03 octubre 2010

Hiyab

Cada día hay más mujeres amantes de su libertad. Se ponen tetas, culo, labios o transforman sus caras y cuerpos, pero lo hacen porque quieren y jamás por agradar a un hombre y menos a los hombres en general. Participan en programas donde cuentan sus intimidades, pero lo hacen sólo por dinero y prestigio, como comunicadoras. Prestan su cuerpo a la publicidad pero lo hacen porque su actividad laboral así lo pide y no se sienten por ello un banal objeto de deseo. Participan en concursos de misses y reinas, exhibiendo sus cuerpos por puro afán de ser alguien en la vida, por una vocación puramente artística, por una profesión digna en definitiva. Sus desnudeces son trabajos bien pagados, pero no son sino pura imagen, una filosofía avanzada de su dignidad, un avance en sus derechos. Nunca se sienten trofeo sexual de sus acompañantes, sino compañeras que viven vidas interesantes, sofisticadas y de lujo en un continuo aprendizaje basado en el respeto mutuo. Están contentas por asumir ese papel, al menos, así lo declaran y la mujer de hoy no tiene necesidad alguna de mentir y, mucho menos, es ninguna necia. Viven excitantes experiencias. Nunca la publicidad ha respetado tanto lo que las mujeres representan, los publicistas miman hoy su imagen. La mujer está cada vez más valorada en nuestro mundo. Por fortuna todo el mundo lo ve y mis palabras son una evidencia incontestable.
Pero, ¡ay!, no puedo decir lo mismo de todas las mujeres. Son esas, esas musulmanas del velo, las que denigran en el mundo el papel y la condición de la mujer, las que llegan a la degradación extrema. Sí, ya sé que dicen que lo llevan porque quieren, pero todos sabemos que están sometidas al varón y a eso, a eso, es a lo que no hay derecho. Jamás podremos permitirlo en nuestra sociedad. No consentiremos tal humillación. Sería lo último. Eso nunca. Sería asentir a la degeneración de nuestra modélica sociedad.

26 septiembre 2010

Tumba de la imaginación

Con los ojos muy abiertos y una expectación ilimitada, silenciosa y rendida, que ni siquiera rompía la incomprensión de muchas de aquellas palabras, escuchábamos las historias bíblicas que nos narraban de pequeños.
Tal vez fueron aquellas historias las primeras marcas que se hicieron en la cera blanda y virgen de unas mentes, hasta entonces, ajenas a lo prodigioso. En la primera enseñanza no había nada que las superase. Eran magníficas y extrañas, y nos transportaban a otro mundo: el del mito, que, por otro lado, era el mundo en el que mejor nos encontrábamos los niños y en el que personalmente me sigo encontrando más a gusto.
Tengo por seguro que aquellas historias eran tan adictivas que, degustadas sin control ni mesura a edad tan tierna, he sido incapaz de rehabilitarme con los años.
La realidad que he ido viviendo, sin desmerecer en bastantes casos a las historias bíblicas más crueles, me ha dejado, sin embargo, peor sabor de boca.
Mi mente, seguramente igual que la de todos, comenzó a imaginar prodigios ajenos a la vida. Sin embargo, adoctrinado tan tempranamente en su existencia, me empeñé en ver arder zarzas inextinguibles que, por su condición, aún arden en alguno de mis recovecos, ajenas a los jarros de agua fría. Terminé, a mi pesar, descubriendo también algunas estatuas de sal, forjadas a fuerza de volver la cabeza a la verdad, pero bellamente diseñadas al gusto de una época tan deliciosamente estilosa como la que vivimos.
Pero, en general, mi mundo mítico se ha ido degradando a la fuerza. Tengo que reconocerlo.
Los canastos flotantes donde navegaban inocentes, con una última pajita de esperanza pegada al ombligo, flotan hoy a la deriva, o son definitivamente sepultados por avenidas o tsunamis. Los cayados y varas, que se convertían en serpientes, han caído en desuso por mor de la protección medioambiental y porque las protectoras de animales no transigen. Los nigromantes, los magos, los oráculos, los profetas y todo el gremio de adivinos sólo pueden trabajar legalmente en la Bolsa aunque regulen, como antes, apariciones, desgracias y tinieblas. Las codornices y el maná del cielo únicamente pueden caer en forma de ayuda humanitaria. Las nubes y estrellas guiadoras se han visto desplazadas por el GPS. Las trompetas y tambores, que otrora derribaban murallas, se hacinan en los campos de fútbol sin ningún miramiento. Los forzudos han quedado para los gimnasios o van de guardaespaldas. Los gigantes trabajan de seguratas en las discotecas o se han ido a la NBA. Los héroes hacen cola en el paro de larga duración. Los carros de fuego los fabrica la Chrysler. Los certerísimos honderos ya no tiran piedras, como mucho juegan al tenis. Para paraíso terrenal vaya usted a Cancún o a la Ribera Maya. Tierras prometidas y pueblos elegidos cada dos por tres tenemos uno nuevo, sufriendo, incomprendido y anhelante, por su estatuto diferenciador. Y, ¿qué decir de aquellas plagas, úlceras, llagas, lepras, epidemias y pandemias?, pues nada, que tampoco, que ya tenemos a la Organización Mundial de la Salud al tanto. ¿Y de aquellas luchas tribales, de aquellos asedios, conjuras, deposiciones, anexiones, exterminios, batallas, guerras y demás conflictos armados entre faraones, reyes, emperadores y caudillos?, pues que ahora se hacen bajo la supervisión de la ONU. ¿Y de las idolatrías, los conflictos entre sumos sacerdotes, arcas y patriarcas, blasfemias, tabernáculos y cleros, altares y moradas, perfumes y óleos, corderos y pan ácimo, torreznos y jamón, ablación, oblación, circuncisión, esclavas, concubinas, esposas, velos, templos, sacrificios, holocaustos, expiaciones, usurpaciones y profanaciones, animales puros e impuros, inmolaciones y sacrificios, ley del talión, caridad, años sabáticos, jubileos, maldiciones, bendiciones, lámparas y candelabros, exploraciones, cóleras e intercesiones, diezmos y tributos, anatemas, cismas y otros asuntos que afectan a la trascendencia?, ¿eh, qué pasa con ello? Pues, muy sencillo, la Alianza de Civilizaciones y hemos terminado.
Esto de dejar al Señor Yavé sin trabajo nos está dejando sin imaginación. Y es una pena.

24 septiembre 2010

Tú sigue así...

Los narradores hacemos lo que nos da la gana, o eso nos creemos. Sin embargo, hay veces que los personajes te siguen dócilmente o, por el contrario, hacen que tú les sigas a ellos en una especie de tiranía gozosa que te arrastra, ayudándote a encontrar ese rincón masoquista y consentidor del que, quien más quien menos, disfrutamos a solas y furtivamente. Y es que los narradores somos muy influenciables y, como los adolescentes, nos dejamos llevar al precipicio por las malas compañías. Puede que el asunto tenga que ver con esa falta de fe en la gracia de Dios que da la fe, cerrando un bonito círculo vicioso, y que algunos queremos compensar con el gozo de percibir, y hasta querer narrar, la gracia de los hombres o su desgracia que, para el caso, viene a ser lo mismo o, a una mala, inventando ambas cosas y escribiéndolas siempre. Y es que eso de hacer lo que te dé la gana, desengañémonos, inexorablemente desemboca en el vicio.

19 septiembre 2010

Bromatología casera

Que no me vengan diciendo que antiguamente no se enseñaba a la infancia a respetar la naturaleza. Se enseñaba, claro que se enseñaba, pero no como ahora que todo es volverse vegetariano, no utilizar pieles, estar contra los toros, la caza, la pesca, la matanza de cetáceos y de focas… y que si el equilibrio ecológico por aquí y el equilibrio ecológico por allá, que antes no sabíamos de su existencia y ahora la ecología no se nos cae de la boca. Que ya tiene uno un lío en la cabeza que no sabe qué comer que no proceda de otro ser viviente. Que se le pone a uno la carne de gallina al pensar la de cadáveres que lleva digeridos.
Y nadie podrá decir de mí que no soy razonable, ni que no veo las cosas en su justo punto. Por ejemplo, yo comprendo que estuvo muy bien que nos quitáramos de aquella tradición, que a decir de los historiadores tuvimos tantos años, de comernos los unos a los otros. Los detractores, que eran gente de cultura, la llamaron antropofagia para que diera más asco. Pues bien, a pesar de ello, costó lo suyo. Porque era la canción de siempre con lo de las tradiciones: tenía sus fanáticos defensores. Y no había manera de que se apearan del burro, pues sostenían que, ya que has matado a un congénere, lo mejor es aprovecharlo, que, si nos dedicásemos a ir matando personas por ahí sin comérnoslas, el matar por matar se iba a convertir en puro vicio. Sin embargo, con mucho esfuerzo, se consiguió erradicar la antropofagia en casi todos los puntos del planeta y, desde entonces, ya no nos comemos los muertos que causamos. Ven qué fácil. El ser humano dio un gran paso, aquello fue un avance. Y fue entonces cuando se puso de moda, y aún sigue, aquella frase que decimos con orgullo: ¡Hombre, estamos entre gente civilizada! La Humanidad ganó muchos puntos y la especie comenzó a tener un pase.
Bueno, pues ahora la hemos tomado con los animales. Que consumirlos es un atraso, que no es sano, que vamos a terminar con la vida. Y yo, que a razonable no me gana ni Descartes, me digo: ¿Y con los vegetales, qué pasa? ¿Es que no son seres vivos? Pues nada, con esos no hay piedad. ¡Coño, que hasta me da pena de ellos!, ¿es que es más digna de respeto una gamba que una espiga de trigo, vale más la vida de un centollo que la de una lechuga? A poco que pensemos, veremos la luz.
Así que llego a la conclusión de que cuando era pequeño me enseñaban cosas más comprensibles, realistas y románticas, verbigracia: que a las cigüeñas había que respetarlas porque traían a los niños, y a las golondrinas porque fueron ellas las que le quitaron las espinas al Crucificado. Y todos lo entendíamos, y teníamos un respeto hacía unos valores evidentes y didácticos. Y nos criábamos en una armonía que daba gusto, con una ausencia total de remordimientos tras zamparnos un bocata de chorizo después de la matanza, unas chuletas de cordero degollado o un estofado de pollo muerto. Esto de la ecología, lo crean o no, está trayendo mucha cizaña y mucho enfrentamiento gratuito. No me extrañaría que algún día la suprimieran por decreto.

