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04 septiembre 2009

El desfile


A primera hora de la mañana, bajo la sombra y en el seno de una fresca brisa, suave y agradable, me entretengo en ver pasar a los campistas en este camping caro de la costa. Hay un lento, monótono, desperdigado, pero casi constante, desfile a los servicios. Dilato perezosamente el tiempo observando la espontánea procesión que, en forma de goteo variable, desemboca en la puerta de los pabellones para la higiene masculina y femenina. Mira, me digo, vamos y volvemos, también nosotros, como hormigas.
Algunos van con un aire cansado y despistado, como si siguieran a los demás sin saber muy bien a donde van; otros vacilan como desubicados o deslumbrados por un sol que a horas tan tempranas les ofende; pero, hay otros, que van firmes y seguros, con un paso constante y decidido, como si fueran a cumplir, casi militarmente, con la primera obligación de la agenda diaria. Algunos salen de las tiendas, se desperezan y se ponen a lavarse los dientes, sin más trámite, mirando al infinito y, a tenor de lo que tardan, perdiendo la noción del tiempo en la tarea.
Los guapos y las guapas desfilan luciendo agradables conjuntos veraniegos que, cuidadosamente desaliñados, resaltan las perfecciones de sus cuerpos. Hay quien, más que encaminarse al WC, parece que desfile por la mismísima pasarela Cibeles.
Es también, este desfile improvisado, ocasión más que idónea para mostrar esos tatuajes tan excéntricos que se han puesto de moda y también los piercings más inverosímiles. Y así pasan los cuerpos, como mapas andantes, de sensibilidades y mentalidades que se pretenden inefables y que, por eso, se llevan dibujadas en la piel o taladrando la misma, de continuo y para siempre, para no tener que dar explicaciones. Sin tatuajes ni piercings sólo se puede ser un ser vulgar, sin imaginación ni personalidad o, como poco, un paleto indiferenciado, casi un anormal.
Frente a la indolencia y lentitud de la mayoría, que prepondera en el camping, siempre hay unos pocos atareados que se mueven sin cesar, incansables, haciendo cosas sencillas pero de un modo constante y rápido, sin parar un momento, como si una acción llevada a cabo se encadenara a la siguiente. Atacan un poco.
Así pasan estas primeras horas de la mañana. Un gato blanco con un cascabel al cuello se tumba indolente sobre la hierba casi a mis pies. Los gorriones y las palomas pululan en los árboles sobre mi cabeza. Unos pían desaforados mientras hacen viajes incesantes al suelo en busca de migas, semillas o insectos y, las otras, arrullan de modo intermitente. Me voy despertando del todo con la mañana y llega mi momento de desfilar a mi vez, con poco garbo, hacia el lugar común de los servicios. Como hormigas.
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12 junio 2009

Organización

¿Qué ocurriría si cincuenta acordeonistas, por ejemplo, se pusieran a tocar simultáneamente en la Plaza Mayor? ¿Y si, además, lo hicieran todos los días? Seguramente terminarían cansando, abrumando, agobiando y la gente protestaría por tanto músico pedigüeño junto y, probablemente, les echarían.
Eso no ocurrirá. Dos gitanos con suéter negro controlan el flujo de acordeonistas rumanos en la plaza. El viejo manda al joven que, a regañadientes, obedece o, mejor dicho, termina obedeciendo siempre. Le manda tantas veces y a tantas cosas como se le ocurre. El joven se insolenta y protesta, pero el viejo le mira con desprecio frío, sin perder el talante, y no hace caso de sus gestos y bravatas porque sabe que el joven terminará siempre obedeciendo. Son morenos, cetrinos, el viejo es barrigudo y el joven es cimbreño y tienen, permanentemente, cuando miran la plaza, un gesto amenazador, como anuncios mudos de un peligro latente. Comen los bocadillos, que el viejo le mandó buscar al joven en el último recado, y beben unos botes de cerveza mientras controlan el flujo de personal en la gran plaza. Ocupan butacas de una de las terrazas sin consumir nada, pero nadie les llama la atención ni les incomoda, bien por gentileza del dueño o bien porque éste desea tener la fiesta en paz. Nos descubren observándoles y nos miran desafiantes, con indisimulada chulería y con cara de estar dispuestos rompernos el bautismo a poquito que insistamos, pero mantienen las formas porque, hasta ahora, todo les va bien. Enseguida se desentienden de nosotros.
Llega un nuevo acordeonista, les presenta sus respetos y se sienta con ellos. Espera con calma a que el acordeonista que, en estos momentos, va tocando de terraza en terraza acabe su ronda. Él no empieza la suya hasta que los dos de negro le dan la venia. El que ha terminado, un acordeonista que ha tocado mientras su mujer pasaba el platillo por las mesas, vuelve al lado de los dos calorros. Se sienta a su lado mientras la mujer, algo apartada, permanece de pie. Fuma un cigarrillo junto a ellos y apenas cambia cuatro palabras. Luego arreglan cuentas y se va. Al poco rato llega otro, les saluda y se sienta a esperar su turno. El ciclo continúa. Organización europea.
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18 octubre 2007

