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21 junio 2018

Sacrificios humanos


He leído algo de la arqueóloga mexicana Ximena Chávez sobre los sacrificios humanos en las excavaciones del Templo Mayor de Tenochtitlan (capital de los Mexicas y ubicada hoy en el subsuelo de la capital de México).
Parece que los gobernantes mexicas de hace 500 años y anteriores, mediante este rito, creían poder conseguir de los dioses la estabilidad de su imperio y de sus propias existencias, alimentando el ciclo natural vida-muerte. Pensaban, se cree, que eso agradaba a sus dioses y éstos, a cambio, les devolvían la rutinaria prosperidad cotidiana que tanto ansiaban los Mexicas y de la que continuamente recelaban. La desconfianza hacia el futuro parece tan antigua como universal.
También deduce esta arqueóloga, de su trabajo sobre miles de restos óseos, que los sacrificados no fueron decenas de miles (como especularon los cronistas españoles de la época de la conquista), sino muchos menos.
Dice Ximena Chávez: “En aquel entonces se aceptaba socialmente el sacrificio, incluso la persona que iba a ser sacrificada seguramente aceptaba que formaba parte de un todo. Pero hoy se ha perdido la sacralidad de la violencia.”
Es cierto que los cronistas españoles de la época hablan de muchos miles de sacrificados, del mismo modo que exageran desaforadamente el número de combatientes de los ejércitos a los que hubo de enfrentarse Hernán Cortés. Estas exageraciones que a veces rozan, cuando no alcanzan, el ridículo de lo increíble, creo que son notoriamente interesadas. O, mejor, lo fueron para aquellos legendarios guerreros españoles a los que nadie podían impedirles hacerse publicidad a sí mismos.
En cuanto a los sacrificios humanos, los españoles encontraron un poderoso motivo de descrédito hacia los Mexica, pues, para su sorpresa, el imperio Mexica con el que toparon era una civilización organizada, culta y refinada, orgullo de los conquistados, y que a los conquistadores asombró. ¿Explotaron el hecho de los llamativos sacrificios humanos para justificar la implantación de un orden nuevo y cubrirse de razones para hacer lo que hicieron? Parece que bastante de eso hubo. Y, tal vez, inculcaron en la lejana España la idea de que se estaban enfrentando con salvajes irredentos que pedían a gritos ser “civilizados”. Cuando la realidad, que sólo ellos conocían, lo desmentía totalmente.
Las exageraciones en el número de atacantes en las batallas que libraron también redundaba en la mayor gloria y merecimientos de los conquistadores ante los sucesivos monarcas españoles, que se encontraban tan lejos de los escenarios de la conquista y, muchas veces, tan ajenos a ella.
Pero, generalizando, los españoles también tenían “dioses” a los ojos de los Mexicas que seguramente no andarían muy duchos en el sencillo y comprensible Misterio de la Santísima Trinidad. El Padre, el Hijo, el Espíritu Santo, las Vírgenes, los Santos… alguno tan emplumado como Quetzalcoatl, tendrían ante ellos este papel. Pero, sin embargo, los ritos religiosos de los cristianos y sus entidades religiosas eran totalmente desconocidos para ellos. Si no hubiese sido así, tal vez los inteligentes y cultivados mexicas y mayas habrían llegado a la conclusión de que los cristianos también hacían sacrificios humanos.
Si los sacrificios humanos eran homicidios programados por motivos religiosos, ¿acaso no se inmolaban víctimas en España por idénticos motivos?. Pensemos en la Santa Inquisición, ¿no velaba el Santo Oficio por la religión de los cristianos? Su misión consistía en perseguir la herejía, la brujería, la judaización, la blasfemia, la homosexualidad… y todas aquellas cosas que molestasen al Dios trinitario cristiano. ¿No deberían considerarse las ejecuciones públicas dictadas por el Santo Oficio sacrificios humanos? ¿Acaso no pretendían agradar al Dios de los cristianos? ¿Acaso no se hacían en su nombre? Podrá objetarse que se hacían bajo una acusación, bajo el concepto de pecado y, por tanto no eran gratuitas, se tenían por un modo de justicia. Sí, pero se hacían.
Bien, pensemos entonces, a lo largo de la historia del cristianismo, en la cantidad de mártires que aceptaron la muerte, se supone que de buen grado, antes que abjurar de su fe. ¿No se ofrecían estos, tal que los Mexicas, a ser gloriosamente inmolados por su Dios? Sí, pero entonces eran los enemigos de su fe quienes les sacrificaban. Exacto, pero los sacrificios se producían igualmente.
Parece que el sacrificio humano de los cristianos podía por tanto ser llevado a cabo por los propios cristianos o por sus enemigos y que las víctimas de esos sacrificios podían serlo por pecado o por virtud. ¿A ver si va a resultar que los cristianos, a lo largo de nuestra historia, hemos tenido más y más variados sacrificios humanos que Mayas y Méxicas? Y, además, sin ni siguiera caer en ello. Así, como a lo tonto.
¿No hemos tenido guerras civiles a las que hemos dado el término religioso de cruzadas? Y, una vez abierta la despenalización del homicidio, unos han sido mártires por la fe y otros mártires por la libertad. Hasta las guerras convertidas en altares de sacrificio. ¿Hay quién dé más?
Incluso, hoy en día, cuando alguien se encuentra desahuciado y sabe que le queda ya muy poco de vida, ¿no se da el caso de que alguien piadoso se le acerca y le dice que ofrezca sus sufrimientos a Dios? Es cierto que esto es hacer de la necesidad virtud, pero, ¿no ocurre? El sacrificio ante la divinidad no excluye a los moribundos como víctimas ni a las enfermedades como ejecutores. Tal vez por eso muchas de nuestras actuales entidades sigan siendo tan reacias a sustituir por la laica eutanasia ese postrero y sublime sacrificio religioso en el salto a la eternidad o la nada. Vaya usted a saber.
También se criticó en la época de la conquista que los sacerdotes y fieles de los dioses de los Mexicas se hacían heridas sangrantes (en ciertas partes) para agradar con su sangre a sus dioses. Y nosotros también conocemos cómo se hacía, y se hace, uso de cilicios hasta sangrar entre los católicos más píos, cómo se azotan, todavía hoy, algunos elegidos (voluntariamente y con orgullo) hasta sangrar públicamente en algunas procesiones… Y no me cabe la menor duda de que los cristianos que hacen esas prácticas lo hacen también por agradar a su Dios. Es que si no, sería del género tonto.
A mí me parece que cuando hablamos de sacrificios humanos no debemos mirar solamente fuera de nuestra “civilización” porque también podemos haberlos tenido delante a los largo de nuestra historia sin jamás haberlos visto. Maravillas, tal vez, de la fe verdadera, que es la nuestra, claro. Tan ciega ella.

