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31 diciembre 2017

39 años después (Adiós 2017)


Pese a la memoria que recuerda pero también retuerce y distorsiona, cayó en la cuenta.
¿Por qué le había costado tanto trabajo entender algunas cosas, tantas cosas, demasiadas cosas?
Fue su sobrino, el hijo de su hermana pequeña, el que, quién sabe por qué razón, (seguramente por conmiseración o por no saber de qué hablar) le hizo recordar.
-¿Tío, cómo era España hace 60 años?
-Ni creo que te interese, ni tampoco que sea fácil explicarlo. ¿Me preguntas por cortesía?
-Te juro que me interesa  y que no es cortesía, es curiosidad.
-Entonces vas a tener que tener fe en las cosas que te diga, porque seguramente tu razón va a rebelarse contra lo que oigas y, seguramente, vas a dudar de mí. Tú eres una persona instruida y sabrás que, hoy en día, no se valora la memoria como espejo de los recuerdos sino, más bien, como una distorsión interesada de ellos. Hacer memoria es como levantar costras de las heridas y muy pocos están dispuestos a hacerse daño al hacerlo. ¿Quieres que yo me lo haga o, lo que es peor, que sufra notando que piensas que te engaño?
-No, simplemente, cuéntame.
-Tú lo has querido. Voy a procurar darte datos concisos, decirte cosas breves, que no estén sujetas a interpretación, pero que, sin embargo, sean ciertas. Tú mismo, ya que preguntas, podrás hacerte una idea.
-Dime lo que quieras.
-Gracias por someterte voluntariamente a la incredulidad que voy a suscitarte. No te diré lo que quiera, sino lo que recuerde. Comenzaré de un modo anárquico, conciso y aleatorio:
En las casas no teníamos entonces mascotas, ni siquiera sabíamos esa palabra, sin embargo, en casi todas había ratas. No conocíamos las autopistas, pero casi todas las carreteras eran de tierra. No había frigoríficos, pero algunos, los más ricos, tenían neveras, que alimentaban metiéndoles dentro barras de hielo. Pero no importaba, porque la mayoría de las casas tampoco tenían electricidad, por lo que no eran necesarios los radiadores ni las calefacciones, sino que, en casi todas, había un fuego de leña o una estufa de tarugos o un brasero de erraj. Los servicios tampoco eran necesarios pues nos aliviábamos en las cuadras junto a las mulas, los burros y bajo los palos de las gallinas. Las cocinas funcionaban con leña o carbón de encina o con picón. Casi nadie tenía teléfono, algunos tenían radios y, por entonces, los más adinerados comenzaron a traerse los primeros aparatos de televisión de Alemania, los Grunding. Tampoco solía haber agua corriente en las casas pero, para compensar, había fuentes y lavaderos públicos. Nos abastecíamos con cubos o con cántaros.  La maquinaria agrícola eran las mulas, los bueyes, los machos, los caballos y los burros. Había muy pocos coches y…
-Pero, tío, me estás hablando de la Edad Media o de la España de tu infancia.
-De las dos cosas, porque ambas venían entonces a ser lo mismo.
No supo si a su sobrino le llamaron con urgencia por el móvil pero, en cualquier caso, allí acabaron sus ansias de conocer su infancia. Se largó con un breve pretexto. ¿Tanto interés tenía?

Pero, pese a la ausencia inaplazable y urgente del sobrino, él, ya puesto, siguió pensando:
¿Qué historia le enseñaron de niño? ¿Acaso le enseñaron Historia?
Íberos y celtas, fenicios, cartagineses y romanos, visigodos, judíos, árabes…
Esas listas de reyes, esos reinos medievales árabes y cristianos de monasterios, castillos y murallas por los que cabalgaba a golpe de Tizona el victorioso Cid Campeador, las figuras excelsas de los Reyes Católicos montando a pachas, tanto ella como él, el Imperio Español en auge con los Austrias y en declive con los Borbones… Todo tan general como inconexo.
Pero, si todo lo anterior se lo contaron como de pasada, buscando las anécdotas, centrándose en las historietas tontas que nada enseñaban, la Historia de España parecía desvanecerse definitivamente, esfumarse ineludible y lentamente, como el humo de una hoguera sofocada, a partir de la Guerra de la Independencia, pomposo nombre al que algunos, con esa chulería irrefrenable de los castizos, llamaron “La Francesada”.
Después, sólo alguna pavesa salía de aquel fuego apagado. Recordó como sus profesores parecían someterse a una censura tácita, como si, después de aquello con los franceses, hubieran venido años difíciles de explorar sin comprometerse, como si el XIX hubiera sido un siglo perdido del que sólo valía recordar, sin profundizar y a toda prisa, a la generación del 98 y mencionar de pasada las Guerras Carlistas.
Después ya, entrando el siglo XX, todos sus maestros de entonces parecían padecer amnesia, una súbita pérdida de memoria, una incapacitante demencia senil sobrevenida en plena juventud y, aparte de mencionar, los más osados, a la generación del 27, vetando con cuidado su lectura, libros y profesores despachaban a cada personaje con dos líneas. No podían entretenerse más, era preciso darle un repaso, tan estéril como el primer paso por ella, a la enciclopedia de Álvarez. Deprisa, deprisa, dejemos atrás el siglo XX, volvamos a la Prehistoria. ¡Qué bien estábamos en ella!

De la última Guerra Civil ninguna explicación, total silencio. De la postguerra menos y eso que en ella vivían los que nacieron por entonces. Para qué iban a explicar la postguerra, ya la tenían delante.
Y sí, cayó en la cuenta: lo que aprendió de la España actual tuvo que aprenderlo por sí mismo, a lo largo de muchos años y, también, muchos años después, cuando los viejos perdieron, parcialmente, el miedo a hablar y los escritores, paulatinamente, el miedo a escribir y los historiadores, por fin, tuvieron acceso a los archivos vedados. Él no lo sabía entonces, pero la paz de la postguerra estuvo vestida de silencio.
¿Qué iba a saber él, si era un crío? Aprender a destiempo, lo que no le enseñaron a tiempo, fue una aventura solitaria y larga. Un paseo lleno de incertidumbre y de desengaños.

Recordó que, por entonces, gran parte de la enseñanza estaba en manos de los religiosos. También lo estuvo la suya. En asuntos de religión eran tajantes: práctica de los sacramentos, misa diaria y oraciones al final del día.
Solían ser buenos también enseñando las ciencias pero, qué curioso, siéndolo también en la gramática, en la morfología, en la sintaxis y en los clásicos, parecían carecer de interés por todo lo publicado desde la Revolución Francesa. Hablaban, como mucho, de libros a los que el acceso estaba restringido, bien por no ser dignos del “Nihil osbtat” de la Iglesia, bien por no ser indicados excepto para gente debidamente formada. Así que, como con la Historia, pasó lo mismo con la Literatura: los de su edad, por lo general, no pudieron formarse por no ser personas debidamente formadas para poder formarse. Todo era un bucle que les hacía dar vueltas al palo de la ignorancia.
Así pasaron tantas horas enfrascados en la Guerra de las Galias o en los escritos de Virgilio, Tito Livio, Cicerón o Tácito, como ignorantes de su pasado más reciente. A pesar, se dijo con los años, de que los criterios de la enseñanza eran los que fijaron los que dirigían el país. ¿A qué venía esa elipsis? ¿Acaso todos sufrían un recato o una vergüenza irreprimible? ¿Sería el mismo bochorno que ochenta años después se empeñaría en silenciar la Ley de la Memoria Histórica? Podía ser algo parecido. Quien busca asesinados busca asesinos y, si lo que se pretende es el perdón o el olvido de los primeros, eso no es plan. ¡Menuda propaganda hacia algunos apellidos!

Donde no hay castigo no hay enmienda. Era la muletilla moral y ética con la que le criaron. El castigo físico estaba generalizado no en los cuarteles ni en las comisarías, sino en todas partes, desde el colegio y la calle a las familias. La violencia física era un atajo rápido y fácil para resolver la indisciplina o la simple impertinencia y, no digamos ya, cualquier expresión de desacato o conato de disidencia o rebelión.

Para algunos trabajos se necesitaba un “Certificado de Buena Conducta”. Podía obtenerse del párroco o de la Guardia Civil.
Tendría unos dieciocho años cuando un amigo y él precisaron de dicho certificado para un trabajo en la administración local. Eligieron el cuartel.
El guardia de puertas les dijo que les atenderían en el primer piso. El guardia de la oficina estaba mecanografiando y les mandó esperar en un pequeño cuarto anejo con un banco pegado a la pared.
Dos guardias entraron. Saludaron al que escribía. Uno de ellos reparó en los dos muchachos sentados en el cuarto. Rutinariamente se quitó el tricornio y el correaje con el arma, después la guerrera, luego se arremangó la camisa y, según caminaba decididamente hacia el cuarto, dijo:
-¡A ver, Martínez, qué han hecho estos!
El otro reaccionó rápidamente:
-¡Quieto, Gómez, que han venido a por un certificado de buena conducta!
-¡Ah, bueno!

