21 marzo 2016

La infancia, germen de la persona

De niño pronto me acostumbré al imperio de los mayores. Reconozco que, en un principio, me costó. Pronto me corrigieron una primera y perniciosa tendencia: el vicio de preguntar.
A los adultos les gustaba más que los niños aceptásemos las cosas porque sí. Era mucho más cómodo para ellos y, bien mirado, también para nosotros que, aparte de las ganas de incordiar, bien poco nos importaban por entonces ciertas cosas. Las preguntas solían tomarlas como un atentado a su autoridad, una especie de incipiente violencia infantil, un conato de insolencia, que debía ser sofocada lo antes posible, por aquello de que el árbol que se torcía de pequeño no había luego quien lo enderezara.
Lo hacían por nuestro propio bien y decían que, de mayores, lo entenderíamos y, si se veían en la obligación de persuadirnos mediante el castigo, sostenían que éste les dolía a ellos más que a nosotros. Así se nos preparaba para ser críticos con nosotros mismos practicando el autocontrol, para ser comprensivos con los mayores, que bastante tenían con aguantarnos, y para hacernos futuros masoquistas que sufrirían, cuando les llegase el turno, castigando a sus hijos como a sí mismos. La educación era, sin embargo, tal y como los adultos sostenían, el factor decisivo para cambiar el mundo.
Fingiendo no dudar de mis mayores, pues entrar en diatribas con ellos era tedioso, amén de arriesgado, construí mi mundo al margen de ellos. Así que, de la noche a la mañana, me convertí en un niño obediente y sensato y, de díscolo, pasé a ser un ejemplo para amigos, primos y hermanos. Y para no llegar a ser un árbol torcido, me convertí en un artero vástago bastante retorcido pero, eso sí, subido al pedestal en el que los mayores me pusieron. Esto, si bien me alejó de la desventura, atrajo hacia mí el odio de los otros muchachos que, con gran clarividencia, me consideraban un alevoso chivato traidor.
La resistencia pasiva, término que desconocía por entonces, fue el eje de mi vida infantil. Sin embargo, contra lo que yo creía, no fui en esto un adelantado, pues la idea ya la había tenido un tal Gandhi que amargó la vida a la autoridad colonial inglesa de La India mucho antes de que yo burlara la de mis padres y maestros. Pero, siguiendo con los otros principios de Gandhi: el espíritu de verdad y la no violencia, ambos muy sobrevalorados, no fueron mi fuerte ninguno de ellos.
El espíritu de verdad, con el que algunos sostienen que venimos al mundo, me pareció enseguida, y paradójicamente, una fuente segura de dolor, en particular físico, sobre uno mismo. Y enseguida comprendí que más valía ser sospechoso o, incluso, acusado, que declararse culpable, por muy verdad que esto fuere. Y que si eras tan tonto como para confesar tus faltas, por ese prurito de decir la verdad que, además, era mandato divino, luego, del castigo, no te libraba ni Dios. Por tanto, si a la verdad le seguía el castigo, era que la virtud, en este mundo, estaba irremediablemente perseguida. También era posible que la verdad no fuese aconsejable ni prudente pues, seguramente y no en vano, toda mi vida he oído a la gente referirse a ella, cuando se decidían a decirla, con estas reveladoras palabras: ”…y esa es la puta verdad”.  Yo, ya, si ustedes no entienden esto…
Las películas, que eran una fuente de ciencia y experiencia, demostraban que, tanto por decir la verdad, como por negarse a decirla, la gente se veía en serios problemas. Y viendo las películas de esclavos, a los que los romanos les administraban una hacienda de latigazos por mentir o por decir la verdad, dudé mucho de la veracidad de esa frase que tanto agradaba a los mayores:”La verdad os hará libres”. Y, en particular, el día que, como un hombre, confesé a mi padre que me había pasado la tarde haciendo novillos con mi primo y él, en justa recompensa, me dio de correazos, lo tuve meridianamente claro: “La verdad os hará esclavos”. Y a la verdad le cogí cierta manía, era algo que sólo traía desgracias. La verdad os hará libres… vamos, hombre, quita pallá. Lo mejor que se puede hacer con la verdad es ocultarla e incluso, si se puede, olvidarla. Menudo incordio.
Con respecto a la no violencia, tan inculcada por los mayores, enseguida entendí que era un precepto vano del que ellos mismos prescindían en cualquier momento para, a la más mínima, soltarte un soplamocos  o un buen bofetón. Si la violencia no conducía a nada ni nada arreglaba, no alcanzaba mi razón a comprender por qué a mí me la aplicaban por sistema. Y, dándole vueltas al asunto con mi cerebro pensador, deduje que la violencia era útil, conveniente y efectiva si la aplicaba la autoridad, en mi caso paterna, pero no lo era si la utilizaban los últimos del escalafón, que éramos los niños, en mi caso, o la gente de a pie, en general, frente a las autoridades. Esto último lo fui deduciendo por la praxis a lo largo de mi venturosa vida. Pero la violencia era buena, muy buena, al menos para algunos. No hay más que echar un vistazo al mundo.
En la escuela los profesores nos enseñaban, pero no les gustaba que nosotros nos saliéramos del guión y pretendiéramos aprender por nosotros mismos cosas que, o bien eran ajenas a sus enseñanzas o bien respondían a interrogantes propios. Así que, cuando preguntaban si alguno queríamos saber algo más sobre alguna cuestión, lo mejor era callarse. Si el maestro se veía en apuros recurriría inevitablemente a la violencia de palabra y de obra y, lejos de enterarte de la verdad, te verías en problemas por no haberte resistido a preguntar.
La última vez que olvidé estos cautos principios fue en clase de religión. El cura preguntó que cómo se peca. El interpelado contestó que con los sentidos. El cura dijo que muy bien y yo, en lugar de callar mi torturante duda, levanté la mano:
-¿Don Saturnino, cómo se puede pecar con el olfato?
El cura me miró como un basilisco y, ante mi cándida mirada esperanzada, se abalanzó sobre mí rojo de ira, me dio dos bofetadas y me echó una semana de clase. Mi padre me dio la propina.
Pero si es que ya te lo decían: “La letra con sangre entra” y “Quien bien te quiere te hará llorar”, si es que no podían ser más claros.
Así que comprendí que la resistencia, la falsedad y la violencia, objetivos transversales de la educación, eran los dones que, al que no fuera tonto de capirote, proporcionaba una enseñanza seria y responsable para, así, dotar al discente del necesario bagaje para la vida.
¡Ah! Y que, para evitar los pecados del olfato, lo mejor era no meter las narices donde a uno no le llamaban. Enseguida me di cuenta.

