31 agosto 2010

Patria, justicia y pan

Vive sereno, hijo mío, y sé templado, que la fortaleza de una persona es la serenidad.
Hoy voy a escribir una nota para pedir un aumento de sueldo a mi patrón. Dirás que por qué no se lo digo de palabra. Pues bien, porque no es lo mismo. Primeramente, uno puede pensar bien lo que escribe, medirlo, e, incluso, corregirlo y hasta, en último término, volverse atrás y no entregarlo; mientras que lo que uno dice, aparte de que se te puedan desmandar las palabras como las ovejas de un rebaño, puede ir teñido de ciertos tonos, de los que uno no es dueño, y traslucir cosas que, así, evidencies sin desearlo y que, en cualquier caso, no puedan evitarse ni admitan, una vez dichas, marcha atrás. Por otro lado, quien lee, tiene tiempo de sopesar lo expuesto y, sin dejarse llevar por las emociones de lo inesperado o por los prontos que a los humanos nos acometen ante lo imprevisto, responder con el ánimo templado y el juicio sereno, evitando la precipitación de la inmediatez. Eso sin mencionar el intrínseco halago, que ya es, el que se dirijan a ellos por escrito.
Así pues, presta atención, hijo mío, y aprende, si quieres, sobre la vida y sus sutilezas:

Estimado Sr. Buther Rollé y Gerencia:
El abajo firmante, contable de su empresa desde hace quince años, con el debido respeto y sin ánimo de causar molestias, roces u otros malestares laborales en la misma, expone a su consideración los siguientes extremos:
Que ha venido desempeñando su trabajo, en esta empresa de su digna gerencia, con entrega y satisfacción durante los años citados. Y, por no haber tenido en ningún momento queja de la dirección, piensa que ésta última está, a su vez, satisfecha con su disposición y desempeño.
Que, desde hace ocho años, viene percibiendo los mismos emolumentos, sin haber querido molestar a la empresa con peticiones al respecto, en atención a la viabilidad de la misma, a su sólida implantación en el mercado y a no mermar su competitividad con otras empresas del ramo.
Que en estos últimos ocho años, como conocerán ustedes de primera mano, la vida ha ido subiendo todos y cada uno de ellos sin que, pese al denodado esfuerzo de productores y empresarios, tal proceso haya podido detenerse y, mucho menos, invertirse.
Que mi situación personal y familiar ha variado, al haberme colmado la Providencia en este periodo con la bendición de dos hijos más. De este modo, y pese a la felicidad personal que conlleva una familia numerosa, me encuentro con cinco hijos, mis ancianos suegros y mi esposa, dependiendo únicamente de mi salario. No pretendo, naturalmente, que esta condición familiar, libremente elegida, tenga, ni mucho menos, que ser asumida por la empresa. Sin embargo, llanamente pongo en su conocimiento este extremo para que mi solicitud, sea o no atendida, no sea considerada en ningún caso como una petición caprichosa, venal, o, mucho menos, viciosa.
Que mi salud, aunque progresivamente deteriorada en los últimos años, no ha sido pretexto que me haya facilitado falta alguna al trabajo. Pero, no obstante, no oculto que ésta necesita últimamente de algunos cuidados que gravan mi ajustada economía. Comprendo, pues es de sentido común, que tampoco son mis enfermedades cosa de su responsabilidad, mas les ruego que ponderen, si lo tienen a bien, el bien que pueden hacer, a la par que atienden una petición que entiendo justificada.
Así pues, teniendo en cuenta lo anterior, someto a su consideración un incremento de mi salario que sea, a su recto entender, acorde, no ya con mi situación personal, sino con el sostenido aumento del coste de la vida en estos últimos años.
Quedando a su disposición, les saluda atentamente.
Firmado.- Francisco Sánchez
Postdata.- En el caso de que mi petición, por las razones que fuere, no fuese viable, continuaré desempeñando mis funciones en la empresa con la misma entrega, dedicación y fidelidad que hasta la fecha.

Esto último, hijo, es lo más importante. Porque, sin estas últimas líneas, te puedes jugar el pan. Pues, cuando conviene, hay algunos que consideran, las peticiones, quejas y, las solicitudes, ultimátums; y lo que pides, por justo que sea o a ti te lo parezca, puede ser utilizado como finiquito contra ti, si no sabes pedir con humildad y mesura. Y conviene que sepas, hijo mío, que, los pobres o los que no andamos sobrados, no podemos pedir de otra manera. Que pedir justicia a secas, sin ser poderoso, es una actitud soberbia, altisonante o, como poco, un dislate, cosa de ilusos.

29 agosto 2010

Sin implicación divina

“Miró Dios a la tierra, y he aquí que estaba corrompida, porque todo mortal había corrompido su camino sobre ella.“ (El Diluvio, Antiguo Testamento)

Ya me olía yo que esto del cambio climático venía de antiguo. Al menos Noé fue avisado de la catástrofe. De no haber sido así ninguno estaríamos tan campantes por aquí, como si tal cosa.
Y, a la vista de aquel primer desastre universal vivido, poco me extrañó que el buen Noé se diera a la bebida y que alguno de sus vástagos, ¡ay, inconsciente juventud!, se cachondeara de él, dando muestras, una vez más, de que los humanos no conocemos piedad, ni comprendemos nada, ni tenemos enmienda.
Sin embargo el Señor, en su bondad infinita o quizás dando muestras de una inteligencia refinada, prometió no volver a castigar a los vivientes tan cruelmente como lo había hecho, que, a ese paso, menuda fama se iba a crear. Y, hoy en día, somos capaces, por esa corrupción de todo llamada codicia, vulgo economía, de buscarnos, nosotros solitos, esos castigos indiscriminados que en otros tiempos, para escarmiento general, propiciaba el Divino Hacedor. No tiene ya que molestarse el Supremo. Nuestra ambiciosa acción sobre la tierra tiene su propio e ineludible toma y daca. Y, puesto que el asunto es ajeno al Todopoderoso, éste ni siquiera avisa, ni pone a buen recaudo a sus leales. Bueno, en el supuesto de que le quede alguno, que, en algún lugar remoto, pueda vivir al pairo de corromper activa o pasivamente esta sufrida tierra, convertida en polígono de pruebas para el inexorable desarrollo sostenible, motor de nuestro irrenunciable bienestar. Si es que no se nos puede dejar solos.

22 agosto 2010

El encanto del viaje

Uno de los encantos de viajar, algunos dicen que el único, es encontrarse con lo que no se espera.
Sin embargo, no es fácil sorprenderse de lo que ya nos anuncian en cada ciudad las guías de turismo y sus bonitos planos con itinerarios marcados, con la historia oficial resumida y, diría, que comercializada al efecto, con los monumentos de siempre, con esas listas monótonas de iglesias, plazas, torres, murallas, fortalezas, etc. más o menos restauradas, ubicadas en la línea del tiempo, y con el chivateo invariable de sus estilos y autorías. Sólo tienes que ir tachando los lugares visitados y, tras cada visita, marcarlos en la lista de deberes: ris ras, una cosa hecha. Otra más al macuto del recuerdo, antesala ilusoria del saco del olvido.
Las oficinas de turismo y las agencias son cada vez más eficientes, hay que reconocerlo. Además ya te informan en ellas del turismo de aventura, del gastronómico, del enológico, del alternativo, del naturista, del ecológico, del cicloturismo, de las vías verdes, del senderismo, del rural, de los hoteles con encanto… y de todas las variantes a las que, técnicamente, el turismo ha ido derivando con pecuniaria sutileza y germánica efectividad. Muchas veces la sobreinformación te deja casi sin esperanza, como anonadado, sin aire.
Y no, no es que me queje de que se conserve la cosa histórico-artística, ni de que se restauren los edificios, ni de que se comercialice patrimonio, tipismo e historia, ni de que se promocionen los mil negocios turísticos, ni de que se dé cumplida información al turista. No, no es eso. Cada cual tiene sus necesidades, y todos la de comer. Digo simplemente mi humilde verdad: me suelo aburrir en esas visitas en las que de mucho se informa pero de poco se aprende. Y, no hablemos ya, de cuando las visitas han de ser guiadas y se une al tedio la disciplina de seguir y escuchar al cicerone.
A uno le termina dando la impresión de que más le hubiera valido no salir de casa y ponerse a estudiar manuales de historia con la misma dedicación.
Pero siempre queda alguna escoria perdida, algo que se les pasó o que juzgan sin interés, un resquicio por el que el viajero se escape y dé con algo inesperado. Por eso sigo siendo tan aficionado a la observación de los detalles pequeños y, sobre todo, a los largos recorridos a pie. Poco consigo, pero, mientras lo hago, alimento mi esperanza de viajero y me siento menos determinado y, a veces, hasta me parece que viajar sigue siendo posible. Claro que, seguro seguro, que en todos los sitios me pierdo lo más importante.

29 junio 2010

Agualobos


En el barranco de Agualobos ya nunca hay nadie. Las matas y la maleza se comen la tierra en brutal apretura; los zarzales, los espinos y las aliagas la atrapan con el ansia persistente de los seres con garras, y, en su afán colonizador de cuanto se abandona, disputan las cuestas a las rocas y trepan insolentes entre las lascas, afiladas y sueltas, de los canchales empinados.
Al río sólo lo delata un gluglú profundo, un rumor de amenaza sorda, musitada entre dientes, bajo lo oscuro de las espadañas y el verde trigueño o el rubio mate de los cañaverales apretados.
Los pies del hombre buscan, con angustia, tierra limpia donde pisar sin miedo. No la encuentran, y pisan brevemente, con inseguridad, rápidos y recelosos de una tierra que no enseña la cara.
Una colonia de pájaros carpinteros urbaniza sin descanso los troncos altos de los chopos viejos. En el silencio, el martilleo de los picapostes produce la ilusión desconcertante y deseada de afanes humanos en la lejanía. Pero es sólo un engaño de la mente, que se obceca en encontrar donde no hay.
Arriba, en la base de los farallones verticales, en excepcionales miradores, blanquea la tierra seca extraída por los zorros para hacer alguna raposera.
En mitad de la pared más alta, más majestuosa, está el abrigo inaccesible con los restos podridos del nido del águila real. Hace algunos lustros un ser anónimo pensó que haría más bonita sobre su chimenea. Desde entonces, la peña aguilera muestra en su faz un ojo muerto, seco como el de un tuerto.
Aquella sucesión de la noria de lata, que vertía agua en la acequia, que llenaba la alberca, que surtía a la casa sin cimientos, asentamiento de la fábrica clandestina de moneda, se desvaneció para siempre en la desasistida cabeza del difunto tío Mona. En lo profundo del barranco, noria, acequia, alberca, casa y ceca, son ya una concatenación tan poco visible como lo fuera, en su día, la brillante sucesión de ideas en aquella mente enajenada. Hasta en este barranco se hicieron quijotadas y, bien pensado, qué mejor lugar para hacerlas.
El molino del Hocino es un cementerio de piedras y palabras, donde crecen los árboles con fuerza lujuriosa y casi con soberbia. Así yacen allí vocablos que ya nadie pronuncia: azud, caz, socaz, caceras, solera, volandera, catalina, linterna, cangilones, rodeznos, álabes… y el río pasa sigiloso sin que nadie retenga su fuerza contenida.
Los buitres planean incansables balanceándose en las térmicas.
Algún día volverá el lobo y le dará de nuevo sentido al nombre del barranco pero, seguramente, faltará gente que lo vea.
Todos tendremos que hacer cosas más importantes.

