27 febrero 2014

XIII.- El Renuncia: Avenida de la bicicleta

Tenía todo el día por delante. Bueno, en realidad, los tenía todos por delante. Pero, sin la distracción que en el fondo significa el trabajo, era plenamente consciente de ser un mero consumidor de tiempo sin que nada le despistara en ese gasto. Si el tiempo era dinero, él era un manirroto de un tiempo tan vacío que solamente podía ser moneda falsa.
MP iba atravesando la ciudad hasta que se le fraguó la intención, aprovechando el día soleado, de dar un largo paseo de esos que llaman desentumecedores, pero que él bien sabía lo tullido que le haría encontrarse al día siguiente. Puede que llegara hasta La Gavina de Polvoranca. Hacía años que no había ido. Durante el día no temía acercarse por aquellos andurriales, otra cosa era por la noche. Tal vez se topara con Serafín Tirado o, si no, mataría gran parte del día caminando. Un jubilado en un domingo era, por lo menos, un jubilado doble, gastando su tiempo, inexorablemente ocioso cada día, entre otros que lo gastaban voluntaria y gozosamente sólo los domingos.
Llegó a la circunvalación y, tras caminar un rato, se desvió a la derecha, por la Avenida de la Bicicleta. En la mañana templada de domingo bastante gente de la ciudad, sin madrugar demasiado, hacía deporte en la avenida. Bueno, ¿hacer deporte?, caminaban, corrían, pedaleaban. Recordó el viejo que, en su juventud, no existía eso de hacer deporte y que a nadie se le hubiera ocurrido decir: “Me voy a hacer deporte”. La gente, como mucho, se iba a hacer leña, a hacer la compra, a hacer la comida, a hacer, en definitiva, alguna tarea necesaria. Hacer concordaba con necesitar. Y, como los pensamientos se encadenan, recordó que tampoco se decía hacer el amor. ¿Qué era eso de hacer el amor? Y se le ocurrieron enseguida varios verbos mucho más exactos. Pero, al pronto, se le ocurrió que, bien mirado, ojalá que el amor pudiera hacerse. Habría sido muy bonito y todo un logro. De ser así, podría leerse en los anuncios: “Fábrica de amor La Desbordada, existencias inagotables, se sirve a grandes superficies y a particulares. Gobiernos, banca, empresas y otras entidades, con afanes de lucro, abstenerse.” Y, el jubilado, se reía solo.
Corría la avenida paralela a la Autovía del Norte. El deporte, pensaba MP, se había convertido en un fin en sí mismo, un descanso para los males del cansancio de la vida sedentaria que, por lo visto, se paliaban con el cansancio físico. Algo así como eso de que la mancha de una mora con otra verde se quita: quitarse el hastío, con el cansancio. Lo hacían utilizando los paseos, las aceras e incluso el asfalto, aprovechando que los domingos apenas había tráfico. Unos pasaban raudos en sus bicis en animados grupos que porfiaban, al tiempo de pedalear, en animosas charlas; otros, corrían muy concentrados y jadeando con ligeros bufidos; algunos llevaban rodilleras u otros aditamentos que les daban un aire de deportistas profesionales; los más andaban ligeros, con idea, moviendo los brazos enérgicamente y parándose, de tanto en tanto, a hacer ejercicios en las máquinas de gimnasia que, siguiendo la moda, había colocado la concejalía de deportes a cada trecho. Era gente de todas las edades. No faltaban las mujeres, jóvenes o maduras, que, embutidas en diseños deportivos más o menos afortunados y estilosos, y siempre en parejas o tríos, competían con los hombres en dedicación. El deporte, entronizado rey del mantenimiento físico, de la salud cardiovascular y del equilibrio psicológico, extendía su reino por doquier en los últimos tiempos.  
Muchas de estas personas iban sujetas o sujetando a un perro. En la mayoría de los casos a un gozquecillo peludo y pequeño, apto para vivir en un piso, y, en los otros, a todo lo contrario: un gran danés, un buldog, un rottweiler,  un dogo argentino, o alguna de esas razas de perros foráneos, peligrosos y grandes como ovejas, que tan de moda se habían puesto, a raíz de necesitarse un elitista permiso especial para tenerlos. Éstos, los de los perros, los llevaban cuidadosa o preventivamente atados, y peregrinaban con ellos de cacacán en cacacán para que los animalitos defecaran en los lugares adecuados y sus dueños no se vieran en la obligación de recoger cívicamente sus excrementos. Aunque, algunos pocos, que de todo había, se hacían los locos, dejando olvidados por aquí y por allá los pastelitos de sus queridos canes mientras emprendían una discreta retirada. Y eso que las autoridades municipales, para no ser directas y llamar guarros a los infractores, se habían esmerado literariamente con avisos colocados en paseos y parques y así, de cuando en cuando, podían leerse advertencias tan finas y delicadas como éstas: “No dejen que sus caninos contaminen calles, parques y caminos”, “Tú no puedes quedar mal por la culpa de tu can”, “Si tu can utiliza el cacacán tus vecinos te amarán”, “Ayuda a tu mejor amigo a no crearte enemigos”, “Si tienes un bello can, sé también buen edecán”. Aunque algunos ciudadanos, mosqueados con los olvidadizos, habían escrito algunas apostillas expeditivas, debajo de los letreros: “¿Me cago yo en tu césped, tío cabrón?”, “Llévate estos pastelitos a tu moqueta, hijo de puta” y otras cosas, aún peores, que no favorecían en modo alguno la convivencia ciudadana ni el diálogo constructivo sobre la sostenibilidad de la convivencia de los caninos con los humanos.
MP, que en su barrio, carente de cacacanes, estaba harto de pisar los moñigos de estos amigos del hombre, empezó a sulfurarse con tanto animalito. No aguantaba ver como los orgullosos amos observaban atentos, como si de un suceso prodigioso se tratase, las deyecciones de sus animales. Recordó haber leído que, en la capital, vivían más de un cuarto de millón de perros que dejaban anualmente en calles, plazas y jardines, dos mil toneladas de moñigos y que, el retirar cada kilo, costaba dos euros y medio. Y se dijo MP que, si se admitieran voluntarios, muchos jubilados podrían sacarse cada día una pasta gansa en sus ratos libres, que eran todos.
Repentinamente le acometieron ganas de orinar y pensó en imitar a los canes. A punto estaba, cuando recapacitó, y pensó que le podían tomar por un exhibicionista, cosa que cuando hacía públicamente sus necesidades mayores nunca había imaginado. Así que MP, ante el riesgo de salir en los medios de comunicación enseñando la gaita y ser tomado a sus años por un sátiro, se reportó. Encontró una senda que, de la avenida, bajaba a uno de los túneles que había debajo para el drenaje, y se dijo que allí orinaría con tranquilidad.
Un tanto acelerado bajó por la senda temiendo, con la premura, manchar los pantalones, cuando vio que los dos túneles, que cruzaban avenida y autovía, estaban ocupados. Se giró y buscó la intimidad de un recoveco, a salvo de los ojos de los túneles, pues no aguantaba más las ganas. Cuando terminó, bajó lentamente para cerciorarse de que sus ojos no le habían engañado.
Debajo, bajo los túneles, quienes quiera que fueran, seguramente inmigrantes o sin papeles o simples victimas de la crisis, tenían hacinadas sus pobres pertenencias. Había colchones, mantas, calzado, ropas, utensilios, comida y un par de rincones apestosos para los detritus que entre todos producían. Tenían también un sistema de improvisados conductos para recoger el agua de la lluvia en viejos cubos de pintura, en bidones oxidados y en otros baldes.
A MP le parecía irreal lo que veía, y miraba, una y otra vez, para cerciorarse de que era cierto y no imaginaciones suyas. La escena le devolvió a su infancia, en tiempos de postguerra, y le trajo el recuerdo de miserias que él creía olvidadas para siempre y que nunca pensó volver a ver. Sin embargo las tenía allí, cuatro metros por debajo de la calma opulenta, tranquila y feliz de aquella mañana de domingo, de aquella mañana de deportistas, paseantes y perritos.
Reparó en que todo estaba ordenado dentro de los túneles y todas las cosas colocadas guardando un orden que sólo sus ocupantes conocían. No vio a nadie, excepto a un viejo que ya le había localizado y le miraba fijamente, sentado en un butacón desvencijado y mugriento. El hombre le miraba inmóvil, sin un pestañeo.
Sin saber por qué,  MP se acercó al viejo, que le vio ir con gesto serio y desconfiado. Le tendió un billete de cinco euros. El viejo, bien porque no vio el billete hasta que no lo tuvo delante, bien porque temía algo de MP, no le quitaba la mirada de encima. Sólo al ver el dinero, que inequívocamente le ofrecían, se relajaron sus facciones.
- Gracias, siñor.
- Pero, ¿cómo viven aquí? No se dan cuenta de que, si llueve, el agua se llevará por delante todo esto y a ustedes también. Es muy peligroso.
- Para nosotros todos días son piligrosos por hambre y nochis también por frío. Cuando llueva iremos a otro sitio. Piro ahora bien aquí.
- No tenía ni idea de que viviera aquí nadie.
- Muchos ven, pero marchan. No gusta virnos. Sólo tú has dado dinero a Vadim. Muchas gracias, siñor. Todos se van rápido cuando ven miseria. No gusta.
- ¿Y los demás?
- Ellos van a tocar, a pidir… Sólo Vadim, el viejo, hace guardia en rifugio. Todo muy triste, siñor. Muchos mises sin trabajo. Mucha hambre, frío y también miedo.
MP estaba trastornado y conmovido por el espectáculo. Miraba atónito a todas partes sin terminar de creer aquello. Incapaz de soportarlo y, a la vez, superado por no poder hacer nada ni  tomar ninguna otra decisión, se despidió del viejo, casi huyendo.
- Bueno, amigo. Me voy. Me llamo Macario. Si vuelvo a pasar por aquí pasaré a verle.
- Muchas gracias, siñor. Yo, Vadim Varzari, de Romania. Gracias, siñor, muchas gracias.
Y MP salió de aquel agujero con el corazón encogido. En apenas cuatro pasos perdió de vista el espectáculo y se vio inmerso en el mundo de los perritos mascota y los felices caminantes, corredores y ciclistas que, alegremente, quemaban calorías o recogían aplicadamente truños de sus canes.