20 marzo 2016

Elogio de la política

Nadie está a salvo de lo imprevisto. A ninguno nos garantizaron al nacer que la vida nos iba a tratar de una manera o de otra. Jamás se le dijo a nadie que el mundo debía ser justo y que todos, en él, tuviésemos derecho a las mismas prerrogativas y posibilidades. El deseo, pues no deja de ser una aspiración, de encontrar justicia y equidad es sólo una idea que nos inculcaron artificialmente y que, el contraste con las vivencias diarias, demuestra que sólo es un afán, una apariencia, una quimera. Resumiendo: una falacia.
Es cierto que algunas sociedades, unas más que otras, se esfuerzan en promulgar leyes que, cándidamente, buscan garantizar lo imposible: justicia, igualdad, solidaridad, libertad, fraternidad, bien común, etc. Muchos creen en estas normas y se desviven en velar por su cumplimiento. Y, en su utópico delirio, hasta piensan que el planeta que habitamos no tiene dueño e, incluso, llegan a argumentar que es una propiedad común de todos los que lo habitamos por el mero hecho de haber nacido. Y, con estas ideas peregrinas, pasan la vida sin darse cuenta de lo profundo de su engaño. Y sostienen que forman una especie de comunión con el género humano que, aunque muchos creen intuir, a nadie consta su existencia. Pero ellos gozan soñando despiertos. No acierto a comprender cómo confunden lo que imaginan con la realidad.
Como a todos, a mí también intentaron educarme en conceptos más o menos parecidos a éstos, mas, apenas iniciado mi aprendizaje, comprobé que carecían de cualquier indicio de racionalidad.
Sí, admito que estas ideas en su conjunto son una manera de querer ordenar el funcionamiento de la sociedad pero, sin duda, no es el modo correcto de hacerlo. Y, además, me parece un acto de despotismo el pretender que todos aceptemos estos preceptos. Vamos, un atentado clarísimo a nuestra libertad. Y por eso nunca he acatado esas normas que te dan desde que naces y en las que se empeñan en educarte sin permitir tu libre pensamiento y tu propia evolución.
Debo reconocer, sin embargo, que el hecho de que una gran mayoría de personas acepte estos principios sin cuestionárselos y, además, intente seguirlos mansamente, ha supuesto una ventaja para mí. Pues siempre he sabido, salvo excepciones, con qué cartas jugaban mis semejantes, mientras que ellos, presumiendo que mi criterio coincidía con el suyo, jamás supieron mis deseos, mis pensamientos y, mucho menos, mis intenciones.
Pero, no es bueno ir contra corriente y, por eso, desde muy joven, aprendí a fingir. De no haberlo hecho me habría convertido en un rebelde. Y, a mi juicio, un verdadero rebelde ha de ser un desconocido, un personaje anónimo contra el que nunca se pueda ir abiertamente, pues jamás se manifiesta. Y, cuando un rebelde anónimo, pasa a ser conocido por algunos de sus actos, inmediatamente se le tilda de delincuente e intenta aplicársele esa tiránica ley que pretenden imponernos. Cuando un rebelde deja de ser anónimo ha fracasado.
El conjunto de la sociedad cree, les han hecho creer, que las mayorías, con su criterio adocenado, llevan siempre razón. Ya ven ustedes qué poco lógico es este supuesto y, sin embargo, muchos lo mantienen y creen ciegamente en él. No seré yo quien les desengañe si ellos, prescindiendo de la cordura, se empeñan en mantenerlo.
Lo cierto es que errores como éste facilitan la existencia a las personas que, como yo, tenemos criterios más racionales y recelamos, por sistema, de las opiniones que, por extendidas, se suelen dar por ciertas. De los errores comunes pueden vivir muy bien los seres singulares.
Algunos dirían que soy un ser sin conciencia. Estoy de acuerdo, pues la conciencia no es algo que venga con nosotros al nacer, sino que, por el contrario, son todo este conjunto de preceptos que nos inculcan, sin razón ni respeto a nuestro albedrío ni al vuelo libre de nuestra inteligencia, los que la constituyen. Con este atentado educativo, cruel pero incruento, nos construyen, desde niños, una especie de dique interior que nos incapacita para la libertad y el uso de la razón. Es, si me lo permiten, inhumano y atroz que las personas se constituyan en censoras de sí mismas. Pero a eso nos quieren llevar. Y sólo unos pocos hemos tenido la suficiente lucidez para fingir creerlo pero, a la vez, mantener un recio fuero interior que nunca lo aceptó ni fió en ello. Es difícil, lo sé, se necesita una gran reciedumbre moral para lograrlo. Empero, es posible conseguirlo.
Con leyes, religiones, costumbres e instituciones, en general, es mucho más práctico guardar las apariencias que empeñarse en batallar con ellas, pues no están hechas para respetar al individuo, sino para doblegarlo. He aquí una razón más para lo que yo llamo el anonimato socio-cultural.
Es cierto que son los hechos los que dan a conocer a las personas, pero quién conoce los hechos cuando pueden disfrazarse con mil palabras, quién puede juzgarlos cuando pueden esgrimirse inteligentes y creativos argumentos para respaldarlos y cuando, si preciso es, pueden aducirse las mejores intenciones para justificar los más deleznables de ellos.
Un ser libre, sin ataduras, sin ideas preconcebidas, un individuo que haya sabido preservar su individualidad, podrá lidiar fácilmente con cualquier aparente contradicción, pues su inteligencia le dotará siempre de instrumentos para salir airoso.
Que no nos construyan la realidad, que seamos nosotros los que la construyamos a nuestro antojo: esa es la grandeza del ser humano.
Y no, por más que muchos quieran pretenderlo, no soy un delincuente, no soy un criminal, ni siquiera soy un desalmado. Estoy mucho más allá de la delincuencia y del crimen, allende las anímicas creencias infundadas: soy un político. Me consta, pero, en caso necesario, puedo desmentirlo contundentemente.

19 marzo 2016

La churrería, sábado a primera hora

La lluvia lava las calles vacías sin cargo al presupuesto municipal. Ha caído toda la noche. La luz del cielo pasa lentamente del negro al gris oscuro, sin ninguna abertura, sin matices. Brilla contra el asfalto mojado la claridad de alguna farola, el destello intermitente de los semáforos. Es un alba sin trasnochadores ni madrugadores en la calle. Clarea un sábado.
A las cinco y media abre la churrería. Pero, a esas horas, sólo entran los últimos supervivientes de la noche. Parece un puerto para náufragos que acabaron la juerga a la deriva.  Es el refugio de los que se resisten a abandonar la partida, de los que le piden una prórroga al juego, de los que aún no distinguen la aurora que viene de la noche que se va. Casi todos son jóvenes. Algunos, aturdidos, con las caras desvaídas, como púgiles sonados al borde del fuera de combate, sostienen, apoyados en la barra, el último cubata con desgana; otros, excitados por el alcohol, con la tez colorada, toman café y chupitos de licores mientras brindan ostentosamente, entre unas risas cuya causa sólo ellos conocen. Hay quien ávidamente repara, con la masa churrera o las tostadas, los agujeros que las horas de ayuno y el alcohol hacen en los adentros. Algunas muchachas les acompañan, mientras otras han optado por sentarse a las mesas y posan en el suelo sus pies descalzos, desertores de los zapatos de tacón que se han quitado. Casi todas tienen la cara un poco demacrada, perdido hace horas el falso lustre del maquillaje, y las piernas cansadas. Algunas lucen carreras en las medias y el pelo lacio por la humedad o mojado por la lluvia.
El agua cae fuera por cortinas. Los que hacen intento de salir vuelven a entrar apresuradamente, resoplando y quejándose del aguacero. El único valiente que sale, y aguanta un rato fuera, es para vomitar apoyado en la pared.
Cuatro madrugadores entran bufando y renegando del día. Han salido de un todo terreno verde que aparcó bruscamente junto a la entrada. Van abrigados. Por su vestimenta, en la que predominan los ocres y los verdes, e incluso el camuflaje, son cazadores que salen hacia alguna de las monterías finales de la temporada. Se quejan del temporal y se preguntan si el gancho no se suspenderá.
A los cinco minutos llega otra cuadrilla que sólo por las caras, que no por los atuendos y las quejas, se diferencia de la primera. Se saludan, todos son conocidos. Piden tostadas con jamón y tomate, café con leche casi todos, aunque, algunos, despachan la suya con cerveza. Discuten sobre si subir o no subir al coto, hacen llamadas, gesticulan y, mientras se deciden y cambian opiniones, dan tiempo al tiempo tomando, en hermandad improvisada, unas copas de orujo.
Termina de amanecer. Cesa el jarreo de agua. El día queda neblinoso, con un chirimiri tan fino que parece no mojar pero que, a la larga, empapa.
En un instante, con la ilusión recuperada, pagan los cazadores y salen enseguida esperanzados por la tregua que el día parece dar. Se dirigen diligentes a sus coches y con brillantes arrancadas salen hacia sus cazaderos en una especie de maniobra rápida y disciplinada, casi militar.
Los trasnochadores, sin embargo, van saliendo, más lentamente, con desgana, como si la luz del día, ya definitiva, les ofendiera, por más gris que sea la mañana. Y se despiden del mate de la noche oscura, donde cualquier brillo destaca, y se pierden perezosamente en varias direcciones camino de sus casas, seguramente en busca de la ansiada cama. El día disipa los deseos, los sofoca, y acaba, como siempre, con los efímeros sueños de una noche más.


