09 mayo 2016

Entre dos aguas

Nuestras vidas pequeñas son mapas interiores de acciones y lugares ubicados en el tiempo engañoso de nuestra memoria. Y esas vidas pequeñas flotan a la deriva en el caudal de una historia grande y común que nos arrastra sin que apenas podamos intervenir en ella.
Hay lugares en esa geografía particular de los que uno no quiere acordarse bien porque su paso por ellos le avergüenzan, bien porque a nadie le interesan o bien porque razonar lo que ocurrió bien pudiera volverse en tu contra, porque todo argumento empleado en la propia defensa es, para muchos otros, un alegato evidente de culpabilidad.
Así la vida de algunos da como frutos, no ejemplos, sino obras literarias. Las hay de muchos tipos: memorias, novelas, poesías, obras de teatro, cuentos… Y en todas ellas los autores, queriéndolo o no, terminan por dejar el extracto de lo que fue su vida. Un destilado que se escurre por el serpentín de sus mentes y deja trazado en forma de letras la esencia de lo que vivieron, conocieron y aprendieron.
Algunas de estas personas han pasado a la Historia porque supieron trasformar en arte lo que de sus vidas extrajeron y, además, lo hicieron con tal tino y acierto que maravillaron a sus contemporáneos y, tras su desaparición, siguen iluminando las mentes y los ánimos de muchos otros que durante los siglos les vamos siguiendo por los sobados trayectos de la vida.
Pero los historiadores que, casi como detectives, indagan sobre las vidas de estos genios, no encuentran, por lo general, muchas certezas. Y en cuanto a las vidas pequeñas de estas figuras literarias, preclaras por sus obras, no hallan sino dudas sobre sus virtudes, sombras sobre sus negocios, contradicciones sobre sus conductas, recelos hacia sus inclinaciones y, en general, incertidumbre donde, tal vez, pensaron encontrar claridad.
Y todo parece concluir en que el ser humano hasta de sus miserias, o precisamente por ellas, puede sacar conocimiento, lucidez y una cierta templanza para reconocer todo lo que existe sin hacer aspavientos y sin empecinarse en negar nada. Y, ahí lo dejan, para que el que quiera tome nota y lo aproveche o, como poco, se entretenga y se ría.

Dejando aparte a estos seres únicos y universales, en el tedioso transcurrir de una vida anodina, como ha sido la mía, siempre he sentido también admiración por ciertos personajes populares. No son muchos, pero son humildes. Con una humildad en sus orígenes, que no en su temperamento ni, a veces, en sus modales. Ninguno es o fue persona conocida ni culta ni que goce o gozara de una situación respetable o destacada, en el buen sentido que, aún hoy en día, pueden tener estas palabras.
Han sido, por lo general, tipos que pasaban desapercibidos. Individuos sumidos, como lo estamos casi todos, en el estanque calmo y silencioso del anonimato. Gente de idéntico montón a ése donde yo me apilo. Sus vidas, ocultas a casi todos, fueron casi secretas en algunas materias. No eran malos, pero tendían a bandearse en una línea difusa, ésa donde, sin cerrarse el bien, el mal se abre. Zonas donde los espíritus rebeldes nunca acaban de entrar pero de las que jamás terminan de salir. Así que, por otro lado, eran personas normales, ni de malos tenían nada, ciertamente, ni de buenos tampoco. Pero a la gente desarmada de cultura y dinero, la inteligencia, cuando la tienen, suele servirles para nadar entre esas aguas con provecho. Y, por estas cosas y al mínimo desliz, siempre fueron sospechosos. Así que su audacia hubo de caminar de continuo, para amortiguar el ruido de sus pasos, sobre una  gruesa alfombra de cautela.

También he conocido algunas personas prominentes, de posibles, educadas y cultas, e incluso, algunas de ellas, con asientos en escaños, consejos y hasta en tertulias de la televisión, sin tener por ello ningún prejuicio hacia ninguna de ellas. Y éstas son mucho más fáciles de definir que las anteriores: hombres de bien, todos sin duda. Porque la bonhomía se gana a pulso cada día y en España es cosa que se alaba y se premia.
Y de los más famosos de éstos nunca he sabido si llegaron a serlo por fortuna, por talento, por trabajo o por la mezcla de todas sus facultades, adobadas por ese cambio mimético, esa adaptación a ultranza, que ya hizo triunfar a algunas especies en lo que se conoce como evolución natural. Pero es evidente que, para triunfar, algún algo ha de tenerse, pues toda consecuencia tiene una causa. Así que no seré yo, en mi ignorancia, quien a nadie le quite sus méritos o, peor aún, los ponga taimadamente en duda.
Pero estas personas no me han atraído, pues las aventuras de la buena vida son lujos, pero suelen ser tan aburridos como la monótona contabilidad que los sustenta. Por otro lado, siempre les consideré ya bien pagados por su fama o por sus cargos, cosas ambas que llevan sobre sus espaldas de una manera tan señorialmente rutinaria que desprende un halo triste de vulgaridad. Parecen de este siglo, del pasado y del anterior. Son siempre los de siempre, hacen lo de siempre y hablan igual que siempre.
Responden a lo que no les preguntan, como si sus palabras fueran salvas destinadas siempre a distraer y jamás a dar en la diana. Y es tan grande su finura intelectual que, si fuera necesario, declararían no constarles si engendraron a sus propios hijos o si guardan memoria de quiénes son sus padres o con quién o quiénes fueron sus coyundas. Son conscientes de que, llegado el caso, ni lo evidente puede demostrarse. Y no lo digo por alabarles ni porque me guste exagerar, sino porque su perseverancia en tales actitudes les define.
Generalmente, a los periodistas, que algunos también se las traen buscando las noticias por los vericuetos más inverosímiles, les gusta hablar de estas personas, según puede corroborarse por las constantes noticias que tenemos en los últimos años sobre esta elite de la nación. Personas todas muy previsibles, son el talento oficial vinculado al progreso. Y se asemejan todos a aquellos grandes capitanes o duques que el rey Felipe enviaba entonces a los Países Bajos para que, defendiendo los intereses españoles, regresen ahora con instrucciones inapelables de Bruselas.

Pero volviendo a mis predilectos, a esos personajes anónimos cuyo recuerdo atesoro, y tras pensar un rato sobre ellos, he caído en la cuenta de que todos tenían o tienen una cosa en común. Como sería muy complejo, y largo de explicar, cada caso, he buscado una expresión coloquial que brevemente los defina y, a la vez, clarifique el motivo de mi admiración por ellos: todos hacían o hacen la guerra por su cuenta. Me recuerdan al Jabato o al Guerrero del Antifaz, olvidados héroes del tebeo nacional y paladines ajenos a las nuevas tecnologías.
Y es que tanta defensa del trabajo en equipo, de la coordinación, de la competitividad, de la negociación, del consenso y de otras muchas de las virtudes sociales del presente y aún del futuro, me tienen un poco harto. Estos individualistas intuían, sin necesidad de meditar mucho sobre ello, que el sistema, por llamar con una sola palabra a nuestro modo de vida, era imbatible. Ninguno, abiertamente, se enfrentó a él. Admitían, sin discusión, su situación de marginados natos. Su sentido realista les hacía alejarse de cualquier ideal. Las palabras altisonantes les inspiraban desconfianza. Las alocuciones altruistas y sublimes de todo aquel que proclamaba vivir para servir al pueblo, a la nación, al país o a España, les eran tan ajenas como la música de los bares que frecuentaban donde, en aquella época, un Yulio Iglesias acaramelado y americanizado, vaticinaba melosamente eso de que: “La vida sigue igual”. Le creían firmemente. Todos ellos experimentaron en sus propias carnes que, el anuncio ese de la igualdad de oportunidades, la vida real lo desbarata pues, al final, son las posibilidades las que mandan. Así que casi todos fueron una especie de guerrilleros sobreviviendo siempre entre dos aguas o entre la línea de los dos mundos: el real y el soterrado.

Y, pasados los años, me pregunto: ¿En cuál de estos dos mundos viven más españoles? 

