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18 enero 2013

Rafael Tolo



Por las calles de la judería los turistas caminan sin ver, aunque mirar, no cesan de mirar ansiosos. Buscan el detalle a fotografiar como si sólo vieran por el objetivo de sus cámaras. Ya nadie sabe andar por las calles sin un aparato. La simple observación, que animaba la imaginación y recreaba el espíritu, es cosa del pasado. Mientras, con sus pies olvidados, tropiezan en el empedrado irregular. Caminan tal vez subyugados por esas frases prometedoras de sensaciones, que ha acuñado el turismo, y que promocionan el placer de perderse por las callejuelas viejas de los barrios muertos. Y así,  caminan sin dejar de girar las cabezas en busca del detalle impresionante. Como zombis, deambulan por esos arrabales despoblados, los centros históricos, que ya sólo son decorados muertos del patrimonio turístico de otra ciudad más.

Rafael Tolo les mira con los ojos entornados bajo el dintel de su puerta. Sostiene un gesto altanero, mitad de burla mitad de desdén, en la faz turbia que apenas iluminan unos ojillos  oscuros y estrábicos.

Rafael va tocado con una boina verde, militar, ladeada, con insignias de la Brigada Acorazada, de los paracas, con estrellas militares prendidas y con un alfiler de mujer con un brillante de bisutería. Esto último priva a la gorra de su matiz marcial y se lo cambia por un toque cheli de esclavo del amor efímero y zorruno.

-        ¿Qué?, ¿livingyourwayforever, alcalde? –le chilla una gitana que baja jacarandosa de vender flores de la Plaza de la Corredera.

-        Foreverwhatever, preciosa –contesta Rafael, que sonríe a la gitana con la boca y con una disparidad más acentuada en la independencia de sus ojos.

-        Pues, hala, dame un cigarro. Ahora que no está el maromo. –replica la morena.

-        Olé las gitanas guapas. Que sólo cuando veo una tía tan buena como tú me doy cuenta de lo maricón que soy.

Y la gitana, con su cesta a la cadera, se va garbosa, con el cigarro encendido, como un velero al que las olas del mar contonean de balde.

Rafael, sin disimulos, se vuelve para mirarla. Y le lanza un último requiebro.

-        Cuando te vas, gitana, me rompes las amarras de la vista.

-        Pues no serán las de los ojos, alcalde, que esas te vinieron rotas de fábrica.

Da tres pasos como si siguiera la estela de la gitana que se aleja. Se aprecia entonces todo su atuendo militar, de pies a cabeza, con cruces religiosas pendientes por doquier y una estrella de sheriff en el pecho. Se ve, cuando se gira, una fina coleta que le llega hasta los glúteos y el pelo rapado a ambos lados de la gorra.

Las cámaras de los turistas, para entonces, han encontrado el blanco inusual de lo inesperado, de lo esperpéntico. Y, con más o menos disimulo, todos los objetivos, ansiosos de presas imprevistas, sorprendentes, únicas, apuntan a Rafael como si fuera un lince urbano salido momentáneamente de la oscuridad del cubil.

Él se deja. Posa con disimulo, presumiendo, como si no lo notara. Y sólo, cuando le llega el anónimo murmullo de un “quién será ese tipo”, estalla. Y la cara se le vuelve vinagre y el gesto, el del hurón furioso.

-        ¿Que quién soy? Un soldado de Dios. Un soldado del amor divino y del humano.  Un inspirado, uno que dice lo que le mandaron decir: “Amad a los demás como os amáis a vosotros mismos”. ¿Que quién soy yo, decís? Uno que cumple con su misión, ya lo sabéis. Un iluminado entre la oscuridad. Pero vosotros, ¿qué hacéis, además de mirar?, si no os amáis a vosotros mismos una puta mierda, cómo vais a amar a los demás. ¿Quiénes sois vosotros? No tenéis ni zorra idea. Ni siquiera sabéis qué hacéis aquí. Y, si no tengo razón, a ver, ¿quién me la quita?

Los de las fotos no contestan y se disuelven lentamente por las bocacalles estrechas como si se alejaran discretamente de un olor, que acabaran de descubrir, a perro muerto.

Rafael se vuelve y entra en una especie de cuchitril lleno de trastos. Tras unos segundos se escucha el sonido a todo volumen de la obertura del Holandés Errante de Wagner, como si fuera un anuncio del amanecer de un nuevo mundo o del comienzo del Apocalipsis. Y Rafael sale al dintel y se cruza, majestuoso, de brazos con la cara llena de orgullo, casi de soberbia. Su pose es ridícula y exageradamente egregia. Sólo le traiciona el cruce de sus ojos.

Dos policías municipales pasan lentamente por la callejuela en sus motos y miran detenidamente a Rafael que, altanero, les devuelve la mirada con desdén.

-        Amigo, ¿vende usted algo?

Rafael mira al hombre maduro que, seguramente por curiosidad o despiste, se ha atrevido a hablarle. Se pone muy serio, muy digno. Se levanta sobre sus talones. Frunce fastuosamente el ceño y, encampanado como un toro bravo, clava los ojos en el curioso.

-        Vendo todo. El hombre vive de vender, nunca de poseer. Vendo amor, sexo, drogas, pensamientos, libros, casas, consejos, pinturas, exageraciones, tristezas, textos, religiones, delirios y todo lo que se le ocurra, porque yo me dedico a livingmywayforever. ¿Comprende?

-        ¿Y la gente le aprecia? –no se desanima el despistado.

-        No me aprecian ni me quieren. Me adoran.

-        ¿Y las autoridades también, o le miran con recelo?

-        Esas no son gente. Ese es el poder. Me temen porque les absorbo y les anulo. Soy el castigo vivo del poder, su castigo hecho carne. Ellos me odian y yo, a mi vez, abomino del poder en todas sus facetas, modos y manifestaciones.

-        Pero, hombre, ¿cómo es eso?

-        Porque sólo del poder viene la violencia, que es el mayor mal del mundo.

-        ¿Es que la gente no es violenta?

-        Si la gente fuera violenta, España estaría en llamas. La violencia la genera el poder, sólo el poder.

-        Pero la gente está protestando de muchas cosas, se manifiesta, se queja, vituperan a los políticos, a los banqueros, a los empresarios, a los corruptos…

-        Sí, pero se les conmina al respeto, se les dice que usen la democracia, que cambien las cosas con su voto, que no tienen derecho a actuar de otra manera. Y la gente obedece, aguanta y sobrevive como puede. La gente, aunque absurdamente razonable, no es violenta. Se lo aseguro.

