Mostrando entradas con la etiqueta carta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta carta. Mostrar todas las entradas

05 septiembre 2016

Debilidad mental

Querida sobrina Luisa:

Te agradezco mucho, dada nuestra diferencia de edad y, consiguientemente, de mentalidad, que te relaciones conmigo y más que me pidas consejo.
Disculpa, propiamente, no me has pedido consejo, pero a los viejos, cuando alguien recuerda que existimos, nos da por exagerar. Supongo que sería más adecuado decir que te interesas por conocer mi punto de vista sobre la actualidad. O, tal vez, ni siquiera tengas esa curiosidad y sea sólo tu cortesía la que me dé un tema para contestarte.
Hoy no se desconfía, ni siquiera se duda de los viejos, como solía ocurrir antaño, simplemente se les elude. Y ninguno puede permitirse ya el lujo de decir, con toda solvencia: “Ya os lo había advertido”, porque la vejez no es un valor cotizado.
Ante todo, creo que las personas hemos de aceptar lo que no podemos cambiar y luchar por lo que podemos construir. Lo primero, a regañadientes, solemos hacerlo todos pero lo segundo sólo lo hacen algunos.
Así la pasividad y la actividad han de saberse elegir según las situaciones. Y cada uno deber mirar de frente y afrontar esa suerte inevitable, la que le viene dada por la lotería inexorable de la vida, pero también pugnar por lo que nadie le dará, ni aleatoria ni voluntariamente, y sólo cada cual podrá obtener en alguna medida.
Pero no seré yo quien exagere sobre las supuestas bondades de la vejez. Tengo mis razones para ello.
En primer lugar, cualquier persona mayor, sufre un deterioro físico que progresivamente deteriora su cuerpo. De esto tenemos evidencias cotidianas que, si acaso nos pasaran desapercibidas, la publicidad nos recuerda a diario:
-Las partículas de oxígeno activo de Sonriduril dejarán su prótesis dental limpia de flora bacteriana.
-Con Secaprostín juegue con sus nietros sin temor a las pérdidas de orina.
-Firme la paz con sus articulaciones durante doce horas con Brincafortil Break-D.
-Olvídese de incontinencias y flatulencias con Oclusive Anopedína.
-Vea en alta definición con lentillas Seefull.
Sería interminable la lista de recomendaciones y consejos publicitarios que llenan de comodidades nuestra edad dorada.
Sin embargo son muy pocos los publicistas que atacan el problema principal: el deterioro del cerebro. Quizás porque si ese deterioro pudiese corregirse no podrían vendernos miles de otros remedios portentosos. Por lo cual deduzco que la ausencia generalizada, en un amplio sector de la población, de un razonamiento claro y riguroso es de lo mejor para el crecimiento de la economía.
Pero sí, dicen que el deterioro del sistema nervioso central comienza a partir de los 45 años. Cosa que, de ser cierta, me pone en fundadas sospechas de mi incapacidad, pues mis neuronas llevan ya muchos años descomponiéndose. Pero, al mismo tiempo, me anima, por tener la certeza de que las personas que gobiernan el mundo también han superado hace años esa edad.
Pero no son las especulaciones, sino los hechos los que confrontan las teorías con la realidad. Así pues te expondré mi comportamiento más reciente, querida sobrina. Tú misma podrás decidir sobre mi degeneración intelectual. Es lo más realista.
Como sabes, querida, siempre he sido conservador. Esta última palabra me llena por dentro. Es para mí como un ancla que impide que mis pensamientos vayan a la deriva. El ser conservador, como un buen traje, da empaque, aplomo y seriedad a uno mismo e influye confianza al prójimo. El conservadurismo permanece, todo lo demás es contingente y, a veces, de puro infantil, innecesario e inconsistente.
Imagínate que hay personas que pretenden que la honestidad y la justicia sean el eje de nuestras vidas. Todo conservador, como es mi caso, está de acuerdo en el fondo de esta cuestión. La idea es irrenunciable. Y cualquier conservador la tendrá por eje de su moralidad.