02 mayo 2016

No te lo montes de altura, sino de llanura

En las intrincadas cordilleras reina el vértigo que amona a los que visitan las alturas. Los precipicios engatusan capciosamente a quienes a su balcón se asoman para sentir esa dulce y extraña sensación de vacío en el abdomen, ese vahído que confunde peligrosamente la cabeza y atrae como una caramida invisible hacia el abismo. Pero vencer con ímprobos esfuerzos aquellos cotarros empinados, por el mero prurito de llegar arriba, es para muchos el finibusterre y convierte las cimas en marabuntas de esforzados, orgullosos de haber llegado a un mismo punto. Pero todos los paisajes abruptos y escabrosos exigen pasos obligados, caminos sinuosos, recorridos que huyen de la recta porque intentar tal línea es un coqueteo con la muerte. La mente, deslumbrada por la belleza variada de la cordillera, se siente más libre. Pero se engaña, porque en esos lugares no hay otra tesitura que seguir la senda, porque todos los caminos, si acaso hay más de uno, convergen en un punto: la cumbre.
Miremos ahora esas llanuras sin contornos, donde cada estación del año se estrella contra la planicie con la calma de una marea muerta. En ellas los caminos son aleatorios, no se imponen y exigen una decisión, un elegir que extrañamente nos asusta. En la meseta, donde cualquier trayecto es posible, nos desesperamos sin embargo. Sin referencias, tememos perdernos porque ninguna senda nos obliga a caminar por ella. Sin pasos obligados, sin veredas únicas, hemos de decidir nosotros el camino y no sabemos qué decisión tomar. Nos sentimos molestos. Y llamamos monótonos a los páramos porque nada nos imponen, y torturantes porque a nada nos obligan y aburridos porque nos permiten un paso tras otro en cualquier dirección a voluntad. Los llanos con su ilimitada oferta nos abruman, nos desconciertan, nos tiranizan porque nos obligan a elegir sin otra solución, salvo quedarnos quietos. Y nadie que recorra las llanuras, las estepas o los páramos habla de sensación de libertad. Al contrario, se sienten oprimidos, aplastados por la extensión plana, ilimitada a la vista, sin otro reto que no sea el elegir la dirección. La libertad de caminar sin restricciones y decidir el destino parece no satisfacer a nadie. Es algo que a ninguno maravilla ni deslumbra. Y, en lugar de sensación de albedrío, se habla del dictado del caminar sin fin, se dice que cualquier dirección carece de aliciente, que no se ve ninguna meta, que es como caminar sobre una cinta mecánica, que es una especie de castigo, que donde estén las montañas con sus cimas que se quiten aquellos horizontes sin llegada, limitados por un ángulo completo de puntos infinitos.
Así que, por inercia, somos más felices en esos caminos sin alternativa, sin posibilidad de decidir, sin tener nada que pensar, excepto seguir la senda que sólo lleva arriba, porque la orografía es la que manda y todo lo da por hecho sin admitir duda ni consulta. Sin embargo, pese a su destino común, ineludible y colectivo, las gentes que aman la montaña hablan siempre de libertad, de ver el mundo desde las alturas, de vivir la satisfacción del esfuerzo, de abrir nuevas vías para ir al mismo punto. ¿Por qué ir al mismo punto? ¿No sería mejor la libertad que ofrece la llanura? No lo entiendo.
Porque es una pena que en esas llanuras, donde está libre el pensamiento, también nos empeñemos en seguir por molicie los caminos marcados. La llanura siempre dio más oportunidades al razonamiento, porque sólo un pequeño porcentaje de las vías está definido y porque, en ellas, no buscas cima alguna. La llanura nos conviene a todos.

12 abril 2016

El Santo Gómez

La intuición era su mejor don. Gómez, antes de reflexionar sobre lo que le decían, sabía si era cierto. De hecho, había veces que ni siquiera escuchaba la concatenación de razonamientos, con percibir la entonación le bastaba. El lenguaje en ciertas personas, lejos de ser un medio de comunicación, había derivado en herramienta de engaño.
Pero Gómez estaba vacunado contra toda virulencia oculta en la palabra. Las envolventes razones de los abogados patinaban sobre su coraza. Los elusivos discursos de los políticos de medio pelo o de pelo entero, no le confundían. La grandilocuencia de los empresarios, sus ofertas alternativas, sus tentaciones pecuniarias o directamente viciosas no le despistaban. La atención a los tonos, a los gestos, a las miradas le decían más que cualquier razonamiento. Su lógica era tan directa como su mirada, tan insobornable como su ánimo. Y cualquiera que intentara confundirle recibía de él unas palabras medidas, de tan medidas, casi sosegadas y, al aludido, le recorría el espinazo un apabullante escalofrío.
Había gente inteligente que, de inmediato, se alertaba, pero también abundaban los recalcitrantes, presuntuosos o convencidos del poder desorientador de su verbo, que vanidosamente persistían en su actitud. A ésos nunca les interrumpía. Era tan paciente escuchando, como diligente actuando. Sabía que, a aquellos engreídos triunfadores, la vanidad solía cegarles el entendimiento. Dejaba que acabaran sus monólogos. Cuando terminaban aquellas peroratas tan interesadas como poco sinceras, satisfechos de sí mismos, orgullosos del engaño que sabían poner en las palabras, convencidos del efecto, si no convincente sí embaucador de las mismas, miraban sonrientes a Gómez, casi burlones, esperando su respuesta resignada o el abandono de toda esperanza.
-No soy un negociador, no hay duda ni contraoferta. Le agradezco sus palabras y creo en ellas hasta tal punto que, si acaso las incumple, no seré yo, sino usted, el primer sorprendido.
La respuesta de Gómez solía inquietar hasta a los más seguros de sí mismos, pero no a todos. Había quien, como si fuese primo de Dios, se sentía en las alturas más inalcanzables.
Tras el aviso, Gómez solía marcharse sin más, estrechando seca y blandamente, sin ningún afecto, la mano del boquiabierto interlocutor. El aludido, si no era imbécil, sabía a qué atenerse. La actitud  de Gómez convencía a cualquier marrullero del lenguaje de que se había construido a sí mismo una trampa con los barrotes de sus propios razonamientos. Porque, a Gómez, su oficio le exigía rectitud y  contundencia, no flexibilidad. Él era un enviado. Un sembrador de inquietud que, al germinar, florecería en el más implacable de los desasosiegos. Ese que, de no abortarse, lleva a la agonía. Pocos saben hacerlo.

Cuando la policía indagó sobre aquel racimo de muertes inesperadas, extrañas e inquietantes, la superioridad ordenó mantener los detalles en secreto. Todas tenían un punto en común: ocurrían durante el sueño, cuando toda argucia de la razón quedaba laxa.
En ninguna se observó indicio de violencia. Sin embargo, los investigadores no tardaron en descubrir que todas aquellas personas habían sido visitadas por Gómez meses antes.
Pero, aunque la aparición de aquellos óbitos en la prensa fue inevitable, ninguna autoridad divulgó la extraña relación entre ellos.
Los testigos de las visitas de Gómez cayeron en la cuenta de que sólo ese nombre sabían de él. ¿Cómo aquel tipo había tenido acceso a todas aquellas personas? Ni los propios servicios de seguridad privados, que muchos tenían, se lo explicaban ahora.
Distintos potentados: unos banqueros, otros empresarios, algunos políticos habían muerto en los últimos meses. Las bajas eran muy numerosas y todas eran personas muy conocidas. Y el mismo rey, ante estos hechos, tenía últimamente una alarmante cara de tristeza. La lividez de sus ojeras así lo delataba. Pero, ¿cómo no iba a tener el rey cara de tristeza?
Todo el engranaje del poder estaba alarmado. Ojalá hubiesen podido achacar aquellas muertes al terrorismo, ojalá que hubiesen muerto también personas normales a las que, con muchísima razón, solían llamar inocentes. Entonces hubiese sido fácil decir que aquella siembra indiscriminada de terror era un azote para la democracia y un ataque frontal a la convivencia. Pero no, todos los fallecidos estaban implicados en la corrupción a gran escala y todos murieron en la cama y sin violencia. El poder no sabía a dónde agarrarse para salir por encima como, por otro lado, tenía por costumbre inveterada.
Los medios de comunicación quisieron enlutar al país entero. Hicieron un gran esfuerzo, hay que reconocerlo. Pero, ni siquiera los más afines a la ley y al orden, o sea, al gobierno, pudieron lograrlo.
No podía haber luto con aquel jolgorio. La gente, ante aquella cadena sorprendente de muertes, se había echado a la calle, cantaban himnos, se abrazaban y hasta muchos dieron en volver a viejas certidumbres, esas que sostenían que el Altísimo castiga sin palo ni piedra. Pero, claro, la Iglesia no podía hacerse eco de tales sentimientos sino en teoría, porque, observarlos así en directo y regocijarse en ellos con el vulgo, no era propio de buenos creyentes. El piadoso espera la justicia, la más plena justicia imaginable, pero, eso sí, solamente en el Más Allá. Aquello de que las cosas ocurriesen implacablemente, con certera coincidencia, en la vida presente, tenía a los obispos y al clero muy desorientados. ¿Qué íbamos a dejar para la vida eterna? Lo que estaba ocurriendo era un fraude de ley, un abuso, una usurpación del poder de Dios. Eso no estaba bien, como siguieran las muertes de indignos a ese ritmo, se corría el riesgo de dejar a la justicia divina sin trabajo.