Jarro boca abajo


Hacía cuatro años que no le había visto. Apenas identificaba al hombre de aspecto estrafalario que se acercaba a mi encuentro sonriendo desde unos cuarenta metros. A pesar de su aspecto cuidadosamente desaliñado, su barba de una semana, sus anticuadas gafas de concha de lentes redondas y el remate de una gorra de visera como esas que llevan los hijos de Julio Iglesias y otros modernos, a pesar de su camisa hawaiana y sus pantalones amplios con la bragueta a medio muslo, casi al estilo de los cholos, a pesar de todo el disfraz, finalmente le identifiqué, era Pepe.
Nos saludamos y, desde el principio, noté en él una especie de ostentosa dificultad para hablar en castellano, como si tuviese que traducir a su lengua madre las palabras desde el otro idioma en que su pensamiento funcionaba. Hacía abundantes paradas que rellenaba con sonidos guturales hasta que fingía encontrar la palabra castellana que quería emplear. No me extrañó, era la actuación de siempre y, aunque ya la conocía, permanecí impasible. Esta vez su público era yo, ¿es que no recordaba lo bien que le conozco? Obviamente le conozco bien y sabía que hacía eso cada vez que venía a España después de pasar una larga temporada en los USA. Recordé que lo hacía adrede, por un cierto afán de hacerse notar, como si fuera un personaje de leyenda al que tuviera que hacerle su contribución personal para que no pasara desapercibido. Sus esfuerzos por fingir, a sus más de sesenta años, el olvido de su propio idioma eran tan notorios como forzados. Hacer esas cosas siempre le había gustado. Le daban un aire muy cosmopolita, como de turista perdido en un aeropuerto internacional. Notaba, habitualmente, en los demás, una mezcla de admiración y de atención a su desvalimiento de sabio despistado. Eso le encantaba. Era demasiado, al cabo de la conversación supe que llevaba ya año y medio aquí.
Poco a poco, entre sus abundantes e innecesarias citas en inglés, con un acento más recalcado y gutural que el de los propios nativos, y mientras su cabeza rebobinó y cayó en la cuenta de que yo conocía su vida aquí y allá y toda su presentación habitual, me contó que técnicamente se había jubilado en el Departamento de Educación de California y que ahora volvía aquí a consolidar sus derechos laborales en el trabajo que había tenido durante sus estancias alternativas en España. Encajé el eufemismo grandilocuente que empleó para hablar de su jubilación y le devolví el alarde diciéndole que me alegraba de que el Departamento de Educación de California hubiera podido prescindir de sus servicios en una high school de un barrio marginal de L.A. Poco a poco fue abandonando su actitud despistada, su acento extranjero, sus pausas forzadas y, yo creo que en atención a mi indiferencia ante su despliegue histriónico, terminó hablándome, en el castellano que todos usamos para andar por casa, de la mujer que había dejado en los USA y que ya no le necesitaba, de sus hijos todos ya colocados en puestos con futuro y a los que tampoco les era ya necesario, de su madre en el pueblo, que sí le necesitaba, pero que estaba allá, casi en Portugal, al cuidado de una hermana y, cómo no, de sí mismo. En este último aspecto, su actitud intelectual más profunda y novedosa era que últimamente se estaba reinventando. Modestamente creo que eso es lo que ha estado haciendo toda la vida, además de estar permanentemente perdido su interés para todo trabajo y para toda persona que no fuera la suya.
Estando en su pueblo hace muchos años, cuando apenas le conocía y su puesta en escena me impresionaba, llegué a decir un día, a solas en presencia de su padre, que Pepe era un hombre dedicado al estudio y a la investigación y que, aunque a las cosas prácticas no les tuviera apenas apego y tampoco se interesara por ellas, en el fondo era un hombre muy inteligente y preparado. El viejo me observó con atención y me dijo secamente: No te engañes, mi hijo es un jarro boca abajo.