10 marzo 2016

La Gran Biblioteca de los Lectores Muertos

La Gran Biblioteca de los Lectores Muertos, dotada desinteresadamente por los lectores del mundo que legaran sus tomos a su muerte, fue, en su origen, algo similar a esos Testamentos Vitales en los que, voluntariamente, cada cual puede decidir su final, evitando el dolor, y lo que será de sus restos mortales.
Por abreviar, lo mismo que una persona podía donar sus restos corporales a la ciencia, podía regalar sus restos intelectuales, en forma de libros, a dicha gran biblioteca con vocación universal. El proyecto no pretendía ser modesto, ni mucho menos.
Sin embargo, la idea, que surgió de muchos y de ninguno, generó enseguida apasionadas controversias.
En primer lugar surgieron intereses económicos. A las editoriales no les pareció una idea acertada, pues estas empresas veían en la iniciativa un reciclaje de textos que, oculto en el propósito, mermaría sus ediciones y, sobre todo, sus reediciones. Consecuentemente, disminuiría el negocio y se producirían despidos brutales en el sector. A todas luces representaba una competencia desleal y, además, habría de destinársele un emplazamiento gigantesco, un gran número de cuidadores y administrativos y, todo ello, supondría un gasto enorme para el erario público. Evidentemente era una idea alarmante, por antieconómica y destructora del tejido vital y creador de empleo. Un proyecto, concluyeron los directivos de las grandes editoriales, cercano al comunismo más salvaje y anacrónico. Los libros patrimonio de todos. Era inaudito.
Por otro lado, y al menos en España, todas las Comunidades Autónomas, sin despreciar la iniciativa, alzaron su voz unánimemente contra el intento, a todas luces desaforado, de una centralización cultural y, de inmediato, propusieron la creación de dicha biblioteca a nivel autonómico, de modo que pasase a llamarse Gran Biblioteca de los Lectores Muertos Castellano-Manchegos, Murcianos, Cántabros, etc. Pues, siendo cada día más conscientes de que España es un país de naciones, no convenía destrozar tan burdamente sus singularidades más sutiles.
También las confesiones religiosas, tradicionales defensoras de la cultura y la ciencia, dijeron que la idea les parecía tendenciosa y homogeneizadora pues, bajo el común nombre de lectores, se amalgamarían personas de muy distintas ideologías, y por ende de muy distintas lecturas, y que eso daría lugar a que estas bibliotecas fuesen un tótum revolútum en el que nadie supiera qué terreno pisaba, ideológicamente hablando. Así que propusieron que esa biblioteca, sobre estar descentralizada, no fuese una, sino varias o, mejor, muchas. Y puntualizaron que los lugares idóneos para dichas bibliotecas fuesen edificios anejos a los cementerios, de modo que los libros de los finados tuvieran asiento físico cerca de los restos de éstos y reposasen cerca de sus huesos. Así serían conocidas como, verbigracia: Gran Biblioteca de los Lectores Muertos Egabrenses Católicos, Tolosarras Musulmanes, Pacenses Protestantes, etc.
Hubo, con respecto a este último comunicado, enérgicas protestas de colectivos de ateos que se consideraban discriminados por no contar con cementerios propios y ser enterrados de modo que ellos llamaban “transversal”, por dar con sus restos habitualmente en el lugar más cercano a su defunción. No menores fueron las críticas de los que pensaban incinerarse, por temer que sus libros siguieran su camino.
Los ayuntamientos, al avizorar el incipiente fenómeno cultural, también levantaron su voz. No veían con buenos ojos que el patrimonio bibliográfico que, tras su deceso, dejaran sus empadronados se les enajenara por las distintas confesiones y, menos, por la comunidad histórica en la que estaban enclavados y, aún mucho menos, por el avasallador Estado. Pues era bien sabido, no sólo que cada comunidad tuviera su propia diferenciación cultural inalienable, sino que cada municipio presentaba una idiosincrasia genuina y exclusiva e, incluso, los diferentes barrios, dentro de ellos, eran abismalmente distintos, culturalmente hablando. Y, así, proponían que fuesen las asociaciones de vecinos de la localidad las que administrasen dichas bibliotecas por barrios. De modo que pasarían a llamarse, por ejemplo: Gran Biblioteca de los Lectores Muertos del Barrio de Pintahuevos de Guarromán, del Barrio de Salsipuedes de Cercadillo, del Barrio de la Cuesta Rompeculos de Sigüenza, etc. Que si ya era difícil salvaguardar las diferencias abismales e insondables entre comunidades, mucho más lo era el tener una clara delimitación entre las que diferenciaban a los barrios entre sí. Qué lejos estaban los gobernantes de lo que constituía la sutil esencia de cada villa. Era inconcebible su insensibilidad, su falta de finura intelectual.
Distintas ONGs, previa subvención estatal, intentaron adueñarse de la idea y reivindicaron, para llevarla a cabo, la concesión de mastodónticos edificios e incluso de aeropuertos que durante los últimos años se habían edificado y carecían de uso.
Aquella idea, que en mala hora presentara el ministro, se convirtió para él en una fuente de problemas. Y, viendo que ni a los muertos se les podía permitir hacer su voluntad, creó un impuesto sobre las transmisiones y donaciones de libros post mórtem. Esta tasa había de pagarla el testador en vida. Y con este nuevo impuesto, llamado Impuesto de Transmisión Bibliográfica, zanjó el asunto. La transmisión de libros redundaría en beneficio del Tesoro. Todo seguiría igual que estaba pero, a la vista de las controversias, se había creado un nuevo impuesto. A ver si escarmentaban. Esto era lo único bueno que el señor ministro pudo sacar de la primitiva idea. En ninguna parte del mundo prosperó el proyecto, pero, en España, se hizo de la necesidad virtud y el problema que se generó se convirtió en una fuente inesperada para Hacienda.
Las almas más románticas, altruistas y nobles quedaron anonadadas y desalentadas. Pero, qué difícil es aceptar las decisiones de los que nos gobiernan. Por justas y acertadas que éstas sean. Siempre lo he sostenido.