Fue una indiscreción o, tal vez, un repentino ataque de amor a la verdad, lo que hizo que aquel policía filtrase la noticia: Tras todas las muertes, había un tal Gómez.
Todos los periódicos, las cadenas de radio y de televisión, todas las tertulias, las revistas del corazón y hasta los informativos de la cadena estatal lo divulgaron. Pero Gómez jamás apareció. No se le podía acusar de nada pero, por si acaso, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, adivínenlo ustedes: “No descartaban ninguna hipótesis.”
Pero la gente, por una vez no defraudada por aquella justicia, la que fuera, llenaba los estadios de fútbol, basílicas de la moderna religión, con sus cantos gozosos:
Oé, oé, oé, oé, Gómez, Gómez
Oé, oé, oé, oé, Gómez, Gómez
Y todos pudimos asistir al milagro del, ya considerado santo, viendo cómo las aficiones más dispares (verbigracia: Barça y Madrid) se abrazaban celebrando al unísono el renacer de la fe que, en sus conciencias, aquel santo desconocido había suscitado.
Góooomez, saaanto.
Góooomez, saaanto.
Los inocentes hacían la ola.

10 abril 2016

El anhelo de Manolo

Manolo, primeramente interesado, luego obsesionado y finalmente torturado por su quimera, recurrió a todo. 
No volcó en mí sus inquietudes por voluntad propia, sino porque el acaso me puso en su camino. El azar, que rige los encuentros fortuitos, puede, en cualquier momento, ponernos al alcance de cualquier desaprensivo.
Hacía muchos años que no nos veíamos. Así que me quedé perplejo cuando, al toparnos, me espetó por saludo:
-Amigo, tengo que confiarte mis inquietudes -dijo circunspecto.
-¿Y por qué a mí? -contesté, tan temeroso como sorprendido, por la vehemencia del extraño saludo.
-Porque “Amicus is tamquam alter idem” -sentenció implacablemente.
Yo, lo reconozco, fastidiado, estuve a punto de soltar “No me jodas, Manolo” pero, mientras intentaba recordar el florilegio latino y los buenos modos, contesté cortesmente:
-¿No puedes ser más específico?
-Sí, ya sabes que un amigo es lo mismo que otro yo -pronunció, muy elato, con sobria seriedad y tono trascendente.
Titubeé un segundo entre decirle la mucha prisa que tenía o mostrar mi curiosidad, como siempre conviene, disfrazada de filantropía. Elegí lo segundo y, para hacérselo patente, contesté con solemnidad:
-Habla amigo: “Homo sum, humani nihil a me alienum puto” -queriendo mantenerme a su altura.
Debió ser él, en ese momento, el sorprendido traicioneramente por el manido florilegio, pues dudó un instante, descendió de su altura y, para obligarme a traducir, dijo en un tono ambiguo, casi triste:
-Veo que no quieres mojarte.
-Al contrario digo que hombre soy y nada humano me es ajeno. Por tanto, mi respuesta está clara –dije, eludiendo elegantemente mentar la curiosidad que sentía.
-Siendo así, por qué me hablas en latín.
-Por dos razones: la primera, porque tú has empezado y, la segunda, porque “Quidquid latine dictum sit, altum videtur” que, como sabes –dije con condescendencia- quiere decir que cualquier cosa que se diga en latín, suena más profunda.
Con gesto hastiado y una mirada algo hosca Manolo dijo:
-Bien, dejemos el latín.
-Sea.
-Pero entremos en esa cafetería y sentémonos un rato que, lo mío, requiere tiempo y atención, amén de una sensibilidad que te supongo.
En silencio, frente a frente, nos sirvieron café. Tras dos minutos con la mirada perdida en el remolino de su cucharilla removiendo el azúcar imaginario que no echó en el café, Manolo comenzó a hablar:
-Los ingleses dicen “get to the point” pero los españoles, más agrícolas y rurales, solemos decir “No te andes por las ramas” o “Ve al grano”. No obstante, debo advertirte que mis indagaciones pueden sumirte en un océano de controversias y malas interpretaciones. Porque lo mío ha sido un imbuirme, durante años, en una exploración arriesgada: La espiritualidad de la mujer. ¿Estamos?
-Estamos.
-Ya sabrás, amigo mío, pues sé que tu educación fue esmerada, que la filosofía es el saber que se busca, tarea, por tanto, esencialmente inconclusa. Yo, sin renunciar a la filosofía, he buscado un objetivo más concreto y asequible: la mujer. Pero, aún he querido ser más específico y, para evitar cualquier elemento “distractor” en mi tarea, me he centrado en su cuerpo, en el secreto de esa arquitectura.
-¿Pero no era la espiritualidad lo que buscabas?
-Exactamente, pero como ya intuyó el sabio de Aquino: “Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”. Y eso me ha llevado a pensar que la espiritualidad que emana de la mujer ha de estar en su cuerpo, que es lo primero que nuestros sentidos perciben de ella.
-Bien, continúa –dije muy contento de recordar el último latinajo.
-Pues bien, amigo, ahí han comenzado mis indagaciones y también mis problemas. No te ocultaré que ya nacieron en mí estas inquietudes observando en mi infancia la estructura corporal de hermanas y primas. Sin embargo, apenas iniciada mi atracción curiosa hacia ellas, mi madre, sin entender yo la razón, me vetó definitivamente el acceso a esas admirables criaturas, en los momentos gozosos de las siestas y, mientras ellas sesteaban en la misma habitación, yo me vi condenado al ostracismo. Pasó el tiempo pero mi inclinación se acentuó y, con ello, tuve mis primeros accesos a amigas y novias.
-Bueno, supongo que con eso tu curiosidad se saciaría.
-Pues no fue así. Mi excitación sobrepasaba siempre a mi curiosidad y, de continuo, la acción se anteponía a la contemplación y mi vehemencia por tocar, y por otras acciones que acaban en ar, interrumpían el proceso científico que, como todo el mundo sabe, se basa en la observación.
-Bien, pero sé que te casaste. Supongo que, al menos con tu mujer, tendrías tiempo sobrado para la observación científica.
-Debo reconocer que, en un principio, tampoco. Pero, pasadas las ansias y urgencias de los primeros meses, le conté mis anhelos de explorar la espiritualidad a través del cuerpo desnudo de la mujer, sin ejercer sobre él ninguna acción que no fuese la contemplación sostenida, concentrada, sistemática, mientras mi mente analizaba cada rasgo buscando el arcano que su cuerpo encierra y que siempre se apropia de los pensamientos del hombre, sin palabras, sin hechos, sin motivo alguno, simplemente por su mera pasiva presencia.
-¿Y resultó?