Pero son las formas las que me preocupan. Una persona debe tener principios pero, si esos principios impiden la generación de riqueza, para qué nos sirven. Ese igualitarismo absurdo que provoca la virtud no impulsa la máquina de la economía. Puede que deje las conciencias tranquilas e, incluso para los creyentes, en paz con el Altísimo. Pero, en esta vida, no basta siquiera con contentar a Dios. A Dios hay que ayudarle.
El poder no puede regir la economía, del mismo modo que la sed no genera agua. La vida de las personas no la rige la justicia sino la codicia. En teoría, todos preferimos el bien al mal, lo justo a lo injusto, pero, el problema, es que tendemos a identificar el bien con lo que nos conviene y lo justo con lo que nos favorece. Eso explica el resultado de muchas elecciones y los ilógicos resultados que algunos partidos obtienen si fuera verdad que las búsquedas del bien y la justicia rigieran las mentes de todos los votantes.
Recuerda el Imperio Español o el Portugués, no buscaron un Nuevo Mundo por altruismo, sino por codicia. Fíjate en el Imperio Británico, que colonizó más de las tres quintas partes del mundo y ahora abomina de los extranjeros en su isla, ¿crees que no actuó siempre a su conveniencia? Recuerda la creación de los Estados Unidos de América, no emergieron sobre un territorio yermo y vacío, sino sobre otros pueblos que, por no molestar al decirlo, diremos que desaparecieron. Y, ¿qué me dices de nuestra iglesia? La primera organización transversal, como hoy se dice, cuyo poder e influencia se infiltraba e infiltra en estados y reinos. Hay innumerables ejemplos de cómo el progreso se basa en la codicia, la iniquidad y la matanza pero, eso sí, disfrazando esos vulgares medios con unos fines tan sagrados, humanitarios y altruistas que a muchos de los líderes que fueron se les admira como a sabios y se les alaba como a santos. Esta es la realidad. Y, como ves, las naciones perduran, las religiones también y todas son instituciones respetables. ¿Qué fue de los que quisieron pervertir este orden?
Sin embargo, hoy la Humanidad ha avanzado. El imperio brutal de la fuerza se ha sustituido por males infinitamente menores, al menos, en nuestro primer mundo. ¿Qué queda de tanta crueldad? Poca cosa, un vestigio insignificante por comparación: la corrupción. Pero, si todas aquellas gestas de la Humanidad crearon grandes cantidades de riqueza, aun reconociendo las barbaridades y los exterminios, no crea menos riqueza la corrupción y, reconozcámoslo también, sin apenas derramamiento de sangre perceptible. Los negocios se basan en ella, la economía se urde entre entresijos de acuerdos secretos y poco edificantes pero, sin esa imprescindible corrupción, que es simplemente una hermanita menor de la codicia, nuestras economías tendrían un encefalograma plano. No habría grandes emprendedores y sin estos grandes ambiciosos muy pocos tendrían que pensar en conservar sus millones de humildes puestos de trabajo. Sería el desastre, el abandono total, la abulia más inenarrable. Y eso explica que, ante la mera perspectiva de que puedan cambiar algo las cosas, millones de aterrados conformistas votan complacientes en las urnas pensando: “Virgencita que me quede como estoy”. El miedo es la forma natural con la que el pueblo expresa su talentosa prudencia. ¿Qué sería de nosotros sin él?
Pero ayer, hoy y siempre hubo, hay y habrá verdaderos enemigos del pueblo que se creen por encima de la historia, que bajo el pretexto de redimir a sus semejantes quieren convertirse en sus nuevos amos y señores. Ya sabemos en qué terminó la revolución bolchevique.
No creas, querida sobrina, en los que pretenden que el agua no moje, que la tinta no manche, que el fuego no queme. Todo pasará y los conservadores permaneceremos. La razón siempre está de nuestra parte. Sé fuerte, Luisa.
Te quiere.
El tío Mariano.