18 enero 2018

Tristeza generalizada



Entre las desdichas, que forman parte del colchón de la vida, hay algunas muy concretas y personales y otras imprecisas y generales. Entre las segundas, está la tristeza generalizada.
Algunas veces el silencio se me antoja un desierto. Pero, al tiempo, una parte interior propia de los seres humanos, una tierra adecuada para ciertas semillas que solamente pueden germinar en él.
La idea primaria de silencio es la ausencia de ruido, algo fácil de evitar: el ruido físico (suele bastar con la doble ventana).
Sin embargo, hay otro bullicio que todos llevamos dentro y que nos ensordece del mismo modo que la ilimitada luminosidad nos ciega. Bajo esas circunstancias es muy difícil pensar. El ruido interno de nuestras pasiones, orgullos, ambiciones y vanidades es muy difícil de sofocar.
Quizá la edad (menguadora de algunas pasiones), por un lado, y la práctica de la soledad voluntaria, por otro, ayuden a algunas personas a conseguir un poco de silencio en su interior. Pero, ni así es fácil. Casi no tenemos costumbre.
En la fértil tierra de ese silencio puede crecer el pensamiento. Pero no es tarea a la que sea habitual el ponerse.
Si pensamos en el tipo de vida que llevamos, basada en la inmediatez de todo (placer, dinero, ambición…) tal vez nos sintamos náufragos en un inmenso océano de ruido que nos zarandea sin descanso y en el que se nos hace difícil pensar en otra cosa que no sea el sobrevivir a cualquier precio.
¿Es nuestro mundo enemigo del pensamiento?
Dicen que las grandes revoluciones se han fraguado en el pensamiento que procura la soledad. Así que, que cada uno se conteste.
Si vivimos adormecidos en nuestro mundo febril de actividad, de competencia, de ambición, sin tiempo de pararnos a pensar, ¿no será el capitalismo (además del fútbol, claro) nuestro verdadero opio? ¿No se equivocaría Marx?
Perseguir la falsa ilusión de tener todo cuanto ansiamos no nos acerca al pensamiento, sino que a la fuerza nos vuelve hiperactivos, prestos siempre a la acción pero incapacitados casi de continuo para la reflexión. Seres más agresivos que racionales, a los que pensar les crea malestar. Y, por cierto, en nuestra sociedad quien renuncia a esa obligada ambición, como sublime meta, se convierte, además de en fracasado, en sospechoso. Y, encima, se lo llamarán en inglés: Loser! (Con lo castizo que era eso de: ¡Desgraciao, cara pobre!)
En un cuento indio un abuelo le contaba a su nieto que todas las personas llevamos dentro un lobo y un cordero en pugna constante. ¿Y cuál de los dos gana?, preguntó el nieto. Aquel al que alimentamos, dijo el viejo.
No sé con qué frecuencia se da esa soledad buscada que, acallados los ruidos de toda clase, es la fuente más rica de creatividad.
Pero sí sé que, en nuestro mundo, abunda la desconfianza, el individualismo, el miedo, la inmediatez, que todos estamos tan telemáticamente conectados que siempre estamos solos, casi como evadidos, también sé lo muy propensos que somos a la revolución y lo muy reacios a la evolución, lo poco dispuestos que estamos todos a cambiar el mundo empezando por nosotros mismos…
O sea, que no sé cuántos alimentan al lobo y cuántos al cordero.
De ahí esa cosa tan tonta del principio: lo de la tristeza generalizada.

31 octubre 2016

Testamento nuevo



A veces se carteaba con algunas pocas amistades. Él seguía llamando cartas a esos largos correos electrónicos. Y, también, llamaba amistades a algunas personas que nunca había conocido.
Se preguntaba si esas personas, a las que no había visto, eran, por sus letras, más conocidas para él que ésas otras, con las que había convivido. Y no daba con la respuesta.
Se decía que, cuando alguien escribe un blog, un libro o correos electrónicos, es porque lo necesita y, a la vez, encuentra en la escritura una satisfacción.
Seguramente, si fuera sólo por pasar el rato, a cualquiera le bastaría con un moderno teléfono móvil con todas esas utilidades que se caracterizan por el contacto inmediato, la brevedad y la gran difusión, si uno es una persona verdaderamente sociable y presenta un perfil de su tiempo.
Lo de escribir, sin obligación ni apremio, sin el agobio de tener que responder ni esperar respuesta en breve ni, muchas veces, recibirla nunca, parecía una soledad que necesitaba expresarse más que un intento de buscar compañía. Algo muy poco definido pero que, al parecer, definía a muchos.
También, escribir, era para él un juego. Y, por tanto, dudaba de que los que leyeran sus palabras le conocieran. Así que, ya como lector de palabras ajenas, ya como escritor de las propias, todo era una ilusión por construirse un mundo imaginario. Suponiendo que, sin darnos cuenta, no vivamos ya en uno que lo sea.
También, se le ocurría, que escribir era como plantearse problemas a uno mismo e intentar ofrecer soluciones inéditas, vana ilusión, en un mundo donde todo está escrito, todo pensado y todo previsto. Un mundo en el que se supone que nada nuevo hay bajo el sol, ni bajo la luna (bajo las estrellas, aún está por ver). Y que, por eso, el planeta funciona la mar de bien.

Pero, por otro lado, también la escritura podía ser profundamente crítica y dedicarse a dudar de que las cosas marchen bien, de que las soluciones sean las idóneas y de que lo que sucede sea lo menos malo, que ya tiene delito. Pero, en esas ocasiones, se daba cuenta de que, con cualquier interlocutor, los pensamientos entraban en una especie de competición por ver cuál de los dos entraba en un análisis más negativamente catastrófico de la realidad. Siempre solía pasar eso. La crítica de la realidad, sobre todo cuando era una crítica realista y profunda, ponía enseguida de acuerdo a las personas como por ensalmo. Es más, tendía a convertirse en monotema, en un ahondar en la bajada a los infiernos, en un laberinto, forzosamente sin salida, en el que llegaba un momento en el que se pensaba, por descarte de otras ideas ilusorias, que la única solución personal era la muerte. Este es un fenómeno que se produce a diario en cualquier frutería y que, por tanto, él consideraba de índole universal.

A él, la muerte, le parecía una solución decepcionante o, mejor, no le parecía solución. Si a eso se llegaba después de escribir y pensar tanto, de nada valían ambas cosas. La muerte, mirada así, era una deserción de la vida, una liberación de lo que se supone que más nos interesa. Si nuestra solución fuera la muerte, con esperar tenemos bastante. A qué tanto escribir y darle vueltas a las cosas, a qué dar tanto la lata y el tostón. La muerte no es solución, sólo salida y, además, es casi siempre obligada porque, si no, no iríamos al médico a la mínima, y no hay más que ver las listas de espera. La solución, si la hay, ha de pasar por vivir, no por morir. Así que nada de “¡Viva la muerte!” y sí un sí profundo y convencido a los análisis de sangre.
Sin embargo, algunos, cuando oían lo anterior, consideraban que lo decía porque no se daba cuenta realmente de la situación. Entonces se la volvían a explicar con más detalle, con más truculencia y hasta le añadían desesperantes conjeturas futuristas para que él, debidamente informado, cayera definitivamente, y a la mayor brevedad posible, en la desesperación más irredenta, como era su obligación intelectual, y abominase de la Humanidad, si es que le quedaba una gota de raciocinio positivo en la cabeza.

Sin embargo, también se había dado cuenta de que había personas que se negaban a eso. Era un placer leer lo que escribían.
¿Acaso no eran conscientes de todas esas cosas tan nefandas, alienantes, desesperantes, inicuas, negativamente inoperantes, mercantilizadoras y positivamente idiotizantes, que a tantos seres conscientes hacían entrar en pánico? ¿Tal vez no ponían debidamente en valor el temor ineludible que las mentes más informadas vaticinan sobre el futuro venidero? ¿No se daban cuenta de que ya es imposible empoderar al pueblo, ideológicamente aniquilado, para que reaccione positivamente?  

Pues no señor, conscientes de todo eso y de más cositas, muchos (y muchas, claro) aún se empeñan en reírse de todo y flotan nadando entre esas aguas (tachó procelosas) sin darse nunca por ahogados. Eran los autores de un testamento nuevo, a veces daba con alguno. Estaban vivos y sólo de ellos cabía el esperar esperanza; de los ansiosos, en vida, por ser morituri, él no esperaba nada.