-        ¿Y el poder lo es?

-        Esa es su esencia. Imagine usted que hay unas elecciones y los poderes actuales se ven desbancados, imagine que la gente pudiera controlar a los políticos, a los banqueros, a los empresarios, a los poderosos de ahora y de siempre. ¿Cree usted que, llegado ese momento, lo soportarían democráticamente, tal y como ellos predican ahora que la gente haga ante sus infortunios?

-        Claro que sí. No tendrían otro remedio.

-        Pues yo le digo que no. Claro que tendrían otro remedio. Eche usted un vistazo a la historia. Esa democracia, que ellos ya no controlarían, no les serviría. Y entonces vendría la violencia. Ellos se encargarían primero de generarla, después de ejecutarla y luego de llamarle anarquía, ellos se encargarían de hacer inviable el poder del pueblo sobre ellos. Porque para el poder constituido, lo vedado a los demás, es naturalmente lícito para quienes lo detentan. Nos ponen límites quienes los desconocen, pero ellos, en ningún caso, estarían dispuestos a asumirlos ni a  respetarlos. Somos una grey engañada, dirigida y conformada y, si hiciera falta, seríamos domeñados por la fuerza. Por eso la violencia viene siempre del poder y jamás de las gentes. Las gentes aspiran seráficamente a la justicia e, incluso algunos, ni siquiera a la de este mundo, que ya les reconforta la esperanza de tenerla en el Más Allá. Afortunadamente en España no hay Mafia pero, desengáñese, es porque la política, los negocios y las finanzas les han dejado sin ningún espacio.

-        Veo que tiene usted las ideas tan claras como tristes.

-        Claro, porque las tengo claras soy el alcalde y así, respetuosamente, me llaman en toda la ciudad; porque las tengo tristes, me dedico al amor divino y al humano, únicas formas que he encontrado para evadirme de la melancolía.

-        Pues, encantado de conocerle.

-        Su gusto es el mío.

