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08 octubre 2019

La España tribal



Estoy contento de vivir en España. No es que sea mejor ni peor que otros países (al menos de entre los europeos), pero me encanta su clima y la familiaridad y simpatía que usualmente tienen mis compatriotas. Por otro lado, el derrotero homogeneizador de la Historia hace que la mayoría de los países democráticos tendamos a parecernos cada día más. Y, tal vez, también los que no son democráticos, pues da la impresión que iguala más el capitalismo que la democracia. Y, además, está más extendido que ésta.

Creo que hemos tenido suerte, al menos durante los últimos 80 años, pues no hemos sufrido guerras. Aunque también es cierto que de estos años vivimos 35, aproximadamente, en una dictadura y los 45 restantes en una democracia en constante desarrollo (sino, por otro lado, de toda democracia). Probablemente la paz que disfrutamos durante la dictadura fue a costa de “no meternos en política” y vivir en un estado de sumisión y acatamiento para evitar males mayores. En los años de democracia hemos podido tener partidos, sindicatos y un conjunto de asociaciones que nos han permitido ser más libres, dentro de la relativa libertad que permiten los complejos equilibrios de los Mercados, el Estado propio y los Estados próximos y lejanos.

También nos integramos en la Unión Europea, cosa que ha aumentado nuestro nivel de vida y ha mejorado nuestras instituciones a la vez que, necesariamente, ha limitado nuestra autonomía como país soberano pues, a nuestras propias leyes, hemos añadido la legislación europea y la moneda única. Y ahora, además de nuestro Estado, tenemos también que estar pendientes de las decisiones de los otros Estados socios. Pero parece que, para bien o para mal, el mundo se está globalizando paulatina e inexorablemente, sin que las reticencias de algunos Estados puedan, al parecer, evitarlo. Puede que la economía global haya engullido el poder de los Estados y les haya convertido, de mandatarios, a simples y tímidos reguladores de la relación entre los Mercados y los ciudadanos.

En España, al llegar la democracia, que hago coincidir oficialmente con la Constitución del 1978, abandonamos la organización política centralista que había sido un eje de la Dictadura. Y, los partidos y personalidades que elaboraron la Constitución en aquel año, decidieron estructurar España en 17 autonomías y algunas ciudades autónomas. Al parecer, esta manera de organizarse pretendía evitar los viejos conflictos de partes de la Nación con el todo y de éstas entre sí. A cambio se establecían unos principios de solidaridad y de lealtad entre las partes de ese conjunto y hacia el Estado español, como entidad unificadora y común de las diversas autonomías.

Probablemente, hoy en día, no se necesitarían 17 parlamentos y el aumento proporcional de personas dedicadas a la política que esto lleva consigo. Pero, sin embargo, la nación española ha funcionado bien hasta hace poco y ha podido soportar económicamente esta estructura, tal vez desproporcionada para un país relativamente pequeño que, con los medios actuales de comunicación, podría gobernarse con efectividad desde un solo gobierno. Pero, como actualmente, se considera bueno lo que funciona y España en su conjunto ha progresado, el Estado de las Autonomías que se configuró en la Constitución sigue vigente.

Cada autonomía ha desarrollado sus lenguas, su cultura, sus tradiciones, sus costumbres… y todos parecíamos felices en nuestras pequeñas patrias que rememoraban, en cierto modo, la estructura de los reinos en el siglo XV (aunque esto históricamente no sea exacto).
Sin embargo hoy, siendo fiel a mis observaciones de décadas viajando por España y por Europa, no creo que ninguna de las autonomías españolas presente características que la diferencien esencialmente de otras. Es más, la mayoría de las ciudades europeas han cobrado una similitud repentina en cuanto al comercio, la industria, la estructura social y política y hasta en el pensar y sentir de las personas.

Pero esta es una observación subjetiva que seguramente a algunos de mis compatriotas hoy les ofendería gravemente. Porque una cosa es la realidad y otra el sentir imaginario y colectivo (me refiero a esa especie de credo nacionalista tan intangible y sagrado como los dogmas de las religiones en los que muchos creen irrefutable y ciegamente porque constituyen su fe.)

Al parecer actualmente unos dos millones de personas en Cataluña se sienten tan alejados y distintos de la realidad del conjunto de España que desean constituir una nación distinta, cosa sorprendente para los que conocemos el grado de autonomía del Gobierno de Cataluña y los del resto de comunidades españolas. Y, queriendo pedir independencia, gritan, sin embargo: ¡Libertad! (Como si no tuvieran la misma que tienen el resto de las autonomías españolas y el autogobierno del que carecen otras muchas regiones de Europa).

Los representantes políticos de estas personas en el año 2017 intentaron saltarse la Constitución y su propio Estatuto de Autonomía y organizaron un referéndum ilegal, unilateral y sin garantías. Hubo una lógica intervención policial con violencia un día y en algunos lugares, pero tal vez mucho menor si se compara, por ejemplo, con la que ejercieron sucesivos gobiernos británicos en el Ulster durante años (con entrada del ejército), o simplemente la que ejerce el actual gobierno francés con los chalecos amarillos o hacia la total oposición a la autonomía de Córcega (que demanda algo muy inferior al grado de autonomía que poseen las distintas comunidades españolas).

Pero, a raíz de estos hechos, comenzó una guerra de propaganda en la que el separatismo pretendía  mostrar como intolerante y fascista al gobierno que pretendió salvaguardar la ley frente a los que la vulneraban. Se calificó a los que escapaban de la justicia al extranjero como exiliados políticos y a los detenidos, resultantes de las distintas actividades contrarias a la ley, como presos políticos. También se criticó, como persona no neutral, al Jefe del Estado por ponerse al lado de la Constitución, como, por lógica, parecía obvio que debía hacer.

En descargo de los separatistas hay que decir que, salvo en contadas y particulares excepciones, no utilizaron la violencia física, aunque sí provocaron disturbios, cortes de carreteras, intentos de ocupar el Parlamento catalán, pintadas en sedes de instituciones contrarias a sus pretensiones y uso de símbolos independentistas en entidades públicas pertenecientes a todos y también acosos a algunas personas. Es decir, distintos tipos de coacción, sólo destinados a amedrentar a los demás, pero sin llegar a herirles físicamente.

Hoy continúan defendiendo que el separatismo no es violento y que, por lo tanto, la preservación de la unidad de España tampoco debe serlo. O dicho de otro modo, sostienen que si la legalidad se rompe sin violencia, la ley no tiene derecho a usar la violencia contra ellos. Y, por tanto, consideran represivo incluso el juicio que se está haciendo contra los implicados en los hechos de 2017. Es decir que si alguien, por ejemplo, te roba sin violencia, amablemente, en plan lúdico, no sólo no tienes derecho a defenderte, sino ni siquiera a llevarle a los tribunales. Un modo de criminalizar la ley. Si este criterio triunfa, tal vez la delincuencia alcance innovadores métodos en el futuro cercano.  Puesto que se da por sentado que todo lo que se hace pacíficamente es lícito.

En las siguientes elecciones generales hubo, por primera vez, más de 2,5 millones de votantes al partido VOX, que llevaba en su programa algo inconstitucional: la desaparición de las Autonomías. Probablemente, muchos más ciudadanos piensan hoy así, pero esos dos millones y medio lo desean explícitamente. Aunque todos suponemos que, si VOX plantea ese extremo en su programa electoral, se está planteando hacerlo previa modificación de la Constitución y no pacífica, lúdica y unilateralmente como los separatistas reclaman su “derecho a decidir”, no contemplado tampoco en la Carta Magna.

