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11 junio 2018

Preparación de un viaje a ciegas



Quería saber. Le advirtieron de los riesgos, pero se afianzó en su idea. Creía que las personas debían saber, aunque padecieran, antes que resignarse a vivir en el feliz sopor de la ignorancia o, lo que es peor, instalarse  cándidamente hipnotizadas en esas medias verdades gloriosas oídas en la infancia. Por eso indagó en la mayor gesta que en los tiempos conocidos alumbró su país y llegó a la conclusión de que tal epopeya fue y será, a no ser que el destino nos depare nuevas aventuras nacionales, el descubrimiento y la conquista de América. (Si algunos estaban pensando en el mundial de fútbol del 2010, lamento decepcionarles.)

Reconoció, empero, que todos los que han abierto heridas, o las abran, forzosamente habrán de ser tratados como agresores por la Historia y ninguno se librará de su juicio, eso sí, tan tardío como ineficaz. Sin embargo, cuántas gestas menos dignas de ser contadas se han difundido y qué poco las expediciones a lo desconocido de aquella vilipendiada España. Y así, con esa secular humildad española (de la que excluyó a Aznar, por perdonavidas) se dispuso a estudiar en los archivos más reconocidos e imparciales. Esos que aclaran u ocultan, según se consulten o no, los arcanos de la Historia.

Lo primero que le extrañó es que hubiese sido precisamente un genovés el que capitaneó la gesta. (Ya anticipo: nada que ver con los ocupantes de la actual sede política de la calle Génova. Que hay quien a todo le saca punta.)

Lo segundo, fue la fecha: 1492, por qué precisamente en ese año.

Lo tercero, fue que se propalara que la reina de Castilla hubo de vender sus joyas para financiar aquel viaje. (Una reina santa en el “Compro oro”, qué vergüenza.)

Lo cuarto, la magnitud de la expedición, referida a los barcos y sus características y al número y clases de hombres que la formaron. (Lo siento, pero no viajaron mujeres. Es un dato confirmado que no hubo paridad, aunque el machismo no se hubiese inventado todavía formalmente. Por la misma razón no constan datos del colectivo LGTBI, si es que lo hubo.)

Con respecto al primer punto, siempre había pensado que el genovés Cristóbal Colón apareció en España como un iluminado que, por designio del Altísimo, supo convencer a los Reyes Católicos de sus acertadas (en mínima parte) premoniciones geográficas. Algo así como un ser milagroso y providencial procedente de la culta Italia del Renacimiento con su Petrarca adorado.

Pero no era así, los genoveses no eran precisamente los faros culturales del mundo. Simplemente, por entonces, los mercaderes de Génova dominaban el comercio en el Mediterráneo. Y, por ejemplo, la familia genovesa de los Centurione era la más importante de las que se dedicaban a los negocios en Málaga. Pero eran muchas las familias genovesas que operaban tanto en Portugal como en España, las dos potencias navieras de la época (Los Doria, los Pinelli, los Ripparolo, Los Grimaldi, los Castiglione, los Vivaldi, los Fornari, los Malocello, los Usodimare… entre otras, y algunas de ellas siguen hoy en los negocios del mar).

Se dice que unas cincuenta poderosas familias genovesas tenían sus negocios ubicados en la península Ibérica. ¿A qué se dedicaban estos marinos? Al comercio de seda, de azúcar, de aceite de oliva, de tintes, de jabón, de trigo, de oro, de plata, de sal, de resina… pero, sobre todo, estaban especializados en la trata de esclavos. (La legislación laboral era aún más laxa que la actual y se admitía esta palabra sin ambages, remilgos ni eufemismos porque, por entonces, nadie osaba hablar de precariedad laboral y llamaban a las cosas por su nombre).

Pero, además de genoveses, también había florentinos, milaneses, venecianos… dedicados a idénticos menesteres (tal era ya la movilidad laboral), aunque, naturalmente, en colaboración con españoles y portugueses. Sin embargo, todo hay que decirlo, los ibéricos se preocupaban de la cristianización de los esclavos, mientras que a los itálicos, más prácticos, les traía al pairo el afán evangelizador hacia aquella masa laboral tan desfavorecida. Fue aquella vis comercial la que hizo de aquellos italianos expertos marinos, que, sorprendentemente, desde el punto de vista cultural, preferían estar al lado de las belicosas armas españolas que de las brillantes plumas italianas del Renacimiento, pero, a la par, sin rechazar los adelantos técnicos que dicho movimiento cultural trajo consigo, especialmente los más útiles y delicados: la brújula, el astrolabio y el arcabuz.

Por abreviar, diremos que Colón fue uno más de aquellos experimentados marinos al servicio del mejor postor y que, también, adquirió su experiencia con los negocios descritos. Cosa que no le quita al descubridor ningún misterio ni mérito, pero que decepciona mucho a las mentes más idealizadoras, tal como era la mía, de la cautivadora gesta colombina.

Con respecto al segundo punto, no cabe duda de que Colón les insistió varias veces a los Reyes Católicos sobre su proyecto, pero éstos no se decidieron hasta 1492. La razón primera fue que entonces acabó la guerra de Granada, los reyes se vieron dueños de la ciudad (último baluarte del Islam en España) pero cayeron en la cuenta de que se quedaban también sin los tributos del Reino Nazarí y de que sus asuntos en el sur de Italia necesitaban de nuevos fondos. Los frailes de La Rábida les insistieron en que la expedición que Colón proponía era una pequeña inversión, nada arriesgada, si se tenían en cuenta los ingentes beneficios que se podrían obtener.

Pero, además, los Reyes Católicos, especialmente Fernando, rey modélico hasta para el astuto Maquiavelo, vio que la empresa que unió a los españoles, la conquista de Granada, al tocar a su fin, pondría de nuevo a maquinar en su contra a toda la nobleza de los levantiscos reinos españoles, recientemente unidos por aquella santa empresa ya acabada. Haría falta darles, siempre que se terciara, un proyecto nuevo, ocuparles en otra causa cristiana, noble y ambiciosa. Y no eran sólo los ejércitos castellano-aragoneses (catalanes incluidos, como todos los demás, sin derecho a decidir) los que estaban bajo su autoridad real, sino también otros más. No en vano el italiano Pedro Mártir de Anglería (que ya nos vio el plumero en esto de las irredentas plurinacionalidades ibéricas) escribió en aquellos tiempos: 
“¿Quién jamás creería que los astures, gallegos, vizcaínos, guipuzcoanos y los habitantes de los montes cántabros, en el interior de los Pirineos, más veloces que el viento, revoltosos, indómitos, porfiados, que siempre andan buscando discordias entre sí por la más leve causa y como rabiosas fieras se meten entre sí en su propia tierra, pudieran mansamente ayuntarse en una misma formación? ¿Quién pensaría que pudieran jamás unirse los oretanos del reino de Toledo con los astutos y envidiosos andaluces? Sin embargo, unánimes, todos encerrados en un solo campamento, practican la milicia y obedecen las órdenes de los jefes y oficiales de tal manera, que creerías que fueran todos educados en la misma lengua y disciplina.”

Aquello fue como un milagro. O sea, que el descubrimiento de América (Las Indias) sirvió de nueva cohesión a las variadas sensibilidades e identidades culturales de las fraternales, pero siempre rivales, gentes de España. Puede que, sin el descubrimiento de Las Indias, tampoco existiera la España unida (todavía) que hoy conocemos. (Y, pensándolo, no sé si valió la pena, dada la estabilidad nacional de que hoy gozamos, alterar el curso de la vida en todo un continente.)