19 junio 2010

Y Saramago se ha ido con su perro

Alguna vez he viajado a Portugal de la mano de José Saramago. Cuando lo he hecho, no he pasado, desde luego, por grandes ciudades, ni por sitios turísticos, pero he aprendido lugares ignorados y matices en el vértice del olvido. He visto pequeñeces, migajas esparcidas por el tapete de la vida, a las que no hubiera llegado sin su guía. Me he fijado en detalles que, sin su indicación, no habría descubierto. Y aquellos viajes se rellenaron todos de ternura.
Aparte de agradecer su tenaz beligerancia, irreductiblemente sostenida, en tantos campos, y su literatura, lamento que se vaya una persona entrañable y compasiva.
No sé si romperá su muestra sostenida el perro Constante pero, si acaso lo hiciera, estoy seguro de que su amo le perdonará esta última y única flaqueza y le regalará, discreto, serio y moderado, como buen portugués, una caricia tras de las orejas y una palabra en ese tono amable y bondadoso que los perros entienden mejor que las personas. Obrigado.

12 junio 2010

Los parajes siguen

Los parajes siguen. Pero la pregunta ansiosa del abuelo tiene ya, desde hace tiempo, la misma respuesta.
- ¿A quién has visto?
- A nadie.
En los últimos años ellos mismos se la contestaban y, por todo comentario, te decían:
- Y, claro, no habrás visto a nadie.
Y hoy no hay abuelos que pregunten.
Los parajes quedan, sí. Y frente al Palabrero, entre Madrigal, Cinco Villas y Alcolea de las Peñas, que se la reparten como un trozo de tarta cuarteada, queda la Sierra, bueno, la Serrezuela, como siempre llamaron los habituales a aquellos dos tremendos cerros que rozan, en su cumbre, los 1200 metros y comparten los costurones que, en los mapas, dibujan los tres términos.
Entonces fueron terrenos libres, cosa de otros tiempos.
En la Fuente de las Peñas comenzaba la mano, y acababa la cacería con la caída de la tarde. Los corrales de El Hijillo, los del Picacho, los de la Cespedera y la Guindalera, eran puntos de referencia. La perdiz, apenas hostigada, enseguida apeonaba presurosa a lo alto. Desalojada de allí, se arrancaba lejos y nerviosa, surcaba las laderas, deslizándose hacia abajo sobre ellas, sesgándolas con un silbido presuroso de seda.
De la fuente queda el humedal, de los corrales restos, de los pueblos apenas el nombre, de los terrenos libres nada, de aquellos cazadores poco más que el recuerdo. El desarrollo aquí, con ese nombre pretencioso y forzado, significó devastación y abandono.
El viento sopla en la Serrezuela como el aullido fino, constante y quedo de un perro en agonía.
El último, de los que estaban todavía vivos, ha dejado hace poco de recorrer, con su imaginación siquiera, las laderas agrestes, enmarañadas y desiertas de la Serrezuela. Todos, los de entonces, se han ido marchando pero, con éste, ha desaparecido definitivamente la cuadrilla. Casi todos se fueron dos veces, primero de su tierra, luego de la vida. Hace pocos días se ha ido también el Boni que, según mis cuentas, era el que quedaba. En la soledad de estos desiertos una sombra más vaga.
Aquellas tierras de mi tierra no son más que esto: un cementerio de recuerdos, de ecos imaginarios que, desde los tesos, rebotan en la vega y, peñas arriba, cruzan al Palabrero, se detienen, y ya, dejan de oírse para siempre.

07 junio 2010

En un lugar de La Mancha

Por lo que deduje de la conversación, se había enterado todo el pueblo. La Eleni dejó al Pepe. Agarró y, una tarde, se marchó con el Toni. Al cabo de unos días todo el pueblo se hizo bocas.
- Pues ha hecho muy bien, que una mujer es muy libre de hacer lo que quiera.
- Pues ha hecho muy mal porque junto al Pepe no le ha faltao nunca de na.
Después de que la Eleni terminara su correría con el Toni, cada uno a su casa. Bueno, la Eleni, a la de su madre. Luego vino la charleta con las amigas y el contarles como le había ido en la escapada. Y las preguntas de rigor:
- ¿Piensas volver con el Pepe?-dijo una.
- Ay, pues no sé.
- Pa qué vas a volver con el Pepe, pa qué vas a volver con el Pepe- terció otra- a ver: ¿Pa que te meta otra paliza? ¿eh? ¿Pa que te meta otra paliza?
- Ay, qué se yo.
Luego la Eleni les contó lo bien que lo habían pasado el Toni y ella por ahí y que hasta estuvieron en un Parador Nacional y que en la habitación hicieron moverse la cama de pared a pared.
- No os digo más.
Que hasta el Toni le dijo:
- Qué muslos tan fuertes tienes, Eleni.
Claro, es que estaba yo encima, puntualizó la Eleni con una sonrisita de orgullo mal disimulado.
Terminada la descripción, con pelos y señales, de las tórridas noches de la Eleni y satisfechas las preguntas de las amigas, decayó la conversación y desembocó en unos segundos de silencio. Una de las amigas preguntó:
- Y, entonces, Eleni, ¿cuál te gusta más el Toni o el Pepe?
- Ay, chica, es que no sé.
- Pero vamos a ver, Eleni, cuando te quedas sentá en el sofá frente la tele, ¿en quién piensas?
- Ay, yo en mi Pepe- y la Eleni rompió a llorar.
Fue entonces cuando repararon en mí y, una de ellas, entre descarada y curiosa me espetó con una sonrisa:
- Y tú, ¿te la meneas muchas veces?

06 junio 2010

Infidelidad

Recordaba lo alejadas que estuvieron la política y la gente. Era aquélla, la de la política, una esfera aparte, intangible, casi innombrable. Era cosa de un grupo restringido de inquebrantables fieles, alejados y metidos en una esfera blindada. La esfera flotaba allá, en un sitio indefinido, custodiado e inalcanzable, al que, si alguna vez se acercaba algún ajeno, lo hacia casi siempre por obligación y siempre con temor, casi con la precaución sobresaltada, revestida de respeto zalamero o de miedo a secas, que produce un encuentro con la bicha dormida. Algo en lo que no se podía confiar pero sí temer, temerlo siempre. Era la política un poder que entonces filtraba su imagen, siempre monolítica y solemne, por medio de la dócil prensa, del amaestrado sindicato, del azul omnipresente del partido único, de los alcaldes designados, del preceptivo NODO propagandístico, de la televisión monocorde y paternal, de las emisoras del Movimiento y del palio que la Iglesia prestaba para que, bajo él, se balancearan las ostentosa borlas que adornaban un fajín de general, y que, simbólicamente, parecían entronizar en la vida eterna ese modo tan peculiar de la vida española de hacer las cosas por cojones.
Falleció el general y fue inhumado en un lugar acorde con lo que su existencia representó para el país: El Valle de los Caídos. Acabó aquel anacronismo.
Llegó la democracia y, al principio, fue un estallido multicolor que, caída la mordaza del miedo, acabó con un mundo en blanco y negro. Y, aunque ya sea sólo un recuerdo, fue muy bonito para los que vivimos aquel tránsito.
Éramos un país virgen para la democracia y los derechos. España era la novia emocionada que daba el sí quiero y se entregaba en cuerpo y alma a un futuro lleno de ilusión y desmesuradas esperanzas. Luego, inevitablemente, fueron viniendo los roces, los disgustos, los desengaños, las contradicciones, los dobles juegos, las conveniencias, las desconfianzas, los escamoteos, las mentiras, las sisas, los resabios, las incongruencias, las traiciones… pero también, pese a todo, llegó la prosperidad. Y la gente vivió con la política un maridaje próspero de esos en que, la abundancia, el dinero y los intereses, terminan por taparlo todo y hace que los sapos a tragar sean aceptables y prime, sobre todas las cosas, la dulce y cómoda conveniencia.
No sé si hoy política y gente vuelven a habitar mundos distintos. Ese cónyuge, infiel por naturaleza, que se llama política, tiene una nueva amante. Y esta vez no parece una aventura pasajera, ni un zafio calentón, ni una relación, como dicen los cursis. Con vocación por seducir a la gran dama de la economía, la política ha calculado mal y parece que, contra natura, se ha puesto a su servicio. La gente esperaba lo contrario. La economía al servicio de la política era lo que decía el contrato democrático. Pero parece que se quieren cambiar sobre la marcha las claves de la democracia que, por otro lado, eran las de la lógica. No sabemos a dónde nos pueden llevar tales envites.
Tras unos bellos años de olvido, parece que la grasienta mancha del miedo, dada por desaparecida, ha vuelto a aparecer y a extenderse, derivando, del miedo personal de cuando entonces, a un miedo colectivo, a ese otro miedo menos tangible, pero más general, que no procede de ninguna amenaza personal ni cercana, sino de otro lugar. De un lugar nuevo que nos obstinamos en hacer irreal y remoto e incluso queremos ignorar. El viejo centinela del sentido común nos dice que nos están engañando, que esto no es ya ni la apariencia de lo que era. Pero no lo creemos, serán habladurías, la política no puede traicionarnos hasta ese punto.
Y no queremos oír a ese tozudo consejero y nos decimos justificándonos: pero si nosotros no podemos hacer nada, si nada depende de nosotros. Entonces, ¿es esto democracia? En nuestro comentario hacemos, sin pretenderlo, un buen resumen de la situación.
Sí que podemos, y tendremos que hacerlo cuando dejemos de estar anestesiados por esa imbecilidad transitoria, espero, que dan tantos años de un bienestar que presumíamos eterno.