Hasta ahora los hechos dicen que los de VOX, pese a sus pretensiones, no se han saltado la Constitución y, sin embargo, los separatistas, sí.

Aunque me temo que a muchos ciudadanos les den tanto miedo los unos como los otros.

En al proceso global que la Humanidad está experimentando hacía la unificación progresiva, no le encuentro sentido a todo esto. Pero como la Historia es imprevisible, el sentimiento tribal produce miedo.

01 marzo 2018

La bestia tonta



Hace algunos años, seguramente más de los que creo, los medios de comunicación prevenían a la, entonces, incauta población contra el sensacionalismo con que ellos mismos comenzaban a informar. El sensacionalismo es propagar noticias de modo que provoquen emociones en el público. En el fondo era y es una técnica de ventas agresiva. Pero de nada sirvieron las advertencias. Hoy la forma de comunicación normal y generalizada es el sensacionalismo y en él compiten gran parte de periodistas y de medios. Y en él vivimos inmersos, cada día más inmunizados contra la realidad, porque noticias que deberían alarmarnos ya ni siquiera nos inquietan. Los lobos nos visitan todos los días varias veces y, a no ser que termine alguno de ellos mordiéndonos en las propias gónadas, pasamos de ellos. El roce incesante de tanta noticia sorprendente y terrible nos ha encallado el ánimo. El periodismo es liebre, la justicia tortuga. Esto también ayuda.

Hasta lo más trivial, que suban o bajen las temperaturas, se anuncia de modo agresivo: se disparan o se desploman. Así, el lenguaje se ha modificado también, se ha vuelto más competitivo (algunos opinan que más creativo) y ayer oí que a un temporal le llamaban “La Bestia del Este”. El nombre me hizo sonreír cada vez que lo pronunciaban, me pareció que, a fuerza de exagerar, hablábamos ya como los niños. Qué barbaridad de borrasca.

Las palabras y las frases normales hoy están en desuso. Desde hace años la terminología periodística vuelca en nosotros toda su fecunda creatividad. Hay personas a las que, por sus bajos ingresos, se les llama “excluidos sociales”; si dos personas se niegan a saludar al rey se habla de “boicot al rey”; si dos políticos discuten en público se habla de “un choque de trenes”; la policía, desbordada por la delincuencia, cuando no sabe de qué va un crimen, declara que “no descarta ninguna hipótesis”; si el Madrid gana al Valencia por 3 a 1 la noticia es que “Madrid arrasa Valencia”; si un futbolista del Sevilla se lesiona en un partido contra el Barcelona, la noticia es que “el Barça manda al Sevilla a la UVI”; y no hablemos ya de las originales expresiones como: “Presentaba lesiones incompatibles con la vida”, “Pongamos en valor la lengua española”, “Las precipitaciones en forma de benéfico oro blanco extienden su manto sobre las pistas de las estaciones de esquí”, “El infierno meteorológico arrasa la A6”, “Las concentraciones cívico-festivas que a día de hoy se han producido han sido ejemplares, manifestantes de todas las edades, en un modo lúdico, desde la tolerancia y el respeto, han recorrido pacíficamente la ciudad gritando: ¡Muera el rey!” … Todo así. Incluso sin haber escuchado a Jiménez Los Santos, muchos días casi da miedo salir a la calle.

Antes a los niños nos decían, cuando respondíamos ante nuestros profesores, que no cantáramos. Nos enseñaban a hablar en un tono normal. Esta es otra de las cosas que ha pasado a la historia. Si por algo se caracterizan las locutoras (qué término más antiguo), las presentadoras,  las conductoras de programas, las tertulianas, las comunicadoras, las moderadoras, las creadoras de opinión, las portavoces, las entrevistadoras, las encuestadoras, las corresponsales, las comentaristas, etc. (noten qué variada terminología) y los varones de idénticos oficios, es por emitir un conjunto de saludos, despedidas y enunciados totalmente originales, no sólo en su literalidad, sino en el tono en el que los pronuncian, sin renunciar a la musicalidad, a las entonaciones más difíciles y a cuantos artificios ofrece  la versátil garganta humana para emitir sonidos que se salgan de lo habitual, dando a cada cual una originalidad gutural propia. Una maravilla de registros armónicos.

Pero es que tantas originalidades, hipérboles, metáforas, eufemismos y demás delicadezas del lenguaje usadas sin conocimiento, como diría una madre de las de antes, terminan por cansar. Entre tantas rutilantes estrellas del periodismo, termina por no brillar ya nadie. Porque no se puede hacer de todo un espectáculo a diario. Cansan mucho y son muy contumaces. Y, de veras, no lo digo por alabarles.

16 marzo 2011

En busca del estado del bienestar

El otro día, apenas se produjo el terremoto de Japón, vi unas viñetas de Forges. Era una sucesión de tres pequeños dibujos: en el primero se veía un terremoto, en el segundo un tsunami y en el tercero una central nuclear humeante y, bajo ellos, se leían respectivamente: terremoto, tsunami y soberbia humana.
Son tres desgracias, las dos primeras naturales y encadenadas y, la tercera, también derivada de las anteriores pero no natural. Y ya veremos cual de las tres es la de peores consecuencias.
El humorista me pareció un ser clarividente y, sus viñetas, un resumen de la historia reciente, una alegoría a un sistema de vida insostenible. Parece que nuestros problemas provengan de habernos empeñado en vivir así y, no aceptando lecciones ni de la Naturaleza, tan neutral y ajena a cualquier interés, nos obcequemos en no dar nuestro brazo a torcer.
Seguramente hechos como estos deberían hacernos rectificar, pero eso parece improbable. Porque no se trata de energía nuclear sí o energía nuclear no, la conclusión va más allá y tiene que ver con que no podemos vivir como vivimos, porque este supuesto bienestar paulatinamente nos angustia más, porque esta avidez loca, cualquier día, puede acabar con nosotros. No creo en la palabra bienestar para designar algo que nos hace desgraciados. Tal vez el bienestar sea otra cosa, algo más simple y con menos pretensiones, como, por ejemplo, que llegue un día en que sólo temamos a los desastres naturales, los únicos que deberían seguir siendo inevitables. Pero, ¿seremos los seres racionales capaces de volvernos razonables?

03 diciembre 2010

Inventos diabólicos

Leyendo algo de historia de las matemáticas, cualquiera puede darse cuenta de la importancia que tuvo la aparición del número cero y su uso actual. El cero sólo tiene valor posicional, pero facilita muchísimo el cálculo.
Cuando fue introducido en Europa en el siglo XII, según los eruditos, por el matemático Fibonacci a partir del álgebra de los árabes, todos quedaron sorprendidos por la facilidad del nuevo sistema. Pero éstas son cosas al alcance de cualquiera que tenga curiosidad por las matemáticas y el origen de éstas.
Lo que me ha llamado la atención ha sido leer la violenta reacción que tuvieron entonces las autoridades de la Iglesia. Al parecer, tildaron al nuevo sistema, literalmente, de mágico y demoníaco y se opusieron a él, simplemente por la gran facilidad que aportaba al cálculo. Y todo porque la Iglesia y los calculadores profesionales, que casi todos eran clérigos expertos en el uso del ábaco, veían amenazado su monopolio de contadores. Para mi sorpresa en algunos lugares lograron vetarlo hasta el siglo XV.
Hasta con una cosa tan inocente como es el número cero tuvo la Iglesia que meterse en su día. Si calificaron al cero de demoníaco, ya no me puede extrañar nada. Sólo quiero dejar aquí esta consideración para que, quien lea, haga sus propias conjeturas.

