31 agosto 2015

Historia del matacán.- Primera parte

Hace muchos años la mayoría de la gente no vivía como ahora. Para empezar, en lugar de vivir en ciudades grandes, casi todas las personas vivían en pueblos pequeños. Y, para continuar, en vez de ir a trabajar a fábricas, oficinas, empresas, obras, aulas, supermercados o conducir camiones, furgonetas u otros vehículos, la mayoría de ellos sólo tenían un sitio donde laborar. Ese sitio era el mismo durante todo el año y era un lugar donde hoy no trabaja mucha gente, de hecho, no trabaja casi nadie y por eso está casi desierto durante la mayor parte del año. Ese lugar del que estoy hablando es el campo.
Y todos los pueblos estaban, y siguen estando, en mitad del campo porque así la gente tenía muy cerca su trabajo, como quien dice: a la puerta de casa. Y casi todo el mundo vivía en esos pueblos. Sólo unos pocos vivían en las ciudades que no eran, ni mucho menos, tan grandes como lo son ahora.
La gente que vivía en las ciudades, no sé la razón, se consideraba superior a la gente que vivía en los pueblos y, por eso, los de las ciudades llamaban a los de los pueblos cosas como: catetos, paletos, gamos, palurdos, patanes, pueblerinos, gañanes, destripaterrones, tuercebotas, ganapanes y otras palabras que les parecían despectivas.
Pero los de los pueblos no se quedaban atrás con las palabras y, en legítima defensa, llamaban a los de las ciudades: pisaverdes, señorones, maulas, finolis, señoritos, papanatas, panolis, bambarrias, remilgados y cursis, además de otras muchas cosas que sonaban bastante peor y que hasta está feo decir.
La gente de los pueblos trabajaba en el campo, como ya he dicho, y obtenía de su trabajo productos alimenticios con los que podía procurarse el sustento. Así, los labradores, recogían cosechas de trigo, cebada, centeno, maíz, alfalfa, arroz, garbanzos, judías, lentejas…;  los hortelanos obtenían verduras, frutas, legumbres…; los pastores criaban ovejas, corderos, vacas, terneros, cabras, cabritos…; los porqueros criaban cerdos y lechones y, en general, todos tenían en sus casas gallinas para tener huevos y otros animales, como vacas y cabras, para tener leche, o cerdos para hacer matanza y tener jamones, lomos, chorizos, morcillas, güeñas, tocinos y torreznos. Todos obtenían de la tierra lo necesario para su vida. Y lo que les sobraba lo vendían a los de la ciudad o lo intercambiaban entre ellos mismos para tener así de todo lo necesario.
En aquellos tiempos había también leñadores, pues no existía el butano y la electricidad no había llegado a muchos pueblos y, desde luego, no existía la televisión, ni se imaginaban los ordenadores ni los teléfonos móviles, y sólo algún que otro afortunado tenía una radio. Pero, el que tenía radio, tenía que tener electricidad porque las radios de entonces había que enchufarlas a la luz, que es como llamaban a la electricidad. Total, que todo era una cadena que ataba a las gentes directamente a la tierra y pocas cosas había por entonces que escaparan a ese ciclo.
Así que la gente se calentaba y hacía la comida en los hogares de sus cocinas prendiendo hogueras, custodiadas por morillos, y colocando sobre ellas, en unos trípodes que se llamaban trébedes,  los pucheros, las sartenes, las cacerolas, los cazos y las ollas. Y, por lo tanto, la madera de los montes era muy necesaria, aunque en los pueblos a la madera solían llamarle leña.
Por supuesto, en aquel tiempo, casi nadie tenía coche porque sólo podían tenerlo los que tenían mucho dinero. Pero la gente de los pueblos tenía mulas, caballos, yeguas, potros, asnos, pollinos y machos para que les ayudaran en sus trabajos en el campo pues, por aquel entonces, había poquísimos tractores y casi todas las faenas del campo se hacían a mano y con ayuda de las caballerías.
Eso sí, al igual que ahora, había escuelas y los niños y niñas tenían que ir todos los días, incluso los sábados y sólo los domingos quedaban libres de ella. Aunque, cuando acababa la escuela, podían vagar libremente por toda la villa y jugar con el sinnúmero de perros, gatos y demás animales de la localidad porque entonces todos los bichos podían andar por ahí sueltos. Aunque a estos animales nadie les llamaba mascotas ni animales de compañía. Porque esas palabras, o mejor, esos conceptos eran desconocidos por entonces.
Además, la gente se sentaba por las noches alrededor del fuego de la cocina y, a falta de televisión, se contaban historias entre ellos. Aunque, la verdad, es que casi todas las historias las contaban los más viejos porque eran los que más años habían vivido, los que habían conocido a más personas y los que habían visto más cosas e ido a más lugares. Y, escuchando aquellas historias, descubrí que casi toda la gente de los pueblos tenía un mote, un apodo que pasaba de padres a hijos muchas veces. Y también me di cuenta de que era más fácil localizar a alguien por su remoquete que por su verdadero nombre cristiano. Así, por ejemplo, la tía Peseta, la tabernera, era la viuda del tío Peseto, y casi nadie en el pueblo sabía que se llamaba María Paniagua Pérez, y cuando querían dar su nombre completo, para que no hubiera dudas, decían María la Peseta. Y así pasaba con casi todo el mundo. Era muy raro quien no tuviera un sobrenombre.
Pero, aunque la gente no tenía tantas cosas como tenemos ahora, tampoco padecían algunos de los problemas actuales. Por ejemplo, las aguas de los ríos, de los riachuelos y de los arroyos y manantiales,  por entonces, no estaban contaminadas y, en ellas, se criaban cangrejos, truchas, barbos, anguilas y otros peces que la gente pescaba, en sus ratos libres, convirtiéndose así en pescadores ocasionales para su solaz y el bien de sus despensas.
En el campo había también gran cantidad de caza, en particular conejos, liebres y perdices, y también codornices en su tiempo, por lo cual la caza era otra fuente de alimentación que se apreciaba mucho entre la gente de los pueblos por considerar que su carne montuna era un manjar. Y por eso algunos tenían un perro y una escopeta y, cuando no tenían cosa mejor que hacer y, a veces, aun teniéndola, salían al campo a buscar algún conejo, perdiz o liebre que añadir a sus comidas habituales. Y también algunos otros, que no tenían escopeta ni ganas de tenerla por no gastar en munición, sabían poner cepos, losas y lazos para los conejos, y perchas y otras trampas para las perdices. Y los hacendados, que no tenían estas habilidades de cazadores o tramperos o disfrutaban más con la holganza, compraban la caza.
Y es en este punto donde comienza nuestra historia.
He tenido que contaros todo lo anterior para que la entendáis mejor, porque en aquellos años la vida era muy distinta a como es ahora.

28 agosto 2015

Hallazgos pastoriles o apariciones extraordinarias

Del origen de las innumerables vírgenes que son objeto de devoción en las ermitas, santuarios e iglesias de España no tengo una opinión basada en estudios ni en pruebas documentales, pues no soy un erudito ni un historiador, si acaso un mal lector, y ni siquiera me tengo por devoto.
Me gusta imaginar, en mi ignorancia, que en aquellos siglos, que la historia recopiló vagamente bajo el nombre global de La Reconquista, las fronteras entre los dominios árabes y cristianos fluctuaban continuamente. Así las inseguras tierras fronterizas tal vez fueran escenarios de razias musulmanas o de incursiones cristianas con tanta frecuencia o más de las que cuentan los anales y, en ambos casos, convencidos ambos bandos de la única y verdadera identidad de su Dios y fidelísimos a Él, se entregaran en sus efímeras y mudables conquistas a la iconoclasia. En esta dolorosa destrucción de imágenes temo que llevaran la peor parte los cristianos, pues no les era permitido a los musulmanes la representaciones sagradas en iconos.
Esto me hace suponer que algunos fervorosos cristianos, que a los largo de esos siglos poblaron las inestables fronteras, hartos de ver quemadas sus iglesias, sus adoradas imágenes y sus sagradas reliquias, dieran en preservarlas escondiéndolas en los lugares más inexpugnables, remotos e inaccesibles que les proporcionara la orografía circundante.
Así, al cabo de los años, solían aparecer imágenes de vírgenes, santos, crucificados u otros exvotos y reliquias de apóstoles muy principales, en los lugares más insospechados y chocantes. De tal modo que parecían haber sido puestas allí más que para que alguien alguna vez las encontrara, para que jamás las encontrara nadie. Sin embargo solían ser halladas por humildes e iletrados pastores o por honrados patanes y ganapanes que habían de buscarse su sustento en lo más fragoso de las sierras.
Algunos dicen que estos hallazgos, principalmente por parte de los rabadanes y zagales, eran una cosa natural y esperada, habida cuenta de que los primeros que acudieron al Portal de Belén donde nació el niño Dios fueron gente de este gremio. Y, sin atreverme a poner en duda esta realidad nunca negada, me aventuro a pensar si este hecho no tendría más que ver, en nuestro país, con la trashumancia de los ganados.
Este hecho de la trashumancia se da por antiquísimo pues el ganado, ajeno a las creencias, ambiciones y codicias de los hombres, tenía necesidad de los pastos frescos que dan las recónditas y elevadas sierras en las agostadas y, durante el invierno, de las acogedoras temperaturas y herbazales de las tierras más bajas. Por tanto la vida de los pastores era un deambular constante con sus hatajos por sierras, valles, cañadas, cordeles,  veredas, coladas, vericuetos, atajos y senderos la mayor parte del año.
De esta realidad fueron conscientes desde muy antiguo los más principales y así el mismo don Alfonso X El Sabio, seguramente haciendo honor a su sobrenombre y siendo secundado luego por otros sagaces monarcas, dicen que dio origen al Honrado Concejo de la Mesta que, desde 1273 hasta 1836, defendió con incontables privilegios la práctica de este oficio. Desempeño que era provechoso para los tesoros públicos y privados (que entonces ya también se solapaban) de la nación por el importante comercio y exportación de lanas y el aparejo de impuestos que lo anterior traía consigo.
Y como estos hechos parece que son aún más antiguos que los primeros documentos que los datan, imagino que ésta es la razón por la que tantas imágenes y otros vestigios sagrados fueron encontrados por pastores. Sobre robles, encinas, madroños o hayas aparecieron. En cuevas, márgenes de ríos o taludes también. Asimismo en otros lugares insospechados y sorprendentes.
Pero, lamentablemente, no puedo dar por cierto estos hechos pues carezco de pruebas que avalen mis elucubraciones y, por otro lado, nadie puede afirmar que no fueran ángeles, querubines o arcángeles, como la fe y el buen criterio sostienen, quienes realizaran tales portentosos trasportes y, la Divina Providencia, quien guiara a tan escondidos parajes a quienes descubrieron estas santas imágenes.