11 junio 2007

Dramatizar

Cuando pasas muchas horas en la sala de espera de urgencias de un hospital pues observas de todo. Miras y eres mirado, eres observador y observado. Hoy hay muchos gitanos, por ejemplo, y pocos inmigrantes. El otro día estuve con una gitana de Plasencia, pero que tiene un piso en el Pan Bendito y que me contó que “a su hombre le han operao y mu bien todo pero que ahora le sale miseria por el bujero, que se ve que se la encestao la costura”. Otra que ella es la mala, “por dios santo qué penitas que a nadie se lo desea, que está fatal de las verticales...” Por la noche llegan algunos pinriquis a que les pongan la metadona y hay veces que los pobres deambulan por los jardines un buen rato antes de dar con la puerta de urgencias, así vienen, certeros ellos. Son inofensivos pero con la cara de volaos que llevan asustan a la gente. “Mire, como que el otro día me pegó uno un susto que me quedé totalmente dramatizada”, me dijo una señora muy peripuesta y todavía de buen ver, toda interesante ella y con un pestín a Tulipán Negro de esos que tiran de espaldas. Yo sí que te dramatizaba a tí a poquita intención que pusieras de tu parte, le soltó un castizo de mediana edad mirándola con descaro. Debió captar la mirada porque sonrió pasándose la lengua por el labio inferior discretamente. Siguió su camino pero parece que no le hubiera disgustado la idea. De repente hacen su aparición fulminante un par de coches de la policía nacional y entran a todo correr y porras en ristre hacía alguna dependencia interior de las urgencias, al cabo de diez minutos salen con un joven esposado al que con esposas y todo apenas logran dominar, tal es su grado de excitación. Le meten en la parte de atrás de uno de sus coches y se lo llevan. A eso de las tres de la mañana aparece una pareja de jóvenes que no se sabe de donde vendrán, vienen en una moto de 49 cc. que conduce ella y buscan afanosamente que les reciba no sé quién. La criatura es un cromito pues viene como de fiesta y de cintura para arrriba sólo lleva un minúculo sujetador plateado tan pequeño que sus pechos de adolescente se le salen por arriba y por abajo y por los lados. Ni en la playa he visto algo así, pero ella, como loca, se pasea por aquí y por allá orgullosa de la rosa que lleva tatuada en un omoplato y de lo buenísima y supersexi que se encuentra. Las mujeres maduras la observan y dicen por lo bajo: ¡Pero, hombre, por dios! en ese tono de conmiseración que tan bien les sale.
Las horas caen una tras de otra y a los pocos días ya todo te resulta familiar y de algunas personas sabes ya lo que les pasa o a ver a qué enfermo van, o si te van a pedir 40 céntimos para un café o a quién le puedes pedir tú un favor si te hace falta. Ya sabes a quién le caes bien y quien te elude. Ya somos como un pequeño pueblo de población algo volátil, eso sí, pero domiciliados todos por unos días al menos en la sala de espera de las urgencias, todos con el mismo objetivo: que alguien no se nos muera.