26 noviembre 2010

Exilio

Se han conocido exilios masivos y desgarradores. Históricas huidas hacia lo desconocido provocadas por el miedo que, más cauto que la razón, impelió a muchos a abandonar su tierra por eso de que inquina y raciocinio son agua y aceite. Fueron frutos de postguerras, donde los perdedores le tuvieron mucha más ley al miedo alado que a la incierta humanidad del vencedor. Exilios obligados por eso de que, con la muerte, es mejor no jugar a cara o cruz.
Hay otros exilios voluntarios, del que no está de acuerdo con lo que le rodea y sabe que no puede cambiarlo. Estos exilios están revestidos de impotencia, pero también de dignidad y, sobre todo, de ese romanticismo al que se llama trasnochado pero que, en todos los tiempos, ha movido el mundo. Es el idealismo, presente en la vida de los soñadores, o de los menos conformistas, o de los más valientes, o, quizás, de los genios.
Hay, sin embargo, otros exilios interiores que son irrevocables. La dictadura del tiempo los gobierna. Éste nos echa de la niñez, de la adolescencia, de la juventud, de la madurez, de los gustos, del trabajo, nos exilia de los seres queridos, de los acostumbrados compañeros, de los entrañables amigos, a veces, también de los amores o del amor de nuestra vida, y termina echándonos hasta de los vicios y de la salud. Y no cejará hasta que nos desahucie de nuestro propio cuerpo. ¿Dónde iremos entonces?

23 noviembre 2010

A mí, las cosas claras

El orden es aburrido. Sí, necesario, ya sé, pero tedioso. De ese pastel del orden no me guardes mucho. Un trocito cuadrado, claro, sólo para recordar lo imprescindible.
Del orden salen colecciones, conjuntos, cosas que ya estaban. Coleccionar es ordenar cosas, más o menos llamativas, o valiosas, o nimias. Ahorrar es hacer conjuntos, ser un coleccionista de ellos en forma de monedas, billetes, propiedades, sin importarte la monotonía ordenada de tenerlas repetidas en lugares también repetidos. Pero dicen que da seguridad.
Y da la impresión de que ese orden, añadido a todos los demás inventados, hace que nos sintamos más firmes en la vida, menos espantados. Es una fe más que nos protege. La catalogación de todo, incluso de las personas, nos hace creer que pisamos el suelo de un modo más sentado, como dominando. ¿Será el orden una forma de poseer lo que nos rodea o será todo una ilusión?
El orden produjo los números y las asociaciones de filas y columnas y nos empeñamos con él en domesticar hasta lo amorfo y es tanto nuestro empeño que, cuando el asunto se nos pone cuesta arriba, creamos artificios que hagan coincidir la realidad con lo que pensamos que ésta debe de ser, ¿se podrá domesticar la realidad? Pues no sabemos, pero nos horroriza que algo se nos escape.
Y está bien tener una vida ordenada y, si es desordenada la que tienes, pues malo. Te lo dice todo el mundo o, si no te lo dicen por prudencia, te lo dejan caer por piedad. Que no faltan virtudes para lo que convenga. Y si unos callan por no herirte, otros, para compensar, hablan para redimirte. Que al pan pan y al vino vino. Si no, ¿qué es esto?
Y todo en la vida se ha hecho orden. Y se dice a sus órdenes. Y lo contrario al orden es el caos y el caos, vaya usted a saber por qué, siempre da miedo, impone y tiene mala prensa. La gente, está bien visto, que sea de orden. Y, por si fuera poco, se inventó el ordenador. Y para que no hubiera dudas se basó en el sistema binario: o cero, o uno. O sí, o no, que las cosas no queden colgando, que el orden no admite titubeos. Y por ahí seguimos, con nuestro noble afán, ese camino tan lineal. Pero estamos contentos porque, en el fondo, creemos saber a dónde vamos.

03 octubre 2010

Hiyab

Cada día hay más mujeres amantes de su libertad. Se ponen tetas, culo, labios o transforman sus caras y cuerpos, pero lo hacen porque quieren y jamás por agradar a un hombre y menos a los hombres en general. Participan en programas donde cuentan sus intimidades, pero lo hacen sólo por dinero y prestigio, como comunicadoras. Prestan su cuerpo a la publicidad pero lo hacen porque su actividad laboral así lo pide y no se sienten por ello un banal objeto de deseo. Participan en concursos de misses y reinas, exhibiendo sus cuerpos por puro afán de ser alguien en la vida, por una vocación puramente artística, por una profesión digna en definitiva. Sus desnudeces son trabajos bien pagados, pero no son sino pura imagen, una filosofía avanzada de su dignidad, un avance en sus derechos. Nunca se sienten trofeo sexual de sus acompañantes, sino compañeras que viven vidas interesantes, sofisticadas y de lujo en un continuo aprendizaje basado en el respeto mutuo. Están contentas por asumir ese papel, al menos, así lo declaran y la mujer de hoy no tiene necesidad alguna de mentir y, mucho menos, es ninguna necia. Viven excitantes experiencias. Nunca la publicidad ha respetado tanto lo que las mujeres representan, los publicistas miman hoy su imagen. La mujer está cada vez más valorada en nuestro mundo. Por fortuna todo el mundo lo ve y mis palabras son una evidencia incontestable.
Pero, ¡ay!, no puedo decir lo mismo de todas las mujeres. Son esas, esas musulmanas del velo, las que denigran en el mundo el papel y la condición de la mujer, las que llegan a la degradación extrema. Sí, ya sé que dicen que lo llevan porque quieren, pero todos sabemos que están sometidas al varón y a eso, a eso, es a lo que no hay derecho. Jamás podremos permitirlo en nuestra sociedad. No consentiremos tal humillación. Sería lo último. Eso nunca. Sería asentir a la degeneración de nuestra modélica sociedad.