24 mayo 2010

Ángeles custodios de plantilla

Nunca olvidaré Devota, mi patria verdadera. Y siempre sufriré con sus padecimientos porque para eso soy su amante y fiel hijo.
Mi querida patria, como todo lugar codiciado y generoso, no sólo fue asolada y arrasada numerosas veces por tantos pueblos antiguos y de renombre como ha habido, sino que, además, ha sido siempre ansiada por los mismísimos demonios, de ambición inagotable para el mal.
Así, mi ciudad, ha vivido siempre encomendada al Santo Ángel de la Guardia y también al arcángel Miguel que, dicho sea de paso, tienen fama de ser tan bellos como el propio Luzbel, mejores galanes, y aún de muslos más turgentes y, sobre todo, mejor vestidos y más aseados.
Pero no hay que cegarse, y, si nos atenemos a los hechos, la belleza de los del glorioso gremio del Paraíso no ha hecho nunca honor a su efectividad, siendo, y me duele reconocerlo, mucho menos diligentes para el bien que los luzbelinos para el mal.
Así el guapo ángel y el macizo arcángel, siempre más dados a entretenerse con el vuelo de una mosca, a la contemplación y, permítanme que lo diga sin ambages, a hacer el vago, siempre han llevado las de perder y con ellos todos nosotros, los de Devota, claro. Que, lo de ir por ahí azuzando al mundo a la virtud, pues que lo llevan muy mal, sin ningún interés, que se nota a la legua que en La Gloria todo son facilidades: que si viven muy bien, que los puestos son a dedo, que son todos fijos, que no se mira la productividad, que de competitividad cero, vamos, que al jefe le han tomado el pan debajo del brazo y que no están a lo que están, ni ponen interés. Y es que donde no hay castigo no hay enmienda y con jefes así no se va a ninguna parte. ¡Qué irresponsable, santo cielo!
Igualito que Luzbel, menudo lobo, que es que no conoce horarios, ni findes, ni puentes, ni vacaciones y nos incita al mal en condiciones, pero tentándonos a base de bien, metiéndoselo a la gente por los ojos, y nos vende todos los pecados sin descanso y, a veces, ¡menudas ofertas! Que no es que yo lo diga, que es que lo estamos viendo.
Que miren ustedes, que no hay comparación en el asunto de la efectividad. Yo, no puedo afirmarlo, pero creo que los de La Gloria están todos subvencionados. Vamos que yo les metía una reducción de plantilla que se les iba a caer la pluma remera a la mayoría. En cambio, los trabajadores del mundo de la condenación, esos están a lo que están, trabajan todos los pecados a conciencia y sin descanso y, sobre todo, haciendo hincapié en las cosas de la lujuria, que son su especialidad. Y, por lo que dicen, se dan una maña sin parangón. Se conoce que por la mucha práctica.
Así que, luego, el santo ángel y el arcángel no paran de hacerse bocas con las hazañas que Luzbel consigue tentando a la gente por los bajos. Cosa que, por otro lado, siempre ha sido menos peligrosa, aunque ha dado mucho más juego, que hablar de estafas, de fraudes y de otras maquinaciones en el mundo de los dineros y ya, no digamos, de los crímenes sangrientos, guerras y demás barbaridades. Faltaría más.
Ahora se quejan de que las cosas para los buenos vienen mal dadas. Pues habed espabilado. No habed dejado que os comieran el terreno. Que con ser bueno no se arregla nada, que a Dios hay que ayudarle, se ha dicho siempre. Mirad como los luzbelinos ayudan a Satanás. Anda, que tendrá quejas.
Contentos me tenéis los angelitos custodios: ¡Cojonazos! Que os pasáis la vida con el bolo colgando y haciendo posturitas. ¿Qué os pensábais? ¿Qué eso de la felicidad eterna era dedicarse a verlas venir? ¡Capullos!

19 mayo 2010

Iniciación a la educación sexual

Mucho antes de que hubiera películas porno al alcance de cualquiera gracias a Internet, cordón umbilical que nos mantiene unidos con el mundo, y, antes aún, de que comenzaran los reality shows y los grandes hermanos gracias a las plurales cadenas televisivas que son escuela de democracia y ética, y, aún antes, de que la doctora Ochoa y otros eminentes sexólogos iluminaran con su ciencia nuestras partes pudendas, e incluso antes de que se conociera lo que los viejos conocimos como el destape, mucho antes, ocurrieron estos hechos. En suma, podría decirse que ocurrieron, cuando los abuelos, al tomar un café en el bar o en las pocas tabernas que tenían cafetera, y, por la cosa de matarle el bravío a tan fiero brebaje, le decían al camarero que les echase en él una peseta de coñá, entonces, sí señor, entonces fue cuando el Francia, que había estado en la misma de emigrante y sabía del asunto un güevo, encontró trabajo en el sanatorio.
El sanatorio, decía el Francia, era un chollo con lazo. Tuberculosos y tísicas estaban separados. Mujeres y hombres, cada cual en su pabellón, para que no hubiera sexo de género.
El sanatorio, aseguraba el Francia, era una bicoca en bandeja. Como los enfermos estaban aislados, pues sabían agradecerte cualquier recado o cosa que hicieras por ellos.
El sanatorio, le brillaban al decirlo los ojos al Francia, a partir de las ocho de la tarde, que se iban los médicos y sólo quedaban los enfermos y los cuidadores y, si acaso el médico de guardia, era el paraíso terrenal sin la bicha.
Llegado el momento, el ex emigrante, bajaba la voz y la ponía ronca y entonces, los cuatro amiguetes, que le escuchaban abstraídos, sabían que había llegado el momento del relato erótico, sexual, porno y salvaje del día. Era el porno hablado de la era tabernaria. E indefectiblemente, cuando el Francia acababa su salaz relato, añadía, para confirmar la veracidad del mismo, estas sabias palabras: “Mirad, las tísicas, es lo que tienen, cuando más jóvenes más cachondas están, porque como, por la cosa de la enfermedad, tienen una fiebre que no llega a ser alta pero que no se les quita pues, la que pasa, que están con el tempero de continuo y en un estado, que lo mismo es ponerles la mano encima, que te se entregan pero ya, con ansia.”
Y, claro, él, por las noches, siempre se pedía el pabellón de las mujeres y, si no con una, con otra; ésta quiero, ésta no quiero; noche sí, noche también. Que aquello era un sin parar.
- ¿Y no te da miedo que te contagien?
- Quiá, si les pongo un talego, que llevo en el bolsillo, en la cabeza.
- Y no se extrañan de que siempre quieras ir al pabellón de las mujeres.
- Quiá, si las noches no quiere hacerlas nadie. Al primero que se lo digo me lo cambia por el turno de día.
- Pero tendrás sueño por el día y los tiempos cambiados.
- Sí, pero jodo más que una mota en un ojo. Y, encima, me pagan cada semana. Eso, sin mencionar, que algunas me quieren como a un hijo. Y en mitad de un pinar, con un clima tan sano. Hacedme caso, trabajos como éste no los pilláis ni en Francia. Ni por pienso.

15 mayo 2010

San Isidro Labrador

Hay veces en que la tristeza es algo más, es desesperanza y desamparo. Es concluir en que el origen de las cosas es oscuro, los asuntos opacos, que ignoramos la causa de todo, por más que la intuyamos, que cualquier decisión nos trasciende, que nos movemos todos dando palos de ciego en un mundo que, en los últimos tiempos, se ha hecho aún más tenebroso de lo que era.
Da la impresión de que estamos asistiendo, sin querer creerlo, al fallo generalizado de un sistema económico que, sin razón de peso, nos hicieron creer que iba del brazo de la democracia, soldado a las libertades. Sí, a las libertades. Porque las libertades no son nunca la libertad, sino la administración en grajeas de ésta por quien proceda.
Y parece que por encima de los estados, de las naciones, de las sociedades, este gigante amorfo, ciego y bulímico, que es la economía del mundo, se corroe en un cáncer que se lo come desde dentro y que, sin enemigos declarados, se devora locamente a sí mismo sin que exista autoridad ni inteligencia capaz de controlarlo.
Si esto fuera así, y yo lo creo, todos los sacrificios que hagamos irán al sumidero, el mismo camino seguirán las quejas y protestas, y, del mismo modo, serán vanas las decisiones de quienes nos gobiernan, de quienes nos desgobiernan y de todo el coro de ilustres personajes que aún quieren remediar, peleando entre ellos, el cuerpo descompuesto y exánime del monstruo y parchearle los boquetes por los que su gula desaforada le ha hecho reventar. Los parcheos aguantarán muy poco y, enseguida, estaremos en otra.
Así que hoy, quince de mayo, quiero, con la inocencia propia de los niños, encomendarme a San Isidro Labrador, santo confiado por excelencia, a quienes los ángeles hacían la faena; y quiero pensar que las tierras del santo, que son también las nuestras, recuperarán su valor y su hermosura cuando se derribe todo lo ficticio que se hizo sobre ellas. Eso sí, desconfío mucho de que, esta vez, los ángeles vengan a echarnos una mano. Contentos les tenemos.