10 febrero 2014

Liebres de enero

El viejo sabía algo de la naturaleza de las liebres. Algunas cosas, como el resto de los cazadores, las había aprendido por la observación y la experiencia. Otras las aprendió en los libros. Pero, claro, éstas últimas eran cosas mitad mitológicas y literarias y mitad científicas que, por vergüenza, no se atrevía a compartir con otros del gremio.
Él intuía que le oirían con cierta burla y más los más rudos de entre ellos que, siendo gente avezada de campo, acostumbraban a burlarse callada o abiertamente de cualquier lechuguino de capital que les viniera con milongas.
Sin duda podía hablar con ellos de querencias, de clima, de días favorables, de lugares al abrigo del zarzagán, de refranes al uso y de otras cosas que, sobre las liebres, muchos de ellos compartían pero que, en el fondo, no pasaban de ser los comentarios usuales entre cazadores más o menos entregados o expertos.
Otra cosa muy distinta sería contar en la tasca del pueblo que, en la antigüedad, era la liebre un animal consagrado a Venus y, a veces, también a Baco, pues se tenía a la liebre por un animal muy voluptuoso y ardiente tanto en sus celos como en la duración de los mismos. De paso habría que ponerles al tanto de que Venus era la diosa del amor y Baco un dios proclive a las orgías y al desenfreno. Menudo papelón. El viejo, a sus años, se resistía a ir de listillo.
- Y ese Baco, qué pasa, ¿era amigo tuyo?
Tampoco se atrevía a hablarles de fenómenos más científicos, como los de la superfetación y la reabsorción, relacionados con la fama sexual de las liebres que, al parecer, del sexo lo aprovechaban todo. Eso habría dado para más de un cachondeo y, probablemente, hasta hubiera servido para que al viejo le regalaran alguno de los motes que, con tanta sorna como destreza, solían poner y de los que, hasta el momento, pensaba que se había librado.
Cómo iba a contarles que las liebres que se quedan fecundadas en la primera cópula siguen siendo receptivas y que no interrumpen la ovulación y siguen siendo fértiles y que, además, son capaces incluso de retener vivos los espermatozoides del primer apareamiento para que otros óvulos sean fecundados en su día por ellos. Esto quiere decir que pueden tener dos embarazos diferentes de una sola cópula, con partos diferidos en el tiempo o que, sin haber parido, pueden quedarse preñadas nuevamente de otro macho. Él sabía que eso se llama superfetación. Pero, anda y vete tú con esas historias y se las largas, si te atreves, al tío Toribio, al Matacorzas, al Sata o al Motopeto, por no citar a otros.
- Y dices que con partos diferidos en el tiempo. ¡Hostia, como los pagos de la Cospedal! ¡Huy copón!
Y ya, lo de la reabsorción, es decir, que no pueden abortar, porque si, por alguna razón, mueren los embriones implantados en su útero éstos son asimilados por el cuerpo de la liebre… Para qué hablar.
- Anda, no tomes más cañas que tú si que te las estás reabsorbiendo. ¡Menudo superfeto estás tú hecho, no te jode!
Nada, ni pensarlo. Menudo cachondeo se podía preparar. Y lo de “Superfeto” le podía quedar de por vida. Chitón.
Lo cierto es que el viejo sabía que, aunque las liebres están en celo de enero a octubre y, a veces, casi todo el año dependiendo de la abundancia de alimentación y del clima, es en los meses de febrero a abril y en los de junio y julio cuando más número de partos se producen. También sabía que suelen gestar entre 42 y 44 días.
A sabiendas de estos datos y teniendo en cuenta que la temporada de caza se cerraba a primeros de febrero, sabía que el mes idóneo para cazar liebres era enero. El resto de los meses de caza naturalmente que podía darse con alguna, pero era su entrada en celo en enero la que propiciaba que comenzasen a buscarse unas a otras y, por tanto, a concentrarse en las zonas más propicias. Sin embargo, al mismo tiempo, no valía cualquier día, ni cualquier enero. Había que tener en cuenta que hubiera anticiclón que, aunque las noches pudieran ser heladoras, los días fueran soleados, apacibles, casi cálidos. Si eso se daba, el celo de las liebres entraría en acción y éstas buscarían los lugares orientados a mediodía, en puntos abrigados y altos donde les diera el sol desde el amanecer. Su potente olfato les haría encamarse relativamente próximas unas a otras, para pasar el día abrigadas y comenzar sus escarceos a la caída de la noche incitadas por las hormonas y guiadas por sus dos sentidos más desarrollados: el olfato y el oído.
El penúltimo domingo de enero confluyeron todas las circunstancias y el viejo se alegró de haber sido discreto pues en el paraje que eligió, a lo largo de unas horas, vio cinco liebres. Y, donde él cazaba, eso no era frecuente. Ni mucho menos.