09 junio 2007

12 de Octubre


A su familiar hay que llevarle urgentemente con una UVI móvil al hospital 12 de Octubre de Madrid, es el lugar más cercano donde hay una UCI de politraumatismos. Si le dejamos en este hospital se muere y esperemos que no lo haga en el camino, está muy grave. No se preocupe, la UVI no va deprisa y no es difícil seguirla, recuerde que su matrícula es la 2835-I, por si se despista usted entre el tráfico.
A los pocos minutos, la UVI móvil me dejó atrás, muy atrás, entre el espeso tráfico de la autovía A2. Mientras ella se abría paso con su sirena y dejaba una estela abierta, como una poderosa lancha fueraborda, entre el intenso tráfico de la autovía, eran otros, y no yo, los que aprovechaban la estela de su rebufo para avanzar a toda velocidad entre los vehículos que, impresionados por el despliegue audiovisual de luces y sirenas, se apartaban. Sólo, entre la gran masa de tráfico, me perdí tres o cuatro veces hasta que, por fin, dí con el hospital, tras casi dos horas de viaje. De la UVI móvil sólo guardaba el recuerdo de su matrícula, cuya memorización no me sirvió de nada.
¿Dónde está Tomás Galgo?, pregunté en Información de la entrada principal.
Vaya usted a recepción de urgencias y pregunte allí, me dijo una voz amable sin mirarme.
Espere, no se ponga nervioso, tardaremos, pero se le llamará por megafonía. Me dijeron en la recepción de urgencias.
Eran las siete de la tarde cuando entré en la sala de espera de urgencias. Era una sala en forma de elipse. Sobre las paredes, a una altura de unos 4 metros, en los extremos más alejados de la elipse tenía dos televisores a gran volumen. Hileras de asientos paralelos entre sí se alineaban mirando a ambas televisiones. Los cerca de cien asientos estaban casi todos ocupados. Casi la mitad de la elipse era un ventanal que daba al exterior y el resto de ella, la interior, daba a los servicios de mujeres y de hombres y tenía máquinas expendedoras de cafés, infusiones, aguas, refrescos y alimentos para aguantar, tipo bocadillos, chocolatinas, frutos secos, donuts, zumos, yogures líquidos...
Un conjunto de gente dispar llenaba esta sala de espera. Gente de modesta vestimenta y variada procedencia, inmigrantes de todas clases (americanos, africanos, musulmanes, de los países del este, asiáticos…), gente algo más distinguida que parecía preguntarse a sí misma ¿Pero yo, qué hago aquí?, gitanos en tropa, alguna mujer sola con cara de pena honda, hombres menudos y nerviosos que no paraban de sacar cafés de las máquinas, algunas mujeres bellas que con dejadez desparramaban sus jóvenes cuerpos con la cansada indolencia de la larga espera… Todos mirábamos a los demás conscientes de nuestro propio espectáculo de personajes perdidos, tanto en la espera como en lo inhabitual del lugar.
A las 11 llamaron por megafonía. Era sólo para decirme que me tranquilizara, que no me habían olvidado, pero que aún no tenían noticias para mí.
La sala de espera estaba más tranquila. Muchas personas la habían abandonado ya, cumplidos sus objetivos. En eso entraron, sobre las 12 de la noche, un grupo de mocetones lustrosos de los países del Este. Ocuparon una buena parte de la sala y sacaron bebidas y donuts de las máquinas. Se ve que se reunían allí por ser los precios de las máquinas más asequibles que los de los bares (40 céntimos el café con leche y 1,20 euros el par de donuts). Poco a poco fueron entrando otros inmigrantes con ropa sucia y pobre, eran sudamericanos. Estos últimos venían con sus macutos pequeños a la espalda y se sentaban discretamente en las filas de sillas más alejadas de la puerta. Sacaban algún alimento de sus mochilas, a veces, lo compartían con el compañero y luego, lentamente se iban tumbando gradualmente, como con disimulo, hasta quedar dormidos en la penumbra de los últimos asientos totalmente tendidos sobre tres de ellos. Desocupados y sin dinero, venían a refugiarse allí para evitar el frío relente de la noche. A los pocos minutos, rendidos por el azaroso día sin ventura, dormían como benditos, a veces con el bocadillo a medio comer apenas sostenido en una mano.
Cuando los del este acabaron sus cafés, sus donuts y su conversación se levantaron y se fueron en tropel como habían entrado. Los sudamericanos dormían ya profundamente con el pesado cansancio que sus caras de buscadores desesperados reflejaban. ¡Maldita puta madre patria, para qué vine aquí!
Familiares de Tomás Galgo, pasen por información. Clamó el sistema de megafonía a la una y media de la madrugada.
Suba a la planta primera, UCI de Politraumatismo. Póngase esta pegatina para los de seguridad. Espere a la puerta de la UCI, donde le informarán. No pase hasta que no se lo indiquen.
Una mujer menuda, con el pelo largo y rizado y cara de lista me pide que entre en un pequeño despacho.
Su familiar está muy grave. Tiene fractura de cráneo con sección de meninge, rotura de tres vértebras cervicales afortunadamente sin seccionamiento de médula, rotura abierta de húmero, fractura de dos costillas, una herida profunda en el cuello, varias hemorragias, erosiones y contusiones en muchas partes del cuerpo… seguramente aparecerán más lesiones que aún no le hemos descubierto. Se ha deteriorado su nivel de consciencia y en estos momentos está entubado y con respiración asistida. Como ya le he dicho su estado es muy grave y su pronóstico muy incierto pues todo depende de que le podamos estabilizar. Si lo conseguimos tendrán que empezar con él los neurocirujanos pues si la lesión de la cabeza no se neutraliza, las demás serían secundarias. ¿Me ha entendido usted?
Sí.
Pues entonces quédese hasta que yo le avise. Si no le estabilizamos puede morir en cualquier momento.
Eso haré. Muchas gracias.
A las 5 de la mañana estabilizaron a Tomás Galgo. Primero me dejaron verle. No le reconocí. El camión que le había pasado por encima esa mañana lo había transformado.

