Antes por efectividad, y después por la soltura añadida que cogió con la escopeta, se acostumbró a entrar en lo de la marquesa.
La primera vez fue con el arma apenas bautizada. Madrugó y, atravesando aquellos despoblados, sus pasos sobre las escarchas le parecían crujidos delatores a kilómetros. Antes de verse el primer arrebol del amanecer ya estaba inmóvil tras un pirlitero chico.
Alterado por el debut, el sonido lejano de unas esquilas le incomodó. Quebraban el silencio cómplice que, a aquellas horas, dominaba en los campos. Tan aguzados tenía los sentidos por el atrevimiento, como alerta la desconfianza por el miedo. Y, pese a los pulsos fuertes del primerizo en el arte de trastear lo prohibido, no tardó en concentrarse. Su mirada estaba ansiosamente fija, hasta la lágrima, en la linde del arcabucal. Los perrillos estaban levantados y el índice acariciaba el gatillo. Y en ese tiempo de adaptación visual a la negrura que empezaba a romperse, tan lenta como imperceptiblemente, le costaba distinguir cuáles de aquellos bultos eran piedras y cuáles estaban animados, cuáles eran reales y cuáles producto de su imaginación. Distinguió algunas fintas y algunas carreras, como si también la aproximación del alba incitara a los bichos al movimiento brusco. Ahora se mantenía con la escopeta encarada, pero el rápido y confuso meneo de algún gazapón le disuadía del disparo. Aún no tenía confianza.
Años después contaría como, estando en un trance semejante, y medio aterido, esperando el amonarse último de algún conejo, descubrió a la zorra, tan inmóvil como él, acechando a menos de treinta metros.
- Qué quieta estaba la indina. Yo creo que me barruntó una mínima de segundo antes que le soltara el tirascazo.
- Y la dejaste seca con plomo de séptima.
- ¡Huy sétima! Dices tú sétima. Entonces, los que eran como yo, llevábamos quinta pa to. Era mu efectivo. Sí. Y atravesá como estaba, ¡anda que hacía mala mota! Ni se rechistó.
- Y qué hiciste con ella.
- Papo, en cuanto me la trompiqué, se la llevé al Botija. Aún llegó caliente. Se dejó espelletar bien. Sí. Y buena que era. Saqué por la piel pa los cartuchos del año. Sí.
Con el paso del tiempo, los golpes de las esperas, saldadas con un tiro o dos y una carrera a lo libre, menudearon tanto que pronto el guarda estuvo sobre aviso. Y hasta tuvo cojones a presentarse en la taberna del Fabián, una bayuca destartalada y sucia, donde lo más humilde del pueblo se juntaba. Y lo dejó caer:
- Hay por ahí algún espontáneo que se está pasando de listo. Que alguna vez, pase. Pero tantas veces va el cántaro a la fuente… Y malo será que yo lo coja, que cómo lo cojan los civiles…Avisaos estáis.
Pero llegó un momento en que le perdió el miedo al guarda y hasta a la pareja y, además del aliciente de la propia caza, era otro, aún mayor, el de rebañarle un par de piezas a la marquesa y, de paso, poner furioso al Toledano, el guarda, con aquella burla mantenida.
- No lo podía remediar. Era entrar en el coto y ponérseme las tripas en una fogatina. Oye, que te lo juro, igual, igual que si hubiera quedao con una casada.
- ¿Y no ibas a lo libre?
- En lo de la marquesa era donde ya tenía yo mis intríngulis. Donde yo gozaba y me expansionaba y no paraba de maquinar una estratamagema tras de otra. Lo libre hasta me se hacía aburrido.
- ¿Y nunca te pillaron?
No contestó. Se le pasó por la cabeza el día que se llegó con el alba al pegujal del guarda. Qué cuidadito lo tenía, bien se conocía que era un regalo de la marquesa en lo mejor del monte, en lo más entreverao. Enseguida encontró los seis cepos. Ese día no gastó munición. Y, claro, además de con los conejos arrambló con las artes.
- ¡Papo, menudo alijo!