19 octubre 2012

De Cantalojas a Grado del Pico



Anoche nos dijeron los del Bar Plaza que la pista que deja a la izquierda el Castillejo es la que va a Grado del Pico. También nos dijeron que tiene unos ocho kilómetros y que, en tiempos, en Grado del Pico se hacía la remonta. Esto de la remonta era un servicio que se hacía con sementales del ejército, traídos de Alcalá de Henares, para mejorar la raza de la ganadería caballar de la zona. Pero todo eso ya es historia porque en Grado del Pico sólo quedan cinco habitantes fijos.
Parecen serios los parroquianos del Bar Plaza si no fuera porque todos se ponen de acuerdo para iniciar a un albañil rumano en la caza del gamusino, cuya veda según ellos se acaba de abrir. El rumano atiende muy atento a las explicaciones de los viejos que le documentan sobre el animal.
-        En esta zona es de las pocas de España en las que aún quedan gamusinos autóctonos en terreno abierto –le dicen con mucha autoridad y orgullosos de haberse aprendido la difícil esdrújula.
-        Hay que aprovechar estos pocos días porque enseguida les nacen las alas y ya no hay quien los agarre. Echan luego una concha más dura que la de los galápagos, se arrancan en los demonios y entonces no los bajas ni con plomo zorrero.
-        Me han dicho que en los Montes de Toledo quedan todavía algunos ejemplares como los de aquí.
-        Quiá. Esos son de repoblación. Los únicos gamusinos buenos, pero buenos buenos de verdad, son los gamusinos comunes. Los de aquí de toda la vida. Por ahí echaron gamusino japonés que es mucho más pequeño y, aunque es más trabajador y cría bien, no sabe a lo que tiene que saber y tiene mucha merma. Dónde va a parar. Y además, en el campo, creo que son una cosa tonta, que los coges hasta sin perro ni garrote. Vamos, a mano, que es que no tienen ni un mal cantazo.
-        Bueno, en el Pirineo creo que hay otra variedad del terreno y también muy apreciada: el gamusino becado. Que allí la conocen desde siempre.
-        Sí, eso es verdad. Pero ése se cría a más de tres mil metros de altura, en la linde con Francia, y claro, no compensa, porque si te pegas la pechá de subir y luego, por un casual, no ves ninguno, pues has echao el día de cojones.
Tras cenar en el bar, dejamos a los parroquianos del pueblo documentando al rumano sobre la caza nocturna del gamusino. Como de costumbre nos vamos a dormir a la furgoneta y dudamos de que nos hayan dicho la verdad sobre la pista que lleva a Grado del Pico y su distancia.
A la mañana siguiente no madrugamos porque la distancia a recorrer no lo merece. Al salir del pueblo, por si acaso, preguntamos a dos mujeres si por la pista que vamos a coger vamos bien a Grado.
-        Huy, ya lo creo. No tienen más que seguirla y en cuanto lleguen a aquel monte no hay más que bajar.
-        Muchas gracias.
-        No se merecen.
La pista de tierra, al poco, está cruzada por una cancela. Abrimos y cerramos, como es la costumbre y continuamos por una pista que ahora está alfombrada de cascajo de piedra para que el agua, cuando caiga, no interrumpa el paso rodado por ella. Hay decenas de vacas en las praderas.
Poco a poco vamos dejando el pueblo atrás y el cerro pelado del Castillejo a la izquierda. Topamos con un conglomerado de vacas en mitad de la pista. Hay dos vaqueros, al otro lado de una alambrada, que acaban de separarles de sus terneros. Las vacas mugen sin consuelo llamando a éstos y se agrupan obstinadas junto al alambre espinoso que les separa de ellos.
Uno de los vaqueros, al ver que nos acercamos, sale del cercado y, girando la garrota en una mano, amaga a las vacas y hace que éstas lentamente abran paso. Como toda precaución es poca entre gente tan burlona, repetimos la pregunta.
-        Nos podría decir si vamos bien a Grado del Pico.
-        Claro, hombre. Claro que se lo podría decir.
-        Pues, hombre, díganoslo. ¿Vamos bien o no?
-        Si no dejan la pista, sí.
-        Es que hay más pistas.
-        Sí, por allá salen varias, pero ustedes no dejen esta. No tiene pérdida, siempre subiendo. Luego ya, más que dejarse caer y a Grado.
-        Muchas gracias.
-        No corrían prisa.
Seguimos la pista y vamos dejando atrás espléndidas praderas y más vacas. Las praderas se van estrechando y llegamos a un paso en forma de embudo, arriscado a la izquierda y con una ladera muy pina a la derecha. Hay una subida fuerte pero que no parece muy larga. También aparece otra cancela que abrimos y cerramos al pasar.  Al cabo de un cuarto de hora descumbramos y damos con la otra vertiente. El campo cambia y ahora la vegetación apelmazada y agreste puebla ambos lados del camino que baja a Grado. Al fondo se ve la gran montaña que da apellido al pueblo.
Todo es bajada. Al principio muy pronunciada y luego más atenuada. Hay mucha maleza en el barranco de la izquierda. Parece una zona de pastos abandonada. Aquí y allá se ven chabolas de pastores hechas de pizarra y cerradas llenas de aliagas y estepas que claramente demuestran su falta de uso. Sólo al final de la bajada, ya cerca del pueblo, hay un par de tainas grandes con cubiertas de teja roja que aún se mantienen en pie. Hay también algunas praderas. Pero sólo en una de ellas pastan media docena de caballos. Entre las praderas y el comienzo de las laderas pobladas de maleza saltan, con su ruido metálico y vibrante, un par de bandos de perdices. Parece que las perdices sobreviven en estos parajes aislados y perdidos mejor que en muchos cotos de postín.
Atravesamos el río de agua clara y abundante, que nace poco más arriba, y no vemos a nadie. Sólo un letrero de madera indica a la derecha “Senda de los Caracoles”.
Los pitidos estrepitosos de una furgoneta rompen el silencio e indican que el panadero o algún vendedor ambulante ha llegado al pueblo.
Atravesamos la desierta población, cuesta arriba, hasta llegar a la iglesia. Es románica con una bonita arcada tabicada para hacer una capilla y los capiteles que quedan a la vista nos parecen hermosos. Las casas tienen las puertas cerradas y casi todas tienen un tablero adosado en su parte inferior por si baja fuerte el agua por las calles.
Un hombre con un mono blanco está pintando la puerta de la iglesia y, se conoce que aburrido de no ver a nadie, nos dice si queremos ver el interior. Todo es un pretexto para echar un cigarro y charlar un rato.
El pintor resulta ser un tal Pacomio que vive en Cantalojas y que nos dice que, en realidad, no hay 8 kilómetros sino 10 entre ambas localidades, que lo tiene bien medido con el cuentakilómetros del coche, y que más vale que hayamos traído algo de comer porque allí no hay taberna abierta. También nos dice que lo de La Senda de los Caracoles es un complejo de esos modernos y que por ahí hay algún folleto del lugar.
Comemos queso con pan al lado de la fuente que hay en la plaza del pueblo. Luego localizamos uno de los folletos junto a una puerta y, gracias a él, nos documentamos. La Senda de los Caracoles se anuncia como un hotel rural SPA con encanto. Hay que ver cómo la cursilería no respeta siquiera estos desiertos. Qué encanto de mundo.
El negocio ofrece, como su nombre indica, SPA, pero complementa esta sucinta información con el ofrecimiento de: hidromasajes, aromaterapia, masaje relax, exfoliante corporal con envoltura en café, cereza, chocolate, algas o barro más hidratación corporal, circuito terapéutico, drenaje linfático, tratamiento anticelulítico reductor, tratamiento de piernas cansadas, reflexología podal y tratamiento facial regenerador y equilibrante y, además, piscina activa, jacuzzi, nadadores contracorriente, parafango y cascadas.
El contraste entre estos parajes desolados y los servicios del hotel hace que nos entre la risa simultáneamente tras unos segundos de tenerla contenida. Decidimos renunciar a las cascadas y al parafango, y a todo lo demás. Nos imaginamos a los pastores que un día habitaron el pueblo disfrutando de estos modernos tratamientos. Aunque antes, a lo que más se llegaba, en caso de extrema necesidad, era a meter los pies en agua de sal. Qué ordinariez, por Dios, qué ignorancia y qué falta de refinamiento, qué desdén al progreso. Así va el país.
Desandamos el camino a Cantalojas y nos dura otras dos horas, como el camino de ida. Comemos en el bar Plaza, donde nos dan lo que tienen casi a las tres de la tarde. Las raciones de gamusino se les acaban de agotar.

14 septiembre 2012

De Cantalojas a Majaelrayo




Cantalojas (Guadalajara).- 1314 metros de altitud // 172 habitantes
Majaelrayo (Guadalajara).- 1185 metros de altitud // 62 habitantes.

Distancia entre ambos pueblos.- 23 kilómetros.
Duración de la marcha.- 6 horas.
Fecha de la marcha.- 11 de Septiembre del 2012
Temperaturas.- Entre 10 y 26 grados

Cantalojas (⇨ 3) Casa forestal (⇘ 1,9) Río Lillas (⇗ 2,7) Pradera (⇘ 1,3) Puente (⇗ 2,9) Pradera (⇘ 2,5) Río Sonsaz (⇗ 1,5) Última subida (⇘ 7,2) Majaelrayo