08 septiembre 2010

Y yo contigo

¡Y yo contigo!, decías hace años, tan sencillamente obcecada como espontánea y decidida, cuando me disponía a dejarte para salir con aquellos amigos que se resistían a redimirse de la perdida y cercana soltería. Y ellos, exasperados, alérgicos a tu incómoda y singular presencia femenina, exclamaban furiosos: Ya estamos, ¡yo contigo! Pero a mí me encantaba lo inusual de tu gesto, tu voluntad agreste y primitiva. No me importaba, al contrario, me divertía que, en su fuero interno, pensaran que yo era un calzonazos, incapaz de poner a su mujer en su lugar. Pero nuestro lugar, pese a ellos, era, ya entonces, el mismo.
En el cuadrante sereno de tu amor, soy incapaz de dibujar una ecuación del desengaño. Ninguna coordenada pasada, aún si la hubiese, desbancaría la sólida y cálida línea del sereno presente, del mullido pasado apasionado y del futuro y su después, al que, si lo hubiera y aseguran que lo hay todos los credos, quiero ir contigo. Y yo, aunque incrédulo, empero quiero que lo haya y, además, que esté tan lejos, que quede mucho más allá de Dios que, hasta la fecha, es el punto de referencia más lejano, tanto, que algunos aseguran que se ubica mucho más allá de todas las suposiciones y que es blindada su existencia, independiente de cualquier negativa, científica o agnóstica, que justifique el hecho razonadamente o lo ignore con la rotundidad del que no sabe. Dios les oiga y tome nota de la geometría, madre de las medidas infinitas. Una vez allí, te dejaré elegir camino y, cuando lo tengas decidido, y lo inicies, no lo dudes, te cogeré la mano y te diré, colgado una vez más del paraje sereno de tu compañía: ¡Y yo contigo!

04 septiembre 2010

El día a día

Y a medida que uno se hace grande, perdón, quiero decir viejo, va notando como nos rodeamos de leyes, de reglamentos y, en general, de normativas, incluso para lo más fútil e intrascendente. ¿Cómo lograr si no la paz y la armonía entre nosotros? Y, con el tiempo, terminamos identificando esa paz, artificial y laboriosamente conseguida, con la justicia, que, ante la imposibilidad de dar a cada uno lo suyo, nos da a todos lo mismo, sin caérsele la cara de vergüenza. Y la unión de esas dos, más que realidades, percepciones, ya bastante sospechosas en su origen, suele regir nuestra monótona vida. Y nada de eso, bien mirado, hace que el mundo progrese, sino que se mantenga como está, como si hubiéramos llegado a la idea de que así debe ser, que el mundo no va más, que esto es partida de ruleta cerrada. Y, cada día más, las personas hacemos del conformismo un logro, y por tal lo tenemos como dogma de fe, y ya no quiere nadie ir más allá de lo estrictamente seguro, consuetudinario o admitido, porque no es bueno hollar terrenos peligrosos, tácitamente vedados, ni poner toda la carne en el asador. Dios nos libre.
No hay más que un orden, el nuestro; no hay más que, como Dios, una economía: esa vieja y caduca de siempre que tilda de holgazanes y parásitos justamente a quienes la sostienen. Y así, de hecho, queda silenciado y capado cualquier talento innovador que pretenda mear fuera del tiesto. La legalidad es una manta protectora, aislante, cegadora y ensordecedora. La mente humana necesita volar, pero, ¡ay!, es incapaz de hacerlo en un cielo surcado por tan exhaustivas reglamentaciones y conveniencias, y cada vez es menos raro que, si se atreve, algún francotirador no la derribe en el acto. Y, claro, de este modo, pocas personas llegan a ser felices, asfixiadas por el manto cobijador de la seguridad y el orden. Una seguridad tan ficticia como lo son sus bases. Y, a medida que nuestra vida se hace más compleja, aumenta y aumenta sin cesar la normativa. Tal vez, nos lo presenten como ineludible, en aras de conseguir un orden prefijado, y así, sin darnos cuenta, terminamos por perder hasta la noción de libertad.
¿Merecerá la pena? ¿No será la libertad, que creemos tener, una entelequia? Algunos dicen que esto viene de siempre pero, qué quieres que te diga, yo vivo ahora.

31 agosto 2010

Patria, justicia y pan

Vive sereno, hijo mío, y sé templado, que la fortaleza de una persona es la serenidad.
Hoy voy a escribir una nota para pedir un aumento de sueldo a mi patrón. Dirás que por qué no se lo digo de palabra. Pues bien, porque no es lo mismo. Primeramente, uno puede pensar bien lo que escribe, medirlo, e, incluso, corregirlo y hasta, en último término, volverse atrás y no entregarlo; mientras que lo que uno dice, aparte de que se te puedan desmandar las palabras como las ovejas de un rebaño, puede ir teñido de ciertos tonos, de los que uno no es dueño, y traslucir cosas que, así, evidencies sin desearlo y que, en cualquier caso, no puedan evitarse ni admitan, una vez dichas, marcha atrás. Por otro lado, quien lee, tiene tiempo de sopesar lo expuesto y, sin dejarse llevar por las emociones de lo inesperado o por los prontos que a los humanos nos acometen ante lo imprevisto, responder con el ánimo templado y el juicio sereno, evitando la precipitación de la inmediatez. Eso sin mencionar el intrínseco halago, que ya es, el que se dirijan a ellos por escrito.
Así pues, presta atención, hijo mío, y aprende, si quieres, sobre la vida y sus sutilezas:

Estimado Sr. Buther Rollé y Gerencia:
El abajo firmante, contable de su empresa desde hace quince años, con el debido respeto y sin ánimo de causar molestias, roces u otros malestares laborales en la misma, expone a su consideración los siguientes extremos:
Que ha venido desempeñando su trabajo, en esta empresa de su digna gerencia, con entrega y satisfacción durante los años citados. Y, por no haber tenido en ningún momento queja de la dirección, piensa que ésta última está, a su vez, satisfecha con su disposición y desempeño.
Que, desde hace ocho años, viene percibiendo los mismos emolumentos, sin haber querido molestar a la empresa con peticiones al respecto, en atención a la viabilidad de la misma, a su sólida implantación en el mercado y a no mermar su competitividad con otras empresas del ramo.
Que en estos últimos ocho años, como conocerán ustedes de primera mano, la vida ha ido subiendo todos y cada uno de ellos sin que, pese al denodado esfuerzo de productores y empresarios, tal proceso haya podido detenerse y, mucho menos, invertirse.
Que mi situación personal y familiar ha variado, al haberme colmado la Providencia en este periodo con la bendición de dos hijos más. De este modo, y pese a la felicidad personal que conlleva una familia numerosa, me encuentro con cinco hijos, mis ancianos suegros y mi esposa, dependiendo únicamente de mi salario. No pretendo, naturalmente, que esta condición familiar, libremente elegida, tenga, ni mucho menos, que ser asumida por la empresa. Sin embargo, llanamente pongo en su conocimiento este extremo para que mi solicitud, sea o no atendida, no sea considerada en ningún caso como una petición caprichosa, venal, o, mucho menos, viciosa.
Que mi salud, aunque progresivamente deteriorada en los últimos años, no ha sido pretexto que me haya facilitado falta alguna al trabajo. Pero, no obstante, no oculto que ésta necesita últimamente de algunos cuidados que gravan mi ajustada economía. Comprendo, pues es de sentido común, que tampoco son mis enfermedades cosa de su responsabilidad, mas les ruego que ponderen, si lo tienen a bien, el bien que pueden hacer, a la par que atienden una petición que entiendo justificada.
Así pues, teniendo en cuenta lo anterior, someto a su consideración un incremento de mi salario que sea, a su recto entender, acorde, no ya con mi situación personal, sino con el sostenido aumento del coste de la vida en estos últimos años.
Quedando a su disposición, les saluda atentamente.
Firmado.- Francisco Sánchez
Postdata.- En el caso de que mi petición, por las razones que fuere, no fuese viable, continuaré desempeñando mis funciones en la empresa con la misma entrega, dedicación y fidelidad que hasta la fecha.

Esto último, hijo, es lo más importante. Porque, sin estas últimas líneas, te puedes jugar el pan. Pues, cuando conviene, hay algunos que consideran, las peticiones, quejas y, las solicitudes, ultimátums; y lo que pides, por justo que sea o a ti te lo parezca, puede ser utilizado como finiquito contra ti, si no sabes pedir con humildad y mesura. Y conviene que sepas, hijo mío, que, los pobres o los que no andamos sobrados, no podemos pedir de otra manera. Que pedir justicia a secas, sin ser poderoso, es una actitud soberbia, altisonante o, como poco, un dislate, cosa de ilusos.

29 agosto 2010

Sin implicación divina

“Miró Dios a la tierra, y he aquí que estaba corrompida, porque todo mortal había corrompido su camino sobre ella.“ (El Diluvio, Antiguo Testamento)

Ya me olía yo que esto del cambio climático venía de antiguo. Al menos Noé fue avisado de la catástrofe. De no haber sido así ninguno estaríamos tan campantes por aquí, como si tal cosa.
Y, a la vista de aquel primer desastre universal vivido, poco me extrañó que el buen Noé se diera a la bebida y que alguno de sus vástagos, ¡ay, inconsciente juventud!, se cachondeara de él, dando muestras, una vez más, de que los humanos no conocemos piedad, ni comprendemos nada, ni tenemos enmienda.
Sin embargo el Señor, en su bondad infinita o quizás dando muestras de una inteligencia refinada, prometió no volver a castigar a los vivientes tan cruelmente como lo había hecho, que, a ese paso, menuda fama se iba a crear. Y, hoy en día, somos capaces, por esa corrupción de todo llamada codicia, vulgo economía, de buscarnos, nosotros solitos, esos castigos indiscriminados que en otros tiempos, para escarmiento general, propiciaba el Divino Hacedor. No tiene ya que molestarse el Supremo. Nuestra ambiciosa acción sobre la tierra tiene su propio e ineludible toma y daca. Y, puesto que el asunto es ajeno al Todopoderoso, éste ni siquiera avisa, ni pone a buen recaudo a sus leales. Bueno, en el supuesto de que le quede alguno, que, en algún lugar remoto, pueda vivir al pairo de corromper activa o pasivamente esta sufrida tierra, convertida en polígono de pruebas para el inexorable desarrollo sostenible, motor de nuestro irrenunciable bienestar. Si es que no se nos puede dejar solos.