Lo tercero. Lo de las joyas de la reina Ysabel (entonces se escribía así, Y de yugo; F de flechas; Ysabel y Fernando, el yugo y las flechas) puede que se dijera para mayor gloria de la reina santa, pero los administradores de Castilla, y algún banquero, aseguraron a los monarcas que eso no iba a ser necesario. De hecho la expedición de Colón no llegó a costar ni dos millones de maravedís y, por ejemplo, solamente en la boda de la infanta Catalina, en Inglaterra, gastaron sus Católicas Majestades sesenta millones de maravedís. Vamos, que lo de la expedición primera de Colón salió casi como lo que hoy vendría a ser, sobre poco más o menos, una despedida de soltera. Perdonada sea la manera de comparar.

Lo cuarto: la expedición. ¿Cómo se imagina? Posiblemente, como algo grandioso. ¿Cómo eran las naves? ¿Cuántos hombres fueron?

Ante estas preguntas la imaginación vuela impetuosa. Pero la realidad es como una piedra que, atada a nuestros pies, nos devuelve al santo suelo. Dos carabelas fueron requisadas y hubieron de ser equipadas por los marinos de Palos (Huelva) por ineludible requerimiento real. Fueron la Pinta y la Niña, de entre 55 y 60 toneladas. Para hacernos una idea eran naves de tres palos de unos 21 metros de eslora, 8,5 metros de manga y 3,3 de profundidad.  Casi da miedo recapacitar sobre sus pequeñas dimensiones, si consideramos las distancias a recorrer en la Mar Océana. La tercera carabela, la Santa María, conocida también por María Galante o por la Gallega era un poco mayor y Colón hubo de alquilársela a Juan de la Cosa, marinero cántabro, residente en el Puerto de Santa María.

Uno se asombra al pensar que en la aventura sólo participaron 90 hombres. Fueron 45 a bordo de la Santa María, 26 a bordo de la Pinta y 24 de la Niña. Los navegantes procedían de Andalucía en su mayoría: de Río Tinto, Moguer, Huelva, Palos, Sevilla… Había algunos judíos conversos (la sociedad española estaba entreverada de cristianos viejos y nuevos, que no siempre se amaban), también varios vascos, algunos cántabros, un Mendoza de Guadalajara, dos portugueses… y, de ellos, cuatro o cinco navegantes eran delincuentes que escapaban de la justicia al enrolarse, varios eran funcionarios reales y no viajó en la expedición, por raro que parezca o tal vez por sabia prudencia, ningún cura ni fraile.

Los marinos experimentados cobrarían mil maravedís al mes y seiscientos los novatos. Aunque ha de mencionarse que ninguno, de los que sobrevivieron, cobró hasta 1513 (21 años después), por mor de esas complejas diligencias que originan pequeños retrasos (sobre todo en los pagos) y que la burocracia, por difícil que sea hoy creerlo, tenía ya en aquella época.

He aquí algunos apellidos de los navegantes, seguro que con ellos podríamos hoy formar gobierno en cualquier país de habla española: Talavera, Baraona, Vergara, Foronda, Patiño, Godoy, Mendoza, Vélez, Yáñez, Alonso, Pinzón, García, Sarmiento, Ruiz, Niño, Gama, Peñalosa, Gutiérrez, Arana, Torres, Pérez, Camacho, Vallejo, Rodríguez, Bermejo, Xerez…

¿Sabían cuál era su destino? Evidentemente, no. Pero esto ya queda para otro capítulo glorioso.

06 marzo 2018

La esquina de la angustia





Entre las sombras que separan la noche del día llegó lo inesperado. Sin avisos ni premoniciones. Súbitamente, entre las brumas del sueño. Tu candidez se obcecó en rechazar la pesadilla y, como el niño que se tapa los ojos con las manos para no ser visto, te quisiste engañar: Estoy soñando. Sin embargo, era real. Estabas encerrado en una jaula invisible. No sabías cómo podrás salir, ni si saldrías. Te resistías a estar allí, pero no había alternativa. Ver venir el primer golpe te cercioró de ello. 

Desconoces lo que va a suceder. Todo es incierto menos tu pánico. Tu percepción se distorsiona. Lo ves todo más grande, tu cerebro acaba de cambiar la escala del espacio. Una parálisis te agarrota. Sales de ella de ella bruscamente, de un salto, y pasas a una movilidad que te sorprende. Son impulsos de un muelle incontrolado. Te reconoces viajando en tu cuerpo, llevado por un autómata que se mueve sin tu supervisión. Tú eres sólo el asustado pasajero que va dentro. Tu vista, amplitud sin precisión, capta el conjunto de la escena con tanta avidez que le es imposible centrarse en los detalles. ¿Tendrás las pupilas dilatadas, las tendrás contraídas? No lo sabes. Tus ojos siguen un protocolo propio, autónomo. No sientes el frío ni el calor, no recuerdas si estás vestido o desnudo, no acertarías a decir si es de noche o de día, se detiene el transcurrir del tiempo. Tu cuerpo sin gobierno se mueve violentamente, por instinto. Tienes la sensibilidad dormida. Si recibes un golpe no percibes dolor, sólo un impacto vago; si lo lanzas tú, no sabes con qué fuerza y sólo un tacto torpe y acolchado te dice si dio contra otro cuerpo. Saltas siempre, desordenadamente, alertado por amagos ajenos, guiado por la intuición de la amenaza, prevenido por la mímica corporal del agresor. Te sientes etéreo, flotante, un ser que vuela sin saber volar y que, desconcertado, no sabe cómo no choca contra las paredes, ni adónde va, ni si será capaz de regresar al suelo. La sensación de ingravidez es angustiosa. También la tensión que la mantiene. Inesperadamente, el sedimento de los recuerdos se remueve, tu memoria recrea otra ingravidez inesperada. El exógeno plástico explosionó a destiempo y demasiado cerca. Un punto blanco, diminuto en su origen, se expandió brutalmente en un instante en forma de esfera roja incandescente. La onda expansiva te levantó en el aire. Fue entonces, suspendido, cuando el estampido te atronó y llegó la oscuridad. Al caer contra el suelo estabas lleno de silencio. Cuando abriste los ojos te creíste sordo y también mudo porque no podías escuchar las palabras que pronunciabas. Te sentiste impotente queriendo desgarrar a gritos aquella bolsa blindada de silencio. Fue inútil. El desvalimiento de tu voluntad, perdida en un mar de vacío, te ahogaba. Te anonadó la misma soledad que ahora sientes.

Súbitamente, la situación termina. Se desvanece como una cortina que cae desmadejada. Como el aire que al salir deja plegado un globo, desaparece la amenaza. Enseguida vuelve el tiempo, el espacio recupera su dimensión. Notas que tu cuerpo regresa también, el dolor te lo anuncia. Protestan las articulaciones, pinchan los músculos, hormiguean las manos. Comienzas a sentir el corazón. Éste crece de un modo desmedido, oprimiéndote el cuello, los hombros y los brazos como un balón que no deja de hincharse. Entonces quieres dar fe de ti mismo y gritas, pero no oyes tu voz, sino una voz gutural y extraña de alguien que no sabías que llevabas dentro. Crees que aún no estás allí. Te buscas. No paras de moverte. Estás hiperactivo, poseído por una vehemencia loca. No sabes cómo liberar la tensión. Algo se fue de ti, algo te falta. Crees que estás buscándolo. Una sensación de pérdida se instala obsesivamente en tu cabeza. Sale de tu memoria el susurro de un viejo estribillo en una lengua extraña: “Men in a war when they’ve lost a limb still feel that limb as they did before.” Suena la alarma de la supervivencia. Desde la paranoia te alertas nuevamente y, con temor, te palpas ansiosa y obsesivamente el cuerpo. No hay sangre, estás entero. Te preguntas cómo es que estás vivo y te contestas con unas palabras en las que siempre dijiste no creer: De milagro.