04 febrero 2015

XL.- El Renuncia: Los Airheads de Montago

El silencio era espeso e incierto, parecía más una tregua, y le daba a la estancia la chocante inmovilidad de una ciénaga en calma. Serafín, deseando sacudirse la sensación de incomodidad que se había apoderado del ambiente, preguntó, con voz interesada y amable, si habían averiguado algo interesante sobre el santuario. MP, si bien con gesto serio, carraspeó y se puso en actitud atenta, como si diera por sentado que los estudiantes tuvieran la obligación de informarles de lo que sabían.
Los muchachos se miraron y, sin duda, considerando que lo que dijeran iba a ser aburrido y tedioso para los dos hombres, omitieron datos precisos, fuentes y rutinarias fechas, pero les contaron, a ratos él, a ratos ella, la siguiente historia:
-La primera cosa que nos llamó la atención –comenzó el chico- fue la doble rosa que aparece en distintos lugares y principalmente en los dinteles de las puertas y ventanas principales. Al principio, pensamos que esas rosas de cinco pétalos regulares y otros cinco interiores, girados y concéntricos, podrían tener que ver con el pentágono y con los símbolos del Temple, que todo el mundo dice encontrar hoy en día por doquier. Los Templarios parece que se han puesto de moda –ironizó el muchacho- Después pensamos que podría tratarse del símbolo del loto, muy habitual también en las decoraciones arquitectónicas. Pero, lo que finalmente creemos es que, los símbolos, hacen referencia a la época de Las Dos Rosas en Inglaterra, es decir, a la rosa de Lancaster y la rosa de York y a la posterior unión de las dos en la rosa de Tudor. Esta época, de guerra civil en Inglaterra, tuvo lugar a mediados del siglo XV y, por tanto, en la época de nuestro beato o barón.
-¿Por qué habéis pensado en esas rosas y no en otras? –dijo Serafín, cuando vio que los chicos mostraban interés en contar lo que sabían.
-Pues, porque el Barón de Montago, por lo que sabemos,  vino aquí procedente de Inglaterra, en la época a la que los románticos llamaron La Guerra de las Dos Rosas, que, aparte del nombre, fue un tiempo de intrigas y luchas salvajes por la sucesión en el trono de Inglaterra, que, de romántico, tuvo muy poco. Los contendientes eran las dos casas que se creían con derecho a ello, la de Lancaster, la rosa roja, y la de York, la rosa blanca.
-¿Y cuál de las dos es la que se ha simbolizado en este edificio? –preguntó MP.
-Pues eso es lo curioso, que no es la una ni la otra, sino otra posterior que se hizo cuando se logró la paz y las dos casas se fusionaron: la doble rosa, la rosa de Tudor. Un símbolo de reconciliación, que siguió a la boda del rey Enrique VII con Isabel de York en el año 1486, y que, simbólicamente, quiso poner fin a los enfrentamientos de los años anteriores, que tantas muertes, desolación y desgracias causaron.
-¿Y qué tiene que ver el beato Montago con todo eso? –continuó MP.
-Creemos que ese nombre es una deformación de un nombre inglés que bien podría ser el de Montagough o Montagu. De hecho, en aquellas guerras, participaron muy activamente John Neville, marqués de Montagu, y su hermano Richard, más conocido por ser el conde de Warwick, o también por Warwick the Kingmaker, un apodo que significa, algo así, como el hacedor de reyes. Ambos fueron personajes claves en aquella larga guerra de sucesión y singularmente el segundo, de ahí su apelativo. Pero, por otro lado, ambos murieron en ella. Y además el mismo día, el 14 de abril de 1471, en la batalla de Barnet.
-Por lo tanto ahí se pierde vuestra pista, pues no pudieron ser ellos los que vinieran aquí para quedarse y hacer esta fundación–replicó MP.
-No del todo, porque John Neville, marqués de Montagu, fue nombrado, por sus hechos de guerra, conde de Northumberland, y es de esta zona de donde se supone que proviene nuestro Montago.
-Sí. El panel informativo lo pone: El Barón de Montago, señor de los Airheads de Northumberland –dijo MP.
-Sí, es una afirmación algo grandilocuente y pomposa, como tantas que se hacen sobre hechos que, en profundidad, desconocemos y que, a falta de certezas, nos gusta mantener en el ámbito etéreo de eso que llamamos tradición. Sin embargo, observen ustedes, que no se cita al marqués de Montagu, ni al conde de Northumberland, sino a un barón, que es un título de menor rango. Así que nosotros nos hemos centrado en la figura de John Neville, marqués de Montagu y conde de Northumberland.
-¿Pero no acabáis de decir que murió en 1471?
-Sí, pero nos intriga la probable existencia de algún hermano o hijo que fuese el que, bajo la protección de esos dos poderosos, los Neville, el marqués y el hacedor de reyes, tan decisivos en aquellos hechos, se trasladase al Muedo y se estableciese aquí.
-¿Y qué razón habría tenido un hermano de esos dos potentados para venir a parar aquí?
-Pues mire, puede que él no tuviese ninguna voluntad de hacerlo, pero sí los que le rodeaban para, de algún modo, deshacerse de él. Northumberland es un condado al norte de Inglaterra, fronterizo con Escocia, agreste y muy poco poblado actualmente, y, menos poblado aún, en aquella época. Sin embargo, se considera, por los historiadores actuales, que es el lugar donde germinó la cristianización de la isla. Entre las leyendas de la época se cita la existencia de una especie de ermitaño, que predicó en Inglaterra contra aquella guerra entre hermanos que diezmó al país y que trajo consigo la miseria y el hambre. Al parecer, el tal ermitaño, atrajo a muchos partidarios. Éstos se resistían a utilizar la violencia contra sus hermanos y preferían las penurias compartidas antes que sobrevivir o perecer, por razones para ellos intangibles, entre las mesnadas de uno u otro bando. Los nobles, los comerciantes y los poderosos les denominaron los Airheads, con burla y desprecio, y el mote triunfó, y aquella mofa se extendió por toda la isla.
-Pero, ¿cómo los Airheads de Northumberland habrían podido desplazarse desde Inglaterra hasta aquí, siendo gente pobre, sin medios, y sin protección? –dijo MP.
-Nosotros sostenemos que el predicador, el ermitaño aquel,  era un hombre influyente. No obstante, el número de sus seguidores, tomado a broma en un principio, fue creciendo tras cada batalla y llegaron a ser una multitud que habitaba las agrestes tierras de Northumberland, sobreviviendo con lo indispensable y dando una alternativa, inédita entonces, a todos los desgraciados que las levas de los dos contendientes pretendían reclutar sin otra opción.
-¿Y cómo los poderosos no acabaron con aquella cofradía de miserables traidores y cobardes que se mostraban en contra de la guerra? –dijo MP, tan serio como un estadista responsable.
-El hecho de ser Northumberland el condado en el que se concentraban, nos hace suponer que el conde, a la sazón marqués de Montagu, por alguna razón, les protegía y ayudaba. Nuestra idea es que el predicador era un hermano menor del marqués, un Montagu. De ahí la protección que él y sus seguidores tuvieron en el condado. Pero, finalmente, abochornados los dos aguerridos hermanos mayores por las cristianas recriminaciones del hermano menor y por el mal ejemplo que daban al pueblo los Airheads, con su activa oposición a la guerra y la admisión de prófugos y desertores entre ellos, hicieron que el ermitaño pusiera tierra de por medio y, con el título honorario de barón, y la protección de su nombre e influencia, se las arreglaron para que atravesara Francia y se estableciera aquí con los suyos.
-¿Podría tratarse de un incipiente movimiento pacifista en una sociedad en la que tales movimientos no se contemplaban ni se concebían? –dijo el Renuncia.
-Puede que así fuera –dijo la muchacha- pero eso no podemos saberlo. Ha habido movimientos de ese tipo siempre pero, por unas razones o por otras, también siempre se silenciaron a lo largo de la historia. Se construyó un pensamiento contra la lógica. Se inventaron las ideas de la lealtad al rey, o de los nacionalismos patrióticos, o de la ortodoxia religiosa que identificaba a la deidad con la patria y con el rey, u otras, igual de partidistas, para sofocar esos movimientos de natural disidencia que siempre han existido. Y, la verdad, es que, hasta nuestros días, esas ideas, sustitutivas del sentido común, han venido funcionando con éxito e, inexplicablemente, movieron y mueven a las masas. Han sido y son una llamada al gregarismo identitario que, inexplicablemente, nunca hemos perdido los humanos. Tal vez sea una idea primaria, procedente de la prehistoria, y encajada en nuestro cerebro como una impronta defensiva y visceral.
-Ni debemos perderla –terció MP- pues si no defendemos nuestra identidad y nuestra historia, estaremos perdidos irremediablemente.
-No estoy muy segura –dijo la chica- pues, si lo que usted dice fuera cierto, hoy los capitales no hubieran saltado las fronteras, las empresas no hubieran buscado su auge en lugares extraños donde pudieran medrar con más ganancias, las personas no emigrarían buscando mejores horizontes, los talentos no se venderían al mejor postor y, para no abundar más, los nacidos en cada sitio no mirarían sino por su comunidad. Pero esto ni es así, ni lo ha sido, y camino lleva de serlo cada vez menos pues, el egoísmo que propugnaban y propugnan todos estos movimientos, ha terminado globalizando el mundo y, la comunicación, que pretendía dominar las ideas e incluso la realidad, ha terminado por informar a cada cual en el planeta de lo que pasa, por más que muchos se empeñen aún por evitarlo. Entre que el mundo sea de todos o de algunos, triunfará lo primero o, lejos de haber un triunfo, sólo conoceremos barbaries y desgracias.
-No me diga, señorita sabia, –interrumpió un MP repentinamente enfurecido- que el futuro va a librarnos de nuestras ataduras, ¿es que cree usted que nuestra época es distinta de las demás por el mero hecho de que la vive usted? Las cosas son como han sido siempre y el mundo está hecho a la medida de quienes lo dirigen y, cuanto antes se entere usted de esto, antes podrá hacer algo decente por los demás y por usted misma. El mundo está regido por la honradez y la decencia de los muchos que simplemente lo habitan, porque los pocos que accidentalmente lo dirigen raramente se evaden del sarcoma que el poder encierra.
La muchacha se quedó callada, sin saber si el viejo y ella hablaban de lo mismo, y luego, con una tristeza impropia de su edad, miro a MP y dijo:
-Usted puede seguir con sus ideas. Seguramente llevará razón. Sería tonto que yo pretendiera convencerle. Pero, pese a todo, con cada generación se avanza un paso y, en la mía, no seré yo quien se resigne a no darlo.
MP no contestó. Le gustó el temple de la chica. Y, se dijo, que, diciendo cosas diferentes, podían llevar razón dos personas a la par. Se metió dentro de sí, como un caracol que se retrae bajo su concha, y pensó que ojalá fuera otra vez joven, sabiendo lo que ya sabía. Pero, enseguida, se percató de su contradicción, ya que, lo que sabía, lo sabía por viejo, y, su conocimiento, sólo serviría para detener a un joven, para hacerle un escéptico precoz y, por tanto, un ser tan inútil como él había sido. Y se dijo también que no era lo mismo saber que aprender. Y que, en su caso, el haber aprendido mucho no significaba que supiera lo suficiente; y que la experiencia era una defensa, más para sobrevivir que para saber y progresar. La experiencia busca seguridad y no riesgo, y tampoco incita a buscar lo oculto, a enfrentarse con la vida verdadera, esa que dicen que nos cerca permanentemente, que nos hace desconfiar de los demás, que nos hace sentirnos amigos o enemigos por instinto, y, así, ocultarnos mutuamente. Dudó, por un momento, de la utilidad de esa acumulación de vivencias que dicen que a los viejos les sirven para sobrevivir pero que, a los jóvenes, no les sirven para vivir. Y pensó también que sobrevivir y vivir eran, definitivamente, las palabras que, simulando afinidad, matizaban la gran diferencia entre jóvenes y viejos. Y que los jóvenes están para vivir. Los viejos ya, daba igual.
Como se había hecho de nuevo el pesado silencio, Serafín lo rompió de nuevo:
-Bien, pero, tal vez, la cosa sería fácil de averiguar si se consiguiera el testamento del beato Montago. Seguramente en él aparecerá su nombre verdadero y el origen de sus gentes y de sus propiedades. El obispado de Nogüenza, titular de la herencia del Barón y albacea de todas las otras disposiciones que éste dejó en ese documento, debe tener certeza de quién era ese hombre.
-Sí, pero dicen que ya no se conserva en sus archivos tal documento. Que lamentablemente no ha quedado rastro escrito de esta historia. Y, aunque les pedimos otras referencias indirectas, nos dicen que no las hay.
-Y vosotros no les creéis –terció MP.
-Nosotros podemos creer que los papeles originales hayan desaparecido. En los últimos quinientos años ha habido numerosos avatares: guerras, saqueos, incendios, robos, etc. pero, lo que nos tiene perplejos, es que no nos den siquiera referencias, documentos que hablen sobre otros documentos, viejos catastros, cuentas antiguas…, no sé, algo que nos indique por dónde seguir –dijo la chica.
Llegado este punto, vieron que la historia no tenía ya posibilidad de continuación, excepto en lo que cada cual pudiera imaginar. Así que los muchachos se despidieron y ya se marchaban a su tienda, cuando MP les hizo una última pregunta:
-¿Y qué significa exactamente “airheads”, el mote ese que les dieron a aquellos viejos disidentes del bipartidismo de entonces?
-Algo así como cabezas huecas –contestó la chica- pero, si prefiere usted algo menos literal y más acorde con las palabras que empleamos hoy en día, se podría traducir por “gilipollas”: Los gilipollas de Northumberland.
Los dos hombres quedaron pensativos y fumaron un cigarro en silencio. Ambos comprendieron que ya entonces, en el siglo XV, el sistema imperante despreciaba a aquellos que pretendían cualquier alternativa a lo establecido, y eso les dio que pensar. Se acostaron enseguida a la tenue luz rojiza del rescoldo.