El servicio militar, en la mentalidad más generalizada entonces, era otra fuente de instrucción en todos los sentidos. Muchos lo consideraban necesario para que los muchachos se hiciesen hombres. Algunos podían aprender en él un oficio. Otros, ejercer el suyo, si lo tenían, y el ejército lo precisaba. Eran dieciocho meses de vida cuartelera, disciplina y convivencia entre mozos que, como entonces se decía, procedían de los distintos pueblos y regiones de España.
El capitán de su compañía les advirtió en primer día sobre la vida castrense: “Habéis venido a servir a la Patria.  Pero aquí todos somos hermanos, y, dentro de la disciplina militar, todos recibiréis un trato digno, igualitario y justo. No temáis. Pero hay una sola cosa, sólo una, que no debéis olvidar nunca: aquí no caben rojos, ateos, separatistas, ni maricones. ¿Está claro?”

La vida política la protagonizaba un único partido. En la vida laboral, un solo sindicato. El sindicato vertical en el que se englobaban empresarios, técnicos y obreros. Manifestaciones y huelgas eran ilegales. La policía, por medio de la Brigada Político-Social, lo infiltraba todo. Las detenciones, interrogatorios y torturas y, tras ellas, los encarcelamientos eran frecuentes.

El movimiento independentista vasco se hizo patente en los últimos años del franquismo con la irrupción de una banda terrorista dedicada a la extorsión, al secuestro y al asesinato. Otros grupos revolucionarios o de extrema derecha trufaban de muertos los últimos años del régimen de Franco. También ensombrecerían muchos años de democracia.

Recordaba la etapa en blanco y negro de la dictadura. Recordaba también la transición que, como siempre, fue una lucha entre la lentitud desesperante de los reformistas, la reacción autoritaria, tan asentada durante tantos años, y la vehemencia de rápidos cambios propiciada por los más revolucionarios. Muchos decían que esa mezcla fatídica podía ser el embrión de otra guerra. Todos hubieron de ceder y no la hubo.

La guerra civil había terminado en 1939. Tras la muerte del dictador y 39 años después vino la Constitución de 1978 y, con ella, la democracia. También las autonomías, una especie de pacto para el desarrollo económico, cultural y social de cada uno de los pueblos de España que, por cada comunidad autónoma, asumía la contrapartida  de ser leal y solidaria con el resto de España. Ese fue el espíritu de aquella constitución.
La llegada de la democracia la recordaba como el momento de mayor ilusión global de su vida. El país pareció resurgir de sus cenizas y todo el mundo trabajaba con ilusión, con ganas de mejorar todas las cosas, con una fe en la democracia que nadie les daba por garantizada pero que ellos tenían por cierta y por inquebrantable.
Ese fue el momento en que se dijo: ¿Qué educación he recibido? Y comprendió que era el momento de comenzar a aprender todo lo que no le habían enseñado, de perder el miedo a cuanto había temido, de respirar el primer aire de la libertad.

Del año de la Constitución, 1978, al año actual, 2017, han pasado otros 39 años. Curiosa cifra, se dijo. Otros tantos.

Se dio cuenta de que ya era viejo. Había pasado este último año escuchando cosas que rechinaban con sus recuerdos. El movimiento secesionista catalán no dudaba en utilizar calificaciones vergonzosas hacia la Constitución vigente, hacia el Estado Español, hacia el Gobierno e, incluso, hacia los demás españoles, los otros españoles, esos indignos súbditos, esos “españolazos”. La Constitución, los Estatutos de Autonomía, la entrada en Europa, le pareció que no habían servido para nada. Pocos parecían tener en cuenta el progreso del país desde “la Edad Media” hasta la época actual. Algunos no entendían que este país era la casa de todos, construida por todos, propiedad de todos. Podía entender, por más que le doliesen, los anhelos de algunos. Sin embargo, las comparaciones de la España de hoy con la franquista le hacían tanto daño a su memoria como a su inteligencia.

28 abril 2017

Visita a San Salvador de Cantamuda


Los dos niños, de siete y nueve años, preguntan a la mujer y al hombre si se saben la historia.
No se la saben.
-Casi nadie se la sabe –dice el pequeño.
-Si queréis, os la contamos –dice el mayor.
-Y os enseñamos un oso y la cara del que hizo la iglesia –dice el pequeño.
Siguen a la pareja que, ansiosos, quieren dar la vuelta al edificio y tomar fotografías. Ella les hace caso, pero él no para de fisgar las piedras, ajeno a los niños, como si le faltase tiempo para verlas o como si pudieran escaparse, en un descuido, del ojo de la cámara.
-¿Has visto la cara del que hizo la iglesia? –dicen los dos niños a coro.
-No.
-Pues está ahí, en esa ventana –dice el mayor.
-Pero hay otra por detrás –apostilla el menor- y la puso para que todos supieran quién había hecho la iglesia. Aunque, ya veréis, era un poco feo.
Giran por delante de la espadaña y comienzan a observar el otro lateral. Hay una escalera de piedra que da acceso a una torre cilíndrica con una puerta cerrada. Los niños les siguen.
-¿A que no ves al oso?
-Sí, está ahí.
-¡Qué va, hombre, eso es un jabalí! Tienes que mirar a la esquina de arriba del todo.
El hombre obedece y, por fin, localiza al oso.
-Lo ves, si no te lo decimos te lo habías perdido.
El hombre y la mujer siguen dando la vuelta a la iglesia y, tras el ábside, dan con un cementerio. Los chicos detrás, sin quitarles ojo.
La mujer les pregunta entonces por la historia.
-Es que vais muy deprisa y así no se puede contar ninguna historia –dice el niño mayor.
-Bueno, pues nos paramos y nos la contáis –le contesta la mujer sonriendo y haciendo un gesto amable al hombre.
Se recuestan los dos adultos en el pasamanos que rodea la iglesia, en la esquina donde se junta con el muro del camposanto. Los niños se empeñan en subirse de pie a la barbacana y el mayor, más ágil, lo consigue. El hombre ayuda a subirse al pequeño. Repara, de repente, en que los niños son una aparición y que las piedras no van a evaporarse.
-Bueno, a ver esa historia –dice la mujer.
El mayor de los chicos comienza la narración.
-Esto era un conde que se llamaba Munio.
-Yo creo que se llamaba Nuño –puntualiza el pequeño- pero, bueno.
-El caso es que el conde, que era muy viejo, lo menos de sesenta años o así, se enamoró de una chica muy guapa pero que tenía veinte. Pero, como le gustaba tanto, se casó con ella.
-No, el conde era muy viejo –vuelve a puntualizar el pequeño- pero sólo tenía cuarenta o casi cincuenta.
-No, no, de eso nada, tenía por lo menos sesenta –impone el mayor su autoridad en la materia- Y, claro, pues no tenían hijos porque él era muy viejo y, y…bueno, que no podía ser. Y entonces el conde le echó la culpa a ella y empezó a mirarla mal y a regañar con ella muchas veces y a darle voces y todo eso.
-Y, además, le entraron celos también –añade el pequeño- porque ella era muy guapa y él muy viejo, aunque cazara muchos osos y otros animales carnívoros.
-Bueno, el caso es que un día se enfadó mucho el conde porque no tenían hijos y eso. Y la noche de ese día se enfadó aún más, porque había bebido mucho vino, y la echó de su castillo que estaba por ahí muy arriba en el pico de una montaña. Y sólo dejó que una sirvienta la acompañase en la bajada de la montaña con un caballo.
El pequeño no está de acuerdo, así que añade:
-Sí, pero la sirvienta, además, era muda y no le dejó un caballo, le dejó una burra vieja que, encima, estaba muy coja.
-Bueno, es verdad –dice el mayor- Se conoce que el conde quería que en aquella noche tan oscura, al bajar del castillo, cruzando por los precipicios, se despeñaran las dos con la burra y se mataran.
-Sí, pero además aquella noche –dice el pequeño como si lo hubiera visto- había mucha tormenta, con rayos blancos y mucha lluvia. Y el conde lo hizo aposta, del enfado que tenía, para que se escurrieran y se cayeran a un barranco muy hondo y se las comieran los lobos.
-Sí, es verdad, también lo de la tormenta –vuelve el mayor al relato, algo chinchado por el pequeño- Pero, por suerte o por lo que fuera, no les pasó nada y llegaron al pueblo sanas y salvas con la burra.
-Sí, pero es que, además, al llegar al pueblo la muda comenzó a cantar muchas canciones y todos dijeron que era un milagro verdadero –añade el pequeño.
-Claro, ya lo iba a decir yo, pero es que no me dejas terminar. Y por eso a la iglesia le pusieron el nombre ese tan raro de San Salvador de Cantamuda.
Parece que el pequeño ya no tiene nada que añadir. El mayor le mira un poco retador, como diciendo: A ver ahora qué se te ocurre, chinche.
Y el pequeño cavila un poco y dice:
-Sí, pero la burra se quedó coja, la pobre.