Aquella noche en el tabernucho del Fabián, el Toledano miraba a los parroquianos con los ojos soberbios. Era su cara furiosa la del vicario que se siente obligado a defender la propiedad más aún que el propio amo.
- Si no aparecen los seis cepos que alguno, que no andará muy lejos, me ha quitao del cacho que tengo en lo del mohedal, puede que más de uno lo sintáis. Queda dicho.
Y se marchó con gesto adusto el guarda, sin añadir una palabra más. Pero, mientras pagaba y salía, aún tuvo que oír la coplilla de un burlón envinado:
“Ay qué desgracias, madre,
ay, que nos trae la triste vida,
que semos dos mil gorriones,
ay, pa cuatro putas espigas”
Y es que, es lo que él decía, por Farina y por Molina lo bordaba, pero no le educaron la voz. Luego se reía y, apurando el chato, decía medio pensativo:
”No me educaron ni a mí, como pa andarse con gaitas con la voz, no te jode”.
- ¿Y cómo te hiciste con la Juani?
- Pues porque tuve que quitar al Zaro.
- ¿No cazaba?
- ¿El Zaro? ¿Qué dices tú? ¡Papo, to lo contrario! Menudo era el Zaro, galán. Anda que, hasta que lo sujeté a las perdices, no llevó leña. ¡Hasta con la canana llena le zurré algunas veces! Era un salvaje. ¡Huy pa dominarlo! ¡Tú qué sabes! ¡Era un cafre, igual que un cafre!
- ¿Entonces?
- Pues porque era un animal mu tesonero y mu cabezón y cogió una afición por los mondongos y la carroña que fue su perdición. Sí, galán, sí, eso fue. Muchas veces, se marchaba solo al campo y, en particular, al barranco donde echaban las caballerías matalonas y era capaz de venirse a casa con el espinazo o la cabeza de un ovejo muerto o con media mula descompuesta a rastras. ¡Qué espectáculo cuando se presentaba en casa! Y, la mujer pues, la que pasa, le cogió una inquinina y un aborrecimiento que no lo podía ni ver. ¡No veas qué discursiones y qué berrinchines!, que no hemos discutido en la vida como por aquel animal.
- Claro, por repugnancia.
- A ver, el Zaro no hacía más que traer a casa to la carroña agusaná que encontraba. ¡Oye, qué instintivo, el animalito! Que no es que yo no le echara. Pero, qué tendría la carne podrida pa aquel perro. ¡Qué vicio agarró! Y la mujer: ¡Quítalo, Nicolás, quítalo! ¡Quítalo, Nicolás, por Dios te lo pido!, que ese perro nos va a traer alguna desgracia a la casa. ¡Nicolás, por tus hijas, quítalo, quítalo!
- Es de comprender.
- Claro. No ves que eran entonces pequeñitas y, las criaturitas jugaban a gatas por el suelo y el Zaro venga a traer podredumbre y despojos del campo. Y que, por más que le unté, no había manera de quitarle la costumbre al cabrón.
- ¿Y qué hiciste?
- Pues, qué había de hacer. Las cosas se pusieron en mi casa mu climatélicas. Asín que, por evitar la catatombe, y por no oír más a mi mujer, un día me bajé a lo del puente y, con to el sentimiento y el dolor de mi corazón, le eché al río con una piedra al cuello.
- ¿De veras?
- Mia si lo hice. Y lo peor no fue eso.
- ¿Qué pasó?
- Mia, pues entre que el río llevaba poco caudal y que la cuerda que le até resultó larga por mi precipitación, el animalito no hacía más que salir, hundirse, salir y vuelta a hundirse, que había que oír los aullidos, el desasosiego y la agonía del bicho. Si es que no se puede ir a matar a un animal con la dimutación que yo llevaba.
- Y, ¿qué hiciste?
- Cómo iba a dejarle morir asín. Me tuve que meter al río con una piedra grande y venga y venga hasta que pude acertarle de una buena vez en la cabeza. Y no creas que no me hizo duelo. En la vida me se olvidará. Que no veas, calao hasta el pecho, con el disgusto que me subí al pueblo.