23 abril 2010

Noche sangrienta

Un verano de mediados de los 70. Un verano monótono, como monótonas eran las otras estaciones del año en el lugar. A las diez acabó el tiempo entre dos luces y llegó la noche.
Aparcó el coche en la curva de la carretera principal frente al fielato, junto a las casas de los juzgados, la alameda y las otras calles que subían hacia el centro.
Cerró la portezuela y echó la llave mecánicamente. Miró hacia la alameda por rutina, luego al fielato e, inmediatamente, alertado por algo, volvió a mirar a la arboleda. Era una mujer de unos cuarenta, más menuda que grande, morena y bien formada, con el pelo corto, que no hubiese llamado la atención a la débil luz artificial del parque. Sin embargo, casi tuvo que frotarse los ojos: la mujer iba descalza y desnuda y, extrañamente, sólo llevaba puesto un sujetador. Destacaban en ella algunas manchas extrañas y oscuras en el vientre que, con la luz reinante, eran confusas y sólo el vello púbico mostraba un triángulo neto y evidente. Sorprendido, la siguió con la mirada. La mujer, con pasos menudos, casi saltitos apresurados, le dio la espalda. Se fijó en el muelleo de sus nalgas y la vio entrar en uno de los bares de la curva, el bar Sánchez.
Cuando la mujer se acercó a la barra y llamó la atención al camarero, toda la concurrencia se quedó en silencio, como si se tratara de un atraco. El camarero, al volverse por encima de la barra, sólo le vio la cabeza y los hombros con los tirantes del sujetador. Le preguntó, suponiéndola una veraneante, qué deseaba:
- ¿Puede decirme dónde queda la estación? –dijo ella atropellando las sílabas y con un relax que, si no lo era, parecía etílico.
El camarero le indicó y, cuando la mujer se giró y salió a la calle, todo el bar salió en tropel tras de ella, incluyendo al camarero, que lo hizo saltando la barra con agilidad y, a la vez que lo hacía, le gritaba al jefe:
- ¡Teodoro, una tía en pelotas!
Al jaleo, salieron los clientes de los bares vecinos, los del Maioma, los del Pecas, y hasta los de El Motor y los del Sales atraídos por la bulla y el repentino tumulto. La mujer, asustada tal vez, pues no parecía cohibida, se dirigió de nuevo a la alameda para ampararse entre la vegetación y las sombras protectoras. Cundieron los comentarios:
- ¿Pero, quién es esa mujer?
- Pero si iba desnuda.
- Y ensangrentada.
- Vaya clarividentes, si lo hemos visto todos.
- Pues no se le veía herida alguna.
- Pues sangre sí tenía.
- ¿No la conoce nadie?
- ¿Cómo no la han cubierto?
- ¡Vaya usted a saber si no lo han intentado!
- ¿Dónde se ha metido?
- ¿De dónde ha salido?
- Seguro que no está bien de la cabeza.
- Estará drogada.
- O borracha.
- O las dos cosas.
Salió un hombre corpulento del bar Sánchez. Era uno de los camareros veteranos que no atendía la barra. El colosal Melquia, con su chaquetilla blanca impoluta, sus pantalones negros y su carota colorada y mofletuda, atendía el comedor. Dando grandes voces, interpelaba a los compañeros de la barra, a los conocidos y al mundo, con justa indignación:
- ¡Qué vergüenza! ¡Aquí no hay compañerismo ni hay nada! ¡Una vez en la vida que aparece en el pueblo una tía en pelotas y ninguno habéis tenido la decencia de avisarme! ¡Desgraciaos! ¡Una vez en la vida! ¡Vaya compañeros! ¿Qué tal felpudo tenía? ¡Por favor, que alguien me dé detalles! ¡No me tengáis en estas ascuas! ¡Hatajo de cabrones!
Los comentarios, la curiosidad y el jolgorio general se vieron interrumpidos a los pocos minutos por la irrupción de un Land-Rover de la Guardia Civil con la sirena funcionando. Tras una frenada brusca y el simultáneo ruido de puertas, salieron con urgencia un sargento y tres números. Uno de ellos llevaba una capa de guardia, un capote verde, de esos grandes de los que usaban los rurales.
- ¿Dónde anda esa mujer? –dijo el sargento Terry.
- Por la alameda se ha metido, por allí, por allí…-dijo el coro de los parroquianos.
A una discreta distancia, el grupo de curiosos seguía la acción de la Benemérita. Enseguida la mujer se sintió descubierta y salió de entre las sombras y los guardias hicieron por ella, aunque sin éxito. La mujer les esquivaba sin dificultad con sus regates, y, el de la capa, la extendió como si estuviera en una capea, pero la mujer, como una vaquilla en un encierro, pero al revés, burlaba a la cuadrilla con soltura y se internaba más y más en los jardines seguida por los números y por el sargento de la Benemérita, cuerpo que tiene la perseverancia por blasón.
- ¡Alto a la Guardia Civil! –gritó el sargento Terry, algo sofocado.
- ¡Coño, pues está ágil la tía! ¡Qué no la pillan!
- Pues entonces no estará muy pedo.
- Mira, mira, ¡qué se les escapa otra vez!
- ¡Hay que joderse, qué poco entrenamiento tienen estos guardias!
- Y menos fondo, diría yo.
- Fondo ninguno.
- Sí, y hay que ver para lo que han quedado. Que antes un: ¡Alto a la Guardia Civil!, imponía oye, que era un alto a la Guardia Civil.
- Mira, mira, ¡al del capote se le ha colao por debajo!
- Pues el sargento ya se está cabreando…
- Igual le mete un tiro.
- ¡Hala, no jodas!
Los guardias, tras unas cuantas carreras y otros pocos quiebros, festivamente celebrados por la concurrencia, la redujeron finalmente, la envolvieron en el capote y se la subieron al cuartel, muy serios y circunspectos, en el coche de la lucecita destellante.
Al rato algunos ciudadanos fueron requeridos telefónicamente por la autoridad, o sea, por los guardias, para que se presentasen inmediatamente en el cuartel sin excusa ni pretexto. Como quiera que éste se ubicaba en una carreterilla a las afueras del pueblo, y ya era noche cerrada, los convocados solicitaron los servicios del taxista Serantes, único del pueblo que en ese día y hora se encontraba en su puesto. Con él, los encartados: Félix el Periquillo, Román el Colorín y los dos hermanos Mena, se dirigieron, sin muchas ganas, hacia el cuartelillo
Una hora después el taxista bajó del cuartel. El Serantes informó a la gente reunida, en la calle y en los bares de la curva, sobre los últimos acontecimientos:
- Al parecer, la interfecta, dijo el Serantes con mucha propiedad y aplomo, viajaba hoy en el TALGO Madrid-Barcelona que, a las tres de la tarde, se detiene durante cinco minutos en la estación para recoger o dejar algún viajero. La mujer decidió aprovechar para tomarse un café en la cantina. En la misma, se encontró con los Mena, el Félix y el Román, que le invitaron y le dieron conversación con tal amenidad y simpatía, que la señora perdió el tren. Entonces, al ver a la mujer disgustada pues, ya sabéis como somos los de aquí de caballerosos y solícitos, le dijeron que podría coger el TALGO del día siguiente y, en parte para consolarla, en parte para hacerle más llevadera y distraída la tarde, se la llevaron con ellos de vinos.
- ¿Desde que tomaron café estuvieron de vinos?
- Bueno, creo que primeramente acompañaron el café con alguna copa para no empezar de vinos tan temprano, que es de viciosos y desordenados empezar antes de tiempo, y, de ese modo, alargaron la tertulia en la cantina de la estación hasta la hora habitual de alternar y, claro, por cortesía con la forastera, durante la tarde llevaron a ésta con ellos, la convidaron y la agasajaron. No faltaba más.
- Sí, ¿pero entonces la desnudaron ellos? ¿Cómo se les ocurrió hacerle esa faena a la mujer? ¿Quién la apuñaló? ¿O es que la sangre no era de ella? ¿No habrá cometido esa tía algún asesinato?
- No, dijo el Serantes con solvencia. Ellos no hirieron a la señora. Por lo que han declarado ante el capitán, ellos, llegada la hora de irse a cenar a su casa y velando siempre por esta mujer, pensaron que, siendo todos personas casadas, serias y cabales, no estaría bien, ni seguramente hubiera estado bien visto por sus señoras e hijos, el presentarse en casa con una desconocida. Así que, antes de marcharse, pensaron que quizás el Guti, que es soltero, no tendría inconveniente en llevarse a la mujer a dormir a su casa.
- ¿Aceptó el Guti?
- Bueno, ya sabéis que el Guti es escayolista y, como pasa todo el día trabajando por ahí, pues suele dejar lo que compra para comer o cenar en el Sales y, a la que va por la noche a su casa, lo recoge. Pues bien, según bajaba el Guti a recoger su paquete de comida del bar Sales, le ofrecieron los de la cuadrilla el llevarse a la mujer consigo y el Guti aceptó encantado.
- Entonces, ¿ha sido el Guti el que la ha desnudado y el causante de toda esa sangría?
- Pues no sabemos, porque me han encargado que le avise para que se presente en el cuartel enseguida.
- ¿Y le podrá pasar algo al Guti?
- No creo. Bueno, a menos que la mujer sea una disminuida y el Guti haya abusado de ella. Claro que, pensándolo bien, creo que ni siquiera en ese caso, porque el Guti, como todos sabemos, es otro mermado.
- ¿Cómo mermado? Lo que está es gilipollas perdido.
- Eso quería yo decir.
- Pues eso le va a salvar.
- ¡Hay que joderse, Serantes, lo listo que eres!
Como no daban con el Guti hubo de bajar de nuevo el sargento Terry con sus guardias, entrar en su casa, abriendo la puerta de un solemne patadón, espabilarle, y subirle al cuartel, mientras el Serantes se presentaba a interesarse por sus clientes por si tenía que bajarles. Lo que luego contó el Serantes, como el portavoz oficial en que se había erigido, fue lo siguiente.
El capitán Tafilete le preguntó al Guti:
- ¿Es usted Nemesio Gutiérrez Rincón?
- ¡Papo, pues claro! Si el sargento Terry me conoce. Menudos copazos de Terry nos arreamos de vez en cuando. ¿Eh, sargento?
- Conteste usted sí o no.
- Bueno, bueno. No se ponga usté así.
- ¿Ha conocido usted carnalmente a esta señora?
- Yo qué hostias la voy a conocer, si no la había visto nunca. No la conocía de na. Pero de na. No la había visto en mi puta vida. Se lo juro.
El sargento Terry miró al capitán y, con la mirada, le pidió la venia. Obtenida, por el mismo procedimiento tácito, tomó la palabra:
- ¿Qué si te la has tirao, Guti? ¿Qué si te la has tirao? ¿Te enteras, joder?
- Eso sí, mi sargento, un par de veces.
- Huy, ti ti ti ti ti ti, ¡que más quisieras! –dijo la presunta copuladora.
- Usted cállese, señora. Y deje que declare el inculpado.
- ¿Con qué arma ha agredido usted a esta mujer provocándole esa sangría?
- Con un hígado de cerdo.
- A la próxima gilipollez que digas te suelto una hostia que te reviento los ojos.
Viendo que la cosa se estaba poniendo muy climatérica, Félix el Periquillo pidió permiso para hablar. El capitán le dio la palabra:
- No se tome a mal lo que el Guti dice, porque seguramente está diciendo la verdad.
- ¿Cómo que la verdad? Explíquese.
- Pues verá usted, cuando dejamos a esta señora con el Guti, camino de su casa, él acababa de recoger unos filetes de hígado de cerdo del bar Sales, donde le suelen guardar lo que compra para que a la noche, de vuelta a casa, lo recoja.
- Siga usted.
- El Guti, para tener las dos manos libres y así mejor acompañar a la señora y evitar que ésta abocicara, se metió el paquete del hígado en un bolsillo. Y presumo yo, y todo esto no son más que conjeturas, que el Guti y esta señora se restregaron un poco antes de llegar a su casa, dada la inestabilidad que presentaba ella y el buen ánimo del Guti, y que, una vez allí, tal vez continuarían la función y el inculpado, entusiasmado por la ocasión, la fue desnudando sin reparar que su hígado, perdón el del cerdo, con los achuchones, se estaba macerando en sangre, manchándola del modo escandaloso que la señora muestra.
- ¿Y cómo explica usted que apareciera de esta guisa en la curva del fielato?
- Pues porque la señora iba un poco contenta por las invitaciones de aquí, mis compañeros y las mías, y, es un suponer, cuando se vio con el Guti y en casa de éste que, que Dios me perdone, es como la mansión de Drácula y, encima, perdida de sangre, recuperó la conciencia parcialmente, le dio miedo y decidió escapar de allí tal como estaba. Otra explicación no se me ocurre. Pero, en cualquier caso, que lo diga ella.
El capitán inquisitivamente miró a la mujer y ella dijo:
- No tengo los recuerdos muy mítidos pero lo que ha dicho aquí, el señor Periquillo, me parece de lo más proclive. Menudo susto me di cuando me vi donde me vi. Así que, en cuanto me despejé un poco, salí de allí sin reparar como estaba.
- Sí, sí… pero yo la eché dos polvos.
- Huy, ti ti ti ti ti ti… -repuchó ella – pero si no se le …
- ¡A callar los dos! Que no sé cual tiene menos conocimiento.
La cosa finalmente quedó en nada. La mujer se fue al otro día en el TALGO y el Guti a la mañana siguiente, bien peinado a raya, con su mejor pantalón y la camisa más limpia que tenía, una azul turquesa, se fue a la droguería del Pavesa:
- ¿Qué quieres, Guti?
- Tío, dame un frasco grande de Varón Dandy, que estoy en racha.