16 febrero 2012

El Jardín de Sigüenza


La maleza se ha comido El Jardín. Las bardas airosas yacen, a trechos desmoronadas. El estanque, con una costra de dos dedos de hielo, quiere ya reventarse por una esquina. Sólo queda en pie una de las dos casas. La coqueta y diminuta piscina en forma de riñón está rellena de lodo helado. Al mirador se le han movido las piedras. Han reventado las terrazas. El camino, comido por tierras de labor, es una sendilla poblada por cardos borriqueros y un hilillo de agua. La puerta principal está atascada. Los gruesos llavones de tubo han olvidado su misión y, oxidados, hace ya muchos años que no copulan con unas cerraduras hoy amortajadas por el hielo y con las tripas, antes suavemente aceitosas, atascadas de orín. El venero del agua se ha secado, o seguramente cegado, y da pie a que el agua que almacena salga al albur por ojillos que ella misma horada donde puede. Hay trochas entre la broza hechas por animales, tal vez corzos, jabalíes, cabras u ovejas. Entre los árboles salvajes, que hieren con sus ramas más bajas, aparecen tocones de árboles tronchados por el viento, tumbados por él y, sus cadáveres podridos, descansan en los terreros llenos de maleza. Y todos los frutales han muerto.
Aún se ve un viejo velador, junto a un nogal hermoso, con sus bancos de piedra alrededor y uno de ellos, partido, le sirve de almohada a un tronco enorme. Los balates de los bancales y de las terracillas que escalan la ladera se han reventado o yacen aquí y allá, tripudos, a punto de parir, el día menos pensado, la tierra que llevan sujetando en sus entrañas tantos años. El invernadero ha perdido todos sus cristales y quedan sólo las estanterías de los tiestos y el casco de alguno con un geranio muerto. El tinao de los conejos, de las ocas, las gallinas y los pavos reales está destartalado, agrietado y con las vigas del techo carcomidas, y varias, ya partidas, han dejado caer las tejas y dejan ver el cielo.
Rezuman agua, en la parte alta, los mechinales del muro de contención. De la casa ya hundida, nada hay que decir, porque hay palabras que son definitivas. De la que hay aún en pie, sólo la parte baja induce a engaño. Cuelgan aún algunos candiles de las paredes llenas de telarañas. En la cocina queda una trébede torcida y herrumbrosa en el lar con restos de los últimos tizones. Las vigas que sujetan la planta de arriba se han combado y otras, descarnadas al caerse el yeso, están podridas y apuntaladas torpemente por cuatro gatos de albañil y un tablón blanquecino. Las alcobas de la planta de arriba son yacimientos de polvo, de manchas de goteras, de hundimientos en el suelo y en el techo, de ventanas partidas, de excrementos de palomas, de nidos viejos y hasta el cadáver podrido de un gato, en una posición extraña y convulsa, remueve el cuerpo al que lo ve. Por una escalera que se sostiene de milagro se puede ver la cámara, el armazón que sujeta el tejado con las tejas partidas, movidas por el viento, medio desordenadas, y una claraboya sin ventana que bosteza al viento solano desde arriba.
Delante de la casa, la mesa de piedra que presidió tantas jornadas de verano se ha desprendido de una de sus esquinas.
Dicen que esta finca novencentista era de una empresa del textil y que, en los años cuarenta del pasado siglo, hubo de pagar con ella a unos prósperos comerciantes del ramo. Conoció entonces años de pujanza. Cuentan que todos sus parterres estaban cultivados y que la hiedra hacía túneles de sombra guiada en los caminos por arcos de metal con hileras ensartadas de alambre entre unos y otros. Dicen que en la explanadilla, delante de la casa que aún se mantiene en pie, se celebraban fiestas y cenas estivales en torno a la mesa de piedra que hoy está mutilada de una de sus esquinas. Dicen que en el mirador cuadrado  se sentaban los dueños a ver ponerse en sol en las inacabables tardes de verano mientras iban apurando apaciblemente un vaso de vino espeso, dulce y abocado.
Hablan de risas, de gritos excitados de niños jugando al escondite ente los setos, entre las enredaderas, entre las matas esbeltas de las judías verdes de la huerta, divertidos por los saltos de nivel de las terrazas, ausentes de miedos y llenos del jolgorio salvaje de la infancia. Hablan del ruido de chapoteos en la alberca de piedra, de gritos de madres asustadas por la profundidad del agua fría, recién salida del venero, que llenaba de risa los chapuzones infantiles y de ahogos el alma siempre atenta de las madres. Hablan de jardineros y hortelanos, asiduos del cuidado de la espléndida huerta a la solana. Hablan de criadas presurosas, de bajadas y subidas al pueblo a por las compras.
Los niños se hicieron hombres y mujeres. Los padres, viejos. El dueño, raro. Porque no hay como el tiempo para hacer que a la gente le salga una piel dura y amarga. Al cabo de los años sólo quedó un hortelano que criaba conejos como asiduo usuario del jardín. Ese fue el último que dio el aviso al dueño.
-        Don Bruno, que una de las casas, si no repara usted el tejado, pronto amenazará ruina y puede hundirse.
El viejo, desde Barcelona, al otro lado del teléfono, quién sabe por qué miserias afectado, por qué rencores vencido y armado, por qué iras ocultas hacia lo que era suyo, por qué malas bilis o por qué sinrazones tan inhumanas o por qué desesperanzas tan humanas, tras unos segundos contestó lacónico.
-        Que se hunda.
Y la secuencia de tonos del teléfono colgado dejó en suspenso la existencia de aquella finca: El Jardín. Y todos los recuerdos de sus moradores volaron espantados en todas direcciones como un bando denso de jilgueros ante un escopetazo.

24 junio 2011

Recuerdo del colegio salesiano

Es una foto de hace 50 años. Alguien se ha molestado minuciosamente en numerar cada cara para que algunos intentemos recordar quien era cada cual.
Ha sido como bucear en el mar gris de una foto, sumergirse en la profundidad que los años han dado a esas caras, intentado voluntariosamente darle a cada número su nombre y apellidos.
Muchas facciones han asomado inesperadamente amigas y, a pesar de los años, las he reconocido y, como por resorte, han saltado unos nombres y apellidos que llevaban muchos años quietos en el desván del recuerdo. Al pronunciarlos, ha sido como si los desempolvara y, luego, satisfecho, volviera a dejarlos, ya limpios, en el lugar en que estaban.
A veces, no encontré el nombre completo; otras, sólo di con un apodo; de algunos, identifiqué solamente la sonrisa, conocida, pero sin nombre ya, ni referencia articulada. Y, en estos casos, me he sentido desanimado y solo, por esa impotencia tan desoladora que produce la memoria cuando es incapaz de recordar lo que, sin duda, conoció pero no reconoce.

04 junio 2011

Plaza de Bejanque

He tenido noticias del pasado. Un familiar de Nicolás Gamo Aidapus, el señor Nicolás, el que fue el tendero de mi barrio, ha localizado la foto de la tiendecilla de su antepasado. La tienda estaba situada en la Plaza de Bejanque. El señor Nicolás y su mujer, la señora Jerónima, vivían en el piso que había sobre ella y, si no me equivoco, eran los caseros de las tres plantas habitables que tenía el edificio. Recuerdo que tenían tres hijas, la menor, que a todos los chicos nos gustaba, se llamaba Mila.
La muerte del señor Nicolás fue anterior a la primera que yo conociera en mi familia. Y fue el primer hueco que, de niño, se me hizo en el entorno próximo, el del barrio. El barrio, o los barrios de entonces, eran como una prolongación de la familia. Todos éramos conocidos y, la marcha o la muerte de alguno, desbarataba las ubicaciones físicas y afectivas que uno tenía fijadas desde que abría los ojos al mundo.
Eran los años posteriores a 1955. En la Plaza de Bejanque, o Puerta Bejanque como le decían los más viejos, jugábamos los niños con la única limitación de no cruzar la carretera que la circundaba, pues era un peligroso cruce, al decir de las madres de entonces, de las que iban a Madrid y a Zaragoza y la que, subiendo por La Carrera, se desviaba luego, en San Ginés, para llegar a los Cuatro Caminos y enfilar a Cuenca. Sin embargo, pocos coches pasaban entonces y era más frecuente que fueran carreteros con reatas de mulas los que pasaran con sus trallas y su retahila de juramentos subiendo arena del río.
Nada queda ya, de entonces, en la Plaza de Bejanque. La misma plaza ha sido varias veces remodelada y todos los edificios demolidos y sustituidos por obras nuevas. Pero la plaza, que antiguamente era la Plaza de la Olma, conserva hoy sólo eso: la olma. Según todos los síntomas ya está muerta. Y el esqueleto del árbol gordo de la plaza, como le decíamos los del barrio, es el último hueso, ya casi fósil, que queda en pie de lo que fue la plazuela de mi infancia.

14 diciembre 2010

Duelo tardío por un amigo

En los últimos años dos trozos de papel eran nuestro contacto. Una vez al año, por Navidad. Una felicitación, con las cuatro letras imprescindibles, y un décimo de lotería.
Hablar, cada vez menos. Tal vez, porque el diálogo dolía. En diciembre del 2007 fue la última vez. ¿Qué te cuentas, serrano?, dije como solía.
Pero me contestó una voz doliente y débil que no reconocí. Ni pregunté, ni me dio explicaciones. No hacía falta. Las conversaciones se acortan si son una tortura. Aquélla, tan breve, sabía a despedida.
A finales del 2008 le llamé de nuevo. Tanto el del piso de Madrid, como el teléfono del pueblo, estaban anulados. Lo dijo el eco grabado de una telefonista. Imaginé, sin certeza, lo peor.
Quise suponer que era su hermana la que había muerto y que él se habría recogido en una residencia. Y pensé, si así era, lo que me gustaría hacerle una visita. Pero mis averiguaciones fueron vanas.
Puede que, por las fechas, le recordara esta mañana.
Se han amontonado las visiones: Anguita, Guadalajara, Esteras de Medinaceli, Soria, Yunquera y Saelices. Las he parado. No quería que les imitaran los olores, los sabores, los sonidos y, menos, los afectos y las risas.
En 1993 le acompañé en la despedida a la querida María Luisa, su mujer.
Y, ya entonces, lloramos juntos por ella, por nosotros y por los momentos que nunca volverían. Fueron muchos años de roce, de familiaridad y, siempre, de cariño mutuo. Su generosidad siempre sobrepasó la mía.
Se marchó a Madrid, con su hermana María.
Esta mañana, entre el cascajo de noticias desparramadas por Internet, lo he encontrado. Antes de leerlo, lo sabía. Una reseña del ABC de Madrid, del 16 de marzo del 2008. Entre los fallecidos: Fortunato Valentín Cabra Sanz (84). Sólo uno más en una lista.
Así que ya no habrá visita y sólo este pequeño duelo mío, tan sentido, y con tanto retraso. Gracias por todo, Valentín.

