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06 junio 2018

Sánchez



Me ha hecho mucha ilusión tener de presidente del gobierno a un señor que se llame Pedro Sánchez. Y no es porque yo sea socialista progresista avanzado de toda la vida, ni porque sea de extremo centro izquierda, ni porque sea un peligroso podemita posibilista equidistante, ni un enemigo de los rancios patriotas ciudadanos y peperos más recalcitrantes. No señor, es sólo por el apellido.

Sánchez, ¿han visto los siglos tanta sencilla belleza? Alguien que se apellida Sánchez (hijo de Sancho) evoca la llaneza del personaje más popular y pegado a la tierra de “El Quijote” (esa novela que todos los españoles hemos leído varias veces) y, ese nombre, sólo puede augurar acercamiento, confianza y preocupación por las primeras necesidades a las que la vida en el planeta Tierra se vincula. Un Sánchez parece siempre una persona de tu barrio, con los pies en el suelo y que se preocupará más por tu salario, tu pensión, tus hijos y viejos y, sobre todo, por tu cesta de la compra y que dejará para otros nombres más ilustres el lucimiento. De modo que personas con apellidos más rimbombantes disfruten hablando, por ejemplo, de la evolución de los mercados internacionales, del desequilibrio fiscal y financiero, del mercado internacional de divisas y de otros temas igualmente apasionantes, pero de los que todos estamos al día por la inveterada costumbre popular española de consultar “The Economist” tan pronto como sale. Un Sánchez parece más proclive a tocar esos temas inéditos que suelen escapárseles a las mentes más privilegiadas.

Y no es que yo esté rencoroso con el presidente anterior, el Sr. Rajoy, pero es que donde esté  un Sánchez, por favor, parece que hay más confianza, uno se siente menos cohibido. Aparte de que Rajoy, cuando contestaba a las preguntas (que era pocas veces), lo hacía como para alejarte de su paso, para que te quitaras de en medio. Por ejemplo, cuando se dignaba contestar, casi siempre comenzaba con un “Mire usté”, y, claro, ya te había dado un empujón, se te quitaba toda la confianza, se perdía el cariño. Y es que a la gente no nos gusta que nos miren por encima del hombro, mire usté.

Pero no quiero hablar de Rajoy, porque de pequeño me enseñaron que no hay que hacer leña del árbol caído y, aunque en el caso de Rajoy sea uno cortado, tampoco  es bueno, ni de cristianos, ni siquiera de meras personas de bien, ensañarse con ese resentimiento malo, pero malo, malo y pernicioso. Y desde aquí juro que le perdono todo, desde los hilillos de plastilina ascendientes en modo vertical que salían del Prestige y otros asuntos del pasado, hasta lo de nuestros días.

Pero además hay otra cosa. Aparte de los merecimientos que se esperan de cualquier Sánchez que se precie en el gobierno de la nación, aparte de sus posibles logros en el futuro, aparte de los aciertos que todos y todas (las personas de bien) le deseamos, aparte de esa cercanía que esperamos que nos ofrezca, hay un factor que pocos han valorado. Sánchez tiene un fondo electoral que pocos han considerado: la familia. Sólo contando con que en las próximas elecciones le voten sus familiares, tiene un remanente electoral asegurado por encima del millón y medio de votos. En España, hay casi 1.700.000 personas que se apellidan Sánchez. Una familia numerosa. Si los Sánchez se aferran al poder será muy difícil descabalgarles. Miren, miren las encuestas. Pocas personas llegan al poder con esa cama genética, con ese colchón electoral. Y los politólogos en Babia.

26 mayo 2018

Procesos legales



Con esos asuntos que a uno le dejan sus antepasados más recientes llevo un par de años ocupado.

Todavía no he comprendido la razón por la que, por ejemplo, si tú tienes hecho el protocolo legal bajo notario de la partición de una herencia y esa misma partición has de presentarla ante un juez, te piden cosas que para ti son incomprensibles.

Necesitas tres certificados de defunción, otros tantos certificados de últimas voluntades y también el testamento del finado. Pero si tengo la partición de la herencia ante notario hecha hace casi 60 años, ¿es que el notario no se cercioró de que el deudo había muerto, es que no constató que hizo testamento?

Pues no vale, hay que iniciar el procedimiento desde el principio. Ahora me explico por qué la justicia española es tan eficiente y cómo es capaz de descubrir las tramas más inextricables de delincuencia siempre que se le dé su tiempo, claro está.

Podemos los españoles (y las españolas, claro) estar orgullosos de nuestro sistema judicial: la corrupción de nuestros políticos nunca queda impune. Aparentemente deberíamos sentir una gran vergüenza por los hechos delictivos que la justicia está evidenciando. Pero, no seamos ingenuos, es igual en todos los países de nuestro entorno. Lo que ocurre es que en ellos no existe una justicia tan eficaz como la nuestra y, por desgracia, sus corruptos suelen quedar en la impunidad, qué vergüenza esta Europa, oye. Claro que, cuando hago estos razonamientos, no faltan compatriotas descreídos que me llaman cínico y que me reprochan el no haberme dedicado a la política. Y, por su tono, comprendo que no lo dicen por alabarme e incluso alguno ha llegado a decirme en tono airado que, si en España hubiera verdadera democracia, él mismo me daría un par de hostias por sostener tales argumentos. Eso sí, siempre desde la tolerancia y el respeto.

Pero, tras esta digresión tan fuera de lugar, vuelvo a mi peregrinación por registros, juzgados y notarías.

El día que fui a los juzgados me encontré estos rodeados por unas doscientas personas que gritaban: ¡Justicia y libertad! Y, en un principio, pensé que habían ido al lugar adecuado. Sin embargo los juzgados estaban rodeados de vallas colocadas para impedir el acceso a ellos y también por cinturones de antidisturbios (de ambos sexos) con cara de pocos amigos. El primer cinturón estaba frente a los manifestantes; el segundo en la puerta de los juzgados; el tercero dentro, rodeando el arco detector de metales y las puertas de acceso y salida.

Ante el primer agente con el que me topé expuse mi intención: “Oiga que sólo vengo a por unos certificados”. Galantemente me hicieron un hueco y pasé al edificio. Pero dentro había una gran cantidad de gente formando una cola sinuosa tan grande que decidí intentar la entrada por la puerta de salida (el típico ingenio español ante las dificultades). O bien los agentes no repararon en mí, o les parecí un ser insignificante y carente de peligro, o es que estaban tan ocupados con los periodista, manifestantes y otras hierbas. El caso es que nadie me impidió el paso. Pregunté que dónde daban los certificados de defunción y me dijeron que en el primer piso. Tras visitar varias dependencias en ese piso en una de ellas me dijeron que allí era, pero que tenía que pedir número. Como el número había que cogerlo en la puerta, pues vuelta a empezar. Bajé, me salté todas las filas y tomé el número y volví a entrar, con la soltura ya adquirida, por la desierta puerta de salida. De nuevo nadie reparó en mí. Había tal confusión de gente en la entrada, en el recibidor y en todos los pisos que para lograr un poco de silencio en aquella algarabía estuve a punto de liarme a carpetazos y gritar: “Al·lahu-àkbar” (Alá es grande, para los que no dominéis el árabe). Pero me abstuve por prudencia, porque en esos casos la gendarmería francesa, los propios mossos de escuadra y las policías más cívicas de Europa suelen administrar justicia en un par de segundos tirando a matar. Pero reconozco que me sonreí con la idea. Se me acababa de ocurrir un nuevo tipo de suicidio. Tal vez quien esté por la eutanasia podría recurrir a él en lugar de a esos interminables pleitos judiciales que desean que el derecho ampare esta práctica. Lo tenemos al alcance de la mano y sin más trámites.