XXXIX.- El Renuncia: Los estudiantes

Apenas bajaron de la moto, y casi sin terminar de estirarse, pie en tierra, de la forzada posición que habían mantenido en el viaje, descubrieron a los dos hombres que les miraban inmóviles desde la casa. De inmediato saludaron con la mano y se acercaron a ellos relajadamente, con una sonrisa amistosa.
-No esperábamos encontrar a nadie por aquí –dijo el chico
-Nosotros tampoco –dijo MP secamente, sin dar confianzas.
-No se preocupen por nosotros –dijo ella- somos estudiantes y andamos haciendo averiguaciones sobre el santuario y el Barón de Montago y, aprovechando el fin de semana, hemos venido a dar una vuelta.
Reparó entonces Serafín en que habían perdido, al menos él, el calendario interno de los días, ése que nunca se olvida en la ciudad. No sabían el día en que vivían. Así que, el que los muchachos se lo hubieran recordado, casi le pareció una intromisión.
-Para nosotros todos los días son iguales, –contestó MP, como si le hubiera escuchado el pensamiento- pero compartiremos el albergue, como es de justicia.
-No, muchas gracias, no se trata de eso. Preferimos instalar nuestra tienda. Venimos equipados. Tal vez luego nos veamos, si no les importa –dijo el chico, y los dos se marcharon a descargar el equipaje de la moto.
Les observaron desde la casa montar una pequeña tienda, a unos cien metros, en la zona seca de la pradera. Descargaron después los otros bultos y lo metieron todo en ella. Tras colocar la pesada moto al lado y apoyarla en su pata de cabra, se dirigieron hacia el santuario.
Bordeándolo por la parte contraria a la casa, se acercaron a la pared rocosa y anduvieron por allí mirando, sin duda, aprovechando el poco tiempo de luz que le quedaba al día. Luego les perdieron de vista.
A la noche los muchachos se acercaron al refugio. Traían comida y bebida y les pidieron permiso para cenar con ellos. A MP pareció agradarle el comedimiento que mostraban, pero asintió con un ademán que pareció de indiferencia. A Serafín le gustó ver gente nueva, sobre todo porque éstos, para variar, eran muy jóvenes.
Mientras compartieron cobijo, fuego y cena supieron que eran estudiantes de historia y también que investigaban sobre el enigmático Barón de Montago.
Por lo visto, nada fiable se conocía sobre él. Según los muchachos, existía la sospecha de que, bajo tal nombre, se ocultó otra persona de identidad desconocida. No les cabía duda de que en los archivos del Reino Unido, de donde se suponía que Montago procedía, y en los de otros países europeos, por los que se presumía que había pasado, tenía que haber alguna información sobre él y, sin embargo, no la había o, al menos, hasta ahora nadie la había encontrado. Según los estudiantes, de un personaje de la categoría de Montago, era imposible tal carencia de información y referencias. Así que ya llevaban seis meses investigando con más pena que gloria y, sobre todo, con ese desánimo que proporcionan los vacíos inexplicables.
-Seguro que en los archivos del obispado podrán proporcionaros alguna información –dijo MP, recordando sus búsquedas en los archivos del ministerio.
-Ya se la pedimos, pero el breve informe que nos han enviado no nos ha aportado más que vaguedades y tópicos. Vamos, esas cosas que escriben los cronistas locales y que se limitan a trasmitir tradiciones o leyendas con poco o ningún rigor histórico.
-Pero se supone que el testamento del Barón ha de encontrarse en los archivos del obispado.
-Puede que así sea o puede que no, pues, por desgracia, a consecuencia de las guerras y conflictos de los últimos siglos, muchos documentos han desaparecido, se han trasladado o, incluso, se encuentran en colecciones particulares a las que el acceso es casi imposible. Y, en el caso de que no haya sido así, las guerras proporcionan una buena excusa para dar por perdido lo que no se desea mostrar.
-¿Y en los archivos del Vaticano? –sugirió Serafín.
-Puede ser. Pero parte de ellos tienen un acceso muy restringido, incluso para los dignatarios de la iglesia. No sueltan prenda los del obispado, cómo para conseguir algo del Vaticano.
-¿Y a vosotros qué os importan los secretos de la Iglesia? –preguntó MP con repentina exasperación, algo de inquina en el tono, y su habitual tacto.
-Ya se le reconocen a la Iglesia muchos secretos, sin contar los misterios en los que esa fe se asienta –dijo suavemente la chica- pero, a nosotros, nos interesa la historia y no lo que cada cual quiera creer. Por tanto, el Barón de Montago, tiene para nosotros un significado y un valor histórico que pertenece a la Humanidad y que no es patrimonio ni, en su caso, debería ser secreto de ninguna asociación religiosa. La doctrina de la Iglesia y la Iglesia misma nos traen sin cuidado, mientras ésta no se convierta en una entidad protagonista de la historia porque, en tal caso, sus hechos, que no su doctrina, entran en el ámbito del acervo colectivo, ése que todos tenemos derecho a conocer por ser, como lo es la historia, algo común a todos –acabó la muchacha más en tono didáctico que buscando diatriba con aquel viejo malencarado y con pinta de vagabundo, tan presto a la cólera.
Sin embargo, en mala hora lo hizo, pues MP se dio por aludido y encarándose con ella le espetó:
-Oiga usted, señorita, ¿es que no le parece suficiente que la Iglesia haya preservado hasta hoy la mayor parte del patrimonio cultural que tenemos? ¿Es que no le parece suficiente su obra ingente? ¿Es que se cree usted con derecho a inquirir de los Papas y de esta benefactora institución lo que a usted se le antoje? ¿Es que…?
Y Serafín, viendo que don Macario se estaba poniendo de manos, terció:
-Pero deje que se explique la chica, que no la deja usted ni respirar.
-Mire, si la Iglesia intervino en la historia de estas tierras, más allá del bienestar espiritual que procurase a sus fieles, es mi deber indagarlo como historiadora y, luego, divulgarlo para el mejor conocimiento de las cosas. Es cierto que la Iglesia ha preservado muchas cosas pero, los fondos, procedieron de todos los que de grado o por la fuerza hubieron de contribuir con sus tributos y sus diezmos a ella y no veo, además, la razón de que una cosa justifique la otra. ¿A qué viene, en su caso, ese deseo de ocultar la historia? Por otro lado, a todos nos gusta averiguar cosas y, seguramente, el hecho de que usted, a sus años, camine errante por ahí, en compañía de este hombre sencillo, tampoco será ajeno a tal anhelo.
Se preparaba MP para rebatirle airado, pero el último razonamiento de la chica le contuvo. Calló como si hubiese olvidado cuanto iba a decir. Miró al fuego, sacó un cigarro y jugó un momento con él entre los dedos. Lo encendió con parsimonia y dijo:
-Me alegro de que en la Universidad les enseñen a ustedes a pensar.
El Renuncia alargó el botillo a la chica:
-Prueba el vino.
Ella, sin retirar los ojos del viejo, tomó el botillo y dio las gracias. Al cabo de un rato, volvió a dirigirse a  MP  y dijo:
-No olvide usted que, a pensar, nos enseñamos también unos a otros.