07 octubre 2010

Recaudación municipal

Al ver la imponente mesa, de seis metros de largo por dos de ancho, cubierta por treinta centímetros de recibos desordenados comprendió el verdadero alcance de las palabras de Uranga.
- ¿Me echarías una mano con los recibos de la recaudación?
Y se arrepintió de su entusiasmo juvenil al contestar:
- Eso está hecho, Uranga.
Recibos de alcantarillado, basuras, vehículos, agua, pasos de carruajes, licencias, etc., con los ejercicios, las direcciones y los nombres revueltos, yacían en aquel informe montón y, algunos de ellos, también tirados por el suelo como las papeletas abiertas de una tómbola.
Le llevó mes y medio ordenar todo aquello, primero por contribuyentes y luego por domicilios; otras dos semanas meterlo en carpetas y archivarlo.
Ahora, pensó, se puede proceder sistemática y coherentemente al cobro. Y respiró.
Uranga, el viejo zorro, le palmeó la espalda y le dijo:
- Si mis hermanos hubieran sido como tú, se nos saldría el dinero por la chimenea.
A la mañana siguiente al entrar a la sala de archivo de la imponente mesa se quedó atónito. Aquilino, el socio de Uranga, sacaba a puñados los recibos de sus carpetas y los seleccionaba:
- Éste paga, éste también, éste no, éste no, éste tampoco, éste sí…
Y aquellos que consideraba desechables, o no le interesaban, los volvía a arrojar en la gran mesa que se veía ya cubierta por una capa nueva de recibos revueltos.
A punto de agarrar a Aquilino por el cuello, se contuvo y, dando media vuelta, decidió ir a poner en conocimiento de Uranga lo que estaba acaeciendo.
Fue en ese momento cuando un contribuyente, rojo de ira, congestionado por la rabia, bajaba por las escaleras como un toro, igual que un miura. Le pasó por delante sin mirarle, hecho una furia, luego empujó la puerta del recaudador, entró sin permiso y, blandiendo unas providencias de embargo, comenzó a blasfemar y, enajenado, a proferir protestas airadas e inconexas que su vehemencia volvía cada vez más confusas.
Uranga, con gesto serio, pero sin descomponer el semblante, le dejó que se desahogara sin interrumpirle. Cuando al cabo de cinco minutos se serenó, el recaudador, aplomado, en tono conciliador le habló con voz confianzuda, atemporal y armónica, adoptando una mezcla de hombre de mundo y confesor:
-Mire usted yo estoy aquí para informar. No, no para aconsejar, yo no puedo aconsejarle a usted, eso no puedo. Aconsejarle, no. Todos somos mayores de edad y yo no puedo decirle a usted que si esto que si lo otro, ni que si esto es así o si deja de serlo. Eso no puedo. No puedo aconsejarle y bien que lo siento. Ahora, eso sí, informarle, sí. Y es lo que voy a hacer, le voy a informar. Si usted quiere, voy a informarle. Pero, quede claro, sólo a informarle.
Y entonces, el recaudador, hizo una pausa, levantó la mano derecha y señaló con el dedo índice los papeles que el otro traía en la mano. Levantó trágicamente el tono de voz y, con gesto ensombrecido y circunspecto, prosiguió como un profeta laico del destino:
- Eso, eso que trae usted en la mano, es una providencia de embargo. Las providencias de embargo, tan pronto llegan al Juzgado, son inapelables. Eso ya no hay quien lo detenga, es imposible… A menos, claro, que aún no haya llegado a manos del señor juez instructor.
Hizo otra pausa Uranga.
- Antes, tan sólo hace unos meses, nosotros, los recaudadores, podíamos hacer algo, poca cosa, no crea usted. No mucho, pero algo. Pero, amigo mío, ¿conoce usted la normativa nueva? ¿Sabe usted las órdenes que han salido? ¡Menudas órdenes han salido! Eso es increíble. Nos han cercenado toda posibilidad de intervención. Pero toda. No obstante, en atención a su caso, voy a intentar lo imposible. Pero, quede claro, no le prometo nada. Pero nada, ¿eh?
El atribulado contribuyente retorcía los papeles entre sus manos. Uranga, haciendo un gesto ampuloso, miró al hombre y luego le miró a él, que se había quedado atónito apoyado en la puerta del despacho. Al segundo le gritó:
- ¡Oficial! ¡Oficial! Busque el expediente de este hombre inmediatamente.
- Sí, señor Uranga –dijo él, el repentinamente llamado oficial, asombrado por lo pronto que se había metido en la escena que Uranga estaba montando- Ahora mismo consulto en el archivo, señor recaudador.
Entró a la sala donde Aquilino seguía revolviendo y arrojando recibos despreocupadamente sobre la mesa. Pero, ante la nueva escena, ya no se descompuso. Aquilino, sin levantar los ojos de los recibos, dijo:
- Dile que ya está en el juzgado.
- Pero si no sé ni de lo que se trata.
- Es igual, tú dile eso.
Al cabo de dos minutos volvió de nuevo al despacho de Uranga. El contribuyente, ahora calmado, estaba expectante.
- Señor Uranga, el expediente de este señor se envió la semana pasada al juzgado.
- ¡Ay Dios mío!, ¡maldita sea! ¿Está usted seguro? –dijo Uranga como si le hubieran comunicado la muerte de un hijo.
- Totalmente, señor Uranga.
- ¡Esto no va a tener arreglo! Póngame ahora mismo con el juzgado. Rápido, no pierda usted un segundo. Tiene usted el número debajo del teléfono.
- Inmediatamente, señor Uranga –y, el oficial recién nombrado, marcó el número que encontró y, apenas descolgaron, le pasó el teléfono a Uranga.
- ¿El juzgado?... Póngame con Osorio… Sí, sí, con Osorio, el de quiebras y embargos.
A los pocos segundos continuó el diálogo.
- ¿Osorio?... ¿Han pasado al señor juez el expediente de Gil Moñate?... ¿Cómo?... ¿A punto de entregarlo?... Por lo que más quiera, Osorio, no se lo pase… Sí, sí, retírelo inmediatamente, por favor…Sí, bajo mi responsabilidad… Sí, sí, tengo aquí al interesado… Bien, bien, entiendo… Ahora mismo le envío a un oficial para que se haga cargo del expediente… Muy agradecido, Osorio. Nos ha hecho usted un gran favor…No sabe qué peso me quita de encima…Sí, muchísimas gracias.
El recaudador se dejó caer en el sillón. Pidió a Gil Moñate que tomara asiento y, como al que le han conmutado una pena de muerte, habló:
- Amigo, ha sido cuestión de minutos. Hemos podido retirar su expediente por los pelos… Naturalmente, el embargo ha quedado en suspenso pero es imprescindible que haga usted efectivo el pago en el acto. No queda otra solución.
El contribuyente se echó mano al bolsillo, sacó un fajo de billetes y se los entregó a Uranga. Éste, tras chuparse un dedo, los contó como el que pasaba páginas de un libro.
- Correcto.
- Muchas gracias, señor Uranga, le quedo agradecido –dijo Gil Moñate, dando la mano a Uranga y desapareciendo enseguida escaleras arriba como el que huye de un fantasma.
Apenas se marchó, el que hasta ahora había sido llamado oficial pomposamente, le dijo a Uranga:
- Joder, Uranga, no sabía que tuvieras tanta influencia en el juzgado.
Uranga le miró risueño. Soltó una carcajada y respondió:
- No te queda nada por aprender, muchacho. El teléfono que has marcado era el de mi casa y, el tal Osorio, mi mujer.
Y el falso oficial volvió a su ser y cayó en la cuenta de que no valía la pena decirle a Uranga lo de los recibos y, mucho menos, ponerse a ordenarlos nuevamente.