26 septiembre 2010

Tumba de la imaginación

Con los ojos muy abiertos y una expectación ilimitada, silenciosa y rendida, que ni siquiera rompía la incomprensión de muchas de aquellas palabras, escuchábamos las historias bíblicas que nos narraban de pequeños.
Tal vez fueron aquellas historias las primeras marcas que se hicieron en la cera blanda y virgen de unas mentes, hasta entonces, ajenas a lo prodigioso. En la primera enseñanza no había nada que las superase. Eran magníficas y extrañas, y nos transportaban a otro mundo: el del mito, que, por otro lado, era el mundo en el que mejor nos encontrábamos los niños y en el que personalmente me sigo encontrando más a gusto.
Tengo por seguro que aquellas historias eran tan adictivas que, degustadas sin control ni mesura a edad tan tierna, he sido incapaz de rehabilitarme con los años.
La realidad que he ido viviendo, sin desmerecer en bastantes casos a las historias bíblicas más crueles, me ha dejado, sin embargo, peor sabor de boca.
Mi mente, seguramente igual que la de todos, comenzó a imaginar prodigios ajenos a la vida. Sin embargo, adoctrinado tan tempranamente en su existencia, me empeñé en ver arder zarzas inextinguibles que, por su condición, aún arden en alguno de mis recovecos, ajenas a los jarros de agua fría. Terminé, a mi pesar, descubriendo también algunas estatuas de sal, forjadas a fuerza de volver la cabeza a la verdad, pero bellamente diseñadas al gusto de una época tan deliciosamente estilosa como la que vivimos.
Pero, en general, mi mundo mítico se ha ido degradando a la fuerza. Tengo que reconocerlo.
Los canastos flotantes donde navegaban inocentes, con una última pajita de esperanza pegada al ombligo, flotan hoy a la deriva, o son definitivamente sepultados por avenidas o tsunamis. Los cayados y varas, que se convertían en serpientes, han caído en desuso por mor de la protección medioambiental y porque las protectoras de animales no transigen. Los nigromantes, los magos, los oráculos, los profetas y todo el gremio de adivinos sólo pueden trabajar legalmente en la Bolsa aunque regulen, como antes, apariciones, desgracias y tinieblas. Las codornices y el maná del cielo únicamente pueden caer en forma de ayuda humanitaria. Las nubes y estrellas guiadoras se han visto desplazadas por el GPS. Las trompetas y tambores, que otrora derribaban murallas, se hacinan en los campos de fútbol sin ningún miramiento. Los forzudos han quedado para los gimnasios o van de guardaespaldas. Los gigantes trabajan de seguratas en las discotecas o se han ido a la NBA. Los héroes hacen cola en el paro de larga duración. Los carros de fuego los fabrica la Chrysler. Los certerísimos honderos ya no tiran piedras, como mucho juegan al tenis. Para paraíso terrenal vaya usted a Cancún o a la Ribera Maya. Tierras prometidas y pueblos elegidos cada dos por tres tenemos uno nuevo, sufriendo, incomprendido y anhelante, por su estatuto diferenciador. Y, ¿qué decir de aquellas plagas, úlceras, llagas, lepras, epidemias y pandemias?, pues nada, que tampoco, que ya tenemos a la Organización Mundial de la Salud al tanto. ¿Y de aquellas luchas tribales, de aquellos asedios, conjuras, deposiciones, anexiones, exterminios, batallas, guerras y demás conflictos armados entre faraones, reyes, emperadores y caudillos?, pues que ahora se hacen bajo la supervisión de la ONU. ¿Y de las idolatrías, los conflictos entre sumos sacerdotes, arcas y patriarcas, blasfemias, tabernáculos y cleros, altares y moradas, perfumes y óleos, corderos y pan ácimo, torreznos y jamón, ablación, oblación, circuncisión, esclavas, concubinas, esposas, velos, templos, sacrificios, holocaustos, expiaciones, usurpaciones y profanaciones, animales puros e impuros, inmolaciones y sacrificios, ley del talión, caridad, años sabáticos, jubileos, maldiciones, bendiciones, lámparas y candelabros, exploraciones, cóleras e intercesiones, diezmos y tributos, anatemas, cismas y otros asuntos que afectan a la trascendencia?, ¿eh, qué pasa con ello? Pues, muy sencillo, la Alianza de Civilizaciones y hemos terminado.
Esto de dejar al Señor Yavé sin trabajo nos está dejando sin imaginación. Y es una pena.

24 septiembre 2010

Tú sigue así...

Los narradores hacemos lo que nos da la gana, o eso nos creemos. Sin embargo, hay veces que los personajes te siguen dócilmente o, por el contrario, hacen que tú les sigas a ellos en una especie de tiranía gozosa que te arrastra, ayudándote a encontrar ese rincón masoquista y consentidor del que, quien más quien menos, disfrutamos a solas y furtivamente. Y es que los narradores somos muy influenciables y, como los adolescentes, nos dejamos llevar al precipicio por las malas compañías. Puede que el asunto tenga que ver con esa falta de fe en la gracia de Dios que da la fe, cerrando un bonito círculo vicioso, y que algunos queremos compensar con el gozo de percibir, y hasta querer narrar, la gracia de los hombres o su desgracia que, para el caso, viene a ser lo mismo o, a una mala, inventando ambas cosas y escribiéndolas siempre. Y es que eso de hacer lo que te dé la gana, desengañémonos, inexorablemente desemboca en el vicio.

29 agosto 2010

Sin implicación divina

“Miró Dios a la tierra, y he aquí que estaba corrompida, porque todo mortal había corrompido su camino sobre ella.“ (El Diluvio, Antiguo Testamento)

Ya me olía yo que esto del cambio climático venía de antiguo. Al menos Noé fue avisado de la catástrofe. De no haber sido así ninguno estaríamos tan campantes por aquí, como si tal cosa.
Y, a la vista de aquel primer desastre universal vivido, poco me extrañó que el buen Noé se diera a la bebida y que alguno de sus vástagos, ¡ay, inconsciente juventud!, se cachondeara de él, dando muestras, una vez más, de que los humanos no conocemos piedad, ni comprendemos nada, ni tenemos enmienda.
Sin embargo el Señor, en su bondad infinita o quizás dando muestras de una inteligencia refinada, prometió no volver a castigar a los vivientes tan cruelmente como lo había hecho, que, a ese paso, menuda fama se iba a crear. Y, hoy en día, somos capaces, por esa corrupción de todo llamada codicia, vulgo economía, de buscarnos, nosotros solitos, esos castigos indiscriminados que en otros tiempos, para escarmiento general, propiciaba el Divino Hacedor. No tiene ya que molestarse el Supremo. Nuestra ambiciosa acción sobre la tierra tiene su propio e ineludible toma y daca. Y, puesto que el asunto es ajeno al Todopoderoso, éste ni siquiera avisa, ni pone a buen recaudo a sus leales. Bueno, en el supuesto de que le quede alguno, que, en algún lugar remoto, pueda vivir al pairo de corromper activa o pasivamente esta sufrida tierra, convertida en polígono de pruebas para el inexorable desarrollo sostenible, motor de nuestro irrenunciable bienestar. Si es que no se nos puede dejar solos.

06 junio 2010

Infidelidad

Recordaba lo alejadas que estuvieron la política y la gente. Era aquélla, la de la política, una esfera aparte, intangible, casi innombrable. Era cosa de un grupo restringido de inquebrantables fieles, alejados y metidos en una esfera blindada. La esfera flotaba allá, en un sitio indefinido, custodiado e inalcanzable, al que, si alguna vez se acercaba algún ajeno, lo hacia casi siempre por obligación y siempre con temor, casi con la precaución sobresaltada, revestida de respeto zalamero o de miedo a secas, que produce un encuentro con la bicha dormida. Algo en lo que no se podía confiar pero sí temer, temerlo siempre. Era la política un poder que entonces filtraba su imagen, siempre monolítica y solemne, por medio de la dócil prensa, del amaestrado sindicato, del azul omnipresente del partido único, de los alcaldes designados, del preceptivo NODO propagandístico, de la televisión monocorde y paternal, de las emisoras del Movimiento y del palio que la Iglesia prestaba para que, bajo él, se balancearan las ostentosa borlas que adornaban un fajín de general, y que, simbólicamente, parecían entronizar en la vida eterna ese modo tan peculiar de la vida española de hacer las cosas por cojones.
Falleció el general y fue inhumado en un lugar acorde con lo que su existencia representó para el país: El Valle de los Caídos. Acabó aquel anacronismo.
Llegó la democracia y, al principio, fue un estallido multicolor que, caída la mordaza del miedo, acabó con un mundo en blanco y negro. Y, aunque ya sea sólo un recuerdo, fue muy bonito para los que vivimos aquel tránsito.
Éramos un país virgen para la democracia y los derechos. España era la novia emocionada que daba el sí quiero y se entregaba en cuerpo y alma a un futuro lleno de ilusión y desmesuradas esperanzas. Luego, inevitablemente, fueron viniendo los roces, los disgustos, los desengaños, las contradicciones, los dobles juegos, las conveniencias, las desconfianzas, los escamoteos, las mentiras, las sisas, los resabios, las incongruencias, las traiciones… pero también, pese a todo, llegó la prosperidad. Y la gente vivió con la política un maridaje próspero de esos en que, la abundancia, el dinero y los intereses, terminan por taparlo todo y hace que los sapos a tragar sean aceptables y prime, sobre todas las cosas, la dulce y cómoda conveniencia.
No sé si hoy política y gente vuelven a habitar mundos distintos. Ese cónyuge, infiel por naturaleza, que se llama política, tiene una nueva amante. Y esta vez no parece una aventura pasajera, ni un zafio calentón, ni una relación, como dicen los cursis. Con vocación por seducir a la gran dama de la economía, la política ha calculado mal y parece que, contra natura, se ha puesto a su servicio. La gente esperaba lo contrario. La economía al servicio de la política era lo que decía el contrato democrático. Pero parece que se quieren cambiar sobre la marcha las claves de la democracia que, por otro lado, eran las de la lógica. No sabemos a dónde nos pueden llevar tales envites.
Tras unos bellos años de olvido, parece que la grasienta mancha del miedo, dada por desaparecida, ha vuelto a aparecer y a extenderse, derivando, del miedo personal de cuando entonces, a un miedo colectivo, a ese otro miedo menos tangible, pero más general, que no procede de ninguna amenaza personal ni cercana, sino de otro lugar. De un lugar nuevo que nos obstinamos en hacer irreal y remoto e incluso queremos ignorar. El viejo centinela del sentido común nos dice que nos están engañando, que esto no es ya ni la apariencia de lo que era. Pero no lo creemos, serán habladurías, la política no puede traicionarnos hasta ese punto.
Y no queremos oír a ese tozudo consejero y nos decimos justificándonos: pero si nosotros no podemos hacer nada, si nada depende de nosotros. Entonces, ¿es esto democracia? En nuestro comentario hacemos, sin pretenderlo, un buen resumen de la situación.
Sí que podemos, y tendremos que hacerlo cuando dejemos de estar anestesiados por esa imbecilidad transitoria, espero, que dan tantos años de un bienestar que presumíamos eterno.