22 agosto 2010

El encanto del viaje

Uno de los encantos de viajar, algunos dicen que el único, es encontrarse con lo que no se espera.
Sin embargo, no es fácil sorprenderse de lo que ya nos anuncian en cada ciudad las guías de turismo y sus bonitos planos con itinerarios marcados, con la historia oficial resumida y, diría, que comercializada al efecto, con los monumentos de siempre, con esas listas monótonas de iglesias, plazas, torres, murallas, fortalezas, etc. más o menos restauradas, ubicadas en la línea del tiempo, y con el chivateo invariable de sus estilos y autorías. Sólo tienes que ir tachando los lugares visitados y, tras cada visita, marcarlos en la lista de deberes: ris ras, una cosa hecha. Otra más al macuto del recuerdo, antesala ilusoria del saco del olvido.
Las oficinas de turismo y las agencias son cada vez más eficientes, hay que reconocerlo. Además ya te informan en ellas del turismo de aventura, del gastronómico, del enológico, del alternativo, del naturista, del ecológico, del cicloturismo, de las vías verdes, del senderismo, del rural, de los hoteles con encanto… y de todas las variantes a las que, técnicamente, el turismo ha ido derivando con pecuniaria sutileza y germánica efectividad. Muchas veces la sobreinformación te deja casi sin esperanza, como anonadado, sin aire.
Y no, no es que me queje de que se conserve la cosa histórico-artística, ni de que se restauren los edificios, ni de que se comercialice patrimonio, tipismo e historia, ni de que se promocionen los mil negocios turísticos, ni de que se dé cumplida información al turista. No, no es eso. Cada cual tiene sus necesidades, y todos la de comer. Digo simplemente mi humilde verdad: me suelo aburrir en esas visitas en las que de mucho se informa pero de poco se aprende. Y, no hablemos ya, de cuando las visitas han de ser guiadas y se une al tedio la disciplina de seguir y escuchar al cicerone.
A uno le termina dando la impresión de que más le hubiera valido no salir de casa y ponerse a estudiar manuales de historia con la misma dedicación.
Pero siempre queda alguna escoria perdida, algo que se les pasó o que juzgan sin interés, un resquicio por el que el viajero se escape y dé con algo inesperado. Por eso sigo siendo tan aficionado a la observación de los detalles pequeños y, sobre todo, a los largos recorridos a pie. Poco consigo, pero, mientras lo hago, alimento mi esperanza de viajero y me siento menos determinado y, a veces, hasta me parece que viajar sigue siendo posible. Claro que, seguro seguro, que en todos los sitios me pierdo lo más importante.

29 junio 2010

Agualobos


En el barranco de Agualobos ya nunca hay nadie. Las matas y la maleza se comen la tierra en brutal apretura; los zarzales, los espinos y las aliagas la atrapan con el ansia persistente de los seres con garras, y, en su afán colonizador de cuanto se abandona, disputan las cuestas a las rocas y trepan insolentes entre las lascas, afiladas y sueltas, de los canchales empinados.
Al río sólo lo delata un gluglú profundo, un rumor de amenaza sorda, musitada entre dientes, bajo lo oscuro de las espadañas y el verde trigueño o el rubio mate de los cañaverales apretados.
Los pies del hombre buscan, con angustia, tierra limpia donde pisar sin miedo. No la encuentran, y pisan brevemente, con inseguridad, rápidos y recelosos de una tierra que no enseña la cara.
Una colonia de pájaros carpinteros urbaniza sin descanso los troncos altos de los chopos viejos. En el silencio, el martilleo de los picapostes produce la ilusión desconcertante y deseada de afanes humanos en la lejanía. Pero es sólo un engaño de la mente, que se obceca en encontrar donde no hay.
Arriba, en la base de los farallones verticales, en excepcionales miradores, blanquea la tierra seca extraída por los zorros para hacer alguna raposera.
En mitad de la pared más alta, más majestuosa, está el abrigo inaccesible con los restos podridos del nido del águila real. Hace algunos lustros un ser anónimo pensó que haría más bonita sobre su chimenea. Desde entonces, la peña aguilera muestra en su faz un ojo muerto, seco como el de un tuerto.
Aquella sucesión de la noria de lata, que vertía agua en la acequia, que llenaba la alberca, que surtía a la casa sin cimientos, asentamiento de la fábrica clandestina de moneda, se desvaneció para siempre en la desasistida cabeza del difunto tío Mona. En lo profundo del barranco, noria, acequia, alberca, casa y ceca, son ya una concatenación tan poco visible como lo fuera, en su día, la brillante sucesión de ideas en aquella mente enajenada. Hasta en este barranco se hicieron quijotadas y, bien pensado, qué mejor lugar para hacerlas.
El molino del Hocino es un cementerio de piedras y palabras, donde crecen los árboles con fuerza lujuriosa y casi con soberbia. Así yacen allí vocablos que ya nadie pronuncia: azud, caz, socaz, caceras, solera, volandera, catalina, linterna, cangilones, rodeznos, álabes… y el río pasa sigiloso sin que nadie retenga su fuerza contenida.
Los buitres planean incansables balanceándose en las térmicas.
Algún día volverá el lobo y le dará de nuevo sentido al nombre del barranco pero, seguramente, faltará gente que lo vea.
Todos tendremos que hacer cosas más importantes.

19 junio 2010

Y Saramago se ha ido con su perro

Alguna vez he viajado a Portugal de la mano de José Saramago. Cuando lo he hecho, no he pasado, desde luego, por grandes ciudades, ni por sitios turísticos, pero he aprendido lugares ignorados y matices en el vértice del olvido. He visto pequeñeces, migajas esparcidas por el tapete de la vida, a las que no hubiera llegado sin su guía. Me he fijado en detalles que, sin su indicación, no habría descubierto. Y aquellos viajes se rellenaron todos de ternura.
Aparte de agradecer su tenaz beligerancia, irreductiblemente sostenida, en tantos campos, y su literatura, lamento que se vaya una persona entrañable y compasiva.
No sé si romperá su muestra sostenida el perro Constante pero, si acaso lo hiciera, estoy seguro de que su amo le perdonará esta última y única flaqueza y le regalará, discreto, serio y moderado, como buen portugués, una caricia tras de las orejas y una palabra en ese tono amable y bondadoso que los perros entienden mejor que las personas. Obrigado.

12 junio 2010

Los parajes siguen

Los parajes siguen. Pero la pregunta ansiosa del abuelo tiene ya, desde hace tiempo, la misma respuesta.
- ¿A quién has visto?
- A nadie.
En los últimos años ellos mismos se la contestaban y, por todo comentario, te decían:
- Y, claro, no habrás visto a nadie.
Y hoy no hay abuelos que pregunten.
Los parajes quedan, sí. Y frente al Palabrero, entre Madrigal, Cinco Villas y Alcolea de las Peñas, que se la reparten como un trozo de tarta cuarteada, queda la Sierra, bueno, la Serrezuela, como siempre llamaron los habituales a aquellos dos tremendos cerros que rozan, en su cumbre, los 1200 metros y comparten los costurones que, en los mapas, dibujan los tres términos.
Entonces fueron terrenos libres, cosa de otros tiempos.
En la Fuente de las Peñas comenzaba la mano, y acababa la cacería con la caída de la tarde. Los corrales de El Hijillo, los del Picacho, los de la Cespedera y la Guindalera, eran puntos de referencia. La perdiz, apenas hostigada, enseguida apeonaba presurosa a lo alto. Desalojada de allí, se arrancaba lejos y nerviosa, surcaba las laderas, deslizándose hacia abajo sobre ellas, sesgándolas con un silbido presuroso de seda.
De la fuente queda el humedal, de los corrales restos, de los pueblos apenas el nombre, de los terrenos libres nada, de aquellos cazadores poco más que el recuerdo. El desarrollo aquí, con ese nombre pretencioso y forzado, significó devastación y abandono.
El viento sopla en la Serrezuela como el aullido fino, constante y quedo de un perro en agonía.
El último, de los que estaban todavía vivos, ha dejado hace poco de recorrer, con su imaginación siquiera, las laderas agrestes, enmarañadas y desiertas de la Serrezuela. Todos, los de entonces, se han ido marchando pero, con éste, ha desaparecido definitivamente la cuadrilla. Casi todos se fueron dos veces, primero de su tierra, luego de la vida. Hace pocos días se ha ido también el Boni que, según mis cuentas, era el que quedaba. En la soledad de estos desiertos una sombra más vaga.
Aquellas tierras de mi tierra no son más que esto: un cementerio de recuerdos, de ecos imaginarios que, desde los tesos, rebotan en la vega y, peñas arriba, cruzan al Palabrero, se detienen, y ya, dejan de oírse para siempre.

07 junio 2010

En un lugar de La Mancha

Por lo que deduje de la conversación, se había enterado todo el pueblo. La Eleni dejó al Pepe. Agarró y, una tarde, se marchó con el Toni. Al cabo de unos días todo el pueblo se hizo bocas.
- Pues ha hecho muy bien, que una mujer es muy libre de hacer lo que quiera.
- Pues ha hecho muy mal porque junto al Pepe no le ha faltao nunca de na.
Después de que la Eleni terminara su correría con el Toni, cada uno a su casa. Bueno, la Eleni, a la de su madre. Luego vino la charleta con las amigas y el contarles como le había ido en la escapada. Y las preguntas de rigor:
- ¿Piensas volver con el Pepe?-dijo una.
- Ay, pues no sé.
- Pa qué vas a volver con el Pepe, pa qué vas a volver con el Pepe- terció otra- a ver: ¿Pa que te meta otra paliza? ¿eh? ¿Pa que te meta otra paliza?
- Ay, qué se yo.
Luego la Eleni les contó lo bien que lo habían pasado el Toni y ella por ahí y que hasta estuvieron en un Parador Nacional y que en la habitación hicieron moverse la cama de pared a pared.
- No os digo más.
Que hasta el Toni le dijo:
- Qué muslos tan fuertes tienes, Eleni.
Claro, es que estaba yo encima, puntualizó la Eleni con una sonrisita de orgullo mal disimulado.
Terminada la descripción, con pelos y señales, de las tórridas noches de la Eleni y satisfechas las preguntas de las amigas, decayó la conversación y desembocó en unos segundos de silencio. Una de las amigas preguntó:
- Y, entonces, Eleni, ¿cuál te gusta más el Toni o el Pepe?
- Ay, chica, es que no sé.
- Pero vamos a ver, Eleni, cuando te quedas sentá en el sofá frente la tele, ¿en quién piensas?
- Ay, yo en mi Pepe- y la Eleni rompió a llorar.
Fue entonces cuando repararon en mí y, una de ellas, entre descarada y curiosa me espetó con una sonrisa:
- Y tú, ¿te la meneas muchas veces?