31 agosto 2010

Patria, justicia y pan

Vive sereno, hijo mío, y sé templado, que la fortaleza de una persona es la serenidad.
Hoy voy a escribir una nota para pedir un aumento de sueldo a mi patrón. Dirás que por qué no se lo digo de palabra. Pues bien, porque no es lo mismo. Primeramente, uno puede pensar bien lo que escribe, medirlo, e, incluso, corregirlo y hasta, en último término, volverse atrás y no entregarlo; mientras que lo que uno dice, aparte de que se te puedan desmandar las palabras como las ovejas de un rebaño, puede ir teñido de ciertos tonos, de los que uno no es dueño, y traslucir cosas que, así, evidencies sin desearlo y que, en cualquier caso, no puedan evitarse ni admitan, una vez dichas, marcha atrás. Por otro lado, quien lee, tiene tiempo de sopesar lo expuesto y, sin dejarse llevar por las emociones de lo inesperado o por los prontos que a los humanos nos acometen ante lo imprevisto, responder con el ánimo templado y el juicio sereno, evitando la precipitación de la inmediatez. Eso sin mencionar el intrínseco halago, que ya es, el que se dirijan a ellos por escrito.
Así pues, presta atención, hijo mío, y aprende, si quieres, sobre la vida y sus sutilezas:

Estimado Sr. Buther Rollé y Gerencia:
El abajo firmante, contable de su empresa desde hace quince años, con el debido respeto y sin ánimo de causar molestias, roces u otros malestares laborales en la misma, expone a su consideración los siguientes extremos:
Que ha venido desempeñando su trabajo, en esta empresa de su digna gerencia, con entrega y satisfacción durante los años citados. Y, por no haber tenido en ningún momento queja de la dirección, piensa que ésta última está, a su vez, satisfecha con su disposición y desempeño.
Que, desde hace ocho años, viene percibiendo los mismos emolumentos, sin haber querido molestar a la empresa con peticiones al respecto, en atención a la viabilidad de la misma, a su sólida implantación en el mercado y a no mermar su competitividad con otras empresas del ramo.
Que en estos últimos ocho años, como conocerán ustedes de primera mano, la vida ha ido subiendo todos y cada uno de ellos sin que, pese al denodado esfuerzo de productores y empresarios, tal proceso haya podido detenerse y, mucho menos, invertirse.
Que mi situación personal y familiar ha variado, al haberme colmado la Providencia en este periodo con la bendición de dos hijos más. De este modo, y pese a la felicidad personal que conlleva una familia numerosa, me encuentro con cinco hijos, mis ancianos suegros y mi esposa, dependiendo únicamente de mi salario. No pretendo, naturalmente, que esta condición familiar, libremente elegida, tenga, ni mucho menos, que ser asumida por la empresa. Sin embargo, llanamente pongo en su conocimiento este extremo para que mi solicitud, sea o no atendida, no sea considerada en ningún caso como una petición caprichosa, venal, o, mucho menos, viciosa.
Que mi salud, aunque progresivamente deteriorada en los últimos años, no ha sido pretexto que me haya facilitado falta alguna al trabajo. Pero, no obstante, no oculto que ésta necesita últimamente de algunos cuidados que gravan mi ajustada economía. Comprendo, pues es de sentido común, que tampoco son mis enfermedades cosa de su responsabilidad, mas les ruego que ponderen, si lo tienen a bien, el bien que pueden hacer, a la par que atienden una petición que entiendo justificada.
Así pues, teniendo en cuenta lo anterior, someto a su consideración un incremento de mi salario que sea, a su recto entender, acorde, no ya con mi situación personal, sino con el sostenido aumento del coste de la vida en estos últimos años.
Quedando a su disposición, les saluda atentamente.
Firmado.- Francisco Sánchez
Postdata.- En el caso de que mi petición, por las razones que fuere, no fuese viable, continuaré desempeñando mis funciones en la empresa con la misma entrega, dedicación y fidelidad que hasta la fecha.

Esto último, hijo, es lo más importante. Porque, sin estas últimas líneas, te puedes jugar el pan. Pues, cuando conviene, hay algunos que consideran, las peticiones, quejas y, las solicitudes, ultimátums; y lo que pides, por justo que sea o a ti te lo parezca, puede ser utilizado como finiquito contra ti, si no sabes pedir con humildad y mesura. Y conviene que sepas, hijo mío, que, los pobres o los que no andamos sobrados, no podemos pedir de otra manera. Que pedir justicia a secas, sin ser poderoso, es una actitud soberbia, altisonante o, como poco, un dislate, cosa de ilusos.

10 febrero 2010

El reloj de agua

Hijo mío, somos unos pueblerinos listos. Hemos puesto la naturaleza a nuestro servicio en lugar de padecerla. Nuestras vidas han estado siempre regidas por el agua de los ríos. Ella ha sido la cuerda que ha movido esas muelas de continuo. Éstas han regido nuestras vidas y su trabajo nos ha dado de comer. También han marcado nuestra existencia y la de los que nos precedieron. Son nuestros relojes de agua: los molinos.
Todos nuestros parientes nacieron en aceñas y vivieron en ellas y de ellas. Cuando dejen de moler nosotros también desapareceremos pero, hasta entonces, seguirán marcando nuestras horas. Luego vendrán cosas distintas y la vida será regida por otros latidos ajenos que, seguramente, comprenderemos menos.
El abuelo llevaba razón.

27 enero 2010

Passamento

Conoció por casualidad al portugués. Más exactamente lo encontró. O, tal vez, él decidió conocerle.
Era uno más de los tantos viajes a Portugal. Un viaje usual para un renegado del turismo. Uno más a lugares que va sólo quien quiere y, a veces, si es que los encuentra. Bueno, aunque vaya también quien no quiere: esos que, con la guía de carreteras en la mano, acaban donde no pensaban. Esta vez era una aldea perteneciente al concejo de Torre de Moncorvo, en Tras os Montes.
Con un libro de viajes de José Saramago, avisador de que ningún viaje es definitivo, llegó allí. Apenas puesto un pie en el suelo, apareció el portugués.
- Vienes a Portugal con un libro de ése. Ése no es portugués, es español.
Pronunciada ésta, casi sentencia, sin esperar respuesta, dio media vuelta y se marchó.
Quedó perplejo, pero lo superó. Pensó que de la adoración al odio hay apenas un jeme; vino en su auxilio el dicho de que nadie es profeta en su tierra; y, antes de que se le ocupara la mente con medio refranero, comenzó a caminar a la deriva por las calles empedradas y estrechas de la aldea.
Con la ilusión quebrada, por haber perdido tan inesperadamente al potencial cicerone local, llegó a la pequeña iglesia románica.
Mientras observaba los detalles peculiares del monumento, el portugués apareció de nuevo. Brusca, inopinadamente, inició la conversación, no sin antes despedir con cajas destempladas a la vieja que le estaba dando, al forastero, pistas peregrinas sobre algunas de las figuras más extrañas del templo. Algo debió gustarle al portugués de lo que el forastero dijo, porque se mostró amigable y pareció dispuesto a olvidar, con gran esfuerzo y siempre que no mediara provocación, a Saramago.
Cuando le llevó a su casa vio que ésta era similar a un pazo no demasiado grande. Le presentó a la madre y a la tata, dos ancianas, muy distinguida la primera y callada y servicial la otra. La cortesía que demostraron era más propia de otros tiempos, la hospitalidad también.
Le costó mucho rechazar la invitación de quedarse a comer. Prometió un contacto futuro que cumplió. Sin embargo, se fue sin enterarse de la causa de la inquina mortal al innombrable.
Hace un año murió la tata. Hoy ha muerto la madre del portugués. El extranjero le imagina sólo, desolado, con la melancolía portuguesa acrecentada, en su vieja casa solariega de Tras os Montes y, como en estos casos sobran las palabras, me pidió que escribiera éstas en memoria de su madre. Un pequeño homenaje, un recuerdo, como queriendo acompañar al portugués en la distancia.
No obstante, me dijo que dijera, que su admiración por Saramago sigue intacta. Aunque, contradiciéndole, piensa que algunos viajes son definitivos.

29 noviembre 2009

La tapicería roja


Aquel viejo y yo nos habíamos cogido ley con los años. El afecto hace los lazos que le parece conveniente y te saca parientes que nada tienen que ver con los de los otros lazos, esos que llaman de sangre, y que te vienen dados, sin tu participación ni tu criterio.
Le gustaba, como a mí, el asado de cabrito. Pero no podía comerlo con su familia porque, por esas extrañas fobias que ni él ni yo acertábamos a comprender, a ninguno le gustaba. Por eso ese día le invité en aquel pueblo. Comimos bien, no podía beber vino pero bebió, no debía comer en exceso pero comió, no debía tomar copas pero se tomó la mitad de la mía, me animó a pedir otra, y procedió como con la anterior pero sin pedir copa porque él, me recalcó, lo tenía terminantemente prohibido. El hombre pasó un rato feliz. Y con esa dosis de bienestar que caldea las conversaciones en las sobremesas me contó, animadamente, muchas cosas de su vida, del inicio de su gran negocio, de las peripecias de entonces, de las variadas ratonerías del mundo. En un determinado momento de la conversación recordó el lujosísimo casino de aquel pueblo. Me describió, muy embelesado en ello, cómo era, sus estancias, su mobiliario de lujo, sus elegantes tapicerías rojas haciendo juego con las cortinas de terciopelo del mismo color, las mesas de juego, la biblioteca, el coqueto ambigú, los buenos ratos que había allí pasado, la gente que había conocido, las mujeres… tantas cosas evocó de aquel casino que se le ocurrió que fuéramos a él para tomar allí un café de despedida. Cuando llegamos estaban, precisamente en ese día, desmontándolo todo, arrancando tapicerías y cortinas, sacando zafiamente los muebles o desgajándolos de las paredes con una brutalidad que casi dolía, sin importarles que se astillaran antes de llegar al vertedero. El viejo quedó paralizado viendo como desmontaban su sueño. También yo quedé atónito no sólo por el espectáculo sino por la desgraciada coincidencia. Recogió del suelo un trocito de aquella tapicería roja, lo miró como medio minuto, se lo guardó en el bolsillo y nos dímos la vuelta. Ya no dijo nada hasta que nos despedimos. Con una muda tristeza nos obsequió la causalidad en aquella tarde que no pudo ser feliz del todo sino que, bien mirado, se convirtió en todo lo contrario.
El viejo hace ya años que no está y, yo, cuando paso por aquel pueblo, siempre recuerdo como arrancaron ante sus ojos su mítica tapicería roja.