XII.- El Renuncia: Almuerzo con el doctor Machado

Sin premeditación, guiado por la inercia de un automatismo, llegó a la Rotonda de la Marina Mercante. Allí fue donde conoció a don Macario. Cansado por la caminata, se sentó en el banco donde comieron los bocadillos.
Estaba terminando el verano y, como los que viven en la calle siempre van abrigados por temor a la intemperie, que es siempre incierta, Serafín, entre la caminata y el abrigo, estaba sofocado.
No llevaba ni cinco minutos descansando, cuando una chica con aire de colgada atravesó la rotonda acompañada por un perro garabito y de mal pelo. Los coches, entre bocinazos, les esquivaron a ambos. Serafín la vio venir hacia su banco sin atender al tráfico ni  tomar precaución alguna, y pensó que era otra como don Macario, que cruzaba las glorietas al dictado de la lógica, o sea, en línea recta. Le admiró el desdén de la muchacha al amenazador tránsito rodado. Ella, al llegar, le miró con indiferencia, como quien apenas repara en un bulto. La joven titubeó un instante y, finalmente, se dejó caer cansinamente al otro extremo del banco. El perro se tendió a sus pies, atento, sin dejar de mirarla. Rebuscó en el bolso con nerviosismo y, tras revolver un poco, sacó un paquete de cigarrillos. Se puso uno en la boca y volvió a buscar ansiosamente. Por fin, encontró el mechero. Encendió y aspiró profundamente. Entonces reparó en él y le preguntó, de improviso, si sabía donde estaba la Casa Beneficio, que le habían dicho que estaba por allí, pero que llevaba más de una hora recorriendo las calles adyacentes sin dar con ella.  Y añadió que allí ayudan a los toxicómanos, por si el dato le servía.
El Renuncia se da cuenta de que tiene la voz hombruna y cascada, los dientes negros y descuidados, y alguno perdido y un par de ellos rotos. Se percata también de que la chica está muy flaca y que, de cerca, parece una vieja joven. Serafín no ha oído hablar de la tal casa. Ella, repentinamente, parece notar la condición de Serafín y hace un mohín extraño, dándose cuenta de que ha ido a preguntarle a uno que, sobre ser vagabundo, está fuera de su onda y, además, no es de su cuerda. Le ignora instantáneamente. En cuanto ve venir a unos jóvenes por la acera se acerca a ellos precipitadamente, les para y les pregunta gesticulando. Los otros le contestan:
- Sorry, we don’t understand.
Mala suerte. Eran guiris.
Ya no vuelve al banco. Y el Renuncia sigue con los ojos el recorrido de su figura vacilante y errática, que se mete por la primera bocacalle seguida por el perro triste, fiel e inseparable.
A Serafín le da pena la muchacha con su nerviosismo, su ansiedad y su atolondramiento desvalido. Al Renuncia le llaman la atención esos seres que van a la deriva. Al Renuncia le pareció una chica demasiado joven y, aunque ajada y lánguida, bastante guapa. Lástima, se dijo, teniéndose a sí mismo por un ejemplo de estabilidad, que esas cabezas, así perdidas y desorientadas, fuesen de tan difícil recuperación. Si en su mano hubiese estado, le habría ayudado y, como poco, hubiese parado algún taxi para que le acercara a la casa que buscaba pero, estando sus bolsillos tan vacíos como su estómago, de nada valían los buenos sentimientos. Seguramente don Macario, que parecía hombre de arranques, habría tomado alguna determinación.
Pensaba, con los ojos entornados, casi cerrados, en los buenos deseos que proporciona el no tener y cómo el tener, en lugar de reforzarlos y ponerlos en práctica, los aniquila. Porque todo es esplendidez en la pobreza pero, cuando se es rico, ésta se torna toda en desconfianza. Y cuando se quiere ayudar no hay medios y, cuando se tienen, no hay voluntad, de modo que el querer no es poder y el poder no es querer, y menos amar, sino temer. Y si el poder es temer, termina haciéndonos más desgraciados que el carecer de todo. Y en esas estaba cuando le sorprendió una voz conocida.
- Pero, ¿qué haces aquí Renuncia?
- ¡Hombre, doctor Machado!, ¿qué hace usted tan lejos del lar de su iglesia?
- Pues ya ves, que llevo toda la mañana en la puerta de San Onofre con lo mío y, en un descanso, voy a comprar algo para almorzar. Si quieres, te convido. Y no me eches ningún discurso, porque te invito porque me da la gana, consciente, como soy, de tu situación, de la vida a la deriva que llevas voluntariamente por ese voto de renuncia y todo lo demás. ¿Vale?
- Hombre, pues, siendo así, se agradece. Que me viene bien.
Se encaminaron los dos hombres a un pequeño colmado que además vendía pan, regentado por unos pakistaníes y que, por eso mismo, abría los domingos. Compró Machado una barra larga, cuarto y mitad de mortadela de aceitunas y una caja de cartón en la que se leía: “Luchador, vino tinto selecto”.
A los diez minutos estaban de nuevo en el banco, comiéndose cada uno su media barra rellena del rosado embutido y pegándole alternativos y callados sorbos a la caja de vino pardillo.
- No es bueno este aloque, pero en nuestra situación no podemos elegir, ni nos conviene aspirar a más, por lo modesto de nuestro presupuesto –dijo Machado con mucha propiedad dándole otro tiento al vino.
- Pues a mí me parece pasadero.
- ¿El presupuesto? –dijo incrédulo Machado.
- No, el vino.
- Bien se conoce que no estás hecho al vino de dos orejas y como mínimo de dos hojas que, si lo estuvieras, muy otra sería tu opinión.
- No sabía yo que los vinos tuvieran orejas y nunca había oído que tuvieran hojas.
- Amigo, los árboles tiran las hojas cada año. De dos hojas indica que es vino de dos años y, cuando además es de dos orejas, lo aprecia el gusto por dos motivos: por bueno y por fuerte. Y así, el mejor órgano, el que tenemos entre las dos orejas lo aprecia justamente y de este modo lo cataloga con sabiduría.
- Doctor Machado, es usted un pozo de conocimientos útiles e imprescindibles.
- ¿De conocimientos? Puede ser, pero inútiles en su mayor parte. Bueno, amigo, te dejo. Vuelvo a mi puesto, que enseguida me echan de menos. Especialmente los domingos. No puedo faltar más que lo estrictito. Esto mío es muy esclavo. Tú tienes más suerte pues, con eso de la renuncia, hasta de pedir te ves liberado y exento. Gran talento el tuyo, que no el mío: conseguir vivir sin forzar a caridad voluntades y, siendo pobre, rechazando el oficio de los pobres, que no es otro que pedir.  Porque se dijo: pedid y se os dará. Así que en ello no es mucho el mérito, pero que te den sin pedir requiere mucha ciencia. A veces pienso en ti y, me digo, si no serás doblemente pobre por ser un pobre que, salvo salvedades, vive casi exclusivamente de los pobres. Porque sólo a los pobres nos es dado conocer a los que son más pobres que nosotros y, conociéndoles, ser para ellos lo que otros son para nosotros. Bien, qué sea de provecho.
- Igualmente y, ya sabe doctor Machado, le quedo agradecido, que para los buenos sentimientos no he tenido ni tendré renuncia y sí calor en el corazón. Y de su talento y su forma de expresarse, ni le digo. Mi admiración, doctor Machado.
El doctor Machado, pues sostenía serlo en medicina, solía ponerse a pedir en la puerta de San Onofre. Lo hacía de rodillas e incluso, a veces, con los brazos en cruz y la mirada perdida, como en trance. Su exagerada o perfecta, según se mire, puesta en escena era más propia de épocas tan pretéritas como olvidadas de la actividad mendicante. Algunos sostenían que era un modelo actualizado de la época de la picaresca. Y lo decían, sobre todo, porque su imagen, casi mística, contrastaba con las figuras de plástico, de dinosaurios de varios tamaños, que el mendigo colocaba delicadamente delante de sus rodillas, sobre un pañito más medio limpio que sucio. Y también extrañaba el gesto de sonrisa perenne, como de éxtasis contemplativo, que mantenía cuando hablaba solo o cuando hacía que rezaba o, quién sabe, rezaba verdaderamente.
Los niños, invariablemente, se paraban ante él y, con ellos, los mayores que, a la amabilidad del pedigüeño con los pequeños, solían corresponder con la pieza de euro o de medio euro. Los niños, que ya se habían hecho a él, cuando llegaban a la Plaza de los Jardinillos corrían a la puerta de la iglesia con un trotecillo alegre y una cierta familiaridad. Machado, arrodillado entre aquellas fieras prehistóricas, dejaba entonces de mirar al frente o a los cielos y salía de su tránsito momentáneamente para dirigirles una afable sonrisa y hacerles enseguida carantoñas.
- ¿Cuántos dinosaurios tienes, Machado?
- Pues ahora tengo cinco, pero voy a quitar dos porque tengo mucho gasto. Aparte del peligro, claro.
Cuando algunas noches Machado iba cayéndose, borracho, por las calles oscuras, estrechas y menos transitadas, sus conocidos le decían con un punto de guasa y punto y medio de crueldad burlona:
- Pero, hombre, doctor Machado, ¿no le daría a usted vergüenza que sus clientitos buenos, esos del euro, le viesen así, en este estado?
- Pues no. Porque son ya mayores y ellos mismos, por pudientes, no deberían ser ajenos a la compasión y, por el contrario, su cultura y humanidad debiera hacerles empatizar con mi desgracia y comprender mejor que otros impíos lo triste que es el sino de mi vida -respondía Machado con la boca pastosa pero con mucha dignidad y tino.
- Pero, ¿qué me dice de los niños?
- Ahí sí. Eso es verdad. Por ellos me daría vergüenza. Pero como, a estas horas, están acostados. Pero sí, lleva usted razón, ahora mismo me recojo.
Y, como podía, Machado desaparecía con paso vacilante y apoyándose en las paredes, hasta que se perdía en la oscuridad del barrio viejo en busca de acomodo, con sus dinosaurios, en cualquier rincón oscuro o en alguna casa abandonada o en ruinas. Y es que la borrachera le daba a Machado un aire de sumisión respetuosa.
El Renuncia le había conocido cuando llegó a la ciudad, aproximadamente en la misma época que él. Se alojó bastante tiempo en La Gavina pero, desde que ocupaba puesto fijo en San Onofre, ya no subía por lo del Simancas. Seguramente era para no alejarse del puesto de trabajo, evitar el absentismo laboral y, sobre todo, no incurrir en abandono del servicio, falta muy grave hasta en los cargos oficiales.
Algunas veces el Renuncia se sentaba en los Jardinillos y pasaba el rato observando la teatral cuestación diaria de Machado. El doctor Machado, pobre pero desprendido, sólo se dirigía al Renuncia en los intervalos que hacía en su horario de mendicante y, en la tasca más cercana, le invitaba a café o a lo que tomara. En días afortunados, como había sucedido en ése, almorzaban juntos o algo parecido. Que la amistad desinteresada no se reserva sólo a los magnates, y la largueza es más propia de los espíritus de los seres nobles que de los bolsillos de los acaudalados.