Al fin me vi frente a la secretaria del registro. Era una señora seria pero amable que le tenía cogido el punto a la actitud que debe mostrar una buena funcionaria (o funcionario): una equidistancia entre la corrección y la cortesía, pero exenta de simpatía y menos ya de compadreo. Sí señor, me gustó la funcionaria.

-Quería cinco certificados de defunción.

-Solemos dar un máximo de tres.

-Era por no volver más veces, pero sean los tres.

-Fecha de la defunción.

-27 de junio de 1969.

Ella dijo el nombre del difunto y yo asentí. Imprimió los certificados y me dijo que tenían validez para tres meses.

-¿Cómo tres meses? Es que temen que tras esos meses el difunto pueda resucitar. Oiga que no le estoy pidiendo en certificado de defunción de Jesús de Nazaret.

-Así es la ley, lo siento.

-Entonces, si este proceso dura,  ¿tendré que volver?

-Tantas veces como usted lo precise.

-Pero, ¿ve usted esto lógico?

Ella repuso que así eran las normas, me entregó los papeles y con una sonrisa, entre el rictus y la mueca, me despidió y llamó al siguiente. Le devolví  mi sonrisa más cómica y, sólo entonces, reparé que en un tablero, tras ella, había un letrero que decía: “Nosotros, antes de trabajar aquí, también éramos normales”.

16 enero 2018

Leyenda de Muño Sancho



Han sido muchos los hombres ilustres, e incluso historiadores de muchas campanillas, los que han narrado esta leyenda a lo largo del tiempo. Pues, por no ser ideada por nadie sino responder a unos hechos, a todos y a nadie pertenece y cada cual puede dar su versión. Eso sí, sin desvirtuar el rigor de los acontecimientos porque, aunque las leyendas carezcan de derechos de autor, son una herencia común que no debe alterarse al buen tuntún.

En estas tierras cristianas de Castilla, reinando Alfonso el sexto (otros sostienen que el séptimo), vivió don Muño Sancho de Finojosa que, pese a las obligaciones debidas a sus muchas propiedades y riquezas, era también grande del reino.

Reunía don Muño bajo su liderazgo, y previa soldada, una mesnada de setenta caballeros y otros muchos peones y otros más hombres de servicio y algunos cuantos criados y zagales. Y de todos ellos sabía ser el estricto capitán en la guerra y el padre bondadoso en la paz. Pero esta paternidad, espiritual casi siempre, le ocupaba poco tiempo pues el más de él lo dedicaba a la batalla y, cuando descansaba, cazaba.

Y, como la guerra era y es un buen justificante de la violencia, atravesó muchas veces la frontera con el infiel agareno y volvió siempre victorioso, cargado ora de botín, ora de cautivos, ora de bienes muebles y ganados… mas, siempre, tiznado de despojos y sangre sarracena. La guerra, entonces, requería dedicación exclusiva y, aún así y pese al esfuerzo de tantos caballeros, duró aquélla ochocientos años, sobre poco más o menos.

Y no por vivir en la Edad Media carecía don Muño de esos anhelos por viajar y conocer mundo que obnubilan a nuestros conciudadanos del siglo XXI. Mas, por aquel entonces, los viajes eran, cuando no Cruzadas (no confundir con cruceros), peregrinaciones o romerías o visitas a los Santos Lugares para volver de Jerusalén con la palma de palmero (no confundir con los flamencos). Lugar, éste último, al que don Muño, solemnemente, tenía prometida visita. Pero no adelantemos los acontecimientos.

El hecho fue que aquel día, de guerra como todos, tras indagar por dónde andaba la frontera (difícilmente podría hacerse hoy, pero entonces cambiaban de sitio las fronteras casi todos los días), se internó con sus huestes en el hostil y proceloso territorio de la Media Luna.

Fue feliz don Muño cuando avistó una comitiva enemiga cuyo séquito deslumbraba por el lujo de sus atuendos y la calidad y alcurnia que sus miembros mostraban. Sin hacer uso de las armas, pues no encontró respuesta armada que justificase ninguna escabechina, los detuvo a todos, gozoso de que no ofrecieran resistencia a su brazo justiciero e implacable.

Pero hete aquí que, de entre los moros principales, uno se dirigió a él con el tono doliente del que, aunque sin miedo, sufre profundamente. Por sus nobles palabras supo que se llamaba Albail y que, junto a su amada Alifra, viajaban en cortejo nupcial para contraer bodas en un cercano alcázar.

Pronto el cristiano corazón de don Muño comprendió que no era gloria, para un caballero de honor como era él, hacer botín de gente principal que sólo le ofreció el blando brillo de la telas de sus vestimentas, sin mostrar siquiera el mínimo destello del acero de sus agudos alfanjes. (Comprendió, la verdad, que les había pillado por sorpresa y de bonito.)

Así ascendió de grado a sus cautivos y, además de no matarles, encarcelarles o, como poco, deshonrarles (costumbres habituales de la época), les atendió como a amigos e iguales y, con gran liberalidad, les llevó a su castillo y les ofreció fiestas para celebrar los esponsales durante quince días y así vivieron mezclados como hermanos árabes y cristianos, esas dos estirpes enemigas más allá de la muerte. (Fueron tan grandes las celebraciones, que hasta se alancearon toros como en Tordesillas, sin incidentes, no les digo más.)

Pasados los quince días, tras buscar la frontera, que ya estaba en otra parte, les devolvió a su reino (casados por la Iglesia, se supone). La generosidad, la hidalguía, el afecto y el agradecimiento sazonaron la grata despedida y en ella se oyeron mil cumplidos. Pero cada cual tenía que volver a su fe, a su patria y a sus esencias puras. Esto era ineludible. Y los dos bandos, con los pendones ondeando enhiestos y las retadoras armas brillando en la distancia, partieron en contrarias direcciones, o sea, en la misma dirección pero en distintos sentidos. Mañana ya, podrían matarse con saña, que para eso eran enemigos irreconciliables hasta el vómito. Que ya valía de tanto pasteleo. Había que volver a la normalidad, que no otra cosa sino ésa, la más elemental, constituye la historia de los pueblos. La violencia, digo. Que marcaba tendencia en las guerras de entonces.

Fue poco tiempo después, tras pasar la frontera por donde estaba ese día, cuando don Muño Sancho dio con el ejército de un moro poderoso. Pero, con inquebrantable fe en su Dios, le presentó batalla. La dicha fe abdujo al cristiano caballero y, convencido de que aquella ocasión sería la excepción del viejo dicho: “Dios protege a los buenos cuando son más que los malos”, se lanzó con los suyos ferozmente contra los agarenos, despreciando la inferioridad numérica.

Pero enseguida se vieron rodeados de enemigos y a don Muño un hachazo le segó un brazo de cuajo. Los suyos le animaron a salir de la batalla, pues no era deshonor retirarse con semejante herida (considerada en la época parcialmente incapacitante por conservar el otro brazo para seguir la lucha armada).

¡Antes morir como Muño Sancho, que vivir como Muño Manco! Contestó el bravo caballero.