- ¿Y enseguida te hiciste con la Juani?
- Sí, me la dio un vecino que era pastor y que la había dejado, de la camada que parió la madre, para que le sacara la leche, porque el resto fueron en un saco al caz. Asín que me dijo que si la quería, que ya se iba sola. Y yo, claro, le dije que sí.
- ¿Y ésta hizo pie con tu mujer?
- Huy, acostumbrada al guarrón y al cenacho del Zaro, que nos ponía el zaguán como una cochiquera, la perrita le pareció de dulce, tal que una señorita. Y, aunque cuando la traje venía con mis dudas, puso buena cara cuando me presenté con ella, sí. Hasta le bajó al corral un jarapón viejo. Se conoce que fue su modo de agradecerme que quitara al Zaro.
- Y tú, qué pensabas.
- Pues que, por buena que saliera aquella perrucha peluda y canija, nunca le llegaría al Zaro. Pero, ¡ay amigo!, a la temporada siguiente, a los cuatro días de sacarla y verla meterse en lo más espeso, de no acobardarse en los zarzones, de no salirse sin echar o matar… casi no me lo podía de creer.
- ¿Le guardas mejor recuerdo que al Zaro?
- Hombre, qué quieres que te diga, el Zaro era mucho bueno, pero la Juani… La Juani era mu sanguina, pero que mu sanguina, en mi vida he visto un animalito más asesino ¡Ay qué animalito tan asesino!
- Ya lo creo.
- Bueno que tú al Zaro no lo conociste pero a la Juani sí. Y no me dejarás mentir.
- Sí, la Juani al conejo era segura. Si no se embocaba: o salía del zarzón o la perra lo mataba dentro. Le valían el tamaño y el pelo que tenía.
- ¿El tamaño y el pelo? Lo que le valía es que era una alimaña. Tenía ese instintivo. Hay animales que lo tienen y otros no. Asín es. Sí.
- Al final, ¿murió de vieja?
- Quiá. Pa según era, aún vivió años, pero, al cabo, to el pueblo terminó por enterarse de lo que sabía hacer aquel animalito. Y, como la hez de la caza es la puta envidia, algún cabrón me la envenenó. Aquel animal era un portento. Y como vino se fue. Sí.
El prurito de hacer carne nunca se le quitó de la cabeza. Ya, cuando empezó, lo llevaba en la sangre. Algunos, que lo conocían bien, hubieran dicho que desde antes de nacer.
Apenas tiró los dientes de leche, a las ovejas le mandaron. Y, a los doce, ya era un experto en alares, lanchas y otros garlitos. Había quien decía que, contando las cerdas que arrancó de la cola de las caballerías cuando los alares, hubieran sumado más espartos de los que hay en algunos atochales.
Sus primeras escaramuzas en el campo, cuando se hizo con escopeta, tenían un fin muy definido. Y como a sus andanzas no les convenían espectadores, solía, en sus salidas adelantarse al sol. Alboreaba apenas cuando ya estaba junto al palomar. Una pedrada en la puerta y luego, al revuelo de palomas huyendo, los dos tiros. Si valía la pena se repetía. Lo importante era llenar el morral. Luego, bien cerrado, esconderlo bien bajo las piedras de un majano. No quería que le pasara lo que aquella vez.
- Abre el macuto, Colás –dijo el sargento.
- Papo, mi sargento, si no llevo más que cuatro palomas –dijo obedeciendo.
- ¿Cuatro? Pero, Colás, ¡si esas palomas son de palomar!
- Pero, qué dice, mi sargento ¿Esto de palomar?, ¿esto de palomar? ¡Si es paloma juja, paloma montesina! ¡Parece mentira, mi sargento!
Desde entonces ponía las palomas en lugar seguro para, a la vuelta, pasarse a por ellas. Su afición por la caza no se correspondía con sus habilidades. No sabía tirar y, menos, podía desperdiciar cartuchos al precio que llevaban. Así que sus comienzos, aparte de lo del palomar, fue especializarse en tirar cuando los animales se quedaban de bolo.
- ¡Papo, si en aquellos tiempos, había días que salías con media docena de cartuchos!