21 febrero 2016

Tutelado

Hacía mucho que no veía al Colás. Temía que, como sucede a veces con los viejos amigos, se hubiera ido sin ruido.
Esta mañana, como otras, fui a desayunar temprano a la churrería más alejada de mi casa. La caminata tiene un doble aliciente: el paseo en sí y un café con churros entre ida y vuelta.
Ha querido el azar que en la cafetería topara con Isabel, la hija mayor de mi amigo. Tras los saludos vino el inevitable:
-¿Qué es de tu padre?
-Pues está bien, pero en una casa tutelada del pueblo.
-¡Qué suerte tiene! Al menos está en su pueblo.
-No creas que no nos costó convencerle, pero llegó un momento que no podía seguir solo en su piso.
Tras despedirme de Isabel, volví a casa con la intención de visitarle. Y, como casi todo lo que se pospone termina por no hacerse, cogí el coche y me subí al pueblo. Está cerca, fueron apenas diez minutos.
Al cabo de un rato de deambular por la villa, y tras preguntar a un par de viandantes, localicé la casa tutelada. Es un bonito chalet, muy aseado, junto a un moderno polideportivo.
-¿Está el Colás por aquí?
-¡Huy ése!, en cuanto desayuna desaparece, lo tendrá usted por el pueblo –me contestó una señora que limpiaba.
-O sea, que sigue tan zascandil.
-Usted lo ha dicho.

Dejo la parte nueva y, llegando a la ermita de San Roque, bajo por la calle del mismo nombre hacia la Plaza Mayor. Me imagino que andará cerca del Poli o en el otro bar, La Esquina. No me equivoco. Nada más llegar a la plaza le localizo. Está sentado al sol apacible del invierno, en un banco, bajo los soportales, a unos metros a la izquierda del Poli.
Le encuentro algo más gordo, algo más ausente y ensimismado. A cuatro o cinco metros le digo:
-¡Colás, que la veo, que la veo!
Gira de inmediato la cabeza, me escudriña con los ojillos turbios, se sonríe y, enseguida, viene el saludo espontáneo de siempre:
-¡Papo, Sarvi!
-¡Anda galán que no es difícil ni na dar contigo!
-Pues, ¿quién te ha dicho que estaba aquí?
Le hablo de mi encuentro con su hija y del tiempo que llevaba sin saber de él.
-Ya pensabas que las había diñao, ¿eh?
-Tanto como eso no, pero no sabía nada de ti desde hace mucho.
-¿Qué tal tu mujer?
-Va tirandillo.
-Pues, cuídala, que, cuando se nos va la mujer, nos quedamos sin na. Mira yo, desde que me se fue la andaluza. Sí –y los ojos se le enturbian un poco más al decirlo.
-Bueno, hombre, pero aquí estás bien.
-Sí, pero de los 950 Ebros que cobro se quedan con el setenta y cinco por ciento. Y, antes de venirme, no te creas, que aun tuve problidad  de juntarme con una. Pero no me decidí. Hay que saber mu bien lo que uno mete en casa. Sí.
-Estás mejor así, Colás.
-Sí, puede. Pero, ahora, jódete. Soñando con los angelitos.
Antes de que profundice en su vida sexual, le cambio de tema:
-Aún voy de caza, Colás.
Él me mira y dice:
-Vamos a echar un pajandini -y me ofrece un cigarrillo negro emboquillado de papel oscuro que simula ser un purito.
Enseguida me dice:
-Y, ¿qué, aún les pegas o te se ha olvidao? Porque, lo que es aprender, te costó un güevo. Aunque, claro, a lo último, ya les cascabas bien.
-Pues igual que antes, solo que ahora tiro con el 20.
-¡Huy con el 20! Estás hecho un señorito, Sarvi. ¡Qué finura! ¿Y cómo andas de perro?
-Este año he enseñado a uno y parece que ha salido con buenas trazas.
Cagüen diole! ¡Cuánto me arrepiento de haber vendido la escopeta! Pero es que salía con un socio que no le daba ni a la nación. Cada vez que guipaba una encamada le dejaba que la tirara a él, que era mucho más joven que yo, pero ni por ésas. ¡Qué cosita más inútil, virgen santisma! Y es que de lejos ya no veía más que bultos pero, de cerca, cómo me las columbraba. Y como me falla un poco esta rodilla, me dije: A ver si me tropiezo y me pego un tiro. Y por eso lo dejé, no fuera a ser que tuviera un incidente y me se pusieran las cosas aún más climatélicas de lo que las tengo. Sí
En esto estamos cuando aparece un paisano, se apoya en una columna del soportal, y dice:
-A ése: dos estacazos, que es un bicho.
-No, hombre, es un buen amigo. No seré yo quien se los dé –contesto a la broma.
-Es más amigo mío y yo se los daría. ¿No te acuerdas de cuando íbamos a las ovejas? –insiste el recién llegado.
-Papo, no ha llovío na, dejé yo las ovejas a los dieciséis pa irme a lo de Pinilla, no te jode con lo que sale éste ahora. ¡Ayer fue la víspera!
-Y buena vida que te pegaste en lo de Pinilla.
-Sí, de cojones. Labrando las laderas con bueyes, que uno de ellos, a fuerza de hacerle herejías, te se arrancaba a por ti en cuanto te veía. Miá, al matadero hubo que llevarlo porque se lanzaba a por to lo vivo.
-¡Ahí os dejo! –dice el paisano por despedida.
El Colás vuelve a la caza:
-¿Has subido alguna vez por lo de Esteras?
-Sí, una. Pero ya no es lo que era. El AVE pasa por un lado del término y la autovía por el otro. Lo han vallado todo y, además, han puesto un montón de molinos de viento con caminos de acceso y, entre unas cosas y otras, la caza casi ha desparecido.
-Joder en diole, con lo bueno que era. Menudas sarracinas tengo yo hechas por allí. ¿Te acuerdas?
-Claro que me acuerdo.
-¿Y de las liebres? ¿Sigues sin verlas acamás?
-Me sigue costando. Alguna he llegado a ver, pero pocas.
-Entonces es que no veías una. ¡Qué cosita tan ciega! Con los ojos que te echaban y tú que na, con ellas en los pies y distinguiendo menos que una picha escayolá. ¡Madre mía, qué topito! ¡Sarvi, Sarvi, cuánto me has hecho de sufrir, pa Dios y pa mí lo que he pasao contigo! –y El Colás se retuerce de risa recordando mi torpeza de novato.
-¡Qué pocas se te iban! –digo haciendo honor a la verdad.
-Algunas veces me levantaba antes de que amaneciera, cuando aún no se habían encamado. Y, cuando subían de las laderas al encame en el llano, casi sin luz aún, me las trompicaba a la espera en el borde de la sierra. Y, yo creo, que aún podría hacerlo. Total, a la espera. ¿No te parece?

Paso un rato con él sin movernos del banco. Recordamos algunos otros episodios. Su afición por el cante.
-¡Ay, si a mí me hubieran educao la voz! Es que por Farina lo bordaba, ¿te acuerdas, Sarvi?
Y yo le digo que sí, que me acuerdo. Al cabo de un rato me vuelve a preguntar cosas que ya me ha preguntado. Yo le contesto haciéndome de nuevas. Le pregunto por la edad. Me dice que 87. Pero no me quedo muy seguro de que diga la verdad pues, según mis cuentas, pasa de los 90. Luego nos despedimos.
-Ahora que sé dónde estás, subiré a verte algún rato, Colás.
-Pues ya sabes dónde me tienes, Sarvi.