El futuro, desde ahora, se llama “Después” y dura siempre. Después, cuando menos lo esperes, durante el sueño o en las vigilias, tu impredecible mente, ese ente emancipado que creíste regir y que te rige, sin pedir permiso, a su entero capricho, te llevará a su esquina oscura, ésa donde guarda el arcón del terror y te hará ver el reportaje de la angustia. Y no podrás escaparte. La vida, como algunas enfermedades, también deja secuelas.


20 noviembre 2017

Intríngulis de la liebre


Pues sí, lo que sé sobre las liebres me lo enseñó el Colás. Ya sabes, fue pastor desde niño y, con el tiempo, se hizo cazador. Cazaba de ordinario en lo libre pero, con más frecuencia, en los cotos, siempre de furtivo. Por eso era un cazador solitario. El veneno del furtivismo, una verdadera vocación, le acompañó siempre. Y lo practicó de todas las maneras, ejerciéndolo ya fuera en terrenos prohibidos, ya en épocas de veda, ya coincidiendo ambas circunstancias. O sea, sin respeto a espacios ni tiempos, pero con absoluta devoción a su libre albedrío. Era un furtivo muy completo, un precursor de la libertad y del derecho a decidir, una auténtica escopeta negra. Vamos, una alhaja.
Un día, el sargento de la Guardia Civil de su pueblo, le pilló con la escopeta en mayo.
-¡Tú tenías que ser, Colás, qué haces con la escopeta en este tiempo!
-¡Mi sargento, la llevo pa mi defensa!

No sé por qué lo hizo, porque ya te he dicho que era un solitario. Pero, andaría yo por los dieciocho años y él por los cuarenta y alguno, cuando aceptó que le acompañara a cazar. Iba a decir que me dejó cazar con él, pero eso sería mucho presumir, pues yo, por entonces, no tenía ni idea, ni sabía de los animales ni de sus querencias y, además, cuando me vio tirar, el Colás dijo:
-Papo, galán, no tienes tú que sembrar los restrojos de perdigones. No le pegas a una sotana en un montón de cal.

Hoy, si no te importa, vamos a caminar por los lugares donde sé que les gusta a las liebres ampararse estos días que sopla el norte, este zarzagán que tanto molesta, que quema las mejillas, hiela las manos y hace rielar el agua de los charcos y llorar los ojos.
La gente dice que la liebre puede estar en cualquier sitio y eso es verdad, mas no en días como hoy.
Pero hay que distinguir dos casos.
El primero es que, incluso en estos días fríos y ventosos, si una liebre ha huido de su encame levantada por un cazador, por un perro o una zorra, puede estar refugiada ocasionalmente en cualquier sitio. Así que, en ese caso, no valen reglas.
El segundo, consiste en buscar la liebre en su querencia con este viento frío. Buscar con intención de encontrar. Y para eso hay que ir con conocimiento.
-Sarvi, ¿a que no sabes por qué los cazadores buscan las liebres?
-Porque quieren cazarlas, ¿no?
-No, porque no saben dónde están, gelipollas –se cachondeaba de él, como siempre, el Colás.

La liebre, como sabes, no tiene madrigueras ni se mete en agujeros. También come durante la noche, a partir de la caída de la tarde. El día lo pasa encamada sesteando. Y, como la buscamos durante el día, hay que mirar las solanas a resguardo del viento.
-¿Y todo eso te lo explicó el Colás?
-No. El Colás sólo me dijo que me acordara siempre de que la liebre es mu friolenta.
-¿Y por qué la liebre no busca refugio en agujeros como los conejos?
-Es por la sangre. La liebre tiene un sistema circulatorio muy potente, tiene mucha sangre en comparación con otros animales de su tamaño (por eso tiene la carne tan oscura) y un corazón grande capaz de bombear esa sangre cargada de oxígeno a gran presión. Por eso es capaz de regular su temperatura durmiendo al raso y por eso, junto con la ligereza de sus huesos, es capaz de correr a  una velocidad que ronda los 70 Km/h. Digamos que, lanzada, puede rozar los 20 metros por segundo. Un verdadero torpedo a ras de tierra.
-¿Eso también te lo explicó el Colás?
-No. El Colás sólo me dijo que la liebre era un animalito mu sanguino.

Ahora comprenderás por qué estamos buscando los mejores abrigos naturales. Hemos de ir despacio, zigzagueando, mirando matas, macizos de aliagas, apretones de biércoles e incluso entre las lascas de piedras verticales, que también suelen servir de parapeto a sus encames.
-¿Y por qué se levantan cerca o, a veces, casi de los pies?
-Ya te digo que están sesteando y su mejor defensa es el mimetismo con el que se confunden con su encame. También su instinto, desde que son farnacas y carecen de olor, es el de estarse quietas, convertidas en piedras. Sólo si el perro las detecta o te metes encima se levantarán. Por eso hay que ir despacio y como a la deriva y nunca en línea recta en su búsqueda. Hay, incluso, quien desarrolla una gran habilidad para verlas en la cama.
-¡Sarvi, que la veo, que la veo!
-No me vaciles, Colás. Que aquí no hay nada.
-Pero, mírala, qué ojos te echa, galán. Que la tienes a tres metros, que te va a comer. Que está diciendo: “Sarvi, no me mates”.
-Déjate ya de cachondeo, Colás.
-Papo, Sarvi. Ves menos que una picha escayolá.

Cuando la liebre salta, hay veces que sale rebrincada, con la orejas tiesas y quebrando las matas o regateando al perro. En esos casos hay que reportarse, esperar a que se eche las orejas al lomo y enderece. Otras veces sale rectilínea directamente de la cama. Si le tiras mientras quiebra es fácil que falles; si le coges los puntos cuando haya enderezado, tienes más probabilidades de hacerte con ella. Pero también depende de la visibilidad que tengas al tirar. Así que en dos o tres segundos, a lo sumo, tendrás que decidir. Luego, ya se te habrá puesto a más de cincuenta metros o puede que ni la veas entre la fusca.
-Sarvi, las cortao las orejas. Pero, papo, búscalas pa una sopa. ¡Coponario, qué malo eres, galán! ¡No tenemos na en casa con este hijo! ¡Es que no sabes que estos animalitos se comen! ¡Qué poquita hambre has pasao tu de pequeño!

Además, otro punto que hay que tener en consideración, es que la liebre está en celo, a diferencia de otras especies, la mayor parte del año. Especialmente en esos periodos del anticiclón de invierno en los que, pese a los hielos nocturnos, los días son soleados. No es raro que las liebres se apareen en días benignos como ésos. Te conviene saber que el mismo Aristóteles cita a las liebres como símbolo del deseo sexual y del amor carnal y algunos santos doctores de La Iglesia como símbolo de la lujuria. Y es que los sabios y los santos, viendo en el fondo las cosas del mismo modo, las suelen denominar, sin embargo, con palabras distintas.
-¿Y eso qué trascendencia tiene para la caza?
- Supongo que te refieres a la avidez amorosa de las liebres. Pues que, si en uno de esos días soleados te salta una liebre, busca en los alrededores, porque en un radio de cien metros es posible que haya alguna más.
-¿Y fue el Colás el que te contó todo eso?
-De ninguna manera. Si me hubiera empeñado en hablarle al Colás de Aristóteles o, menos aún, de los doctores de La Iglesia, me habría tomado por un majara y, lamentablemente, su confianza conmigo se habría deteriorado para los restos tras, indefectiblemente, haberme mandado a tomar por culo. Pero sí que me dijo que las liebres eran unas criaturitas a las que les duraba el tempero todo el año y que, en los días buenos, aunque fuesen de invierno, solían ponerse una miajita climatélicas.