06 junio 2009

Antes había otro respeto


Tuvieron que ir al antiguo palacio. Llevaba habilitado muchos años como casa cuartel. El guardia de puertas les dijo que subieran a la primera planta y preguntasen allí por el subteniente Malaespina o por el cabo Serantes. Tras subir por unas escaleras de madera que crujían a cada paso llegaron a la primera planta. Titubearon indecisos, caminando por el suelo de vieja tarima, hasta dar con una oficina abierta que tenía dentro un mostrador con un guardia escribiendo detrás y otra pequeña sala aneja con la puerta también abierta. Les atendió el cabo porque el subteniente se dedicaba ese día a la intervención de armas.
- Veníamos a por un certificado de buena conducta.
- Esperen en esa sala –dijo el guardia sin mirarles.
El guardia, en mangas de camisa, tecleaba un oficio en una vieja Remington. Los dos muchachos se sentaron en el único banco de madera que había dentro de la sala indicada. Estuvieron un buen rato escuchando el ritmo de la máquina romper el monótono e incómodo silencio de la espera.
Desde allí vieron entrar al sargento. Les miró de soslayo y torció el gesto. Se dirigió sin titubear al mostrador que había delante del cabo mecanógrafo y dejó el tricornio sobre la madera sin que el cabo dejara de teclear el documento en el que estaba concentrado. El sargento se quitó con gesto rutinario los correajes y la pistola reglamentaria y lo depositó todo junto al tricornio. Pausadamente se desabotonó la guerrera y luego se la quitó también. La colocó, cuidadosamente doblada, junto a lo demás y, soltándose los botones de los puños de la camisa verde, dobló pacientemente las mangas de ésta hasta quedar bien arremangado de ambos brazos. Los muchachos observaban, en silencio, sin perder detalle y pensaban que el sargento se estaba poniendo cómodo por salir de servicio o algo así, pues no tenían ellos mucha idea de la vida cuartelera. Fue entonces cuando, el suboficial se giró y les miró fijamente. Se frotó las manazas una contra otra, se quitó el reloj y se lo metió en un bolsillo del pantalón. Apenas hecho esto enfiló decidido hacia la sala desde la que los muchachos le habían visto prepararse de tal guisa. Súbitamente entendieron.
Según avanzaba, sin dejar de frotarse las manos, preguntó con voz firme:
- A ver, Serantes, éstos, ¿qué han hecho?
El guardia Serantes, hasta ese momento concentrado en su oficio, levantó la cabeza e inmediatamente comprendió la situación.
- ¡Quieto, quieto, mi sargento!, que no han hecho nada, que han venido a por un certificado.
- Ah, bueno. Eso es otra cosa. ¡Haberme avisado antes, hombre!
Los dos muchachos comprendieron desde aquel día el respeto que inspiraba en España la Guardia Civil. Puro respeto.
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20 mayo 2009

Machado el pordiosero


El señor Machado solía ponerse a pedir en la puerta de San Ginés. Lo hacía de rodillas e, incluso a veces, con los brazos en cruz y la mirada perdida. Su exagerada puesta en escena, más propia de épocas pretéritas y olvidadas de la actividad mendicante, contrastaba con las figuras de plástico de dinosaurios de varios tamaños que el mendigo colocaba delicadamente delante de sus rodillas, sobre un pañito. Y también contrastaba con un gesto de sonrisa perenne, casi como de éxtasis contemplativo, que mantenía cuando hablaba solo o cuando hacía que rezaba o, quién sabe, rezaba verdaderamente.
Los niños, invariablemente, se paraban ante él y, con ellos, los mayores que, a la amabilidad del pedigüeño con los pequeños, solían corresponder con el euro o el medio euro. Los niños, que ya se habían hecho a él, cuando llegaban a la Plaza de los Jardinillos corrían buscándole con un trotecillo alegre y una cierta familiaridad. Machado, arrodillado entre aquellas fieras prehistóricas, dejaba entonces de mirar al frente o a los cielos y salía de su tránsito para dirigirles su afable sonrisa y hacerles enseguida mil carantoñas.

- ¿Cuántos dinosaurios tienes, Machado?
- Pues ahora tengo cinco, pero voy a quitar dos porque es mucho gasto. Aparte del peligro, claro.
Cuando por las noches el señor Machado iba cayéndose, borracho, por las calles oscuras y estrechas menos transitadas, sus conocidos le decían:
- Pero, hombre, señor Machado, ¿no le daría a usted vergüenza que sus clientitos buenos, esos del euro, le viesen así, en este estado?
- Pues no. Porque ellos son ya mayores y, ellos mismos, aunque pudientes, debieran comprender bien lo triste que es mi vida -respondía Machado con la boca pastosa pero con mucha propiedad.
- Pero, ¿qué me dice de los niños?
- Ahí sí. Eso es verdad. Por ellos me daría vergüenza. Pero, como a estas horas, están acostados… Pero sí, lleva usted razón, ahora mismo me recojo.
Y, como podía, el señor Machado desaparecía con paso vacilante y apoyándose en las paredes, hasta que se perdía en la oscuridad del barrio viejo en busca de acomodo entre sus dinosaurios.
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19 mayo 2009

La alegre inauguración


Hace bastantes años, unos treinta, que para una persona ya son muchos, con los primeros ayuntamientos democráticos vinieron, por primera vez en lustros, las inauguraciones de los nuevos parques y jardines de mi ciudad. Eran los primeros que se hacían en muchos años. Se les hubo de arañar a las inmobiliarias de entonces los terrenos. Era una victoria del pueblo. Así nos lo presentaban. Eran aquéllas las mismas inmobiliarias que dejaron tantas zonas de la ciudad sembradas de torres de diez o doce pisos y calles raquíticas y estrechas. Mal ahora, pero entonces hubo tal salvajismo urbanístico que muchas ciudades quedaron sentenciadas a la fealdad para siempre.
Ha caído en mis manos, casualmente, algo que escribí por entonces tras la inauguración de uno de estos parques y el discurso del alcalde demócrata, el primero en muchos años. Lo reproduzco íntegramente para no traicionar mis propios recuerdos:

¡Ciudadanos de Guara! (¡Qué alegría!)
En este lugar… (¡Viva, viva!)
En que en otro tiempo… (¡Eso, eso!)
Especuló el poderoso… (¡A ver, a ver!)
Hoy el pueblo… (¡Nosotros, nosotros!)
Disfruta jardines, (¡Bien, bien!)
Inhala aire puro (¡De pino, de pino!)
Y se pasea orgulloso (¡Y cómo, y cómo!)
En desafiante reto (¿A qué, a qué?)
Hacia los tiempos pasados… (¡Ah, ah!)
De inmovilismo forzoso. (¡Bravo, bravo!)

Todos los presentes, menos algunos algo vergonzosos, iniciaron un clamoroso aplauso a las palabras tan acertadas del alcalde. Unos mano contra mano; otros, más prácticos y atentos al civismo recién estrenado, contra moflete infantil, pues algunas de las criaturitas presentes arrancaban las nuevas flores, o las matas verdosas del pelo del césped o, simplemente, cansados, pateaban las espinillas de sus cívicos progenitores aprovechando la expectación que, en los mayores, producía la incisiva oratoria del munícipe.
En ese momento, los músicos, intentado paliar de algún modo el jaleo y los berridos infantiles, iniciaron con brío los acordes del himno nacional.
Tras el tachín-tachán final, el alcalde hizo un gesto ampuloso antes los micrófonos. Éstos, abstraídos por el final del himno y la finta inesperada del edil, no obedecieron y, solamente, tras un imperioso capón al más desafiante, soltaron un silbido agudo de protesta.
El personal, haciéndose cargo de la deficiencia tecnológica del país, asumió el silbido con algarabía, dando por sentado que la inauguración había terminado y considerando el mudo gesto del alcalde como un discreto corte de mangas al citado inmovilismo forzoso.
La multitud se puso en movimiento y el alcalde, siempre observador, lanzó dos o tres vivas antes de que fuese demasiado tarde. Sólo unos cuantos niños, atentos esta vez, le respondieron animosamente, antes de que sus ancestros más directos les arrastraran hacia los puestos gratuitos de limonada municipal.
La fiesta acabó. Formó la banda municipal y se alejó en silencio pues los instrumentos de viento se habían erosionado terriblemente y las brillantes membranas de los tambores estaban flácidas y llenas de cardenales.

08 mayo 2009

¡Dices tú de setas!