18 abril 2010

Pruebas de archivo

Me he puesto a organizar mi archivo. Me llevará tiempo.
Aparece lo perdido hasta en lo que creemos ordenado. Y te saltan algunos escritos a la cara como un gato encerrado, recordándote la rabiosa ilusión que tuviste un día por las cosas. Me ha sorprendido el trabajo de años que empleé en asuntos que se hicieron humo pero que, según lo que escribí cuando era obscenamente sincero, levantaban en mí pasión y atrevimiento. He llegado a dudar de que fuera yo quien reuniera el empuje para todo aquello. Seguramente, entonces, era yo otra persona. Tal vez un antiguo conocido que ignoraba lo limitado de sus fuerzas. Y no me ha parecido mala esta conclusión. Por fuerza tiene que ser cierta pues, de otro modo, sólo me queda pensar que debía ser muy tonto, dolorosamente tonto.
Hoy, maduro, con la esperanza relativizada, anestesiada o perdida, me pregunto si no era mejor persona antes, cuando me entregaba sin cálculo, meditación ni medida, y no ahora, que sólo soy un viejo resabiado y escéptico que para poco más que para meditar sobre las cosas sirve.

25 marzo 2010

Aventura en la gran superficie

En cuanto entró se dio cuenta. Ella, vestida sobria y discretamente, le había mirado con fijeza y sólo retiró su mirada cuando el encuentro con la suya pasó de casual a pertinaz. A lo largo de su recorrido por la gran superficie no dejó de percibir su mirada furtiva, ansiosa, aquí y allá, entre pasillos, estanterías, secciones, clientes que se movían distraída y perezosamente, y azacanado personal de plantilla que reponía género, o cambiaba cosas de sitio, o reorganizaba estanterías. Y, cuando menos lo esperaba, de nuevo aparecía su figura y, sobre todo, aquella mirada. No, no podía tratarse simplemente de miradas casuales y sin propósito. Muy tonto había de ser para no comprender que se trataba de otra cosa muy distinta. Sonrió complacido. Fue una sonrisa para sí, casi interna. Bueno, en general, no le había ido mal con las mujeres, pero nunca se le había dado un caso como aquél últimamente. Su ego de pretendido seductor talludo se le empezó a esponjar dentro del cuerpo, haciéndole ensanchar el costillar y meter tripa. Se sentía seguro de sí mismo, atractivo, atlético y cómodo, sobre todo, con aquella holgada ropa deportiva. Sí, era más propia de un joven, pero nadie podía negar lo bien que le caía. Había que reconocer que tenía unos años pero, consideró, que, por fortuna, muy bien llevados. No estaba muy pasado de peso y aún conservaba algo de pelo, bueno, bastante más que sus amigos, a los que ya hacía algunos años que había comenzado a mirar como a viejos. A él la Naturaleza le había tratado con más condescendencia, reconocerlo era de justicia. Y no es que lo dijera él, sino que todo el mundo lo notaba. Sus conocidos de toda la vida no hacían más que recordarle lo bien que estaba. En ese aspecto se consideraba afortunado. Pero pensó que, a ésta, debía de haberle tocado un punto muy sensible con aquella mirada intensa de la entrada, porque nunca una mujer había hecho tanto por insinuársele como aquella pelirroja omnipresente.
Fue en el área de los licores, donde se dio cuenta de que prácticamente la tenía encima, como si ella esperase una reacción de su parte, unas palabras o, tal vez, le estuviera dando pie para que concertasen una cita.
Se volvió de improviso hacia ella y le dijo con una sonrisa desenvuelta y, por supuesto, más que amable:
-Por favor, ¿sabes si podría conseguir alguna caja de cartón para llevarme unas botellas? –la tuteó confianzudamente, con solvencia, nivelando la diferencia de edad.
Ella, le miró tranquila y contestó devolviendo la sonrisa:
-Si quieres acompañarme. Tenemos siempre algunas dentro, en la sección de almacén.
Aquello funcionaba. Él la siguió tranquilo, pensando que en la zona de almacén, fuera de la vista de la gente, alguna cosa le diría a aquella belleza jara, si es que ella no se la decía a él antes. La seguía un par de pasos detrás, sin poder retirar la mirada de sus caderas, sus nalgas y sus piernas. Ella sacó un pequeño walkie talkie y sólo dijo, fríamente:
-Marro para un 45.
Se dijo que seguramente, en clave, justificaba la ausencia que pensaba dedicarle en el almacén, a él, a él en exclusiva. No le cabía duda, estaba entregada o él ya no entendía de mujeres. Y se relamía por dentro ante las hechuras de la dama, a la que imaginaba sin aquella seria ropa. Bueno, a decir verdad, la imaginaba sin ninguna.
Apenas entraron en la zona restringida, dos guardias de seguridad, que aparecieron por detrás, le cogieron uno de cada brazo, casi en volandas, le metieron en una habitación vacía y en un santiamén le dejaron en ropa interior. Tras cachearlo en menos que se presigna un cura loco, uno de ellos inmediatamente salió fuera:
-Estaba limpio. Pese a las ropas amplias, no llevaba nada.
La hermosa pelirroja volvió a su trabajo y dejó que los guardias le hicieran los cargos, a costa de la sagrada seguridad, a aquel abuelo presumido y seductor. Él, sobrecogido, estornudó dos veces mientras se subía los pantalones.

24 marzo 2010

Último golpe para la Mamá Grande

Sé de antemano que el objetivo de esta carta es un imposible. Pero me gustaría consolarte por la pérdida de tu hija como si yo tuviera alguna posibilidad de hacerlo. Como si fueras una niña desvalida y yo pudiera acogerte, abrazarte y decirte que la vida no conoce orden, ni razonamientos, ni desvelos, y que tampoco nos es agradecida, ni justa, ni nos guarda ninguna deferencia. Ya ves qué cosas digo, como si tú no lo supieras.
Bien me gustaría ser un almohadón que aislara tu dolor, pero sé que eso también es imposible. No sé qué podría hacer para paliar tu pena pero, no te quepa duda, si lo supiera, lo haría sin dudarlo. Ojalá fuera más inteligente y pudiera encontrar alguna combinación de palabras que te sirviera de consuelo. Ojalá fuera mejor persona y pudiera igualar la bondad que tú has tenido para las desgracias ajenas.
No obstante, como la última madre que me queda, no me resigno a que pases este trago tan amargo. No, sin que medien estas cuatro letras para intentar calmar tu desdicha. Para los dolores que no pueden mitigarse queda el intento de, al menos, consolar. Más allá no llegamos las personas. No quiero quedar sin intentarlo y que sepas que me solidarizo, si hay modo de hacerlo, con tu pena.
Sé que no te quedan lágrimas. No pueden quedarte muchas, porque, a tus noventa, las has gastado con todos sin tasa. Pero, si de lágrimas se trata, no lo dudes, se han vertido bastantes. Y, si tú no puedes llorar, ya lo hemos hecho los demás por ti.
Todos sabemos quien has sido siempre. En pocas familias hay una Mamá Grande y, en esta nuestra, ese apelativo sólo te corresponde a ti. Así lo avala tu vida entera, tu acogimiento, tu comprensión y ese cariño sin medida que has sabido regalar siempre. Y te aseguro que tu hija se ha ido bañada en él, empapada en tu amor y complacida de tu fiel compañía. Tuvo la madre de sus primeros y de sus últimos días. Para tu desgracia sí, pero para suerte de ella, que pocos mueren acogidos al amor de quien también les dio la vida. Me temo, sin embargo, que has decidido, interna e inapelablemente, que ésta sea tu última desgracia.