05 enero 2015

El color del monte

Se internaría en solitario en el Marojal. Estaba amaneciendo. Hacía cinco grados bajo cero. Era un día de enero. El cielo no enseñaba una sola nube y no había viento. Aunque sentía frío, sabía que el día venía de anticiclón y que dentro de una hora le abrigaría el propio monte, le caldearía el sol, bajo un cielo totalmente azul, y después, seguramente, tendría calor. El ejercicio de subir y bajar barrancas cerradas de vegetación, con empalizadas de marojos tan densas como las púas de un erizo, también ayudarían a generar calor propio y, enseguida, sudaría. Era el destino seguro que le reservaba el día, lo demás era aleatorio, todo sorpresivo, nada previsto. Así era aquel monte en particular y la caza en general, lo sabía de sobra.
La sensación de silencio y soledad no le cabía en el cuerpo. Sabía que el monte era un laberinto tan intrincado como espeso, con zonas inexpugnables a rodear. Los años le habían enseñado mucho sobre él. Sin embargo, pese a ello, se sentía como un minúsculo parásito que se internara en el espeso plumaje de un ave o en el denso abrigo de la piel de un zorro. Y sabía que, sin estar perdido, el monte le trasmitiría a ratos la acostumbrada sensación de impotencia del que perdido estaba o, al menos, del que en aquellas espesuras sin horizontes se sentía inerme e insignificante.
La tentación, para el que sabía lo que le esperaba, era cazar las lindes del Marojal, siempre más transitables y claras, en busca de la liebre, y dejar a un lado las casi impenetrables espesuras. Pero eso hubiera sido renunciar a la sorpresa, a lo incierto, a la promesa oscura del corazón del monte.
Sin embargo, el monte cerrado, prometía constantes torturas e incontables obstáculos. Abrirse paso en aquel arcabuzal no era fácil. Sabía que el ramaje, las alreras enredadas entre los tallos de otras plantas espinosas, la fusca espesa y, a veces, impenetrable, los obstáculos del terreno abrupto, serían castigos constantes que le harían deambular, siempre recortando, y con poca visibilidad. Pero el monte cerrado es así. Lo tomaba o lo dejaba.
El pilar del monte, junto al Camino Real, fue el punto de partida. Las perras se acercaron al pilar de la fuente que estaba helado bajo una costra de un dedo de grosor.
Decidió, tras una corta cavilación, tirar a la derecha del camino, hacia Los Temblares, para, gradualmente, ir subiendo e internarse lentamente en el monte. Tiempo tendría en el día para ir ascendiendo hacia las crestas más altas.
Las perras iban sincronizadas, la Fary, poderosa, cazaba cuarenta o cincuenta metros por delante, revolviendo el terreno con ansia y describiendo grandes eses sesgadas; la pequeña Tiqui no se alejaba más de diez o quince metros, zarceando a su alrededor. Y el cazador se sentía capitán de un diminuto ejército bien organizado.
Nada nuevo tras una hora. Subiendo lentamente, atravesó al paraje de Los Enechos y sabía que, ascendiendo, pronto llegaría a la vieja Senda de la Sierra, casi perdida y en desuso, poblada de jaras ya en su centro.
Eran casi las 10 cuando se paró, para tomar resuello y quitarse ropa. Como imaginó, estaba sudando. Había de quitarse chaleco y forro para despojarse de la pegajosa camiseta. Al volver a vestirse se notó más ligero y fresco, como si se hubiera quitado diez años de encima.
Si guardaba la altura que había alcanzado, daría a la Solana del Barranco Grande; si cruzaba el camino y seguía subiendo, se metería en La Marota, coronada arriba por sus peñas agrestes. Si hubiera buscado al jabalí encamado, debería haber tomado la solana, pero él no era cazador de jabalí, no lo había sido nunca, ni sabía de ello. Por otro lado, era el primer día que podía cazar en el monte y sabía muy bien que, desde que empezó la temporada, lo habían estado cazando los vascos.
Éstos venían de lejos, de los umbríos bosques de la Cordillera Cantábrica y eran considerados verdaderos especialistas en materia de becadas. Traían setters especializados con collares delatores, que pitaban cuando el perro hacía muestra, y, además, soltaban un pastón por este tipo de caza.
No le extrañaba que, a los locales, sólo les dejaran cazar el monte a final de temporada, cuatro días, por puro compromiso. Así que calculaba que, si quedaba alguna, estaría en lo más inaccesible, resabiada por las apretadas manos de los expertos vascos, y, por tanto, optó por seguir subiendo por la dura umbría de la Marota, lo más agreste del contorno cercano.
Esa umbría era un arcabuco, una espesura tan desesperante que le hacía dar vueltas para poder atravesarla penosamente, teniendo a veces que retroceder, al quedar atollado, para buscar nuevos pasos entre la alta maleza, las piedras y los apretones infranqueables de marojos y zarzas íntimamente enmarañados.
Pero se produjo la sorpresa, y vio a la Fary de muestra cuarenta metros por delante. En lo más empinado del umbrío laderón, estaba clavada mirando hacia abajo. Sostuvo la muestra hasta que llegó a ella. Apenas un segundo después oyó el ligero arranque de la becada, pero fue casi una intuición, porque no la vio y sus alas fueron como seda cortando el aire, como un suave roce, casi sin ruido. Tal era la espesura y altura de los marojos de los que había salido, tirando después ladera abajo y ocultándose tras ellos siempre.
Se quedó con mal sabor de boca. Pero pensó que la becada se defiende así, en el breñal, y que, si él fuera becada, habría hecho lo mismo. Se explicaba que los vascos tiraran con cartuchos cargados con 40 gramos de plomo de décima, lo sabía por las vainas que había encontrado. Y, con un poco de humor, daba en imaginar que, algunas veces, tirarían de oído con semejante carga. Pero, qué más le daba a él lo que otros hicieran, sabía que con su escopeta del 20 y con 28 gramos de sétima, si no veía la pieza aunque fuese un cuarto de segundo, no había nada que hacer.
Entre las peñas de la Marota había charcos helados. Con la culata de la escopeta rompió la costra helada de uno, aparente para que las perras bebieran. El día era de una claridad impresionante. No había evaporación alguna y, mirando al noreste, se veía a grandísima distancia la mole inconfundible del Moncayo con su cima nevada. Muy pocas veces en el año la vista llegaba tan lejos. También era cierto que, para que allí llegara, había que subir a la Marota o más alto.
Pero, después de aquello, tuvo una intuición. Sabía que, si se bajaba del breñal de La Marota y cruzaba el arroyo de La Enguajarda, había una punta, bajo el camino de la Bodera que, por quedar un poco aislada y a trasmano, puede que estuviera sirviendo de refugio a alguna becada fogueada. Estaba en la dirección en que había volado la que oyó y sabía que el esfuerzo para ir a esa zona, relativamente pequeña, en teoría no compensaba. Y también aventuraba que, los vascos, podían no haber dado con ese perdedero o que, por sus pequeñas dimensiones, lo hubiesen descartado y no se tomaran la molestia de mirarlo habitualmente.
Guiado por esa intuición, al cabo de media hora de atravesar la barranca, atollándose varias veces, y franqueando el arroyo por donde pudo, se internó por la ladera, mucho menos espesa, más de sardón que de monte alto, del cerro oblongo coronado por las derruidas tainas de la Mata.
Enseguida le animaron los gestos de las perras, pues ambas parecían interesadas en aquel terreno en cuanto lo pisaron. Pero era la braca la que denotaba mayor nerviosismo en la punta de su rabo corto, antena por la que mostraba su interés. Pero, por aquel lado, no estaba lejos la linde del monte con el  terreno más limpio del término y, por eso, pensó que, en lugar de la becada, fuera una liebre la que le diera la sorpresa.
La ladera del alto de la Mata se espesaba paulatinamente. Acababa de saltar una cerrada rodeada de espinos. Apenas lo hizo, vio a la braca, treinta metros delante, muy picada. Eran masas de estepas, manchas de retamas, algunos robles salteados y grandes zarzones junto a una gran carrasca. La braca paró en seco ante aquel mohedal. No deshacía la muestra. Casi sin duda era la becada. Y lo era. Pero, una vez más, saltó a resguardo, salió por detrás de la espesa carrasca. La levedad del vuelo susurrante de su escape al cazador le sonó a burla, pero sólo la vio un instante trasponer, allá lejos, fuera de tiro, como una sombra. Aún sintió la tentación de disparar, pero no lo hizo.