06 junio 2010

Infidelidad

Recordaba lo alejadas que estuvieron la política y la gente. Era aquélla, la de la política, una esfera aparte, intangible, casi innombrable. Era cosa de un grupo restringido de inquebrantables fieles, alejados y metidos en una esfera blindada. La esfera flotaba allá, en un sitio indefinido, custodiado e inalcanzable, al que, si alguna vez se acercaba algún ajeno, lo hacia casi siempre por obligación y siempre con temor, casi con la precaución sobresaltada, revestida de respeto zalamero o de miedo a secas, que produce un encuentro con la bicha dormida. Algo en lo que no se podía confiar pero sí temer, temerlo siempre. Era la política un poder que entonces filtraba su imagen, siempre monolítica y solemne, por medio de la dócil prensa, del amaestrado sindicato, del azul omnipresente del partido único, de los alcaldes designados, del preceptivo NODO propagandístico, de la televisión monocorde y paternal, de las emisoras del Movimiento y del palio que la Iglesia prestaba para que, bajo él, se balancearan las ostentosa borlas que adornaban un fajín de general, y que, simbólicamente, parecían entronizar en la vida eterna ese modo tan peculiar de la vida española de hacer las cosas por cojones.
Falleció el general y fue inhumado en un lugar acorde con lo que su existencia representó para el país: El Valle de los Caídos. Acabó aquel anacronismo.
Llegó la democracia y, al principio, fue un estallido multicolor que, caída la mordaza del miedo, acabó con un mundo en blanco y negro. Y, aunque ya sea sólo un recuerdo, fue muy bonito para los que vivimos aquel tránsito.
Éramos un país virgen para la democracia y los derechos. España era la novia emocionada que daba el sí quiero y se entregaba en cuerpo y alma a un futuro lleno de ilusión y desmesuradas esperanzas. Luego, inevitablemente, fueron viniendo los roces, los disgustos, los desengaños, las contradicciones, los dobles juegos, las conveniencias, las desconfianzas, los escamoteos, las mentiras, las sisas, los resabios, las incongruencias, las traiciones… pero también, pese a todo, llegó la prosperidad. Y la gente vivió con la política un maridaje próspero de esos en que, la abundancia, el dinero y los intereses, terminan por taparlo todo y hace que los sapos a tragar sean aceptables y prime, sobre todas las cosas, la dulce y cómoda conveniencia.
No sé si hoy política y gente vuelven a habitar mundos distintos. Ese cónyuge, infiel por naturaleza, que se llama política, tiene una nueva amante. Y esta vez no parece una aventura pasajera, ni un zafio calentón, ni una relación, como dicen los cursis. Con vocación por seducir a la gran dama de la economía, la política ha calculado mal y parece que, contra natura, se ha puesto a su servicio. La gente esperaba lo contrario. La economía al servicio de la política era lo que decía el contrato democrático. Pero parece que se quieren cambiar sobre la marcha las claves de la democracia que, por otro lado, eran las de la lógica. No sabemos a dónde nos pueden llevar tales envites.
Tras unos bellos años de olvido, parece que la grasienta mancha del miedo, dada por desaparecida, ha vuelto a aparecer y a extenderse, derivando, del miedo personal de cuando entonces, a un miedo colectivo, a ese otro miedo menos tangible, pero más general, que no procede de ninguna amenaza personal ni cercana, sino de otro lugar. De un lugar nuevo que nos obstinamos en hacer irreal y remoto e incluso queremos ignorar. El viejo centinela del sentido común nos dice que nos están engañando, que esto no es ya ni la apariencia de lo que era. Pero no lo creemos, serán habladurías, la política no puede traicionarnos hasta ese punto.
Y no queremos oír a ese tozudo consejero y nos decimos justificándonos: pero si nosotros no podemos hacer nada, si nada depende de nosotros. Entonces, ¿es esto democracia? En nuestro comentario hacemos, sin pretenderlo, un buen resumen de la situación.
Sí que podemos, y tendremos que hacerlo cuando dejemos de estar anestesiados por esa imbecilidad transitoria, espero, que dan tantos años de un bienestar que presumíamos eterno.

24 mayo 2010

Ángeles custodios de plantilla

Nunca olvidaré Devota, mi patria verdadera. Y siempre sufriré con sus padecimientos porque para eso soy su amante y fiel hijo.
Mi querida patria, como todo lugar codiciado y generoso, no sólo fue asolada y arrasada numerosas veces por tantos pueblos antiguos y de renombre como ha habido, sino que, además, ha sido siempre ansiada por los mismísimos demonios, de ambición inagotable para el mal.
Así, mi ciudad, ha vivido siempre encomendada al Santo Ángel de la Guardia y también al arcángel Miguel que, dicho sea de paso, tienen fama de ser tan bellos como el propio Luzbel, mejores galanes, y aún de muslos más turgentes y, sobre todo, mejor vestidos y más aseados.
Pero no hay que cegarse, y, si nos atenemos a los hechos, la belleza de los del glorioso gremio del Paraíso no ha hecho nunca honor a su efectividad, siendo, y me duele reconocerlo, mucho menos diligentes para el bien que los luzbelinos para el mal.
Así el guapo ángel y el macizo arcángel, siempre más dados a entretenerse con el vuelo de una mosca, a la contemplación y, permítanme que lo diga sin ambages, a hacer el vago, siempre han llevado las de perder y con ellos todos nosotros, los de Devota, claro. Que, lo de ir por ahí azuzando al mundo a la virtud, pues que lo llevan muy mal, sin ningún interés, que se nota a la legua que en La Gloria todo son facilidades: que si viven muy bien, que los puestos son a dedo, que son todos fijos, que no se mira la productividad, que de competitividad cero, vamos, que al jefe le han tomado el pan debajo del brazo y que no están a lo que están, ni ponen interés. Y es que donde no hay castigo no hay enmienda y con jefes así no se va a ninguna parte. ¡Qué irresponsable, santo cielo!
Igualito que Luzbel, menudo lobo, que es que no conoce horarios, ni findes, ni puentes, ni vacaciones y nos incita al mal en condiciones, pero tentándonos a base de bien, metiéndoselo a la gente por los ojos, y nos vende todos los pecados sin descanso y, a veces, ¡menudas ofertas! Que no es que yo lo diga, que es que lo estamos viendo.
Que miren ustedes, que no hay comparación en el asunto de la efectividad. Yo, no puedo afirmarlo, pero creo que los de La Gloria están todos subvencionados. Vamos que yo les metía una reducción de plantilla que se les iba a caer la pluma remera a la mayoría. En cambio, los trabajadores del mundo de la condenación, esos están a lo que están, trabajan todos los pecados a conciencia y sin descanso y, sobre todo, haciendo hincapié en las cosas de la lujuria, que son su especialidad. Y, por lo que dicen, se dan una maña sin parangón. Se conoce que por la mucha práctica.
Así que, luego, el santo ángel y el arcángel no paran de hacerse bocas con las hazañas que Luzbel consigue tentando a la gente por los bajos. Cosa que, por otro lado, siempre ha sido menos peligrosa, aunque ha dado mucho más juego, que hablar de estafas, de fraudes y de otras maquinaciones en el mundo de los dineros y ya, no digamos, de los crímenes sangrientos, guerras y demás barbaridades. Faltaría más.
Ahora se quejan de que las cosas para los buenos vienen mal dadas. Pues habed espabilado. No habed dejado que os comieran el terreno. Que con ser bueno no se arregla nada, que a Dios hay que ayudarle, se ha dicho siempre. Mirad como los luzbelinos ayudan a Satanás. Anda, que tendrá quejas.
Contentos me tenéis los angelitos custodios: ¡Cojonazos! Que os pasáis la vida con el bolo colgando y haciendo posturitas. ¿Qué os pensábais? ¿Qué eso de la felicidad eterna era dedicarse a verlas venir? ¡Capullos!

19 mayo 2010

Iniciación a la educación sexual

Mucho antes de que hubiera películas porno al alcance de cualquiera gracias a Internet, cordón umbilical que nos mantiene unidos con el mundo, y, antes aún, de que comenzaran los reality shows y los grandes hermanos gracias a las plurales cadenas televisivas que son escuela de democracia y ética, y, aún antes, de que la doctora Ochoa y otros eminentes sexólogos iluminaran con su ciencia nuestras partes pudendas, e incluso antes de que se conociera lo que los viejos conocimos como el destape, mucho antes, ocurrieron estos hechos. En suma, podría decirse que ocurrieron, cuando los abuelos, al tomar un café en el bar o en las pocas tabernas que tenían cafetera, y, por la cosa de matarle el bravío a tan fiero brebaje, le decían al camarero que les echase en él una peseta de coñá, entonces, sí señor, entonces fue cuando el Francia, que había estado en la misma de emigrante y sabía del asunto un güevo, encontró trabajo en el sanatorio.
El sanatorio, decía el Francia, era un chollo con lazo. Tuberculosos y tísicas estaban separados. Mujeres y hombres, cada cual en su pabellón, para que no hubiera sexo de género.
El sanatorio, aseguraba el Francia, era una bicoca en bandeja. Como los enfermos estaban aislados, pues sabían agradecerte cualquier recado o cosa que hicieras por ellos.
El sanatorio, le brillaban al decirlo los ojos al Francia, a partir de las ocho de la tarde, que se iban los médicos y sólo quedaban los enfermos y los cuidadores y, si acaso el médico de guardia, era el paraíso terrenal sin la bicha.
Llegado el momento, el ex emigrante, bajaba la voz y la ponía ronca y entonces, los cuatro amiguetes, que le escuchaban abstraídos, sabían que había llegado el momento del relato erótico, sexual, porno y salvaje del día. Era el porno hablado de la era tabernaria. E indefectiblemente, cuando el Francia acababa su salaz relato, añadía, para confirmar la veracidad del mismo, estas sabias palabras: “Mirad, las tísicas, es lo que tienen, cuando más jóvenes más cachondas están, porque como, por la cosa de la enfermedad, tienen una fiebre que no llega a ser alta pero que no se les quita pues, la que pasa, que están con el tempero de continuo y en un estado, que lo mismo es ponerles la mano encima, que te se entregan pero ya, con ansia.”
Y, claro, él, por las noches, siempre se pedía el pabellón de las mujeres y, si no con una, con otra; ésta quiero, ésta no quiero; noche sí, noche también. Que aquello era un sin parar.
- ¿Y no te da miedo que te contagien?
- Quiá, si les pongo un talego, que llevo en el bolsillo, en la cabeza.
- Y no se extrañan de que siempre quieras ir al pabellón de las mujeres.
- Quiá, si las noches no quiere hacerlas nadie. Al primero que se lo digo me lo cambia por el turno de día.
- Pero tendrás sueño por el día y los tiempos cambiados.
- Sí, pero jodo más que una mota en un ojo. Y, encima, me pagan cada semana. Eso, sin mencionar, que algunas me quieren como a un hijo. Y en mitad de un pinar, con un clima tan sano. Hacedme caso, trabajos como éste no los pilláis ni en Francia. Ni por pienso.