23 marzo 2010

En el campo

(En la foto se ve una liebre encamada)
La caza no era para él un acto social en el que disfrutase teniendo compañeros. Todo lo contrario. Jamás disfrutó en una mano, por bien organizada que estuviese, como yendo solo. Sí, de acuerdo, las manos eran efectivas. Se levantaba caza, si la había. Pero no dejaban de ser, y cada vez más, actos con un protocolo, y tenían unas normas de comportamiento que debían respetarse. Prefería la soledad.
Asociaba la caza con la soledad. Era para él un ejercicio individual y solitario en el que se concentraba tanto como un escritor al escribir una novela o un artículo.
Para cazar así era necesario conocer bien el terreno. Saber las querencias de los animales. Tener calma y, sobre todo, paciencia. Sabía que a su lado, cazando de este modo, solía estar el factor sorpresa que, en la caza, era algo muy a tener en cuenta. Así que, antes de salir, ya solía tener trazado en su cabeza un plan a seguir y un camino a recorrer. Y, sin embargo, otra de las ventajas de cazar solo era que podía alterar cualquier plan sobre la marcha y acoplar su estrategia a lo que en el campo fuera viendo.
Desde chico le había gustado la vida al aire libre, los paseos interminables, la observación de los animales.
Mientras sus amigos de la pubertad empleaban su tiempo en aquellos galanteos, infructuosos casi siempre pero propios de la edad, él se iba al campo cuantas veces podía y no llegaba a comprender cómo un lugar tan bello estaba siempre tan vacío, cuando no abandonado.
Sabía, por experiencia propia, lo que se tardaba en aprender a ver en el campo. De niño consideraba prodigioso que de los rastrojos surgieran codornices, que no veía, tras la muestra inquietante y repentina, no menos sorprendente, del perro. Le sucedía igual con la liebre encamada, emergiendo, en su imaginación, directamente de la tierra. El arranque cercano e inesperado de la perdiz con su sonido abrupto, vibrante y metálico le ponía el corazón en la garganta. A veces, mientras caminaba, le parecía que los animales eran generados a su paso instantánea y directamente por la tierra. Esta fascinación salvaje aún le mantenía vinculado a su infancia y juventud campera.
Conocer bien los parajes era fundamental para ejercer aquel sistema suyo de cazador solitario. Todo el año, casi a diario, iba al campo. Un día, calculando, se hizo cuenta de que por cada hora cazando habría andado por el campo más de cincuenta caminando y observando. Aunque, bien mirado, esto, para él, también era cazar. Sabía que la gente pensaba que cazar era coger una escopeta y disparar a lo que se moviese. Y, así, los domingos se veían por el campo muchos cazadores vocingleros que iban por un lado y por otro buscando anárquicamente, auxiliados por unos perros tan alocados como ellos que corrían sin ton ni son, y dando voces como si vendieran melones.
La caza era, sobre todo, el conjunto de conocimientos para hacerla. Ésos se aprendían en el campo. Fundamentalmente observando a los animales y su comportamiento con respecto a los fenómenos atmosféricos y a las distintas épocas del año o cuando se veían hostigados.
Desgraciadamente la caza menor iba para atrás. Y había sido curioso, mientras abundó, nadie opinaba en contra de ella y ahora, que todos los adelantos de la vida moderna casi la habían hecho desaparecer, mucha gente se pronunciaba contra ella y la pagaba con los cazadores. No eran por desgracia éstos los que la habían llevado al borde de la extinción. Ni tampoco eran ellos los que podían salvarla. Por desgracia, aunque no se cazase en absoluto, la caza menor tiende a desaparecer. Su enemigo es el progreso. El progreso en forma de pesticidas, herbicidas, fungicidas, insecticidas, agricultura intensiva, maquinaria… Cuando desaparecieron los cangrejos nadie echó la culpa a los pescadores porque estos habían existido desde siempre y los cangrejos también. Todo el mundo supo que había sido otra cosa. Con la caza menor está ocurriendo igual.

12 marzo 2010

Breve adiós a Miguel Delibes

Desazonado por la muerte de Miguel Delibes, escribo esto. No imaginaba que la noticia de su muerte me descompondría. Sus viejos ejemplares, agrupados unos, desperdigados otros, entrañables compañeros todos de mi vida, descansan en mi desordenada librería. Me consuela saber que puedo acariciar sus bellas construcciones con la vista. Me consuela poder rememorar sus enseñanzas, volver a caminar por sus historias, reconocer, una vez más, sus viejas y desoídas profecías. Sé que podré beber, cuando la sed apriete, la sobriedad refrescante del castellano puro. Pero, tal vez por eso, lamento su marcha como se lamenta la marcha de un maestro y de un amigo, de alguien que me dejó la herencia en vida.

08 marzo 2010

Fijación

Aquella mañana deambulando perezosamente de boulevard en paseo, de calles a plazas, acabó inopinadamente en el camposanto. Llegó temprano y, como no buscaba sepultura alguna ni nada en concreto, se adentró en el solitario cementerio como si éste fuera una prolongación más de los jardines y la cercana rosaleda y como si, lejos de distraerle, fuera éste un lugar beneficioso para su ensimismamiento. Viéndose allí tuvo, por un momento, la sensación de que, sin saberlo, había llegado premeditadamente.
Era el recinto, a aquellas horas, una caja de silencio abierta sólo al cielo. Los puntiagudos, esbeltos y oscuros cipreses contrastaban con la verticalidad clara, casi blanca frialdad, de las sepulturas sobre el ocre de la tierra.
Recorría los paseos mirando distraídamente las inscripciones de las lápidas, pobladas de descoloridas promesas de eterno recuerdo, de inscripciones borrosas por el musgo, de pomposos nombres de familias propietarias de los túmulos, de borrosas fotos, de fechas y fechas que pocos recordaban pero que habían sido grabadas en la piedra con la fútil intención de preservar memorias.
Tuvo, súbitamente, el pálpito de toparse con algún conocido, de haber ido allí con algún propósito, por alguna extraña llamada sin identificar. Y así fue, pero no se encontró con ninguno de los que imaginara.
La figura le observaba con indiferencia, impávida bajo una bóveda de ladrillo que, abierta a los cuatro vientos, se apoyaba en el suelo con columnas del mismo material, en una intersección de dos caminos principales. Tardó en reconocerla, pese a que la silueta le fue familiar desde un principio.
Era Blanca, una pariente lejana. Alta, delgada, pálida, como siempre, e impasible, como si el tiempo hiciera muchos años que no le hubiera pasado su minuta. ¿Cuánto hacía que no la veía? Era menor que él y, casi cuarentona, conservaba el tipo perfecto que siempre tuvo.
Cuando, en la distancia, le reconoció, convergió hacia él despacio, en contraste con su paso mucho más cadencioso de habitual paseante. Al besarse sólo susurraron sus nombres a modo de saludo y, al mirarse abiertamente a los ojos, ambos reconocieron ese fulgor intenso que extrañamente les había sacudido siempre al verse. Se quedaron muy cerca y él habló sin separar los ojos de sus ojos. Ambos con miradas oscuras. Él convencido de que ella sentía exactamente lo mismo que él. Ella callada, revestida de aquella palidez de tono azul, de frialdad impenetrable, escuchaba. Al menos, esta vez, no se habían azarado tanto como la última que, al intentar besarse en las mejillas, por el simultáneo titubeo de ambos, se besaron, sin quererlo, en la boca y luego, como avergonzados, no supieron apenas de qué hablar.
Estaba a punto de decirle cómo la encontraba y el vuelco que le había dado el corazón al verla, cuando pasó el conserje y se dirigió a ella de un modo muy extraño:
- Ya está todo listo, señora.
Ella sacó una mano del bolsillo y, fingiendo estrechar la del conserje, le dio algo, tal vez, un billete. Por fortuna el inoportuno se marchó al momento y Blanca, mirándole en silencio, se quedó con él.
-Sigues siendo tan elegante y discreta como siempre.
Ella le miró intensamente, con esa mirada negra tan parecida a la suya, pero con un amago de sonrisa. Él supo que sus palabras le habían gustado.
- Es una lástima que no te maquilles.
Ella movió lentamente la cabeza con desganado desánimo, con un abandono indiferente.
- Pues haz lo que quieras pero eres una mujer impresionante, Blanca. Lástima de palidez extrema.
Él ya sabía que tuvo un hijo con alguien que, al poco, desapareció, pero no tenía el cuerpo para preguntarle por el hijo ni por nadie y, menos, por historias ya lejanas. Pensó que era un fastidio que el encuentro no se hubiera producido en la calle, porque así le hubiera propuesto tomar un café, y le habría dado tiempo de sobra para dejarle claro, con esas palabras comedidas que tan bien empleaba y esas miradas tranquilas, sostenidas y cálidas, que no solían dejarles a la mujeres dudas, que, si en aquel mismo momento no se iba a su casa a hacerle el amor, sería porque ella no quisiera.
Vino en éstas el vendaval de un entierro, al que supuso él que ella había acudido, y ya se perdieron los dos, ella entre saludos y como en volandas, él esquivando aquella comparecencia inesperada, aquella avalancha tumultuosa de deudos lacrimosos, serios y semi enlutados a los que, en su mayor parte, conocía. Se fue alejando lentamente y la descubrió mirándole según se iba. Era la única cabeza que desentonaba y no miraba hacia donde debía.
Pensó que tenía que intentar a toda costa volver a coincidir con ella, que debía precipitar un encuentro como fuera.
Rumiando intensamente aquella idea fija, obnubilado por el deseo, al salir ojeó de pasada las esquelas. Se paró al instante. Volvió atrás, leyó de nuevo: Blanca Sapuem Meiga, falleció a los 39 años de edad, su familia y allegados…
Leyó, paralizado, con renovada pero distinta fijación, la esquela.

07 marzo 2010

La brújula trucada

Se sentía extraño y solo.
Había reparado en que la memoria le traicionaba y, cuando no lo hacía, que aquel almacén de recuerdos no le servía para nada; que la inteligencia, a la que por lo general por realista se tenía, simplemente le hacía creer que aquello que pensaba era verdad, sin ningún otro aval o fundamento; que la voluntad, que creyó poseer algún día, se le antojaba vacua y sin sentido y, lo que es más, naturalmente inclinada a apartarle únicamente del placer, por una connotación antigua e imperecedera de que lo placentero era nocivo y sólo existía para ser evitado.
Dio en pensar, y por ello le llamaron soberbio, en que vivir sólo podía consistir en transgredir: en dudar de todo lo que recordaba, pues el tiempo era el gran maquillador de la vida, el sutil especialista en presentar los recuerdos asequibles a nuestra mirada, digeribles para el ser que ahora somos, cuando no a fundirlos con la sombra más próxima al olvido.
Dio en desconfiar de las certezas, que eran un legado, en su mayor parte educativo, más adquirido y extraño que propio y por uno mismo elaborado.
Dio también en deshacerse de aquella brújula cuyas agujas trucadas, ni por asomo, señalaban nunca las tendencias normales y el deseo, sino sólo caminos yertos y escarpados para fanáticos, de violentas convicciones a veces, que se creen carentes de tripas pero están persuadidos de llegar a tener poderes intemporales y espíritus voladores.
Sospechó, con resentimiento, que había sido educado en un masoquismo abstracto y sin sentido, fundamentado en una filosofía que proponía el sufrimiento como único aderezo válido y honesto de la vida. Para que así, dado por sentado, que lo natural y normal fuese el dolor, se convirtiera cada ser, sin ningún deseo ni intención primigenia, en otro más de sus vasallos. Y, siendo uno más de sus adeptos creyentes, sin reconocerlo abiertamente, lo adorara y extendiera su reino entre aquella grey de voluntarios que estaban deseando adherirse a él, que lo estaban esperando, como si fuera el dolor el verdadero y único dios de la existencia. Como si las cosas tuvieran que ser así.