No acaba de abominar de su mala suerte o de admirar el instinto de supervivencia de estas aves, cuando reparó en que la braca no había deshecho la postura y, en ese instante, saltó otra que intentó velozmente remontar la carrasca. Pero, esta vez, le ofreció tiempo para apuntar y, antes de que quebrase bruscamente hacia abajo para taparse, como tienen por costumbre, la perdigonada se la llevó por delante. Al momento la braca la tenía entre sus fauces, entregó la pieza y luego, loca por el tufo del ave, se revocó, con un placer casi lujurioso, sobre el suelo donde dio las plumas. Le sorprendió, una vez más, la pasión de la braca por la caza y, más aún, le maravilló que hubiese dos becadas juntas, dada la fama que las chochas tienen de solitarias.
Bueno, se dijo, parece que los bilbaínos aún han dejado alguna. Y, animado, decidió mirar el alto de las tainas de la Mata a conciencia porque, primero, no le había fallado la intuición y, segundo, había que hacer caso a las perras que, tras la captura, seguían vivamente interesadas en los rastros de la zona.
Así que, una vez recorrida la parte baja y media del cotarro, decidió darle la vuelta por lo más alto, ya a la vista de las tablillas del término, no fuera a ser que en aquel extremo del monte le hubiera dado por refugiarse a alguna sorda más.
Y lo recorrió un poco más ligero, porque la vegetación no era tan espesa y porque pensaba que demasiada suerte había sido ya el haber dado con dos y porque, a decir verdad, desconfiaba de que hubiera más. Pero no le quitaba el ojo a la braca pues, la colina, no hacía más que mover nerviosamente el rabo. Imaginaba que las dos picudas, ya vistas, se habrían estado moviendo por el cerro y que el fino olfato de la Fary aún daba con sus rastros y no le hubiera extrañado que hubiera hecho alguna muestra en falso.
Sin embargo, en el último mechón de marojos aislados, cuando ya estaba a punto de descender del cerro y cambiar de escenario, la braca se quedó de muestra.
Él salió corriendo para tener visibilidad pues, tras la dirección del hocico de la perra, estaba el corte final de la ladera y, si no llegaba a tiempo, lo que saltara, si es que algo saltaba, lo haría fuera de su vista.
Llegó junto a la perra, que no deshizo la postura. A la izquierda dominaba la bajada de la ladera, a la derecha el terreno con visibilidad que daba al término. Era difícil que la becada le buscase el punto ciego en su huída. Pero ni la perra se movía, ni la chocha saltaba. Azuzó a la braca, pero ésta no se movió. La Tiqui, sin embargo, tan nerviosa como él por tanta espera, se metió entre los robliscos de un brinco y a los dos segundos voló la becada cuesta abajo. Y, dejándose ver, se sentenció, porque, en estos casos, no ofrecía el tiro más dificultad que el de una codorniz en lo limpio.
Dos becadas en enero. No podía pedir más. Se sentó en una piedra, comió un poco y engulló el bote de agua isotónica. Mientras lo hacía, pensó en la dirección a tomar. Sabía que aquellos altos eran la zona preferida de los bilbaínos y, lo mismo que había dado con ese pequeño reducto donde abatió dos, pensó qué otra zona del monte podrían haber utilizado de refugio las fogueadas aves. Como en las cercanías no encontró ninguna buena proporción, pensó en dar un gran paseo. Mataría el resto del día en cruzar el monte a la aventura. Cortaría a la Senda de la Sierra, avanzaría por ella sin dificultad hasta el Barranco Grande y, llegado allí, bajaría por la Tesuguera hasta Los Ojos y la linde con Cardeñosa.
Una hora más tarde subía la umbría del Barranco Grande para cruzar a la Tesuguera. Era un sinfín de vueltas las que tenía que dar para ir ascendiendo entre tanta maleza. En todo el recorrido, sólo su ruido entre las brozas asustó a una lechuza que, con su blando volar sin sonido, blanco y canela, cortó silenciosa barranco abajo a buscar un nuevo dormidero hasta la noche.
Estaba a punto de remontar la umbría, a veinte metros del lomo. La Tiqui se lanzó entre sus pies inopinadamente, entre aquella maraña que apenas dejaba ver el suelo, sobresaltándole. El tiro desequilibró a la liebre, tanto que él la dio por muerta, pero disparó nuevamente a la maraña de zarzas donde la vio desaparecer. Unos segundos después la vislumbró descumbrar, apenas un asomo de sombra, entre toda aquella maleza, seguida por los ladridos de la Tiqui. La braca apareció al instante quedándose de muestra a un metro de él y tirándose a la cama vacía. No podía creerse que se le hubiera ido. Pero, al reparar, se dio cuenta que la había tirado a apenas cuatro metros. El círculo del tiro, como un puño, había levantado la tierra y la hojarasca, tan cerca de la liebre o, quizás, bajo ella, que la desestabilizó dando la impresión de que la había alcanzado, pero no había sido así. No la había tocado y el segundo tiro se lo tragó la fusca. Pensó que, en toda su vida, jamás una liebre le había salido en una zona tan profunda y enmarañada del monte y, menos, en una umbría. Pero así había ocurrido.
Bajó, lo mejor que pudo, por el barranco de la Tesuguera. Abajo, junto al arroyo, vio el promontorio con grandes bocas que daba nombre al paraje. Allá se veían las grandes huracas sobadas de los tejones o tasugos.
Allí cambió de idea y, en lugar de seguir por Los Ojos a la linde de Cardeñosa, tomó la senda de la Tesuguera, casi perdida entre maleza, para salir al Camino Real, entre Peñarrubia y los Puntales, zonas bajas que lindan ya con Riofrío. Desechó la idea de atravesar por Los Ojos por ser aquello una zona de lavajos, algo pantanosa, que algunas veces podía convertirse en un auténtico tremedal.
Apenas llegó al Camino Real, lo tomó a la derecha. Quería atravesar los bajos de los Puntales hasta la linde con Riofrío. Pero en la misma espuenda izquierda del Camino Real, la braca se puso de muestra. Imaginó la liebre, encamada como suelen junto al camino, brincando a él y poniendo pies en polvorosa rápidamente por su firme. Pero no fue así.
La Fary deshizo la postura y se internó ágilmente en la fronda de marojos a la izquierda del camino. Rápidamente la siguió, con la Tiqui a su lado, para verla de muestra nuevamente, veinte metros metida entre los apretados troncos de marojos. Deshizo la muestra para repetirla de nuevo quince metros más adentro. Aquello era un correr nervioso entre el apretado marojal, porque la Fary repitió la faena un par de veces más. Al final la becada se levantó. Salió sesgada hacia arriba cruzando veloz entre troncos verticales hasta salvar por encima toda aquella maleza, justo en ese momento disparó, sin darle tiempo a que quebrara, ya libre de obstáculos, buscando dirección. Se felicitó por haberse reportado y haber sabido esperar el momento del tiro y no haberse precipitado arriesgándose a fallar doblando entre la fusca. La Fary la cobró con ansia y luego de entregarla, se dio los revolcones de rigor.
Al rato llegó a la linde de Riofrío. Se sentó en un mojón del monte, junto a una tablilla y despachó todo lo que le quedaba de comer. Lo empujó con otro bote de agua con sales. Estaba contento. Pero tenía que regresar al coche, junto al pilar del monte. Y la caminata, que aún tenía pendiente, iba a ser un añadido al tullimiento que ya llevaba encima. Y temió que, un día, esa afición que le llevaba de un lugar a otro, se olvidara de que había que reservar fuerzas para volver.
Buscó el cauce de un arroyo seco, que subía por entre Peñarrubia y los Valondos, y lo usó como atajo para llegar de nuevo al Camino Real, acortando gran trecho. Pero se dio cuenta de que ya ni las perras ni él iban cazando. Estaban los tres locos por llegar al coche. Y apenas lo divisaron a trescientos metros, las perras corrieron y se tumbaron junto a él. Eran más de la cinco y media y el sol quería ya ponerse. Se volvió y miró al monte. Y se dijo que el monte, en invierno, tenía los colores del lomo de una liebre o los del mimético plumaje de la chocha.