Aunque creas que has fallado a una liebre, siempre debes poner al perro en su rastro.
-¿Aunque la veas largarse como un rayo?
-Generalmente, sólo las verás trasponer a una distancia variable, pues los terrenos suelen ser accidentados y no dan para verlas correr a distancia.
-Pero si la ves marcharse con más salud que tú, para qué vas a seguirla.
-Porque las liebres en su formidable sistema circulatorio, esa especie de circuito sanguíneo a presión, tienen su mayor fortaleza y, a la vez, su talón de Aquiles. Basta que un solo perdigón les haya alcanzado para que, al cabo de cien o doscientos metros de veloz carrera, sufran un gran derrame interno. Si ha sido así, el perro la cobrará amagada en algún zarzón a dos o trescientos metros o aún más cerca.
-¿Y eso te lo explicó también el Colás?
-No, el Colás sólo me dijo que, al ser unos animalitos tan sanguinos, eran lo más blandito ca había pal plomo, porque con tal que las tocara una triste mostacilla se quedaban sin fuelle y se arranaban en cualquier mata. Y que la liebre tenía esos intríngulis.
-Entonces, ¿qué coño te enseñó el Colás?
-Amigo, ¿te parece poco? Sembró en mí la semilla del conocimiento.
-Pues sembraría lo que tú quieras, pero llevamos seis horas buscando y nada.
-Pues eso: que no sabemos dónde están.

14 noviembre 2017

La pantera ibérica


Ya, desde el comienzo, todo el mundo barruntaba que la temporada de caza no iba a ser buena.

Los agricultores, que no acostumbran a quejarse del tiempo ni bajo tortura, simplemente dijeron que aquel año había sido malo. Y, aunque debatieron en profundidad sobre el asunto en la Cámara Agraria con asesores muy bien informados, la conclusión fue concisa, parca y, en palabras llanas, vino a ser lo que viene a resumir esta sentencia:”La cosecha de este año ha sido la antítesis de lo que venía a ser un cosechón de la hostia. Esta cosecha no la podemos poner en valor, la tenemos que poner en temor.”

La sequía era evidente. La mayor parte de los manantiales, las acequias, los nacederos, los pilares y las fuentes se habían secado. Las salinas abandonadas mostraban sus cuarterones secos. La Laguna de Paredes, que aún en las más pertinaces sequías mostraba siempre un charcón en su centro, sólo barro reseco y cuarteado mostraba en él.

Todos los hermanos, que se aglutinaban en esa etérea comunión cinegética constituida por sociedades deportivas, peñas, cuadrillas, hermandades y otros grupos camperos, ponderaban la impotencia del hombre (y de la mujer) contra los caprichos del clima.

Algunos hacían serios y pesimistas vaticinios sobre la imparable e irreversible velocidad con la que el cambio climático nos amenazaba en silencio. Elucubraban, apesadumbrados, con la “muerte dulce”, esa que se derivaría de una primavera seca e interminable que nos llevaría a fenecer cualquier día después de decir por última vez: “¡Qué buen día hace!”.

Los ganaderos estaban también desolados. Antes, decían, de vez en cuando teníamos que llevar forraje o pienso a los animales pero, ahora, es que además de comida tenemos que llevarles el agua. Se rumoreaba que incluso algunos ganaderos habían comenzado a almacenar en sus naves barriles de cerveza antes de que los precios de la nutritiva e hidratante bebida se disparen ante el desplome de los acuíferos.

Incluso los pacientes buscadores de hongos y setas que, pese a la sequía, salían al campo con la ilusión de encontrar lo que en él no podía nacer sin el líquido elemento, perseveraban en su costumbre de registrar cada palmo de las antaño frescas praderas, hogaño convertidas en eriales polvorientos, como si su ilusión pudiera hacer que las esporas germinasen por amor.

No sé si ha quedado claro. Reinaba el pesimismo.

Pero fue entonces cuando saltó la noticia: Se había visto una pantera en la zona. Unos la ubicaban cerca de Sigüenza, otros, emboscada entre los enormes macizos de espadañas de la Laguna de Paredes, no faltaban quienes decían haberla visto en los páramos altos de Barcones y Alpanseque y quienes proclamaban que el felino asentaba sus dominios en las Peñas de La Bodera, en el corazón del espeso marojal que domina la comarca.

Todos aquellos rumores comenzaron a concretarse con fotos e incluso con filmaciones que circularon a gran velocidad por las redes sociales, por los teléfonos móviles, esos corazones paralelos por los que sienten cada nueva realidad los ciudadanos (y las ciudadanas) de este mundo global globalizado.

Enseguida comenzaron las discrepancias sobre aquel animal filmado entre junqueras o en rastrojos o sesteando bajo las retamas o luciendo su insólita silueta sobre peladas peñas. Unos sostenían que era un gato montés, otros que un lince, otros que se trataba de un guepardo, que un ocelote, que una hembra de tigre o de león, que una pantera, pero pantera a más no poder…

Pero, cuál era el origen del animal. Los grandes felinos estaban en la zona descatalogados desde tiempo inmemorial. ¿Residuo de algún circo obligado a desprenderse de sus animales para no incurrir en su explotación e indiciario maltrato? ¿Habría sido introducido por el Servicio de Protección de la Naturaleza para, paulatinamente, ir introduciendo otros y hacer de aquellas sierras despobladas un Serengueti de la Península Ibérica? ¿Habría escapado aquella fiera de la propiedad de alguna secta misteriosa que poblaba alguno de los castillos restaurados de la zona o que hacían tal vez asentamientos secretos en los pueblos abandonados? ¿Sería una creación de los servicios secretos rusos para desestabilizar económicamente la zona y crear un sentimiento independentista cerril e irreductible que hiciera saltar la unidad nacional en pedazos desde el punto más inopinado?

Lo cierto es que la sequía, la caza, la ganadería, la agricultura, el movimiento micológico de fin de semana, el cambio climático y hasta el mismísimo secesionismo catalán pasaron a un segundo plano. Teníamos un grave problema: la pantera. Y los hombres (y también las mujeres) estaban encantados con su hecho diferencial, un verdadero hecho diferencial que no se lo saltaba un gitano: la vuelta de los grandes felinos al Sistema Central. Nada menos. Eso no se conocía ni en Bélgica, ni en la Padania, ni en Córcega, ni en los landers alemanes más prósperos, ni siquiera, que ya es decir, en la gran Euskalherría con su cupo.

Eso sí, al sargento jefe de puesto de la zona le llegaban las ojeras a la boca. Que si la pantera me ha hecho polvo un gallinero en Riofrío, que si la pantera ha devorado un novillo en Cincovillas, que si la pantera ha entrado en una taina de Tordelrábano y ha hecho una sarracina… Todos los males de la zona se le adjudicaban a la pantera.

El sargento con sus pocos guardias no se daba abasto. Inspecciones, esperas, vigilancia nocturna, llamadas a la colaboración ciudadana, a los agentes de medio ambiente, al servicio de vigilancia y extinción de incendios, hasta a los pastores se les pidió que echasen una mano. Todo fue infructuoso y, por tanto, el sargento dijo que no podía descartar ninguna hipótesis. Pero lo que más le dolió fue que el alcalde de uno de los pueblos, que por prudencia no citaré, le dijo, con mucha guasa, que pidiese ayuda a los Mossos de Escuadra que eran unos especialistas en despachar fieras. Ahí el sargento se tuvo que sujetar.