Y animó a los suyos, por la fe en el Dios que les guiaba, a meterse en el cogollo de la lucha y allí, rodeados, murieron todos por su fe, con el orgullo intacto, pero, eso sí: cosidos a puñaladas y lanzazos. Tanto fue así que en toda la Cristiandad, para mayor gloria de Dios, más se consideró el hecho martirio que batalla.

Sucedieron ese día dos cosas. La una fue material y muy humana, la otra, anímica y portentosa. Dejaremos la trascendente para el final, pues sin duda se trata de una deleitadora ambrosía espiritual.

Tras la desigual batalla, se vio a un notable, entre los sarracenos, buscar por entre los montones de cadáveres. Topó primeramente con el brazo (eso le dio una pista) y, a no mucha distancia, con el resto de don Muño. No era otro que el moro Albail, el que, con los ojos bañados en agua de tristeza, recogió los restos de su benefactor (y seguramente padrino de boda). Dicen las crónicas que lo envolvió en un xemet bermejo y lo depositó en un féretro de abenut forrado de guadalmecí con abrazaderas y cierres de plata. (Ya, ya, yo tampoco sé lo que es el xemet, ni el abenut, ni el guadalmecí…Pero no me digan que no les suenan estas bellas palabras a lujazo total.)

Y, bajo bandera blanca, lo llevó a San Sebastián de Silos, donde don Muño descansa para siempre.

Pero  viajemos ahora con el alma, a esa velocidad que dicen que es, al menos, la misma que la luz posee. A la fuerza hay que hacerlo, pues en esta historia se relata que Muño Sancho y sus caballeros, fenecidos todos en batalla, fueron vistos en Jerusalén en la fecha y hora de su postrer combate. (Un caso portentoso, sin medios telemáticos)

Un conocido de don Muño lo reconoció en las proximidades de los Santos Lugares y raudo anunció al Patriarca la presencia de tan distinguido caballero y de su séquito. Avisado el Patriarca los recibió en procesión solemne. Los caballeros oyeron misa con recogimiento y cuando, terminada ésta, todos se dieron la vuelta para hablar con ellos, repararon en que los caballeros habían desaparecido ( y, además, sin hacer declaraciones y sin dejar siquiera un comunicado). El Patriarca, sorprendido por lo insólito del hecho, mandó tomar nota de él y de su punto, fecha y hora y, también, mandó emisarios a Castilla. A la vuelta de éstos se conoció que el caballero Muño Sancho y sus mesnaderos habían muerto en batalla el día de la fecha.

“De la guerra santa, a la paz eterna. Antes muerto que manco. Don Muño dio el gran salto.” Así se pronunció el Patriarca ante esa nuevas.

Y muchos cristianos de fe firme, concluyeron que lo mismo que Albail, el moro desposado, mostró un alma agradecida y noble y devolvió tras la muerte el gran favor que don Muño le hizo en vida, no quiso ser menos el Señor Nuestro Señor, Dios de los Ejércitos Cristianos, procurando a don Muño y a sus fieles mesnaderos, que habían dedicado su vida a honrarle con las armas, la postrera visita prometida (aunque fuera por bilocación, dada la urgencia del caso). Y así, por más fugaz que fue la estancia, se vieron trasportados a los lugares a los que, de vivos, prometieron ir. Y viajaron de muertos con la ligereza y discreción que la liberación del cuerpo mortal suele producir en los humanos. Pues todos sabemos que el cuerpo sólo es un ancla que nos mantiene a la fuerza unidos a la tierra y que, cuántas veces, nos impide visitar esos ansiados lugares con encanto que todos, alguna vez, hemos tenido en mente.

Aún hoy, en nuestros días, pese a la violencia controlada que reina en el mundo, pese a la hostilidad contenida que se filtra hasta en las calles de la Jerusalén eterna, muchos de los visitantes se trasponen de gozo en ella y (como si también ellos estuviesen bilocados) exclaman desde lo más profundo de sus ser: ¡Dios mío, qué paz se respira en Tierra Santa!

Y es que todos creemos, sin pruebas fehacientes, que la paz ha de estar en algún lado. Y quizá cuando, como don Muño, logremos alcanzar la velocidad de la luz, demos con ella.