Como ciencia en el campo no le faltaba, basó su aprendizaje con el arma, no en el ensayo y el error, sino en asegurar. Así que se hizo un experto en preparar el tollo en abrigaños con visibilidad y, siendo el tiempo lo único en lo que no escatimaba, esperar. Así pasaba horas, del amanecer o del crepúsculo, esperando ver venir a la liebre a recogerse o a iniciar sus andanzas noctunas. Cuando entraba la rabona, la siseaba suavemente, ésta se amonaba levantando las orejas, y el tiro la buscaba sin error.
También aprendió a apostarse en los cotarros antes de la primera luz. Sentado cabe una piedra o emboscado en el breñal cerca de los bardos. Dominando las bocas que le fuera posible, acechaba el devaneo corretón de los gazapos. Al amonarse alguno, aseguraba.
Igual hacía en las pobedas y choperales esperando a la torcaz, y entre los tarayales y bayuncos de las espuendas cuando había movimiento de azulones.
El azar de las frecuentes y largas esperas le hizo encontrase, a veces, con lo que no esperaba. Algún raposo, con el aire de culo, se le metía de cuando en cuando en las narices.
Otras, apeonando al albur, le entraba el bando de perdices. Y en esos lances aprendió a tirarles al hilo. Porque ya había descubierto que el tiro de una escopeta sobre el suelo era como un latigazo longitudinal que, bien administrado y dirigido, podía llevarse los animales alineados. Sin embargo, el esperar que dos o más perdices se pusieran al hilo podía poner de los nervios a cualquiera. El equilibrio entre tensión y avaricia se convirtió en otra de sus habilidades.
Lógicamente en todas estas lides no se precisaba perro. Pero, como en astucias y en habilidades el Colás fue siempre aplicado, no tardó mucho en aprender y, enseguida se pasó a recechar, pero no barzoneando como otros, sino poniendo en ello toda la sabiduría acumulada en sus muchas horas de mover campo, al careo del ganado, o de hacer campo quieto, como le decía a las esperas. Y así muchas de sus asomadas, en vaguadas y caballones, eran atinadas y seguras y, con la escopeta, cada vez más certeras.
No tardó en ascenderse a sí mismo a la caza al salto. Y entonces llegaron los perros. Y, claro, la infusión de su ciencia al animal acompañante era cosa tan rápida como la de los vasos comunicantes. Y sus perros alcanzaban enseguida el doctorado en registrar majuelos, pajonales y rispiones, en mover al pelo en mohedales y sardones y en marcar la perdiz en las vargas sin adelantarse. Pero eso ya es otra historia.
Hoy sólo quería recordar aquéllos comienzos del Colás. La primera escopeta negra que conocí, que acompañé, que me enseñó casi todo lo poco que de caza sé, y que tengo por amigo.
Para quienes no lo sepan, una escopeta negra es un término, un poco camp, que significa cazador de oficio o, para los señoritos de entonces, designaba despectivamente a un furtivo.
Le había acompañado a cazar cuando era un muchacho. Ahora, viejo ya el antiguo cazador y hombre hecho el que fue muchacho, las cosas sucedían a la inversa. Al hombre le gustaba que el viejo, ya retirado, le acompañara a cazar.
- ¿Dónde iremos mañana?
- Podríamos bajar por el Mojón hacia el barranco del Tesoro y volvernos luego por la cuesta Matabueyes, siguiendo la linde de lo de La Miñosa –dijo el viejo.
- Eso está de leña que no hay quien ande. Además estuvieron los pescaderos el domingo pasado y ni dispararon. Y eso que son de los que mueven y, de andar, ni te cuento.
- Pues entonces vamos adonde quieras.
El viejo sabía que tenía una ascendencia sobre su interlocutor y, como éste no le contestara, imaginó que irían donde él había dicho.
Efectivamente, sin mediar palabras, a la mañana siguiente, con los caminos blancos de escarcha y los charcos helados, el cazador condujo su coche hasta las Carboneras. Allí lo dejaron y tomaron, a media ladera, el Mojón.