09 mayo 2016

Entre dos aguas

Nuestras vidas pequeñas son mapas interiores de acciones y lugares ubicados en el tiempo engañoso de nuestra memoria. Y esas vidas pequeñas flotan a la deriva en el caudal de una historia grande y común que nos arrastra sin que apenas podamos intervenir en ella.
Hay lugares en esa geografía particular de los que uno no quiere acordarse bien porque su paso por ellos le avergüenzan, bien porque a nadie le interesan o bien porque razonar lo que ocurrió bien pudiera volverse en tu contra, porque todo argumento empleado en la propia defensa es, para muchos otros, un alegato evidente de culpabilidad.
Así la vida de algunos da como frutos, no ejemplos, sino obras literarias. Las hay de muchos tipos: memorias, novelas, poesías, obras de teatro, cuentos… Y en todas ellas los autores, queriéndolo o no, terminan por dejar el extracto de lo que fue su vida. Un destilado que se escurre por el serpentín de sus mentes y deja trazado en forma de letras la esencia de lo que vivieron, conocieron y aprendieron.
Algunas de estas personas han pasado a la Historia porque supieron trasformar en arte lo que de sus vidas extrajeron y, además, lo hicieron con tal tino y acierto que maravillaron a sus contemporáneos y, tras su desaparición, siguen iluminando las mentes y los ánimos de muchos otros que durante los siglos les vamos siguiendo por los sobados trayectos de la vida.
Pero los historiadores que, casi como detectives, indagan sobre las vidas de estos genios, no encuentran, por lo general, muchas certezas. Y en cuanto a las vidas pequeñas de estas figuras literarias, preclaras por sus obras, no hallan sino dudas sobre sus virtudes, sombras sobre sus negocios, contradicciones sobre sus conductas, recelos hacia sus inclinaciones y, en general, incertidumbre donde, tal vez, pensaron encontrar claridad.
Y todo parece concluir en que el ser humano hasta de sus miserias, o precisamente por ellas, puede sacar conocimiento, lucidez y una cierta templanza para reconocer todo lo que existe sin hacer aspavientos y sin empecinarse en negar nada. Y, ahí lo dejan, para que el que quiera tome nota y lo aproveche o, como poco, se entretenga y se ría.

Dejando aparte a estos seres únicos y universales, en el tedioso transcurrir de una vida anodina, como ha sido la mía, siempre he sentido también admiración por ciertos personajes populares. No son muchos, pero son humildes. Con una humildad en sus orígenes, que no en su temperamento ni, a veces, en sus modales. Ninguno es o fue persona conocida ni culta ni que goce o gozara de una situación respetable o destacada, en el buen sentido que, aún hoy en día, pueden tener estas palabras.
Han sido, por lo general, tipos que pasaban desapercibidos. Individuos sumidos, como lo estamos casi todos, en el estanque calmo y silencioso del anonimato. Gente de idéntico montón a ése donde yo me apilo. Sus vidas, ocultas a casi todos, fueron casi secretas en algunas materias. No eran malos, pero tendían a bandearse en una línea difusa, ésa donde, sin cerrarse el bien, el mal se abre. Zonas donde los espíritus rebeldes nunca acaban de entrar pero de las que jamás terminan de salir. Así que, por otro lado, eran personas normales, ni de malos tenían nada, ciertamente, ni de buenos tampoco. Pero a la gente desarmada de cultura y dinero, la inteligencia, cuando la tienen, suele servirles para nadar entre esas aguas con provecho. Y, por estas cosas y al mínimo desliz, siempre fueron sospechosos. Así que su audacia hubo de caminar de continuo, para amortiguar el ruido de sus pasos, sobre una  gruesa alfombra de cautela.

También he conocido algunas personas prominentes, de posibles, educadas y cultas, e incluso, algunas de ellas, con asientos en escaños, consejos y hasta en tertulias de la televisión, sin tener por ello ningún prejuicio hacia ninguna de ellas. Y éstas son mucho más fáciles de definir que las anteriores: hombres de bien, todos sin duda. Porque la bonhomía se gana a pulso cada día y en España es cosa que se alaba y se premia.
Y de los más famosos de éstos nunca he sabido si llegaron a serlo por fortuna, por talento, por trabajo o por la mezcla de todas sus facultades, adobadas por ese cambio mimético, esa adaptación a ultranza, que ya hizo triunfar a algunas especies en lo que se conoce como evolución natural. Pero es evidente que, para triunfar, algún algo ha de tenerse, pues toda consecuencia tiene una causa. Así que no seré yo, en mi ignorancia, quien a nadie le quite sus méritos o, peor aún, los ponga taimadamente en duda.
Pero estas personas no me han atraído, pues las aventuras de la buena vida son lujos, pero suelen ser tan aburridos como la monótona contabilidad que los sustenta. Por otro lado, siempre les consideré ya bien pagados por su fama o por sus cargos, cosas ambas que llevan sobre sus espaldas de una manera tan señorialmente rutinaria que desprende un halo triste de vulgaridad. Parecen de este siglo, del pasado y del anterior. Son siempre los de siempre, hacen lo de siempre y hablan igual que siempre.
Responden a lo que no les preguntan, como si sus palabras fueran salvas destinadas siempre a distraer y jamás a dar en la diana. Y es tan grande su finura intelectual que, si fuera necesario, declararían no constarles si engendraron a sus propios hijos o si guardan memoria de quiénes son sus padres o con quién o quiénes fueron sus coyundas. Son conscientes de que, llegado el caso, ni lo evidente puede demostrarse. Y no lo digo por alabarles ni porque me guste exagerar, sino porque su perseverancia en tales actitudes les define.
Generalmente, a los periodistas, que algunos también se las traen buscando las noticias por los vericuetos más inverosímiles, les gusta hablar de estas personas, según puede corroborarse por las constantes noticias que tenemos en los últimos años sobre esta elite de la nación. Personas todas muy previsibles, son el talento oficial vinculado al progreso. Y se asemejan todos a aquellos grandes capitanes o duques que el rey Felipe enviaba entonces a los Países Bajos para que, defendiendo los intereses españoles, regresen ahora con instrucciones inapelables de Bruselas.

Pero volviendo a mis predilectos, a esos personajes anónimos cuyo recuerdo atesoro, y tras pensar un rato sobre ellos, he caído en la cuenta de que todos tenían o tienen una cosa en común. Como sería muy complejo, y largo de explicar, cada caso, he buscado una expresión coloquial que brevemente los defina y, a la vez, clarifique el motivo de mi admiración por ellos: todos hacían o hacen la guerra por su cuenta. Me recuerdan al Jabato o al Guerrero del Antifaz, olvidados héroes del tebeo nacional y paladines ajenos a las nuevas tecnologías.
Y es que tanta defensa del trabajo en equipo, de la coordinación, de la competitividad, de la negociación, del consenso y de otras muchas de las virtudes sociales del presente y aún del futuro, me tienen un poco harto. Estos individualistas intuían, sin necesidad de meditar mucho sobre ello, que el sistema, por llamar con una sola palabra a nuestro modo de vida, era imbatible. Ninguno, abiertamente, se enfrentó a él. Admitían, sin discusión, su situación de marginados natos. Su sentido realista les hacía alejarse de cualquier ideal. Las palabras altisonantes les inspiraban desconfianza. Las alocuciones altruistas y sublimes de todo aquel que proclamaba vivir para servir al pueblo, a la nación, al país o a España, les eran tan ajenas como la música de los bares que frecuentaban donde, en aquella época, un Yulio Iglesias acaramelado y americanizado, vaticinaba melosamente eso de que: “La vida sigue igual”. Le creían firmemente. Todos ellos experimentaron en sus propias carnes que, el anuncio ese de la igualdad de oportunidades, la vida real lo desbarata pues, al final, son las posibilidades las que mandan. Así que casi todos fueron una especie de guerrilleros sobreviviendo siempre entre dos aguas o entre la línea de los dos mundos: el real y el soterrado.

Y, pasados los años, me pregunto: ¿En cuál de estos dos mundos viven más españoles? 