03 marzo 2010

Selección natural

Seguramente la norma que rige la evolución de las especies, que rige nuestro destino y el de la vida en el planeta, o sea: la selección natural, es una salvajada. De hecho, hemos pasado la vida defendiéndonos de cuanto nos rodea por mor de esa dichosa ley. Y, por tanto, peleando con virus, bacterias y otros seres de diferente o de la misma especie para sobrevivir.
Hay ya mucha gente, incluso entre los creyentes en el Supremo Hacedor, que piensan que, eso de la selección natural, es cosa que no le salió bien. Porque dejar actuar a la crueldad a sus anchas, de modo que los fuertes preponderen siempre y en todos los campos sobre los más débiles, resulta un poco bochornoso. Con más motivo si se pretende que sea una obra procedente de una inteligencia sofisticada y virtuosa, aparte de con recursos ilimitados. ¿Qué quieren que les diga? Cualquiera que imagine al Supremo Hacedor pues le supone un cierto nivel. No hay explicación por tanto para esta chapuza universal que parece concebida por una mente procedente del fracaso escolar o derivado, como poco, a un ciclo de formación profesional de primer grado, y eso, a fuerza de fuerza.
Bien es verdad que los creyentes, como lo de la selección natural de las especies sólo iba a hacer felices a unos pocos, y encima a los de siempre, se tuvieron que inventar algo complementario para que existiera una segunda ronda de justicia que compensara el salvajismo de la dichosa selección natural. Así surgió la idea del alma inmortal y de la otra vida después de ésta, para intentar paliar todos los desajustes en un futuro prometido y justiciero al fin.
Pero si el SH salió con lo de la selección natural, sus criaturas no le vamos a la zaga y, los hombres, hemos inventado el capitalismo que es, algo así, como el que más chifle capador, el que menos pueda que se joda… una versión económico-social de la selección natural de las especies.
Antiguamente los desbarajustes del capitalismo se intentaban paliar, bajo intercesión de las religiones, mediante la caridad. Sin embargo, lo de la caridad era muy descarado, sobre todo, cuando algunos empezaron a hablar de justicia.
El capitalismo no se arredró y, si eso de la caridad hacía que se le viera mucho el plumero, la cuestión era buscar otro concepto mejor aceptado. Y enseguida lo encontró: la solidaridad. Ya no eras un potentado que dabas pan a los hambrientos o bautizabas chinitos y negritos a troche y moche, te habías convertido en un ser sensible que, conmovido por las humanas desgracias, se volcaba íntimamente en el compromiso de remediarlas. Un modo muy sagaz de pegarle esquinazo a la problemática justicia que, algunos corrosivos disidentes, se empeñaban todavía en echarle a la cara a cualquiera .
Y, como a las religiones se les está viendo tanto el plumero, pues ahora se intenta que la solidaridad la practiquen otras creaciones de reciente factura: las ONGs. Y es que todo es un progresivo aggiornamento, todo son actualizaciones felices, adecuadas derivaciones y, ni siquiera se respetan los significados del idioma, se sacan otros nuevos cuando lo que significan los antiguos ya no nos conviene. Y es que, señoras y señores, fuera del capitalismo, no hay vida.

02 marzo 2010

Compañeros de piso


Estaban encerrados en una jaula cuyos barrotes eran una aleación de distancia, gozo y, si ello fuera imaginable, pánico al amor. Un amor que ni siquiera supieron si podía ser mutuo. Sin embargo, jamás se lo habían planteado de ese modo. Ni lo imaginarían por más veces que se produjeran aquellos encuentros fugaces y furtivos en los que él, apenas concluían, se convertía aceleradamente en fugitivo y ella quedaba siempre defraudada por la ausencia de la cautividad que una conversación íntima y tranquila podría haberle regalado. Eran una combinación de fuga y abandono, cosas que, activa o pasivamente, vienen a producir la misma sensación.
Ella pensaba que él era un ser bárbaro, sincero y lascivo pero reservado, y no podía evitar la atracción que le producía la combinación; él pensaba que ella no había sido nunca bien querida, y que a su orfandad sentimental se le podían añadir las de la carne y la comunicación y que, por eso, necesitaba palabras, sexo y sobre todo aquella empatía de sentimientos más propia de una adolescente, virgen aún en descubrir un amor de igual a igual. Pero por eso la temía y huía de ella con la misma rapidez que voracidad empleaba en acercársele de nuevo cada poco.
Ella reinaba en un reino de desolación y abandono del que, ciertamente, alguna vez fuera la dama, cuando no presagiaba todavía aquel desastre. Pero, sin embargo, su grado había ido asimilándose paulatinamente al de criada ya con poco trabajo y tanto asueto, que padecía la luz de luna de su soledad, siempre en cuarto creciente, cada vez con mayor amargura y desamparo. Vivía como si su tiempo no fuera a ser nunca más de colores, y su olor a alegría de antaño, a perfume y a fruta silvestre, se hubiera tornado en una peste amenazadora a cerrado, a orín rancio, a aire viciado y a la rebaba de los malos recuerdos. Su otrora tenaz pretendiente maduro, se había convertido, con los años, en aquel compañero de piso junto al que se pudría.

15 febrero 2010

Amortizando

Con la sensación de perder el tiempo escribo casi siempre, o con la idea de matarlo, como antes se decía, cuando en realidad es él el que, a fuerza de matarlo, termina acabando con nosotros. Es mi tiempo, me digo, y tal vez no tenga cosa mejor que hacer con él. Al fin y al cabo no hay que amortizarlo, aunque, en sentido etimológico, eso es lo que hacemos con él de un modo u otro. Vivir parece una continuidad sin fin, con sobresaltos sí, pero sin fin. Y acaso, cuando llegue, ni siquiera el fin nos asuste por desapercibido, por imprevisto, por repentino o porque, simplemente, no lleguemos a creerlo.
Este gastar el tiempo, en escribir, puede ser un anudarse a la vida, ensamblar una balsa de ideas que le permita flotar a nuestra identidad, al menos, durante el rato que dura el escribirlas, sobre la superficie, engañosa casi siempre, de la realidad. Como si la escritura pudiera convertirse en el único testigo de que fuimos, un testigo fiable por principio, incapaz de volverte la espalda y de negarte.
Luego la balsa queda a la deriva en ese océano artificial de Internet, para el que la palabra maremágnum se inventó con muchísimos lustros de antelación, y hasta, si nos empeñamos, puede descansar, hecha libro, apilada de lado, en el estante de alguna biblioteca o perdida entre los anaqueles de alguna librería. Y puede que alguna vez, en el mejor de los casos, vaya a dar a las manos de algún desconocido ocioso o tal vez aburrido, o deprimido, o desocupado, o a las de uno que se topa con lo que no busca, o a las de un desganado o un curioso… que deje caer sobre estas líneas una mirada condescendiente, ausente y perezosa, pero que le evidencie, repentinamente, que la estirpe de los solitarios está más extendida de lo que suponía.

10 febrero 2010

El reloj de agua

Hijo mío, somos unos pueblerinos listos. Hemos puesto la naturaleza a nuestro servicio en lugar de padecerla. Nuestras vidas han estado siempre regidas por el agua de los ríos. Ella ha sido la cuerda que ha movido esas muelas de continuo. Éstas han regido nuestras vidas y su trabajo nos ha dado de comer. También han marcado nuestra existencia y la de los que nos precedieron. Son nuestros relojes de agua: los molinos.
Todos nuestros parientes nacieron en aceñas y vivieron en ellas y de ellas. Cuando dejen de moler nosotros también desapareceremos pero, hasta entonces, seguirán marcando nuestras horas. Luego vendrán cosas distintas y la vida será regida por otros latidos ajenos que, seguramente, comprenderemos menos.
El abuelo llevaba razón.

27 enero 2010

Passamento

Conoció por casualidad al portugués. Más exactamente lo encontró. O, tal vez, él decidió conocerle.
Era uno más de los tantos viajes a Portugal. Un viaje usual para un renegado del turismo. Uno más a lugares que va sólo quien quiere y, a veces, si es que los encuentra. Bueno, aunque vaya también quien no quiere: esos que, con la guía de carreteras en la mano, acaban donde no pensaban. Esta vez era una aldea perteneciente al concejo de Torre de Moncorvo, en Tras os Montes.
Con un libro de viajes de José Saramago, avisador de que ningún viaje es definitivo, llegó allí. Apenas puesto un pie en el suelo, apareció el portugués.
- Vienes a Portugal con un libro de ése. Ése no es portugués, es español.
Pronunciada ésta, casi sentencia, sin esperar respuesta, dio media vuelta y se marchó.
Quedó perplejo, pero lo superó. Pensó que de la adoración al odio hay apenas un jeme; vino en su auxilio el dicho de que nadie es profeta en su tierra; y, antes de que se le ocupara la mente con medio refranero, comenzó a caminar a la deriva por las calles empedradas y estrechas de la aldea.
Con la ilusión quebrada, por haber perdido tan inesperadamente al potencial cicerone local, llegó a la pequeña iglesia románica.
Mientras observaba los detalles peculiares del monumento, el portugués apareció de nuevo. Brusca, inopinadamente, inició la conversación, no sin antes despedir con cajas destempladas a la vieja que le estaba dando, al forastero, pistas peregrinas sobre algunas de las figuras más extrañas del templo. Algo debió gustarle al portugués de lo que el forastero dijo, porque se mostró amigable y pareció dispuesto a olvidar, con gran esfuerzo y siempre que no mediara provocación, a Saramago.
Cuando le llevó a su casa vio que ésta era similar a un pazo no demasiado grande. Le presentó a la madre y a la tata, dos ancianas, muy distinguida la primera y callada y servicial la otra. La cortesía que demostraron era más propia de otros tiempos, la hospitalidad también.
Le costó mucho rechazar la invitación de quedarse a comer. Prometió un contacto futuro que cumplió. Sin embargo, se fue sin enterarse de la causa de la inquina mortal al innombrable.
Hace un año murió la tata. Hoy ha muerto la madre del portugués. El extranjero le imagina sólo, desolado, con la melancolía portuguesa acrecentada, en su vieja casa solariega de Tras os Montes y, como en estos casos sobran las palabras, me pidió que escribiera éstas en memoria de su madre. Un pequeño homenaje, un recuerdo, como queriendo acompañar al portugués en la distancia.
No obstante, me dijo que dijera, que su admiración por Saramago sigue intacta. Aunque, contradiciéndole, piensa que algunos viajes son definitivos.