31 diciembre 2014

Un rato por Madrid

Existen costumbres que se pegan a la piel como lentigos y se pronuncian como las arrugas, más cada año que pasa. De vez en cuando acomete el ansia por recorrer, una vez más, las viejas urdimbres de la propia memoria. Y, entonces,  a uno, como otras veces, le da por irse a deambular por Madrid.
La mirada, esa mirada individual capaz de ver el tiempo, empieza a bifurcarse apenas uno sube al tren de cercanías que ha de llevarle a la Estación de Atocha.
Mira, con un ojo extraviado, al recuerdo de la primera vez. Y le cae al viajero el manto dulce encima de la emoción simple de niño, cuando un pariente le llevó a Madrid en tren.
- No saques la cabeza por la ventanilla, que se te van a meter carbonillas en los ojos.
Y el viajero novel, obediente y dócilmente atrapado por la magia del monstruo de vapor, se sentaba en el banco de madera del vagón con la nariz pegada al cristal, y con el aliento contenido, para que la atención no se le disipase ni un segundo.
Ahora, mira con el otro ojo, el que tiene ya una lente graduada por los años, desfilar el paisaje viejuno, hoy tan desdibujado. Nuevas estaciones, incluso nuevos pueblos nacidos de centros comerciales, muchas urbanizaciones, pocos eriales, cientos de empresas, miles de obras y una sucesión interminable de pintadas que no dejan libre un palmo de hormigón en el camino. Signos voraces de otro tiempo que aturden y abruman al viajero.
Y, sin embargo, todos esos grises estímulos de hoy, repetitivos, planos, e incluso tan tecnológicos como útiles, no pueden con el recuerdo poderoso, sorprendente, claro, polícromo y vivaz de aquella virginal primera vez.
La Estación de Atocha era entonces la boca de entrada de Madrid. Para el viajero indolente, que abomina del coche y sólo va a Madrid por añoranza, lo sigue siendo. Y, nada más llegar, se apercibe desde ella del aliento de la ciudad, que no es puro, que es una mezcla intemporal, algo así como un tufo que se percibe muy bien en las grandes estaciones. El abigarramiento de cosas y personas da, bajo las grandes carpas metálicas y acristaladas de Atocha, un anticipo inquietante de lo que la ciudad puede ofrecerte. De lo que, quizás, todas las grandes ciudades, satinadas de historia, pueden ofrecer: el hálito del lobo joven y la quimera de la leyenda vieja. La mezcla del fedor de siempre, de los olores cotidianos, de los aromas más inesperados e, incluso, de los perfumes irrepetibles y fugaces, casi imaginados.
El hogaño es una fiera que persigue al antaño sin piedad y se apodera  de los jóvenes sobre los que, desprevenidos de pasado, siempre reina. Pero fenómeno contrario acontece en los viejos, en cuyas almas el antaño se atrinchera y se defiende con toda la venenosa saña del recuerdo. Antaño y hogaño, murgaños ponzoñosos que se odian y que, con desequilibrantes resultados, se devoran mutuamente sin parar, sin darse descanso, en las almas cándidas de los seres humanos, siempre desprevenidos ante el tiempo.
Pega el sol en la Glorieta de Atocha y los negros, desparramados en su semicírculo, ofrecen baratijas y discos en sus mantas. Alguien da el queo y, a grandes zancadas, cuando no corriendo, todos desaparecen veloces con sus hatillos a la espalda. Correr en África, correr en las fronteras, correr en Madrid, correr siempre… Efectiva debió ser la maldición con que Noé postergó a los camitas, que, por lo que se ve, aún no ha prescrito. Ni trazas lleva.
Los bares antiguos de la esquina de la calle de Atocha han desaparecido o cambiado de nombre y, ahora, pertenecen a cadenas que, como en el textil, tampoco faltan en la hostelería. Y hasta las churrerías pertenecen a cadenas y sus masas para churros y porras son ya masificadas. Las franquicias triunfan por doquier como modernas prelaturas de los anónimos pontífices de la economía. Amén.
¿Cuántos años hará? Siempre aparezco en el mismo lugar. Una pensión antigua de un asturiano que está en la calle Atocha, esquina con Santa Ana. Una reliquia de cuando toda la calle estaba llena de pensiones y restaurantes económicos para atender a la demanda de todos los que venían a Madrid a sus pequeños trapicheos o gestiones. Cuarto piso y escaleras estrechas y empinadas de madera.
-Ya podías poner ascensor.
-No jodas. Pero si por estas escaleras las manolas les tiraban agua hirviendo a los gabachos. Si toco la estructura de la casa se raja por los cuatro costaos.
Dejo el poco equipaje. Subo perezosamente por la calle Atocha. Llego a la pequeña plaza de Antón Martín y por la calle de la Madalena me voy a Tirso de Molina. La plaza triangular alberga a otra pequeña tribu de saltimbanquis, malabaristas y vagabundos de guitarra, caja de vino y perros. Piden, pero sin mucho interés. Están contentos y a lo suyo. Ríen y bromean y yo me hago la ilusión de que tal vez pertenezcan a una ONG subvencionada para el disfrute de transeúntes y desocupados.
Es hora de comer. Recuerdo que en la plaza, sobre un bar, hay un buen restaurante: el Asador El Frontón. Pero, al levantar la vista, veo que ahora se llama Aritmendi. Malo. Los cambios de dueño, en la hostelería acreditada, raramente son para mejor.
Las chistorras, bien; las anchoas, bien; el rape, de primera, pero una ensalada que llaman, creativamente, de la selva, con adición de inciertos despojos rebozados, caramelizados y crujientes, es para decretar prisión sin fianza al cocinero.
Me llama la atención la carta, como me la va a llamar en los demás restaurantes que visitaré. Está en castellano, debajo subtitulada en ruso y, más abajo, vuelta a subtitular en inglés. No cabe duda, está volviendo a España el oro de Moscú.
Tras comer, doy un paseo. Subo a la plaza de Jacinto Benavente. Las viejas prostitutas ajadas que, no sé la razón, suelan guardar las esquinas de esta plaza, siguen en sus puestos como veteranas centinelas prestas al servicio. Siempre fieles.
Sigo por la calle de la Bolsa y me percato de que El Viejo Madrid, una taberna castiza con organillero vestido de chulapo, ha desaparecido y, ahora, es una tasca más, que se llama Olé. Son pequeños detalles que uno va echando en falta.
Llego a la plaza de la Santa Cruz y a la de la Provincia. Siempre me agrada el aspecto vetusto, pesado del Ministerio de Asuntos Exteriores y el dintel de su puerta principal con alguna dovela descentrada. Fue cárcel y del Palacio de Santa Cruz, hoy ministerio, algunos salieron para ser ejecutados públicamente en la plaza Mayor. Hoy, toda esta zona centro de Madrid, es lugar de turismo y jolgorio, pero imagino que en siglo XVII debía imponer lo suyo la severidad del paraje, desde el que se dirigía en gran parte el destino del mundo. Y es que, a veces, cuando uno camina despreocupadamente por ciertos lugares, no puede evitar contagiarse del miedo que esas piedras inspiraron en su día. Y hablo, en conjunto, de esa zona que galanamente mostramos al turismo como el Madrid de los Austrias.
No entro a la plaza Mayor pues está atiborrada de gente, de puestos navideños, de mimos disfrazados de estatuas, de estridencias. Y huyo, de tanto bullicio, hacia la plaza del Ángel y la de Santa Ana.
Pese al frío, hay terraza. En cada silla uno tiene una pequeña manta y, sobre ellas, reflectores eléctricos de calor. Sé que sentarse en cualquier terraza de la zona centro es amonarse para que los pedigüeños le tengan a uno a tiro fijo. Pero lo entiendo porque hasta los pájaros tienen que vivir.
No me equivoco y enseguida van viniendo. Ya se dirigen a los de la terraza directamente en inglés. El nivel cultural de este personal, entre artesano, vendedor, fingidor, mendicante y sempiternamente buscavidas, ha mejorado mucho. Parece que la vida de calle es más efectiva para el aprendizaje de otras lenguas que las denostadas leyes educativas del gobierno. Pero claro, tampoco es cuestión de que se incluyan, en el currículum de la enseñanza primaria, varias horas a la semana de mendicidad, venta de baratijas o de flores. Aunque es mejor no dar ideas.
De vuelta a la pensión, bajé la calle de las Huertas, testigo de bonitas juergas trasnochadoras de años más mozos. Y por la calle del León regresé a la de Atocha. Subí los tramos de escaleras, deleitándome en el crujir de la madera. El asturiano me abrió la habitación y, tras echarme en la cama, pensé en Madrid de mil maneras:
Madrid morada muda, mansión mínima, mojarrilla menuda, manceba mentirosa, mansa monjita mística, maciza mantenida, madama manejable, morita misteriosa, mulata miracielos, melosa morenita, modelo mondacimas, meretriz madurita, muchacha mimosa, multirracial, mestiza, madrastra mustia, memita marchosilla, mendiga macilenta, mendaz mosquita muerta, matrona, morosa, mímica, maliciosa, mariposa maligna, maja mohína, magma malévolo. Mantienes mil malhadadas musas. Madrid, madre molestadora, mezquina muela mezcladora, mafiosa mascarada, monumental majada, ministerial mejunje, moldura metropolitana, madriguera manchega, mondo marjal, museo marchito, mera mensajería marginal, momio municipal, metálico madroño, matonería mermada, morbosos monises, manicomio móvil, monederillo mercantil, mecenas misantrópico, murga macarra. Mantienes, Madrid, mil malos modos. Me mareas. Me machacas. Madrid, mala madrastra.
Y, al despertarme, pensé: tal vez vine sólo a Madrid a echarme una siesta en la vieja pensión del asturiano.