01 diciembre 2009

Diatriba anual contra la Navidad

Hoy ha sido el primer día en que los villancicos me han atormentado como suelen. ¿Será que es uno de diciembre, será que no los he oído antes, será que este año todavía no había yo caído? Pues bien, es empezar a oírlos y me descompongo. Lo siento, no es mi intención ofender a los que les gusta la Navidad, que deben ser miles de millones. Por mí, que se diviertan cuanto puedan.
Ya teníamos la nuestra de toda la vida, con la Noche Buena, la Pascua, el Belén, los Santos Inocentes, la Noche Vieja y los Reyes Magos, que no es moco de pavo, de pavo navideño, claro. Pues no. Ahora, y ya desde hace unos cuantos años, también Papá Noel con sus trineos, sus renos y su puto vicio de comprar regalos para todos, se ha incorporado. Porque, bajo el enternecedor y nostálgico espíritu de la Navidad, se esconde ese estímulo inmoderado de gastar como posesos, seguramente, para agradecer al Señor la prosperidad que nos avasalla y para mayor gloria de las grandes superficies, de las franquicias, de los outlets, de las ventas online, de las tarjetas de fidelización, de las de crédito y de otras muchas cosas inhumanas que poco tienen que ver con un niño recién nacido depositado humildemente sobre la paja de un pesebre. Vamos, digo yo. Y si no, nunca mejor dicho, que venga Dios y lo vea.
Puede que sea porque me educaron en la absurda idea de gastar el dinero en cosas necesarias; puede que sea porque, con los años, me estoy volviendo menos sociable, más raro, más viejo y más gruñón; puede que sea porque me he pasado las últimas muchas Navidades, y media vida, viviendo en función de los deseos de otros… pero, este ambiente mercantil acompañado de la musiquita navideña, de las luces y de toda la representación que se prepara, me desbarata; tanta reunión familiar tumultuosa, como si el cariño no existiera el resto del año, me repatea; tanto atasco de comilonas y libaciones sin tasa, que se te saltan los puntos de la culera, del cinturón y hasta de la última operación, si los tienes algo recientes, me estraga.
¡Qué tortura! Pero, menos mal. Este año tengo un consuelo, por fin no tengo obligaciones. Por desgracia ya se fueron todos mis mayores y, por primera vez en muchos años, no tengo compromisos de verdadero peso. Me voy de viaje durante estas fiestas huyendo de la quema, claro. Pero, nada de viajes organizados porque entonces no te libras, te atrapan de nuevo y, en cuanto te relajes, te ves en alguna fiesta multitudinaria, conduciendo una conga, medio pedo, con una rubia que te da de tetazos por detrás mientras mueves el culo al compás del propio pedalín y cantas cosas de tanto fundamento como La Piragua de Guillermo Cubillo. Y es que, en cuanto te descuides y por buenos propósitos que tengas, tienes que celebrar la Navidad por narices. No hay salida. Así que el viaje ha de ser un viaje verdadero, como siempre, sin rumbo, como si estos días fueran lo que son: sólo tiempo.

06 octubre 2009

Educación en valores


Hay quien sostiene que nos estamos dedicando a acumular conocimientos mientras olvidamos la sabiduría. Dicen también que, socialmente, esa puede ser la característica más importante de nuestro tiempo.
Siempre me han dado miedo las frases rotundas y brillantes, como la primera de este artículo, porque permiten dejar en muy buen lugar a quien las dice o escribe pero, por su brevedad y contundencia, pasan por encima de los matices que son la sal de las cosas y que, en definitiva, son los que permiten diferenciar unas de otras.
Sin embargo, también las frases grandilocuentes nos hacen pensar y mirar los contrastes que encierran. Por ejemplo, el acceso a una cantidad de información cada vez mayor se ha hecho posible, la cantidad de conocimientos que tenemos hoy o, lo que viene a ser lo mismo, que sabemos están a nuestro alcance, serían impensables sólo hace veinte años y, sin embargo, tenemos una crisis en educación basada en un fracaso escolar acompañado por una convivencia difícil en las aulas. Hemos llegado, por otro lado, a un tipo de sociedades opulentas, del estado del bienestar, que atraen inmigrantes de todas partes del Tercer Mundo y, sin embargo, hemos entrado en una crisis económica de la que todo el mundo habla y que llena de parados las ciudades. ¿Cómo se ha llegado a esto?
Desengañados, algunos piensan que los estados a lo único que pueden aspirar, y ya sería bueno que lo consiguieran, sería a evitar los excesos del capital. Algo así como ser simplemente defensores de los ciudadanos, ante los abusos, del mercado. Recuerdan que el mercado ni debe ni tiene que prestar ciertos servicios, como la educación, la sanidad, las pensiones, el desempleo, las ayudas sociales…porque al mercado algunas de estas tareas no le interesarán jamás y otras de ellas, interesándoles mucho, las restringirán exclusivamente a quienes puedan pagarlas.
Parece que ante el desmedido afán de lucro que se ha producido, la razón, encarnada en estos estados moderadores, no ha dado la talla y, bastantes veces, en lugar de defender al ciudadano de los excesos del capital, han promovido los tales excesos como si fueran objetivos propios. Hacer coincidir la lógica del mercado con la lógica de la política se ha convertido en moneda común, muy apreciada por muchos políticos de todo signo pero especialmente conservadores.
Probablemente, no ha sido solamente la codicia y la ambición de los consorcios industriales, de las multinacionales de la construcción y de otros sectores, de la banca, de las mafias financieras, de las compañías de seguros y de fondos de inversión… las que han desatado la crisis económica que vivimos, sino también la falta de control de los estados, que se aliaron con una economía neoliberal considerada por muchos, que ahora se quejan, como motor de desarrollo.
También, ante la crisis, los ciudadanos comprueban y descubren para su desgracia como los estados están constituidos para defender a los ricos, a esos codiciosos escondidos en el entramado de la crisis, de la agresividad de los pobres. Evidentemente no se han encontrado responsables de nada. La crisis la pagaremos los de a pie como siempre, los unos con sus dineros, los otros con su paro...hay muchas formas. Los responsables no caen, no aparecen, ni siquiera parecen existir. O sea, lo de siempre. Así que queda claro, además, que nadie, sin el visto bueno de esa modélica estructura, va a tener posibilidades de hacer mucho en política. Grandes lecciones para sacar y nefastos ejemplos para seguir. Pero quizás, ni las lecciones ni los ejemplos, sean los más adecuados para promover una educación en valores que, al parecer, es de lo que adolece nuestra gente joven y de donde arrancan todos nuestros males. Afortunadamente a la gente joven, si no mejor educada sí más informada, es cada vez más difícil engañarles. O eso es lo que yo quiero creerme.
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16 septiembre 2009