04 junio 2007

El satélite

El satélite no para de dar vueltas a tu alrededor y está en permanente comunicación. Así que satélite es. Además, por lo que cuentas, eres la ilusión de su vida. Ese puntito de adrenalina que le pone especialmente. Por eso se la juega no sólo incluso delante de tu marido sino, precisa y ostentosa e intencionadamente, en los morros de tu marido porque eso le pone aún más. Entre lo redomado y lo sado se siente un boina verde del amor, el comando más intrépido del sexo, el satélite lo pasa bomba con esos subidones que le provoca el considerarse un ser tan listo como para meterse en la boca del lobo y salir airoso. Ni comparación con los puticlubs de carretera que frecuenta, ni color, querida. Es imposible que esas gestas no se las esté contando a sus amiguetes de barra y no ya sólo por la beldad conseguida, que ya cree en propiedad, sino, y aquí reside el gran mérito de sus pícaras andanzas, por la valiosa colaboración de tu marido que, sobre cornudo, sale burlado hasta el punto de servirle como su bobo colaborador. Cuídate, amiga, estás pisando terreno peligroso. La gramática parda del satélite le tiene entrenado para la disputa, las negativas, la lucha caracolera, el descaro más vergonzoso, el riesgo más temerario... porque ese es su mundo, pero su vanidad no soporta el silencio. Silencio es igual a desinterés, a olvido. Ahí pierde los papeles y no sabe qué hacer para recobrar el enfrentamiento, la respuesta, sea cual sea. El silencio mantenido le deja sin tierra bajo los pies y eso no lo aguanta. Ya lo sabes, querida, tú misma. Entraste por vanidad en este enredo y ahora no sabes salir. Serena tu cabeza y deja que ese botarate siga a la deriva. No mereces que te arrastre con él.