Iba el viejo recordando sus lances por aquellas cuestas. Y, con la garrota, no paraba de sacudir aliagas y espinos mansamente, maquinalmente, casi como si acariciara sus recuerdos. El cazador iba un poco más arriba, sin fe, como si fuera a rastras del viejo, sólo por complacerle.
- Aquí no vamos a ver nada. Y espera a ver por dónde atravesamos por allá delante.
- Algún sitio habrá, hombre –dijo el viejo.
Y, mientras caminaban cada vez más penosamente por la proliferación de zarzas, iba mirando las tainas, que conoció en pie y llenas de ganado, derruidas las unas, las otras, sin tejado. Recordó, en el silencio de la mañana soleada, cómo a esas mismas horas de hacía muchos años las perdices solían cantar en los riscos del alto. Y, parando de tanto en tanto, afinaba el oído esperando un sonido familiar que no llegaba. El cazador había encendido un cigarrillo e, intuyendo sus pensamientos, dijo:
- No te empeñes, no, que no hay nada. Ya te lo digo yo.
- Iremos entonces a lo que da con los rastrojos bajos, aquellos del fondo. Antes la liebre tenía allí mucha querencia.
- Antes, antes…, ya estamos -dijo el cazador- Ya veremos por donde vadeamos el arroyo.
Pero el viejo andaba y andaba, sin hacer caso de la apatía evidente de su compañero. Pensaba que a la caza había que ponerle voluntad y suponer que estaba donde siempre estuvo. Si no, ¿a qué salir al campo?
Apenas cruzado el regato, el viejo dijo:
- Vamos a coger esas ondulaciones, las de encima de los rastrojos. Ahí siempre fueron muy seguras.
Pero el viejo notaba en el otro la desgana y cómo, en lugar de seguir paralelo, se subió más arriba, sin duda por ahorrarse un esfuerzo que consideraba inútil de antemano. La perra, sin embargo, caminaba unos metros delante del viejo.
- ¡Ahí va la liebre! ¡Asoma corre!
Pero cuando quiso asomar, enterarse y armarse, ya los tiros eran innecesarios. El liebrastón acosado por la perra había puesto distancia y, sobre todo, un mar de arbustos de por medio.
- Mira qué cama tiene –dijo el viejo – Ahora iremos por donde se ha marchado, no vaya a ser que la hayas tocado. Que la liebre es blanda de morir –añadió, sin fe, por animar.
La rápida vuelta de la perra, de vacío, dejó patente su intención. No obstante, a falta de cosa mejor que hacer, siguieron por donde la rabona se esfumó.
Desanimado el cazador, y pensando que ya era un milagro que botara una, encendió un cigarro. Y en ello estaba, cuando a menos de cien metros de donde había salido la primera, botó la segunda.
En un terrero tan lleno de maraña, cuando quiso enterarse y deshacerse de cigarro y mechero, los tiros fueron sólo cohetes falleros, anunciando la fiesta de una segunda aparición inesperada. Nada más.
- ¡Hay que joderse, si no lo veo no lo creo! ¡Joder, lo que es la caza!
Pero al viejo no hacía falta que se lo dijeran. Cosas así le habían sucedido varias veces en sus tiempos, solo que a él le pillaron siempre presto, con la escopeta como debe ser, una prolongación del propio cuerpo.
Al pie de la cuesta Matabueyes, ajeno al compañero que llevaba, recordó al Confitero y casi le oyó decir lo que solía, llegados a aquel punto:
- Sube tú arriba, que tienes mejores piernas.
Y se recordaba, casi galopando ladera arriba, abriéndose paso entre aliagas y estepas con precipitación y el corazón en la boca, y sintiendo, de cuando en cuando, el arranque de perdices sueltas, que no veía, a las que el Confitero tiraría en su veloz bajada.
Después de los primeros tiros le vocearía lo de siempre:
- Más arriba, más arriba. De las tablillas, ni puto caso. Sube hasta el borde.