-Sólo en parte. En un principio ella se prestaba, pero tras horas de permanecer desnuda en el lecho mientras yo la observaba, terminaba por impacientarse y me urgía a la acción o, aburrida y cansada, terminaba por dormirse. Una noche, por complacerme en mi observación científica, terminó por dormirse desnuda y yo pasé todas aquellas horas escudriñando su cuerpo: sus proporciones, sus curvas, sus pliegues, el dibujo variado de sus senos al moverse, la vulva con sus sombras, las corvas de las piernas, las ingles, la cintura, el vientre, el grácil cuello, la cabeza, los pómulos, las axilas, el vello, el juego de luces de su piel y su pubis, en fin, toda la estructura de su cuerpo femenino que, poco a poco, me iba desvelando el secreto que constituye la esencia de la mujer y que, dando muchas horas para el pensamiento masculino, no es posible definir y concretar. Fue una de las noches más provechosas de mi vida. Al tiempo, yo pensaba que si los místicos, en la terca observación de un ser incorpóreo y además divino, habían llegado a indiscutibles conclusiones e incluso al éxtasis, producido por la contemplación de lo inasequible, a mí, con mucha más facilidad por tratarse de un cuerpo tangible y humano, había de llegar un momento en que me sucediera lo mismo y diese con la clave de esa espiritualidad que tanto me obsesiona y siempre se me escapa.
-¿Lo conseguiste?
-Quiero pensar que estuve a punto de ello, me pareció que estuve en un tris de lograrlo, de ver nacer la flor de una luz nueva en mi cabeza, pero, desgraciadamente, ya no pude volver a mis observaciones.
-¿Se negó tu mujer a seguir colaborando?
-Peor que eso. Aquella mañana se levantó tosiendo y me hizo responsable de la pulmonía que cogió gracias, según ella, a mis excentricidades visionarias. Y, no conforme con acusarme de la acción de los caprichosos patógenos sobre su organismo, me espetó que, desde aquel día en adelante, tenía su venia, si era eso a lo que pensaba dedicarme en la cama, para irme con prostitutas o con cualquier loca que se prestara a mis absurdas obsesiones.
-Lo dejaste entonces, ¿no?
-Imposible, mi vocación me arrastraba, aquel amanecer espiritual que vislumbraba me atraía como un imán a un clavo. Hice caso a la indicación de mi mujer. Frecuenté prostíbulos, bailes de separadas, divorciadas, solteras, bares de copas, centros sociales, academias de baile, playas nudistas y locales de todo tipo. Y, aunque gasté una fortuna, todo fueron problemas. Yo buscaba una mujer neta, sin aditivos, un cuerpo que oliera a cuerpo, un pelo natural y todo lo quería, en la mujer, sin artificios. No hablemos ya de cirugía estética, tintes, tacones, postizos, lencería exótica, maquillajes, etc. No era difícil que algunas quisieran ir contigo a la cama y, a las prostitutas, bastaba con pagarles. Pero era imposible que prescindieran de todo lo que yo llamo complementos y que acabo de enumerarte en general. Además, cuando les contaba lo que en mi cita pretendía, todas se lo tomaban a guasa y les parecía una de las excusa más tontas que habían escuchado de alguien que les quería echar un polvo. Cuando se cercioraban de mis intenciones, ya era tarde. Gran decepción la mía, no había modo de concentrarme: interrumpían mi observación con palabras de impaciencia o con ironías o se levantaban despechadas y se iban, incluso, a veces, me despedían con un cóctel de insultos aliñado con las palabras maricón, psicópata, mirón, pervertido, cabronazo y otras aún peores. Prefiero no hablarte de esta nefasta experiencia porque, con lo que te he contado, estoy seguro que te has hecho una idea. Fue decepcionante. Mis indagaciones sobre esa comunicación no verbal, sin sonidos, sin gestos, el intento de descifrar el magnetismo que emana de los cuerpos femeninos en sí, fue un fracaso. Es mucho más paciente Dios, dejándose contemplar, que cualquier mujer, puedo asegurártelo. Qué suerte tuvieron los místicos, y aún los que a la mística piensen dedicarse, porque Dios seguirá inmutable. De las mujeres, lo lamento, pero no puedo decir lo mismo.
-Entonces, debo deducir que ya has abandonado.
-Pues, estaba a punto. Pero hace unos días ocurrió lo inesperado, el portento. Descubrí una mujer que me llamó la atención: ningún güiñigüiñi en el pelo, ninguna tintura, sin maquillajes, ni siquiera rojo de labios, sin una sombra, sin un rimel, ninguna alhaja, una camisa lisa, un sencillo traje chaqueta, ningún perfume, medias corrientes y zapatos bajos. Todo ornato era un diminuto crucifijo de madera. Si hubiera sido un hombre, hubiese dicho: “Ese es mi hombre” pero como, tratándose de una mujer, la frase es sólo posesiva, únicamente la observé y la seguí discretamente. Compró un periódico y se sentó en una terraza. Me presenté a ella tan formal y educadamente como pude: “Disculpe que la moleste, me llamo Manolo Doncel y, si me permite, me gustaría hablar con usted”. Ella, claro, me miró sorprendida y, tras una leve vacilación, me invitó a sentarme frente a ella y me dijo que se llamaba Milagritos. Enseguida le dije que estaba trabajando en una tesis sobre la espiritualidad de la mujer. Al escuchar mis palabras, se le iluminó el rostro. Me dijo que nada más agradable podía haberle dicho y que de inmediato se lo comunicaría a su director espiritual, pues ella era muy religiosa y, en su círculo, estaban interesadísimos en el tema. Me dio una dirección y se despidió muy atenta dándome la mano.
-Y, por fin, has conseguido acabar con tu tarea. ¿Has encontrado la observación perfecta?
-No lo sé, pero tengo muchas esperanzas. Hace una semana estuve en la dirección que me indicó. Ella me recibió y, enseguida, me presentó a un sacerdote, un hombre maduro que vestía traje con alzacuellos. Durante un buen rato me escuchó. Me miró con mucha atención como si calibrase mi solvencia ética e intelectual. Finalmente me dijo: “Nuestra Obra, quizás más que ninguna otra institución dentro de la Iglesia Católica, está decidida y obtusamente empeñada en defender a ultranza la espiritualidad de la mujer. Su iniciativa nos parece loable, pero mi responsabilidad, como miembro numerario de la Obra, me compromete a salvaguardar la honestidad y la pureza de Milagritos, que también es miembro, no numerario pero importante, de la Obra. Así pues, Milagritos y el resto de hermanos y hermanas en Cristo, que componemos esta congregación, le autorizamos a usted a las observaciones que nos propone bajo dos condiciones: la primera, que firme usted, ante notario, este certificado de cohabitación casta y, la segunda, que tome usted, una hora antes de cada observación, un comprimido de este fármaco.”
-Y, ¿has aceptado?
-Por supuesto, comienzo el próximo lunes tras una misa al Espíritu Santo para que inspire el éxito de esta nueva empresa.
-¿Cómo se llama la medicina?
- ARGAIV y me han dicho que, sin mermar los sentidos físicos, para la concupiscencia es lo mismo que el Cristo al Anticristo.
-¿Tienes fe en conseguir finalmente tu objetivo?
-Si te soy sincero, menos que nunca.
-Pero, ¿Por qué? Si ahora lo tienes todo a favor, incluso a la Iglesia.
-Porque, porque… Porque, tío, tú no sabes cómo me pone Milagritos. ¡Uaaggggg!
-Vale, Manolo. Tómate algo.