11 enero 2014

Mirar con otros ojos

Entre las luces del amanecer, como otras veces, amenizaba la monotonía de la caminata elucubrando sobre la gente que, sobre la tierra que pisaba, había pasado antes que él.
Sabía que las jornadas de caza en solitario no garantizaban piezas sino que, al menos en su caso, aseguraban únicamente un esfuerzo físico y un regalo para la imaginación. E iba llenando esta última a medida que vaciaba la resistencia al cansancio que su cuerpo era capaz de almacenar. Solían ser entre seis y ocho horas caminando por terrenos muy irregulares. A veces terminaba la jornada agotado, tanto de imaginar dónde podrían estar ese día las perdices o en qué solana, rastrojo o reguero estaría agarbada la liebre, como de subir y bajar laderas, rodear cerros, asomarse a cada morro y avanzar con fatiga hundiendo las botas en las húmedas terroneras de las tierras labradas. Pero con tanta soledad, silencio y tiempo, diera o no con los animales, siempre veía, si no lo que deseaba, sí alguna cosa que le diera en qué pensar.
Aparte de cavilar sobre las querencias de los bichos y querer adivinarlas por el prurito de dar con ellos, se fijaba en los caminos, en las viejas tainas abandonadas, en los montones de piedras que un día fueron edificaciones de utilidad, en los viejos palomares en ruinas, en los molinos derruidos por las avenidas e invadidos por la maleza y en cualquier accidente en el terreno que en su día dibujara la mano del hombre.
Una cosa, en general, propia de los humanos era el abandono. Y éste ocasionaba la ruina y el desmoronamiento de cualquier construcción y propiciaba en pocos años que la vegetación espinosa y salvaje se adueñara de todo lo que quedaba sin cuidado, fueran campos o edificaciones.
Después de reconocer minuciosamente las dos laderas que envolvían un valle entreverado de rastrojos y olivares, no dejándose asomada ni aliagar por mirar, se sintió desanimado. En dos horas y media nada vio. No escuchó el aleteo acelerado y vibrante siquiera de una perdiz lejana, ni vio la carrera de un conejo entre los olivos huyendo al vivar, ni, mucho menos, descubrió cama ni muestra alguna de la liebre. A veces se imaginaba buscando algo inexistente o algo que sólo él se empeñaba en que existiera. Era la sensación que tantas veces había sentido con la caza.
Cambió de terreno y, tras atravesar un arroyo y un camino, dejó atrás unos baldíos y comenzó a ascender. Caminaba aparentemente a la deriva, zigzagueando para hacer menos penosa la subida. Atacó el cerro más alto subiendo a aquella mole en espiral, como si sus cortos y sucesivos pasos ascendentes fueran el filo de una navajilla que mondara despacito una descomunal pera.
A medida que avanzaba comenzó a descubrir irregularidades en el terreno que no eran propias de la naturaleza. Los primeros hundimientos circulares llamaron su atención. Después vio zanjas desvaídas llenas de sedimentos terrosos y repletas de aliagas y charcos. Más tarde tropezó su vista con un trozo metálico, oxidado e irregular, de un palmo. Su curvatura delataba que era un trozo de obús. Inmediatamente identificó aquellas irregularidades del terreno con trincheras. Más arriba encontró algunas cuevas excavadas en la ladera, todas ellas pequeñas y, por las piedras que las circundaban y aún tenían en sus bocas, dedujo que fueron refugio de soldados. Había algunas cuevas hundidas que parecían cráteres pequeños. Una pequeña boca, aún no cerrada del todo por el arrastre de las tierras, daba paso una gran estancia con habitaciones a los lados y entradas con quicios pero ya sin puertas. Temió meterse dentro de esa cueva mayor que las demás, no eligiera la montaña ese momento para rellenar aquel hueco con su peso.
Cuando llegó a la cima encontró una casamata de hormigón con paredes de dos cuartas de ancho y con troneras apaisadas en las cuatro direcciones. El terreno circundante había sido alisado y apisonado, pues apenas tenía vegetación, seguramente para el emplazamiento de piezas artilleras.
Desde aquellas alturas se dominaban los pueblos circundantes, la carretera principal y la vía del tren. También podían apreciarse todavía, entre las zarzas, las sendas que serpenteando salvaban la pendiente para subir a aquella altura las máquinas de guerra, las municiones y el avituallamiento de las tropas. Todos aquellos accesos, agrietados por las lluvias e invadidos por la vegetación, se hacían evidentes desde la altura. Si aún se conocían, tras tantos años, debieron estar muy sobados en su día por las ruedas de las máquinas, las pezuñas de las bestias y los pies de los hombres.
Pensó entonces en las personas que habilitaron aquellas fortificaciones, en el tiempo que habitaron en ellas, en los grandes trabajos que hubieron de hacer, en sus fatigas, en las penurias y el frío que pasarían. Luego se hizo una idea de sus miedos. Pensó después en los que morirían, seguramente, cerca de donde él se encontraba o, quizás, en ese preciso sitio. Pero ese paisaje impresionante, el mismo que aquellos hombres vieron, no le devolvió más respuesta que el silencio.
Pasó un rato sentado en una piedra. Mirando las laderas, se imagino la montaña como un gran hormiguero. Sólo desde arriba se notaba aún lo arañada y horadada que estaba. Y, por todos lados, aparecían las viejas líneas de defensa como cicatrices en la tierra que la vegetación silvestre entreveraba  y casi había restañado.
Tras éstas y otras meditaciones, se sintió afortunado por no haber participado en ninguna guerra. Se dijo también que quizás había pertenecido a una generación con suerte pues, normalmente, pocas en la historia se habían librado de conocer alguna. Aquel entorno mudo, medio borrado por años de erosión, pero tan real como el sudor que le empapaba la camisa, le sobrecogió.
Casi se había olvidado de la caza pero, al notar que se enfriaba, se levantó, tomó la escopeta y pensó que debía iniciar el regreso hacia el coche. Bajó del gran cerro en dirección a una mancha de retamas que, en su falda, daba cabecera a unos rastrojos. En su descenso no descuidó el mirar cuantas barrancas encontró a su paso y a todas ellas se asomó con cautela, pero siguió sin ver caza. Media hora después, cuando llegó al macizo de retamas, cinco perdices saltaron del extremo opuesto y, fuera de tiro, superaron la hondonada que tenían enfrente, sobrevolaron la ladera contigua y se perdieron tras ella.
Ojalá hubierais aparecido hace cuatro horas, pensó para sí. Y se dispuso a bordear por bajo la ladera tras la que desaparecieron para, con cautela, dar vista al lado oculto. Al minuto volaron dos a más de doscientos metros. Pensó que las otras podrían haberse quedado en la ladera, amagadas entre el sinfín de jaras y aliagas salpicadas de carrascas. Echó de menos al perro, pero recordó que en la perdiz los perros dan y quitan, y se animó pensando que tal vez alguna se quedara entre la fosca y le saltara a tiro. El trepidante y repentino aleteo lo escuchó tras una carrasca espesa y se maldijo por no haber ido un poco más abajo o más arriba, pues no vio a la perdiz. Al llegar al final de la maleza pensó que, de estar allí las dos restantes, tendrían que saltar. Y, al momento, una saltó ladera arriba, pero también fuera de la distancia. La vio perderse tras el alto y, defraudado, bajó lentamente buscando la dirección al coche. Fue en la última esquina inferior de la maleza donde inesperadamente le sobresaltó el vibrante vuelo de otra. La precipitación le hizo fallar el primer tiro pero tomó los puntos, corrió la mano y, al segundo, la perdiz cayó en mitad de un pedazo entre los terrones. Rápidamente bajó a cobrarla, temiendo que fuera de ala y se escapara, apeonando rápidamente, a cualquier maleza. Pero no, la encontró donde cayó. Sintió nuevamente la alegría de siempre al cobrar una perdiz. Se dijo, bueno, al menos, no volveré de bolo. Y, sin fe en dar con más caza, se encaminó hacia el coche.
Los itinerarios de la caza nunca son rectos. Así que prosiguió con su secuencia de asomadas, bordeando tesos y lomas, y mirando cada pequeña vaguada. La suerte le volvió a ser adversa pues no vio nada. Y pensó que la caza se hacía en poco tiempo pero que la ilusión por encontrarla duraba de continuo. Cuando llegó al coche eran casi las cuatro de la tarde. Poco tiempo le quedaba ya de luz al corto día de enero.
Mientras conducía, de regreso a casa, se imaginó aviando la perdiz y, luego de orearla una noche, guisándola con su mujer y despachando entre ambos la sabrosa ave con patatas, un poco de ensalada y un vaso de vino. Pero al punto, imaginó que a esa hora, ya cercana al ocaso, los soldados de las viejas trincheras estarían, hace muchos años, agazapándose en sus húmedos agujeros temerosos del frío de la noche y del odio que los cañones y fusiles echan por sus bocas. Y se sintió un ser tremendamente afortunado porque los tiros que disparó en los días de su vida el único mal que causaron fue, de vez en cuando, llevar a su mesa una perdiz.