Mientras regreso a la ciudad no se me va de la cabeza la imagen del vejete que he dejado sentado en la solana de la plaza, imaginando que espera a las liebres al alba, que canta por Farina y al que, en lugar de soñar con angelitos, aún se le ocurren otras problidades.

14 febrero 2016

La Casa Zarrúa Cap.24 y fin

Doña Currita, como un animalito desamparado que sólo fiaba en su marido, no salía de su crisis nerviosa. Una criada estaba permanentemente con ella, a la cabecera de su cama.
El mayordomo, las doncellas, los cocineros, el jardinero y la institutriz vivían en aquella mansión como si estuvieran presos. Apenas tenían trabajo que hacer. Todos sufrían, desde aquella noche, una especie de parálisis que, pese a sus ansias por salir de aquel lugar, de abandonar aquella casa, les mantenía anclados poderosamente a ella. Y ninguno sabía dilucidar si era la lealtad a sus señores o alguna fuerza poderosa y extraña la razón que les tenía imanados a aquel suelo, como inermes y sin voluntad.
Desde la desaparición de la niña trascurrían los días en una calma extraña en la que todo parecía absurdo. El ingeniero no salía de casa, la señora desvariaba en la cama, la gente del servicio no sabía qué hacer. La Guardia Civil desconcertada, nada resolvía.
Al caer las tardes, el lugar se volvía tenebroso. Una angustia asfixiante se apoderaba de todos y, apenas oscurecía, se precipitaban a cerrar puestas y ventanas, a candar con cerrojos o con trancas y a guardar tal silencio que ni doña Currita que, durante el día, lanzaba extraños gritos como si ululara, se atrevía a emitir el más quedo gemido durante las noches. Y el paraje de los Cantos del Duende, otrora testigo de fiestas interminables, música y torrentes de risas y alegría, devino entonces, cada noche, en una zona fantasmal, silenciosa y tétrica.
El ingeniero cobró un aire ausente y, si en algún momento conseguía conciliar el sueño, no podía descansar, ni éste le liberaba de la angustia pues, ineludiblemente, entraba en un mundo de pesadillas aterradoras en las que Abdel, mitad hombre, mitad espíritu, le atormentaba haciéndole confundir sus alucinaciones con la realidad.
Un día los cocineros observaron que todos los alimentos habían empezado a descomponerse. La harina se llenó de gusanos, los aceites se enranciaron, los vinos comenzaron a picarse, toda semilla aparecía taladrada, la matanza se pudría, el moho proliferaba de inmediato sobre panes y quesos, incluso las latas de las conservas comenzaron a abombarse.
El jardinero empezó a notar que algunos árboles envejecieron por días y parecían querer secarse. El agua de la piscina, recién renovada, se había vuelto pestilente e infinidad de larvas de mosquitos la infestaban.
Una extraña invasión de cucarachas empezó a salir de bajo las tarimas de aquellos pisos de maderas nobles y siempre saneadas.
Las noches se hicieron de una luz extraña, una mezcla difusa y nebulosa de azules y grises. Unos destellos, a los que los aterrorizados moradores no eran capaces de encontrar el origen, inundaban durante las largas amanecidas el paraje.
Para entonces el ingeniero era un ser sin voluntad que, también, había dimitido del entendimiento al no servirle éste para comprender nada. Sólo le quedaba la memoria y con gusto hubiera cesado de usar esa potencia, porque ésta, como si no dependiera de él, se empeñaba en devolverle de continuo al espanto.
La última noche una gran culebra apareció en uno de los comedores. Nadie se atrevió a echarla o a matarla y, aterrorizados, cerraron la puerta. En el exterior el aullido de un lobo no cesó en toda la noche. Amos y criados creyeron enloquecer. Y el ingeniero, ya completamente enajenado, pensó que lo visto y oído era también un sueño.
Ninguno sospechaba que en menos de veinticuatro horas aquella mansión quedaría vacía para siempre, que los señores y el servicio la abandonarían, que todos desaparecerían de allí en distintas direcciones, que jamás volverían a verse, y que la quinta nunca volvería a ser habitada por nadie, que ninguna persona la reclamaría jamás y que, incluso en el pueblo, se negarían a mentarla.
El último sueño del ingeniero le había llevado a la atalaya. Zarrúa quedó en aquel lugar definitivamente exánime. Los criados sacaron su cuerpo paralizado pero su alma quedó allí, aunque nadie lo notara, tras leer un mensaje dirigido exclusivamente a él.
La mañana en que la niña Regina apareció, hubo de ser un criado el que a la carrera avisase en el pueblo. Ya no había caballos y el coche del señor no arrancó, ni, aunque hubiera arrancado, estaba el enloquecido e inane ingeniero para conducirlo.
Cuando llegó la Guardia Civil, únicamente el jardinero tuvo valor para acompañar a los guardias hasta el pie de la antigua atalaya.
-Está en el segundo piso –indicó el operario señalando la entrada.
Un oficial, un sargento y dos números subieron.
Al llegar a la segunda planta, pegados a la pared, había dos barreños. En uno destacaba la cabeza de la niña colocada sobre el resto de su cuerpo descuartizado; en el otro, todas sus vísceras nadaban en su propia sangre. En la pared, sobre los dos barreños, escrito con brochazos de su sangre, se leía: "Reina por Reina".

FIN

La Casa Zarrúa Cap.23

Había pasado un mes desde aquella desaparición que todos calificaban de secuestro. Aunque el matrimonio no quiso recibir visitas, pues doña Currita había caído en una gran depresión nerviosa y el ingeniero no estaba para aguantar florituras ni cumplidos, no pudo Zarrúa negarse a recibir al alcalde y al gobernador. Sobre todo el segundo era demasiado poderoso para haberle hecho aquel feo. Por otro lado, ambos habían sido asiduos asistentes a sus felices veladas durante los años anteriores y garantes de su participación en algunos negocios.
Tras los saludos y un buen rato de parabienes, y tras asegurar al ingeniero que su hija aparecería, y hacerlo con tan virtual firmeza como real falta de fundamento, fue el gobernador el que, con un suspiro, quiso hacer al alcalde y al ingeniero partícipes de los graves problemas y desvelos que conllevaba su cargo. Ante sus infructuosas gestiones para recuperar a la niña y para que ambos interlocutores sintieran conmiseración por su persona, permanentemente volcada en su ardua y constante labor por la justicia, la ley y el orden, les hizo las siguientes confidencias:
-Fíjense ustedes, dilectos amigos, cómo en una zona tan calmada como la que habitan se producen, cuando menos se espera, asuntos extraños. Primero fue la misteriosa muerte, hace casi dos meses, de un tal Abdel Jabbâr, que cayó del puente, y, tres semanas después, este asunto tan delicado de su hija, señor Zarrúa. Aunque el primer atestado lo damos ya por zanjado pues, el tal Abdel, resultó ser un loco, un fanático al que su propio jefe hubo de expulsar del ejército. Por suerte las huellas que remitimos del cadáver coinciden con las de ese hombre, al parecer estaba acusado por sus propios superiores de numerosos actos de contrabando en nuestra guerra. Sus actividades debían ser bastante oscuras pues estaba perseguido por los servicios de información del ejército. ¿Se suicidó? ¿Lo asesinaron? Tanto da, ahora tenemos la seguridad de la muerte de ese loco. Y, desde arriba, se nos ha ordenado tajantemente zanjar la investigación y cerrar el expediente con la calificación de suicidio.
El ingeniero siguió la conversación sin dejar traslucir su preocupación y fingiendo sentir admiración por el trabajo de las autoridades y dar crédito a las mismas con respecto a la promesa de devolverle pronto a su hija. Sin embargo, tras las palabras del gobernador, tuvo la certeza de que los servicios secretos, por razones que no conocía pero imaginaba, habían hecho desaparecer a Abdel.
Cuando, con todos los cumplidos, agradeció al alcalde y al gobernador su atenta visita y el coche de aquéllos se perdió tras el polvo del camino, el ingeniero se sumió en la preocupación más descorazonadora. Si los maquis no habían secuestrado a su hija y Abdel había muerto, qué había sido de su indefensa niña, de aquella pobre e inocente criatura. Y, por primera vez, llegó el dolor sincero al corazón taimado de aquel hombre. Él mismo se sorprendió del milagro de que las lágrimas asomaran a sus ojos. Y lloró solo, con desconsuelo, con total desvalimiento, porque, por primera vez, todo se desmoronaba a su alrededor sin que el pudiera, no ya evitarlo, sino siquiera entenderlo. De algún modo la caída de Abdel, aquella criatura que un día levantó del barro, había precipitado todos los acontecimientos pero, siendo consciente de ello, no comprendía lo que estaba pasando.