Canta el gallo, pero el bisbiseo del despertador se le ha adelantado. Nos vestimos y organizamos la furgoneta con la torpeza de la somnolencia. Luego nos lavamos en la diminuta pileta del fregadero. Hacemos café y desayunamos lentamente para que nos dé tiempo a volver a la vida y, al día, le dé lugar a empezar a clarear.
A las siete menos diez dejamos el pequeño hogar motorizado, donde hemos dormido, cerca del hostal que hay a la salida de Cantalojas. Aún es de noche. Los ojos se nos irán haciendo a la luz creciente del amanecer que nos iluminará por la espalda.
Al principio el camino es una carreterilla que va en dirección al hayedo de la Tejera Negra. Asciende ésta tan lentamente como la luz del nuevo día le araña el sitio a la oscuridad. Algún mastín de los vaqueros sale al paso, pero nuestra impavidez y el garrotón que cuelga de mi muñeca le hace entender, sin más señas, que sólo somos caminantes decididos pero inofensivos.
Las extensas praderas, moteadas de pinos gruesos y retorcidos y tapizadas de pasto crujiente por lo seco del verano, nos ofrecen las vaharadas del olor profundo y resinoso de las coníferas viejas. Son algo más de tres kilómetros hasta las casa de los forestales. Aquí la carretera muere. La pista de tierra blancuzca que sale a la izquierda va a Majaelrayo, la de la derecha continúa hacia el hayedo de la Tejera Negra y al paso viejo de Puerto Infante. En la primera, un pequeño indicador de madera señala 20 kilómetros a Majaelrayo. Es la que tomamos.
A partir de este punto la pista desciende despacio. Con las piernas ya calientes, la suave bajada invita a la conversación. Reparamos en que hablamos bajo, debe ser para no romper el encanto silencioso del paraje.Tras casi dos kilómetros llegamos al río Lillas que, pese a la sequía, baja agua y que cruzamos por el bonito puente de pizarras. Queda a nuestra derecha un conglomerado de tainas viejas con una punta de vacas coloradas y negras que se desperezan.
A la izquierda de la pista dejamos un viejo campamento, en desuso, que tiene las cocinas y los servicios abandonados en una vieja casa rectangular, aún en pie y con cubierta, y el comedor al aire libre sin techo y con las mesas y bancos de madera retorcidos, negruzcos y combados. Más arriba una casa de la misma hechura es, en realidad, un viejo depósito de agua que surtía al campamento.
Comienza la primera subida. El apeonar de un bando de perdices nos sorprende en la primera curva y, enseguida, titubeantes, vuelan y se desperdigan ladera arriba entre robles y jaras. Apresuramos el paso con el aliciente de verlas de nuevo más arriba. Así es. Pero la segunda vez, una tras otra, apeonan y saltan en vuelos cortos siempre ascendiendo.
La subida se va poblando de espinos, de pirliteros, de jara, de estepas y de pequeños grupos de árboles. El suelo está tapizado de vegetación. El olor de las plantas se mezcla y, el conjunto, produce un aroma tan fresco y sutil como inefable. El paisaje, el silencio y la brisa perfumada sobrecogen. La pista serpentea para ganar altura. Tras más de dos kilómetros y medio de ascensión, y antes de iniciar una nueva bajada, paramos a contemplar el mágico paisaje que tenemos ante nosotros. Es una pradera ascendente. Junto a una pequeña caseta de pizarra un camino sale a la derecha. Un nuevo bando de perdices se escabulle raudo trasponiendo una loma a nuestra izquierda. Ninguna salta, pero apeonan con gran prisa hasta que la ladera les tapa nuestra vista. Calculamos que llevamos andados entre siete y ocho kilómetros.
Al descender de nuevo hacia el siguiente barranco, dejamos a nuestra izquierda una parte de la pradera levantada por los jabalíes. Los rodales parece que los ha roturado un tractor.
Tras poco más de un kilómetro termina la bajada. Lo hace en un puente sobre un arroyo seco.
Comienza otra subida, más empinada y larga que las anteriores. La vegetación se hace ya espesa y los pinos se adensan a ambos lados de la pista proporcionando una sombra maciza, fresca, densa y protectora. Entre las vueltas y revueltas, siempre ascendentes de la pista, vuelan en algunos recodos las torcaces con gran estrépito y algún corzo espantado nos regala con su ladra perdida entre la fusca y la masa impresionante del pinar.
Son casi tres kilómetros ininterrumpidos de subida. Cuando estamos casi arriba, una pradera se abre paso entre el tupido pinar a nuestra izquierda. Paramos para recobrar el resuello y allí, a unos cuatrocientos metros, divisamos un imponente jabalí. Por la mota que hace, pese a la distancia, suponemos que se trata de uno de esos solitarios que andan por los cien kilos. Husmea por los grandes escarbaderos que los suyos tienen levantados en la pradera y, luego de un poco, nos enfila con un trote decidido que me hace suponer que se nos va a meter encima o a pasarnos muy cerca. Pero, cuando está a unos cien metros, se desvía en diagonal y desaparece sin pararse entre lo más cerrado de los pinos.
Llegamos al punto más alto. Hay otra pequeña caseta de pizarra y una pista forestal surge a nuestra derecha. Pero nosotros continuamos con la pista inicial y nos disponemos a bajar hacia el barranco del río Sonsaz.
Son dos kilómetros y medio de bajada pronunciada. En un tramo, ya más de mediada la pendiente, aparece una pequeña fuente a la derecha. Es una fuente que desprende un hilo de agua del tamaño de un meñique desde una piedra en cuña colocada con mimo. Seguramente es obra de un vaquero cuidadoso. Estas fuentecillas perdidas, pero que alguien mantiene con esmero, siempre enternecen a los caminantes.
Abajo topamos con el cauce semiseco del Sonsaz que, a estas alturas del verano, no tiene flujo continuo y sólo pequeñas pozas guardan ranas y truchas poco más grandes que alevines. Hay, en este punto y junto al cauce del río, una cabaña y tres mesas de pizarra con sus bancos. Allí nos sentamos a descansar y a tomar un bocado. Nos da pena dejar el lugar pero, tras media hora de descanso, emprendemos la marcha nuevamente. Siguen los pinos densos y algunos sumamente esbeltos en la subida. Tiene ésta aproximadamente un kilómetro y medio y, a su derecha, mediada la cuesta, sale otra pista forestal que hay que dejar atrás.
Culmina la subida en una señal de curvas. A partir de ahí, todo ya es bajada. Primero suave, hasta salir del pinar, y luego ya más pronunciada pero sin grandes desniveles hasta bajar, tras algo mas de 7 kilómetros, hasta el pueblo de Majaelrayo.
Esta bajada tan larga se hace algo tediosa y, el terreno, ya desprovisto de sombras, propicia más calor. Otro regato de agua ameniza la bajada. Hay una caseta y un horno de pizarra y varias mesas de idéntica factura a su lado. Descansamos de nuevo pero poco tiempo, porque nos comen los mosquitos.
Al llegar a una nueva bifurcación de caminos, se divisa Majaelrayo, un pueblo de pizarras bajo el pico Ocejón, y perezosamente nos dejamos caer por la cuesta, ya suave, hacia el pueblo. Es la una cuando llegamos. Mañana desharemos el camino en sentido inverso. Pero mañana ya será otro día. Hoy hemos sido felices.