Iba cogiendo setas. No había muchas. Pero el Colás me mosqueaba porque se agachaba tres o cuatro veces más que yo.
- Joder, qué vista tienes, Colás
- Qué hay que estar a lo que se está, qué vete tú a saber lo que irás tú pensando, qué estás en una edad muy mala.
- ¡Qué coño voy a pensar! En coger setas. Pero yo llevo cuatro de ellas y tú medio talego. A ver si me dices cómo te las arreglas.
Al cabo de un rato dice el Colás:
- ¿Echamos un pajandini?
- Todavía no sabes que me quité del tabaco.
- Anda, ¡no jodas!, pero hará poco.
- Igual más de diez años.
- Pero, ¿qué dices tú? ¿A ver si me la vas a zampar ahora, pero bien gorda?
- Que sí, hombre, que ya los ha hecho.
- Pero si la última vez que fuimos a cazar a lo de Yebes nos echábamos un pajandini cada tres por dos.
- Pero, Colás, ¿y cuántos años lleva ya Yebes acotado?
- Coño, pues es verdá.
Aproveché para echar una ojeada al interior del talego del Colás. Y setas llevar, llevaba, pero de cardo las menos.
- Pero, Colás, qué me ibas mosqueando y resulta que tú coges to lo que pillas, macho.
- Anda, ahí las vas a dejar.
- Pero, Colás, ¡qué te vas a envenenar, gilipollas!
- Buah, ¡dices tú de setas!, tú qué sabes, cuando la guerra nos comíamos to, las setas revueltas con huevos de burraca y de graja y frito to con sebo, y tú qué sabes lo rico que nos sabía todo.
- ¡Venga, Colás, no me cuentes bolas!
- Claro que, debía decir Dios, ¡déjales a esos pobrecillos que ya tienen bastante con lo que tienen! Oye, y nos sentaban de puta madre.
Viendo que la cosecha de setas no iba a dar mucho de sí le dije:
- Te convido a almorzar en lo de la vega o en la Fuensanta, Colás. Si te apetece, claro.
- ¡Ole tus cojones, Sarvi! ¡Pero papo, no me ha de apetecer! Pero no me jodas, que si me apetece… Vámonos, pero ya. No te tenías que morir nunca, Sarvi… to la vida enfermo…
Pero serás cabrón, pensé para mí.

25 febrero 2009

Muchos años después...


El matrimonio con sus siete hijos, aterrorizados por los combates, huyeron de su casa con lo puesto. Primero se escondieron a pocos kilómetros de la ciudad. Sin embargo, al día siguiente uno les dijo que se fueran que, tras la batalla, buscaban al padre. Alguien les ayudó y con su aval, presencia y salvoconductos hizo que llegaran a Madrid. Allí se despidieron de aquel hombre que desinteresadamente les había respaldado y amparado y que no volverían nunca a ver. Dígame quién es usted para, si puedo, darle las gracias algún día, dijo el padre. Una persona, contestó el desconocido, se dio la vuelta y se marchó sin más.
Era Madrid lo que fue siempre, una ciudad solidaria y de aluvión. Una ciudad de forasteros controlada entonces por milicianos recelosos, comités de autodefensa y racionamiento. Allí anduvieron repartidos por casas de familiares, cambiando de unos sitios a otros, a veces juntos, a veces separados, porque nueve bocas eran muchas bocas en tiempos de miseria y la paciencia, la bondad y, sobre todo, la comida eran bienes a cual más limitados y era difícil y grande coincidencia que algún mortal tuviera todos a la vez y los prodigara sin fin en aquel tiempo.
Viendo que la buena voluntad de los parientes, por fuerza, terminaba acabándose al tiempo que el pan y, a veces, aún antes, se fueron a Pastrana. En un pueblo siempre era más fácil hacerse con comida. Una parienta les cedió un viejo molino en desuso. El matrimonio con cuatro de los hijos, el mayor y los tres pequeños, vivieron en el molino de los Escribanos. Entre el padre y el hijo mayor, de 14 años, limpiaron caz y caceras, amolaron las piedras y pusieron el molino a funcionar, explotaron el huerto abandonado y sacaron, de donde antes no había, lo más imprescindible para comer. A los otros tres hijos, los de en medio con menos dependencia de los padres, les enviaron a la cercana Valdeconcha al molino del tío Pablo, otro pariente protector.
Al año y pocos meses se sintió el padre descubierto y amenazado y, estándolo el padre, lo estaban todos. Se reagruparon y, de nuevo errantes, huyeron una noche hacia la provincia de Cuenca con tantas cosas como pudieron cargar en unos pocos sacos de arpillera. Dan con otros parientes solidarios que les acogen en Valdeolivas y, compadecidos de pareja y prole, les alojan en el recóndito molino de Las Juntas de Albendea, paraje idílico y de singular belleza brava donde confluyen el salvaje río Escabas con el manso Guadiela. Un año más de vivir a salto de mata y, acosados de nuevo por el miedo, a punto están de huir de nuevo cuando les sorprende la noticia del fin de la contienda.
Sin paciencia para esperar más, se despiden de sus últimos protectores, por una vez, con la emoción de la paz y del retorno. Con lo que les queda de comida regresan a su casa. En un camión vuelven los nueve, felices y anhelantes, más el cordero Ricitos y el gato Pin protegidos por manos infantiles. Tras un penoso viaje en la caja del camión, su ciudad aparece al fin sombría. Está destrozada por los bombardeos y los incendios y muchas fachadas agrietadas aparecen por doquier picadas a balazos. Temen, angustiados, no tener ya casa. Llegan a la calle de Cacharrerías con el alma en un puño. Encuentran la casa vacía y saqueada pero milagrosamente entera y en pie. Respiran. Descargan del camión sus cuatro pertenencias. Se detienen callados ante el edificio. Ven como el vehículo se aleja y desaparece cuesta abajo hacia el río. Todos siguen silenciosos ante la puerta pero ninguno entra. La niña pequeña tiene al gato Pin entre los brazos y el cordero ha metido la cabeza entre las piernas de uno de los muchachos. Han pasado casi tres años desde que se fueron. Cuando María, la madre, entra la primera, lo primero que hace es arrodillarse y besar el suelo.

23 febrero 2008

¡Se sienten, coño!

- ¡Se sienten, coño!
- Siéntese, Sr Fraga. Le repito que se siente, Sr. Fraga. ¡¡¡Sr. Fraga!!!
- ¡Por favor! ¡¡¡Sr. Fraga, por favor!!!
- Osientomuchoperonohagofavoresanadie... hedichoquenoyesqueno... soyunpoliticoaforadorepresentantedelpuebloespañolyno...
Nunca pensé ver al tío Fraga dispararse como un torpedo ciego contra los números de la Guardia Civil, mientras ellos, como si se tratara del Lute, amartillaban los subfusiles ante la inesperada arrancada de aquel paquipolíticodermo macho de cabeza de martillo acostumbrado a que la calle fuera suya. En un solo día la Benemérita le había hecho dar, al gran políticopótamo, con sus huesos en el suelo, luego sentadito me quedé en el escaño que ocupé, luego calladito, calladito y por último, aserrín aserrán, ninguneado el galán, porque los golpistas se llevaron a todos los líderes políticos excepto a él, para aislarles. El desprecio había llegado demasiado lejos, ya no pudo aguantar más y con la máquina de decir y tragar y dejar vislumbrar palabras semipronunciadas encendida y a tope se lanzó don Manuel Fraga en feroz acometida contra el Instituto Armado. ¿Cómo se atrevían a no considerarle a él, nada menos que a todo un fragairibarne con los años precisos, un potiticoceronte demócrata con peligro letal? Nunca volveré a disfrutar de un espectáculo así. Ni creo que los siglos venideros lo vean. Era el 23 de febrero de 1981. La España cateta del ridículo mocho one more time, dándole al mundo un espectáculo cojonudo.