13 febrero 2016

La Casa Zarrúa Cap.22

La Guardia Civil se hizo cargo del caso. A todas luces parecía un rapto, presumiblemente de aquellos pocos maquis que, aislados, aún se empeñaban en resistirse al nuevo orden. Seguramente, en breve, pedirían un rescate por la niña y el asunto seguiría su cauce normal en esos casos. Más pronto que tarde los que hubieran perpetrado aquella tropelía caerían en manos de la justicia o bajo los fusiles de la Benemérita.
Pero no conseguían entender cómo la electricidad volvió y el teléfono comenzó a funcionar normalmente a las pocas horas, sin que se apreciara avería alguna. Incluso el motor del coche del señor volvió a ronronear apenas intentaron arrancarlo.
Tampoco se encontraron huellas pese a que la evidencia de los mastines degollados demostrara la entrada de personal extraño en la finca.
Los caballos eran los únicos que no se tranquilizaban y con los ojos desencajados se revolvían con frenética locura ante cualquier presencia. El veterinario dijo que nunca había visto animales en tal estado y, tras varios días sin cambios, dictaminó que debían ser sacrificados en las mismas cuadras, so pena de que, en su ciega agresividad, matasen a alguien. La Guardia Civil los abatió.
Por tres veces, en sucesivos días, los miembros del benemérito instituto registraron la finca a fondo sin encontrar nada extraño.
Zarrúa estaba desequilibrado por la desaparición de su hija. Llegó a pensar que su enlace no pagó a la partida por el asesinato del bereber y que, sintiéndose engañados, los miembros de ésta habían tomado aquella venganza.
A los dos días, por toda la comarca, se había extendido el bulo de que eran los maquis, con toda seguridad, los que habían cometido aquel secuestro, persuadidos de la gran riqueza del ingeniero y la posibilidad de obtener un cuantioso rescate.
Para sorpresa de Zarrúa, el sigiloso viajante, que hizo de enlace con la partida, cayó un día inopinadamente por la finca. Parecía un alma errante. Zarrúa, apenas lo tuvo ante él, lo metió de inmediato en la casa y, de un empellón, a su despacho.
Antes de que el ingeniero abriera la boca, el hombre, visiblemente acoquinado, imploró:
-Por favor. Antes de decir o hacer nada, déjeme hablar, señor Zarrúa. Se lo suplico.
-¿Cómo que te deje hablar, pedazo de cabrón, acaso te guardaste el dinero que te di, qué habéis hecho con mi hija, hijo de puta?
-No señor, no ha ocurrido lo que usted se piensa. Pero tampoco lo que usted deseaba.
-Explícate, antes de que te entregue a los guardias o te estrangule yo mismo –amenazó en falso Zarrúa, pero agarrando verdaderamente de las solapas al viajante.
-El dinero que me dio llegó a la partida. Se lo juro. Pero debe usted saber que pagó por nada. Los de la partida no mataron a su hombre. O bien alguien se les adelantó o bien se suicidó. Cogieron su dinero porque su propósito se cumplió y pensaron que, conseguido éste, usted quedaría igualmente conforme. Ahora se acusa a las partidas de haber secuestrado a su hija. Pero, digan lo que digan, ellos no tienen nada que ver. Sólo quieren que esto le quede a usted claro. Le juro que es la verdad.
-Bajo ningún concepto quiero volver a verte por aquí, ¿está claro?
-Están dispuestos a devolverle su dinero, señor Zarrúa.
-Ni por asomo vuelvas, si te veo por aquí, te mato.
El viajante desapareció despavorido, como si quisiera huir de su propia sombra.
Zarrúa quedó aún más preocupado. La perspectiva del secuestro le había dado esperanzas. Ahora la incertidumbre más sombría le atenazaba.

12 febrero 2016

La Casa Zarrúa Cap.21

Pagó el ingeniero, por el mismo enlace que buscó, el servicio de aquella gente. Nadie podía vincularle con la guerrilla de la sierra. Todo fue rápido, eficiente y discreto. Y Zarrúa, al fin, respiró tranquilo.
Entre los irreductibles idealistas de la guerra civil quedaban algunas partidas armadas. Unos permanecieron fieles hasta al final a sus ideas; pero, otros, degeneraron en extorsionadores y sicarios. Algo en desuso, un espectro del viejo bandolerismo andaluz, otrora de trabuco y catite, orlado entonces de una aureola antifascista, y que tantos quebraderos de cabeza había dado, a lo largo de la historia, a todos los gobiernos en aquellas serranías.
Pasadas tres semanas de la desaparición definitiva de Abdel, se celebró una corrida benéfica en el pueblo. Las destacadas figuras del momento actuaban en el famoso coso de la localidad. La recaudación era, como frecuentemente sucedía en aquel tiempo, a beneficio de las zonas devastadas. Se daba por sentado que devastadas por la guerra, pero el origen de la devastación no había ningún interés en recalcarlo.
Ninguna persona de renombre faltó al festejo y tampoco los vecinos se lo perdieron. Y el ganadero no cobró por las reses, los toreros no percibieron un duro por su arte y el pueblo entero se dejó el dinero en las taquillas.
A la salida de la corrida, la flor y nata de la localidad estaba invitada, como era ya tradicional costumbre, a una selecta velada en la quinta del ingeniero. Los coches llenaron los jardines posteriores de la finca. No faltó música y baile, manjares, vinos finos y espumosos y otros lujos, entonces, al alcance de muy pocos. El boato de aquel sarao dejó sumamente complacida a toda la buena sociedad de la comarca. Y todos, a altas horas de la noche, se fueron despidiendo con sus mejores cumplidos del señor Zarrúa y de doña Currita. Y, durante años, se comentó aquel acontecimiento social, no sólo por la brillantez que tuvo, sino también por los sucesos que le siguieron. Y es que, aunque ninguno de los ilustres invitados lo pudiera imaginar y tampoco sus anfitriones, aquella fue la última fiesta que se celebró en la Quinta Zarrúa.