02 mayo 2016

No te lo montes de altura, sino de llanura

En las intrincadas cordilleras reina el vértigo que amona a los que visitan las alturas. Los precipicios engatusan capciosamente a quienes a su balcón se asoman para sentir esa dulce y extraña sensación de vacío en el abdomen, ese vahído que confunde peligrosamente la cabeza y atrae como una caramida invisible hacia el abismo. Pero vencer con ímprobos esfuerzos aquellos cotarros empinados, por el mero prurito de llegar arriba, es para muchos el finibusterre y convierte las cimas en marabuntas de esforzados, orgullosos de haber llegado a un mismo punto. Pero todos los paisajes abruptos y escabrosos exigen pasos obligados, caminos sinuosos, recorridos que huyen de la recta porque intentar tal línea es un coqueteo con la muerte. La mente, deslumbrada por la belleza variada de la cordillera, se siente más libre. Pero se engaña, porque en esos lugares no hay otra tesitura que seguir la senda, porque todos los caminos, si acaso hay más de uno, convergen en un punto: la cumbre.
Miremos ahora esas llanuras sin contornos, donde cada estación del año se estrella contra la planicie con la calma de una marea muerta. En ellas los caminos son aleatorios, no se imponen y exigen una decisión, un elegir que extrañamente nos asusta. En la meseta, donde cualquier trayecto es posible, nos desesperamos sin embargo. Sin referencias, tememos perdernos porque ninguna senda nos obliga a caminar por ella. Sin pasos obligados, sin veredas únicas, hemos de decidir nosotros el camino y no sabemos qué decisión tomar. Nos sentimos molestos. Y llamamos monótonos a los páramos porque nada nos imponen, y torturantes porque a nada nos obligan y aburridos porque nos permiten un paso tras otro en cualquier dirección a voluntad. Los llanos con su ilimitada oferta nos abruman, nos desconciertan, nos tiranizan porque nos obligan a elegir sin otra solución, salvo quedarnos quietos. Y nadie que recorra las llanuras, las estepas o los páramos habla de sensación de libertad. Al contrario, se sienten oprimidos, aplastados por la extensión plana, ilimitada a la vista, sin otro reto que no sea el elegir la dirección. La libertad de caminar sin restricciones y decidir el destino parece no satisfacer a nadie. Es algo que a ninguno maravilla ni deslumbra. Y, en lugar de sensación de albedrío, se habla del dictado del caminar sin fin, se dice que cualquier dirección carece de aliciente, que no se ve ninguna meta, que es como caminar sobre una cinta mecánica, que es una especie de castigo, que donde estén las montañas con sus cimas que se quiten aquellos horizontes sin llegada, limitados por un ángulo completo de puntos infinitos.
Así que, por inercia, somos más felices en esos caminos sin alternativa, sin posibilidad de decidir, sin tener nada que pensar, excepto seguir la senda que sólo lleva arriba, porque la orografía es la que manda y todo lo da por hecho sin admitir duda ni consulta. Sin embargo, pese a su destino común, ineludible y colectivo, las gentes que aman la montaña hablan siempre de libertad, de ver el mundo desde las alturas, de vivir la satisfacción del esfuerzo, de abrir nuevas vías para ir al mismo punto. ¿Por qué ir al mismo punto? ¿No sería mejor la libertad que ofrece la llanura? No lo entiendo.
Porque es una pena que en esas llanuras, donde está libre el pensamiento, también nos empeñemos en seguir por molicie los caminos marcados. La llanura siempre dio más oportunidades al razonamiento, porque sólo un pequeño porcentaje de las vías está definido y porque, en ellas, no buscas cima alguna. La llanura nos conviene a todos.

28 agosto 2015

Hallazgos pastoriles o apariciones extraordinarias

Del origen de las innumerables vírgenes que son objeto de devoción en las ermitas, santuarios e iglesias de España no tengo una opinión basada en estudios ni en pruebas documentales, pues no soy un erudito ni un historiador, si acaso un mal lector, y ni siquiera me tengo por devoto.
Me gusta imaginar, en mi ignorancia, que en aquellos siglos, que la historia recopiló vagamente bajo el nombre global de La Reconquista, las fronteras entre los dominios árabes y cristianos fluctuaban continuamente. Así las inseguras tierras fronterizas tal vez fueran escenarios de razias musulmanas o de incursiones cristianas con tanta frecuencia o más de las que cuentan los anales y, en ambos casos, convencidos ambos bandos de la única y verdadera identidad de su Dios y fidelísimos a Él, se entregaran en sus efímeras y mudables conquistas a la iconoclasia. En esta dolorosa destrucción de imágenes temo que llevaran la peor parte los cristianos, pues no les era permitido a los musulmanes la representaciones sagradas en iconos.
Esto me hace suponer que algunos fervorosos cristianos, que a los largo de esos siglos poblaron las inestables fronteras, hartos de ver quemadas sus iglesias, sus adoradas imágenes y sus sagradas reliquias, dieran en preservarlas escondiéndolas en los lugares más inexpugnables, remotos e inaccesibles que les proporcionara la orografía circundante.
Así, al cabo de los años, solían aparecer imágenes de vírgenes, santos, crucificados u otros exvotos y reliquias de apóstoles muy principales, en los lugares más insospechados y chocantes. De tal modo que parecían haber sido puestas allí más que para que alguien alguna vez las encontrara, para que jamás las encontrara nadie. Sin embargo solían ser halladas por humildes e iletrados pastores o por honrados patanes y ganapanes que habían de buscarse su sustento en lo más fragoso de las sierras.
Algunos dicen que estos hallazgos, principalmente por parte de los rabadanes y zagales, eran una cosa natural y esperada, habida cuenta de que los primeros que acudieron al Portal de Belén donde nació el niño Dios fueron gente de este gremio. Y, sin atreverme a poner en duda esta realidad nunca negada, me aventuro a pensar si este hecho no tendría más que ver, en nuestro país, con la trashumancia de los ganados.
Este hecho de la trashumancia se da por antiquísimo pues el ganado, ajeno a las creencias, ambiciones y codicias de los hombres, tenía necesidad de los pastos frescos que dan las recónditas y elevadas sierras en las agostadas y, durante el invierno, de las acogedoras temperaturas y herbazales de las tierras más bajas. Por tanto la vida de los pastores era un deambular constante con sus hatajos por sierras, valles, cañadas, cordeles,  veredas, coladas, vericuetos, atajos y senderos la mayor parte del año.
De esta realidad fueron conscientes desde muy antiguo los más principales y así el mismo don Alfonso X El Sabio, seguramente haciendo honor a su sobrenombre y siendo secundado luego por otros sagaces monarcas, dicen que dio origen al Honrado Concejo de la Mesta que, desde 1273 hasta 1836, defendió con incontables privilegios la práctica de este oficio. Desempeño que era provechoso para los tesoros públicos y privados (que entonces ya también se solapaban) de la nación por el importante comercio y exportación de lanas y el aparejo de impuestos que lo anterior traía consigo.
Y como estos hechos parece que son aún más antiguos que los primeros documentos que los datan, imagino que ésta es la razón por la que tantas imágenes y otros vestigios sagrados fueron encontrados por pastores. Sobre robles, encinas, madroños o hayas aparecieron. En cuevas, márgenes de ríos o taludes también. Asimismo en otros lugares insospechados y sorprendentes.
Pero, lamentablemente, no puedo dar por cierto estos hechos pues carezco de pruebas que avalen mis elucubraciones y, por otro lado, nadie puede afirmar que no fueran ángeles, querubines o arcángeles, como la fe y el buen criterio sostienen, quienes realizaran tales portentosos trasportes y, la Divina Providencia, quien guiara a tan escondidos parajes a quienes descubrieron estas santas imágenes.