De sobra sabía que Dionisio, el Confitero, no estaba de acuerdo con aquella linde. Apañada, según él, por un viejo cacique que, con tal que le dejaran meter sus ovejas al término vecino, les autorizó a bajarla a mitad de ladera. Ladera que, según él, era de lo mejor del término y si le apurabas, la madre de todas las perdices.
- ¿Qué hacemos ahora? –le sacó el cazador de sus recuerdos.
- Seguir la linde y tomar la cresta pequeña que hay entre las dos laderas grandes, esa que se ve allá delante.
El cazador era tan obediente, al menos, como desconcentrado en lo que hacía. Pero el viejo no se lo dijo, ¿para qué?
Al final de la cresta saltaron media docena de perdices. Fogueadas, sin duda, salieron largas. Y el cazador disparó, según le dijo al viejo, por disparar. El viejo se fijó, con los ojos agudos, como siempre, en el punto de la ladera donde se echaron.
- No sigas por derecho que no vamos en mano. Vas tú sólo. Corta arriba por la derecha y dales la vuelta. Yo iré detrás de ti un poco más abajo, para que no se queden.
Y emprendieron el corte por donde el viejo dijo:
- ¡Me cago en el puto tabaco!, dijo el cazador según subían al corte, tal vez, viendo que el viejo subía más ligero.
Les dieron la vuelta y el cazador marró una que le salió muy cerca. Se le ha llenado el ojo de perdiz, pensó el viejo. Volaron otras hacia el otro término y, la última, que salió rezagada, no la vio el escopetero.
Antes de que le pidiera nuevo rumbo, el viejo le dijo:
- ¡Anda, vámonos al otro lado de las Carboneras¡ En los reguerillos que bajan por la ladera tuvo siempre querencia la liebre.
- Pero si eso está limpio como la patena.
- Bueno, pues así, si te sale, no te estorbarán las matas.
Allá se fueron. El viejo le dijo que, si la había, la liebre estaría baja, que lo mejor era seguir la línea superior del rastrojo o, como mucho, unos metros más arriba. Pero, el otro, quizás, cansado, o puede que desanimado por los fallos, siguió más arriba de la media ladera. Y así vieron correr a la última liebre, perdiéndose en un barranco, tras correr toda la linde del rastrojo.
- ¡Tenia que haberte hecho caso!
- Oye, yo, con decírtelo, he cumplido.
El cazador no preguntó ya más e, inequívocamente, dirigió sus pasos hacia el coche.
Volvieron en silencio al pueblo. Mosqueado el cazador por tanta oportunidad perdida y feliz el viejo por los recuerdos encontrados.
Esta mañana, por azar, he visto un programa médico en una de esas televisiones nuevas que con el TDT surgen por todos lados. Hablaban, entre médicos, de la leucemia mieloide crónica. El presentador, médico también, inspiraba solvencia, conocimiento y confianza. El entrevistado era un doctor del más conocido y prestigioso hospital privado de Navarra. En la entrevista decían que este tipo de leucemia tiene una supervivencia de entre unos meses y dos años. Hablaban, sin embargo, de una molécula con un sorprendente efecto diana sobre los desencadenantes de ella. Gracias a lo cual en el citado hospital de Navarra la supervivencia a la misma era superior a cinco años e incluso existía la posibilidad de que la enfermedad quedara bloqueada. Al no aclarar más el asunto, daban la impresión de que, fuera de ese reputado hospital, el paciente está condenado irremisiblemente y, hasta parecía, que la molécula curativa hubiese sido concebida y desarrollada por el hospital navarro y que la misma fuera, además, de su uso exclusivo.
A mi madre le diagnosticaron leucemia mieloide crónica en 1995 en el Hospital Universitario de Guadalajara, de la Seguridad Social, y en él fue tratada de esta enfermedad por el Equipo de Hematología. Es cierto que esta dolencia no tiene un buen pronóstico y seguramente su evolución esté relacionada con la genética y la situación general del paciente. Mi madre fue tratada con los fármacos entonces al uso, incluido el Interferón en alguna de sus modalidades. Vivió en su casa con una buena calidad de vida hasta que la enfermedad empeoró en el verano de 2001. Su médico, el hematólogo Dr. Miguel Díaz Morfa, nos informó que en breve podría prescribirle un nuevo medicamento específico e inhibidor de este tipo de leucemia. Era la molécula bloqueadora a la que aludían los médicos del hospital navarro, el nombre del medicamento es Gleevec, de laboratorios Novartis. Mi madre mejoró tanto con ese tratamiento que pudo volver a vivir sola, llevar una vida normal, salir con sus amigas y jugar con sus nietos. Murió, a los 84 años, en enero de 2009 a consecuencia de una pneumonía.