06 agosto 2016

Correo de verano

Querido Paco:

Siento decírtelo, pero es que tú no haces caso a nadie. Mira, el secreto es escuchar. Y también observar, que es escuchar con los ojos. Y tú no haces ni lo uno ni lo otro. Tú crees, naturalmente sin ninguna base, que tu criterio coincide con el de la media de tus coetáneos, pero no es así. Ya te lo digo yo, que lo sepas. Estás en un hiper error, salvo, naturalmente, si se habla de las contingencias meteorológicas. Puede que, por lo general, aquellas personas con las que charles casualmente te den la razón en las conversaciones triviales pero, cuando eso sucede, suele ser por educación o reserva mental o, simplemente, por mantener la compostura, que no todo el mundo es tan rígido como tú con sus criterios. Así que optan por darte la razón.

Si tú, por ejemplo, hablas de esa  atracción tuya por los lugares solitarios, mogollón evocadores, pero que, por esos caprichos de la desinteresada publicidad turística, nadie visita ni conoce, la mayoría de la gente dirá coincidir contigo y, quien más quien menos, te asegurará que tu afición por esos parajes, pueblos y paisajes queda muy corta si se compara con la devoción mística que ellos sienten por tales lares parasidiacos. Sin embargo, seguirás visitando en solitario los lugares a los que aludías. Y, si por casualidad te encuentras con alguien, al habitual “Buenos días”, que tú como un paleto les largarás, te contestarán con una pregunta, formulada con ansiedad, pero vital: ¿Hay aquí Wifi?
Pero no lo estás viendo: te siguen la corriente, Paco. Yo ya, si no entiendes esto…
Supongo que comprenderás que todas estas cosas te las digo por tu bien.

Si le comentas a alguien lo que disfrutas con esos largos y tediosos paseos a pie por senderos sin nombre, por riberas ignoradas o por pueblos desiertos y hundidos, la mayoría de tus interlocutores te dirá, no sólo que coinciden contigo, sino que ellos, sin esos paseos, es que sencillamente no podrían vivir. Y es que la gente, en educación, cada día es más super perfecta. Pero mañana volverás a no encontrar a nadie en esas veredas y lo mismo dentro de un mes, dentro de un año… Bueno, como no sea algún grupo de individuos que practique deporte de alto riesgo o carreras extremas y que, motivados por el amor desinteresado al esfuerzo físico y al fitness, se obliguen a cruzar en el mes de enero, en calzoncillos y camiseta, Los Pirineos, La Sierra Nevada o, como poco, El Curavacas y La Montaña Palentina.
No sé si te das cuenta de que vives engañado.

Ve, como hace todo el mundo, a las playas, a los conciertos multitudinarios, a Cancún, a Punta Cana o, si te va la aventura y lo exótico, vete a un safari fotográfico a Kenia. Y, si te atrae la desolación y la pobreza, hay mil agencias de viajes que, por cuatro perras, te llevan a países miserables y llenos de calamidades, aunque plenty of de encanto y cultura. Hijo, Paco, tienes mil soluciones.
Así que, por favor, no creas a todo el mundo, no te obceques en pensar que te comprenden.

Si dices que no utilizas teléfono móvil porque no deseas estar al alcance permanentemente de cualquier desaprensivo, eso puede ser el no va más. Ahí ya es que te estás descubriendo a ti mismo, estás tirando piedras contra tu propio tejado, te estás desenmascarando al completo, pedazo de zoquete. Algunos puede que digan que les gustaría imitarte pero, en realidad, te desprecian profundamente. Mira, Paco, hay cosas que las circunstancias de la vida hacen imprescindibles. Piensa, por ejemplo en la familia en general, las relaciones en particular, el trabajo, los negocios e incluso la propia seguridad, oye. Hoy, estar incomunicado, no dice nada bueno de ti. No compartir tu vida no está bien visto. No hacer saber al mundo, en tiempo real, tus momentos mágicos como, sin ir más lejos, esa foto a esa fuente de torreznos o a esa paella del señoret o a esa ración de langostinos tigre a la plancha, no dice nada bueno de ti. No sé, no es normal. Una persona que no comparte esos felices avatares de su vida, esos momentos irrepetibles, no es de fiar, sorry que te diga. Bueno, hablemos sin tapujos y digámoslo a la claras, lo que tú eres es un egoísta, un egoísta nato. Y punto.
Te lo digo desde la confianza que tenemos y el cariño que nos une. No te ofendas, es como cuando mi primo me decía: “Aurorita, no seas pija, que te lo van a llamar”. ¿Comprendes?