03 abril 2016

Belesa (Plumbago Europaea)

Uno, al cabo de los años, descubre algunas veces las razones de aquellas cosas que, en su día, le parecieron misterios insondables. Entiendes que los demás quisieron ayudarte, bien con sutiles indirectas, o bien con palabras dirigidas a otros pero que, con tu buen criterio, debieras haber considerado admoniciones personales. Y es que, en general, la gente tiene un respeto y no le gusta señalar.
Por eso, sólo con la edad, comprendí aquella afición de algunos confesores a administrar el sacramento del perdón, especialmente a los muchachos jovencitos, por la puerta principal del confesionario, abrazándoles confianzudamente para, tapados por la cortinilla morada, animarles mejor, susurrándoles en la oreja y acariciándoles la nuca, a descargar el peso de sus culpas.
Otras veces son las indiscreciones las que, por muchos años que hayan trascurrido, te revelan la verdad. Así pude enterarme cómo fue que aquella noviecita, que transido de amor fui a visitar a las fiestas de su pueblo, insistió tanto para que no me quedara al baile, so pretexto de la beligerancia de su iracundo padre contra nuestra relación. Y, aunque yo la creí y regresé, igual que fui, caminando los quince kilómetros hasta mi casa, no se rompió mi amor ni mi fe en ella. Y ya la tenía en el olvido cuando, lustros después, el amigo de entonces, que se pegó con ella la fiesta aquella noche, me dio, tomando copas, el indicio que yo desconocía.
Estas verdades, que uno ignoró en su día, evitan enormes disgustos y hasta concitan risa pues, aunque la credulidad es la base de los mayores ridículos, la ignorancia del crédulo le sirve de antídoto. Y sólo se pasa vergüenza en diferido, o sea, con muchos años de retraso, lo que viene a ser, casi, como vergüenza ajena.
Pero dejando estos ejemplos, de los que en mi sagaz vida colecciono para dar y tomar, hoy he descubierto otro misterio del pasado.
Ha sido por mi afición a las palabras y a los libros. Pero si bien hoy he conocido su desenlace, la trama comenzó en los lejanos tiempos de mi mocedad.
En aquella época todos los veinteañeros andábamos cieguitos tras aquellas bellas muchachas apenas salidas de la adolescencia. Y, aunque todos nos sentíamos galanes e incluso, alguno el mismo Apolo, jamás ninguno consiguió emular nunca los éxitos románticos de “El Chicle”, también conocido como “El Abeja”. No nos explicábamos los éxitos amorosos de aquel tipo flaco y larguirucho, como espigado, con nariz de apagavelas y algo dentón. Y, como ninguno le tragábamos, le llamábamos el Chicle, y, por su afición de andar por el campo buscando flores, el Abeja. Lo cierto es que Longinos, alias el Chicle y el Abeja, era estudiante de farmacia y, a la vez, mancebo en la del farmacéutico titular don Apapurcio Cordával y Chorrón.
Pasaba Longinos muchas horas por los campos, recolectando plantas, hojas y flores en su zurrón, conocía sus nombres científicos que, dichos en latín, sonaban como escupitajos tan esquivos, que patinaban hasta por las memorias más adherentes. Y, según nos contaba, en los raros momentos en que conseguía nuestra atención, con todos esos hierbajos se podían preparar infusiones, decocciones, maceraciones, inhalaciones, cataplasmas, emplastos, compresas, jarabes, tinturas, jugos, pomadas, hacer enjuagues y gargarismos, tomar baños o hacerse lavados. Y ponderaba tanto y tan pesadamente sobre las inefables cualidades de aquellas substancias, que todos nos negábamos a aguantar sus monótonas peroratas. 
Pues bien, hete aquí que toda muchacha que accedía a acompañarle a la farmacia salía de ella, tras un par de horas, obnubilada por Longinos. Ninguno nos lo explicábamos pues las chicas que no le conocían no sentían ninguna atracción por él.
-¿Qué te parece Longinos, Candelitas?
-¡Huy! ¡Huy ése! Ése es más feo que un muerto con mocos.
Bien, pues a pesar de que, más o menos, todas coincidían en el dictamen, aquélla que le acompañaba a la farmacia indefectiblemente sucumbía. Y, tras conocer el desfile de beldades por la penumbra de aquella rebotica, todos llegamos a la conclusión de que Longinos, con toda su repelente fealdad, lograba su objetivo: jodía más que una mota en ojo.
Finalmente una de aquellas seducidas por el himenóptero, al que por sus triunfos en los asuntos del himeneo, comenzamos a llamar “El Zángano”, nos habló de una planta llamada Belesa.
No quisimos saber más. De inmediato le exigimos a Longinos que nos enseñara su secreto, que lo compartiera con nosotros, que no podía seguir acaparando el bien común.
Él nos dijo que no fuésemos tontos, que la Belesa era una planta que tenía pocos usos medicinales y que, si para algo sirvía, era para los dolores de muelas y que por eso se le llama también Dentalaria. Y, como no le creímos, uno con dolor de muelas se ofreció a probarla. Longinos, moviendo condescendientemente la cabeza, se la administró y el improvisado paciente, tras masticarla, sufrió tal inflamación generalizada de toda la boca que, efectivamente, olvidó al instante el dolor de muelas.
Pasaron los años. Los estudios, los trabajos y las ocupaciones nos disgregaron. Longinos era hasta hoy sólo un recuerdo
Esta mañana ha caído en mis manos casualmente un libro de Botánica. Al abrirlo al azar ha aparecido Belesa (Plumbago Europeae), también conocido por Dentalaria. He recordado al instante al bueno de Longinos y, antes de leer el artículo, casi me he enternecido. Sin embargo, al leer esto:
“…empleada su infusión por sus propiedades narcóticas e hipnóticas, de donde proviene la etimología del verbo embelesar…”
He atado cabos.
Cómo las urdía el cabrón del Zángano: las embelesaba. Las tenía embelesaditas.
Si es que, de otra manera, no podía ser.

21 marzo 2016

La infancia, germen de la persona

De niño pronto me acostumbré al imperio de los mayores. Reconozco que, en un principio, me costó. Pronto me corrigieron una primera y perniciosa tendencia: el vicio de preguntar.
A los adultos les gustaba más que los niños aceptásemos las cosas porque sí. Era mucho más cómodo para ellos y, bien mirado, también para nosotros que, aparte de las ganas de incordiar, bien poco nos importaban por entonces ciertas cosas. Las preguntas solían tomarlas como un atentado a su autoridad, una especie de incipiente violencia infantil, un conato de insolencia, que debía ser sofocada lo antes posible, por aquello de que el árbol que se torcía de pequeño no había luego quien lo enderezara.
Lo hacían por nuestro propio bien y decían que, de mayores, lo entenderíamos y, si se veían en la obligación de persuadirnos mediante el castigo, sostenían que éste les dolía a ellos más que a nosotros. Así se nos preparaba para ser críticos con nosotros mismos practicando el autocontrol, para ser comprensivos con los mayores, que bastante tenían con aguantarnos, y para hacernos futuros masoquistas que sufrirían, cuando les llegase el turno, castigando a sus hijos como a sí mismos. La educación era, sin embargo, tal y como los adultos sostenían, el factor decisivo para cambiar el mundo.
Fingiendo no dudar de mis mayores, pues entrar en diatribas con ellos era tedioso, amén de arriesgado, construí mi mundo al margen de ellos. Así que, de la noche a la mañana, me convertí en un niño obediente y sensato y, de díscolo, pasé a ser un ejemplo para amigos, primos y hermanos. Y para no llegar a ser un árbol torcido, me convertí en un artero vástago bastante retorcido pero, eso sí, subido al pedestal en el que los mayores me pusieron. Esto, si bien me alejó de la desventura, atrajo hacia mí el odio de los otros muchachos que, con gran clarividencia, me consideraban un alevoso chivato traidor.
La resistencia pasiva, término que desconocía por entonces, fue el eje de mi vida infantil. Sin embargo, contra lo que yo creía, no fui en esto un adelantado, pues la idea ya la había tenido un tal Gandhi que amargó la vida a la autoridad colonial inglesa de La India mucho antes de que yo burlara la de mis padres y maestros. Pero, siguiendo con los otros principios de Gandhi: el espíritu de verdad y la no violencia, ambos muy sobrevalorados, no fueron mi fuerte ninguno de ellos.
El espíritu de verdad, con el que algunos sostienen que venimos al mundo, me pareció enseguida, y paradójicamente, una fuente segura de dolor, en particular físico, sobre uno mismo. Y enseguida comprendí que más valía ser sospechoso o, incluso, acusado, que declararse culpable, por muy verdad que esto fuere. Y que si eras tan tonto como para confesar tus faltas, por ese prurito de decir la verdad que, además, era mandato divino, luego, del castigo, no te libraba ni Dios. Por tanto, si a la verdad le seguía el castigo, era que la virtud, en este mundo, estaba irremediablemente perseguida. También era posible que la verdad no fuese aconsejable ni prudente pues, seguramente y no en vano, toda mi vida he oído a la gente referirse a ella, cuando se decidían a decirla, con estas reveladoras palabras: ”…y esa es la puta verdad”.  Yo, ya, si ustedes no entienden esto…
Las películas, que eran una fuente de ciencia y experiencia, demostraban que, tanto por decir la verdad, como por negarse a decirla, la gente se veía en serios problemas. Y viendo las películas de esclavos, a los que los romanos les administraban una hacienda de latigazos por mentir o por decir la verdad, dudé mucho de la veracidad de esa frase que tanto agradaba a los mayores:”La verdad os hará libres”. Y, en particular, el día que, como un hombre, confesé a mi padre que me había pasado la tarde haciendo novillos con mi primo y él, en justa recompensa, me dio de correazos, lo tuve meridianamente claro: “La verdad os hará esclavos”. Y a la verdad le cogí cierta manía, era algo que sólo traía desgracias. La verdad os hará libres… vamos, hombre, quita pallá. Lo mejor que se puede hacer con la verdad es ocultarla e incluso, si se puede, olvidarla. Menudo incordio.
Con respecto a la no violencia, tan inculcada por los mayores, enseguida entendí que era un precepto vano del que ellos mismos prescindían en cualquier momento para, a la más mínima, soltarte un soplamocos  o un buen bofetón. Si la violencia no conducía a nada ni nada arreglaba, no alcanzaba mi razón a comprender por qué a mí me la aplicaban por sistema. Y, dándole vueltas al asunto con mi cerebro pensador, deduje que la violencia era útil, conveniente y efectiva si la aplicaba la autoridad, en mi caso paterna, pero no lo era si la utilizaban los últimos del escalafón, que éramos los niños, en mi caso, o la gente de a pie, en general, frente a las autoridades. Esto último lo fui deduciendo por la praxis a lo largo de mi venturosa vida. Pero la violencia era buena, muy buena, al menos para algunos. No hay más que echar un vistazo al mundo.
En la escuela los profesores nos enseñaban, pero no les gustaba que nosotros nos saliéramos del guión y pretendiéramos aprender por nosotros mismos cosas que, o bien eran ajenas a sus enseñanzas o bien respondían a interrogantes propios. Así que, cuando preguntaban si alguno queríamos saber algo más sobre alguna cuestión, lo mejor era callarse. Si el maestro se veía en apuros recurriría inevitablemente a la violencia de palabra y de obra y, lejos de enterarte de la verdad, te verías en problemas por no haberte resistido a preguntar.
La última vez que olvidé estos cautos principios fue en clase de religión. El cura preguntó que cómo se peca. El interpelado contestó que con los sentidos. El cura dijo que muy bien y yo, en lugar de callar mi torturante duda, levanté la mano:
-¿Don Saturnino, cómo se puede pecar con el olfato?
El cura me miró como un basilisco y, ante mi cándida mirada esperanzada, se abalanzó sobre mí rojo de ira, me dio dos bofetadas y me echó una semana de clase. Mi padre me dio la propina.
Pero si es que ya te lo decían: “La letra con sangre entra” y “Quien bien te quiere te hará llorar”, si es que no podían ser más claros.
Así que comprendí que la resistencia, la falsedad y la violencia, objetivos transversales de la educación, eran los dones que, al que no fuera tonto de capirote, proporcionaba una enseñanza seria y responsable para, así, dotar al discente del necesario bagaje para la vida.
¡Ah! Y que, para evitar los pecados del olfato, lo mejor era no meter las narices donde a uno no le llamaban. Enseguida me di cuenta.