09 mayo 2011

A qué carta quedarse


Hay veces, cuando uno contesta a ciertas cartas, que teme desvencijar con la acidez de sus palabras a quien amablemente te escribió. En esos casos, unas veces, se opta por la cortesía y se devuelven letras amables que, sin decir mentira, eluden el profundizar en los asuntos y, bajo una forma bella, nada dicen más que lo evidente; otras veces, uno se lanza a decir lo que piensa, como si hubiera perdido el pudor y no temiera mostrar sus vergüenzas. Es, en el segundo de los casos, cuando sobreviene ese miedo a perder los afectos que se consiguieron con los años o, quién sabe, si tal vez con todos aquellos comentarios morigerados, sensatos y discretos. Y se teme también, no sólo a desacreditarse, sino además a herir a quien uno dirige sus palabras, a hacerle daño, a desnudarle a la fuerza de sus vestiduras mentales al tiempo que tú te has desnudado desvergonzadamente de las tuyas, a demoler sus principios con el escepticismo de tus comentarios, olvidando que todos nos agarramos a algo para seguir viviendo y que, hay momentos, en que preferimos una estructura de mentiras a no tener ninguna en que apoyarnos.
Igual nos pasa cada día, cuando intentamos comentar los comentarios. Que no sabemos a qué carta quedarnos.

08 noviembre 2010

Cosas que se quieren, piensan o creen sin ayuda de nadie

Ella no cree en el derecho de otros a decidir sobre su maternidad.
Él está en contra de prolongar el sufrimiento innecesario de los pacientes para lucrarse de sus enfermedades.
Ellos piensan que la unión de dos personas puede ser un matrimonio.
Ella no quiere que a sus hijos los programe la Iglesia, la Empresa, o el Estado, es más, le gustaría que los medios de comunicación tampoco lo hicieran.
Él tiene muy claro que empresarios y obreros no son colegas ni asociados.
Ella quiere estudiar en la lengua del país donde vive y no imponer la suya.
Ellos quieren que todos los españoles piensen tanto en lo que les une como en lo que les separa y, así, lleguen a entenderse, apreciarse y respetarse.
Y muchos quieren que nadie hable por ellos. O, por lo menos, a eso aspiran.

20 octubre 2010

Menos da una piedra

A menudo me fijo en la cantidad de gente que tiene animales en sus pisos. Es un fenómeno relativamente nuevo.
Vivo en un bloque. Un bloque de aquéllos que se llamaban de protección oficial. Con esto quiero decir que no somos gente de dinero ni especialmente predispuesta a esnobismos, quienes habitamos estos pisos, sino gente del montón.
Cuando los vecinos comenzamos a vivir aquí, hace unos treinta años, no sabía de nadie que tuviera animales en casa. Hoy casi todos tienen perro. Supongo que también tendrán otros animales, pero son los perros, por su abundancia, los que más me llaman la atención.
Es un fenómeno general y chocante. Bueno, al menos para mí. Lo es porque mis recuerdos infantiles no incluyen la permanencia de animales en las casas. Aquellos perros, de entonces, ayudaban en el careo del ganado, guardaban propiedades o a otros animales, eran compañeros en la caza, buscaban trufas o servían para otros menesteres e, incluso, había quien tenía perros polivalentes, que igual hacían a una cosa que a otra.
- ¿Vas al campo?, pues llévate al perro.
- Pero, ¿para qué?, si voy de paseo.
- Déjate. Es otra defensa.
Recuerdo haber escuchado comentarios como éste por entonces. Hoy me digo que, tal vez, conviví con la última generación que vivía en el campo y del campo. Seguramente estas personas tenían otro concepto de la vida y de su entorno, heredado de generaciones anteriores que no conocieron grandes transformaciones de su medio durante siglos.
Por otro lado, aquellos animales vivían en corrales o en dependencias anejas a los hogares, pero rarísimamente en ellos, y disfrutaban de libertad por las calles de pueblos y ciudades. Se les alimentaba con las sobras de casa y, si acaso, se les vacunaba y poco más.
Y digo que es chocante el fenómeno, porque es gente de mi edad y, por tanto, educada en aquellos principios, la que ahora mete a los perros en sus pisos. Y no se trata de excepciones, sino que son mayoría los vecinos que lo hacen. ¿Cómo hemos llegado a este cambio de mentalidad?
Hay quien dice que cada día somos más humanos, que tenemos otra sensibilidad; otros opinan que somos más educados; muchos aseguran que hoy hay más cultura; algunos, más desconfiados, que somos víctimas de una moda más, propiciada por los fabricantes de piensos animales; hay quienes dicen que lo hacen por los niños; no faltan quienes, ociosos, buscan así una ocupación; también hay quienes tienen compasión hacia animales heridos o abandonados… Y, en general, es como si buscásemos una justificación para un hecho que nunca vimos. Y no soy yo quien para quitar la razón a nadie, que cada cual tiene la suya.
Sí que me llama la atención el que no tengamos palabra propia para designar a estos animales. Quiero decir, en esta nueva situación. Esto quizás sea explicable por lo relativamente reciente del fenómeno.
Algunos pueden decir que sí la hay: mascotas. Pero la palabra mascota es una castellanización de la palabra francesa “mascotte”que significa animal talismán o que trae buena suerte y, por generalización, animal de compañía. Bueno, puede valer. Aunque lo de animal de compañía me suene un poco forzado. Cosas mías. Pero, ¿por qué necesitamos ahora animales de compañía?
Los ingleses, que al fin y al cabo inventaron la revolución industrial que se llevó por delante aquella civilización asentada en la tierra, tienen una palabra para designar a estos animales. La palabra es “pet”, que se traduce por mascota o animal de compañía.
Pero, originalmente, “pet” significa animal domesticado que se mantiene y cuida en casa y que proporciona compañía y placer. Por otro lado, el verbo inglés “pet”, significa tocar cariñosamente, acariciar; y así, “petting”, designa esas actitudes cariñosas entre parejas que se acarician y besan sin fin. Actitud que se ve frecuentemente entre adolescentes en los bancos de los parques.
Quizás haya cambiado tanto nuestro mundo que ya las personas seamos incapaces de darnos compañía y placer. A cambio gozamos de muchos bienes que antes desconocíamos o teníamos por inalcanzables. Y, las personas, en nuestro afán de ser felices, puede que hayamos invertido el papel de los animales y su función haya pasado de la utilidad al placer. Un gran espacio, abandonado o descuidado por las personas, lo llenan ahora los animales. No sé si esto es un avance pero, en cualquier caso, menos da una piedra.

04 septiembre 2010

El día a día

Y a medida que uno se hace grande, perdón, quiero decir viejo, va notando como nos rodeamos de leyes, de reglamentos y, en general, de normativas, incluso para lo más fútil e intrascendente. ¿Cómo lograr si no la paz y la armonía entre nosotros? Y, con el tiempo, terminamos identificando esa paz, artificial y laboriosamente conseguida, con la justicia, que, ante la imposibilidad de dar a cada uno lo suyo, nos da a todos lo mismo, sin caérsele la cara de vergüenza. Y la unión de esas dos, más que realidades, percepciones, ya bastante sospechosas en su origen, suele regir nuestra monótona vida. Y nada de eso, bien mirado, hace que el mundo progrese, sino que se mantenga como está, como si hubiéramos llegado a la idea de que así debe ser, que el mundo no va más, que esto es partida de ruleta cerrada. Y, cada día más, las personas hacemos del conformismo un logro, y por tal lo tenemos como dogma de fe, y ya no quiere nadie ir más allá de lo estrictamente seguro, consuetudinario o admitido, porque no es bueno hollar terrenos peligrosos, tácitamente vedados, ni poner toda la carne en el asador. Dios nos libre.
No hay más que un orden, el nuestro; no hay más que, como Dios, una economía: esa vieja y caduca de siempre que tilda de holgazanes y parásitos justamente a quienes la sostienen. Y así, de hecho, queda silenciado y capado cualquier talento innovador que pretenda mear fuera del tiesto. La legalidad es una manta protectora, aislante, cegadora y ensordecedora. La mente humana necesita volar, pero, ¡ay!, es incapaz de hacerlo en un cielo surcado por tan exhaustivas reglamentaciones y conveniencias, y cada vez es menos raro que, si se atreve, algún francotirador no la derribe en el acto. Y, claro, de este modo, pocas personas llegan a ser felices, asfixiadas por el manto cobijador de la seguridad y el orden. Una seguridad tan ficticia como lo son sus bases. Y, a medida que nuestra vida se hace más compleja, aumenta y aumenta sin cesar la normativa. Tal vez, nos lo presenten como ineludible, en aras de conseguir un orden prefijado, y así, sin darnos cuenta, terminamos por perder hasta la noción de libertad.
¿Merecerá la pena? ¿No será la libertad, que creemos tener, una entelequia? Algunos dicen que esto viene de siempre pero, qué quieres que te diga, yo vivo ahora.