Las televisiones se hicieron cargo del fenómeno informativo que el felino representaba e intentaron filmarlo y someter a debate las imágenes con expertos en información de todo tipo, que son los que más abundan en las teles, por suerte para España.
Tampoco las televisiones consiguieron localizar al animal pero, los comentaristas más veteranos y avezados, no descartan que el animal proceda de la selva venezolana. Y la cosa se ha animado con esa revelación. La fiera podía ser indiciariamente chavista y bolivariana lo cual multiplica su potencial peligrosidad.

Es indudable que con la fiera estamos haciendo país. La gente se está uniendo. Tenemos un ideal común. Todos nos sentimos identificados con él. Ya sabemos que la Guardia Civil no puede acabar con esta pesadilla intangible. Pero en el país se multiplican las esperanzas. El sábado pasado, sin ir más lejos, una caravana de cinco coches dotados de tracción cuatro por cuatro y ocupados por reputados monteros, armados y con visores Swarosvky de visión nocturna, salieron en la noche en busca del, casi ya, mitológico animal. Desgraciadamente, tras horas de recorrer pistas y caminos intransitables, no dieron con él. Sólo avistaron asustados cánidos, vulgo raposas o zorras, a los que no osaron disparar, pues su safari era lúdico y festivo y, además, en apoyo a la autoridad establecida y en coordinación con la misma.
Cansados los veteranos cazadores y, tal vez llevados por un extraño sentimiento reflejo, terminaron a la tres de la mañana en “El Tren del Amor”, reputado local de carretera, haciendo libaciones de bebidas espirituosas en compañía de unas amables señoritas.

El problema sigue, pero nada nos había unido tanto hasta la fecha. El símbolo de la zona ya es la pantera solitaria. ¿Por qué no una bandera panterada? ¿O queda más fino pantherina?

07 noviembre 2017

La Historia Milenaria


Se percató del teclado polvoriento. Sopló sobre él y, al instante, flotó la pelusilla a la luz oblicua de la tarde con un brillo minúsculo y fugaz. Le pareció el leve fulgor de la desidia, del desánimo, del monótono correr del tiempo. Vamos, algo así como el sedimento donde germina la vagancia con una constancia imperceptible.
A la par, le recordó los días de la última semana, cuando desde el alba se empeñó en hoyar, distraído y perezoso, los también polvorientos caminos y senderos de algunos de sus desiertos más entrañables. Como el que se empeña en tener una misión, de la que es a la vez único jefe y soldado leal.

El primer día subió por el camino más alto del monte del Marojal. Es el camino que cruza las Peñas y desde el que se contempla, desde la uve de su paso más elevado, a lo lejos, gran parte de la provincia, debajo, el minúsculo pueblo de La Bodera.
El camino cruza una estribación del Sistema Central. El caminante deja el coche en la Cerrada del Abogado porque quiere ahorrarse los dos primeros kilómetros llanos, de yermos, barbechos, yecos, labores y rastrojos. Pueden ser buenos, pese a su monotonía, para desencamar a la rabona o levantar un bando de perdices pero, para el paseo, prefiere más la variedad.
Desde la cerrada comienza a ascender lentamente entre pastizales y praderas y el campo se vuelve paulatinamente más silvestre. El camino genuino está casi perdido, las caballerías y las personas hace muchos años que dejaron de usarlo. Hay alguna pista nueva para los ganaderos que ya se mueven, no iban a ser ellos la excepción, sobre ruedas, como Dios manda.

Sorteando los grupos de estepas que invaden el camino tortuoso y semicegado por la broza llega al monte. Es como llegar a una muralla. Es un monte de rebollos y robles, con pocas encinas, y con un sotobosque de biércoles, aliagas y estepas. En muchos lugares se erige una maraña de fusca impenetrable, hogar de jabalíes, corzos, tejones y becadas.
Allí la rampa del camino viejo se acentúa. El suelo está, a trozos, levantado por las torrenteras y con hileras de cantos rodados al albur. El silencio del monte es, a ratos, total. Y, cuando se para a escucharlo, el caminante casi se asusta con un temor irracional y le dan ganas de acelerar el paso.
Apoyado en el pequeño compás oscilante de sus piernas llega arriba. Otea un rato el vasto horizonte desde aquella soledad. Piensa si no será demasiado bajar por la otra vertiente y, sorteando la linde del monte bajo con las tierras de labor, alcanzar tras unos kilómetros el camino principal.
Sabe que serán tres horas más de caminata. Lo sopesa y, con indiferencia, se dice: “¿Y para qué las quiero?”.

Al camino principal llega tras hora y media. Es el camino que cruza el monte por su parte baja. Es uno de los tramos que aún perdura del Camino Real que cruzaba en dirección a Soria. Pérez Galdós lo cita en uno de los Episodios Nacionales (Narváez, cree recordar). También fue cuerda de merinas durante la Mesta, así como testigo de las correrías del Empecinado en sus escaramuzas por estas sierras cuando la Francesada. Sostienen algunos que el Cid (Ruderico, como firmaba), en su destierro, lo atravesó de noche en su primera incursión en el Reino de Toledo, en manos entonces del moro infiel. Ahora dicen que también formaba parte de la Ruta de la Lana (enésimo camino de Santiago) y que, por ella, subían los entonces preciados vellones de La Mancha en dirección a Burgos. Y no sería raro que pronto se descubra que lo transitó el propio don Quijote o, al menos, Cristóbal Colón…Pero, que las flechitas amarillas ya las tiene. Y de vez en cuando pasan peregrinos, dicen.
Así que el caminante, a medida que lo recorre paso a paso, y aunque no ve un alma, se siente muy acompañado por la intimidad de la Historia y las historias de España, tan variadas y difíciles de encajar como el propio país. Y se dice que esto es lo que tiene el tener alguna lectura, que se alivian las soledades del alma nostálgica, aunque a los pies, sacrificados porteadores del cuerpo, les dé igual todo.

Pero ocurre un milagro. Sí, un ruido. Es un traqueteo lejano que crece lentamente. El caminante, aunque no tiene nada que temer, se sobresalta. Ya se había acostumbrado al silencio y a la perenne soledad. Son dos motoristas que vienen en dirección contraria. Van despacio y, cuando le dan vista, enfilan un poco más deprisa hacia él. Enseguida los identifica, sus uniformes verdes cantan, son de la Benemérita, seguramente del SEPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza).
El caminante se palpa. Sí, lleva la cartera y el DNI. También se alegra de no estar de caza, pues tendría que haberles enseñado un sinfín de papeles: licencia de armas, permiso de caza, guía de la escopeta, seguro de cazador, control de munición, control de piezas, permiso del coto, tarjeta canina, certificado de vacuna antirrábica (del perro, claro), precintos…
Afortunadamente, la caza está mucho más controlada que las cuentas en paraísos fiscales, dónde va a parar. El caminante es consciente de poblar un país civilizado que cuida su medio ambiente. Y no lo dice simplemente por alabar a las autoridades.
Los guardias paran a su altura y él hace lo propio. Saludan y preguntan qué hace por allí. Les dice que de paseo. A los guardias les extraña un paseo tan largo, pero él les dice que le gusta el paraje. Los guardias le indican que aquel monte es un coto, pero él les replica que no está molestando a los animales, que no lleva perro y que por el Camino Real hay derecho de paso.
Ya se sabe que a algunos guardias les joden los listillos pero éstos no son de ésos y no le quitan la razón. Le desean un buen paseo y justo cuando están montando en sus motos aparecen en la misma dirección del caminante dos ciclistas.
“Coño, dos bicigrinos de la Ruta de la Lana, y yo que me creía que por aquí no pasaba nadie”, piensa el caminante.
Llegan a la altura de los guardias y del caminante. ¡Ahí va!, si son catalanes, con su banderita estelada ondeando en las bolsas traseras de las bicis.
Parece que los guardias tienen ganas de cachondeo. Les paran. Uno de ellos tras saludar militarmente a los ciclistas y darles los buenos días, dice socarronamente:
-¿Qué? ¿De visita por el extranjero?
-¿Por qué dice usted eso? ¿Es que no se puede circular por este camino? –dice uno de los ciclistas mosqueado y sin saber muy bien qué replicar.
-No, hombre. Es que como decís que “Catalonia es not Spain”, que también tiene cojones que lo digáis en inglés teniendo vuestra lengua…
-Pues claro que Cataluña no es España, parece mentira que no lo entiendan ustedes. Somos un pueblo muy distinto con una historia milenaria.
-Anda éste, como si los Toros de Guisando fuesen de anteayer…- y el guardia se dirige al caminante, esperando su apoyo- ¿Qué le parece a usted eso!
El paseante se lo piensa un poco y al cabo dice:
-Pues, mire, que estos catalanes llevan razón. Cataluña no es España…
-También usted se pone de su parte, lo que me faltaba por oír –corta el guardia.
Pero el caminante continúa:
-Efectivamente, Cataluña no es España. Pero es que tampoco Castilla es España, ni Andalucía es España, ni Aragón es España, ni Galicia es España… ni ninguna otra región, considerada aisladamente, es España. Somos España todos juntos. Si no, seríamos otra cosa, pero ya no seríamos España.
Y el caminante se queda satisfecho de haber dado una opinión con tanta mesura y mano izquierda.
El guardia tarda unos segundos en responder, pero al final resuelve:
-Pues no sé si lo ha arreglado usted o lo ha terminado de fastidiar. Pero bueno, circulen y tengamos la fiesta en paz, que vamos de servicio y no viene a cuento iniciar un coloquio justo aquí, donde Cristo dio las tres voces.
-Buen servicio –dice el caminante.
-Adeu noi! –reivindican su lengua los de la estelada, ignorando a los guardias.