20 marzo 2016

Elogio de la política

Nadie está a salvo de lo imprevisto. A ninguno nos garantizaron al nacer que la vida nos iba a tratar de una manera o de otra. Jamás se le dijo a nadie que el mundo debía ser justo y que todos, en él, tuviésemos derecho a las mismas prerrogativas y posibilidades. El deseo, pues no deja de ser una aspiración, de encontrar justicia y equidad es sólo una idea que nos inculcaron artificialmente y que, el contraste con las vivencias diarias, demuestra que sólo es un afán, una apariencia, una quimera. Resumiendo: una falacia.
Es cierto que algunas sociedades, unas más que otras, se esfuerzan en promulgar leyes que, cándidamente, buscan garantizar lo imposible: justicia, igualdad, solidaridad, libertad, fraternidad, bien común, etc. Muchos creen en estas normas y se desviven en velar por su cumplimiento. Y, en su utópico delirio, hasta piensan que el planeta que habitamos no tiene dueño e, incluso, llegan a argumentar que es una propiedad común de todos los que lo habitamos por el mero hecho de haber nacido. Y, con estas ideas peregrinas, pasan la vida sin darse cuenta de lo profundo de su engaño. Y sostienen que forman una especie de comunión con el género humano que, aunque muchos creen intuir, a nadie consta su existencia. Pero ellos gozan soñando despiertos. No acierto a comprender cómo confunden lo que imaginan con la realidad.
Como a todos, a mí también intentaron educarme en conceptos más o menos parecidos a éstos, mas, apenas iniciado mi aprendizaje, comprobé que carecían de cualquier indicio de racionalidad.
Sí, admito que estas ideas en su conjunto son una manera de querer ordenar el funcionamiento de la sociedad pero, sin duda, no es el modo correcto de hacerlo. Y, además, me parece un acto de despotismo el pretender que todos aceptemos estos preceptos. Vamos, un atentado clarísimo a nuestra libertad. Y por eso nunca he acatado esas normas que te dan desde que naces y en las que se empeñan en educarte sin permitir tu libre pensamiento y tu propia evolución.
Debo reconocer, sin embargo, que el hecho de que una gran mayoría de personas acepte estos principios sin cuestionárselos y, además, intente seguirlos mansamente, ha supuesto una ventaja para mí. Pues siempre he sabido, salvo excepciones, con qué cartas jugaban mis semejantes, mientras que ellos, presumiendo que mi criterio coincidía con el suyo, jamás supieron mis deseos, mis pensamientos y, mucho menos, mis intenciones.
Pero, no es bueno ir contra corriente y, por eso, desde muy joven, aprendí a fingir. De no haberlo hecho me habría convertido en un rebelde. Y, a mi juicio, un verdadero rebelde ha de ser un desconocido, un personaje anónimo contra el que nunca se pueda ir abiertamente, pues jamás se manifiesta. Y, cuando un rebelde anónimo, pasa a ser conocido por algunos de sus actos, inmediatamente se le tilda de delincuente e intenta aplicársele esa tiránica ley que pretenden imponernos. Cuando un rebelde deja de ser anónimo ha fracasado.
El conjunto de la sociedad cree, les han hecho creer, que las mayorías, con su criterio adocenado, llevan siempre razón. Ya ven ustedes qué poco lógico es este supuesto y, sin embargo, muchos lo mantienen y creen ciegamente en él. No seré yo quien les desengañe si ellos, prescindiendo de la cordura, se empeñan en mantenerlo.
Lo cierto es que errores como éste facilitan la existencia a las personas que, como yo, tenemos criterios más racionales y recelamos, por sistema, de las opiniones que, por extendidas, se suelen dar por ciertas. De los errores comunes pueden vivir muy bien los seres singulares.
Algunos dirían que soy un ser sin conciencia. Estoy de acuerdo, pues la conciencia no es algo que venga con nosotros al nacer, sino que, por el contrario, son todo este conjunto de preceptos que nos inculcan, sin razón ni respeto a nuestro albedrío ni al vuelo libre de nuestra inteligencia, los que la constituyen. Con este atentado educativo, cruel pero incruento, nos construyen, desde niños, una especie de dique interior que nos incapacita para la libertad y el uso de la razón. Es, si me lo permiten, inhumano y atroz que las personas se constituyan en censoras de sí mismas. Pero a eso nos quieren llevar. Y sólo unos pocos hemos tenido la suficiente lucidez para fingir creerlo pero, a la vez, mantener un recio fuero interior que nunca lo aceptó ni fió en ello. Es difícil, lo sé, se necesita una gran reciedumbre moral para lograrlo. Empero, es posible conseguirlo.
Con leyes, religiones, costumbres e instituciones, en general, es mucho más práctico guardar las apariencias que empeñarse en batallar con ellas, pues no están hechas para respetar al individuo, sino para doblegarlo. He aquí una razón más para lo que yo llamo el anonimato socio-cultural.
Es cierto que son los hechos los que dan a conocer a las personas, pero quién conoce los hechos cuando pueden disfrazarse con mil palabras, quién puede juzgarlos cuando pueden esgrimirse inteligentes y creativos argumentos para respaldarlos y cuando, si preciso es, pueden aducirse las mejores intenciones para justificar los más deleznables de ellos.
Un ser libre, sin ataduras, sin ideas preconcebidas, un individuo que haya sabido preservar su individualidad, podrá lidiar fácilmente con cualquier aparente contradicción, pues su inteligencia le dotará siempre de instrumentos para salir airoso.
Que no nos construyan la realidad, que seamos nosotros los que la construyamos a nuestro antojo: esa es la grandeza del ser humano.
Y no, por más que muchos quieran pretenderlo, no soy un delincuente, no soy un criminal, ni siquiera soy un desalmado. Estoy mucho más allá de la delincuencia y del crimen, allende las anímicas creencias infundadas: soy un político. Me consta, pero, en caso necesario, puedo desmentirlo contundentemente.