28 diciembre 2013

XI.- El Renuncia: Vivir por vivir

Seguía su camino sin dejar de pensar y dio el Renuncia por recordarse en alguna buena sensación del pasado. Y, sin proponérselo, se marchó a la infancia.
Vivir por vivir. Era la sensación que recordaba.
Cuando los muchachos que se cambiaban de ropa en el aula discutían sin cesar sobre las incidencias del partido, él pensaba que había sido feliz jugando. Con eso le sobraba, y no entendía cómo sus compañeros, algunos amigos, perdían el tiempo con aquellas discusiones baldías e interminables. A él le había bastado el hecho de jugar para ser feliz. Daba igual el resultado, ¿para qué servía el resultado de un partido de patio de colegio? No le preocupaba el desenlace de ninguno. Jugar sí que le apasionaba pero, en porfiar, no encontraba aliciente. En ganar o perder no estaba el fin. Ganar o perder, ¿qué más daba? Todos habían disfrutado, ¿no?
Y, sin embargo, el desinterés por aquellas nimiedades marcó su vida. Porque no alcanzó a comprender que el objetivo de los demás fuera ganar y que, lo de jugar, fuera algo incidental. Es decir, ya desde crío, entendió al revés el aprendizaje de la vida. Y, lo que aún era más grave, creía que su criterio era fiable, efectivo y útil. Pues pensó siempre que el disfrute colectivo, en lugar del interés individual, movía el juego. Y ese error lo extrapoló a la vida. Y se empeñó, durante mucho tiempo, en ser honesto, leal, íntegro y humano pero jamás aprendió a mudar de criterio para adoptar, en caso necesario, la cualidad contraria. Ni comprendió tampoco que la cualidad principal que da la educación a los seres humanos es la de haberla recibido, para después, si se es sensato, administrar los principios conocidos al propio antojo.
Entonces no entendió que, contrariamente a su criterio, sus compañeros, desde tan jovencitos, se habían adaptado a la realidad mucho mejor que él. De hecho, se estaban ejercitando en las prácticas usuales en la vida.  Ellos ya sabían entonces lo importante que era no admitir jamás un resultado adverso, por obvio y objetivo que fuera. Habían comprendido que la negación de cualquier realidad, contraria a sus intereses, era la política que regía el mundo y, con los años, se dio cuenta de que no se engañaban. Supo que el inmaduro fue él por pensar que el ejemplo del esfuerzo era generador de otros esfuerzos, el sudor era el lubricante del progreso, el empeño era la dirección más corta hacia los objetivos, y que, todos ellos, servían para justificar sobradamente la existencia de las gentes y, sobre todo, para mejorarla. Luego, y eso era lo inexplicable, venía la muerte. Pero de ese vivir por vivir, jugar por jugar, algo bueno habría quedado para los que siguieran. Eso sí, la muerte le parecía un punto final sin sentido. Porque después de tanto bueno, qué necesidad había de morirse.
Sólo los años terminaron por demostrarle que tales ideas no conducían a nada brillante y que todo eso, que él veía primordial, estaba supeditado a las perpetuas controversias e intereses personales que finalmente regían el rumbo de las cosas. La dialéctica valía más que la práctica, la elucubración más que el esfuerzo, la teoría más que los hechos, la astucia más que la honradez, la especulación más que el trabajo.
Así llegó a saber que el trabajo, el esfuerzo y las rectas prácticas, siendo cosas imprescindibles a un nivel bajo, es decir, popular, para hacer que la comida llegara a las bocas de los humanos, eran, sin embargo, ocupaciones rudas y ordinarias. Todas ellas estaban reservadas para el submundo de los crédulos. Un mundo de ingenuos irredentos, un hatajo de ineptos que pensaban que la honesta dedicación era la clave del progreso, una caterva de débiles mentales o que no tuvieron acceso a una educación de calidad y que, incluso trabajando duro, eran unos conformistas y, por tanto y paradójicamente, unos vagos.
Y así, todo ese grupo de mentecatos vivían en el convencimiento de que, cuanto más merecedores de confianza fueran en todo, más apreciados y considerados vivirían y mantendrían en su existencia el noble sentido de la dignidad.
Alguien, muchos años después, ante algunos de sus llanos planteamientos le dijo con ironía condescendiente:
-        Amigo mío, es usted demasiado lineal. El mundo está gobernado por personas especializadas en no hacer jamás lo que dicen, auxiliadas por otras que no dicen jamás lo que hacen y, entre las unas y las otras, terminan por hacer casi todo tan incomprensible para el vulgo, como provechoso para ellas.
Él comprendió al momento que era un modo fino y educado de llamarle idiota. Y, de hecho, quienes se molestaron en observarle notaron en él una sonrisa de tal.
Y en estas cavilaciones y recuerdos iba enfrascado el Renuncia, cuando se dio cuenta que estaba llegando el centro de la ciudad.


11 noviembre 2013

Otro domingo


Cansado un sábado más de la rutina, esa de tomar unas cañas y decidir la hora de salida y el paraje de caza del domingo, me dejo llevar y quedo con el Tomasín y el Choti en el bar El Pesebre.

La amanecida del domingo resultó airada y nubosa. Los Alcobanes, el paraje elegido, resulta familiar y, al mismo tiempo, distinto y nuevo por los jirones de nubes bajas que se deshilachaban desde el pinar y bajan rasgándose por el Altillo Redondo hasta la linde con Tordelloso y el alto de la Muela. Los parajes son los de siempre, pero el clima y la luz los dibujan contra un fondo distinto, son los milagros de los días de caza: convertir lo de siempre en algo diferente cada vez.

Lo cierto es que me daba igual el puesto que me dieran en la mano pero, como de costumbre, cada uno adelantó su ruta:

-        Yo me voy por abajo -dijo el Tomasín- que no veas la semana que he tenido y lo cansado que estoy.

-        Yo iré a media ladera –dijo el Choti.

Y como éramos tres, yo dije que me cogería la mano alta, y lo dije con la misma resolución irrevocable que si fuera una decisión personal, siendo, como era, la única posibilidad que me dejaron. El humor siempre es bueno y, por otro lado, la caza es tan aleatoria y caprichos que nunca se puede decir de una mano que sea mala.