El caminante se va y, cuando ve alejarse a los ciclistas y se pierde el ruido de las motos, recapacita sobre sus lecturas y cae en la cuenta de que España, a diferencia de casi todos los demás países, siempre ha sido el principal problema para sus ciudadanos.

25 marzo 2017

24.- El Aprendiz: De vuelta


A medida que el autobús se alejaba de Alfambra, Lázaro quiso rememorar su estancia en la ciudad, pero no pudo. El ambiente tibio del viejo autocar, su suave traqueteo, el trajín inusual de las últimas horas, el cuerpo tullido por los golpes y el frío de la noche pasada al relente, le pusieron a dormir casi en el acto. El agotamiento le venció al sentarse, cerró los ojos y su cabeza se venció, buscando apoyo, contra la ventanilla.

Habían pasado casi cuatro horas cuando se sintió ir hacia adelante por la inercia de un frenazo y dio con la cabeza en el respaldo del asiento que tenía delante. Se despertó aturdido, sin saber dónde estaba.
-¡Marachote, veinte minutos de parada! – voceó rutinariamente el conductor, abriendo la puerta y bajando del autobús.
La mayoría de los ocupantes, con las piernas agarrotadas por el tiempo de quietud, se apearon estirándose y entraron cansinamente en la cantina.
En una esquina había una mesa, cuidadosamente preparada, con su mantel, servilletas, cubiertos, vasos y platos. Enseguida la ocuparon el conductor y su ayudante. Una chica joven con un delantal blanco, que se movía airosamente, les puso delante de inmediato sendos platos humeantes con un par de huevos fritos, un chorizo y un lomo. Antes de que pudieran pedirlo, trajo también una panera repleta de trozos de pan blanco y una botella de vino tinto a granel, espeso, casi negro, tapada con un corcho.

Lázaro, al ver los apetitosos platos, sintió, más cruel que nunca, el retortijón del hambre. Hacía más de veinticuatro horas que no probaba bocado. Tenía necesidad y le dolía la cabeza. Maquinalmente registró sus bolsillos, pero al instante recordó que no tenía dinero. Se dio cuenta de que ni al hambre ni a la falta de dinero estaba acostumbrado. Sin embargo, había entrado en aquella cantina por inercia. No había sido buena idea, no debía haberse movido del autobús. Ahora estaba allí, como un pánfilo, sin poder apartar los ojos de la comida, con las tripas sonándole y la boca aguada.
-¿Qué va a ser? –le dijo un mozo con una chaquetilla blanca que atendía la barra.
-Nada, gracias. No me encuentro muy bien –dijo Lázaro, improvisando una disculpa.
El mozo le miró de mala gana y continuó atendiendo a los que se acercaban a la barra. Lázaro se apoyó en ella de espaldas y vio como la gente se había sentado a las mesas y, mientras unos pedían de beber, otros sacaban tarteras con filetes empanados, tortilla de patatas, embutidos, pedazos de jamón curado, pimientos fritos, empanadillas, torreznos… Y un olor variopinto a comida apetitosa y casera le llegó de todos lados. Y reparó en lo crueles que los olores podían ser algunas veces.

Un matrimonio mayor estaba sentado en la mesa más cercana a Lázaro. El hombre, con traje de pana, boina y camisa blanca sin corbata, le observaba. La mujer sacó una hogaza de pan y un gran taco de jamón de un capacho.
El hombre, frente a él, se apoyó la hogaza de pan en el pecho, poniéndola de canto, y le sacó una cuña hermosa con la navaja. Al terminar de hacerlo sus ojos se cruzaron con los de Lázaro. El hombre, con la cara curtida y arrugada por el sol y los años, le pasó el trozo de pan a la mujer. Partió un segundo pedazo sin dejar de mirar al muchacho y lo dejó sobre la mesa. Luego le dijo a la mujer que le pasara el trozo de jamón y, mientras, cortó una tercera rebanada de pan. Lázaro desvió la mirada al suelo. El hombre sacó unas buenas suelas del trozo de jamón y tomando una gran loncha la puso sobre una de las cuñas de pan. Se levantó y se la ofreció al muchacho.
-Prueba, chaval, que es de mi pueblo. Seguro que en la capital no coméis cosas de éstas, ¡de qué parte!
-Muchas gracias –y lo cogió Lázaro con la cabeza gacha, con una vergüenza que le impidió añadir nada más, mientras sentía como la saliva se le agolpaba en la boca.
El hombre volvió a su sitio, movió de lado la cabeza y sonrió, guardándose el pensamiento en sus adentros. No dijo nada y dejó que Lázaro comiera sin molestarle. La mujer le miraba extrañada y por lo bajo dijo:
-¿De qué le conoces?
-Para algunas cosas no hace falta conocer a la gente –dijo secamente el hombre, mientras, con la navaja cabritera, hacía pequeños trozos de su loncha de jamón sobre el pan.
Y la mujer, acostumbrada a no insistir y menos a destiempo, no dijo nada.

Cuando el chofer y su ayudante terminaron de almorzar se acercaron a la barra a tomar café. Era la señal para que todos pagasen lo consumido y regresaran al autobús.
El hombre que le había convidado hizo una seña a la mujer y ésta recogió todo y lo devolvió ordenadamente al capacho grande de hule oscuro.
-¡Qué vaya bien!
-Muchas gracias –dijo Lázaro, casi más con la sonrisa y el brillo de los ojos que con la tímida palabra y siguió a la pareja hacia el coche.

Sus benefactores se bajaron en el cruce de Angorita, un pueblo pequeño a menos de una hora de Marachote. El viejo y el chico se despidieron con una última mirada. Y entonces a Lázaro le vino a la cabeza la imagen del padre del muchacho que expulsó de la residencia. Con algo quebrado por dentro, le dijo adiós con la mano desde la ventanilla.