19 marzo 2016

La churrería, sábado a primera hora

La lluvia lava las calles vacías sin cargo al presupuesto municipal. Ha caído toda la noche. La luz del cielo pasa lentamente del negro al gris oscuro, sin ninguna abertura, sin matices. Brilla contra el asfalto mojado la claridad de alguna farola, el destello intermitente de los semáforos. Es un alba sin trasnochadores ni madrugadores en la calle. Clarea un sábado.
A las cinco y media abre la churrería. Pero, a esas horas, sólo entran los últimos supervivientes de la noche. Parece un puerto para náufragos que acabaron la juerga a la deriva.  Es el refugio de los que se resisten a abandonar la partida, de los que le piden una prórroga al juego, de los que aún no distinguen la aurora que viene de la noche que se va. Casi todos son jóvenes. Algunos, aturdidos, con las caras desvaídas, como púgiles sonados al borde del fuera de combate, sostienen, apoyados en la barra, el último cubata con desgana; otros, excitados por el alcohol, con la tez colorada, toman café y chupitos de licores mientras brindan ostentosamente, entre unas risas cuya causa sólo ellos conocen. Hay quien ávidamente repara, con la masa churrera o las tostadas, los agujeros que las horas de ayuno y el alcohol hacen en los adentros. Algunas muchachas les acompañan, mientras otras han optado por sentarse a las mesas y posan en el suelo sus pies descalzos, desertores de los zapatos de tacón que se han quitado. Casi todas tienen la cara un poco demacrada, perdido hace horas el falso lustre del maquillaje, y las piernas cansadas. Algunas lucen carreras en las medias y el pelo lacio por la humedad o mojado por la lluvia.
El agua cae fuera por cortinas. Los que hacen intento de salir vuelven a entrar apresuradamente, resoplando y quejándose del aguacero. El único valiente que sale, y aguanta un rato fuera, es para vomitar apoyado en la pared.
Cuatro madrugadores entran bufando y renegando del día. Han salido de un todo terreno verde que aparcó bruscamente junto a la entrada. Van abrigados. Por su vestimenta, en la que predominan los ocres y los verdes, e incluso el camuflaje, son cazadores que salen hacia alguna de las monterías finales de la temporada. Se quejan del temporal y se preguntan si el gancho no se suspenderá.
A los cinco minutos llega otra cuadrilla que sólo por las caras, que no por los atuendos y las quejas, se diferencia de la primera. Se saludan, todos son conocidos. Piden tostadas con jamón y tomate, café con leche casi todos, aunque, algunos, despachan la suya con cerveza. Discuten sobre si subir o no subir al coto, hacen llamadas, gesticulan y, mientras se deciden y cambian opiniones, dan tiempo al tiempo tomando, en hermandad improvisada, unas copas de orujo.
Termina de amanecer. Cesa el jarreo de agua. El día queda neblinoso, con un chirimiri tan fino que parece no mojar pero que, a la larga, empapa.
En un instante, con la ilusión recuperada, pagan los cazadores y salen enseguida esperanzados por la tregua que el día parece dar. Se dirigen diligentes a sus coches y con brillantes arrancadas salen hacia sus cazaderos en una especie de maniobra rápida y disciplinada, casi militar.
Los trasnochadores, sin embargo, van saliendo, más lentamente, con desgana, como si la luz del día, ya definitiva, les ofendiera, por más gris que sea la mañana. Y se despiden del mate de la noche oscura, donde cualquier brillo destaca, y se pierden perezosamente en varias direcciones camino de sus casas, seguramente en busca de la ansiada cama. El día disipa los deseos, los sofoca, y acaba, como siempre, con los efímeros sueños de una noche más.


10 marzo 2016

La Gran Biblioteca de los Lectores Muertos

La Gran Biblioteca de los Lectores Muertos, dotada desinteresadamente por los lectores del mundo que legaran sus tomos a su muerte, fue, en su origen, algo similar a esos Testamentos Vitales en los que, voluntariamente, cada cual puede decidir su final, evitando el dolor, y lo que será de sus restos mortales.
Por abreviar, lo mismo que una persona podía donar sus restos corporales a la ciencia, podía regalar sus restos intelectuales, en forma de libros, a dicha gran biblioteca con vocación universal. El proyecto no pretendía ser modesto, ni mucho menos.
Sin embargo, la idea, que surgió de muchos y de ninguno, generó enseguida apasionadas controversias.
En primer lugar surgieron intereses económicos. A las editoriales no les pareció una idea acertada, pues estas empresas veían en la iniciativa un reciclaje de textos que, oculto en el propósito, mermaría sus ediciones y, sobre todo, sus reediciones. Consecuentemente, disminuiría el negocio y se producirían despidos brutales en el sector. A todas luces representaba una competencia desleal y, además, habría de destinársele un emplazamiento gigantesco, un gran número de cuidadores y administrativos y, todo ello, supondría un gasto enorme para el erario público. Evidentemente era una idea alarmante, por antieconómica y destructora del tejido vital y creador de empleo. Un proyecto, concluyeron los directivos de las grandes editoriales, cercano al comunismo más salvaje y anacrónico. Los libros patrimonio de todos. Era inaudito.
Por otro lado, y al menos en España, todas las Comunidades Autónomas, sin despreciar la iniciativa, alzaron su voz unánimemente contra el intento, a todas luces desaforado, de una centralización cultural y, de inmediato, propusieron la creación de dicha biblioteca a nivel autonómico, de modo que pasase a llamarse Gran Biblioteca de los Lectores Muertos Castellano-Manchegos, Murcianos, Cántabros, etc. Pues, siendo cada día más conscientes de que España es un país de naciones, no convenía destrozar tan burdamente sus singularidades más sutiles.
También las confesiones religiosas, tradicionales defensoras de la cultura y la ciencia, dijeron que la idea les parecía tendenciosa y homogeneizadora pues, bajo el común nombre de lectores, se amalgamarían personas de muy distintas ideologías, y por ende de muy distintas lecturas, y que eso daría lugar a que estas bibliotecas fuesen un tótum revolútum en el que nadie supiera qué terreno pisaba, ideológicamente hablando. Así que propusieron que esa biblioteca, sobre estar descentralizada, no fuese una, sino varias o, mejor, muchas. Y puntualizaron que los lugares idóneos para dichas bibliotecas fuesen edificios anejos a los cementerios, de modo que los libros de los finados tuvieran asiento físico cerca de los restos de éstos y reposasen cerca de sus huesos. Así serían conocidas como, verbigracia: Gran Biblioteca de los Lectores Muertos Egabrenses Católicos, Tolosarras Musulmanes, Pacenses Protestantes, etc.
Hubo, con respecto a este último comunicado, enérgicas protestas de colectivos de ateos que se consideraban discriminados por no contar con cementerios propios y ser enterrados de modo que ellos llamaban “transversal”, por dar con sus restos habitualmente en el lugar más cercano a su defunción. No menores fueron las críticas de los que pensaban incinerarse, por temer que sus libros siguieran su camino.
Los ayuntamientos, al avizorar el incipiente fenómeno cultural, también levantaron su voz. No veían con buenos ojos que el patrimonio bibliográfico que, tras su deceso, dejaran sus empadronados se les enajenara por las distintas confesiones y, menos, por la comunidad histórica en la que estaban enclavados y, aún mucho menos, por el avasallador Estado. Pues era bien sabido, no sólo que cada comunidad tuviera su propia diferenciación cultural inalienable, sino que cada municipio presentaba una idiosincrasia genuina y exclusiva e, incluso, los diferentes barrios, dentro de ellos, eran abismalmente distintos, culturalmente hablando. Y, así, proponían que fuesen las asociaciones de vecinos de la localidad las que administrasen dichas bibliotecas por barrios. De modo que pasarían a llamarse, por ejemplo: Gran Biblioteca de los Lectores Muertos del Barrio de Pintahuevos de Guarromán, del Barrio de Salsipuedes de Cercadillo, del Barrio de la Cuesta Rompeculos de Sigüenza, etc. Que si ya era difícil salvaguardar las diferencias abismales e insondables entre comunidades, mucho más lo era el tener una clara delimitación entre las que diferenciaban a los barrios entre sí. Qué lejos estaban los gobernantes de lo que constituía la sutil esencia de cada villa. Era inconcebible su insensibilidad, su falta de finura intelectual.
Distintas ONGs, previa subvención estatal, intentaron adueñarse de la idea y reivindicaron, para llevarla a cabo, la concesión de mastodónticos edificios e incluso de aeropuertos que durante los últimos años se habían edificado y carecían de uso.
Aquella idea, que en mala hora presentara el ministro, se convirtió para él en una fuente de problemas. Y, viendo que ni a los muertos se les podía permitir hacer su voluntad, creó un impuesto sobre las transmisiones y donaciones de libros post mórtem. Esta tasa había de pagarla el testador en vida. Y con este nuevo impuesto, llamado Impuesto de Transmisión Bibliográfica, zanjó el asunto. La transmisión de libros redundaría en beneficio del Tesoro. Todo seguiría igual que estaba pero, a la vista de las controversias, se había creado un nuevo impuesto. A ver si escarmentaban. Esto era lo único bueno que el señor ministro pudo sacar de la primitiva idea. En ninguna parte del mundo prosperó el proyecto, pero, en España, se hizo de la necesidad virtud y el problema que se generó se convirtió en una fuente inesperada para Hacienda.
Las almas más románticas, altruistas y nobles quedaron anonadadas y desalentadas. Pero, qué difícil es aceptar las decisiones de los que nos gobiernan. Por justas y acertadas que éstas sean. Siempre lo he sostenido.

