
A primera hora de la mañana, bajo la sombra y en el seno de una fresca brisa, suave y agradable, me entretengo en ver pasar a los campistas en este camping caro de la costa. Hay un lento, monótono, desperdigado, pero casi constante, desfile a los servicios. Dilato perezosamente el tiempo observando la espontánea procesión que, en forma de goteo variable, desemboca en la puerta de los pabellones para la higiene masculina y femenina. Mira, me digo, vamos y volvemos, también nosotros, como hormigas.
Algunos van con un aire cansado y despistado, como si siguieran a los demás sin saber muy bien a donde van; otros vacilan como desubicados o deslumbrados por un sol que a horas tan tempranas les ofende; pero, hay otros, que van firmes y seguros, con un paso constante y decidido, como si fueran a cumplir, casi militarmente, con la primera obligación de la agenda diaria. Algunos salen de las tiendas, se desperezan y se ponen a lavarse los dientes, sin más trámite, mirando al infinito y, a tenor de lo que tardan, perdiendo la noción del tiempo en la tarea.
Los guapos y las guapas desfilan luciendo agradables conjuntos veraniegos que, cuidadosamente desaliñados, resaltan las perfecciones de sus cuerpos. Hay quien, más que encaminarse al WC, parece que desfile por la mismísima pasarela Cibeles.
Es también, este desfile improvisado, ocasión más que idónea para mostrar esos tatuajes tan excéntricos que se han puesto de moda y también los piercings más inverosímiles. Y así pasan los cuerpos, como mapas andantes, de sensibilidades y mentalidades que se pretenden inefables y que, por eso, se llevan dibujadas en la piel o taladrando la misma, de continuo y para siempre, para no tener que dar explicaciones. Sin tatuajes ni piercings sólo se puede ser un ser vulgar, sin imaginación ni personalidad o, como poco, un paleto indiferenciado, casi un anormal.
Frente a la indolencia y lentitud de la mayoría, que prepondera en el camping, siempre hay unos pocos atareados que se mueven sin cesar, incansables, haciendo cosas sencillas pero de un modo constante y rápido, sin parar un momento, como si una acción llevada a cabo se encadenara a la siguiente. Atacan un poco.
Así pasan estas primeras horas de la mañana. Un gato blanco con un cascabel al cuello se tumba indolente sobre la hierba casi a mis pies. Los gorriones y las palomas pululan en los árboles sobre mi cabeza. Unos pían desaforados mientras hacen viajes incesantes al suelo en busca de migas, semillas o insectos y, las otras, arrullan de modo intermitente. Me voy despertando del todo con la mañana y llega mi momento de desfilar a mi vez, con poco garbo, hacia el lugar común de los servicios. Como hormigas.
Algunos van con un aire cansado y despistado, como si siguieran a los demás sin saber muy bien a donde van; otros vacilan como desubicados o deslumbrados por un sol que a horas tan tempranas les ofende; pero, hay otros, que van firmes y seguros, con un paso constante y decidido, como si fueran a cumplir, casi militarmente, con la primera obligación de la agenda diaria. Algunos salen de las tiendas, se desperezan y se ponen a lavarse los dientes, sin más trámite, mirando al infinito y, a tenor de lo que tardan, perdiendo la noción del tiempo en la tarea.
Los guapos y las guapas desfilan luciendo agradables conjuntos veraniegos que, cuidadosamente desaliñados, resaltan las perfecciones de sus cuerpos. Hay quien, más que encaminarse al WC, parece que desfile por la mismísima pasarela Cibeles.
Es también, este desfile improvisado, ocasión más que idónea para mostrar esos tatuajes tan excéntricos que se han puesto de moda y también los piercings más inverosímiles. Y así pasan los cuerpos, como mapas andantes, de sensibilidades y mentalidades que se pretenden inefables y que, por eso, se llevan dibujadas en la piel o taladrando la misma, de continuo y para siempre, para no tener que dar explicaciones. Sin tatuajes ni piercings sólo se puede ser un ser vulgar, sin imaginación ni personalidad o, como poco, un paleto indiferenciado, casi un anormal.
Frente a la indolencia y lentitud de la mayoría, que prepondera en el camping, siempre hay unos pocos atareados que se mueven sin cesar, incansables, haciendo cosas sencillas pero de un modo constante y rápido, sin parar un momento, como si una acción llevada a cabo se encadenara a la siguiente. Atacan un poco.
Así pasan estas primeras horas de la mañana. Un gato blanco con un cascabel al cuello se tumba indolente sobre la hierba casi a mis pies. Los gorriones y las palomas pululan en los árboles sobre mi cabeza. Unos pían desaforados mientras hacen viajes incesantes al suelo en busca de migas, semillas o insectos y, las otras, arrullan de modo intermitente. Me voy despertando del todo con la mañana y llega mi momento de desfilar a mi vez, con poco garbo, hacia el lugar común de los servicios. Como hormigas.