26 enero 2010

La mujer del amante imaginario

Extrañando, una vez más, la ausencia del amante imaginario, se durmió. Soñó que le buscaba por travesías nunca antes transitadas. Navegaba veloz, con turbulencias, a potentes impulsos de corazonadas. Pese a su vehemencia, un latido frío le avisaba certero: él no estaba. Nunca la había abandonado. Jamás, al menos, por tanto tiempo como ahora. Otras veces ella supo intuir donde se hallaba.
Desasosegada, intentó buscarle en otros sueños trasbordando de vertiginosas espirales a laberintos desesperantes, de laberintos a ruedas sin fin, de ruedas sin fin a escaleras de caracol interminables y de éstas a calles brutalmente cerradas, frontalmente candadas: sin salida. Inútilmente se desmadejaba en sus intentos, eran cortinas de silencio y humo frío todas las locas fantasías con que daba.
Dedujo súbitamente lo peor: que no la amara. Y, dormida, lloró lagrimas de vapor y perfume con la ilusión depositada en que aquella esencia, que él tan bien debía conocer, le hiciera regresar a ella con la misma fuerza con que su pasión desesperada se expandía en su búsqueda. Pero nada cambió.
Intentó escribirle una carta hecha de pensamientos pero, hasta ellos, se hicieron los ausentes; los unos se inhibieron, como suelen, pero otros, como atrevidos y volubles lacayos que se prestaban falaces a cualquiera, se burlaron de ella. Esto terminó de desquiciarla. Sólo el sentimiento se mantuvo a su lado, tan mudo como fiel, con su firme y perseverante brillo mineral. Sí, ciertamente, pero incapaz de hablar, como el tarado y obcecado loco que había sido siempre. Valiente compañía le quedaba, se dijo.
Y la mujer del amante imaginario le propuso al aire de la noche que la volviese cerbatana. No pasaría de esa vez, tan pronto apareciera, paralizaría con un dardo de curare el movimiento incesante y voluble de aquel amante volátil y andarín, de aquel amante sin entrañas. Pero, el aire de la noche tampoco le hizo caso y se marchó, con los desocupados pensamientos, a beber el agua del rocío, porque ya venía la mañana y no era hora de tender encerronas a amantes cumplidores, menos aún, si eran imaginarios.

25 enero 2010

Aventuras en un mundo ideal

Parece obvio, pero no es así. No se puede ir uno a atravesar los Picos de Europa, aprovechando el anunciado temporal de nieve, con un chubasquero y un bocata y que, cuando te pierdas, la familia monte el número y tengan que buscarte media docena de helicópteros y un regimiento de la Guardia Civil, más todos los grupos de abnegados voluntarios de la zona.
Por idéntica regla de tres, tampoco se puede ir uno a hacerse el París-Dakar por libre y, cuando te hayas perdido, te hayan robado y te hayan dado por el culo, reclamar que vaya la mismísima Legión a rescatarte y Moratinos a pedir una indemnización a las tribus nativas de la zona.
Es evidente que de estos dos ejemplos, el uno nacional y el otro internacional, habría de tomar nota el personal y no meterse en llamativas aventuras que, por ilógicas que sean, últimamente se han puesto de moda.
Por un lado parece que se lleva empeñarse en cualquier insensatez, como si la Naturaleza pudiéramos volverla virtual a nuestro antojo y como si los recursos de rescate estuvieran creados para nuestra diversión.
Por otro lado, en los últimos años y no me explico la razón, hemos adquirido la idea de que podemos ir por ahí pensando que esa tontería, que se llama ciudadanía europea, nos puede proteger de todo mal y que nuestra flamante monedita lo puede comprar todo. Algo así como si los ricos no pudiéramos ser sino espectadores intocables de las miserias del mundo y las balas no nos pudieran hacer pupa.
Cada día parece más necesario recordar a la gente que vivimos en un mundo donde, además de “Mira quien baila”, “Ana Rosa”, “Corazón, corazón” y la realidad virtual que desborda las pantallitas de nuestros portátiles y móviles, hay zonas peligrosas, temperaturas extremas, países prácticamente sin ley, lugares donde la corrupción reina, guerrillas, terroristas, delincuencia y además, claro, otras cosas más elementales como: ríos, mares, cadenas montañosas y mil enfermedades, contratiempos y meteoros (lluvias, nevadas, vendavales…) que se pueden presentar inesperadamente, amén de animales que comen carne, incluso europea, o que son venenosos o que nos pueden contagiar enfermedades… en fin, que el mundo no es precisamente como irse al crucero de Vacaciones en el Mar.
Un poco de sensatez, porque, ustedes me perdonarán, pero, si no, la única alternativa que se me está ocurriendo es fundar otra ONG, la de los gilipollas en apuros sin fronteras.

24 enero 2010

Los santos inocentes

Cualquiera puede padecer las consecuencias de situaciones que no creó. De hechos de los que ni siquiera fue conocedor hasta alcanzar cierta edad. Extrañas herencias de familia que pasan de unas generaciones a otras con mayor certeza que la fortuna real y los bienes inmuebles. Pero el mundo es así y, sin tener arte ni parte, cualquiera puede verse inmerso en algunas situaciones incómodas en las que no se sabe, ni bien ni mal, por dónde empezar, qué hacer, ni qué decir.
En 1984 frecuentaba Madrid y lo frecuentó por un periodo largo.
Por casualidad entró una tarde en un cine de la Gran Vía y vio una película que se estrenaba por entonces. Se trataba de “Los santos inocentes”, dirigida por Mario Camús y basada en la novela del mismo título de Miguel Delibes.
“Los santos inocentes” era, a su juicio, una película excelente. La había visto varias veces y, siempre, con delectación. Le parecía un buen ejemplo de cómo, desde las innumerables historias pequeñas de la vida de cada cual, puede hacerse una historia general, comunitaria que roce lo sublime. Pero el objetivo de este artículo no es abundar en las virtudes de una película ya alabada, suficientemente, por tantos otros con mucho mejor criterio que el suyo. Tampoco pronunciarse, como me dijo, contra esa mayoría de cine sin sustancia que la publicidad nos echa encima a diario. Por tanto, volviendo al argumento, repetiré, lo más fielmente que pueda, lo que me dijo:

Es una historia triste y amarga. La guerra civil que se vivió en España del 1936 al 39 dejó, tras su desenlace, múltiples coletazos. Casi todos ellos consiguieron mantener anclados artificialmente a los españoles en el siglo XIX como, por otro lado, parece que fue la intención de quienes la iniciaron, sublevándose contra la república en defensa de sus intereses particulares y con abierta aversión hacia una sociedad más igualitaria que veían, con desdén y fastidio, aproximarse.
No es la historia, que narra la película, algo grandilocuente ni pretencioso y, menos aún, reivindicativa de derecho alguno. Es sencillamente la descripción de lo que pasaba en uno de los muchos latifundios que en España son y han sido. Una historia de los que estaban acostumbrados a tenerlo todo y de los que, a su pesar, hubieron de seguir acostumbrados a vivir a su sombra, y bajo su dominio, indefinidamente. En ella, los detalles, las actitudes, las palabras y los gestos, les eran a muchos terriblemente familiares, a veces, con la obscenidad de lo aparentemente intrascendente, otras, con el disimulo de una pretendida nimiedad, y, casi nunca eran dignos de las personas los matices, a no ser los pocos que se desprendían de la ignorada y diminuta dignidad que los pobres, en su párvulo ámbito, podían permitirse.
Eso sí, durante el film, todos esos detalles son continuos, variados y martilleantes, como si el destino los hiciera inevitables, como si ése fuese el sino de los desgraciados, y el mundo que describe fuera tan inmutable como el paso del tiempo. Sin embargo, todos eran innegablemente ciertos, conocidos y socialmente aceptados. Así habían de ser las cosas o, al menos, así se esforzaban los poderosos en que lo pareciera.
Todas estas cosas, en conjunto, hacen de la película, evidentemente ficción, un retrato certero de la realidad sobada por la que tantos españoles habían transitado sin remedio, sin solución y sin salida. La película globalmente es, tal vez, más cruel que esos documentales donde se ven ejecuciones que truncan bárbaramente vidas pero que no nos dicen nada de lo que había tras de cada una.
A medida que el espectador se ve inmerso en el drama, se ve también atrapado, como un pájaro caído en una trampa de liga, en un mundo de sensaciones, sentimientos, pasiones y desamparos que no pueden soslayarse y que atenazan al sujeto como sólo lo pueden hacer las mejores obras de arte. Le trasfieren, le hipnotizan. Son esas obras las que transmiten un convencimiento estético que, a la vez, se percibe incompatible con la propaganda o el engaño. Porque, para los que ya tenían años, estaba hecha con numerosas piezas del rompecabezas que guardaban en la memoria más cercana.
Así que para muchos, aquellos personajes, los avatares entre los que se movían sin remedio, y el ambiente en que lo hacían, eran una lección sobre la historia reciente, difícil de digerir y aun de tragar. Sin embargo, todos habían visto algunos detalles de la misma, más o menos cercanos, y sabían que había sido así. No había vuelta de hoja.

La película le impresionó de tal manera que, de vuelta a su ciudad, le habló de ella entusiasmado a un buen amigo. Éste había nacido en 1939, en una familia numerosa y humilde. Había pasado por muchos trabajos, por estrecheces y fatigas. No había podido estudiar más que lo imprescindible y para un niño de familia pobre, en plena postguerra, lo imprescindible fue apenas nada. Lo que sabía lo había ido aprendiendo con la vida y, por aquel entonces, trabajaba en una fábrica. Por su parte, él había nacido doce años después, en una familia acomodada, sin grandes problemas o, al menos, nunca comparables con los de la familia de su amigo. Pese a la diferencia de edad y a las otras, ambos habían congeniado y se llevaban bien desde que se conocieron. Bien podrían no haber pasado de ser simplemente conocidos, pero terminaron siendo buenos amigos.
Tanto insistió a su amigo con la película, que le convenció para ir a verla juntos. No tanto por volverla a ver él, aunque tampoco le importaba, cuanto porque su amigo no se perdiera una película, a sus ojos, tan extraordinaria.
Durante la proyección estuvo nervioso, deseando no perderse, más que la película, las reacciones de su amigo. Éste, sin embargo, permaneció mudo, inexpresivo e inmóvil a lo largo de la proyección.
Cuando salieron, él iba radiante, maravillado de nuevo por lo visto, y su amigo extrañamente callado y taciturno. Le insistió para que se pronunciase y le contase las emociones y acaso las memorias que la película le había suscitado. El otro tardó bastante en romper su mutismo y, cuando lo hizo, fue para decir algo que le dolió profundamente, tanto que le dejó mudo por un rato, aunque, aparte del silencio, no dejó traslucir ninguno de los penosos sentimientos que le invadieron.
Vino a decirle, más o menos, que de qué se extrañaba, que muy bien cuadraban los señoritos que salían con la gente de su propia familia y hasta añadió que, quizás, el peor de ellos, era un fiel reflejo de su abuelo.
Pasaron los años y un día, que volvieron a hablar del tema, su amigo le dijo:
- Nunca se sabe como nos hubiéramos comportado otros en el pellejo de tu abuelo, porque, tal vez, hubiésemos sido aún peores.
Y le quedó la duda de si con esas palabras quiso suavizar el comentario de tantos años antes o si lo terminó de rematar. Sin embargo, recabando información sobre su abuelo, lejos de rebatir las palabras de su amigo, llegó a la desoladora conclusión de que éste tenía razón. Su abuelo, mal que le pesara, había sido uno de aquellos señoritos. Claro, evidentemente, no fue la culpa suya, pero eso era otro cantar.