El Toro de la Vega


Según dicen los torresilanos el alanceamiento de un toro, acontecimiento popular conocido como el Toro de la Vega, es una tradición que debe respetarse a ultranza. Ya no se atreven a llamar al acontecimiento cultural, aunque poco les falta y algunos puede que lo hagan, pero sí se refugian en la palabra tradición. Parece que la palabra tradición merece un respeto por sí misma. O sea que como la tradición es, más o menos, el conjunto de costumbres que se transmiten de unas generaciones a otras, pues que si algo es tradición, pues vaya, que merece la pena conservarlo.
Sin embargo, yo creo que el progreso de España y de otras muchas naciones se ha venido incrementando notablemente con el abandono, espero que para siempre, de ciertas tradiciones, como por ejemplo, la de los tradicionales y frecuentes pronunciamientos militares, la de las guerras civiles, la de las ejecuciones en las plazas públicas, la del derecho de pernada, la de que las mujeres no tuvieran voto, la de no tener agua corriente en las casas, la de desplazarnos en caballerías, la de no lavarse… y, otras aún más antiguas, que por fortuna también abandonamos, como por ejemplo asaltar la aldea de al lado, matar a los hombres y violar a las mujeres. Y tantas y tantas otras que, por la flaqueza de mi memoria no me vienen en este momento a la cabeza, pero que, por tradicionales y divertidas que fueran, se han perdido para descanso y respiro del común de la gente, aunque ya no estoy seguro de que alguno no las añore también.
Pues bien, éstas otras, principalmente la de matar toros de diversas formas y maltratar animales y mujeres nos está costando mucho más abandonarlas. Se ve que es que las tenemos muy arraigadas, las tradiciones éstas digo. Alguno dirá que cómo puedo comparar lo de los toros con lo de las mujeres. No lo comparo. Lo cito conjuntamente porque es otro asunto que en nuestra España, tan tradicional ella, coexiste con el primero de los hechos y, a lo que parece, es tan tradicional como él por trasmitirse de generación en generación. Es cierto que esto de maltratar a las mujeres nadie lo defiende de palabra ni se vanagloria de ello, como con lo del toro, pero es como si lo lleváramos tatuado en nuestra alma de tradicionales machistas y así esta costumbre de matar toros y mujeres se sigue trasmitiendo de generación en generación. Una tradición más, ¿a conservar también? Tal vez, sean casualidades. Pero, claro, siendo tradiciones, son cosas que merecen respeto según el respetable.
Así que el día 15 del presente mes de septiembre se celebró el alanceamiento del Toro de la Vega en Tordesillas. Una vez más se llevó a cabo esta tradición que los torresilanos tienen a bien conservar como bien cultural irrenunciable. A mí todo eso no me gusta. Tampoco me gustan los toros, ni los encierros pero, claro, se ve que soy un bárbaro aculturizado que no respeta ninguna raíz ni tradición y que no tiene ni fundamentos ni principios. Vamos una escoria. Un impresentable, lo siento.
El toro de este año se llamaba Moscatel, era de la ganadería de Victorino Martín y pesaba 540 kilos. Según calculan los periódicos al evento han acudido unas 25000 personas amantes de esta tradición. No hay constancia de cuantas decenas de caballistas y lanceros acosaban al toro. Lo hirió un caballista de 29 años antes de llegar a campo abierto y, por lo tanto, incumpliendo las normas. Luego ha terminado de matarlo y ha regresado al pueblo con el rabo de Moscatel colgado de la hoja de su lanza castellana. No le han dado el premio, una insignia y una lanza, por no haber matado al animal reglamentariamente. ¡Mecachis! ¡Pobre chico, mira que haberse quedado sin su lanza!
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11 septiembre 2009

Raza


Hace años, en la Universidad Estatal de Los Ángeles, podía verse gente procedente de los cinco continentes. El curso que iba a hacer era uno específico para personas extrajeras que hubiesen llegado a los USA con intención de quedarse. No era mi caso. Sin embargo quedé deslumbrado por dos cosas: la calidad de la universidad y el variado gentío de tantos países y razas en que me encontraba inmerso. En la España de aquella época no había la diversidad de población que hay hoy y, claro, yo no hacía más que observar con mucha curiosidad a los cientos de personas que me rodeaban. Un día, estando con un amigo, descubrí a una chica entre aquella multitud. Era distinta entre mil y le dije a mi amigo. Te apuesto lo que quieras a que aquella chica es española. Mi amigo pensó que conocía a la chica de antemano y que le quería tomar el pelo, pero yo le aseguré que era la primera vez que la veía. Entonces, intrigado, me preguntó si yo podía distinguir a una española entre un conjunto de mujeres. Le dije que no, que habría una mayoría de españolas a las que sería incapaz de diferenciar a simple vista de una mujer de otra nacionalidad. Pero, sin embargo, le aseguré que aquella mujer, por sus rasgos, tenía por fuerza que ser española. Que tenía las características propias más comunes en las mujeres de España, su piel morena, su pelo negro y, si me apuras, todos los rasgos raciales inconfundibles de una Lola Flores y de las bailaoras de flamenco y de las morenas andaluzas de pelo negro, rizado y largo, los ojos grandes y oscuros, el porte elegante...todo cuadraba al cien por cien, era imposible, yo sabía que no podía equivocarme. Estaba totalmente seguro. Nos jugamos una comida.
Muy ufano me dirigí a la presunta española. Me fui directamente a ella con toda la decisión que emanaba de mi absoluta seguridad y le pregunté si era española. La mujer, antes de contestarme, me obsequió con una espléndida sonrisa y luego dijo: No, soy de Arabia Saudí. Y yo recordé entonces que los árabes estuvieron 800 años con nosotros y que lo que a mí me parecía lo más racial y definitivo de mi gente y de los españoles era eso, justamente nuestra sangre árabe.
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10 septiembre 2009