Contra todo pronóstico aquella noche festiva, llena de boato y postín, desembocó en una extraña madrugada. La luz eléctrica se fue. Los aullidos de los mastines de la finca se prolongaron rabiosamente hasta cesar de improviso. Extrañas luces fugaces sesgaron los jardines y la villa por uno y otro lado. El servicio, aterrorizado, creyendo sentir vibraciones que procedían del subsuelo, se encerró en sus habitaciones sin hacer un ruido y cohibiéndose hasta de respirar.
Solamente cuando la luz del día dio de lleno en aquellos parajes, entre un silencio extraño que ni siquiera perturbaba el trino de algún pájaro, el mayordomo, y todo el personal del servicio tras él, subieron en silenciosa y acobardada procesión la escalera de caracol que llevaba a la planta de los dormitorios. Entre la expectación de todos, el criado mayor llamó a la puerta de la habitación de los señores. Tras insistir, sin obtener respuesta, se decidieron a abrir y, pese a los temores de todos, encontraron al señor y a la señora profunda y plácidamente dormidos.
Trabajo les costó despertarles pues, lejos de ser natural, aquel sueño parecía inducido por algún narcótico.
Cuando el ingeniero y doña Currita regresaron a la realidad, no se explicaban todo aquel aparato, qué hacía todo el servicio en su habitación, qué ocurría.
Fue Zarrúa el primero en reaccionar, saltó de la cama en pijama, corrió a la habitación donde su hija pequeña, Regina, dormía con su aya. Pero en la estancia sólo descansaba la institutriz plácidamente. La cama de la niña estaba deshecha y la ventana de la habitación abierta con los visillos flameando al aire.
Cuando las voces y los zarandeos de Zarrúa despertaron a la institutriz de su sopor, ésta tardó un buen rato en ubicarse e, incapaz de entender lo sucedido, le fue imposible hilar palabra. Y, a las voces furiosas e inquisitivas del señor, sólo era capaz de responder, totalmente alelada:
-Señor Zarrúa, no sé nada. No he visto nada. Le juro que no sé lo que ha pasado.
Corrió el ingeniero hacia la puerta de la casa, llamando a grandes voces a su hija. Sin parar de gritar su nombre abrió la puerta principal seguido por los hombres del servicio. En la explanada levantada sobre el suelo y frente a la fachada aún quedaban, sobre los veladores, los restos de la fiesta de la noche anterior en el normal abandono que sucede a las jaranas. Pero, un poco más allá, junto a la entrada principal desde el camino que iba al eremitorio, toparon con los dos fieles mastines casi juntos, yertos, compartiendo el mismo charcón de sangre, con las gargantas casi totalmente seccionadas.
Todos buscaron a la niña por cada uno de los rincones de la finca. Gritaron cien veces su nombre, registraron todas las dependencias. Nada encontraron. Buscaron por toda la maraña de los Cantos del Duende, registraron incluso las covachas y el propio eremitorio. Todo fue en vano.
A doña Currita le dio un síncope y hubo que encamarla de inmediato y atenderla con sales, agua del carmen y cuantos otros remedios encontraron a mano las sirvientas.
El teléfono tampoco funcionaba. El potente coche de Zarrúa no arrancaba. El ingeniero quiso mandar a un propio, a caballo, para dar parte en el pueblo de lo sucedido y pedir ayuda. Pero los caballos, bien domados y siempre nobles, parecían haber enloquecido y coceaban nerviosos en sus cuadras, pateando los tablones, sin permitir que nadie se acercara a ellos.

11 febrero 2016

La Casa Zarrúa Cap.20

El ingeniero siempre tuvo por gran virtud la previsión que, en su caso, era la denominación honesta que daba a la más maliciosa de las desconfianzas. Y, del mismo modo que fue osado y temerario cuando le convino en sus negocios, se mostraba cauto y prudente cuanto se trataba de evitar las consecuencias de los mismos.
En el fondo receló, desde el principio, de que el audaz bereber se conformara con aquella callada que le dio por respuesta. Por eso tomó algunas decisiones que, después, los hechos demostraron que habían sido acertadas, si bien no tan efectivas como él supuso.
Nada más acabar aquel verano, el ingeniero había convencido a doña Currita para mandar a la hija mayor a un internado en Inglaterra, so pretexto de que esas instituciones eran las amoladeras más finas donde pulir a las auténticas damitas de la aristocracia. La sugerencia de su marido adobó de vanidad el ego de doña Currita, que aceptó de inmediato una propuesta que, según ella, cuadraba a la perfección con la distinción que, en el futuro, convendría a la noble casta de su hija. Se dijo a sí misma que no había como los ingleses para mantener las distancias entre clases, era de dominio público.
Pero, en realidad, fue Zarrúa tan cauto en cuanto al destino de la muchacha, que, aunque para sus conocidos, la niña fue a estudiar a Inglaterra, en realidad viajó a Cork, en la católica Irlanda, donde Araceli ingresó en un colegio para señoritas distinguidas. Extremo este que sólo conocía con exactitud el ingeniero y, un tanto difusamente su señora, doña Currita, muy versada en heráldica y grandezas de España, pero algo despistadilla en geografía.
A Regina, la hija pequeña, le puso una institutriz que estaba con ella permanentemente.

Unos meses después, la presencia de Abdel Jabbâr en la ciudad lo complicó todo.
La mañana en que Zarrúa vio merodear a aquel jinete por el camino del eremitorio que pasaba junto a su finca, la desazón se apoderó de él. Inmediatamente tomó los prismáticos y no le cupo la menor duda: era Abdel.
Pese a que el jinete no hizo intención de entrar en la finca y pasó la mañana vagando por  aquellos parajes y por el cercano eremitorio, el ingeniero no podía asumir aquel atrevimiento. Y, aunque temía que sus paseos por los Cantos del Duende, si se hacían asiduos, terminaran relacionándole con el jinete, no podía evidenciarse ante las autoridades denunciando aquella presencia indeseada y, menos, entrar en contacto directo con el bereber.
Aquella insolencia era imperdonable. La osadía del bereber no tenía nombre. ¿Hasta dónde pretendía llegar? A aquel rifeño, se dijo para sí el ingeniero, le iba a pesar su decisión. Había llegado demasiado lejos, pero no le daría oportunidad de dar un paso más. No en vano Zarrúa había tenido tiempo de idear una solución para tal eventualidad.
Quizás el enojo del ingeniero le llevó a tomar una decisión que él consideró innocua para su fama y definitiva para concluir con aquel problema. Una decisión que eludía a las autoridades, a los militares de los que Abdel dependía y, sobre todo, que no dejaría ninguna huella de su intervención en la resolución de aquel irritante asunto.
El ingeniero, iniciado en alevosías en la vieja guerra africana y curtido en ellas en la reciente contienda española, era en su madurez un perro viejo, con el alma encallecida, acostumbrado a resolver los problemas más espinosos por vías inesperadas y expeditivas, aquéllas que, para dirimir discretamente ciertas inquinas, solían emplearse en tiempos bélicos.