03 enero 2018

Empatiza


-Sr. V. P., ¿cuál es su nacionalidad?
-Rumana.
-¿Por qué vino a España?
-Porque el salario mínimo es tres veces mayor que en Rumanía.
-Pero, por esa misma razón, podía haber elegido Francia, donde es seis veces mayor que en su país. ¿Por qué eligió España?
-Pesaron en mí más las razones de afinidad, de hermanamiento. No sólo por el idioma, sino porque hasta en nuestro himno se menciona el nombre de Trajano. Trajano, nada menos, ¿se da cuenta?, ese ilustre español. Además los franceses son muy suyos, ya lo saben, a ustedes les vuelcan los camiones y les tiran el vino. A nosotros nos echan, vamos que ni nos dejan explicarnos, en cuanto nos ven, de patitas a la frontera, son abominables, qué rumanofobia tienen, mucha Revolución Francesa pero, sí, sí. Esto, sin embargo, es diferente. Siempre he sentido especial afinidad por los españoles, como si Rumania fuera una especie de república asociada a España, como si fuera casi una especie de Cataluña en la Europa del Este. Aunque yo, eso de que España nos roba, no podría decirlo nunca, sería un desagradecido.
-Bueno, bueno, pero Trajano, aunque nacido en España, era un romano de su tiempo y, además, en su himno también se menciona que por las venas de ustedes corre sangre de romano. ¿Por qué no fue a Italia?
-No, no. Mire, no me líe usted. Aquí encontré un trabajo en la construcción, vivía bien, pero durante la crisis lo perdí. No han vuelto a llamarme. Luego ya, vino una cosa tras de otra. Además en Italia ciertas labores están ya muy acaparadas y no se perdona el intrusismo. Italia, ante el mundo, da la imagen de ser un país dulce, pero no lo es, créame. Me imagino que usted estará al día. Hay que ser conformista, a veces, lo enemigo de lo bueno es lo mejor.
-Explíquese usted, Sr. V. P., por favor.
-De Italia, ni de ningún otro país, quiero decir más, porque yo, como sentirme, me siento español. Sí, soy rumano, pero me siento de aquí. No se puede luchar contra los sentimientos. Pero aquí, en España, tras quedar en el paro, pronto se me agotó el subsidio de desempleo y me vi en la calle. Pedí limosna en ella durante meses y viví en albergues de caridad e incluso dormí a la intemperie. Poco a poco las limosnas fueron menguando. Enseguida me vi, primeramente, ignorado, luego, mirado con desprecio y, finalmente, aporofobiado a tope, sin piedad, con esa aporofobia mala, pero mala, mala, ¿sabe cómo le digo? Me costó, juro que me costó mucho, pero fue entonces cuando renuncié a mis principios cristianos (“Es mejor pedir que robar”, por resumir) y, aprovechando mis conocimientos de F.P. en las ramas de cerrajería y electrónica, me asocié para delinquir, lo reconozco y, por todo ello, sufrí persecución por la justicia, talmente como los bienaventurados. Y todos estos hechos los acepto y no los niego, porque a ellos me abocó la miseria y porque de ellos estoy arrepentido mogollón. Afortunadamente, estoy en un país, de democracia contrastada y justicia garantista, que velará por mi derecho a la redención y, después de un castigo justo pero proporcionado, me reintegrará a esta sociedad a la que pertenezco y que ya identifico como mía. Aquí se aborrece el delito, sí señor, pero se compadece al delincuente. ¡Yo soy español, español, español! ¡Oé, oeoeoé…!
-Bueno, bueno, no se venga arriba, Sr. V. P. ... Comprendo su entusiasmo por nuestro país, cosa que le honra y que el país merece, pero guarde la compostura que debe ante este tribunal. ¿En cuántos robos ha participado?
-Hombre, robos, robos, dicho así… Muy pocos, casi no me acuerdo. Pero siempre sin violencia, mire usted. Somos cristianos en Rumanía y odiamos la violencia. Para que se haga una idea, ni siquiera amenazábamos si éramos sorprendidos. Por eso siempre, en nuestras actuaciones, hablábamos en rumano, para no asustar siquiera. Eso tranquilizaba mucho a las víctimas. Ya se daban cuenta de que no éramos ladrones malos de esos que dicen: “Quita de ahí, que te rajo” o “Como no te estés quieto, te corto los güevos” o “Como grites, te saco los ojos con el destornillador”. No, no, nosotros éramos ladrones no violentos, se nos notaba a la legua. Sólo robar y huir, ni tiros, ni puñaladas… qué va, qué va… bueno, ni siquiera una triste hostia, se lo aseguro. Ladrones pacíficos a tope. Lo mismo que le digo una cosa le digo la otra. Mire, en realidad, los de mi gremio somos una especie de okupas del dinero: al que no lo usa, se lo ocupamos. Lo mismo que hacen los perroflautas con los pisos, vamos. Una realidad social totalmente admitida y amparada por la jurisprudencia. Una especie de aplicación del derecho natural. Si lo miran así, seguro que lo comprenderán mejor. Perdonen por el ejemplo, pero es que a veces cuesta mucho que a uno lo comprendan.
-Y, ¿no le da vergüenza que, con sus actos, pueda destrozar la fama y el buen nombre de miles de compatriotas suyos que vienen aquí a trabajar honradamente?
-Pues sí. Eso lo he pensado alguna vez, es el punto más débil de mi argumentación, lo reconozco. Sin embargo, ponderando detenidamente sobre este hecho, yo me pregunto: ¿Hay algún colectivo que se libre de tener en su seno alguna oveja negra, algún descarriado? ¿O es que ustedes no tienen delincuentes autóctonos? ¿Deberíamos ser nosotros, los rumanos, una excepción? ¿Estaríamos entonces verdaderamente integrados? No quiera hacer de mí una excusa para la xenofobia, ustedes viven en una sociedad avanzada que está contra eso. Y, por otro lado, del mismo modo que mis compatriotas aquí, trabajando honradamente, contribuyen al aumento del PIB, ¿acaso no creamos los delincuentes puestos de trabajo? ¿No somos también generadores de empleo? ¿Qué me dice de los cerrajeros, los carpinteros, los fabricantes de alarmas, las fábricas de puertas blindadas, los guardias de seguridad, los psicólogos, los ansiolíticos, los tranquilizantes, la misma policía…? ¿Es que desde nuestra incorporación a la sociedad española no se han incrementado los puestos de trabajo en algunos sectores? Estaría usted ciego si diera la espalda a estos hechos. Y, como le digo, todo a cambio de una delincuencia de baja intensidad, que incentiva la ocupación laboral y que rehuye la violencia y los enfrentamientos: una delincuencia pacifista. Una cosa, en su género, casi aséptica.
-Pero, pese a lo que dice, ustedes se enfrentaron a la Guardia Civil.
-¡Cuidado, eh, cuidado! Que esos ya venían con muy malos modos, que esos sí que venían en plan agresivo, ¡menudos violentos!, que existe el derecho a la defensa propia, que, pese a lo que digan algunos catalanes, esto no es una dictadura… Pues claro que nos defendimos, hasta ahí podíamos llegar. ¡Vamos, hombre!
-Sr. Juez, no necesito más declaraciones de mi defendido, un hombre que demuestra ser más patriota que muchos españoles, un verdadero españófilo. Su detención, evidentemente, se debió a una desproporcionada violencia por parte de las fuerzas de orden público ante unos delincuentes pacíficos, socialmente desfavorecidos y aporizados por la coyuntura económica. Por ello pido la anulación de este juicio y la puesta en libertad de mi defendido, naturalmente, sin cargos. Y, además, reclamo un alegato final de este tribunal en contra de la aporofobia, pues ha quedado constancia de que mi defendido fue aporofobizado sin miramientos y, como consecuencia, se vio abocado irremediablemente a la delincuencia pacífica de baja intensidad. La elección menos mala, póngase en su lugar. Empaticemos todos, señoría. ¡He dicho!


01 enero 2018

Hola, 2018


El primer soplo del año sabe a pereza. También a recuperación. Cada año que pasa nos maltrata en silencio y el primero de enero suele ser un día en blanco. Un día de tregua, para evaluar daños y asegurarnos, totalmente convencidos, que no repetiremos otra vez los errores que venimos repitiendo desde siempre. Esta vez también estamos totalmente seguros de lograrlo. El tiempo, ponderamos filosóficamente, es ese amigo invisible que nos regala siempre lo mismo: optimismo y fuerza. Sin embargo, el tiempo, que siempre caza a la espera, a lo largo del año nos verá caer una vez tras otra en los mismos cepos. Sorry que os diga.

Voy a llevar una vida regular. Y uno se imagina metódico, con las ingestas de comida adecuadas y a su hora y basadas en el más estricto equilibrio dietético, con el necesario ejercicio físico diario adecuado a la edad, tomando con moderación alguna cerveza, para favorecer la diuresis, o algún vino, de altas cualidades enológica tanto en boca como en aromas retronasales, así en plan social, los fines de semana, sintiendo, en fin, que en todos los sentidos somos los dueños de nosotros mismos… Una relación idílica de nuestro cuerpo con el espacio, con el tiempo, con los nutrientes y, en general, con todas las substancias que nos rodean, por tentadoras, sedantes o eufóricas que estas sean. Una relación ordenada que timoneará con mano firme nuestra mente sensata. Da gusto sólo de pensarlo. ¡Huy, jujujuy, qué bien!

Pero la misma organización del tiempo es, en sí, una gran trampa. Para empezar las semanas tiene días laborables, muy favorables para el autocontrol, pero también tienen “findes” y “juernes”, muy propicios para el despendole ciego.
Pero la cosa no para ahí, el camino de espinas es muy largo. En la organización del tiempo hay fiestas: La Semana Santa, los carnavales, la Navidad (del sorteo del Gordo al del Niño), la Semana Grande, la Semana Blanca, las fiestas del pueblo, las que relucen más que el sol (Corpus Christi, Jueves Santo y el día de la Ascensión), el jalogüín, el día de los enamorados, el del padre, el de la madre, el día del trabajo, el blacfraidei, los puentes, las despedidas de soltero, las bodas, los bautizos, las primeras comuniones, las onomásticas, las comidas de empresa, las escapadas a lugares con encanto, los aniversarios, las juras de banderas, el día universal de la simpatía… y, sobre todo, esas bien merecidas vacaciones.
Vivimos un tiempo en el que las fiestas nos acechan a cada paso, como las minas antipersonal esperan, traidoramente ocultas, a la fiel infantería. Ambas cosas deberían estar prohibidas por conciertos internacionales de obligado cumplimiento, hasta para Trump, por el peligro que representan para vidas y bienes. Nuestros hombres públicos (y mujeres públicas) deberían desvelarse altamente resilientes en su implementación. El ahorro público generado debería destinarse a la aporofilia, pero así, por las buenas.