Tardé cinco minutos en ponerme en el alto. Entre los calveros y la última fila de pinos de lo de Romanillos. Desde allí veía avanzar a mis compañeros. No era previsible que nada surgiera de aquellas ondulaciones yermas del alto, como no fuera alguna liebre que estuviera esperando en las lomas altas el calor de los primeros rayos de sol, si es que salía.

Pero no fue liebre lo primero que vi, sino un grupo de seteros que serpenteaban el pinar a tal velocidad que en lugar de las estáticas setas parecía que corrían tras algún bando de perdices buscándoles el tiro. Como si fueran a cambiarles de sitio los níscalos. Oye qué codicia. Y pensé que era lo normal, que así somos todos, que, seguramente, esa es la naturaleza de los humanos.

Espantada por los recolectores salió una torcaz en los demonios y, por si acaso, le solté el izquierdo, no fuera a ser que no tuviera otra oportunidad de tirar en el día. Pegó un envite hacia arriba y luego un par de sesgos, dejando una pluma remera que fue bajando al suelo lentamente como un recuerdo de su paso.

Cuando asomaron por los bajos del Altillo Redondo, el Tomasín disparó súbitamente. Serían perdices que andaban por los bajíos, cerca de los rastrojos. Pero no le vi intención de cobrar y sí de seguir avanzando deprisa hacia el barranco. Era el que nos separaba del puntal que, dejando a la izquierda la mole de la Muela, nos llevaba a la linde Tordelloso. Apuré el paso para cerrar el paso de las perdices por el alto, si es que lo intentaban, pero no hubo más tiros. Tampoco yo tuve a la vista perdiz alguna que cortar. Tediosa aquella mano, como siempre.

Al llegar a las tablillas el Tomasín y el Choti dijeron que tres o cuatro habían cruzado al imponente cerro de la Muela. Temí por un momento que me cambiaran de mano y me metieran a la alta pero, picados por las perdices o apiadados de mis años, me dijeron que continuara por la mano baja. El Tomasín se encaminó lentamente al alto y el Choti continuó a media ladera.

Ya habíamos casi rodeado el cerro. Por la parte baja hacía yo mis esfuerzos por rebasar una tras otra las múltiples chorreras escavadas por el agua, profundas y pobladas de retamas. Abajo había otro tío cogiendo setas. Y, justo entonces, cuarenta metros por debajo de mí, chilla la Fary y surge una liebre entre las retamas y enhebra hacia abajo. Sólo le suelto el primer tiro, se trompica, pero la perra la lleva en los hocicos y no tiro el segundo por no herir a la Fary y porque el tío de las setas me hizo ser prudente.

-        Cógela –le grito a la perra.

-        Va pegada- dice el Choti desde arriba.

Pero lo cierto es que la liebre, tras hacer unos extraños, se pierde de nuevo entre las jaras de las chorreras excavadas en la falda del monte por la erosión. La perra abandona el rastro y yo pienso que se me ha ido, porque la liebre es blanda de morir y, como decía el Colás, es un animalito mu sanguino y en cuantito le tropieza un perdigón se desangra.

-        Va pegada –insiste el Choti.

Pero entonces se escuchan tres escopetazos de la repetidora del Tomasín y una perdiz, que baja de lo alto como un misil, se le mete encima al Choti. La veo bajar y le aviso, pero nada, se la traga aunque le suelta los dos tiros.

Terminamos de dar la vuelta a la muela, ellos casi por arriba y yo más bien bajo. Van rápidos en la creencia de que va a saltarles alguna otra perdiz. Yo voy por un trozo de la ladera casi limpio. Camino deprisa pero un tanto indiferente porque allí no es fácil que se queden las patirrojas. La Fary, que no me abandona ni a sol ni a sombra, se pica por debajo de donde yo voy. Habrá pasado alguna apeonando, me digo.

Pero es entonces cuando, en lo más limpio, a unos treinta metros, sesgando de arriba abajo, una rabona como un zorro se desencama, se echa las orejas al lomo, acelera la carrera como un torpedo de pelo y se me cruza limpiamente sesgando mi camino hacia adelante. Ni siquiera me altero y, mientras sigo la limpia trayectoria con los cañones, vuelvo a recordar al Colás: “Mírala, Sarvi, mírala. Si va diciendo: Sarvi, mátame.” Le tomo limpiamente los puntos y suelto el tiro en el momento justo. Da una voltereta por el efecto de la bajada y queda yerta. Ni un segundo tarda la Fari en morderla ávidamente.

Bueno, al menos no me voy de bolo. Aunque la liebre ha sido de las que uno sueña que le salgan, atravesada y en todo lo limpio. ¡Cuándo me veré en otra!

Damos otra vuelta a la Muela. No vemos nada. El Tomasín está mosca porque se le fue la perdiz a cascaporro. Al terminar la vuelta le salta otra al Choti inesperadamente, cuando dábamos por terminada la mano, pero se le va hacia atrás y la marra. Les digo donde se ha dado pero sólo el Choti está por ir a por ella. Vamos pero no salta. Seguramente nos ha burlado ladera arriba.

Se han hecho las 11 y media y noto que están deseando acabar e ir a los coches. Volvemos bordeando un campo de girasoles por debajo del Altillo Redondo. Yo me voy por arriba por si se ha quedado alguna en los aliagares.

A trescientos metros salta una perdiz que se larga más allá de donde están los coches. El Tomasín y el Choti me vocean.

- Llégate al coche y deja la liebre. Tira ladera adelante a por la perdiz y nosotros te esperamos en la taina Vernete con los coches, allí te recogemos.

Espoleado por la posibilidad de poder tirar a la perdiz, cruzo en un plis plas el barranco que nos separa de los coches, dejo la liebre y enfilo a toda velocidad por la ladera que finaliza en el camino de la taina.

La Fary, contagiada de mi excitación, va rápida, a mi paso, veinte metros más abajo por la ladera. Cuando llevamos cuatrocientos metros de ladera comienza a picarse, deduzco que la perdiz efectivamente se ha dado por allí y, según avanzo, mis ojos miran en todas direcciones. Doscientos metros más adelante, a punto de llegar a la taina, la perdiz salta lejos por la parte más alta de la ladera. Pero me pilla listo, le tomo los puntos, tiro de la mano y la veo caer. La perra no tarde cinco segundos en cobrarla. ¡Coño, todavía no se me ha olvidado tirar a las perdices en Atienza!

Al minuto llegan con los coches y yo les recibo tan contento con la perdiz en la mano.