15 mayo 2010

San Isidro Labrador

Hay veces en que la tristeza es algo más, es desesperanza y desamparo. Es concluir en que el origen de las cosas es oscuro, los asuntos opacos, que ignoramos la causa de todo, por más que la intuyamos, que cualquier decisión nos trasciende, que nos movemos todos dando palos de ciego en un mundo que, en los últimos tiempos, se ha hecho aún más tenebroso de lo que era.
Da la impresión de que estamos asistiendo, sin querer creerlo, al fallo generalizado de un sistema económico que, sin razón de peso, nos hicieron creer que iba del brazo de la democracia, soldado a las libertades. Sí, a las libertades. Porque las libertades no son nunca la libertad, sino la administración en grajeas de ésta por quien proceda.
Y parece que por encima de los estados, de las naciones, de las sociedades, este gigante amorfo, ciego y bulímico, que es la economía del mundo, se corroe en un cáncer que se lo come desde dentro y que, sin enemigos declarados, se devora locamente a sí mismo sin que exista autoridad ni inteligencia capaz de controlarlo.
Si esto fuera así, y yo lo creo, todos los sacrificios que hagamos irán al sumidero, el mismo camino seguirán las quejas y protestas, y, del mismo modo, serán vanas las decisiones de quienes nos gobiernan, de quienes nos desgobiernan y de todo el coro de ilustres personajes que aún quieren remediar, peleando entre ellos, el cuerpo descompuesto y exánime del monstruo y parchearle los boquetes por los que su gula desaforada le ha hecho reventar. Los parcheos aguantarán muy poco y, enseguida, estaremos en otra.
Así que hoy, quince de mayo, quiero, con la inocencia propia de los niños, encomendarme a San Isidro Labrador, santo confiado por excelencia, a quienes los ángeles hacían la faena; y quiero pensar que las tierras del santo, que son también las nuestras, recuperarán su valor y su hermosura cuando se derribe todo lo ficticio que se hizo sobre ellas. Eso sí, desconfío mucho de que, esta vez, los ángeles vengan a echarnos una mano. Contentos les tenemos.

07 marzo 2010

La brújula trucada

Se sentía extraño y solo.
Había reparado en que la memoria le traicionaba y, cuando no lo hacía, que aquel almacén de recuerdos no le servía para nada; que la inteligencia, a la que por lo general por realista se tenía, simplemente le hacía creer que aquello que pensaba era verdad, sin ningún otro aval o fundamento; que la voluntad, que creyó poseer algún día, se le antojaba vacua y sin sentido y, lo que es más, naturalmente inclinada a apartarle únicamente del placer, por una connotación antigua e imperecedera de que lo placentero era nocivo y sólo existía para ser evitado.
Dio en pensar, y por ello le llamaron soberbio, en que vivir sólo podía consistir en transgredir: en dudar de todo lo que recordaba, pues el tiempo era el gran maquillador de la vida, el sutil especialista en presentar los recuerdos asequibles a nuestra mirada, digeribles para el ser que ahora somos, cuando no a fundirlos con la sombra más próxima al olvido.
Dio en desconfiar de las certezas, que eran un legado, en su mayor parte educativo, más adquirido y extraño que propio y por uno mismo elaborado.
Dio también en deshacerse de aquella brújula cuyas agujas trucadas, ni por asomo, señalaban nunca las tendencias normales y el deseo, sino sólo caminos yertos y escarpados para fanáticos, de violentas convicciones a veces, que se creen carentes de tripas pero están persuadidos de llegar a tener poderes intemporales y espíritus voladores.
Sospechó, con resentimiento, que había sido educado en un masoquismo abstracto y sin sentido, fundamentado en una filosofía que proponía el sufrimiento como único aderezo válido y honesto de la vida. Para que así, dado por sentado, que lo natural y normal fuese el dolor, se convirtiera cada ser, sin ningún deseo ni intención primigenia, en otro más de sus vasallos. Y, siendo uno más de sus adeptos creyentes, sin reconocerlo abiertamente, lo adorara y extendiera su reino entre aquella grey de voluntarios que estaban deseando adherirse a él, que lo estaban esperando, como si fuera el dolor el verdadero y único dios de la existencia. Como si las cosas tuvieran que ser así.

03 marzo 2010

Selección natural

Seguramente la norma que rige la evolución de las especies, que rige nuestro destino y el de la vida en el planeta, o sea: la selección natural, es una salvajada. De hecho, hemos pasado la vida defendiéndonos de cuanto nos rodea por mor de esa dichosa ley. Y, por tanto, peleando con virus, bacterias y otros seres de diferente o de la misma especie para sobrevivir.
Hay ya mucha gente, incluso entre los creyentes en el Supremo Hacedor, que piensan que, eso de la selección natural, es cosa que no le salió bien. Porque dejar actuar a la crueldad a sus anchas, de modo que los fuertes preponderen siempre y en todos los campos sobre los más débiles, resulta un poco bochornoso. Con más motivo si se pretende que sea una obra procedente de una inteligencia sofisticada y virtuosa, aparte de con recursos ilimitados. ¿Qué quieren que les diga? Cualquiera que imagine al Supremo Hacedor pues le supone un cierto nivel. No hay explicación por tanto para esta chapuza universal que parece concebida por una mente procedente del fracaso escolar o derivado, como poco, a un ciclo de formación profesional de primer grado, y eso, a fuerza de fuerza.
Bien es verdad que los creyentes, como lo de la selección natural de las especies sólo iba a hacer felices a unos pocos, y encima a los de siempre, se tuvieron que inventar algo complementario para que existiera una segunda ronda de justicia que compensara el salvajismo de la dichosa selección natural. Así surgió la idea del alma inmortal y de la otra vida después de ésta, para intentar paliar todos los desajustes en un futuro prometido y justiciero al fin.
Pero si el SH salió con lo de la selección natural, sus criaturas no le vamos a la zaga y, los hombres, hemos inventado el capitalismo que es, algo así, como el que más chifle capador, el que menos pueda que se joda… una versión económico-social de la selección natural de las especies.
Antiguamente los desbarajustes del capitalismo se intentaban paliar, bajo intercesión de las religiones, mediante la caridad. Sin embargo, lo de la caridad era muy descarado, sobre todo, cuando algunos empezaron a hablar de justicia.
El capitalismo no se arredró y, si eso de la caridad hacía que se le viera mucho el plumero, la cuestión era buscar otro concepto mejor aceptado. Y enseguida lo encontró: la solidaridad. Ya no eras un potentado que dabas pan a los hambrientos o bautizabas chinitos y negritos a troche y moche, te habías convertido en un ser sensible que, conmovido por las humanas desgracias, se volcaba íntimamente en el compromiso de remediarlas. Un modo muy sagaz de pegarle esquinazo a la problemática justicia que, algunos corrosivos disidentes, se empeñaban todavía en echarle a la cara a cualquiera .
Y, como a las religiones se les está viendo tanto el plumero, pues ahora se intenta que la solidaridad la practiquen otras creaciones de reciente factura: las ONGs. Y es que todo es un progresivo aggiornamento, todo son actualizaciones felices, adecuadas derivaciones y, ni siquiera se respetan los significados del idioma, se sacan otros nuevos cuando lo que significan los antiguos ya no nos conviene. Y es que, señoras y señores, fuera del capitalismo, no hay vida.