01 septiembre 2011

El contrabandista de Petisqueira

El portugués que vive en un pueblo de la raya convida a vino a los dos caminantes. A éstos, que andaban dando cuenta de una lata de carne y algo de queso y embutido, el detalle les pilla por sorpresa, porque el portugués ha surgido de su casita blanca con una garrafa en una mano y una jarra terciada en la otra.
-        Yo también anduve por el mundo –dice, al servir el vino, por toda explicación.
-        ¿Pasaba usted la raya?
-        La guardiña y los civiles vigilaban esto mucho hace años.
-        ¿Alguna vez le cogieron?
-        Nunca se dio ese encuentro.
-        Y, ¿qué traía usted de España?
-        Yo traía camas.
-        ¿Camas?
-        Sí, algunas niqueladas y otras bonitas de madera labrada.
-        Y, ¿qué llevaba al otro lado?
-        Sogas, cuerdas, café y confecciones.
-        Tendría usted buenas caballerías para atravesar tanta barranca.
-        ¿Caballerías? Era yo la mula. Todo pasaba a mis espaldas.
Y el portugués escancia de nuevo en la jarra y la ofrece llena hasta el borde.
-        Beban. Éste también lo hago yo.
Y, mientras la jarra va mermando, se llena la imaginación con los fantasmas de la noche. Fantasmas jóvenes y hambrientos, que llevan cabeceros, pies y traviesas de camas a la espalda. Y mientras sortean los barrancos y recortan laderas, cuesta mucho entender las extrañas reglas de los hombres, ésas que hacen delito el llevar camas o cuerdas o manteles de un país a otro.

31 agosto 2011

Al sur del río Cabrón

Apenas un hectómetro después de que el río Cabrón se junte con el Manzanas la corriente de agua tiene ya dos nombres: río Maças por el lado portugués y río Manzanas por el español.
Los pueblos de ambos lados se llaman Petisqueira y Villarino y no hace falta decir, en este caso, quien es quien.
A unos metros del río Maças-Manzanas se cortan abruptamente los asfaltos de las carreteras lusa e hispana y es sobre la tierra como se juntan los caminos de los dos países, como manos que se desenguantaran para saludarse, sobre un puentecillo de tubos de hormigón que, a la fuerza, ha de tener el rango de puente internacional.
Las gentes de Villarino y Petisqueira celebran una romería conjunta. Pero, eso sí, los unos con su virgen a un lado y los otros con su santiña al otro.
En el lado español, bajo una cubierta, hay un altar para decir la misa solemne con dos sillones de piedra a ambos lados de la virgen para que los oficiantes puedan sentarse con solemnidad; en el lado portugués se hace un mercado y en otro cobertizo similar, sólo con techo, se albergan mesas con bancos adosados para comer.
Parece que la parte espiritual del convite se celebra en España y la material en Portugal, para no romper la tradición que tenemos los españoles de pasar a Portugal a comprar y a comer.
-        ¿Y se llevan ustedes bien con los españoles?
-        Mire usted este perrillo. Lo tengo hace tres meses. Y, si le cogí en los tres meses cariño al perrín, ¿cómo no voy a querer a los españoles, que los tengo ahí de toda la vida?

14 enero 2011

En una bodega del Raval

Harapientos astrosos de cualquier edad con mochilas y sacos de dormir.
Niños jugando en monumentos modernos bajo los que duermen vagabundos.
Perennes ojeadores callejeros de ignorados objetivos.
Okupas que grafitean las fachadas pidiendo dignidad.
Mezcla de razas.
Miradas cansadas y huidizas.
Portales cerrados de casas semidesahuciadas con escaleras donde la mugre se acumula.
En el Raval tenemos libertad de elegir y un bonito mercado para hacerlo libremente entre todas las miserias de la vida. Es lo grandioso del sistema.
- Antes este era un barrio más familiar, ahora todos son de fuera. Aunque aquí, desde siempre, ha pasado de todo.
Y Carlos, el del bar Agustín, que es originario de Teruel, da de comer a sus clientes un poco al azar. Bien guiso de lentejas, o potaje de garbanzos, o cocido, o bacalao, o lomo con alcachofas asadas, o panceta con tortilla de patatas o de verdura… Y corre el vino a granel en frascas cuadradas. Y se pasa del catalán al castellano, y a la inversa, con la misma sencillez que se trasiegan los vasos de tinto.
- ¡Beban sin miedo que tiene un grado menos que el agua!
Y habla del mismo modo que sirve y que cobra, a retazos, con verdades sueltas que describen y, a la vez, se niegan a describir el barrio. Como si a cada uno quisiera decirle algo de lo que quiere oír pero no todo, porque todo daría para muchas horas de charla y, aún así, no quedaría claro.
- El anís se lo pondré en chatos de vino, porque copas no tengo. Aunque, para beber, es bueno hasta un orinal.
- Como quieras, ¿vives aquí?
- No, yo ya no vivo aquí. Vivo más arriba de la Sagrada Familia, cerca del Hospital de la Santa Creu y Sant Pau. Pero allí ya no suben los turistas y cuidado que es bonito.
Y los clientes también son campechanos y enseguida le dan recomendaciones a cualquiera.
- Amigo, lo mejor es ver el peligro venir y, luego, apartarse. Teniendo dinero, para comprar y consumir sin tasa, no hay problema.
- Hombre, en la vida, el dinero no lo es todo.
- Sí, pero al que no lo tiene, la sociedad le recluye en su barrio y le deja sobrevivir con sus desgracias y sus vergüenzas, trapicheando por calles sucias y recovecos olvidados, y también podrá elegir, ¡cómo no!, entre los distintos contenedores de basura y gastará sus contadas monedas en el badulaque de su calle. Eso, si es que elige sobrevivir en su agujero a este mundo de apariencias, lujo y diseño, o no le quedan fuerzas ni recursos para abandonarlo.
- Hombre, no será para tanto.
- Desengáñese, hoy, a la persona sólo le proporciona dignidad la facultad de comprar.
- Bueno, no le deis el coñazo a este señor, que dice que Barcelona le gusta y le ha parecido más barata de lo que esperaba.
- ¿Eso dice? Pues, para él. Vaya con Dios, joven.
Y a la salida del barrio te despiden las incansables pancartas en las balconadas:
Volem un barri digne!