La fe, irresistible


Una persona muy allegada, agnóstica supongo hasta hace poco, se ha metido nuevamente en religión. Y no me importa, sólo me fastidia su afán por justificarse y por pedir respeto. Un afán que termina declarando que la fe es, para el que la siente, una realidad inevitable.
Bien, asumo que, en su caso, así será. Y lo respeto a condición de ser dejado en paz, a mi vez, al no haber sido yo tocado por fuerza tan irresistible y tan inevitable.
Ciertamente la persona de la que hablo es persona educada y discreta, aunque no ha podido evitar el regalarme una especie de libro del sabelotodo en el que un joven diablo instruye a un joven novato, a la sazón diablo también y sobrino suyo, en las cotidianas artes demoníacas.
Al leerlo pienso, ¿qué no se habrá inventado para hacer proselitismo? Y me digo, pero, si tan fuerte es la fe, ¿por qué, los que gozan de ella, no dejan en paz al prójimo, y se contentan con la gran dicha de sentirse elegidos y de vivirla discretamente a solas?
Las personas no necesitamos que se nos invite a pensar, pues nuestra tarea en la vida es justamente esa y, menos, que esa invitación proceda o nos lleve respectivamente a argumentos o conclusiones tan sabiamente preparados y retorcidos. No creo que necesitemos ejemplos como para que nos sintamos implicados, tocados, conscientes de que todo el comportamiento humano está estudiado ya desde la premisa religiosa y que, por tanto, no hay salida. El problema está en que yo no creo en tal premisa y la descripción del comportamiento humano me resulta más normal y natural en Cervantes, en Shakespeare o en Moliere, que no perseguían ningún fin, que en la pluma de sagaces y hábiles moralistas.
Me viene a la memoria cuando de niño te llamaba a su despacho el director del colegio religioso al que asistías. Allí, una vez creado el ambiente apropiado, te preguntaba si no habías sentido, por ventura, la vocación sacerdotal, la llamada del Señor a la que ¡Ay de aquel que permaneciese sordo! Tú, abrumado por aquel cerco afectivo e intimidado por una obligación espiritual que nunca habías sentido, intentabas escabullirte con las excusas más triviales.
- No estoy seguro, tal vez alguna vez –respondías poco convincente, ante lo impresionable que como niño eras y lo impresionado que ciertamente te sentías.
O, recurriendo una vez más al socorro protector de tus padres, decías:
- Mis padres me necesitan –esperando, en su caso, su complicidad.
Sin embargo, la conversación con aquel adulto, que te hablaba en la confidencialidad de su despacho, en la penumbra creada alrededor de la luz de un flexo, que habiéndote separado de tus compañeros te ofrecía dulces y chocolate, perito él en las artes sacramentales del confesionario y, como poco, quintuplicándote la edad, era tremendamente desigual y asquerosamente amañada.
- ¡Cuidado, Dios no llama dos veces a la misma puerta!
- Tú necesitas a tus padres, pero ellos no te necesitan a ti.
- Yo puedo hablar con ellos y seguro que se sentirán orgullosos de dedicar al servicio de Dios a uno de sus hijos.
Tú no sabías por dónde escaparte. Te querían obligar a decidir sin tener capacidad para ello. Tú sólo querías que te dejaran en paz. Y digo yo, que si tan fuerte e inequívoca era esa pretendida llamada divina ¿Cómo es que tenían que coaccionar a un niño de aquellas maneras? Pero, claro, eso lo digo ahora.
Hay quienes se empeñan en saberlo todo y en demostrarte que, hagas lo que hagas, tu comportamiento está previsto. Tal vez sea así en muchísimos casos pero no veo que dioses o diablos tengan nada que ver con ello y que el comportamiento de los humanos, por lo general repetitivo salvo raras excepciones, sirva para justificar la existencia o no existencia de estos seres de la mitología cristiana. Algunos, llevados por su fe, creen en todo ello, pero otros seguimos a las mismas. Todos juntos y sin molestarnos, tan amigos. Pero estoy de acuerdo, esto de la fe, en un sentido o en otro, es irresistible.
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08 septiembre 2009

El contratiempo del tiempo


Veo, por las obligadas o voluntarias semidesnudeces o desnudeces que el calor del verano propicia, mujeres de anatomía espectacular pese a superar las cuatro o cinco décadas. Pasean por playas, piscinas y locales de moda como si fueran éstos los puntos donde contrastar el esfuerzo de sus horas de gimnasio, sus pilates y sus siliconas, sus rayos UVA, sus deserciones de la pasta, del pan, de los helados, de las grasas, de las legumbres, del azúcar… como si todo su atractivo se basara en conseguir, pasados los cuarenta, la figura normal a los dieciocho.
Por otro lado, los dieciocho, sería la edad físicamente idónea para procrear aunque no esté de moda hoy aprovecharla. Aún menos que a los 18 conviene procrear después de los 40, por motivos de salud que pueden afectar a madre y descendencia, pero el llamar la atención al otro sexo se hace aún más necesario que de joven. Nadie se plantea que ha de hacerse viejo sino que está dejando de ser joven.
La publicidad, en ese tiempo que ha logrado convertir en indefinido, afina mucho, presentando todo cuando quiere vender como un derecho, casi inalienable, independientemente de si va o no contra natura, porque lo de la natura hace ya tiempo que no interesa y además la publicidad no adula a tan adusto amo, sino a la voluptuosa vanidad. Para algo ha de servir el dinero, porque, si no, seríamos como los animales que no lo necesitan, condenados los pobres a su rígido ciclo vital. Así que, parece que se ha puesto de moda que galanes de sesenta y tantos se empeñen en procrear con damas glamorosas de cuarenta y bastantes y que se haya convertido en un avance, una necesidad, y hasta en un privilegio el ir contra la dichosa natura, que no hace más que dar por saco. Se vende claro, porque, si nos colocan la ilusión de la vida eterna, como no nos van a colocar unos años de prolongada juventud y, por supuesto, la paternidad y maternidad a edades desusadas como una manifestación de que aún no se es mayor, terrible palabra que sepulta la juventud como una losa. Ser joven es una circunstancia pero no envejecer es un logro. Que no se te olvide, muchacho.
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06 septiembre 2009