Y luego ese interés tuyo por los perros. Cállatelo, por favor. No ves que vas contracorriente. Sí, estoy de acuerdo en que, al principio, le caes bien a la gente. La gente tiene sus mascotas, las cuida, comen con ellas en las terrazas, les piden el menú de alérgenos, se bañan con ellas en el mar, las acarician, las besan, les proporcionan sastre y peluquero y las tratan como se merecen: de igual a mejor. Vamos que, a veces, ni con los hijos se tiene tiempo para tanta dedicación y deferencias. Y, a ti, al principio te confunden, y está bien que se queden con esa imagen. Pero tú, como no vives en el mundo, te lías a largar. Parece que te estoy viendo, se te calienta la boca y: que si has tenido no sé cuantos perros, que si ahora tienes dos, que viven a su aire en un amplio corral, que muerden a los extraños, que no los atas nunca, que no los capas, que les dejas aparearse, que les quitas las garrapatas con la mano, que, a veces, sin saber porqué se comen a sus propias crías, que los sacas sueltos por el campo y ya, lo último, lo más denigrante para un perro, es proclamar que, encima, te dedicas a cazar con ellos otras criaturas indefensas a tiro limpio. Pero tú de dónde sales, Paco, qué clase de salvaje puede pretender que se acepte ese comportamiento con los animales. Lo tuyo es abuso animal, lo tengo hiper clarísimo. Tú eres un cavernícola, un auténtico cromañón. Mira, Paco, córtate con lo que dices de los perritos y mantén lo tuyo en secreto, que debería darte vergüenza, que tratas a tus perros como a animales. Y nada, que ni te das cuenta. No ves que la gente les mima como a hijos. No ves que sienten verdadera devoción por ellos. Perdona, Paco, pero he visto pocos hombres más insensibles que tú. Hasta de Atapuerca te habrían echado. Siento ser yo quien te lo diga.

Por último, Paco, decirte que estoy muy mega dolida contigo. No sabes la de fotos que te has perdido por no usar el guasap y, lo peor, es que me obligas a escribirte estos correos electrónicos, que ya son cosa del pasado, para no perder mi relación contigo. Mira, al medio día he comido con Maricusi del Tránsito en Aranda de Duérido. No veas que cuarto de lechazo nos hemos comido entre ambas dos. Y es que no hay, para el corderito de oveja churra, como Casa Florencio. Cómo crepitaba la piel, tan tostadita, y cómo se deshacía en la boca. ¡Te has perdido la foto, por borde!
Te recuerda y te quiere como siempre,

Aurorita de la Berdakeoui

13 junio 2016

Carta a Miguel de Cervantes


Querido y admirado Miguel de Cervantes:

A mi pesar, en la escuela, me obligaron a leer el Quijote. Y tanto empeño y tan poco tacto pusieron en ello mis maestros que primero el libro me aburrió por hacérseme ininteligible. Pero insistieron de modo tan inicuo que, al poco y por tanta obligación y tan poca ayuda, llegué después a aborrecerlo. Y de este triste modo me inicié en la literatura, odiando la principal obra maestra de mi lengua.
Por lo que he sabido después, no fue a mí sólo, sino también a algunos otros lo que esto mismo sucedió. Y, lo que es más grave, que muchos jamás llegaron a remediar esta desgracia y, aún hoy, mencionan este libro con indiferencia, casi con rencor, sin haberlo leído con provecho. Y porfían, en su grandísima desconfianza, que son muchos otros compatriotas los que hablan de él sin haberlo leído.

En este aspecto, que hoy lamento mucho, poco tengo que agradecer a mis estólidos maestros por la parquedad de palabras que usaron, por lo general, para instruirme en el Quijote. Y sus pocas palabras, por ser siempre tan escasas como mi experiencia, me parecían graves y discretas y, además, de ley y de valor pues, todo lo que ralea, suele apreciarse más que aquello que abunda. Y cuanto más y cuando más necesitaba yo saber, menos explicaciones me dieron ellos. Pero, para compensar, era tanta su severidad que abortó ésta muchas de mis preguntas antes de formularlas. Y, de las pocas que se atrevió a parir mi boca, las más no fueron contestadas, quizá porque contra el vicio de pedir al buen tuntún está la virtud de no dar sino menos de lo preciso, costumbre tan cristiana, castiza y española como cruel tantas veces, especialmente para un niño ignorante pero curioso.
Y toda aquella situación la atribuía yo entonces a que mis educadores, en su gran ciencia, no querían acortar mi camino hacia ella, por ser en él donde más suele aprenderse, aunque despacio, todo lo más necesario y principal, pese a los deseos de la propia voluntad, casi siempre vehemente, caprichosa y amiga de lo banal y lo accesorio.
Y, cuanto menos me instruían mis maestros, más me parecía a mí que ellos sabían pues, por ser niño, no conocía aún ese refrán que dice que de donde no hay no se puede sacar. Pero, sea por lo que fuere, ellos se guardaban de hablar más de lo necesario, seguramente porque el que mucho habla, mucho yerra y, por su corta preparación y larga astucia, ambas cosas temían y evitaban.
Todo esto, lejos de favorecer mi aprendizaje, agudizó mi imaginación, que dio en buscar siempre explicaciones, con más o menos fundamento, a lo que ni me enseñaban ni entendía. De este modo mi gran desconocimiento sobre casi todo quedó compensado por una fantasía algo más viva que era, sin duda, tan grande o mayor que mi ignorancia y, por añadidura, mucho más divertida y aunque impertinente a veces, incierta y veleidosa siempre.