21 febrero 2016

Tutelado

Hacía mucho que no veía al Colás. Temía que, como sucede a veces con los viejos amigos, se hubiera ido sin ruido.
Esta mañana, como otras, fui a desayunar temprano a la churrería más alejada de mi casa. La caminata tiene un doble aliciente: el paseo en sí y un café con churros entre ida y vuelta.
Ha querido el azar que en la cafetería topara con Isabel, la hija mayor de mi amigo. Tras los saludos vino el inevitable:
-¿Qué es de tu padre?
-Pues está bien, pero en una casa tutelada del pueblo.
-¡Qué suerte tiene! Al menos está en su pueblo.
-No creas que no nos costó convencerle, pero llegó un momento que no podía seguir solo en su piso.
Tras despedirme de Isabel, volví a casa con la intención de visitarle. Y, como casi todo lo que se pospone termina por no hacerse, cogí el coche y me subí al pueblo. Está cerca, fueron apenas diez minutos.
Al cabo de un rato de deambular por la villa, y tras preguntar a un par de viandantes, localicé la casa tutelada. Es un bonito chalet, muy aseado, junto a un moderno polideportivo.
-¿Está el Colás por aquí?
-¡Huy ése!, en cuanto desayuna desaparece, lo tendrá usted por el pueblo –me contestó una señora que limpiaba.
-O sea, que sigue tan zascandil.
-Usted lo ha dicho.

Dejo la parte nueva y, llegando a la ermita de San Roque, bajo por la calle del mismo nombre hacia la Plaza Mayor. Me imagino que andará cerca del Poli o en el otro bar, La Esquina. No me equivoco. Nada más llegar a la plaza le localizo. Está sentado al sol apacible del invierno, en un banco, bajo los soportales, a unos metros a la izquierda del Poli.
Le encuentro algo más gordo, algo más ausente y ensimismado. A cuatro o cinco metros le digo:
-¡Colás, que la veo, que la veo!
Gira de inmediato la cabeza, me escudriña con los ojillos turbios, se sonríe y, enseguida, viene el saludo espontáneo de siempre:
-¡Papo, Sarvi!
-¡Anda galán que no es difícil ni na dar contigo!
-Pues, ¿quién te ha dicho que estaba aquí?
Le hablo de mi encuentro con su hija y del tiempo que llevaba sin saber de él.
-Ya pensabas que las había diñao, ¿eh?
-Tanto como eso no, pero no sabía nada de ti desde hace mucho.
-¿Qué tal tu mujer?
-Va tirandillo.
-Pues, cuídala, que, cuando se nos va la mujer, nos quedamos sin na. Mira yo, desde que me se fue la andaluza. Sí –y los ojos se le enturbian un poco más al decirlo.
-Bueno, hombre, pero aquí estás bien.
-Sí, pero de los 950 Ebros que cobro se quedan con el setenta y cinco por ciento. Y, antes de venirme, no te creas, que aun tuve problidad  de juntarme con una. Pero no me decidí. Hay que saber mu bien lo que uno mete en casa. Sí.
-Estás mejor así, Colás.
-Sí, puede. Pero, ahora, jódete. Soñando con los angelitos.
Antes de que profundice en su vida sexual, le cambio de tema:
-Aún voy de caza, Colás.
Él me mira y dice:
-Vamos a echar un pajandini -y me ofrece un cigarrillo negro emboquillado de papel oscuro que simula ser un purito.
Enseguida me dice:
-Y, ¿qué, aún les pegas o te se ha olvidao? Porque, lo que es aprender, te costó un güevo. Aunque, claro, a lo último, ya les cascabas bien.
-Pues igual que antes, solo que ahora tiro con el 20.
-¡Huy con el 20! Estás hecho un señorito, Sarvi. ¡Qué finura! ¿Y cómo andas de perro?
-Este año he enseñado a uno y parece que ha salido con buenas trazas.
-¡Cagüen diole! ¡Cuánto me arrepiento de haber vendido la escopeta! Pero es que salía con un socio que no le daba ni a la nación. Cada vez que guipaba una encamada le dejaba que la tirara a él, que era mucho más joven que yo, pero ni por ésas. ¡Qué cosita más inútil, virgen santisma! Y es que de lejos ya no veía más que bultos pero, de cerca, cómo me las columbraba. Y como me falla un poco esta rodilla, me dije: A ver si me tropiezo y me pego un tiro. Y por eso lo dejé, no fuera a ser que tuviera un incidente y me se pusieran las cosas aún más climatélicas de lo que las tengo. Sí
En esto estamos cuando aparece un paisano, se apoya en una columna del soportal, y dice:
-A ése: dos estacazos, que es un bicho.
-No, hombre, es un buen amigo. No seré yo quien se los dé –contesto a la broma.
-Es más amigo mío y yo se los daría. ¿No te acuerdas de cuando íbamos a las ovejas? –insiste el recién llegado.
-Papo, no ha llovío na, dejé yo las ovejas a los dieciséis pa irme a lo de Pinilla, no te jode con lo que sale éste ahora. ¡Ayer fue la víspera!
-Y buena vida que te pegaste en lo de Pinilla.
-Sí, de cojones. Labrando las laderas con bueyes, que uno de ellos, a fuerza de hacerle herejías, te se arrancaba a por ti en cuanto te veía. Miá, al matadero hubo que llevarlo porque se lanzaba a por to lo vivo.
-¡Ahí os dejo! –dice el paisano por despedida.
El Colás vuelve a la caza:
-¿Has subido alguna vez por lo de Esteras?
-Sí, una. Pero ya no es lo que era. El AVE pasa por un lado del término y la autovía por el otro. Lo han vallado todo y, además, han puesto un montón de molinos de viento con caminos de acceso y, entre unas cosas y otras, la caza casi ha desparecido.
-Joder en diole, con lo bueno que era. Menudas sarracinas tengo yo hechas por allí. ¿Te acuerdas?
-Claro que me acuerdo.
-¿Y de las liebres? ¿Sigues sin verlas acamás?
-Me sigue costando. Alguna he llegado a ver, pero pocas.
-Entonces es que no veías una. ¡Qué cosita tan ciega! Con los ojos que te echaban y tú que na, con ellas en los pies y distinguiendo menos que una picha escayolá. ¡Madre mía, qué topito! ¡Sarvi, Sarvi, cuánto me has hecho de sufrir, pa Dios y pa mí lo que he pasao contigo! –y El Colás se retuerce de risa recordando mi torpeza de novato.
-¡Qué pocas se te iban! –digo haciendo honor a la verdad.
-Algunas veces me levantaba antes de que amaneciera, cuando aún no se habían encamado. Y, cuando subían de las laderas al encame en el llano, casi sin luz aún, me las trompicaba a la espera en el borde de la sierra. Y, yo creo, que aún podría hacerlo. Total, a la espera. ¿No te parece?

Paso un rato con él sin movernos del banco. Recordamos algunos otros episodios. Su afición por el cante.
-¡Ay, si a mí me hubieran educao la voz! Es que por Farina lo bordaba, ¿te acuerdas, Sarvi?
Y yo le digo que sí, que me acuerdo. Al cabo de un rato me vuelve a preguntar cosas que ya me ha preguntado. Yo le contesto haciéndome de nuevas. Le pregunto por la edad. Me dice que 87. Pero no me quedo muy seguro de que diga la verdad pues, según mis cuentas, pasa de los 90. Luego nos despedimos.
-Ahora que sé dónde estás, subiré a verte algún rato, Colás.
-Pues ya sabes dónde me tienes, Sarvi.

Mientras regreso a la ciudad no se me va de la cabeza la imagen del vejete que he dejado sentado en la solana de la plaza, imaginando que espera a las liebres al alba, que canta por Farina y al que, en lugar de soñar con angelitos, aún se le ocurren otras problidades.