26 diciembre 2014

Mi regalo de Navidad fue un petirrojo

Oí una vez que en los países del norte de Europa, de donde emigran los petirrojos que en invierno vemos en España, estos pájaros suelen entrar en las casas. También mi interlocutor, al que tengo totalmente olvidado, me dijo que incluso juegan con los niños, los perros y  los gatos y hasta se dejan alimentar en la mano. Pero esto era sólo una idea que andaba tan perdida en mi cabeza como lo está el autor de aquel curioso comentario. Además, siendo sincero, ni siquiera le creí, aunque tampoco me molesté en contradecirle.
El día de Navidad, pese a la trasnochada y los excesos de la cena de Nochebuena, salí de caza. Al menos, quemaría parcialmente el aluvión calórico de guisos, vinos, cavas y turrones.
Había cuatro grados bajo cero al amanecer pero no hacía viento y el anticiclón de invierno entibió enseguida el día claro y luminoso. Las perras gozaban con el día y yo también. Hasta tal punto que, ellas correteando como locas, y yo caminando relajado, íbamos los tres por el monte tan alegres. El placer del sol de invierno inundando la fría, quieta y seca atmósfera llegó un momento que, yo creo, que nos hizo olvidar hasta que el día era de caza.
No quise sujetar ese mañana a la braca. Así que la poderosa y atlética perra iba muy por encima, adelantada y nerviosa como siempre, en aquella gran ladera solana. El edredón amigo del tibio sol de invierno, bajo el inmenso azul sin una nube, nos arropaba a animales y tierras como si lo manejara la mano de una madre.
Al buscar con la vista a la menuda Tiqui, la vi quieta, inmóvil, con el hocico pegado al suelo unos metros arriba. Me previne, pero la perra no variaba de posición. Subí, sin quitarle el ojo, y me acerqué lentamente a ella. Llegué a su lado con el aliento contenido y los sentidos alertas ante el inminente salto del conejo o la liebre. Pero no hubo nada, ni la perrilla cambió de posición. La azucé, pero no se movió.
Reparé entonces en que justo a un dedo de su hocico había un pajarillo inmóvil. Estaba en pie con todas sus plumillas esponjadas, absorbiendo el radiante calor del sol en la ladera. Era un petirrojo. La primera impresión, ante la actitud de los dos animales, ambos quietos, fue pensar que el pájaro estaba mantudo, enfermo, quizás muriéndose y que, la perra, tan pronto como hiciera un movimiento lo cogería por instinto.
Seguramente estaba asistiendo al fin de un animal que moría de muerte natural, como tantos mueren en el anonimato de la Naturaleza. Pensé qué extraña casualidad me estaba haciendo testigo de aquello.
Me alejé unos metros y llamé a la Tiqui.  Si el pajarillo se estaba muriendo, sería mejor dejarle que acabara en paz. Obediente, vino la perra a mi lado sin tocar al pájaro, como si hubiese entendido mis pensamientos. El petirrojo siguió tomando el último sol que le quedaba. Me agaché y le hice un par de fotos, deduciendo que sólo la proximidad de la muerte me permitía tanta cercanía a un pájaro salvaje.
La perra volvió a mi lado y, al verme interesado con el pajarillo, lo cogió sin más. Al instante, temí que lo hubiera matado, acostumbrada, como está, a morder sañudamente la caza. Pero, para mi sorpresa, la Tiqui lo había tomado del suelo con tanta rapidez como delicadeza y me lo ofrecía vivo en su hociquillo, como si fuera un obsequio cariñoso. Esto es que el pajarillo está tan débil ya, que no puede volar, me dije. O, tal vez, esté llegando a su final porque se ha roto un ala.
-        Déjalo, Tiqui –dije.
La perrilla me miró un instante y luego lo soltó.
Para mi nueva sorpresa el petirrojo salió volando. La Tiqui lo siguió. Perrilla y petirrojo pasaron un rato jugando de un espino a otro, hasta que el pelirrojo se cansó, dio un vuelo largo y cruzó a otra ladera. Al petirrojo no le pasaba nada.
La razón por la que perra y pájaro actuaron así, no la comprendo. O, tal vez, sea algo tan portentoso que no me atrevo a intentar comprenderlo.
Por primera vez he recibido un verdadero e insólito regalo de Navidad.