13 febrero 2008

El ciclista


Le había costado mucho a sus cuarenta y tantos años hacerse con la bici. No hacerse con ella para dar un paseo, sino para andar con soltura unos 50 ó 60 kilómetros. Bien es verdad que se trataba de una buena bici de montaña que, si lo necesitaba, tenía unos desarrollos muy cortos que, cómo dicen los castizos, casi le permitían subirse por las paredes. Pero desengáñense de los dichos, hay que hacer piernas. Así que entrenó y entrenó moviendo desarrollos cortos una hora, dos horas… hasta que se sintió con fuerzas y preparación para marcharse en solitario a dar vueltas por los pueblos de la provincia, a veces saliendo de la capital, a veces desde otros pueblos a los que previamente llegaba con la bici dentro del coche.
Ciertamente era un placer, incluso en los días calmos de invierno, salir con la bici sintiendo que la máquina obedecía y las piernas no acusaban el cansancio ni llegaban al agotamiento. Era una sensación estupenda el subir las pendientes con la regularidad rítmica que dan unas piernas preparadas para aguantar el esfuerzo y dosificarlo. El entrenamiento de los tres o cuatro primeros meses había valido la pena pues, intentar distancias en bici sin entrenamiento, es una garantía segura para aborrecer al artefacto.
Por el contrario, estando preparado, debe de producirse quizás lo que algunos consideran como una producción de endorfinas a las que el ciclista o el deportista en general se vuelve adicto. Algunos sostienen que la práctica controlada y regulada de ejercicio físico produce una estimulación en la producción de neurotransmisores cerebrales que generan en los deportistas analgesia y una sensación de placer y bienestar. El ciclista pensaba que algo de esto tenía que haber pues él sentía una sensación estupenda de plenitud cada vez que se daba sus mañanas o tardes de bicicleta. ¿Sería un adicto al que, por dedicarse al deporte, no llamaban abiertamente drogadicto? Casi tenía sus dudas.
Un día calmo y soleado de invierno, después de haber subido un pequeño puerto, hizo un descenso bastante excitante por el acicate de la velocidad. En aquella estrecha carreterilla secundaria, llena de curvas sin visibilidad, era un reto bajar a una velocidad tan desproporcionada. Un inquietante cosquilleo del estómago para abajo le acompañó todo el descenso. ¿Sería la droga del deporte?, pensó según descendía, menospreciando el peligro.
Lentamente concluyó la bajada y llegó a Sedeín, el pueblo al pie del puerto. Dejó que la inercia le llevara a la fuente del pueblo, situada en una espaciosa plaza junto a la carretera por la que descendió. Allí tomó agua y rellenó la cantimplora. Al reanudar la marcha iba distraído mirando las bonitas fachadas… cuando sin saber ni cómo ni de qué manera fue a dar con sus huesos en el duro suelo de cemento liso de la plaza. El casco recibió un buen impacto pero no fue menor el que recibió el hombro derecho. ¿Cómo se había caído? No se lo explicaba pero, en cuanto se puso en pie, se dio cuenta que algo en el hombro no andaba bien. Miró a su alrededor y la media docena de personas que estaban en la plaza se estaban descojonando de risa ostentosamente.
- ¿Pero dónde vas con tanta bici, gilipollas?
- Pues anda que si te caes aquí, en lo más llano…
- No me jodas, caerse aquí, tiene cojones la cosa…¿Estás tonto o qué?
- Anda lárgate, modorro, no vayan a venir los de tráfico a hacerte la prueba de la alcolemia…
- Eso digo yo, ni que hubieras desayunao con aguardiente.
El ciclista enseguida comprendió que poca ayuda podía esperar de aquella gente. Hizo de tripas corazón y aprovechando que aún estaba caliente se montó de nuevo en la bici. A las dos pedaladas se dio cuenta que tenía que mantener el cuerpo rígido e inmóvil de cintura para arriba pues, si no, el dolor en el hombro era insoportable. Gracias a su buena forma pudo llegar al pueblo donde, a 30 kilómetros del de la caída, había dejado el coche.
En el centro médico local, el ciclista tuvo suerte, había un médico joven que le tiró al suelo como si fuera una res y le colocó el hombro con soltura, a despecho de sus bramidos de dolor. Luego le dijo que le llevaran a urgencias porque tenía también fracturado el acromio.
Uno de los viejos que estaban esperando en el centro médico le preguntó que dónde se había caído. El ciclista le refirió que había sido en Sedeín y que la gente en vez de ayudarle se había reído de él. El viejo con mucha calma le dijo:
- Si ha sido en Sedeín no le extrañe a usted nada, bastante es que no le remataran a garrotazos.
Y así fue como el ciclista abandonó su adición a las endorfinas.

10 febrero 2008

La fábrica


El periódico local, de costumbrista, oloroso y melífero nombre, como la provincia pretendía ser en el fondo, o sea, un remanso de paz y concordia, publicó el día 25 de abril de 1920, en su número 1336 la noticia: “Horroroso incendio. Fábrica de harinas destruida”.
La noticia ocupaba la portada a varias columnas, pues en la capital de provincia pocas cosas destacables solían suceder. En el pomposo y afectado artículo se citaba la ubicación del molino de Mora a tres kilómetros de la capital río abajo y su pertenencia a las señoras viuda e hija de Vicente Sánchez. Luego se hacía un pormenorizado homenaje a todos los que, imbuidos de fervor solidario y cívico, intentaron con su presencia, valor y entrega evitar la consumación del desgraciado y luctuoso suceso. O sea, el incendio.
No creo que el periódico olvidara a nadie pues se citaron muy prolijamente, en un alarde de diplomacia local y provinciana, la colaboración y el concurso de todas las fuerzas vivas: Gobierno, Ayuntamiento, Policía, los distintos talleres del Ejército acantonados en la capital, la Guardia Civil, la Academia Militar, industriales, periodistas, numerosos obreros voluntarios… Y no olvidaba el periódico hacer una exhaustiva relación de personal, con más de 40 nombres de los más notables y destacados jefes, oficiales, concejales, responsables, etc. que en el lugar del siniestro se personaron. Nadie fue olvidado, en sus méritos, por el redactor. Pero no debía ser muy concienzuda la preparación de ese ingente número de personal para sucesos de este tipo cuando, a pesar de conocerse el incendio a los veinte minutos de iniciarse, el molino ardió sin quedar nada. Y, aunque no lo digo por alabarles, compañía selecta y personal de rango no se puede decir que faltara en el incendio.
Los pocos objetos que se salvaron lo fueron gracias al maestro de harinas y a los cuatro obreros que estaban en la fábrica y de cuyos nombres, casual e incomprensiblemente para un hombre con tanto tacto, el redactor no guardó memoria. Lástima.
Una caja metálica donde se guardaba el dinero para el funcionamiento corriente del molino y la documentación y los libros de contabilidad del mismo fue cuanto pudieron poner a salvo los obreros. Por el contrario, todos los enseres del maestro de harinas y de los trabajadores que vivían en las dependencias del molino ardieron con él. Además el maestro de harinas perdió todos sus ahorros, unas 5000 pesetas, que guardaba en el fondo de un baúl, usanza muy frecuente entonces.
El Gobierno Civil abrió una suscripción para paliar en lo posible las pérdidas de estos trabajadores. María y Salvador fueron los primeros en contribuir con una cantidad que mantuvieron secreta.
Las lenguas se pusieron de nuevo en acción y enseguida se oyó elucubrar sobre si el incendio habría sido intencionado por rencores, venganzas o envidias, que para todo hubo versiones muy bien fundadas. Pero parece que la buena fama que los dueños del molino tenían hasta entonces y el empeño de los propios trabajadores en salvar lo que pudieron de los dueños, hizo que la idea no prosperase pero, por hablar, no quedó quieta baldosa alguna ni teja por remover. Así que, a falta de cosa más fundada, se concluyó que el molino estaba maldito y que el fantasma de los difuntos Vicente y Felipe lo habitaban y, más aún, que el de Felipe fue el que propició el incendio haciendo que la correa de la polea que lo mató produjera el incendio al rozar con el entarimado y hacerlo arder.
Salvador y María, pasado el susto inicial, hacen recuento de sus caudales, de lo que sus clientes les deben, de lo poco que se salvó, de lo que les paga el seguro, que no cubría el género almacenado, y de lo que pueden conseguir poniendo en prenda sus pertenencias, labran una parte de las cuatro fanegas de tierra que rodean el molino y otra parte la ponen de huerta y Salvador pierde su rango de jefe, hasta que lleguen mejores tiempos si es que llegan, y trabaja en lo que haga falta. Los parientes de Fontanar echan una mano y otro primo de Salvador, Eduardo, que tiene un molino en Anguita también les ayuda. Así, reunidos todos sus recursos, presentan, el 19 de julio de 1920, proyecto al Ayuntamiento de la capital para la edificación de una fábrica de harinas sobre el solar del molino destruido. También piden, a la Jefatura de Obras Públicas, mantener el acceso necesario a la carretera Madrid-Francia. No han tardado mucho en organizarse ni en reunir los recursos necesarios.
Con tantas inquietudes, gestiones y preocupaciones casi se les echa encima sin notarlo la llegada del hijo que esperaban pero, éste, inexorablemente llega. Y lo hace para bien, porque María da a luz el 30 de julio una bonita niña a la que deciden llamar Carmen.
El 16 de agosto del mismo año reciben la licencia de construcción del Ayuntamiento, poco después de la renovación del permiso de acceso de Obras Públicas. Dos años dura la construcción de la fábrica. Finalmente la equipan con la maquinaria más moderna de la época, que fue instalada por la casa "Buhler Hermanos" de Madrid. El viejo maestro de harinas tuvo trabajo en la fábrica hasta que se jubiló y los obreros mientras lo desearon.
Pero no está terminada la fábrica cuando, el 25 de julio de 1921, nace un nuevo hijo, Manuel. Y terminada ésta y produciendo ya desde un año atrás, nace el tercer hijo que resulta ser otra niña, Pilar. Es el 31 de octubre de 1923.
Afortunadamente la ya fábrica de Mora, pues heredó el nombre del viejo molino es un negocio muy productivo y bien administrado. Ya no funciona con el agua del caz sino con electricidad y en el caso de que ésta falle puede recurrir a un gran motor de barco para mover la maquinaria. Así que la presa del río, el largo caz, las caceras y el desagüe al río han dejado de preocupar a los molineros y sus dos funciones más duras: La de limpiar cauces con el agua hasta el pecho y la de amolar las piedras de moler han quedado para el olvido. Harto lo hicieron los antiguos, que a viejos no llegó casi ninguno. Vicente y Felipe y Braulio y Eleuterio y Venancio y Bautista y… todos aquellos Sánchez que se fueron a la tumba con los bronquios atascados por el polvo del cereal, con algún que otro dedo, mano, brazo o hueso de menos por el abrazo de las poleas y con el esqueleto doblado por los años de humedad en los caces. Eso sí, sin dejar nunca de oír el refrán popular, tan viejo como cruel pero, según las lenguas de siempre, muy cierto: “De molinero cambiarás pero de ladrón no”. Sempiterno sambenito de los del gremio.
Y no digo mentira pues ya va para quinientos años que Lázaro de Tormes hizo también de ello mención bien conocida pues, siendo su padre molinero de aceña en el Tormes, dejó el buen Lázaro escrito en carta bien famosa lo que sigue: “…Pues siendo yo niño de ocho años achacaron a mi padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los que allí a moler venían, por lo cual fue preso, y confesó y no negó, y padeció persecución por la justicia…” Así que, como molineros, tampoco andaban ellos libres de sospechas ni eran menos merecedores de ser bienaventurados…