Así supe, con el tiempo, que vivía en un país, España, en el que muchos enseñaban sin ninguna gana y aún con menos ciencia y, de todos ellos, pocos sabían algo de provecho. En mi patria, el temer y el recelar eran cosas más importantes que el saber pues, siendo país de viñas, todos sabían bien que el miedo era el mejor guarda. Así, me inculcaron que el humilde temer ayuda a comer con más certeza que el soberbio saber, y que no era nada seguro que se pudiera vivir de este último sin complicaciones, ¿qué vanas pretensiones eran esas?
Nadie me explicó que había nacido en el país de Cervantes, tierra de bien nacidos. Un país de orden y gente de bien. De personas en su sano juicio y de hombres de provecho, todos predicadores de la prudencia, como cada día, de entonces a ahora, se puede colegir por nuestra historia que, de no haber sido así los españoles, aún hubiera sido más generosa en guerras civiles.

Pero, para no extenderme mucho, sólo diré que algún tiempo hubo de pasar para que, al fin, topara con usted, buen Cervantes. Luego supe de su vida. En ella hubo pasajes oscuros, pocos datos fiables, suposiciones y abundancia de bulos. Pero se sabe con certeza que viajó, que conoció el ejército y la guerra, el cautiverio y la cárcel, el poder y la justicia, con sus firmes rigores y sus raras arbitrariedades, que suplicó el favor de los poderosos y que de ellos recibió más olvidos que ayudas, y que fue usted presa de tantos dimes y diretes y amargos contratiempos que dijo de sí mismo ser más versado en desgracias que en versos.  Y como no faltó tecla sin tocar referente a su sangre y a su origen, a su honor, su familia, su honestidad y sus trabajos, así terminó el concierto de su vida por no quedar muy afinado y su fama, como sus huesos, algo desparramada.
Por lo anterior, y salvando su obra, enseguida entendí que fue un hombre vulgar, como cualquiera. Con una vida llena de vaivenes. Que, por añadidura, escribió lo mejor siendo ya viejo. Y así, el miedo y el respeto que, de niño, le tomé al Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, se tornó en un afecto grande lentamente. Hube de leerlo de mayor, y varias veces, para darme cuenta del apego y cariño creciente que hoy le tributo como amigo, que no por otra cosa a usted le tengo, señor Cervantes, por ser padre tranquilo de unos personajes, que tanto pueden enseñar al lector si es discreto y paciente.
Entendí que usted sólo fue un español más. Y que la patria de su protagonista, La Mancha, no por vulgar lo era menos que otras ni más que ninguna y que todas las patrias son igualmente singulares, aunque difieran en historia, geografía y lengua. Que su Quijote y su Sancho trascendían a España, que sus temores e ilusiones eran los de todos, que sus cuitas eran también las mías y que, en lo sencillo de su trabajo de escritor, estaban reunidas las mejores esencias del oficio. Y comprendí que podían tenerse por amigos a ciertos desconocidos, porque la lectura de sus obras les hacía más familiares que a los propios y, su llaneza, más firmes y fiables que a los más sinceros. Comprendí que usted, señor Cervantes, que en un principio me inspiró el respeto de la desconfianza, luego me regaló el secreto de la amistad más seria, calmosa y sosegada. Ésa que cualquiera aspira a tener para que le ayude a vivir y a comprender, cosas ambas que a ser lo mismo vienen.
Y soñé, seguramente con otros muchos de mis semejantes, que todos nosotros, en cualquier parte del mundo, éramos partícipes de un legado de tristeza, de honestidad, de impavidez ante el fracaso que, a todos los empeñados en ciertos ideales, nos daba la talla de personas dignas, aunque honradas, porque el fracaso es el puerto más seguro que le cabe alcanzar al que es honesto. Y que, bien mirado, nuestro paso por la vida no es sino una locura del destino, que no nos dice si nos trae o nos lleva, sino que nos pone a prueba en este corto pataleo que media entre nuestro nacimiento y nuestra muerte. Que la vida es la quimera de muchos desvalidos que vagamos implorando tan largamente, que imaginamos eterno el corto tiempo que pasamos en ella. Y que enseguida, apenas apercibidos de la misma, la muerte pone fin a esta aventura.
Y bien quisiera, antes de que ésta última me lleve, leer de nuevo, y una vez más, durante mi viaje, el que por gracia de su pluma hicieron por esta vida, bella y sin embargo aciaga, don Quijote y su escudero, esencias ambos del amor a las ideas y al pan, que todos tenemos, y al ansia de justicia y cariño, que todos necesitamos.

