorajinó, miré al vació y me dio tal vergüenza de nosotros mismos que vomité, aunque tan poco habíamos comido que sólo fueron bilis. Les dije a mi hermana y a mi madre que no nos tiraríamos y que nosotros éramos, al menos, tan capaces como un perro y que, entre los tres, nos las arreglaríamos para sobrevivir. El milagro obró y ellas se contagiaron también de mi valor recién nacido. Y, de aquel tiempo extraño que habíamos vivido en el camino, regresamos al nuestro y supimos dar con el de vuelta a Portarrecia. La gente del pueblo, al ver que habíamos regresado del Camino de la Ruina, nos miraban con respeto y nunca nos preguntaron a qué punto llegamos. Unos con una cosa, otros con otra, todos nos ayudaron y, con un poco de cada uno y un mucho de nuestra parte, salimos adelante. Yo he ocultado siempre con vergüenza lo que estuvimos a punto de hacer.
-Y, ¿por qué me lo ha contado a mí?
-Porque, por lo que veo, leo y escucho cada día, hay muchos lugares de los que hoy parten esos Caminos de la Ruina y son muchos miles de personas los que por ellos transitan y van en busca de algo que tenemos miedo a darles: ayuda y esperanza. Y pienso que, si a nosotros tres nos ayudó un perrillo a recobrar la fe, cuánto más podría hacer esta Europa opulenta para paliar tanta tragedia, salvarles a ellos y salvarse a sí misma del oprobio que a todos traen estas desgracias. Y porque creo que el Camino de la Ruina existe pero no lleva a ningún tiempo ni tampoco a un lugar, sino que nos pone delante de nosotros mismos. Porque sólo los ruines toleran la ruina.