Pero, pese a todo, siempre hay personas íntegras y estoicas que luchan cada día con ese sinfín de efímeras tentaciones y, al igual que contra las olas del mar luchan los hombres viriles (y las mujeres femeninas), no se dejan arrastrar por tentadores espejismos a ninguno de esos oasis caleidoscópicos de desordenada fiesta con que el año les irá tentando.
¿Estarán a salvo estos espíritus abnegados y puros? No y mil veces no, porque incluso los seres de voluntad más férrea, niquelada, rocosa y diamantina, lejos de ser admirados por sus congéneres, se verán tentados por ellos. “Venga, hombre (mujer), que un día es un día”. Fíjense en la evidencia, aparentemente inofensiva: “Un día es un día”. Hasta Rajoy podría haberla inventado y, sin embargo, cuánto mal ha hecho a la Humanidad.
Si esta tentadora frase no hubiera hecho sino abrir una grieta en la resistencia del individuo atemperado, enseguida la acompañarán otras destinadas a generar el boquete definitivo en la coraza de su virtud: “Date un capricho. Pero si estás estupendamente. Cuántos (cuántas) quisieran estar como tú a tu edad.” Y se gozarán en su caída. Así son los familiares y amigos. ¡Qué perfidia!
Año nuevo, vida nueva… y otra vez que no, que no y que no. No hay manera.


29 noviembre 2017

Cobijo, cariño, comida.


Cobijo, cariño, comida. Dicen que son las cosas que una persona necesita para vivir.

Carmen disfrutaba lúdicamente cuando iba variando de situación espacial, al suave y lento ritmo de sus extremidades inferiores, mientras los segundos discurrían como si sus pies los fueran marcando. O sea: paseaba.

¿Cuál es mi cobijo? ¿Será, acaso, en sentido amplio, este país mío al que tanto amo?
¿Cuál es mi cariño? ¿Será, acaso, el que recibo de mis conciudadanos (y conciudadanas), zambullidos todos (y todas) en esa solidaridad que a todos (y a todas) nos hermana?
¿Cuál es mi comida? ¿Será, acaso, la que todos (y todas) producimos en las diferentes ocupaciones que nos amalgaman en la cosa del bien común y que a todos (y a todas) proporciona sustento?
Y, si estas cosas son así, ¿por qué no soy feliz? ¿Por qué no me siento libre? ¿Por qué vivo en este desasosiego? ¿Quién o quienes se conjuran contra mí?

Puede que se trate del cobijo. Nuestro país es la casa nuestra aunque, por las noticias que a diario emanan de los juzgados, para algunos (y algunas) parece más la “Cosa Nostra”. ¿Será veleidoso creer en un nuevo país limpio de corrupción?
¡Qué terca es la Historia! Oye, que ni uno, ni de los viejos, ni de los existentes. ¿Será presuntuoso que mis conciudadanos (y mis conciudadanas) y yo intentemos encontrar, o mejor, crear y creer esa utopía? La idea es tentadora y hermosa y merecería la pena dar la vida por ella. Pero, para esto, necesitamos la independencia. Miraos todos (y todas) en los países independientes.
Claro que hay países independientes donde la gente no es libre. No sé yo si la independencia, al final, sirve con seguridad para algo y si, ese algo, será mejor o peor. Ninguna garantía.
La Historia, os juro que no he visto nada más desmoralizador. Me entra un pesimismo y así como un coraje. La Historia es un coñazo. La madre (y quien quiera que colaborase con ella) que parió a la Historia.

Vale. Pero, ¿y el cariño? Ese sentirnos todos (y todas) un único cuerpo, una única mente, una sola voluntad en pos de la idea sublime, casi mística, iluminados (e iluminadas) por una naciente estrella nueva y rutilante que alumbre un futuro glorioso. Os juro que la idea es una pasada, un auténtico alucine polícromo, me ahogo de emoción, por el Niño Jesús os lo digo. Qué hermandad, qué conjunción, qué comunión, qué fe en un futuro nuevo y deslumbrante. No ya las penínsulas ni los continentes, sino el orbe entero abrazará, el día que la entienda, la grandeza de nuestra original idea de una patria nueva.
Y, lo que es más, nuestro discurrir hasta ella con esta deportividad (mismamente fair play) tan nuestra (nuestro), de ese modo tan pacífico, lúdico, festivo y simbólico, con nuestros generosos corazones puestos en la gran bandeja común, ofreciendo nuestro amor a todo el mundo conocido con el que compartiremos nuestra dicha y al que regalaremos la excelsa calidad de nuestra idea inédita.
Pero maldita Historia, parece que hay precedentes, que lees y repasas datos y ves que: a la más mínima, lo lúdico se convierte en fúnebre, lo festivo en trágico, que lo pacífico deviene, en un segundo, en belicoso. Pero, por favor, qué necesidad tenemos de la Historia, es un manual secular de pésimos ejemplos. Toda plagada de hostialidades (sorry, hostilidades). Debería dejar de enseñarse en las escuelas, de estar al alcance de los niños (y de las niñas), nosotros queremos otra cosa, hombre (y mujer). Un poquito de alegría, por favor. Una cosa tan triste debería de estar oculta y censurada, es un freno para el libre albedrío de las personas puras, honestas y bondadosas. Un compendio de ejemplos tenebrosos. Un antídoto contra la felicidad. Vamos, un asquito.

La comida al menos no nos la quitará nadie. Porque la comida sale de la tierra y a la tierra nadie puede moverla de su sitio. Al menos, por ahora.
Industria, servicios… zarandajas. A veces pienso que esto es una conjura contra nosotros todos (y nosotras todas). Una persona con poquito se apaña. Si me tiras de la lengua, lo que nos sobra son tantos bienes de consumo, tanto afán por viajar, tanto con la modernidad, tanto con el progreso, tanto con la cultura, tanto con la economía… y todo con vocación universal y globalizadora, olvidando a las minorías a las que tanto respeto se les debe. Devoción, verdadera devoción es lo que deberíamos sentir por las minorías.
Vamos que, con todos estos precedentes, es un milagro que España sea un país independiente, ¿cómo?, casi un atraso. Ya está dicho. Y, encima, que por ahí no nos comprendan y nos miren por encima del hombro.

¿Qué queremos? ¿Ser algún día como España? Bonito panorama. Para ese viaje no necesitábamos alforjas. No te digo.