El resto del viaje lo pasó recordando su viaje de ida. No hacía tanto tiempo, apenas diez meses. Recordó vagamente su ilusión ante lo desconocido, su agobio por las dudas, la confianza en sus fuerzas, el ansia por estrenar su libertad. Se dio cuenta de que ya no era aquel iluso incauto. Jamás pensó probar tanto fracaso, pero tampoco soñó con haber vivido tantas cosas. La experiencia se atesora pero, como Camelia dijo, no se puede trasmitir. ¿En cuánto tiempo aprenderían otros lo que él aprendió en esos pocos meses? ¿Quién dice que la vida ha de ser justa?
Y le pareció vislumbrar por un momento la idílica imagen de la libertad. Una imagen que él, quizá como muchos, imaginó un día sin trabas, como la de un pájaro que cada día volara a su antojo. Pero ahora sabía que la libertad no era eso, que la libertad también tiene estructura, una estructura oculta que para los más simples pasa desapercibida. Si la libertad nos permite elegir, para hacerlo, hemos también de renunciar a lo que no elegimos. Era un pensamiento falso, vacío y peligroso, el confundir la libertad con el capricho o con la conveniencia. Si elegir obliga a renunciar, la libertad nos obliga a aceptar nuestro propio compromiso, nuestro destino. Algo así como a elegir nuestra propia jaula.

Dos horas después el coche de línea paró donde siempre, frente al palacio. Habían llegado. Lázaro, con la mente aún habituada a Alfambra, abandonó el coche como el que rompiera el cordón umbilical que definitivamente le apartara de aquélla.
Con la maleta y la bolsa subió andando por la Calle Mayor.
En todos lados el río, el puente, el palacio, la Calle Mayor… La existencia revestida de monotonía. Estaba de nuevo en su ciudad y la vida, tras aquellos efímeros destellos de Alfambra, le pareció de nuevo la misma película en blanco y negro de siempre. Sabía más, sí. Pero el sentido de la libertad que ahora tenía no volvió nunca a ser la idílica figuración de antes. 
¡Anda que no ni na!

FIN

23 marzo 2017

23.- El Aprendiz.- La despedida


En casa de Camelia, Lázaro se duchó. Ella, como mejor supo, le curó las heridas que tenía en cuerpo y cara. Destacaban algunos hematomas grandes en el cuerpo pero, seguramente siguiendo las instrucciones del encargado, los macarras casi no le habían pegado en la cara, de modo que estaba reconocible y sólo se dolía de algún chichón en la parte posterior de la cabeza, producto de haber rodado por el apestoso suelo de aquellos servicios.

Camelia le ayudó a limpiar sus ropas y, entre los dos, las dejaron pasables. Luego, desayunaron juntos. Ella había traído de la vieja tahona del pueblo, que abría temprano, una hogaza grande, tostada y crujiente. Comieron huevos fritos con torreznos de esponjosa y crepitante corteza. La mezcla del pringue sabroso y caliente con el pan crujiente estaba tan apetitosa que actuó como un rápido reconstituyente para Lázaro. El café de una segunda cafetera puso un buen final a aquel inesperado y rotundo almuerzo.
-Perdona –dijo Lázaro –por esas confidencias que pensaba guardarme.
-No tiene importancia –dijo Camelia – Ya has visto el honor que Mansoz ha hecho a su palabra.
-Son cosas que te pueden comprometer.
-Calla, Lázaro, si tú supieras las cosas que me cuentan.
-¿Qué quieres decir? ¿Es que no te parece raro lo mío?
-Mira, Lázaro, las prostitutas somos como los vertederos de los sentimientos molestos, de los remordimientos y hasta de algunas acciones inconfesables. Todo lo que los hombres no se atreven a contar, o lo que les avergüenza, o lo que les tortura, o lo que les preocupa, viene a parar a nosotras. Al menos, algunas veces. Si supieras cuanto yo sé, dudarías, como me pasa a mí, de todo. Pero, como la experiencia no se trasmite, de nada sirve que te diga. Contarte historias sería tontería. Ya irás aprendiendo, so pena de que en alguna de éstas te dejes el pellejo. Dios no lo quiera. Aléjate de gentes como a las que has servido.
-Yo no he servido a nadie –protestó Lázaro con vehemencia- Les he dado unas informaciones sin importancia. Diría que me he servido yo de ellos.
-Entre que seas un estúpido o, por joven, un inconsciente,  prefiero quedarme con lo segundo. Lázaro, tú les has estado sirviendo. Eso no tiene vuelta de hoja. Y más vale que lo tengas claro y no vuelvas a caer en situaciones como éstas. No sé si de ésta saldrás bien, pero yo no probaría más veces. Date por librado si todo ha terminado con la paliza. ¿Informaciones sin importancia, dices? ¿En qué mundo vives? ¿Y el muerto?
Lázaro no se atrevió a replicar. Camelia veía las cosas con una claridad de la que él carecía. A su lado se sintió repentinamente un crío, un iluso, un bobo en manos de aquella gente y, lo peor, es que se había creído capaz de manejar la situación. Un sentido abrumador de ridículo se apoderó de él. Y no dijo más porque la vergüenza le dejó sin argumentos, sin ánimo y sin voz.

Camelia, a media mañana, y una vez que Lázaro estuvo presentable y hubo descansado, le llevó de nuevo a Alfambra. Viajaron en silencio. Cuando ella aparcó su utilitario frente a la entrada de la residencia, le dijo:
-Bueno, Lázaro, hasta aquí hemos llegado. Tengo que volverme y dormir lo que pueda hasta que abran el local. Que te vaya bien. Supongo que no te volveré a ver.
-Nunca se sabe, pero creo que no.
-Pues, adiós entonces.
-¿Puedo besarte? –dijo Lázaro con premura y timidez.
Sorprendida, Camelia miró al muchacho y, con una sonrisa, dijo:
-Pues claro, hombre, es lo menos.
Lázaro, por los nervios, la besó torpemente en los labios y apresuradamente bajó del coche y, desde la puerta del recinto de la residencia, le dijo adiós con la mano y ella pudo leer en su boca, y sobre una sonrisa, la palabra gracias. Camelia arrancó el coche y volvió despacio a su casa del pueblo. Durante el trayecto tomó un pañuelo de papel de la caja que llevaba en el salpicadero y se sonó la nariz.

Al entrar Lázaro en el recibidor de la residencia, enseguida percibió algo extraño en la mirada intranquila y nerviosa del conserje. A todas luces parecía que el viejo le estuviera esperando.
Santiago era un hombre mayor con un pie ya puesto en el retiro que, tan pronto como le vio, frunció el ceño y se acercó a él con su rostro bondadoso, de hombre sosegado, cruzado por una señal de preocupación nadando entre las arrugas de su cara.
-El señor director me ha encargado que le diga que ha de recoger sus cosas y marcharse –le espetó de sopetón, como el que cumplía con una penosa obligación y, sabiendo que no puede eludirla, la suelta sin preámbulos.
-¿Pero, cómo es eso, Santiago? -se alarmó Lázaro.
-No lo sé.
-Pero, algo podrá decirme. No entiendo nada.
El conserje bajó el tono de voz y en tono confidencial dijo:
-Anoche vino a verle el comisario con otro, un periodista, creo.
-¿Y qué tengo yo que ver con eso? –quiso disimular Lázaro.
-No lo sé, pero esta mañana ha hablado con el comisario desde el vestíbulo. Le he oído mencionar que usted ha abandonado el servicio, que esta noche no ha dormido en la residencia y que, además, esta mañana no había venido a trabajar.
-Pero he tenido mis razones. Me gustaría hablar con él.
-No va a ser posible. Tras la llamada, tomó esa decisión. Luego me dijo que iba a reunirse con el resto del equipo directivo fuera del centro y que estaría ocupado toda la mañana. Que le dijera lo que acaba de oír y que su decisión era irrevocable y de efecto inmediato.
-Pero, Santiago, no puedo marcharme así. Hasta mañana no sale el coche en el que puedo irme y, además, no tengo un céntimo –dijo Lázaro repentinamente inerme.
-Pues ha de irse, Lázaro, el director no le da alternativa. Hágame el favor de recoger sus cosas y, en cuanto acabe, debe entregarme sus llaves y abandonar la residencia.