12 enero 2011

Barcelona, el Raval

El viejo Raval es un barrio con una especie de sedimentación humana que se refleja en sus casas modestas de vecindario, o en sus casonas decrépitas, o en sus palacios destartalados, o en sus calles sinuosas, o en sus callejones intrincados, o en sus pasajes o pasadizos, a veces enrejados, de una calle a otra. Transmite un cierto cansancio este barrio, si es que a un barrio se le permite el cansancio. Un cansancio parecido al olvido, o a ese otro azote del alma que se llama nostalgia.
Dicen que el Raval fue siempre un barrio de acogida. Primeramente, hace muchísimos años, para muchos catalanes que vinieron a buscar mejor fortuna a la urbe, más tarde para muchos venidos de los sitios más dispares de España y hoy se ha convertido en un abigarrado nidal de indios, pakistaníes, marroquíes, senegaleses, rumanos, etc. arrojados en este barrio del mismo modo que las pateras llegan a las costas, sin orden ni cadencia, sin sitio fijo y sin permanencia cierta.
El barrio ha perdido el característico espíritu familiar que tuvo antaño y se ha convertido en lugar de paso, en asilo provisional, en solución de urgencia para muchos.
Los españoles que viven en él son una minoría y la mayoría de esa minoría son ancianos, muchos de los cuales perdieron familia, amigos y vecinos. Son esos viejos que suelen pulular lentamente de casa al colmado y a la inversa con una barra de pan y cuatro verduras en la bolsa. Sobre sus cabezas los balcones y ventanas, atestados de tendederos y botellas naranjas de butano sobre fachadas desconchadas, respiran humanidad y tristeza y, en muchos casos, también pobreza. Esa pobreza que a la gente acomodada inspira miedo sin razón aparente o, como poco, una precaución irrefrenable e inmediata.
Algunas gentes buscan incesantemente en los contenedores de basura y a la primera ola de buscadores le sucede otra y a ésta una tercera, como si la basura fuera inagotable y diera para niveles decrecientes o distintos de pobres necesidades. También hay numerosos almacenes que se abren y se cierran con premura mientras avizores vigilantes controlan las esquinas y gobiernan una especie de tráfico secreto que ellos entienden, pero que al forastero pasa desapercibido.
Algunos callejones concentran más prostitutas de las que esporádicamente se observan por aquí y por allá. Suelen ser los cercanos al Carrer de Robadors. Las putas son, en general, chicas jóvenes a las que acosa la policía haciéndoles moverse de una calle a otra en una especie de juego conocido y cotidiano.
Los balcones, con sus persianas de listones de madera verde, están llenos de ropa tendida y en ellos aparece, más que de vez en cuando, la expresión de un deseo colgado en una sábana blanca: Volem un barri digne!
Dicen los vecinos que lo peor es la noche, cuando cierran los bares y los clientes siguen la juerga en las calles, hacen sus necesidades por doquier, intentan yacer con las prostitutas en portales, cámaras o azoteas y llaman a las casas a las tantas, preguntando si hay chicas disponibles. Se quejan también de chorizos y peleas, y abominan de los lateros a los que, aparte de vender cervezas por la calle, les adjudican la venta de drogas al detail.
Además de sus arterias principales (Nou de la Rambla, Sant Pau, Hospital, Carme, Pintor Fortuny, Tallers) tiene el Raval una Rambla donde los niños, ajenos a todo y vivarachos como los niños de antes, juegan con estrépito a la pelota o montan en patines o se suben a un rechoncho gato de Botero. Los viejos y los desocupados de cualquier raza se sientan en la Rambla del Raval a fumar, o a ver pasar a la gente, o simplemente a gastar el tiempo.
Hay también algunos okupas que, revestidos de dignidad, sostienen que su actitud no es una atracción turística. Y tienen pintadas, con dudoso gusto, las fachadas de los pisos o inmuebles que usurpan, como en un canto al descaro o, tal vez, al uso más o menos inteligente y práctico de lo abandonado.
Hay quien aspira a que el Raval sea redimido paulatinamente por el asentamiento de comerciantes y artesanos normales que, poco a poco, le devuelvan al barrio ese tono tranquilo y manso, bello y sereno, que tienen otros barrios cercanos como el Born o Sant Pere. Pero el Raval es un pequeño pueblo, bien delimitado, donde hoy por hoy la gente camina con recelo y con poca esperanza. La familiaridad ha desaparecido y sólo permanece en ciertos bares, cuyos dueños, veteranos del barrio, la mantienen con su asidua clientela como se hacía antaño.