05 noviembre 2013

Envidia




A la ocho en punto llegó el Choti. El Tomasín y yo teníamos listas las perras en su jaula, así como las escopetas y los avíos de la caza en el coche.
-        ¿Qué? ¿Al final te has traído al Jumbo?
-        A regañadientes se ha venido –dijo el Choti, y añadió con seriedad- No sé qué le pasa al jodío perro. Yo creo que está deprimido.
-        ¿Igual le has tenido que dar un Lexatín?–contestó el Tomasín con una sorna que se le salía de la boca.
Mientras enfilábamos para el alto de la antena con el coche, le pregunté al Tomasín:
-        El Choti habrá dicho lo de la depresión del perro en plan de cachondeo.
-        Que no, que se lo cree, que lo ha dicho en serio.
Me callé el “no me jodas”, pero no me hubiera pesado el pronunciarlo.
Dejamos los coches junto a una pila de pacas de paja a un kilómetro del alto de la antena. Éramos los primeros en llegar y enseguida nos dispusimos a iniciar la mano, tomando la suave ladera que llevaba a rodear el cerro de la antena por detrás. El último día de la codorniz habíamos visto un número inusual de perdices en aquel paraje, así que fuimos diligentes a pesar de que, casi seguro, lo de las perdices ya lo sabría medio pueblo.
Apenas iniciada la caza por aquella ladera suave pero poblada de espinos y manchada de macizos de aliagas, que nos rozaban al pecho, chilló el Choti:
-        ¡Me cagüen… que ha transpuesto la liebre ahí delante!
-        Y pa qué no la has tirao –gritó el Tomasín.
-        Si es que llevaba el seguro puesto.
-        ¡Hay que joderse!, ¡bien empezamos!
Al llegar al cerro de la antena, me tocó la parte baja y las dos perras, que no se separaban de mí, empezaron a picarse, especialmente la Fary, la braca de seis años de toda confianza. La Tiqui, una perrilla negra garabita de casi el tamaño de una liebre, la imitaba, pero eso, la imitaba, porque no es perra fogueada ni de fundamento.
Enseguida, el Choti, que iba a media ladera, avisó de que el bando había saltado. El Tomasín lo corroboró desde arriba, pero yo no pude ver nada.
Con toda cautela terminamos de rodear el cerro y nos encaminamos a la abrupta ladera que da sobre la huerta del Juan Ramón, allá, en vertical, cien metros más abajo. Al asomar las sentíamos seguras. Pero nada, ni verlas, ni un aleteo, ni un movimiento extraño.
¿A derecha o a izquierda?- me dije.
Pero la duda la resolvió el Choti que, con autoridad, nos gritó:
-        ¡Bájate tú, que el Tomasín se quede arriba y yo iré a media ladera! Vamos hacia la taina la Mimbrera.
Íbamos hacia la derecha. Teníamos por delante los dos kilómetros de linde que, terminando en el paraje de Cantaperdiz, nos unían con el término de Cinco Villas.
El de arriba no iba mal, pero el Choti y yo, que llevábamos la media y la baja ladera, nos abríamos paso entre la fronda de matorral bajo como podíamos. Al rato el sol salió del todo y, caminando hacia el Este, nos ofendía en los ojos como un rayo. Sacamos los sobreros, arrugados desde agosto. La mañana se había quedado calma y soleada cuando llegamos sobre Cantaperdiz pero, de caza, ni verla.
-        Pero, cómo se van a meter aquí las perdices, en esta puta espesura. Seguro que han cruzado sobre la huerta del Juan Ramón y se han dado en el Calvario- dijo el Choti.
-        Sí, pues ya son las diez y, si queremos volver allí, otra hora tenemos de camino- puntualizó el Tomasín.
-        Pero, ¿os habéis fijado en la mañana que se ha quedado y en el paisaje? –dije yo por decir algo y porque, además, era verdad.
-        Eso sí, a lo mejor con este panorama, este día y esta calma, se le pasa la depresión al perro del Choti- dijo el Tomasín burlonamente mientras se encía un cigarrillo.
Tras unos minutos de descanso volvimos a desandar lo andado. Ya había un cazador por los rastrojos bajos, linderos con Cinco Villas, que nos atronó con tres cartuchazos de repetidora y, por los altos, vimos a otros que aguantaban en ellos, seguramente viéndonos y pensando que les íbamos a ahuecar las perdices de la malísima ladera que recorríamos de vuelta. Aquí, cada cual más listo. Como toda la vida.
Fue casi al llegar al sitio donde habíamos empezado, cuando la Fary coenzó a dar señales inequívocas de rastro de perdiz. Justo en lo más espeso de los aliagares. Las dos perras estaban a mi lado, pero la primera perdiz voló de arriba, justo coronando la ladera. Como no la vi, el tiro del Choti me sobresaltó y sentí los plomos soplar por encima de mí, a mi derecha. La había marrado y súbitamente, a ras de los espinos, el animal se me echó encima. No sé adónde mi ansiedad largó el primer escopetazo, pero la perdiz pasó silbando junto a mí ladera abajo. En un instante me reporté y pensé que debía tomarle los puntos un poco por debajo cuando ya se alejaba velozmente de mí, impulsada por la tremenda inercia de la cuesta. Acerté en esa segunda oportunidad, que la vida nos niega tantas veces, y la perdiz fue a caer allá abajo, en el primer rastrojo que se iniciaba bajo la broza de la cuesta. Bajé lo más rápido que pude temiendo que, pese al pelotazo, fuera de ala y apeonara hasta perderse en la maleza.
Al llegar al rastrojo era la perra garabita, la inexperta pequeñaja, la única que me acompañaba y la que vio a la perdiz correr por el rastrojo y, en un momento, se hizo con ella. La otra perra, la braca, la fiable, había seguido por el alto enfebrecida por el rastro. Pero, tras mis llamadas, bajó al fin para ver cómo le recogía de la boca la presa a la perrilla. Le ofrecí la perdiz a la flamante braca para que se saciara de su olor, pero la perra no hizo ni caso de la oferta y se marchó altiva de mi lado para irse con el Tomasín. Cosa que me sorprendió.
Reanudamos la mano y sugerí que la llevásemos hasta el final, mucho más allá de donde la iniciamos a la ida.
Para animar al Tomasín y al Choti les dije que me subiría a lo más alto y que ellos continuaran por donde íbamos.
Apenas llegué arriba una perdiz se descolgó, al descubrirme yo, ladera abajo. Les iba a chistar pero eso, recordé, era cosa de antaño. Así que les grité directamente a pleno pulmón:
-        ¡Ahívala! ¡Ahívala!
Sonaron tres tiros y vi desplomarse a la perdiz en el zarzón largo que hace de lindero de la huerta de Juan Ramón con el camino de Cinco Villas.
-        Mu güeno, Genry –les grité, rememorando al Colás cuando veía acertar un tiro difícil, aunque ellos seguro que no entendieron nada.
Tras unos instantes de búsqueda vi como el Jumbo, el perro depresivo del Choti, la cobraba. Bueno, parece que éste supera la depresión, me dije.
Terminamos la mano. Y ahora, ¿qué hacemos?
Yo dije que debíamos subir de nuevo al cerro de la antena. La idea se aceptó pero, tras subir, nos encontramos con que había tres tíos en el alto. Sugerí de nuevo volver por donde habíamos venido, donde habíamos matado las dos perdices. El Tomasín y el Choti me miraron, mitad escépticos mitad cansados, y, al final, aceptaron porque no se le ocurrió proposición mejor. Ellos irían altos, por el llano de arriba, que no habíamos pisado, y sólo yo me metería por la tupida y pendiente ladera. Sabía que desconfiaban de que se hubiera quedado allí caza, pero yo estaba casi seguro de que las perdices, acosadas por tantos lados, se estaban quedando en aquella selva de aliagas. Eché de menos a la braca que, después del desplante que me hizo con la perdiz que cobró la garabita, se había ido con el Tomasín. Era la primera vez que me lo hacía tras seis años de ser mi sombra. Pero no me penó porque, al fin y al cabo, yo la sacaba al campo, pero el Tomasín era quien la cuidaba cada día y le daba de comer. Caprichos de los animales, pensé.
La intuición no me falló. Mientras mis dos compañeros pateaban el alto, fuera de mi vista, seguí a duras penas por la ladera del aliagar espeso.
Apenas había caminado trescientos metros cuando me voló una perdiz ladera abajo, corrí la mano con instinto y el tiro casi se escapó haciendo que el ave cayera entre lo más intrincado del aliagar.
Bajé lo más rápido que pude pero el macizo era casi impenetrable. La pequeña garabita negra no tenía corpulencia ni fuerza para meterse allí dentro y yo, que un par de veces oí a la perdiz moverse dentro de aquella pequeña jungla, no paraba de llamar a la briosa Fary que sabía que la cobraría al instante.
Al cabo de un rato y de mis voces, apareció la Fary, seguida del Tomasín y del Choti, que hacían algo de pereza para bajar al lugar desde donde yo voceaba. Pero lo sorprendente fue que la Fary, la expeditiva braca, bajó, notó que la perdiz estaba y, para la mayor de mis sorpresas, se sentó al borde del aliagar y se quedó mirándome impertérrita a pesar de mis gritos que la animaban a buscar la presa. Era como si me dijera: “Hala, que te la cobre la perrucha esa que te ha cobrado la de antes.”
No podía creerme lo que estaba viendo. Había visto a perros rivalizar por cobrar una pieza pero esa actitud jamás la había presenciado. No podía creerme que un animal llegara a eso.
De nada sirvieron mis llamadas. Solamente cuando, al final, el Choti bajó con su perro, el depresivo, y éste hizo intención de meterse en el aliagar a cobrar la perdiz, fue cuando la Fary se metió dentro, se quedó de muestra y se lanzó atrapando en dos segundos la perdiz. Luego, me la mostró entre sus fauces, la dejó en el suelo sin sacarla de entre las brozas, y se salió de allí. Tuve que entrar y cogerla de donde la dejó.
Cuando terminamos la caza del día comentamos el hecho. Para los tres el comportamiento de la braca había sido una cosa singular. Decidí que no volvería a sacar a las dos perras juntas. No podía imaginarme hasta dónde podía llegar la envidia.
Aquella misma tarde salí, esta vez yo solo, a dar una vuelta. Solamente me lleve a la Fary. Quería saber si la braca me seguía siendo fiel.
No tardó media hora en dar con rastro de perdices. Era un herbazal de fino pasto seco que me llegaba a la rodilla. Un lugar ideal para que las perdices, hostigadas por muchos lugares durante la mañana, se hubieran refugiado. Pero, al ser llano, se movían sin esfuerzo, viendo y sin ser vistas. La Fary hizo un par de muestras largas, al cabo de las cuales, dos perdices saltaron lejos. Instintivamente solté los dos tiros a una de ellas por sentirla bien enfilada aunque muy larga. Noté que la había tocado, porque volaba, tras los tiros, colgada de riñones pero, aún así, transpuso un cerrete junto a un chaparro y la perdí de vista.
Como no tenía mejor proporción, llamé a la perra y me encaminé hacia el chaparro por el que la perdiz desapareció. Luego continué ladera abajo con la perra treinta metros por delante. Si no había equivocado la dirección, la experta braca la detectaría. Tras descender unos doscientos metros por la suave ladera, la Fary se quedó abruptamente de muestra. A los cinco segundos la perdiz herida perdió los nervios y salió. No podía ya volar. Aún le hizo un par de quiebros a la braca pero ésta la cobró enseguida y, orgullosamente, vino a mí con ella en boca, me puso las patas en el pecho y me la dio. Y fue como si me dijera: “Ahora sí, toma, aquí la tienes.”
Si la envidia podía producir comportamientos tan extraños en los perros, qué no hará en los humanos. Pensé.