03 junio 2007

Paseo de Otoño

El día amanece con la lentitud de siempre y, tras la penumbra del alba, el cielo gris lo impregna todo de monotonía. La luz es del color de la cara de un carbonero, pero no llueve. Dejo mi casa a las ocho y camino con indolencia, disfrutando de la mañana que, aun en su grisura, es muy agradable. No hace aire ni frío. Camino por una ciudad a la que aún no le ha venido del todo el alma al cuerpo. No tengo prisa, dispongo de tiempo más que de sobra para llegar a mi lugar de trabajo. Atravieso con lentitud las calles. Va a ser, mi paseo, el primer placer del día. Me encanta. Lo hago casi a diario, pero no me aburre. Las ciudades, como los buenos libros, se pueden releer muchas veces y siempre hay algo nuevo que se nos pasó o que no estaba y, de repente, aparece.
Los vecinos de un bloque cercano a mi casa, hartos de las juergas, de las pintadas y del botellón del fin de semana en el hermoso patio interior de su bloque, han decidido cerrarlo. Lástima porque ya me había acostumbrado a atravesarlo cada mañana. A uno, con los años, le molesta que le cambien las rutinas adquiridas. Enseguida bordeo el bloque por unos soportales con comercios y bares cerrados. Casi sin darme cuenta llego a la iglesia de San Antonio, una de esas birrias de ladrillo que se hicieron en los años 70 cuando la iglesia estaba de apertura y Cristo llegaba de Palacagüina, hijo de José y una tal María... Si no fuera por las cruces cualquiera pensaría que es un garaje. Enfilo la calle de la Virgen de la Soledad, más conocida como la Llanilla.
Los pocos transeúntes caminan raudos y mirándose de reojo, como vergonzosos de romper la intimidad ajena pringada aún de somnolencia. Cada cual sabe a donde va, nadie titubea y todo el mundo va con la misma seguridad que guía a las hormigas. Los caminos de la gente se entrecruzan. Los automóviles circulan más deprisa de lo normal. Sus conductores han apurado el tiempo de descanso y, nerviosos por la hora, apuran también el de los semáforos. Suena intempestivo el claxon al mínimo despiste del prójimo. Los peatones miran la cara airada del que pita con una pizca de desdén. Y parecen preguntarse por qué tenemos que pagar todos nosotros su impaciencia, su prisa y su mala educación.
En la Llanilla, recuerdo esta misma calle con las charangas vibrantes, en ya lejanos septiembres, llena de público que, por ferias, baja a la plaza de toros. Mi abuela Pilar siempre estaba asomada al balcón del piso de mi madre para ver la animación. Mi suegro, los amigos taurinos y yo la saludábamos muy contentos al pasar. No era para menos, veníamos de tomar café y copa. A la salida del espectáculo una marea humana, decepcionada las más de las veces, se deslizaba entre un atasco de coches, peñistas y peatones variados hasta diluirse poco a poco por las calles adyacentes.
Hoy la calle está en calma y sólo algún bar alberga a unos pocos madrugadores que desayunan presurosamente. Los barrenderos suben por las aceras haciendo su trabajo de mirasuelos resignados. Las casas son casi todas nuevas y, de mi abuela, en el balcón de mi madre, sólo queda el sitio. Un sitio que, como tantos otros, jamás volverá a ser ocupado.
La silenciosa mole de la plaza de toros se queda a la izquierda y llego al Paseo de las Cruces que es, quizás, la calle más hermosa de la ciudad. Hay quien dice que al paseo sólo le falta, para la perfección, terminar en un balcón al mar. Ilusiones de gente de tierra adentro, pero sí, al llegar al final del paseo, parece que se echa de menos un mirador marino. Ganas de imaginar, vicio barato, cosas que nunca van a tener un cumplimiento.
Hoy no voy en esa dirección, sino hacia San Ginés. La zona central del paseo está hoy radiante pese a la luz plomiza. Hace pocos años la pavimentaron con pizarra de la sierra y, mojada como está, hace efectos de agua como los cuadros de Soroya. Las hojas rojas y amarillas que el otoño tira al suelo sin descanso, hacen que la combinación de agua, pizarra y luz se llene de color. A mi izquierda queda el antiguo Gobierno Civil y, muy despacio, recreándome en la vista del suelo, que es como una joya brillante, llego a la Plaza de Santo Domingo. Sin duda la más espaciosa de la ciudad.
La iglesia de San Ginés con su portada seria preside el lado más al Este de esta plaza. Santo Domingo es mentidero de la ciudad y punto de concentración de jubilados. Hoy es todavía pronto para que los desocupados, conversadores mirones, ocupen sus bancos y la transitamos los trabajadores sin detenernos. Algunos son hombres que, muy serios, con cierto aire encampanado y sopesada importancia, van a trabajar a la sucursal de su banco, claro, se comprenden sus modales, tienen que dar impresión de solvencia, dónde iríamos a parar si no; pasan también mujeres elegantes que, de punta en blanco, taconeando y oliendo a aliento de querubín, entran a las oficinas de Hacienda; otros y otras, a los juzgados; chicas más jóvenes, pero también elegantes y gráciles como hadas del bosque urbano, a las florecientes inmobiliarias; camareros, algo de mala gana, a sus bares; currantes en general, presurosos, a sus tajos cotidianos.
Cruzando en diagonal la amplia plaza, llego al comienzo de la calle Mayor, junto a la esquina de los Tejidos Elvira, que es de los pocos comercios antiguos que, inexplicablemente, se ha resistido al acoso inmobiliario. Aquí, la calle Mayor, es peatonal y tiene un suelo de baldosas rosadas y blancas. La confitería de La Flor y Nata sigue donde siempre, como un náufrago superviviente del pasado. Tras sus cristaleras el recuerdo de Lola me sonríe fugazmente y luego desaparece. Yo también le envío un guiño de añoranza a la bella mujer. No ha sido nada, todo ha transcurrido en el tiempo de un parpadeo. Casi ni dolió.