Lázaro, abrumado, se dejó caer en una de las sillas del recibidor. Se inclinó y, con los codos sobre las rodillas, apoyó la cabeza entre las palmas de las manos. Estaba abatido, se sentía abandonado en una repentina impotencia. Las consecuencias de haberse enfrentado al director y de eludir las pretensiones de Mansoz afloraban inesperadamente. Su conducta altruista con los alumnos y honrada con el comisario no produjeron sino efectos imprevistos: un palizón y quedarse en la calle sin un duro. ¿Cómo era posible?
Más o menos fue esa la conclusión con la que, el confuso muchacho, justificó aquel repentino despido.

Olvida los principios, doblégate y ve a lo tuyo. Ese dogma, que tantos practican en la vida, lo vislumbró Lázaro por primera vez. El decoro, en unas horas, le había conducido al vacío desde aquella posición suntuosa donde la picardía le tenía instalado.
Aquellos momentos fueron el epitafio a su idealismo juvenil, a su caballerosa honradez recuperada. Y, para colmo, Mansoz y el director confabulados.
Como el conserje dijo, era tontería el insistir. Le convenía irse y cuanto antes. Ya sabía lo que podía esperar de aquella gente.

Recogió sus pertenencias y volvió a meterlas en la vieja maleta de cartón piedra. Tenía alguna ropa nueva y algo de calzado que compró en los días de abundancia. Se arregló con la maleta y una bolsa grande.
No pudo despedirse de nadie pues, a aquellas horas, todo el mundo andaba en sus quehaceres. Dadas las circunstancias, lo agradeció.
Fue a entregar sus llaves a Santiago antes de marchar.
-No debió usted enfrentarse al director cuando el asunto de la Fiesta de la Juventud, usted no sabe cómo las gasta esta gente –dijo Santiago, afable, pero en voz tan queda que casi no era audible.
-Ya no tiene remedio. Muchas gracias por todo y que le vaya bien. Creo que el año que viene se jubila usted, Santiago –dijo Lázaro para cambiar de tema y fingir que ya se había sobrepuesto a su desgracia.
-Pues, sí.
-Que sea enhorabuena y que lo disfrute –dijo Lázaro al tiempo que le tendía la mano al viejo.
Santiago se echó mano a un bolsillo y, mirando precavidamente a los lados, le entregó un sobre marrón de los de la correspondencia oficial.
-Tome. He llamado a la estación y me he enterado de lo que vale el autobús. Más no puedo darle, pero para el billete siquiera…
Lázaro estuvo a punto de abrazar al viejo pero, mirándole a los ojos, le dio las gracias con un largo apretón de manos y, con un nudo en la garganta, se despidió.
-Adiós, señor Santiago. Muchas gracias.
-Adiós, muchacho.

Con la maleta y la bolsa estuvo deambulando por la ciudad. Procuró no dejarse ver por los lugares donde pudieran conocerle, le daba vergüenza su estado de necesidad recién estrenado y también el tener que dar explicaciones de su marcha.
Menos mal que había desayunado hasta hartarse en casa de Camelia.
Lo que le dio Santiago alcanzaba para el autobús, pero no podía gastarlo. El coche de línea salía a las ocho del día siguiente. Con la maleta y la bolsa erró por lugares poco concurridos, sin saber dónde meterse, pues no tenía ni para un café.

Le sorprendió el ocaso junto a la casa del abuelo marino de su amigo Miguel. Había un diminuto parque con tres bancos y media docena de árboles delante de ella. Con las últimas luces del día contempló la ciudad a la derecha y la vega del río en la hondonada. Y recordó un instante la chispa verde del traje de Valeria desde el puente de la enorme casa-navío. Y todo le pareció una ilusión, algo que no le había sucedido a él.

Le pareció que podría pasar la noche allí, durmiendo sobre uno de los bancos. El parquecillo era un sitio discreto y no era lugar de paso.
Pensando en cómo había cambiado su fortuna y en cómo, finalmente, sólo una prostituta y un viejo se habían apiadado de él, se quedó dormido sin rencor.

Serían las dos de la mañana cuando un intenso frío, que le estaba haciendo tiritar, le despertó. Con eso no había contado. Se puso alguna ropa encima pero, a pesar de ello, le taladraba el frío. Se levantó y comenzó a caminar en círculo para entrar en calor, abriendo y cerrando los brazos vigorosamente.
Fue entonces cuando vio el periódico metido en una de las papeleras. Enseguida lo desplegó y se metió varias hojas bajo la ropa pegando con el pecho y con la espalda. Enseguida sintió como retenía bajo el papel el agradable calorcillo de su cuerpo y eso le ayudó a pasar la parte mas fría de la noche.

“El director de la residencia de estudiantes expulsa a un educador por sus actividades licenciosas”, pudo leer, con la luz del día, en el titular del periódico local que le acababa de quitar el frío. Miró la cabecera, había salido la mañana anterior y, por ella, comprendió que todo había sido premeditadamente preparado. Su expulsión de la ciudad se convertía así en un triunfo de la decencia y el orden, ni siquiera le habían dejado el regalo del anonimato.
El artículo se explayaba describiendo cómo el citado educador llevaba una vida propia de un indeseable, frecuentando los ambientes menos recomendables de la ciudad y cómo el director, comprometido con la salud moral y ética de los alumnos, se había visto en la desagradable obligación de echar de la residencia de estudiantes a un sujeto disoluto cuya conducta atentaba contra la buena fama de la institución.

Fue el último golpe. En cuanto terminó de clarear recogió la maleta y la bolsa y comenzó a caminar cabizbajo, con el frío relente de la mañana, hacia la parada de autobuses. Sin reloj, no sabía la hora exacta. Más le valía apresurarse.
Cruzó por última vez el viaducto y los recuerdos, de la muerte de Hilario, de su amor por Valeria, de los paseos, de la pasión, del desengaño… vinieron en tropel a pasearse por su cerebro entumecido y somnoliento. Pero, aunque dolorosas, eran ya todas sensaciones amortiguadas que se desvanecían en su mente como los jirones de neblina bajo el ojo del puente.

Llegó a la plaza, cruzó la explanada hacia la izquierda y bajó las escaleras amplias y pronunciadas que llevaban a la parada de autobuses.
Los tres o cuatro bares de la zona estaban concurridos. La clientela, que como él venía a coger su autobús, tomaba cafés o copas de aguardiente o de coñá o encargaban bocadillos o desayunaban, a la espera de que saliese su coche de línea.
Lázaro sacó el billete en la pequeña ventanilla. No se había engañado el conserje, le dio el importe exacto.
Se acercó al pasamanos desde el que se dominaba la escalinata que bajaba a la estación del tren, al río y al instituto donde su rival Hilario trabajó. Se quedó allí, al calorcillo del sol que empezaba a acariciar tibiamente la cresta del muro, y su vista se perdió distraídamente por las frondosas choperas de los paseos felices con Valeria.

La bocina del autobús le sacó de su ensimismamiento. Subió diligente, mostró su billete, acopló maleta y bolsa en unas redes que servían de portaequipajes y el coche salió sin más. Dejaron atrás ciudad y río, y Lázaro se sintió arrastrado de nuevo por la corriente imprevisible de su vida.


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