15 mayo 2010

San Isidro Labrador

Hay veces en que la tristeza es algo más, es desesperanza y desamparo. Es concluir en que el origen de las cosas es oscuro, los asuntos opacos, que ignoramos la causa de todo, por más que la intuyamos, que cualquier decisión nos trasciende, que nos movemos todos dando palos de ciego en un mundo que, en los últimos tiempos, se ha hecho aún más tenebroso de lo que era.
Da la impresión de que estamos asistiendo, sin querer creerlo, al fallo generalizado de un sistema económico que, sin razón de peso, nos hicieron creer que iba del brazo de la democracia, soldado a las libertades. Sí, a las libertades. Porque las libertades no son nunca la libertad, sino la administración en grajeas de ésta por quien proceda.
Y parece que por encima de los estados, de las naciones, de las sociedades, este gigante amorfo, ciego y bulímico, que es la economía del mundo, se corroe en un cáncer que se lo come desde dentro y que, sin enemigos declarados, se devora locamente a sí mismo sin que exista autoridad ni inteligencia capaz de controlarlo.
Si esto fuera así, y yo lo creo, todos los sacrificios que hagamos irán al sumidero, el mismo camino seguirán las quejas y protestas, y, del mismo modo, serán vanas las decisiones de quienes nos gobiernan, de quienes nos desgobiernan y de todo el coro de ilustres personajes que aún quieren remediar, peleando entre ellos, el cuerpo descompuesto y exánime del monstruo y parchearle los boquetes por los que su gula desaforada le ha hecho reventar. Los parcheos aguantarán muy poco y, enseguida, estaremos en otra.
Así que hoy, quince de mayo, quiero, con la inocencia propia de los niños, encomendarme a San Isidro Labrador, santo confiado por excelencia, a quienes los ángeles hacían la faena; y quiero pensar que las tierras del santo, que son también las nuestras, recuperarán su valor y su hermosura cuando se derribe todo lo ficticio que se hizo sobre ellas. Eso sí, desconfío mucho de que, esta vez, los ángeles vengan a echarnos una mano. Contentos les tenemos.

23 abril 2010

Noche sangrienta

Un verano de mediados de los 70. Un verano monótono, como monótonas eran las otras estaciones del año en el lugar. A las diez acabó el tiempo entre dos luces y llegó la noche.
Aparcó el coche en la curva de la carretera principal frente al fielato, junto a las casas de los juzgados, la alameda y las otras calles que subían hacia el centro.
Cerró la portezuela y echó la llave mecánicamente. Miró hacia la alameda por rutina, luego al fielato e, inmediatamente, alertado por algo, volvió a mirar a la arboleda. Era una mujer de unos cuarenta, más menuda que grande, morena y bien formada, con el pelo corto, que no hubiese llamado la atención a la débil luz artificial del parque. Sin embargo, casi tuvo que frotarse los ojos: la mujer iba descalza y desnuda y, extrañamente, sólo llevaba puesto un sujetador. Destacaban en ella algunas manchas extrañas y oscuras en el vientre que, con la luz reinante, eran confusas y sólo el vello púbico mostraba un triángulo neto y evidente. Sorprendido, la siguió con la mirada. La mujer, con pasos menudos, casi saltitos apresurados, le dio la espalda. Se fijó en el muelleo de sus nalgas y la vio entrar en uno de los bares de la curva, el bar Sánchez.
Cuando la mujer se acercó a la barra y llamó la atención al camarero, toda la concurrencia se quedó en silencio, como si se tratara de un atraco. El camarero, al volverse por encima de la barra, sólo le vio la cabeza y los hombros con los tirantes del sujetador. Le preguntó, suponiéndola una veraneante, qué deseaba:
- ¿Puede decirme dónde queda la estación? –dijo ella atropellando las sílabas y con un relax que, si no lo era, parecía etílico.
El camarero le indicó y, cuando la mujer se giró y salió a la calle, todo el bar salió en tropel tras de ella, incluyendo al camarero, que lo hizo saltando la barra con agilidad y, a la vez que lo hacía, le gritaba al jefe:
- ¡Teodoro, una tía en pelotas!
Al jaleo, salieron los clientes de los bares vecinos, los del Maioma, los del Pecas, y hasta los de El Motor y los del Sales atraídos por la bulla y el repentino tumulto. La mujer, asustada tal vez, pues no parecía cohibida, se dirigió de nuevo a la alameda para ampararse entre la vegetación y las sombras protectoras. Cundieron los comentarios:
- ¿Pero, quién es esa mujer?
- Pero si iba desnuda.
- Y ensangrentada.
- Vaya clarividentes, si lo hemos visto todos.
- Pues no se le veía herida alguna.
- Pues sangre sí tenía.
- ¿No la conoce nadie?
- ¿Cómo no la han cubierto?
- ¡Vaya usted a saber si no lo han intentado!
- ¿Dónde se ha metido?
- ¿De dónde ha salido?
- Seguro que no está bien de la cabeza.
- Estará drogada.
- O borracha.
- O las dos cosas.
Salió un hombre corpulento del bar Sánchez. Era uno de los camareros veteranos que no atendía la barra. El colosal Melquia, con su chaquetilla blanca impoluta, sus pantalones negros y su carota colorada y mofletuda, atendía el comedor. Dando grandes voces, interpelaba a los compañeros de la barra, a los conocidos y al mundo, con justa indignación:
- ¡Qué vergüenza! ¡Aquí no hay compañerismo ni hay nada! ¡Una vez en la vida que aparece en el pueblo una tía en pelotas y ninguno habéis tenido la decencia de avisarme! ¡Desgraciaos! ¡Una vez en la vida! ¡Vaya compañeros! ¿Qué tal felpudo tenía? ¡Por favor, que alguien me dé detalles! ¡No me tengáis en estas ascuas! ¡Hatajo de cabrones!
Los comentarios, la curiosidad y el jolgorio general se vieron interrumpidos a los pocos minutos por la irrupción de un Land-Rover de la Guardia Civil con la sirena funcionando. Tras una frenada brusca y el simultáneo ruido de puertas, salieron con urgencia un sargento y tres números. Uno de ellos llevaba una capa de guardia, un capote verde, de esos grandes de los que usaban los rurales.
- ¿Dónde anda esa mujer? –dijo el sargento Terry.
- Por la alameda se ha metido, por allí, por allí…-dijo el coro de los parroquianos.
A una discreta distancia, el grupo de curiosos seguía la acción de la Benemérita. Enseguida la mujer se sintió descubierta y salió de entre las sombras y los guardias hicieron por ella, aunque sin éxito. La mujer les esquivaba sin dificultad con sus regates, y, el de la capa, la extendió como si estuviera en una capea, pero la mujer, como una vaquilla en un encierro, pero al revés, burlaba a la cuadrilla con soltura y se internaba más y más en los jardines seguida por los números y por el sargento de la Benemérita, cuerpo que tiene la perseverancia por blasón.
- ¡Alto a la Guardia Civil! –gritó el sargento Terry, algo sofocado.
- ¡Coño, pues está ágil la tía! ¡Qué no la pillan!
- Pues entonces no estará muy pedo.
- Mira, mira, ¡qué se les escapa otra vez!
- ¡Hay que joderse, qué poco entrenamiento tienen estos guardias!
- Y menos fondo, diría yo.
- Fondo ninguno.
- Sí, y hay que ver para lo que han quedado. Que antes un: ¡Alto a la Guardia Civil!, imponía oye, que era un alto a la Guardia Civil.
- Mira, mira, ¡al del capote se le ha colao por debajo!
- Pues el sargento ya se está cabreando…
- Igual le mete un tiro.
- ¡Hala, no jodas!
Los guardias, tras unas cuantas carreras y otros pocos quiebros, festivamente celebrados por la concurrencia, la redujeron finalmente, la envolvieron en el capote y se la subieron al cuartel, muy serios y circunspectos, en el coche de la lucecita destellante.
Al rato algunos ciudadanos fueron requeridos telefónicamente por la autoridad, o sea, por los guardias, para que se presentasen inmediatamente en el cuartel sin excusa ni pretexto. Como quiera que éste se ubicaba en una carreterilla a las afueras del pueblo, y ya era noche cerrada, los convocados solicitaron los servicios del taxista Serantes, único del pueblo que en ese día y hora se encontraba en su puesto. Con él, los encartados: Félix el Periquillo, Román el Colorín y los dos hermanos Mena, se dirigieron, sin muchas ganas, hacia el cuartelillo
Una hora después el taxista bajó del cuartel. El Serantes informó a la gente reunida, en la calle y en los bares de la curva, sobre los últimos acontecimientos:
- Al parecer, la interfecta, dijo el Serantes con mucha propiedad y aplomo, viajaba hoy en el TALGO Madrid-Barcelona que, a las tres de la tarde, se detiene durante cinco minutos en la estación para recoger o dejar algún viajero. La mujer decidió aprovechar para tomarse un café en la cantina. En la misma, se encontró con los Mena, el Félix y el Román, que le invitaron y le dieron conversación con tal amenidad y simpatía, que la señora perdió el tren. Entonces, al ver a la mujer disgustada pues, ya sabéis como somos los de aquí de caballerosos y solícitos, le dijeron que podría coger el TALGO del día siguiente y, en parte para consolarla, en parte para hacerle más llevadera y distraída la tarde, se la llevaron con ellos de vinos.
- ¿Desde que tomaron café estuvieron de vinos?
- Bueno, creo que primeramente acompañaron el café con alguna copa para no empezar de vinos tan temprano, que es de viciosos y desordenados empezar antes de tiempo, y, de ese modo, alargaron la tertulia en la cantina de la estación hasta la hora habitual de alternar y, claro, por cortesía con la forastera, durante la tarde llevaron a ésta con ellos, la convidaron y la agasajaron. No faltaba más.
- Sí, ¿pero entonces la desnudaron ellos? ¿Cómo se les ocurrió hacerle esa faena a la mujer? ¿Quién la apuñaló? ¿O es que la sangre no era de ella? ¿No habrá cometido esa tía algún asesinato?
- No, dijo el Serantes con solvencia. Ellos no hirieron a la señora. Por lo que han declarado ante el capitán, ellos, llegada la hora de irse a cenar a su casa y velando siempre por esta mujer, pensaron que, siendo todos personas casadas, serias y cabales, no estaría bien, ni seguramente hubiera estado bien visto por sus señoras e hijos, el presentarse en casa con una desconocida. Así que, antes de marcharse, pensaron que quizás el Guti, que es soltero, no tendría inconveniente en llevarse a la mujer a dormir a su casa.
- ¿Aceptó el Guti?
- Bueno, ya sabéis que el Guti es escayolista y, como pasa todo el día trabajando por ahí, pues suele dejar lo que compra para comer o cenar en el Sales y, a la que va por la noche a su casa, lo recoge. Pues bien, según bajaba el Guti a recoger su paquete de comida del bar Sales, le ofrecieron los de la cuadrilla el llevarse a la mujer consigo y el Guti aceptó encantado.
- Entonces, ¿ha sido el Guti el que la ha desnudado y el causante de toda esa sangría?
- Pues no sabemos, porque me han encargado que le avise para que se presente en el cuartel enseguida.
- ¿Y le podrá pasar algo al Guti?
- No creo. Bueno, a menos que la mujer sea una disminuida y el Guti haya abusado de ella. Claro que, pensándolo bien, creo que ni siquiera en ese caso, porque el Guti, como todos sabemos, es otro mermado.
- ¿Cómo mermado? Lo que está es gilipollas perdido.
- Eso quería yo decir.
- Pues eso le va a salvar.
- ¡Hay que joderse, Serantes, lo listo que eres!
Como no daban con el Guti hubo de bajar de nuevo el sargento Terry con sus guardias, entrar en su casa, abriendo la puerta de un solemne patadón, espabilarle, y subirle al cuartel, mientras el Serantes se presentaba a interesarse por sus clientes por si tenía que bajarles. Lo que luego contó el Serantes, como el portavoz oficial en que se había erigido, fue lo siguiente.
El capitán Tafilete le preguntó al Guti:
- ¿Es usted Nemesio Gutiérrez Rincón?
- ¡Papo, pues claro! Si el sargento Terry me conoce. Menudos copazos de Terry nos arreamos de vez en cuando. ¿Eh, sargento?
- Conteste usted sí o no.
- Bueno, bueno. No se ponga usté así.
- ¿Ha conocido usted carnalmente a esta señora?
- Yo qué hostias la voy a conocer, si no la había visto nunca. No la conocía de na. Pero de na. No la había visto en mi puta vida. Se lo juro.
El sargento Terry miró al capitán y, con la mirada, le pidió la venia. Obtenida, por el mismo procedimiento tácito, tomó la palabra:
- ¿Qué si te la has tirao, Guti? ¿Qué si te la has tirao? ¿Te enteras, joder?
- Eso sí, mi sargento, un par de veces.
- Huy, ti ti ti ti ti ti, ¡que más quisieras! –dijo la presunta copuladora.
- Usted cállese, señora. Y deje que declare el inculpado.
- ¿Con qué arma ha agredido usted a esta mujer provocándole esa sangría?
- Con un hígado de cerdo.
- A la próxima gilipollez que digas te suelto una hostia que te reviento los ojos.
Viendo que la cosa se estaba poniendo muy climatérica, Félix el Periquillo pidió permiso para hablar. El capitán le dio la palabra:
- No se tome a mal lo que el Guti dice, porque seguramente está diciendo la verdad.
- ¿Cómo que la verdad? Explíquese.
- Pues verá usted, cuando dejamos a esta señora con el Guti, camino de su casa, él acababa de recoger unos filetes de hígado de cerdo del bar Sales, donde le suelen guardar lo que compra para que a la noche, de vuelta a casa, lo recoja.
- Siga usted.
- El Guti, para tener las dos manos libres y así mejor acompañar a la señora y evitar que ésta abocicara, se metió el paquete del hígado en un bolsillo. Y presumo yo, y todo esto no son más que conjeturas, que el Guti y esta señora se restregaron un poco antes de llegar a su casa, dada la inestabilidad que presentaba ella y el buen ánimo del Guti, y que, una vez allí, tal vez continuarían la función y el inculpado, entusiasmado por la ocasión, la fue desnudando sin reparar que su hígado, perdón el del cerdo, con los achuchones, se estaba macerando en sangre, manchándola del modo escandaloso que la señora muestra.
- ¿Y cómo explica usted que apareciera de esta guisa en la curva del fielato?
- Pues porque la señora iba un poco contenta por las invitaciones de aquí, mis compañeros y las mías, y, es un suponer, cuando se vio con el Guti y en casa de éste que, que Dios me perdone, es como la mansión de Drácula y, encima, perdida de sangre, recuperó la conciencia parcialmente, le dio miedo y decidió escapar de allí tal como estaba. Otra explicación no se me ocurre. Pero, en cualquier caso, que lo diga ella.
El capitán inquisitivamente miró a la mujer y ella dijo:
- No tengo los recuerdos muy mítidos pero lo que ha dicho aquí, el señor Periquillo, me parece de lo más proclive. Menudo susto me di cuando me vi donde me vi. Así que, en cuanto me despejé un poco, salí de allí sin reparar como estaba.
- Sí, sí… pero yo la eché dos polvos.
- Huy, ti ti ti ti ti ti… -repuchó ella – pero si no se le …
- ¡A callar los dos! Que no sé cual tiene menos conocimiento.
La cosa finalmente quedó en nada. La mujer se fue al otro día en el TALGO y el Guti a la mañana siguiente, bien peinado a raya, con su mejor pantalón y la camisa más limpia que tenía, una azul turquesa, se fue a la droguería del Pavesa:
- ¿Qué quieres, Guti?
- Tío, dame un frasco grande de Varón Dandy, que estoy en racha.