Calle abajo llego a la altura del Casino, o mejor dicho, del Casino Principal, como pomposamente se le nombra en una placa que tiene a la entrada. El Casino, habiendo perdido hoy la exclusividad de otros tiempos, abre su comedor a todo aquel que quiera gastarse los nueve euros que vale el menú del día, cuatro primeros y cuatro segundos, pan, vino y postre incluidos. Si aquellos viejos socios, de cuando entonces, levantaran la cabeza, morirían aturdidos por la democratización del local. ¡No sé donde vamos a parar, mi dilecto Don Nicanor, esto es el acabose! Se siente, ilustres señores, es el paso del siglo XIX al XXI casi de golpe. Algo es algo.
Desde la esquina donde estuvo el antiguo Casinillo, hoy sede central de la Caja de Ahorros, veo el impresionante edificio del Banco de España. Debajo de él cuelga un gran cartel en el que se indica que el viejo edificio de imponente fachada, en desuso hace tiempo, se va a rehabilitar para poner en él la sede de Hacienda.
A partir de la esquina del antiguo Casinillo, entrada de la calle Topete, cambia el pelaje de la calle Mayor. Queda atrás la combinación de rosa y blanco, que casi parece un homenaje a La Flor y Nata, y aparece entre las dos aceras, y a su mismo nivel, una continuación de la zona peatonal que ahora se hace gris por tener el pavimento de adoquines de granito. La zona mojada hace juego con el día. Llego a la altura de San Nicolás, iglesia de las de antes, con su eterno pobre sentado a la puerta. Los pobres de San Nicolás han sido varios en los últimos tiempos y, alguno de ellos, legendario; otros han muerto sin abandonar el puesto y siempre, al que se va, le llega un sustituto. Nunca queda vacante la plaza.
Por los adoquines mojados sólo circulan a estas horas las furgonetas de reparto. La bajada de la calle se hace un poco más pronunciada desde Hacienda, a la altura del Almacén del Carmen (Casa Aguirre) otro de los pocos comercios antiguos resistentes al amor por lo nuevo. Enseguida estamos en la Plaza Mayor. El edificio del Ayuntamiento en su color de siempre, el crema claro mezclado con el blanco, queda a la izquierda. Los edificios de la antigua cerería, la carnicería y demás, que estaban en el lado de la plaza, a la izquierda del Ayuntamiento, han ido al suelo y ya se verá lo nuevo, ahora son obras. El resto, con sus soportales de siempre.
En la calle del Dr. Román Atienza, que sale de la calle Mayor a la izquierda, acaba de caer el edificio donde estaba la cordelería de Olivares y la cestería Casa Montes, con su recuerdo de Camilo José Cela en uno de sus viajes. La piqueta no descansa. Me estoy quedando poco a poco sin lugares que evoquen mis recuerdos, pero, claro, lo dicho, sólo en la calle Mayor 14 inmobiliarias.
Sigo calle abajo hasta Santa Clara, paso por la esquina del bar Soria, hoy cerrado y con aspecto ruinoso. Aquí, los martes, en tiempos, solían reunirse los agricultores y ganaderos de la zona para saludarse, charlar, hacer transacciones o decir mentiras, que todo iba en gustos e inclinaciones. Hoy se nota que la ciudad se ha desplazado hacia arriba y este punto no es tan céntrico como solía.
Llego al ensanche de la Plaza de los Caídos. Con el agua la piedra rojiza del Palacio del Infantado parece que rezuma el tinte ocre con el que, en las tenerías de los Mendoza, teñían las lanas. El brillo de la piedra, casi anaranjado bajo el agua de lluvia, parece que rejuvenece al palacio, le quita el polvo de siglos y le da visos de obra más reciente.
La Plaza de los Caídos, en la Guerra Civil, ¿cuándo iba a ser?, la han remozado totalmente. Ahora parece más amplia con zonas de agua, rampas y varios niveles. Ya no tiene escaleras por ninguna parte y de los árboles de antes sólo han dejado el pino más viejo, un ejemplar centenario. Sin embargo han puesto una serie de bancos que más semejan tumbas de un cementerio. Al final a la plaza no se le va el mal recuerdo que arrastra con su nombre.
Al final de la plaza, a la derecha, queda la iglesia de los Remedios. Yo no la he conocido dedicada al culto. En el siglo XVIII fue convento de las Jerónimas y antes, en el XVI, colegio de doncellas. ¡Los siglos que han visto sus magníficos y airosos arcos renacentistas!
Sigo Calle Madrid abajo, a la derecha quedan las ruinas del viejo alcázar, en larguísima restauración y recuperación, a la izquierda la antigua Escuela Normal que con el tiempo ha ascendido, y ya es Escuela Universitaria del Profesorado. Menudo empaque para la vieja escuela. Más abajo, en el número 22, queda la casa de mi otra abuela. La casa de la abuela María, con sus dos miradores y sus dos balcones. En el primer mirador, según se baja, mi abuela pasó miles de horas haciendo ganchillo y rumiando alguna pena que yo sé. También, todavía, queda el sitio. Es de las pocas casas viejas que no se han derribado aún pero que, como los sentenciados, espera día. Deshabitada, con el tejado convertido en nidal de palomas, los hierros de sus miradores y balcones oxidados, algunos cristales rotos, la puerta principal atada con una cadena... más claro no puede estar, todo anuncia su fin.
Por la cuesta del Hospital, que sigue como toda la vida, pero con construcciones nuevas a la derecha según bajamos, llego al río. Perdón, primero atravieso una rotonda grande que antes de entrar al puente me puede dirigir a carreteras de reciente construcción. Por ellas puedo llegar a barrios nuevos, inventados, recién construidos, alguno con nombre evangélico, como el de Aguas Vivas, pero todos sin significado para mí. O, mejor dicho, ocupan parte de mi espacio familiar pero no están registrados en la intimidad de mi tiempo.
Al atravesar el río por el viejo puente árabe se ve la nueva obra que, cincuenta metros aguas abajo, va a dar lugar a un nuevo puente. El río baja hoy con más agua de la habitual, por las lluvias en la sierra, pero su cauce no es ya el de un río de aluvión. Las presas aguas arriba controlan el caudal de este río de pasadas crecidas repentinas y alarmantes.
Cruzo el puente por la estrecha acera entre una barahúnda imparable de coches, camiones, furgonetas y motos. Al otro lado comienza el barrio de la Estación. Hace años era un barrio aislado. Ahora está todo construido desde la estación del ferrocarril hasta el barrio de Los Manantiales. Llego a mi trabajo y acaban mis observaciones.