25 enero 2010

Aventuras en un mundo ideal

Parece obvio, pero no es así. No se puede ir uno a atravesar los Picos de Europa, aprovechando el anunciado temporal de nieve, con un chubasquero y un bocata y que, cuando te pierdas, la familia monte el número y tengan que buscarte media docena de helicópteros y un regimiento de la Guardia Civil, más todos los grupos de abnegados voluntarios de la zona.
Por idéntica regla de tres, tampoco se puede ir uno a hacerse el París-Dakar por libre y, cuando te hayas perdido, te hayan robado y te hayan dado por el culo, reclamar que vaya la mismísima Legión a rescatarte y Moratinos a pedir una indemnización a las tribus nativas de la zona.
Es evidente que de estos dos ejemplos, el uno nacional y el otro internacional, habría de tomar nota el personal y no meterse en llamativas aventuras que, por ilógicas que sean, últimamente se han puesto de moda.
Por un lado parece que se lleva empeñarse en cualquier insensatez, como si la Naturaleza pudiéramos volverla virtual a nuestro antojo y como si los recursos de rescate estuvieran creados para nuestra diversión.
Por otro lado, en los últimos años y no me explico la razón, hemos adquirido la idea de que podemos ir por ahí pensando que esa tontería, que se llama ciudadanía europea, nos puede proteger de todo mal y que nuestra flamante monedita lo puede comprar todo. Algo así como si los ricos no pudiéramos ser sino espectadores intocables de las miserias del mundo y las balas no nos pudieran hacer pupa.
Cada día parece más necesario recordar a la gente que vivimos en un mundo donde, además de “Mira quien baila”, “Ana Rosa”, “Corazón, corazón” y la realidad virtual que desborda las pantallitas de nuestros portátiles y móviles, hay zonas peligrosas, temperaturas extremas, países prácticamente sin ley, lugares donde la corrupción reina, guerrillas, terroristas, delincuencia y además, claro, otras cosas más elementales como: ríos, mares, cadenas montañosas y mil enfermedades, contratiempos y meteoros (lluvias, nevadas, vendavales…) que se pueden presentar inesperadamente, amén de animales que comen carne, incluso europea, o que son venenosos o que nos pueden contagiar enfermedades… en fin, que el mundo no es precisamente como irse al crucero de Vacaciones en el Mar.
Un poco de sensatez, porque, ustedes me perdonarán, pero, si no, la única alternativa que se me está ocurriendo es fundar otra ONG, la de los gilipollas en apuros sin fronteras.

02 octubre 2009

La educación de los niños


Hace muchos años, de pequeños, los niños éramos como los perros. Y no sólo porque ocupábamos diariamente calles y plazas con nuestros gritos y juegos y porque andábamos sueltos y felices como ellos, sino porque cualquiera, de entre los adultos, te podía mandar a un recado, reprender, dar un cachete y hasta un puntapié si se terciaba y, lo que empeoraba aún más las cosas, irle con el cuento de tus fechorías a tu madre o a tu padre.
Sí, también, al igual que los canes, barruntábamos el humor de las personas mayores e intuíamos con instinto infalible lo que de cada cual podía esperarse. Sabíamos con certeza en qué seres anidaba el cariño acogedor, en qué otros el ríspido despego, quién nos tenía aversión o inquina sin motivo o, sin más, los que acumulaban una mala leche sin drenaje posible. Así que, como los perros, teníamos nuestro modo propio de conocer a las personas. Ahora, en esta época, en la que parece que todo se descubre y a las cosas sencillas se les bautiza con nombres rimbombantes y largos, diríamos que en las aldeas, pueblos y ciudades la educación de los niños era, por entonces, ubicua, multilateral, interactiva y coparticipada en partes responsablemente alícuotas por todos los sectores de la comunidad entera y globalmente considerada. Pero, por entonces, aún no se decían estas tonterías y se tenía la sencilla idea de que nos educaban entre todos.

27 septiembre 2009

La capa


Me dio un mono azul mientras sopesaba mi envergadura.
- Aquí se necesita fuerza -dijo el viejo- mientras me miraba de modo inequívoco.
Ya lo creo, las marranas andaban por los veinte kilos. Eché mano a la primera y la agarré por las orejas con firmeza, sin ningún titubeo, para inmovilizarla y evitar las violentas tarascadas que el animal lanzó en cuanto se sintió trabado. Otro la sujetó en volandas por las patas traseras para, entre los dos, dejarla sin apoyo.
- Las hembras tienen uñas, a los machos los capa cualquiera –dijo el capador mientras sus rápidas y hábiles manos actuaban en precisa unión con su cuchillo.
Entre los chillidos agudísimos y penetrantes de los animales no perdía yo mi concentración por la cuenta que me traía. Los desesperados gruñidos, como de pesadilla, laceraban los oídos y erizaban los pelos. Eran sólo equiparables a los violentos empellones para morderme y liberarse de mi presa en sus orejas. No apartaba yo la mirada de la gorrina de turno e, increíblemente, entre toda aquella algarabía, solamente percibía con extraña nitidez el chop de la capadura al caer en la palangana sanguiñolenta donde el castrador arrojaba las vísceras. No duró mucho el trago aunque a mí, ciertamente, se me hizo más largo de lo deseado. Por eso, cuando el oficiante terminó con las nueve cochinas, estaba yo agotado por el esfuerzo y más aún por la tensión de haber contenido a pulso la vitalidad salvaje y doliente de aquellos animales.
- Cómo has esperado tanto –dijo el capador al viejo.
- Porque tenían que venir éstos –dijo el viejo moviendo la cabeza hacia nosotros.
- Pues, si las llegas a dejar un poco más, apuesto que la carne te hubiera salido con olor.
- Hala, no jodas, no exageres.
- Miá, toma no.
Ya en el comedor de la casa, el viejo sacó una botella de aguardiente para agasajar al capador y a la concurrencia. Lo hizo como en un rito viejo y antes de pagar al hombre.
- Hay que echar un buen trago porque la sangre enfría –sentenció el viejo.
- Eso se ha dicho siempre –asintió el capador antes de echarse al coleto la copa de un golpe.
A la semana pregunté al ama por los animales.
- Huy, hijo, están de primera. Les ha sabido a chocolate. Y, a vosotros, ya os esperamos para enero, ya sabéis, para la matanza.
Y, así, me marché pensando que, con seguridad, pese a la mala fama que le echaban a la caza, mientras la misma se hizo para comer las piezas, fue simplemente otro medio de sustento y siempre menos sanguinaria que la vida cotidiana en los pueblos de entonces y que, a algunos amantes de la naturaleza, quisiera yo haberles visto hace años sobreviviendo en un pueblo sin hipermercados ni yogures de fresa desnatados. Y, mientras caminaba, iba sonriendo como un tonto, pensando que la ignorancia de las cosas nos torna inmaculados a nuestros propios ojos. Como si se pudiera pasar por esta vida sin mancharnos de nada. Así sea.
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05 septiembre 2009

Marbella, one more time.