En la Posada de las Ánimas dijeron cuanto sabían a la policía. Desconocían el motivo por el que aquel hombre llevaba una semana en la ciudad. Sólo sabían que llegó en tren, que hablaba poco y que cada día salía a pasear a caballo por los alrededores. No bebía, no se le conocían amistades en la localidad, no traía mujeres a la posada y no salió ninguna noche excepto la última, tras recibir una nota de un desconocido por la tarde.
Cuando los agentes de la policía recogieron el cadáver, pensaron en un primer momento que se trataba de un simple suicidio y, pese a ulteriores informaciones y pesquisas, no lo descartaron tampoco posteriormente.
Aparte de algún dinero y efectos personales, llevaba encima la tarjeta militar de un tal Abdel Jabbâr que constaba como capitán de Infantería destinado en Ceuta. También encontraron en las ropas del cadáver una nota escueta, escrita a máquina y sin firma, que decía: “Te estaré esperando en un reservado del casino. Solucionaremos nuestro asunto.”
Pero, puestos en contacto con la Comandancia Militar de Ceuta, se les aseguró que dicho oficial no tenía destino allí. Sin embargo, la misma Comandancia, pidió a las autoridades que tomaran las huellas dactilares del cadáver y las enviaran al Servicio de Información del Alto Estado Mayor. Eso hizo pensar a la policía que, aunque la Comandancia no reconocía al fallecido con destino en la misma, sí tenía otras referencias de él. Pero no osaron pedir más detalles porque, entonces, el que la policía hubiese pedido explicaciones al Servicio de Información Militar habría sido un atrevimiento similar a que un monaguillo le pidiera cuentas a un obispo.
Habían sido los primeros viandantes los que aquella mañana, al atravesar el puente sobre el gran tajo que separaba los dos barrios principales de la localidad, localizaron en su seno, casi cien metros por debajo, el manchón sangriento de aquel cuerpo estrellado en las rocas.
No era fiable la documentación hallada en el cadáver. Ninguno de los socios del casino conocía al interfecto, así que no era plausible que hubiese quedado la noche de su muerte con alguno. La policía, aparte del suicidio y sin descartar cualquier otra hipótesis, para no caer en fáciles errores, pensó que el muerto pudo ser objeto de una trampa.
En ese sentido, y no siendo el difunto habitual en el lugar, dedujeron que bien podría tratarse de un ajuste de cuentas entre delincuentes o un asunto del maquis. Pues, en aquel año de 1942, aún había algunas partidas de aquella especie de delincuentes politizados con los que la Guardia Civil no conseguía acabar.
Aquel cadáver fue enterrado en la fosa común y, pasado el tiempo, nada concluyente llegó a saberse sobre su fin.

10 febrero 2016

La Casa Zarrúa Cap.19

Tras leer la carta, el ingeniero, de la incredulidad, pasó al asombro y luego, lentamente, a la más profunda y soberbia de las indignaciones.
Con la afilada jactancia y la roma prepotencia que da el poder a aquéllos que se sienten respaldados por él, se juró que tacharía de la historia el nombre de aquel oficialucho, que borraría de la tierra a aquel moro insolente, que aplastaría su desfachatez pisoteándole como a una cucaracha. Una especie de fiebre homicida y descontrolada se apoderó de su persona. Y, lo extraño, fue que Zarrúa no se espantó de ello, sino que le pareció justo responder con el hierro a la petición de reciprocidad que Abdel le hacía. Y es que, al ingeniero, la demanda de quien, en justicia, pretendía igualarse a él, le pareció la más ominosa de las agresiones.
Cuando, tras más de una hora, se sobrepuso al arrebato de la cólera y lentamente las oleadas de su ira fueron amainando, cuando, a duras penas, consiguió que sus pulsos se serenaran, Zarrúa logró al fin que su magín comenzase a trabajar. Su mente, educada en el cálculo y la reflexión, empezó a cavilar. La serenidad del pensamiento sofocó la pira de la pasión que la carta había prendido en su interior.
Al fin y el cabo, él era un intelectual y su cerebro estaba acostumbrado a pensar con rigor y  frialdad, sin dejarse llevar por la ceguera que producen los ígneos sentimientos en el común de los mortales.
Pero, a medida que recobró el equilibrio, y muy a su pesar, el ingeniero llegó a conclusiones que nada le gustaron. La pasión no le produjo miedo, pero la razón sí.
Para su familia sería una deshonra que saliera a relucir su relación con Abdel y sus oscuros negocios en el Rif. Su prestigio ante aquella sociedad que le idolatraba se desmoronaría. Las autoridades, permisivas en asuntos aislados y voluntariamente despistadas ante ciertos favores, jamás admitirían ni avalarían públicamente al protagonista de negocios tan oscuros y de corruptelas tan generalizadas. Y, de su relación con Malika, más valía que ni su esposa ni sus hijas supieran y, menos aún, que fuese la comidilla de aquella sociedad hipócrita, pacata y pueblerina a la que el ingeniero tenía subyugada.
Aquella carta no podía mostrársela a nadie. Para la policía, las autoridades y, sobre todo, para su familia, aquella relación y aquellos hechos, todos sin excepción, habían de permanecer ocultos. Aquello jamás había ocurrido. No sería él quien lo admitiera.
A utilizar sus influencias entre los militares, el ingeniero también renunció. Si Abdel estaba bajo las órdenes del general Mizzian, otro rifeño como él, la protección del Comandante General de Ceuta la tenía garantizada. Un general que había sido tan leal al Caudillo, como para alcanzar tal cargo y rango, gozaba de altísimo prestigio y era imposible que permitiera que uno de sus oficiales fuese incomodado y, menos, discretamente eliminado, como hubiera sido el más profundo y visceral deseo de Zarrúa.
Y sintió que toda su persona se veía anulada, temblorosamente insegura y atemorizada por el pavor al alud de oprobio que repentinamente podía caer sobre ella y aplastarla.
Aunque el ingeniero se sentía atado de pies y manos, quiso sosegarse. Mirando el asunto con frialdad, estaba seguro de que Abdel nada podría probar formalmente y, mucho menos, reclamar oficialmente. Todo aquello, en el peor de los casos, había sido un compromiso oral entre ambos, del que no existían testigos ni se guardaba memoria entre los hombres.
Abdel Jabbâr no existiría si él le borraba de su vida, si daba en desconocer su nombre, si no le contestaba, si no se daba por enterado de sus pretensiones y, simplemente, le ignoraba.
Pero, a lo que no conseguía mantenerse ajeno, era a aquella locura de pedirle a su hija, de dar a su primogénita por intercambiable con aquella oscura bereber del Rif que acabó su vida de ramera. Esa petición, además de ofenderle, desencajaba al ingeniero. ¡Qué desfachatez! ¡Qué pretensiones! ¿De dónde sacaba tanto orgullo aquel morito miserable?
La alusión a los Djinns ni siquiera la tuvo en consideración. Al ingeniero no le hizo la menor mella. Eran palabras que para él nada significaban. Todas aquellas zarandajas eran supersticiones de gentes brutales y atrasadas. En lugar de creer en esas presencias, o llegar siguiera a considerarlas, esos espíritus desconocidos resbalaron por su ánimo de piedra, dispuesto siempre a dudar, e incluso a burlarse, de amenazas mucho más consistentes y tangibles. ¡Valiente imbécil el morito de los Djinns! Debía tomarle por un niño.
El ingeniero fijó la idea del desprecio en su cabeza: Ni el bereber ni su nombre existían. No habían existido nunca. Simplemente, borrado de su mente, el bereber se diluiría, se desmoronaría en el tiempo, desaparecería con el mismo silencio con que había reaparecido.
Y decidió que la mejor postura sería seguir viviendo como siempre, como si nunca hubiese recibido aquella carta impertinente con aquella loca y denigrante pretensión. El desdén sería la moneda adecuada.