26 abril 2017

3.- Leyenda de las Liliths


María Vanesa de las Mercedes recapituló.
-O sea, que crearon a la mujer independiente e independientemente. Crearon a esa tal Lilith, que dices que se llamaba, y, luego, totalmente arrepentidos, otra que se suponía desalojada del costillar del hombre, la tal Eva. Vamos, una dependiente fraguada desde su origen, un apéndice la pobre, una subordinada nata, un pegote del hombre, un pispajo torácico, una arrimada, una sosa apegada, como una tonta, al pecho que la vio nacer. Vamos, los corruptos haciendo leyes de transparencia. Talmente lo mismo. Y luego decimos de la mujer musulmana, si es que sois todos iguales.
Y su amigo Paco se lo volvió a explicar, tratando de que la Vane no se pusiera de manos:
-No señor, lo que pasa es que la Lilith, la mujer original, les salió mal. O sea, que físicamente les salió muy bien, entiéndeme, que era una real hembra,  pero, mentalmente, era independiente la jodía. En consecuencia: fracaso total.
La Lilith parece ser que iba a su aire, cosa que hacía también Adán  sin que nadie le llamara al orden. Pero como tanta libertad no convenía porque, a saber, ¿para qué sirve la libertad? Pues para discrepar, para ser distintos, para romper la uniformidad, para evitar la ortodoxia, para no seguir el mismo camino, para mear fuera del tiesto y para muchas otras cosas que, en términos religiosos, eran pecado y, en términos sociales, eran delito, pues la creación de la Lilith fue un fracaso. Ni más ni menos.
Si para pecar y delinquir ya estaba el hombre, sólo faltaba que le animara una mujer tan independiente como él que, encima, pecara y delinquiera a su aire o, en el mejor de los casos, le diera ideas. Pues no. Se ve que la libertad no convenía y bueno, puestos a darla, se la dieron al hombre, pero así, a dedo, como a los contratistas. Hala, majo, que, aunque seas un incontrolado, va en tu naturaleza. Y los tíos tan pichis, todos campando por ahí como primos de Dios.
Las Evas a cuidarlos y a mantenerlos en el redil de la creación ordenada, de lo moralmente viable, de lo éticamente sostenible, de atraerlos al redil del arrepentimiento y del perdón. Vamos un equilibrio, una obra de arte de la ingeniería social.
En consecuencia, de la Lilith nunca más se supo, que para eso era una tía independiente y que no se prestaba a componendas. Hala, castigada al anonimato bíblico. Pero a la Eva, pobrecilla, todas las desgracias se las endilgaron. Que si, encima, fue la que engañó a Adán, con lo de la manzana digo, que la pobre no tenía más alcances ni mucho donde elegir. Pero, vamos, que si miramos, a partir de ahí, a las descendientes de la Eva les cargaron con todo. Principalmente con la cosa de la misma descendencia y la vida hogareña. Qué coñazo. Y, fíjate, que con esta última expresión de tedio, tristemente sexista, ya se referían a Eva. Cuidado que lo tenían claro.
En cambio de la Lilith nunca más se supo. Esa no interesaba, era un mal ejemplo. Y todo por qué, porque hacía, por lo visto, lo que le daba la gana. Ni madre, ni mujer hogareña, ni paridora de hatajos de hijos, ni compañera, ni administradora, ni cómplice, ni acogedora, ni laboriosa, ni leches. Una tía independiente que iba por ahí desafiando a los hombres y tocándoles los mismísimos códigos éticos y sociales. Una holgazana, una burladora, una vividora y una tirada que, sin apego a los hombres -salvo algún ratillo entretenido- se lo montaba de puta madre (teniendo siempre fama de lo primero sin ser casi nunca lo segundo). Qué vidorra. Se lo montaba de cojones. Esta última expresión de gozo también es alegremente sexista como todo el mundo sabe. Y, sobre todo, vivía al margen del hombre, monopolizador de la libertad, y eso sí que no podía ser.
Dicen, en confianza, las malas lenguas de los enteradillos bíblicos que la Lilith fue la primera mujer de Adán y, aún en voz más baja, la primera señora que hizo uso del divorcio, de la separación o del más natural, por entonces, “¡ahí te quedas, pichón!”. Pero que, como Adán no podía con ella de ninguna manera, o sea, de ninguna, pues que hubo de creársele otra de su propio cuerpo, como de encargo, por ver si así dominaba a su pareja y seguía siendo el rey de la creación. Vamos, que le hicieron otra casi a la medida, como un primer intento mixto de cirugía plástica y clonación, o sea, como el que le corta un traje pero de la propia carne.
Porque lo que es la Lilith, ¡cómo les salió!, ¡cómo les salió la Lilith! Menuda loba, solitaria o acompañada.
Hasta algunos, con muy mala leche, dicen que Lilith es el nombre de una diablesa, que ya es el colmo del descrédito, vamos como si la hubiesen publicado en sálveme Dios decir las radios, las teles o en los mismísimos sermones de algunos obispos positivamente negativistas de cualquier evolución. Las gentes de orden, que por lo visto son tan antiguas como el mundo, si no más, pues hay quienes dicen que incluso lo fundaron, no la podían ver ni en pintura, ni en el resto de las artes plásticas.
A las Evas más conocidas de la Historia, para acreditarlas, pues cogieron y les llamaron mujeres fuertes de la Biblia pero no por su independencia, que de eso nada, sino porque, además de cumplir con su papel tradicional, todas tuvieron tiempo para hacer alguna barbaridad. Eso sí, heroica.
Así que casi todo el género humano somos descendientes de las Evas, que eran las más predispuesta a criar. Algunos hay que lo son de las Liliths pero, de estos, casi ninguno conoció a su madre, como no le diera por buscarla cuando se hizo grande. Y si la encontró fue a fuerza de fuerza, que las Liliths siempre han sido de estarse poco quietas. Y no lo digo sólo por el triquitraque promiscuo y divertido que tanto les gustaba, sino porque eran de naturaleza errante. Esa misma promiscuidad de las Liliths se veía en los hombres como cosa propia de su naturaleza. En la Biblia no se cortan, todos tenían esclavas, concubinas y una mata de esposas por si se aburrían, pero consideraban vicio nefando esta actitud cuando se trataba de sus santas costillas. A las Evas las querían para casa, las Liliths eran otra cosa.
¿Qué? ¿No te crees esto? Pues peor para ti. A ver, ¿qué quieres? ¿Ejemplos?, ¿pero ejemplos concretos y prácticos? Pues me sobran. Ahí va uno:
Entre otras, por ejemplo, las tías que anuncian las colonias y los perfumes son Liliths. Por eso hay tan pocas y casi todas hablan otras lenguas o la nuestra con un acento super extranjero.
Si las mujeres que vendieran aromas fueran Evas, veríamos orondas o, al menos, redondeadas madres rodeadas de niños, amamantando rorros, acompañadas de hombres de mirada ausente con sobrepeso o, al menos, con barriguita cervecera. Ellas haciendo papillas en la cocina y ellos arreñalados en sofás frente a la tele, con un bote de cerveza en la mano y tres o cuatro vacíos sobre la mesita que, a modo de altar de las ofrendas intelectuales del hogar, hay delante de la aplanadora pantalla plana. Naturalmente, viendo el fútbol con camisetas roturadas con los nombres de sus eminencias los talentos del balompié mundial.
Sí, Eva, bonita, échate, échate ese seductor aroma de Parbouche de Fior y habla con acento extranjero y con voz ronca que, con el olor de las vomitonas, las cacas de los niños y las efusiones gaseosas del marido (que la cerveza abre víscera), ibas a vender tú cabecitas de hostias aromatizadas. Menuda exótica evocación la del pestín hogareño. Ninguna mujer, de las de los perfumes, es una Eva. Eso que te quede claro. Vamos que ningún hombre identifica a “su mujer” como a una anunciadora de perfumes. Ni por pienso. Sólo faltaba eso.
Desengáñate son las Liliths las que venden la colonia. Las han rehabilitado los publicistas, que son unos linces en Historia Sagrada, para la modernidad.
Una Lilith puede ser una mujer aparentemente comedida, metódica, minuciosa, siempre serena, sobria, educada pero distante, una mujer que sabe estar y en ningún momento olvida quien es. Vamos, casi una dama victoriana por encima del vulgo vulgar. Una Lilith emana distancia y misterio. Es algo tan exótico, inalcanzable y fascinante como la verdad en boca de un político. ¿Estamos?
Bien.
Sin embargo, en un momentín dado, le sale la fiera esencia que lleva dentro. Desvela una libertad que pone al homo contra las cuerdas. Claro que no soy “tu mujer”, imbécil, ni la de nadie, yo soy la homa, el femenino del homo pero no su propiedad. Y va la Lilith y se desliza displicentemente entre torsos desnudos de hombres atarzanados, les mira con aires de conocedora, les rechaza displicente o les sonríe prometedora y sibilina. A la altiva Lilith le encanta soñarse tiradaza entre cojines, bañada en aromas, ansiada por los Adanes que, como tales, beben los vientos de su estela, mientras ella enseña garramen entre las gasas sutiles de vestimentas volátiles y no disimula, en su lúbrico reboce por el santo suelo, los insinuantes encantos de todos los golfos del Sudán, el apretado canal del Tetuán y todas las protuberancias y depresiones venusianas.
A ninguna Eva se le permitiría tal desparrame. ¡Sacre Bleu! Como mucho, tacones, traje llamativo y pamela en las bodas y para de contar.
¿Te vale? Pues si no lo entiendes es que estás tonta. Con perdón, María Vanesa de las Mercedes.
-¡Jodá masho tú! Ahora me explico por qué pasa lo que pasa, si es que nos la urdieron desde el Génesis, anda que no ni na. Y las Liliths de publicistas, no, si ya decía yo que las modelos no eran de este mundo. Calla ya, Paco, no me cuentes más que me estás descomponiendo –dijo la Vane.
-¿Cómo que no te cuente más?
-Pero qué machista y qué cabrón. Y te lo digo desde la tolerancia y el respeto. Pero es que, quis, quis, quis, quis, te abofitiaba pero ya, en tiempo real–dijo la Vane.
-Calla, mujer, que ya sé yo que, por mantener la paz, tengo, a veces, incluso que ceder de mis derechos. Pero la verdad, lo que es la verdad, no tiene más que un camino.
-Que te calles ya, Paco, que te la estás buscando sin conocimiento.
-¿Callarme yo? Y si quiero canto otra.