18 abril 2010

Pruebas de archivo

Me he puesto a organizar mi archivo. Me llevará tiempo.
Aparece lo perdido hasta en lo que creemos ordenado. Y te saltan algunos escritos a la cara como un gato encerrado, recordándote la rabiosa ilusión que tuviste un día por las cosas. Me ha sorprendido el trabajo de años que empleé en asuntos que se hicieron humo pero que, según lo que escribí cuando era obscenamente sincero, levantaban en mí pasión y atrevimiento. He llegado a dudar de que fuera yo quien reuniera el empuje para todo aquello. Seguramente, entonces, era yo otra persona. Tal vez un antiguo conocido que ignoraba lo limitado de sus fuerzas. Y no me ha parecido mala esta conclusión. Por fuerza tiene que ser cierta pues, de otro modo, sólo me queda pensar que debía ser muy tonto, dolorosamente tonto.
Hoy, maduro, con la esperanza relativizada, anestesiada o perdida, me pregunto si no era mejor persona antes, cuando me entregaba sin cálculo, meditación ni medida, y no ahora, que sólo soy un viejo resabiado y escéptico que para poco más que para meditar sobre las cosas sirve.

25 marzo 2010

Aventura en la gran superficie

En cuanto entró se dio cuenta. Ella, vestida sobria y discretamente, le había mirado con fijeza y sólo retiró su mirada cuando el encuentro con la suya pasó de casual a pertinaz. A lo largo de su recorrido por la gran superficie no dejó de percibir su mirada furtiva, ansiosa, aquí y allá, entre pasillos, estanterías, secciones, clientes que se movían distraída y perezosamente, y azacanado personal de plantilla que reponía género, o cambiaba cosas de sitio, o reorganizaba estanterías. Y, cuando menos lo esperaba, de nuevo aparecía su figura y, sobre todo, aquella mirada. No, no podía tratarse simplemente de miradas casuales y sin propósito. Muy tonto había de ser para no comprender que se trataba de otra cosa muy distinta. Sonrió complacido. Fue una sonrisa para sí, casi interna. Bueno, en general, no le había ido mal con las mujeres, pero nunca se le había dado un caso como aquél últimamente. Su ego de pretendido seductor talludo se le empezó a esponjar dentro del cuerpo, haciéndole ensanchar el costillar y meter tripa. Se sentía seguro de sí mismo, atractivo, atlético y cómodo, sobre todo, con aquella holgada ropa deportiva. Sí, era más propia de un joven, pero nadie podía negar lo bien que le caía. Había que reconocer que tenía unos años pero, consideró, que, por fortuna, muy bien llevados. No estaba muy pasado de peso y aún conservaba algo de pelo, bueno, bastante más que sus amigos, a los que ya hacía algunos años que había comenzado a mirar como a viejos. A él la Naturaleza le había tratado con más condescendencia, reconocerlo era de justicia. Y no es que lo dijera él, sino que todo el mundo lo notaba. Sus conocidos de toda la vida no hacían más que recordarle lo bien que estaba. En ese aspecto se consideraba afortunado. Pero pensó que, a ésta, debía de haberle tocado un punto muy sensible con aquella mirada intensa de la entrada, porque nunca una mujer había hecho tanto por insinuársele como aquella pelirroja omnipresente.
Fue en el área de los licores, donde se dio cuenta de que prácticamente la tenía encima, como si ella esperase una reacción de su parte, unas palabras o, tal vez, le estuviera dando pie para que concertasen una cita.
Se volvió de improviso hacia ella y le dijo con una sonrisa desenvuelta y, por supuesto, más que amable:
-Por favor, ¿sabes si podría conseguir alguna caja de cartón para llevarme unas botellas? –la tuteó confianzudamente, con solvencia, nivelando la diferencia de edad.
Ella, le miró tranquila y contestó devolviendo la sonrisa:
-Si quieres acompañarme. Tenemos siempre algunas dentro, en la sección de almacén.
Aquello funcionaba. Él la siguió tranquilo, pensando que en la zona de almacén, fuera de la vista de la gente, alguna cosa le diría a aquella belleza jara, si es que ella no se la decía a él antes. La seguía un par de pasos detrás, sin poder retirar la mirada de sus caderas, sus nalgas y sus piernas. Ella sacó un pequeño walkie talkie y sólo dijo, fríamente:
-Marro para un 45.
Se dijo que seguramente, en clave, justificaba la ausencia que pensaba dedicarle en el almacén, a él, a él en exclusiva. No le cabía duda, estaba entregada o él ya no entendía de mujeres. Y se relamía por dentro ante las hechuras de la dama, a la que imaginaba sin aquella seria ropa. Bueno, a decir verdad, la imaginaba sin ninguna.
Apenas entraron en la zona restringida, dos guardias de seguridad, que aparecieron por detrás, le cogieron uno de cada brazo, casi en volandas, le metieron en una habitación vacía y en un santiamén le dejaron en ropa interior. Tras cachearlo en menos que se presigna un cura loco, uno de ellos inmediatamente salió fuera:
-Estaba limpio. Pese a las ropas amplias, no llevaba nada.
La hermosa pelirroja volvió a su trabajo y dejó que los guardias le hicieran los cargos, a costa de la sagrada seguridad, a aquel abuelo presumido y seductor. Él, sobrecogido, estornudó dos veces mientras se subía los pantalones.