La parábola


El restaurante está en el centro de la ciudad. La cocina es buena y muchos turistas extranjeros cenan en él. A la izquierda, sin ir más lejos, una pareja de jubilados italianos han acabado unos mariscos y un buen plato de pulpo a la gallega y ahora se enfrentan a una porción de tarta de crema. A la derecha hay tres franceses sesentones, dos mujeres y un hombre. Los tres están delgados y ellas lucen una media melena lisa de corte muy estiloso que les deja el pelito estratificado, una capa de pelo con apariencia canosa en el exterior y otra, más oscura, debajo. Hablan bajo y parecen educados, aunque distantes. Sin embargo, sus ojillos azules e inquietos les traicionan, pues éstos persiguen insistentemente, como si sus voluntades no pudieran dominarlos, los variados platos de comida que circulan sobre las bandejas de los camareros. Las melenitas de las dos francesas se voltean con una especie de insolencia, que ellas no perciben ni pretenden, hacia los platos que se posan en las distintas mesas. Se deciden por los espárragos sobre fondo de setas, el jamón ibérico, la sepia y el entrecot. Por más que algunas veces les traicione la curiosidad, y se agiten nuevamente esas cabecitas con un corte tan chic y juvenil, mantienen durante la cena un aire distinguido, casi con un leve toque de superioridad así como distraída.
En un comedor tan lleno, casi se puede curiosear descarada e impunemente sin que, de un modo evidente, se pierdan las formas.
Entre tanto contento y en ese ambiente relajado, repentinamente un hombre se encuentra mal. Le acompaña su mujer. Son también franceses. La mujer se azora y, en su nerviosismo, pide ayuda a los comensales de la mesa de al lado. Son un hombre y una mujer con dos hijos. La mujer es española pero el marido es marroquí y habla francés. Avisa al jefe de comedor y éste saca al hombre al fresco de la calle y le pone en una silla. El marroquí le da al jefe del comedor los datos precisos sobre el estado del francés. El comedor entero ha visto lo que pasa. Suponemos que los del restaurante han avisado al 112. Los franceses estilosos, a nuestra derecha, observan la escena sin inmutarse.
Cuando a la media hora terminamos de cenar y salimos a la calle, encontramos al francés que se indispuso sentado en una silla de la terraza con muy mal aspecto y, a su lado, sólo su mujer muy nerviosa y descompuesta. Les preguntamos y medio nos enteramos de que tiene un dolor difuso en el pecho y que no puede moverse y vemos que, además, está aterrado. Nos extraña que no haya llegado aún la ambulancia. Es entonces cuando sale el marroquí que en un principio le atendió y le hizo de intérprete, acompañado de su mujer y sus hijos. En cuanto intercambiamos cuatro palabras nos damos cuenta de que los del restaurante no han llamado a urgencias. Inmediatamente llamamos nosotros y la sospecha se confirma. Nos dicen que no sabían nada y que inmediatamente mandan una ambulancia. El marroquí no para de hablar a la mujer y al enfermo para tranquilizarles y decirles que la ambulancia viene en camino y que, si es necesario, irá con ellos al hospital para hacerles de intérprete.
El jefe de comedor del restaurante, al ver que nos hemos quedado con la pareja, trata de disculparse y dice que a veces la gente sufre cortes de digestión e incluso se atreve a insinuar, como hablando con el viento, que hay quien bebe demasiado. Cómo si su negocio no consistiera en servirles comida y bebida. Le decimos que no creemos que sea el caso pero que, aunque lo fuera, para eso están las urgencias y que no se puede dejar tirada a una persona de ninguna manera.
El maître, con su carita de ardilla servicial, al fin se destapa cuando arguye que al llamar al 112 se monta un show por la llegada de la policía y la ambulancia, las sirenas, etc. y que todo eso constituye un pequeño escándalo que actúa en detrimento del negocio y que luego, muchas veces, se trata de problemas sin importancia por lo que, lo mejor, es que el interesado coja un taxi y se vaya al hospital, al hotel o a su casa. De hecho, asegura conocer al cliente enfermo y dice que de vez en cuando viene por su restaurante.
Asombrados por su desvergüenza le decimos que el hombre tiene muy mal aspecto y que ya hemos llamado nosotros al 112. Dice que sí, que bien, que ellos, naturalmente, también lo habían hecho. Nadie le contradice pero le decimos que, entonces, no se entiende todo lo que nos está contando y menos aún tanta dilación. Enseguida hace mutis y se desentiende. Ha cumplido y se va, con su carita de de saludador, a fingir mil y una atenciones a los clientes.
Mientras estamos acompañando a la atribulada pareja, salen del restaurante los tres franceses distinguidos que han cenado a nuestra derecha. Ni una palabra. Pasan de largo. Cosas como estas no afectan a gente tan elegante.
Sentí un peso negro en el estómago tanto por la actitud del jefe del comedor para con un cliente habitual, como por la indiferencia de aquellos tres atildados franceses para con sus compatriotas.
Al poco llega la policía y la ambulancia. Explicamos al médico lo que hay. El francés sonríe aliviado y tanto él como su mujer se despiden de nosotros con emoción. Dan las gracias con las pocas palabras que saben de español.
- Bonne chance, madame! –dice amablemente el marroquí cuando se marcha la ambulancia.
Viendo el comportamiento del marroquí, su acción de intérprete, su negación a abandonar al enfermo, su disposición a acompañarle al hospital para hacer de intérprete, recordé la parábola del buen samaritano. También me sentí orgulloso de vivir en un país donde se atiende a cualquiera sin pedirle nada y me avergoncé de que tengan que ser los africanos los que vengan a enseñarnos no sólo solidaridad, sino también educación.
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01 julio 2009

Verano


Hace unas semanas salió ya la primera, y supongo que única, edición del Castro Bonaval. Los que seguís el blog puede que lo leyerais en su día. Al publicarlo por medio de una editorial, no me pareció correcto mantenerlo en Internet. Por eso lo quité.
Al final ha quedado un libro con una portada sobria, entiendo yo, y una historia entretenida. Del mismo modo que no imaginé que tuviera esa portada, tampoco imaginé cuando empecé a escribirlo en qué terminaría aquella historia de Matías. A decir verdad, ni siguiera sabía por entonces que terminaría siendo una historia tan larga y, menos, que terminaría siendo un libro. El caso es que así resultó y deseo daros las gracias a cuantos lo fuisteis leyendo y a los que me acompañasteis con vuestros comentarios.
El verano se nos echa encima y es, para todos, un tiempo irregular que, a ratos, puede engullirnos y, a ratos, disiparnos. Así que perdonad si no contesto a su tiempo o si no escribo lo habitual.


Os deseo un buen verano. Gracias.


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19 febrero 2008

Comprensión


"Los sistemas de creencias del pasado eran técnicamente falsos y moralmente consoladores. La ciencia es lo contrario". (ERNEST GELLNER)


Hemos de ser comprensivos con la Iglesia Católica. La iglesia necesita tiempo para aceptar las cosas y pasar a incluir entre sus valores aquellos que previamente combatió. Leyendo un libro de Fernando Savater que se titula “La Vida Eterna” y que, por ser este señor un filósofo educado, está escrito de forma razonada y respetuosa, me he enterado de algunas cosas. Por ejemplo:
Que ya, a raíz de la Revolución Francesa, hubo respuesta de la iglesia para aquellos deseos tan populares de Liberté, Egalité et Fraternité. El papa Pío VI respondía en una encíclica llamada Quod aliquantum, en el 1791, a la Declaración de Derechos del Hombre hecha por los revolucionarios franceses, y lo hacía con estas prudentes palabras: “No puede imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres”.
Otro papa, Gregorio XVI, en 1832, y en una encíclica que se llama Mirari vos considera, con tacto especial, la libertad de conciencia como un error venenosísimo. También se pronuncia contra la libertad de conciencia promovida por la modernidad democrática el pontífice Pío IX, en el Syllabus de 1864.
León XIII en su encíclica Libertas de 1888 anuncia los males del Liberalismo y del Socialismo y escribe: “No es absolutamente lícito invocar, defender, conceder una híbrida libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto, como si fuesen otros tantos derechos que la naturaleza ha concedido al hombre. De hecho, si verdaderamente la naturaleza los hubiera otorgado, sería lícito recusar el dominio de Dios y la libertad humana no podría ser limitada por ley alguna”.
Pío X, siendo papa en 1906, y en su encíclica Vehementer escribe sobre la separación iglesia estado lo siguiente: “Que sea necesario separar la razón del Estado de la de la Iglesia es una opinión seguramente falsa y más peligrosa que nunca. Porque limita la acción del Estado a la sola felicidad terrena, la cual se coloca como meta principal de la sociedad civil y descuida abiertamente, como cosa ajena al Estado, la meta última de los ciudadanos, que es la beatitud eterna preestablecida para los hombres más allá de los fines de esta breve vida”.
Sólo en el Concilio Vaticano II, a instancias del papa Pablo VI se reconoce la libertad de conciencia como una dimensión de la persona ante la sorpresa de algunos sectores de la iglesia que consideran el pronunciamiento como una auténtica revolución.
A la vista de estos hechos me consuelo y veo que las diatribas actuales entre la iglesia y el gobierno no son cosa nueva. También me anima el hecho de ver cómo, pese al celo de los papas por limitar los derechos de las personas a su conveniencia, la humanidad ha progresado. Bien es cierto que no lo rápido que algunos quisieran pero, nadie por muy obispo de Roma que sea, ha conseguido detener esta evolución.