11 enero 2011

Barcelona, las Ramblas

El hotel Condal está muy cerca de las Ramblas, en el carrer de la Boquería. Lo llevan unos americanos serios y eficientes que no son precisamente de los USA. La habitación es sencilla, discreta, limpia y silenciosa. No es barata pero, dada la ubicación del hotel, tampoco cara. Cada día, según la fecha, tiene un precio distinto por esa moda, que antes no existía, de considerar el precio de las cosas según una demanda prevista de antemano. El paso por hotel y habitación es un trámite rápido, antes de echarse ansiosamente de nuevo a las calles.
El clima, al menos para un castellano, es excelente y la temperatura, al caer la tarde, es de doce grados. No obstante, la gente de aquí se abriga, pienso yo, más de lo necesario. Tal vez sea la idea de que ya es invierno, o la de que hay que lucir la ropa elegante adquirida para la ocasión, o, quizás, que sean un poco frioleros.
Las Ramblas, a finales de diciembre, son una oleada incesante de gentes que se mueve al atardecer entre los árboles decorados con luces navideñas. No se trata de la Rambla de Catalunya que sale de la plaza del mismo nombre y corre paralela al paseo de Gracia. Las Ramblas, así en plural, es una sola denominación para las varias que tienen sus tramos (Rambla de Canaletes, de Estudis, de Sant Josep, de Caputxins, de Santa Mónica) y que completan este paseo de casi un kilómetro y cuarto. Es el amplio paseo que baja desde la plaza de Catalunya hasta el monumento a Colón, el paseo que desemboca en los Drassanes, los viejos astilleros donde los barcos de la Corona de Aragón partían hacia sus vastos dominios en el Mediterráneo, el paseo al puerto viejo, el paseo principal de Barcelona hacia el mar. Son las Ramblas de la ciudad vieja. Una primera visión del rostro de la ciudad.
Están jalonadas en su parte central por kioscos de prensa, terrazas, puestos de flores e incluso de pájaros, actores callejeros, pintores y dibujantes y, en los laterales, por bares, cafeterías, restaurantes, bocatillerías, pizzerías, pastelerías y comercios. Paseando por ellas se sumerge uno en un rumor de voces denso y zumbón pero, las más de las veces, son voces extranjeras. Las pacíficas hordas modernas del turismo se vuelcan especialmente en las Ramblas.
Caminando por el paseo central, a sus lados, como si fueran divinidades romanas, se yerguen hieráticos, de tanto en tanto, esos mimos que de años acá se han puesto tan de moda. Salteados, entre las terrazas y los kioscos, puede uno encontrarse una Victoria de Samotracia, un cow-boy dorado, un ángel del infierno, un hombre sin cabeza, una estatua sin sustento aparente, personajes de la Guerra de la Galaxias y hasta un hombre sentado en la taza de un retrete con todos los aditivos inherentes al acto (periódico, transistor, papel…). La gente, en olas abigarradas, titubeantes y lentas, pasea por el centro de las Ramblas mientras, por las vías laterales, hileras de taxis, coches, motos y bicicletas circulan sin pausa.
No faltan los que ofrecen flores a viandantes y clientes de las terrazas con una constancia digna de mejores empresas, ni los vendedores de pequeños juguetes que, sin dejar de hacerlos funcionar, se los ponen en la mano a quien pasa, no faltan, entre tanta multitud, los pedigüeños que, si no hay dádiva, rebajan su petición a un cigarrillo. Y, sobre todo, no falta policía que vigila sin cesar este manantial constante de dinero que, a la vez, es imagen de la ciudad para los visitantes. El turismo es, donde se consigue, un pozo de petróleo que mana sin cesar pero que hay que vigilar continuamente.
Las Ramblas parten la ciudad vieja en dos mitades. En dirección al mar, a la derecha, queda el barrio del Raval, a la izquierda, la ciudad medieval, el barrio gótico y, pasada la Vía Laietana, Sant Pere y el Born. Todos ellos son los barrios que ningún visitante avezado debe perderse. Es casi cosa de manual.
A la derecha, bajando en dirección al mar, se topa uno con el Palacio de la Virreina, el viejo mercado de la Boquería, el teatro Liceu y otra serie de fachadas señoriales y, a la izquierda, con la Plaza Reial, bella plaza asoportalada con cervecerías y restaurantes y, los fines de semana, mercadillo de sellos y monedas.
Cerca de la plaza del Portal de la Pau, la de la estatua de Colón, en el restaurante Casa Joan, dos camareros españoles, un salvadoreño y cuatro filipinos trabajan duro. En él se da de comer decentemente a cualquier hora. Los camareros son educados y solícitos, rápidos y eficaces, pero tampoco pierden la ocasión de ser simpáticos y pegar la hebra con los clientes, especialmente si éstos repiten visita. Es uno más de los muchos restaurantes de las Ramblas y creo que un digno representante de ellos. Y uno se siente menos forastero en la bella y cosmopolita Barcelona por el trato confianzudo y familiar que recibe.
De las ciudades uno piensa que lo primero es captar el ambiente, la sensación de sus calles, el calor de sus gentes y otras cosas que lo sobrevuelan y lo envuelven todo, luego, con el tiempo, ya habrá ocasión, si se desea, para los monumentos, los museos y otras visitas de interior.

09 enero 2011

Viaje a Barcelona

Desde Madrid, el AVE le pone en Barcelona en unas tres horas. Apenas hay paradas y una buena parte del paisaje lo dejan entre paréntesis los túneles. La vista no tiene tiempo de enfocar los detalles. Apenas hay lugar para el intento de identificar parajes conocidos. La velocidad escamotea vistas al viajero pero, a cambio, le regala tiempo. Y, algunos, no están muy convencidos con el trueque. Sin embargo, no vale la pena discutir sobre estas cosas del progreso y nadie, como ya es hábito, lo cuestiona.
Desde la estación de Sants un metro eficiente y limpio, lleno de gente silenciosa que lee, dormita o finge no mirar a ningún sitio, le deja en unos veinticinco minutos en el centro. Y repara en que los viajeros del metro, como los del AVE, han pasado de viajeros a ser gente transportada como, por otro lado, les ocurre a todos y en todos lados con esas cosas, un día extraordinarias, a las que ha ido amaestrando la costumbre.
En la estación de Liceu, en el centro del centro del casco antiguo, abandonan algunos esas catacumbas eficientes del transporte público y emergen a la ciudad. Es en ese momento cuando al viajero se le multiplican los sentidos y recobra la conciencia de sí mismo. La tecnología del transporte ha culminado con éxito la parte pasiva y pagada de su viaje. Ahora, en medio de la ciudad, fuera de las tripas iluminadas artificialmente, topa con la luz natural, con el bullicio, con el tráfico, con el paisaje urbano y, despistado, apenas tiene conciencia de que se inicia un viaje nuevo. Sabe que el itinerario ha dejado de estar mediatizado, que se ha convertido en voluntario, selectivo y verdadero. Él lo desea lento y concienzudo. Sin embargo, recobradas las riendas de sí mismo, sabe que no tiene ninguna garantía de éxito porque abandonó la maquinaria del traslado y ya, fuera de ella, todo resulta aleatorio, circunstancial, y humano. Y son sólo sus propias percepciones las que le van a dar una solvencia siempre limitada. Es el viaje. El viaje recobrado.

22 agosto 2010

El encanto del viaje

Uno de los encantos de viajar, algunos dicen que el único, es encontrarse con lo que no se espera.
Sin embargo, no es fácil sorprenderse de lo que ya nos anuncian en cada ciudad las guías de turismo y sus bonitos planos con itinerarios marcados, con la historia oficial resumida y, diría, que comercializada al efecto, con los monumentos de siempre, con esas listas monótonas de iglesias, plazas, torres, murallas, fortalezas, etc. más o menos restauradas, ubicadas en la línea del tiempo, y con el chivateo invariable de sus estilos y autorías. Sólo tienes que ir tachando los lugares visitados y, tras cada visita, marcarlos en la lista de deberes: ris ras, una cosa hecha. Otra más al macuto del recuerdo, antesala ilusoria del saco del olvido.
Las oficinas de turismo y las agencias son cada vez más eficientes, hay que reconocerlo. Además ya te informan en ellas del turismo de aventura, del gastronómico, del enológico, del alternativo, del naturista, del ecológico, del cicloturismo, de las vías verdes, del senderismo, del rural, de los hoteles con encanto… y de todas las variantes a las que, técnicamente, el turismo ha ido derivando con pecuniaria sutileza y germánica efectividad. Muchas veces la sobreinformación te deja casi sin esperanza, como anonadado, sin aire.
Y no, no es que me queje de que se conserve la cosa histórico-artística, ni de que se restauren los edificios, ni de que se comercialice patrimonio, tipismo e historia, ni de que se promocionen los mil negocios turísticos, ni de que se dé cumplida información al turista. No, no es eso. Cada cual tiene sus necesidades, y todos la de comer. Digo simplemente mi humilde verdad: me suelo aburrir en esas visitas en las que de mucho se informa pero de poco se aprende. Y, no hablemos ya, de cuando las visitas han de ser guiadas y se une al tedio la disciplina de seguir y escuchar al cicerone.
A uno le termina dando la impresión de que más le hubiera valido no salir de casa y ponerse a estudiar manuales de historia con la misma dedicación.
Pero siempre queda alguna escoria perdida, algo que se les pasó o que juzgan sin interés, un resquicio por el que el viajero se escape y dé con algo inesperado. Por eso sigo siendo tan aficionado a la observación de los detalles pequeños y, sobre todo, a los largos recorridos a pie. Poco consigo, pero, mientras lo hago, alimento mi esperanza de viajero y me siento menos determinado y, a veces, hasta me parece que viajar sigue siendo posible. Claro que, seguro seguro, que en todos los sitios me pierdo lo más importante.