24 marzo 2010

Último golpe para la Mamá Grande

Sé de antemano que el objetivo de esta carta es un imposible. Pero me gustaría consolarte por la pérdida de tu hija como si yo tuviera alguna posibilidad de hacerlo. Como si fueras una niña desvalida y yo pudiera acogerte, abrazarte y decirte que la vida no conoce orden, ni razonamientos, ni desvelos, y que tampoco nos es agradecida, ni justa, ni nos guarda ninguna deferencia. Ya ves qué cosas digo, como si tú no lo supieras.
Bien me gustaría ser un almohadón que aislara tu dolor, pero sé que eso también es imposible. No sé qué podría hacer para paliar tu pena pero, no te quepa duda, si lo supiera, lo haría sin dudarlo. Ojalá fuera más inteligente y pudiera encontrar alguna combinación de palabras que te sirviera de consuelo. Ojalá fuera mejor persona y pudiera igualar la bondad que tú has tenido para las desgracias ajenas.
No obstante, como la última madre que me queda, no me resigno a que pases este trago tan amargo. No, sin que medien estas cuatro letras para intentar calmar tu desdicha. Para los dolores que no pueden mitigarse queda el intento de, al menos, consolar. Más allá no llegamos las personas. No quiero quedar sin intentarlo y que sepas que me solidarizo, si hay modo de hacerlo, con tu pena.
Sé que no te quedan lágrimas. No pueden quedarte muchas, porque, a tus noventa, las has gastado con todos sin tasa. Pero, si de lágrimas se trata, no lo dudes, se han vertido bastantes. Y, si tú no puedes llorar, ya lo hemos hecho los demás por ti.
Todos sabemos quien has sido siempre. En pocas familias hay una Mamá Grande y, en esta nuestra, ese apelativo sólo te corresponde a ti. Así lo avala tu vida entera, tu acogimiento, tu comprensión y ese cariño sin medida que has sabido regalar siempre. Y te aseguro que tu hija se ha ido bañada en él, empapada en tu amor y complacida de tu fiel compañía. Tuvo la madre de sus primeros y de sus últimos días. Para tu desgracia sí, pero para suerte de ella, que pocos mueren acogidos al amor de quien también les dio la vida. Me temo, sin embargo, que has decidido, interna e inapelablemente, que ésta sea tu última desgracia.

23 marzo 2010

En el campo

(En la foto se ve una liebre encamada)
La caza no era para él un acto social en el que disfrutase teniendo compañeros. Todo lo contrario. Jamás disfrutó en una mano, por bien organizada que estuviese, como yendo solo. Sí, de acuerdo, las manos eran efectivas. Se levantaba caza, si la había. Pero no dejaban de ser, y cada vez más, actos con un protocolo, y tenían unas normas de comportamiento que debían respetarse. Prefería la soledad.
Asociaba la caza con la soledad. Era para él un ejercicio individual y solitario en el que se concentraba tanto como un escritor al escribir una novela o un artículo.
Para cazar así era necesario conocer bien el terreno. Saber las querencias de los animales. Tener calma y, sobre todo, paciencia. Sabía que a su lado, cazando de este modo, solía estar el factor sorpresa que, en la caza, era algo muy a tener en cuenta. Así que, antes de salir, ya solía tener trazado en su cabeza un plan a seguir y un camino a recorrer. Y, sin embargo, otra de las ventajas de cazar solo era que podía alterar cualquier plan sobre la marcha y acoplar su estrategia a lo que en el campo fuera viendo.
Desde chico le había gustado la vida al aire libre, los paseos interminables, la observación de los animales.
Mientras sus amigos de la pubertad empleaban su tiempo en aquellos galanteos, infructuosos casi siempre pero propios de la edad, él se iba al campo cuantas veces podía y no llegaba a comprender cómo un lugar tan bello estaba siempre tan vacío, cuando no abandonado.
Sabía, por experiencia propia, lo que se tardaba en aprender a ver en el campo. De niño consideraba prodigioso que de los rastrojos surgieran codornices, que no veía, tras la muestra inquietante y repentina, no menos sorprendente, del perro. Le sucedía igual con la liebre encamada, emergiendo, en su imaginación, directamente de la tierra. El arranque cercano e inesperado de la perdiz con su sonido abrupto, vibrante y metálico le ponía el corazón en la garganta. A veces, mientras caminaba, le parecía que los animales eran generados a su paso instantánea y directamente por la tierra. Esta fascinación salvaje aún le mantenía vinculado a su infancia y juventud campera.
Conocer bien los parajes era fundamental para ejercer aquel sistema suyo de cazador solitario. Todo el año, casi a diario, iba al campo. Un día, calculando, se hizo cuenta de que por cada hora cazando habría andado por el campo más de cincuenta caminando y observando. Aunque, bien mirado, esto, para él, también era cazar. Sabía que la gente pensaba que cazar era coger una escopeta y disparar a lo que se moviese. Y, así, los domingos se veían por el campo muchos cazadores vocingleros que iban por un lado y por otro buscando anárquicamente, auxiliados por unos perros tan alocados como ellos que corrían sin ton ni son, y dando voces como si vendieran melones.
La caza era, sobre todo, el conjunto de conocimientos para hacerla. Ésos se aprendían en el campo. Fundamentalmente observando a los animales y su comportamiento con respecto a los fenómenos atmosféricos y a las distintas épocas del año o cuando se veían hostigados.
Desgraciadamente la caza menor iba para atrás. Y había sido curioso, mientras abundó, nadie opinaba en contra de ella y ahora, que todos los adelantos de la vida moderna casi la habían hecho desaparecer, mucha gente se pronunciaba contra ella y la pagaba con los cazadores. No eran por desgracia éstos los que la habían llevado al borde de la extinción. Ni tampoco eran ellos los que podían salvarla. Por desgracia, aunque no se cazase en absoluto, la caza menor tiende a desaparecer. Su enemigo es el progreso. El progreso en forma de pesticidas, herbicidas, fungicidas, insecticidas, agricultura intensiva, maquinaria… Cuando desaparecieron los cangrejos nadie echó la culpa a los pescadores porque estos habían existido desde siempre y los cangrejos también. Todo el mundo supo que había sido otra cosa. Con la caza menor está ocurriendo igual.

12 marzo 2010

Breve adiós a Miguel Delibes

Desazonado por la muerte de Miguel Delibes, escribo esto. No imaginaba que la noticia de su muerte me descompondría. Sus viejos ejemplares, agrupados unos, desperdigados otros, entrañables compañeros todos de mi vida, descansan en mi desordenada librería. Me consuela saber que puedo acariciar sus bellas construcciones con la vista. Me consuela poder rememorar sus enseñanzas, volver a caminar por sus historias, reconocer, una vez más, sus viejas y desoídas profecías. Sé que podré beber, cuando la sed apriete, la sobriedad refrescante del castellano puro. Pero, tal vez por eso, lamento su marcha como se lamenta la marcha de un maestro y de un amigo, de alguien que me dejó la herencia en vida.