12 diciembre 2014

Cazador de caminos

Me separé de la carretera. Conduje los más de cinco kilómetros, de camino de tierra, que me llevaban a la zona designada de la finca. Los tres últimos fueron ya dentro del coto.
El bonito camino invitaba a cazar nada más entrar en sus límites. Reprimí las ganas de dejar el coche, en algún erial, y ponerme a seguir a pie, a la aventura, escopeta en mano. Pero no lo hice, porque antaño era una burla, siempre denigrante, que a uno le llamaran cazador de caminos. Y también porque, quien me invitó, me dijo que cazara en el Morengo, sólo en el Morengo. Lo dejó muy claro.
Como ya había estado alguna vez en el lugar, decidí seguir la pista, por el buen firme de cascajo con pocas señales de sonruedos, hasta acercarme cuanto pude al paraje indicado.
Este lugar toma el nombre de su monte dominante. El Morengo es un cerro grande que desde abajo impresiona por su belleza. Los terrenos de cultivo, hasta su ápice, se alternan con repisas de monte bajo y cabezos. Y, visto en conjunto, es una mole ovoide y escalonada con grandes bancales alternativos y superpuestos: los unos, ocres de cultivos; algunos pocos, amarillentos de barbechera en rastrojos y, otros más, verdes de monte bajo. Cualquier cazador de perdices se relamería ante una expectativa como la que esta orografía proporciona.
Pero no quería engañarme. Cuando te invitan a un sitio como éste, te demuestran aprecio y es de agradecer. Sin embargo, me constaba que lo habían machacado en los dos meses que lleva abierta la temporada. Pero a ningún convite se le deben poner pegas, mal que sea de gachas.
El terreno forma un gran rombo. El vértice oeste es un cortado, una terrera, casi un despeñadero, unos cien metros por encima del río. Los lados, que del vértice oeste van al vértice norte y de éste al este, hacen linde con La Zarzosa y, los otros dos lados, dan con la parte de la finca donde no estaba invitado a cazar. En la esquina sur dejé el coche.
Al poco de amanecer, había un grado bajo cero. Pero no se movía el aire. Me abrigué, pero sabía que, sin viento, pronto tendría que aligerarme de ropa.
Como me daba igual, decidí ir hasta el punto donde la zona del Morengo da con el río. Lo fui haciendo siguiendo las ondulaciones del terreno y desviándome ligeramente para ir recorriendo todos los ribazos que encontré a mi paso. Pero nada vi.
Con tranquilidad, decidí subir al Llano Quebrado, meseta que termina en el farallón que cae al río. En su solana descubrí una hermosa cama de liebre. Eso me animó. Recorrí sus cuatrocientos metros de llano, almohadillado de atochas alternadas con aliagas y, cuando estaba a cien metros del borde, dos perdices remontaron apenas un segundo, antes de dejarse caer por la quebrada. Con ese acicate, llegué a la misma en un suspiro y me asomé a ella precavido, con la esperanza de que en su borde, poblado de carrascas pequeñas, alguna remolona se hubiese achantado. Pero sólo pude ver el bonito espectáculo del río caudaloso, al fondo, cien metros abajo. Las perdices, casi con seguridad, lo habrían cruzado. Y, cómo no, también divisé cinco corzos que bajaron la empinada ladera inferior espantados, dando grandes saltos y alejándose por la ribera.
Como ya estaba sudando, me quité la camiseta y me quedé solo con la sudadera y el chaleco. Ya eran las diez y media y el día era espléndido.
En mi vuelta hacia las alturas del Morengo, se cruzaba en mi camino un montículo ovalado de unos trescientos metros de largo, que era como la quilla de un barco boca abajo. Primero recorrí la parte umbría que era la primera con la que topé. Estaba totalmente cubierta de aliagas. Sabía que era difícil que alguna perdiz, si la había, saltara de allí. A estas alturas de la temporada, las que quedan, saben muy bien que les resulta más rentable burlar al cazador apeonando, que delatándose inmediatamente al volar. Y sólo saltarían si se veían obligadas. Pero imaginaba que apeonarían, entre toda la abundante vegetación del montículo, sin que las viera por la espesa maleza y se pasarían por la suave cresta a la parte solana. Acabé mi pasada y subí a la cimera, más aplanada que aguda, coronada por carrascas bastante espesas. Tampoco tuve éxito y me bajé a la solana del cerro-barco para cruzarla a media altura, depositando, ahora sí, todas mis esperanzas en que saltara alguna. La intuición no me falló y saltaron cinco, fuera de tiro, al sentirse acorraladas en los últimos zarzones y espinos de la solana. Se lanzaron como flechas a la ladera de las tablillas con lo de La Zarzosa.
Lo más rápido que pude descendí a las terroneras, las crucé a grandes zancadas y subí rápidamente a media ladera y, enseguida, estaba siguiendo las tablillas de La Zarzosa que, ¡maldita sea!, van justo por mitad de la ladera.
Llevaba ya muy buena marcha, linde adelante, cuando saltó una de las mismas tablillas, pero lejos. Aún la apunté, pero la distancia me pareció tan excesiva que no tiré. Intuí que las otras no andarían lejos pero, seguramente, metidas ya, por encima de la linde, en lo de La Zarzosa. No pude reprimirme y me metí cien metros más arriba en coto ajeno. Pensé que iba a ser cosa de tres minutos como mucho. Y, a punto estaba de asomarme a la siguiente hondonada, donde las tenía por seguras, cuando sentí el ruido de un tractor en el camino que pasa por debajo. Al instante me amoné, ocultándome tras una carrasca tupida. El tractorista iba todo el camino adelante  por debajo de la ladera. ¿Y si era uno de La Zarzosa? Si me veía, podía dar el lío por asegurado.
En términos distintos siempre hay enclaves de labores de uno en otro y nunca se sabe quién es el que los labra.
Inmóvil tras la carrasca, veía pasar el tractor con su lento traqueteo a lo largo del camino. Tenía la esperanza de que se largase de allí lo antes posible. Pero un tractor no es un Ferrari y su avance se me hacía interminable.
Al moverme un poco, tapándome con la carrasca, me saltó a la izquierda, apenas cuatro pasos por delante. Aún la apunté unos metros, en un acto reflejo, antes de retraerme y evitar el estampido delator, y la liebre se perdió cuesta arriba y traspuso como una exhalación. Buenas tripas se me pusieron.
Al minuto, el del tractor, se metió a la derecha del camino a labrar un pedazo y, en cuanto tuve de culo máquina y maquinista, me bajé en un abrir y cerrar de ojos a mi linde.
¡Qué oportuno el tractorista: ni liebre, ni perdices! ¡Para una vez que se me ocurre pasarme de linde! ¡Hay que joderse, ni que lo estuviera haciendo a diario!
Me acordé del Colás: “Esto te pasa por inlegal, Sarvi. ¡Castigo divino!”. Frase que me habría soltado, con todo su gracejo, habiendo sido él un escopeta negra, visitante asiduo, contumaz e impenitente de los cotos que algunos de la nobleza conservan en La Alcarria.
Dejé la linde, con el recuerdo del Colás en mi cabeza. Él, con toda seguridad, habría despachado a la liebre sin ambages, habría pasado a tirar a las perdices y luego, muerto por una, muerto por veinte, habría seguido, ya de paso, cazando toda la ladera de La Zarzosa. Bueno era el Colás. Pero, enseguida, me di cuenta de que mis recuerdos eran muy antiguos. Si vivía aún, debía andar por los noventa tacos. Y, el Colás, cazó casi toda su vida por necesidad, cosa que prestó siempre alas a su descaro y, yo, que nunca me vi en sus circunstancias, había sido siempre mucho más escrupuloso y pacato en esos asuntos. Y aquellos títeres, en los que solía verse inmerso, a él le motivaban, mientras que a mí me hubieran amargado el día. Y es que, para mí, la caza pasó siempre por la premisa de no dar con problemas y, al Colás, lo que le estimulaba, era todo lo contrario.
Crucé el arroyo y el camino por el que había pasado el dichoso tractor y empecé a subir en un amplio zigzag la alargada ladera norte del Morengo. El accidentado paraje me hizo soñar en cada asomada con el familiar aleteo, que siempre sobresalta. Anduve unas dos horas soñando, pero sólo soñando. Porque, aparte de empaparme en sudor y zurriagarme el cuerpo, cruzando entre aliagares, carrascas, estepas y retamas, y mirar ansiosamente cada claro y cada terracilla a medida que ascendía, sólo di, al final,  con la hermosa vista que, desde lo alto del Morengo, se ofrece. Ese fue mi único regalo, no me quejo. Bajé de allí siguiendo el mismo proceso por la ladera sur y, también, con idéntico resultado.
Eran las dos y media cuando, después de haber repasado el Morengo por delante y por detrás, enfilé hacia el coche. No descuidé en mi retirada ninguno de los morretes que encontré, ni dejé vaguadilla por mirar en el trayecto, pero se ve que, las perdices del Morengo, estaban ya más claras que los arzobispos.
Subí al coche y saliendo de la finca, apenas a cuatrocientos metros de donde lo dejé, me topé con un bando de perdices en mitad del camino. Me recreé mirándolas. A pocos metros del coche, saltaron a la izquierda, con un corto vuelo salvaron un arroyo y se posaron todas juntas al pie de un cerrillo. ¡Qué elegantes son estos animales! ¡Siempre me producen admiración y sorpresa!, me dije por enésima vez en mi vida, según las veía apeonar ágilmente, poderosas, elásticas y erguidas.
¡Con razón me dijeron que cazara sólo en el Morengo!
¡Más me hubiera valido, aunque sólo hubiera sido por ese día, haberme hecho cazador de caminos!