28 mayo 2007

La cruz de D.Manuel


Caminar por los campos desiertos de Villacadima es dejar que el alma se meza perezosa en el aire ligero y fino de la sierra. Dejar atrás los campos yermos, hoy perdidos, y encaminarse por las suaves hondonadas hacia los pinos que limitan con otro término de bonito nombre, Campisábalos. El recorrido es un placer para el que sobran las prisas. Difícil, muy improbable, casi imposible el dar con alguien. Sería un milagro el ver persona alguna. Sólo sabinas, enebros, pinos y arbustos delimitan a lo lejos los baldíos desiertos y ásperos con la dehesa de tierna hierba poblada por las vacas montaraces.
Llegando casi a la linde entre ambos términos aparece, o más bien se topa uno si tiene la suerte de dar en ella, con una cruz maciza, de piedra, cubierta parcialmente de liquen y en la que cuesta un poco leer estas palabras: D. Manuel Abascal † El 12 de Julio de 1919 D.E.P. La cruz está en lo que se supone que es el camino, ya perdido, de Villacadima a Campisábalos o viceversa. El hallazgo contribuye aún más a dar al paraje un ambiente de mayor soledad, desolación y desamparo al comprobar que la zona, hoy sin vida, la tuvo hasta tal punto que hubo quien la perdiera en sus caminos. Pensando de dónde vendría o a dónde iría D. Manuel en su último viaje, me voy de allí despacio, como llegué, pensando dónde me pillará a mí el mío.

27 marzo 2007

Aquella mujer


Aquella mujer no me hubiera parecido nunca una mujer para mí, ni de lejos. Sí, de acuerdo, me habría fijado en ella, la habría visto alejarse lentamente mirando su silueta desaparecer en la distancia. Para qué voy a negarlo, uno no es insensible y ella era preciosa.
Seria, distante, elegante y sofisticada no me hubiera sido sencillo abordarla en modo alguno, ni siquiera me habría atrevido a proponérmelo a mí mismo. Me habría dicho, para qué, fracaso garantizado.
Por otro lado, y perdonada la manera de señalar, me parecía una pija integral. ¿Dónde voy yo con una tía así? Olía a grandes marcas a 500 metros. Todo en ella era redondeado, sin aristas, inaccesible, su forma de vestir sin dejar nada al albur, su cara ovalada y perfecta, su pelo pretendidamente aniñado, sus bonitas piernas, la curva discreta y rotunda de sus pechos, las suaves pero marcadas caderas… Hasta podía imaginarme a distancia su perfume, carísimo, por supuesto, de esos dulces y envolventes que parece que se te pegan si te cruzas simplemente con ella; que te dejan casi como a una mosca pegada a la miel o, si escapas, te lo llevas tatuado en la pituitaria.
Sí, decididamente no creo que alguien así pudiese fijarse en mí. No creo que yo fuese el tipo de hombre que llama la atención a una mujer así. Parecía el modelo de mujer al que alguien espera en un BMW rojo o en un Mercedes biplaza o en alguno de esos coches deportivos que parece que exigen llevar al lado una venus rubia.
Ni los coches así, ni las mujeres que los comparten habían sido nunca mi fuerte. A decir verdad, por mis gustos, algo sobrios en ambos aspectos, mis amigos me decían que no tenía ni puta idea, por decirlo de una vez y sin ambajes, ni de coches ni de mujeres. Y seguro que con los tiempos que corren no les faltaba razón.
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