08 marzo 2010

Fijación

Aquella mañana deambulando perezosamente de boulevard en paseo, de calles a plazas, acabó inopinadamente en el camposanto. Llegó temprano y, como no buscaba sepultura alguna ni nada en concreto, se adentró en el solitario cementerio como si éste fuera una prolongación más de los jardines y la cercana rosaleda y como si, lejos de distraerle, fuera éste un lugar beneficioso para su ensimismamiento. Viéndose allí tuvo, por un momento, la sensación de que, sin saberlo, había llegado premeditadamente.
Era el recinto, a aquellas horas, una caja de silencio abierta sólo al cielo. Los puntiagudos, esbeltos y oscuros cipreses contrastaban con la verticalidad clara, casi blanca frialdad, de las sepulturas sobre el ocre de la tierra.
Recorría los paseos mirando distraídamente las inscripciones de las lápidas, pobladas de descoloridas promesas de eterno recuerdo, de inscripciones borrosas por el musgo, de pomposos nombres de familias propietarias de los túmulos, de borrosas fotos, de fechas y fechas que pocos recordaban pero que habían sido grabadas en la piedra con la fútil intención de preservar memorias.
Tuvo, súbitamente, el pálpito de toparse con algún conocido, de haber ido allí con algún propósito, por alguna extraña llamada sin identificar. Y así fue, pero no se encontró con ninguno de los que imaginara.
La figura le observaba con indiferencia, impávida bajo una bóveda de ladrillo que, abierta a los cuatro vientos, se apoyaba en el suelo con columnas del mismo material, en una intersección de dos caminos principales. Tardó en reconocerla, pese a que la silueta le fue familiar desde un principio.
Era Blanca, una pariente lejana. Alta, delgada, pálida, como siempre, e impasible, como si el tiempo hiciera muchos años que no le hubiera pasado su minuta. ¿Cuánto hacía que no la veía? Era menor que él y, casi cuarentona, conservaba el tipo perfecto que siempre tuvo.
Cuando, en la distancia, le reconoció, convergió hacia él despacio, en contraste con su paso mucho más cadencioso de habitual paseante. Al besarse sólo susurraron sus nombres a modo de saludo y, al mirarse abiertamente a los ojos, ambos reconocieron ese fulgor intenso que extrañamente les había sacudido siempre al verse. Se quedaron muy cerca y él habló sin separar los ojos de sus ojos. Ambos con miradas oscuras. Él convencido de que ella sentía exactamente lo mismo que él. Ella callada, revestida de aquella palidez de tono azul, de frialdad impenetrable, escuchaba. Al menos, esta vez, no se habían azarado tanto como la última que, al intentar besarse en las mejillas, por el simultáneo titubeo de ambos, se besaron, sin quererlo, en la boca y luego, como avergonzados, no supieron apenas de qué hablar.
Estaba a punto de decirle cómo la encontraba y el vuelco que le había dado el corazón al verla, cuando pasó el conserje y se dirigió a ella de un modo muy extraño:
- Ya está todo listo, señora.
Ella sacó una mano del bolsillo y, fingiendo estrechar la del conserje, le dio algo, tal vez, un billete. Por fortuna el inoportuno se marchó al momento y Blanca, mirándole en silencio, se quedó con él.
-Sigues siendo tan elegante y discreta como siempre.
Ella le miró intensamente, con esa mirada negra tan parecida a la suya, pero con un amago de sonrisa. Él supo que sus palabras le habían gustado.
- Es una lástima que no te maquilles.
Ella movió lentamente la cabeza con desganado desánimo, con un abandono indiferente.
- Pues haz lo que quieras pero eres una mujer impresionante, Blanca. Lástima de palidez extrema.
Él ya sabía que tuvo un hijo con alguien que, al poco, desapareció, pero no tenía el cuerpo para preguntarle por el hijo ni por nadie y, menos, por historias ya lejanas. Pensó que era un fastidio que el encuentro no se hubiera producido en la calle, porque así le hubiera propuesto tomar un café, y le habría dado tiempo de sobra para dejarle claro, con esas palabras comedidas que tan bien empleaba y esas miradas tranquilas, sostenidas y cálidas, que no solían dejarles a la mujeres dudas, que, si en aquel mismo momento no se iba a su casa a hacerle el amor, sería porque ella no quisiera.
Vino en éstas el vendaval de un entierro, al que supuso él que ella había acudido, y ya se perdieron los dos, ella entre saludos y como en volandas, él esquivando aquella comparecencia inesperada, aquella avalancha tumultuosa de deudos lacrimosos, serios y semi enlutados a los que, en su mayor parte, conocía. Se fue alejando lentamente y la descubrió mirándole según se iba. Era la única cabeza que desentonaba y no miraba hacia donde debía.
Pensó que tenía que intentar a toda costa volver a coincidir con ella, que debía precipitar un encuentro como fuera.
Rumiando intensamente aquella idea fija, obnubilado por el deseo, al salir ojeó de pasada las esquelas. Se paró al instante. Volvió atrás, leyó de nuevo: Blanca Sapuem Meiga, falleció a los 39 años de edad, su familia y allegados…
Leyó, paralizado, con renovada pero distinta fijación, la esquela.

07 marzo 2010

La brújula trucada

Se sentía extraño y solo.
Había reparado en que la memoria le traicionaba y, cuando no lo hacía, que aquel almacén de recuerdos no le servía para nada; que la inteligencia, a la que por lo general por realista se tenía, simplemente le hacía creer que aquello que pensaba era verdad, sin ningún otro aval o fundamento; que la voluntad, que creyó poseer algún día, se le antojaba vacua y sin sentido y, lo que es más, naturalmente inclinada a apartarle únicamente del placer, por una connotación antigua e imperecedera de que lo placentero era nocivo y sólo existía para ser evitado.
Dio en pensar, y por ello le llamaron soberbio, en que vivir sólo podía consistir en transgredir: en dudar de todo lo que recordaba, pues el tiempo era el gran maquillador de la vida, el sutil especialista en presentar los recuerdos asequibles a nuestra mirada, digeribles para el ser que ahora somos, cuando no a fundirlos con la sombra más próxima al olvido.
Dio en desconfiar de las certezas, que eran un legado, en su mayor parte educativo, más adquirido y extraño que propio y por uno mismo elaborado.
Dio también en deshacerse de aquella brújula cuyas agujas trucadas, ni por asomo, señalaban nunca las tendencias normales y el deseo, sino sólo caminos yertos y escarpados para fanáticos, de violentas convicciones a veces, que se creen carentes de tripas pero están persuadidos de llegar a tener poderes intemporales y espíritus voladores.
Sospechó, con resentimiento, que había sido educado en un masoquismo abstracto y sin sentido, fundamentado en una filosofía que proponía el sufrimiento como único aderezo válido y honesto de la vida. Para que así, dado por sentado, que lo natural y normal fuese el dolor, se convirtiera cada ser, sin ningún deseo ni intención primigenia, en otro más de sus vasallos. Y, siendo uno más de sus adeptos creyentes, sin reconocerlo abiertamente, lo adorara y extendiera su reino entre aquella grey de voluntarios que estaban deseando adherirse a él, que lo estaban esperando, como si fuera el dolor el verdadero y único dios de la existencia. Como si las cosas tuvieran que ser así.

03 marzo 2010

Selección natural

Seguramente la norma que rige la evolución de las especies, que rige nuestro destino y el de la vida en el planeta, o sea: la selección natural, es una salvajada. De hecho, hemos pasado la vida defendiéndonos de cuanto nos rodea por mor de esa dichosa ley. Y, por tanto, peleando con virus, bacterias y otros seres de diferente o de la misma especie para sobrevivir.
Hay ya mucha gente, incluso entre los creyentes en el Supremo Hacedor, que piensan que, eso de la selección natural, es cosa que no le salió bien. Porque dejar actuar a la crueldad a sus anchas, de modo que los fuertes preponderen siempre y en todos los campos sobre los más débiles, resulta un poco bochornoso. Con más motivo si se pretende que sea una obra procedente de una inteligencia sofisticada y virtuosa, aparte de con recursos ilimitados. ¿Qué quieren que les diga? Cualquiera que imagine al Supremo Hacedor pues le supone un cierto nivel. No hay explicación por tanto para esta chapuza universal que parece concebida por una mente procedente del fracaso escolar o derivado, como poco, a un ciclo de formación profesional de primer grado, y eso, a fuerza de fuerza.
Bien es verdad que los creyentes, como lo de la selección natural de las especies sólo iba a hacer felices a unos pocos, y encima a los de siempre, se tuvieron que inventar algo complementario para que existiera una segunda ronda de justicia que compensara el salvajismo de la dichosa selección natural. Así surgió la idea del alma inmortal y de la otra vida después de ésta, para intentar paliar todos los desajustes en un futuro prometido y justiciero al fin.
Pero si el SH salió con lo de la selección natural, sus criaturas no le vamos a la zaga y, los hombres, hemos inventado el capitalismo que es, algo así, como el que más chifle capador, el que menos pueda que se joda… una versión económico-social de la selección natural de las especies.
Antiguamente los desbarajustes del capitalismo se intentaban paliar, bajo intercesión de las religiones, mediante la caridad. Sin embargo, lo de la caridad era muy descarado, sobre todo, cuando algunos empezaron a hablar de justicia.
El capitalismo no se arredró y, si eso de la caridad hacía que se le viera mucho el plumero, la cuestión era buscar otro concepto mejor aceptado. Y enseguida lo encontró: la solidaridad. Ya no eras un potentado que dabas pan a los hambrientos o bautizabas chinitos y negritos a troche y moche, te habías convertido en un ser sensible que, conmovido por las humanas desgracias, se volcaba íntimamente en el compromiso de remediarlas. Un modo muy sagaz de pegarle esquinazo a la problemática justicia que, algunos corrosivos disidentes, se empeñaban todavía en echarle a la cara a cualquiera .
Y, como a las religiones se les está viendo tanto el plumero, pues ahora se intenta que la solidaridad la practiquen otras creaciones de reciente factura: las ONGs. Y es que todo es un progresivo aggiornamento, todo son actualizaciones felices, adecuadas derivaciones y, ni siquiera se respetan los significados del idioma, se sacan otros nuevos cuando lo que significan los antiguos ya no nos conviene. Y es que, señoras y señores, fuera del capitalismo, no hay vida.

02 marzo 2010

Compañeros de piso


Estaban encerrados en una jaula cuyos barrotes eran una aleación de distancia, gozo y, si ello fuera imaginable, pánico al amor. Un amor que ni siquiera supieron si podía ser mutuo. Sin embargo, jamás se lo habían planteado de ese modo. Ni lo imaginarían por más veces que se produjeran aquellos encuentros fugaces y furtivos en los que él, apenas concluían, se convertía aceleradamente en fugitivo y ella quedaba siempre defraudada por la ausencia de la cautividad que una conversación íntima y tranquila podría haberle regalado. Eran una combinación de fuga y abandono, cosas que, activa o pasivamente, vienen a producir la misma sensación.
Ella pensaba que él era un ser bárbaro, sincero y lascivo pero reservado, y no podía evitar la atracción que le producía la combinación; él pensaba que ella no había sido nunca bien querida, y que a su orfandad sentimental se le podían añadir las de la carne y la comunicación y que, por eso, necesitaba palabras, sexo y sobre todo aquella empatía de sentimientos más propia de una adolescente, virgen aún en descubrir un amor de igual a igual. Pero por eso la temía y huía de ella con la misma rapidez que voracidad empleaba en acercársele de nuevo cada poco.
Ella reinaba en un reino de desolación y abandono del que, ciertamente, alguna vez fuera la dama, cuando no presagiaba todavía aquel desastre. Pero, sin embargo, su grado había ido asimilándose paulatinamente al de criada ya con poco trabajo y tanto asueto, que padecía la luz de luna de su soledad, siempre en cuarto creciente, cada vez con mayor amargura y desamparo. Vivía como si su tiempo no fuera a ser nunca más de colores, y su olor a alegría de antaño, a perfume y a fruta silvestre, se hubiera tornado en una peste amenazadora a cerrado, a orín rancio, a aire viciado y a la rebaba de los malos recuerdos. Su otrora tenaz pretendiente maduro, se había convertido, con los años, en aquel compañero de piso junto al que se pudría.