FIN

16 abril 2017

2.- Más sobre Eva y Lilith


-Huy, huy, hoy, hoy, hoy, pero qué mal me huele todo eso. Pero, ¿qué me estás contando, pisha? –dijo la Vane, o sea, María Vanesa de las Mercedes.
-Ya te digo –dijo Paco, positivamente sobrio y lacónico.
-Tú lo que eres es un catacaldos, un enteradillo, un correveidile, un zascandil, un mindundi, un gaznápiro que va por ahí oliendo y cogiendo ideas de cualquier sitio para dártelas de listo. Apuesto a que te has inventado todo eso. Cuentista, amigo de lo inútil, abrazafarolas, jarrón boca abajo, tonto los co… ¡Tontilán!
-¡Qué poquito me conoces, Vane! Lo que te he contado es la más positivamente cierta de las verdades conocidas, te lo juro por mis niños. Y ya sabes que no me gusta exagerar. Y lo que acabas de decirme no te lo tendré en cuenta, porque dudo de que te conste con positiva certeza y porque sé que lo dices desde el cariño, la tolerancia y el respeto.
-O sea, que hasta en la Biblia se venden embrollos y posverdades. Que van los eruditos esos en el asunto, o sea, en el temita ese del Génesis y primero dicen que se creó al hombre y a la mujer, a la vez pero a cada uno por su lado, como si cada uno fuera un ser humano diferente y con su propia idiosincrasia. Esto lo tiene que saber mi Pepe, pero ya.
-Ya te digo.
-Pero luego los del Génesis, sin causa justificada, van y se arrepienten. Resulta que a la mujer, en adelante mencionada como Eva, la sacan de una costilla del hombre, al que ya, por las razones que fuera o por sus tendencias, le motejan de Adán (detalle a considerar) ya desde la noche de los tiempos. Vamos, que hasta en la Biblia se produce un parcheo paleorreligioso para enmendar la plana a la idea original. ¡Huy que manejantes los biblieros, pero qué malos y qué perros! ¡Anda que no ni na!
-Pues eso dice el Génesis. Te pongas como te pongas. Vamos, no lo dice así, lo dice en otros términos, pero lo dice. Ya te digo. Como me llamo Paco.
-¿Oye, y cómo se llamaba la primera mujer, tío listo, esa que era independiente del hombre? –dijo la Vane, irguiendo el busto y poniéndose en jarras.
-Dicen que se llamó Lilith, acabado en th fricativa dental sorda.
-¿Lo qué?
-Vamos, como una z final que no se oye más que casi una mijita. Y cuidado con no morderte la lengua en el intento.
-¡Ondiá! ¿Y el primer hombre, ese que crearon con Lilith, cómo se llamaba ese maromo? –preguntó la Vane, tras fricarse con los dientes un par de veces la dental sorda.
-Aliquindoi, Vane, a lo que sigue. No hay noticias seguras de su nombre. Está todo muy confuso. La historia, a veces, es un conundrum impenetrable y, a la vez, sin salida. Sin embargo, muchos sostienen que Lilith, cuando vio las pretensiones de aquel primer hombre, tomó las de Villadiego y le dejó plantado por déspota y por abusón. Fíjate que hasta en las relaciones sexuales se empeñaba en estar él siempre encima y que la Lilith dijo que ni hablar, que no estaba dispuesta desde el principio de los tiempos a llevar ella encimaza el peso de todo. Vamos, que se lo vio venir. Que la Lilith, dicen, era una mujer positivamente muy intuitiva.
-¡Papo, con el quenandrem ese! ¿Y qué hizo el primer hombre cuando la Lilith se largó?
-Pues, qué iba a hacer, como la Lilith no atendía a razones, se quejó a Dios amargamente. Le dijo que estaba solo y que se sentía muy desgraciado y que, además, no tenía suerte con las mujeres.
-¡Chivato, asqueroso, pelota, agonías, lameculos, bocachancla! ¿Y Dios qué le dijo?
-Como Dios le quería mucho, le dijo: ¡Ay, ay, ay, hijo mío! No te preocupes, Hombre, te haré otra que te obedezca un poco y que no te dé estos disgustos tan morrocotudos.
-¡Anda, muy bonito! ¿Y a la Lilith qué? ¿No le hizo otro hombre menos mandón? ¿Un yogurín amoroso, conciliador y aseado, o algo así?
-Pues no, porque la Lilith no se quejó. Que no era ella de las que iban por ahí lloriqueándole a nadie y menos al Supremo Hacedor, por muy Dios que fuera. Que era ella muy independiente, muy impulsiva, mu arrechante y mu suya.
-O sea, que el segundo hombre creado era en realidad el primero.
-Eso parece, aunque no se descarta ninguna hipótesis. Aquí hay que andarse con mucho tiento, ya sabes, por el asunto del conundrum. Pero la cosa es que Dios, que siempre ha sido muy bueno, viendo sufrir tanto al hombre, viéndole tan desamparado, tan solo, tan inútil y tan poquita cosa, decidió hacer una ñapa por amor a su criatura recién creada. ¿Con quién iba a procrear Adán si la Lilith se le había marchado hecha una fiera? Así que tuvo que hacer un pequeño embrollo para sacar adelante la Creación como Dios manda, o sea, como mandaba Él. Vamos, una chapuza que sólo se les escapa a los ojos miopes o distraídos, históricamente hablando. Como la Lilith no se prestó a ello, pues le hicieron al hombre una mujer de una de sus costillas para ver si con esa sí que se hacía.
-¿Y le salió a Dios bien la segunda?
-Ya lo creo, shosho. A los pocos meses Yavé Dios le preguntó a Adán: “Dime, Adán, Adancito, hijo mío, rey de la creación, así en confianza, entre nosotros: ¿Cómo te va con la nueva compañera que te saqué del costillar, machote?” Y Adán, destilando hemorragias de felicidad en la mirada, le contestó pletórico de gozo al Creador: “¡Oh, mi señor Yavé! Me  va muy bien, no puedo pedir más, soy el puto amo del Paraíso y, además, ¡oh, mi Creador!: ya la tengo preñadita del to. Eres el primero en saberlo, ¡oh, mi Dios mío! Ah, y además, otra cosita te digo, ¡oh, Creador mío de mis entretelas!: La Eva, mu relimpia y ni una voz. Señor: eres el más grande.”
Y el Creador se quedó tan contento y se sintió una mijita orgulloso de su obra y, viendo a Adán tan campante, dijo, con condescendencia, eso de: “¡Hala, hala, a procrear y a llenar la tierra, que das más guerra que un hijo negativamente listo!”