19 junio 2010

Y Saramago se ha ido con su perro

Alguna vez he viajado a Portugal de la mano de José Saramago. Cuando lo he hecho, no he pasado, desde luego, por grandes ciudades, ni por sitios turísticos, pero he aprendido lugares ignorados y matices en el vértice del olvido. He visto pequeñeces, migajas esparcidas por el tapete de la vida, a las que no hubiera llegado sin su guía. Me he fijado en detalles que, sin su indicación, no habría descubierto. Y aquellos viajes se rellenaron todos de ternura.
Aparte de agradecer su tenaz beligerancia, irreductiblemente sostenida, en tantos campos, y su literatura, lamento que se vaya una persona entrañable y compasiva.
No sé si romperá su muestra sostenida el perro Constante pero, si acaso lo hiciera, estoy seguro de que su amo le perdonará esta última y única flaqueza y le regalará, discreto, serio y moderado, como buen portugués, una caricia tras de las orejas y una palabra en ese tono amable y bondadoso que los perros entienden mejor que las personas. Obrigado.

01 septiembre 2009

Un perro andaluz


La noche anterior estuvimos hablando en el camping de Jerez del Marquesado hasta las tantas a la luz de una vela. Tal vez por eso de que los momentos agradables, y al fresco de la noche, no deseas que se acaben y los prolongas hasta que te rinde el sueño.
Esta mañana hemos bajado a comer al pueblo que está a cuatro kilómetros. Luego nos hemos subido, pese a la calima, a echar la siesta. Aplastados por el bochorno, no tenemos ni ánimo para comentar el tremendo calor que hace. Al llegar encontramos totalmente derretida la vela que nos iluminó la pasada noche. La dejamos sobre la mesa, al sol. El termómetro de la furgoneta marca 45º C.
Paca se echa la siesta y no sé si se duerme o pierde directamente el conocimiento. Yo cambio de idea, busco una sombra y me pongo a escribir con una bebida fría a mi alcance.
En ello estoy cuando aparece un perro de pelo rojizo que viene de no se sabe donde por una de las sendas del camping en el que nosotros somos hoy los únicos acampados. Trae una cuerda al cuello de la que cuelga un cabo que ha roto a dentelladas. Tiene andares cansinos e indiferentes y también una oreja rota. Le llamo y se para, no huye pero tampoco se acerca. Le llamo de nuevo y viene despacio, expectante y mirándome sin ninguna agresividad. Jadea por el calor y, ya más cerca, aprecio que la cuerda está muy ceñida a su garganta pues se incrusta entre el pelo, le veo también una matadura profunda, y que parece reciente, en el ijar izquierdo. Me mira desde un par de metros pero no se acerca más ni se mueve. Recuerdo que tenemos en el frigorífico una barra de chorizo que compramos y que no nos gustó. Como eso el perro no lo sabe, voy por ella y decido probar si le gusta a él.
Hago gruesas rodajas de embutido pero no se las tiro. Le ofrezco una, el perro se adelanta despacio, sin quitarme ojo y lanza una dentellada a la raja de embutido con avidez, rozándome con los dientes la punta de los dedos pero apenas tocándolos pese a la velocidad con que la coge. A medida que le voy ofreciendo más rodajas, su brusquedad desaparece y termina tomándolas de entre mis dedos con la misma delicadeza que si fuera un embajador tomando una copa de cava en una recepción de la mismísima Preysler, la de Porcelanosa, ¿cuál va a ser?
Cuando termina con todo el embutido, voy con un recipiente a buscarle agua en uno de los grifos de los fregaderos y la bebe con avidez. Me deja tocarle. La primera vez que lo hago le acerco mi mano por debajo del hocico, no por encima, pues podría sentirse amenazado. Una vez que ha aceptado mi contacto acerco la mano al cuello y noto la cuerda tan hundida en él que pienso si el animal no se habrá salvado de un ahorcamiento. Busco una navaja de las que tengo, una que corta como una exhalación, y con mucho cuidado y tacto consigo que se deje cortar la cuerda que le tiene lastimada la garganta. Enseguida parece que se alivia. Ahora está a mis pies hecho un ovillo. Cuando Paca se levanta, le curamos entre los dos la matadura con un desinfectante. Al comer he visto que le faltan dientes y que otros los tiene rotos y que los colmillos los tiene desgastados. Se ve que el perro es viejo.
A la tarde bajamos de nuevo al pueblo, acompañados por el perro. No nos deja en toda la tarde. Nos perdemos por las calles estrechas y blancas, y hasta algunas, con acequias que bajan el agua ruidosa y veloz desde la sierra. Nos sorprenden algunos restos árabes, como la Torre de la Alcazaba, que algún integrista de los que aquí hay, porque también los hay, ha coronado, sin poderlo remediar, con una Inmaculada Concepción de tamaño natural. Menudo engendro.
Cae la tarde y nos hemos cansado de vagabundear, así que nos metemos a cenar al mesón de la Tizná. Luego, con toda la humildad que una buena digestión proporciona, nos subimos de nuevo al camping al tiempo que se va echando la noche y comienza a venir algo de frescor. Al llegar a él nosotros entramos y el perro, tras observarnos un momento a modo de despedida, decide seguir su camino y se pierde en lo oscuro en dirección a la sierra.
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