Si alguien atraviesa, aunque sea por carretera, la zona de Málaga a Algeciras, y especialmente los municipios de Marbella y Estepona y, si como era mi caso, hace algunos años que no ha hecho tal recorrido, podrá hacerse una idea ejemplar de hasta donde ha llegado el abuso inmobiliario. Podrá contemplar montañas y laderas enteras con urbanizaciones y campos de golf incrustados. Urbanizaciones vacías y caras, de difícil conservación y mantenimiento y, con la que está cayendo, de futuro, como poco, incierto.
Como si mis pensamientos hubieran sido una premonición o, tal vez, por la simple casualidad con que suceden las cosas, oigo por la radio que a Cachuli, ex alcalde de Marbella, se le ha abierto, al pobrecillo, un nuevo frente judicial. Es el caso Minutas, un presunto fraude de dinero público, pues parece que el peculiar edil pagaba facturas al abogado José María del Nido, por sus servicios al Ayuntamiento de Marbella, que ascendieron a 6,5 millones de euros. Y es que, ya se sabe, lo barato, a la larga, sale caro. Y en algunas cosas no hay que escatimar.
Con la imagen reciente de mi travesía por el municipio de Marbella, no me extraña la cifra de la minuta del letrado y, acaso, se me haga hasta barata, pues legalizar todo lo que vi debió ser tarea ardua y fatigosa y puede que don José María hasta le hiciera un barato al inefable alcalde.
Pero no seamos malpensados, que vivimos en un estado de derecho que ofrece garantías. Cachuli, pese a sus numerosos asuntillos judiciales, sigue españoleando por ahí con desparpajo, como un romántico de nuestros días, sufrido y melancólico, que ahoga sus penas en silencio. Un silencio ofendido, revestido de dignidad aunque doliente, entre corazones heridos que se ahogan en la copla o en la copa y la prensa del corazón que se lo rifa como predilectísimo objeto de deseo, casi de culto, de ese culto postmoderno, mezcla de cutrerío y de dinero, que hoy parece el lema de la patria; y, don José María del Nido, serio y digno, que facturó presuntamente lo que correspondía, nada, de presidente del Sevilla. ¡Ay, olé mi España! ¡Olé, olé y olé!
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03 septiembre 2009

Tarifa


Desde Río de la Jara hasta Tarifa hay unos cinco kilómetros. El camino se puede recorrer por un sendero que, al principio, va junto a la carretera más cercana a la playa. Hay un punto en este trecho en el que, bajo la misma carretera, hay restos de comida. Es en un túnel para desagüe que hay bajo ella y donde se nota que alguien se ha refugiado o escondido durante un tiempo o, tal vez, pasado alguna noche recientemente.
Más tarde el camino se mete por la gran playa que llega hasta Tarifa y, entonces, se convierte en sendero hecho de tablas para que los caminantes no se atasquen en la arena. El camino pasa cerca de un viejo búnker al que le han tapado las troneras con piedras. Curiosos, nos acercamos a verlo y, cuando llegamos, vemos que hay comida cuidadosamente depositada en la puerta. Deducimos que alguien lo habita y que ha dejado la comida en la puerta para que se airee o, tal vez, alguien lo está utilizando como escondite provisional mientras llega la noche y puede seguir camino. Naturalmente, no entramos.
Según avanzamos por el camino de madera hecho sobre la marisma arenosa de la playa vemos como al sur, en este día claro, se recorta nítidamente el perfil montañoso de la costa de África.
Los coches de la Guardia Civil pasan por Tarifa de uno en uno o de dos en dos o formando patrullas de varios y frecuentan sin descanso la carretera de las playas. En cada coche no van dos guardias, sino cuatro. Por el pueblo nos cruzamos con una guardia civil en cuya guerrera una placa distintiva indica que es comadrona.
Por otro lado, Tarifa, si algo tiene, son turistas. En las charlas prepondera el inglés y, entre los tipos, la blancura rubia. Casi todos beben cerveza con tranquilidad en todos los bares, baretos, restaurantes, tabernas, chiringuitos y demás garitos del pueblo. También comen paellas, gazpachos y los distintos sucedáneos de comidas típicas que les dan. Sin embargo, hay muchos más negros, por ejemplo, en el centro de España que aquí. De hecho no hemos visto ninguno. Aquí son sospechosos, como poco. Por lo demás reina la calma y la felicidad. Nadie pide los papeles a estos rubios sonrosados, colorados por el sol y con los ojos tan friamente claros como esas ratitas blancas de laboratorio. No importa que sean de fuera de la Unión Europea, su aspecto les avala. Están libres de sospecha. Ríen y gastan, con solvencia, en los establecimientos de la zona. Muchos viene aquí desde muy lejos por el windsurf o el katesurf que, para sus adeptos, es una pasión. Tienen derecho a todo. No problem. El peligro está enfrente, en esa costa cercana que se recorta al sur. El peligro viene de África.
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02 septiembre 2009

Lo que no se lleva


En el bar del pueblo hay dos teles de plasma. Una en una pared y otra en la opuesta, de modo que puede verse muy bien qué parroquianos miran a cada una. En una se puede ver hoy el premio de Hungría de Formula I y, en la otra, la etapa decisiva del Tour de Francia. Mientras miro el Tour ensimismado me doy cuenta, repentinamente, que todo el resto de la gente, que son personas de toda edad y condición, está pendiente del automovilismo. De hecho, la tele donde se televisa el Tour es toda para mí. No me lo creo. Me quedo sorprendido y, hasta por un momento, temo que me la apaguen o cambien a algún programa del corazón. El pueblo donde estoy es, como casi todos, agricultor y ganadero, un pueblo de gente acostumbrada al trabajo corporal. Me pregunto, si, en un pueblo como éste, no se aprecia el tremendo esfuerzo físico, el sufrimiento y el espíritu de sacrificio que supone ganar un Tour de Francia cuando, además, es un español el líder, ¿qué futuro nos espera?
Mi mujer, que, sin demérito por mi parte, es mucho más lista que yo, dice que es que a mi me gustan cosas que se han quedado ya muy anticuadas. Seguro que lleva razón. Tendrá que ser así. Se ve que hay cosas que ya no se llevan y uno anda por ahí sin enterarse. Claro donde esté un coche...
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31 agosto 2009

El negrito


Estamos en Juviles, en la terraza del restaurante Alonso, y un negrito se sienta a una mesa con su mamá, que no es negra. El niñito se aburre. Su madre le entretiene, le acaricia, le mima, le achucha, le hace carantoñas, le besa... El chiquillo quiere jugar pero la madre le vigila, le acompaña, le ayuda, le dice, le aconseja, le avasalla. El niño negro se aburre y todos los que le vemos intentamos hacerle caso sin darnos cuenta de que está solo y que, tal vez y pese a nuestras buenas intenciones, toda la vida lo esté.
Mientras estamos sentados, a la agradable sombra de la terraza del restaurante, pasan por la carretera, que tenemos enfrente, grupos de negros que, al parecer, trabajan en las jamoneras del pueblo.
No puedo evitar comparar a los trabajadores con el niño. Mientras todos estamos solícitos con el negrito, a los otros no les hacemos ni caso y pasan por la calle ajenos a todo comentario y casi sin que el personal haga intención alguna por mirarles y percatarse, al menos, de su mera existencia.
- ¿Qué será del negrito cuando se haga adulto?, se me ocurre en silencio, en una pregunta interior e inoportuna que no espera respuesta.
La madre del negrito, ¿será su madre o será más bien una mecenas que al muchacho le ha caído del cielo o, tal vez, del infierno?, sigue ostentosa y aparatosamente pendiente de él.
Aparece el camarero y sirve la comida a madre e hijo. La madre se dirige al pequeño:
- Da las gracias.
Y el niño, después de darlas, le replica:
- Tú también.
La madre queda confundida y también todos los asistentes. Entre sonrisas complacientes da también las gracias la madre española, pero quedamos todos algo confundidos. Parece que pedimos al negrito lo que ninguno hacemos, pero optamos todos por reírnos: jajajá, jijijí…
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