Vale, Cervantes, querido amigo. No le digo más.

02 diciembre 2010

Carta a una madre muerta

Querida madre:
He comprendido, con el paso de los años, que fuiste una persona normal. “Dios te libre de la hora de las alabanzas”, decía un viejo amigo y dice también el saber popular. Así que, en lugar de alabarte, como parece que procede con todos los desaparecidos, te diré lo que pienso de nuestra vida juntos.
¿Con qué derecho lo hago? Pues con el que me concede el tener tanta antigüedad en el cargo de hijo como la que tú tuviste en el de madre. Y con estas premisas, las de haber sido ambos personas, vengo, por mi parte, a reconocer lo siguiente:
Que, aunque fueses absorbente, estuviste pendiente de mí cuando te necesité.
Que, aunque fueses egoísta, conmigo no lo fuiste hasta que comprendiste que podías serlo.
Que, aunque de pequeño me pegabas frecuentemente, he de reconocer que no sabías corregirme de otro modo o que, por comodidad o por prisas, te parecía lo más práctico.
Que, aunque siempre me pidieras cosas, no las pedías solamente para ti.
Que, aunque fueras comodona, nunca faltaste cuando te llamé.
Que sé que sólo te despreocupaste de mí cuando me consideraste fuerte.
Que, aunque intrigabas para salirte con la tuya, luego solías arrepentirte.
Que, lejos de querer a tus hijos por igual como proclamabas, tenías tus favoritos.
Que, antes que trabajar tú, preferiste que lo hicieran algunos de tus vástagos en provecho de todos.
Que, algunas veces, me creaste mala fama para conseguir que la tuya resaltase por tener que lidiar con un hijo tan indómito.
Que no me contabas siempre la verdad, sino la parte que te convenía.
Que intentabas manejarme, tal vez porque te educaste en que eso era lo que las mujeres debían de hacer para poder sobrenadar en este mundo gobernado por varones.
Que habría algunas otras cosas y matices que tendríamos que discutir o, al menos, comentar con calma. Pero esto ya no tiene objeto, porque no vamos a tener la oportunidad.
Que, dándome cuenta de todo lo anterior, no quise nunca hacértelo evidente por no romperte tus esquemas, ni disgustarte más de lo que la edad, las enfermedades y la vida ya lo hacían, como lo hacen o lo harán con cada uno de nosotros.
Así que, pasados unos meses de tu muerte, no quiero hacerte un panegírico. Por el contrario, y contra la ley no escrita de amar a la madre con razón o sin ella, te confiero el rango de persona normal, a la vez que te equiparo con el tipo de esos seres bienintencionados que cada cual pretendemos ser y que, intentando lidiar con la vida, nos desenvolvemos como mejor nos parece.
Por eso te declaro bienintencionada, de acuerdo con los baremos de tu tiempo. Te declaro práctica y efectiva, de acuerdo con tus intereses y los que considerabas que eran los de la familia. Te declaro cariñosamente irregular. Te declaro amorosamente partidista. Te declaro parcial. Te declaro injusta. Te declaro administradora del cariño, y de todo lo demás, bajo tus parámetros personales. Te declaro, al fin y al cabo, una persona corriente, como lo somos todos, y que hizo lo que supo, pudo y se le ocurrió.
Con amor, pero sin esas admiraciones ciegas que al cargo de madre se le presuponen, te envío un saludo cariñoso, allá donde estés, y te deseo lo mejor. Tal y como tú lo procuraste, en tu criterio, para todos nosotros cuando en esta vida estabas.
Sin embargo, pese a todo, me tengo que declarar dolorosamente huérfano de ti, porque mis dolores ya no encontrarán jamás tu amparo ciego.
Con cariño,
Tu hijo.