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08 abril 2017

1.- Eva y Lilith


En el primer capítulo del Génesis se dice: “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creo, macho y hembra los creó.”
He aquí una creación simultánea de la mujer y del hombre, ambos a imagen de Dios pero dos seres distintos de la creación. Algo así como los dos platillos diferenciados de una misma balanza en equilibrio, símbolos cada uno de la igualdad. Dos seres independientes y diferenciados, cada uno con su propio peso y personalidad. Y la creación del hombre y la mujer me pareció muy bien. No en vano la hizo el Supremo Hacedor, insistiendo dos veces en que los creó a su imagen. Vamos que la cosa le quedó niquelá.

Sin embargo, algo que ignoramos debió de ocurrir poco tiempo después pues, sin que se den explicaciones, en el segundo capítulo del mismo libro, Dios, por lo que quiera que fuera, se vio obligado a crearlos de nuevo. Pero, esta vez, lo hizo de otro modo.
Primero creó al hombre:
”Entonces Yavé Dios formó al hombre del polvo de la tierra, le insufló en sus narices un hálito de vida y así llegó a ser el hombre un ser viviente.”
A partir de esta nueva declaración divina  comenzaron mis dudas.
¿En qué quedamos? Si ya había creado al hombre y a la mujer, ¿por qué crea de nuevo al hombre? ¿Es que se le estropeó el primero? ¿Acaso se arrepintió de haberlo hecho a su imagen y, más realista, hizo después otro de polvo para que fuera un poco más frágil y menos orgulloso?
Seguramente nunca lo sabremos por esa costumbre que Dios tiene de ser tan hermético y de no dar explicaciones. Un comportamiento que no sé yo de qué me suena.

El caso es que luego le puso en el jardín del Edén junto con todos los otros maravillosos seres animales y vegetales. Pero hete aquí que Yavé Dios dijo: “No es bueno que el Hombre esté sólo, le haré una ayuda semejante a él.”
Es a partir de esta reflexión divina, cuando empiezan a asaltarme las sospechas. Primeramente porque es la primera vez que Dios se refiere al Hombre con mayúscula, detalle que, como a cualquier buen lector, no me pasa desapercibido; y, en segundo lugar, porque el Creador califica de “ayuda” lo que piensa hacerle para que no esté solo, o sea, para que lo acompañe.
Y de nuevo me asaltan, con éxito, las dudas. ¿Es que no había suficientes seres vivos en el Edén para que acompañasen al Hombre?

Y mis temores se confirman cuando poco después, y en el mismo capítulo se dice lo siguiente:
“Entonces Yavé Dios hizo caer sobre el Hombre un sueño letárgico, y mientras dormía tomó una de sus costillas, reponiendo carne en su lugar: seguidamente de la costilla tomada al hombre formó Yavé Dios a la mujer y se la presentó al Hombre, quien exclamó: Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne, ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada.”
Ya, decididamente, Dios menciona dos veces al Hombre con mayúscula y hace a la mujer de una de sus costillas, tras un sueño letárgico como el de una operación quirúrgica.
¿Qué fue de la primera hembra que Dios hizo, creada también a su semejanza?
Algo raro y desconocido tenía que haber pasado.
Y esta creación segunda de la mujer, por los términos empleados, o sea, hacérsela de una costilla y todo eso, me suena a dependencia de la mujer hacia el Hombre y más cuando el Hombre dice que será llamada “varona” porque del varón ha sido tomada. Que es casi como decir: Ésta es mía.
Todo esto, la verdad, empezó a sonarme raro, bueno más que raro, a sonarme mal, bueno, muy mal.
Y además, luego, cuando se la presenta al Hombre, aparecen en boca de éste estas palabras que le traicionan (el lenguaje, a veces, es muy traicionero y, sin pretenderlo, damos mediante su uso las claves de nuestro comportamiento): “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne, ésta será llamada varona, porque del varón ha sido tomada.”
Cómo que ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne… ¿Cómo que ésta sí? ¿Es que había habido antes alguna otra que no cumplió con sus expectativas?
Parece que sí. Y tuvo que ser la primera, cuál si no.
Todo muy sospechoso. Vamos, yo creo, que un misterio y de los gordos.

A lo largo de la historia, y aún hoy, hay algunos varones malintencionados que, a la vista de todo lo anterior, sostienen, con un punto de superioridad, que la mujer fue el único ser vivo que necesitó ser creado dos veces hasta que, a la segunda, a Dios le salió bien. Olvidan, sin duda tendenciosamente, que el hombre (con mayúscula o sin ella) también fue creado dos veces, si hacemos caso a estos escritos.
¿Qué necesidad tenía Dios de crear al hombre y a la mujer dos veces? Sobre todo teniendo en cuenta que Dios siempre se ha caracterizado, como la industria alemana, por hacer las cosas bien a la primera.
Muchos consideran esto el primer descrédito para  la marca “Dios”.

Pero estos obstinados manipuladores sostienen que si bien al principio Dios creó al hombre y a la mujer simultáneamente y como dos seres independientes, vio después que la cosa no había resultado. Inmediatamente, se puso a enmendar su error creando de nuevo sólo al Hombre para después sacarle a la mujer de una de sus costillas. De este modo consideran a la mujer un ser, ya desde su origen, dependiente del hombre.
Lamentablemente, como Dios no les ha sacado de su error, ellos no lo tienen por tal y, por increíble que parezca, hasta hoy en día, sin ir más cerca, tienen a la mujer por su propiedad.
Estos individuos, sin ningún rubor, sostienen que la mujer es el único ser vivo que hubo de ser creado dos veces. Hasta a Dios, la primera que hizo, le salió mal, apostillan con mucho cachondeo. Y, como ni siquiera Dios puede cambiar lo que ya ha sucedido, pues cogió y no tuvo más remedio que hacer otra nueva. No hubo otra solución.

Todo esto le dijo Paco a su amiga María Vanesa de las Mercedes. Así le habló en tiempo real, o sea, ahora, en nuestros días. Vamos que se lo soltó a la cara hace un momento.