12 agosto 2013

X.- El Renuncia: El maniático

MP rumiaba placenteramente la soledad en su pequeño piso del centro. Pensaba que tenía derecho a ella. Un derecho ganado con los años pasados contemplando pacientemente a sus jefes y respondiendo cortésmente a todas las demandas que, como conserje mayor del ministerio, se le hacían. Su soledad era su sosiego, su calma, su descanso, su señorío inviolable, su paraíso, su reino. Si el casco viejo de la ciudad estaba impropiamente atascado de coches subidos en las aceras, se soliviantaba, pero pensaba que así tendría que ser; si a la gente joven le había dado por hacer del centro el escenario de un botellón continuo, conforme con la marcha; si todos los grafiteros de la urbe se disputaban cualquier centímetro de pared para hacer su signito personal, se resignaba ante la tontuna; si putas y rufianes habían hecho de aquel lugar histórico su madriguera, lo asumía; si los viejos mesones cerraban a la hora que les petaba, tragaba; si la policía no paraba de pasar durante la noche tocando las sirenas, se aguantaba; si era frecuente la llegada de los bomberos con igual despliegue, lo sufría; si no faltaban ambulancias del 112 aullando como lobas, se tomaba un Lexatín; si se había convertido el centro en una panoplia multicultural, como decía el alcalde, por la mezcla de razas, colores, costumbres, vestimentas, músicas y lenguas, lo comprendía; si los componentes de la panoplia multicultural se fajaban a palos, navajazos y hasta a tiros una noche sí y la otra también, lo disculpaba en pro del mestizaje de culturas; si los vecinos sostenían atronadoras grescas frecuentemente y a deshora, lo consideraba consecuencias inherentes a la convivencia; si la fauna canina tenía perdidas las calles de cagadas, se tragaba con cívico silencio la repugnancia; si los borrachos se meaban en las esquinas y en los portales, contenía la respiración con disimulo; si robaban cada tres por dos en los colmados, se condolía con los desesperados propietarios; si se llevaban los cepillos de la rectoral de San Onofre, asimismo se condolía espiritualmente; si desfilaba la mismísima Cofradía del Santísimo Copón Bendito tocando tambores y trompetas, se deleitaba con el sacro concierto… Eran cosas con las que MP lidiaba a su manera y que, en el fondo, sufría como casi todo el mundo pero poco le importaban. Y así debía ser pues, en caso contrario, habría abandonado el mundo de los vivos por causa de los berrinches cotidianos. Y, lo que es más, seguramente, aunque hubiesen sonado las mismísimas trompetas del Juicio Final, a MP no le hubiera importado demasiado, así las hubieran tocado a las puertas de su casa. Pero, eso sí, que le llamaran por teléfono a cualquier hora y con el pretexto de venderle cualquier cosa, era algo que le dimutaba de tal modo, que le sacaba de sus casillas de una manera tal, que, de no mediar la distancia, hubiera estrangulado al sujeto de tal atrevimiento. Cómo se le podía ocurrir a alguien invadir la intimidad de su espacio y de su tiempo utilizando además para ello un artilugio que él pagaba. Era incomprensible, inaudito. Era ya el bicho que se te mete en casa, era el impedirte cualquier honrosa retirada, era utilizar tu propio dinero contra ti, era un allanamiento de morada, era una falta de respeto a tu retiro, era un desprecio hacia la intimidad, era una injuria a tu recogimiento, era, en resumen, una desfachatez y una sinvergonzonería. Era otra faceta del marketing.
- Huy, pero, ¿qué dice usted? Menuda oferta que me he hizo Telelaine.
- ¡Coño, pues si supiera la que me hizo a mí OÑO!
- Pues menudos, los seguros de CAPFRE.
- Inmejorable la oferta inmobiliaria de Briks for Airheads.
- Anda pues a mí me ofrecieron una póliza para el hogar buenísima los del POLIZÓN S.A.
- Pues a mí, ahora la tarjeta VISTA ya no me sale por un ojo de la cara.
- Yo ya no compro los polvorones donde siempre, ahora me los manda directamente EL MESÍAS.
- Pues he abierto una cuenta en el BANK BRÖN prácticamente sin gastos y que colma todas mis expectativas.
- …
- Pero, ¿cómo puede usted quejarse de la promoción telefónica si no hace más que abrirnos nuevas puertas al ahorro?
- ¡Calle usted ya, señora, y no me fría más la sangre!
Y era tras esas llamadas que tanto le exasperaban, cuando MP se lanzaba a la calle huyendo de su propia casa, buscando respiro, y con una cara de borde que impelía al mutismo a cuantos se encontraba en el camino, por más que le conocieran o, tal vez, precisamente por eso.
¿Es que a nadie le cabe en la cabeza que no quiero ser un cliente, que sólo quiero ser un ciudadano?
Avanzando por las calles llegó frente a la fachada del famoso restaurante Hardy. Inesperadamente el anciano medio ciego, que pedía a su puerta con una lata, se dirigió a él:
- Señor, está usted a las mismísimas  puertas del restaurante Hardy. Es para mí un placer, caballero, informarle de que, desde su fundación en 1839, este famoso restaurante ha sido calificado por los más afamados cronistas de la ciudad como templo de la cordialidad y del buen gusto, amén de la gastronomía. Sepa que reyes y reinas lo han honrado con su presencia y es a gente, con su figura y su prestancia, a quien los camareros esperan a la mesa. Le diré también, para su información, que los menús, vinos aparte, oscilan entre los setenta y los cien euros…
MP, halagado porque el mendigo le hubiese tomado por un turista de posibles, así como por el piropo dedicado a su figura, guardó silencio, se dejó adular y olvidó el enfado que traía.
- …Y estando usted dispuesto a ser un comensal de Hardy no le dolerá ayudar con un eurillo a este viejo casi ciego del todo que, además de quedarle muy agradecido, le dará cuanta información demande sobre la historia, barrios y curiosidades de la villa.
- ¡Coño, Sangresucia, que otra vez me has vuelto a confundir, que cada día ves menos, joder!
Y el Sangresucia dio un paso atrás, algo corrido y temeroso, por el vozarrón del corpulento jubilado, pero al instante sonrió al escuchar el tintineo de un euro en la lata.
- ¡Mil gracias, don Macario!
- Sí, hombre, pregóname bien y que vengan a pedirme hasta de debajo de las piedras.
- Más bajo puedo decirlo, pero no más agradecido.
- ¡Que te calles ya, Sangresucia!
Pero el viejo se quedó sonriendo, mientras con los ojos, que la mirada no le daba para tanto, seguía la abultada silueta que se alejaba a zancadas.