Es por tanto, este artículo, una defensa del Servicio Público de Sanidad que hasta ahora tenemos en España. Es también un rechazo a las medias verdades y a lo que ciertos programas, bajo una aparente seriedad, convierten en publicidad encubierta hacia algunos hospitales privados, dando a entender que, fuera de ellos, determinadas enfermedades no tienen solución.
Añadiré que mi madre no hubiese podido pagarse ese tratamiento específico de no haber estado en la Seguridad Social.
Aparte de felicitar, una vez más, al equipo de médicos de la sanidad pública que le hizo un asiduo y eficaz seguimiento durante tantos años, quiero animar a quienes padezcan este mal y decirles que nuestro servicio de sanidad pública está también en condiciones de tratarles.
Iban para cuarenta los años que había pasado haciendo el mismo trabajo. Desde joven escuchó a doctas voces decir que no era lo mismo la teoría que la práctica. Pero a él esa doctrina le parecía una evidencia y no entendía su solemnidad. Lo mismo le pasaba con otros aforismos: “No es lo mismo predicar que dar trigo”, ¿a quién se le ocurría que podía ser lo mismo?; “Del dicho al hecho hay mucho trecho”, ¿es que no había de haberlo?; “De lo que veas, la mitad creas”, ¿Y quién se cree hoy lo que ve?...
Así que, de joven, pensó que alguna vez, tal vez de viejo, reuniría la teoría y la práctica suficiente para saber de alguna cosa. Así estas dos enemigas dejarían de tirarle cada una de un brazo y, al fin, le servirían para algo. También encontraría la respuesta a por qué la mente elabora teorías que el cuerpo se niega a secundar y por qué a lo dicho no le siguen los hechos.
Sin embargo, si, como muchos sostienen, la vida es un aprendizaje, a él no le había enseñado demasiado. Tal vez había sido un mal alumno, uno de ésos, distraídos, que se empeñan en imaginar más que en ver, en buscar más que en creer, y que desconciertan al maestro, más que por su falta de aplicación, por la de la atención debida. Y así, no siendo un rebelde recalcitrante, ni siquiera un pasivo disidente, su cabeza anduvo casi siempre recorriendo otros lugares por los que rara vez se cruzaba con esa realidad, tangible y contrastada, que oficialmente no admitía controversia.
En el cenit de su profesión se preguntó qué había aprendido. Y, contrariamente a lo que cuarenta años antes esperaba, su cabeza seguía despistada, como si la distracción vital que padecía le hubiera durado todos esos lustros.
Sólo se le ocurría pensar que todo lo que le acontece al hombre era ya, de principio, un anuncio de fracaso. De hecho, el venir a la vida era el primero y principal pues, el hecho, indefectiblemente derivaba en lo contrario. Ya lo decía Camarón, un creyente del cante, al que nadie le oyó dar una mala nota: “Cuando Dios nos da la vida, también nos condena a muerte.”
Todo el mundo tácitamente lo daba por cierto. Y, tomado así, aceptando el fracaso de antemano, lo que contaba era el tiempo entre los dos extremos.
Cabía el vivir por o para vivir, eso que llaman la alegría de la vida, dando por bueno que lo ideal es algo que no queda otro remedio que hacer; otros piensan que el ofrecimiento a los demás es lo que da sentido a la existencia; hay quienes se fijan objetivos para el intervalo: dinero, éxito, trabajo, familia…; otros creen que se trata de un tránsito a una vida mejor e, incluso, hay quienes persiguen ideales que pueden llevarles a situaciones extremas.
Tal vez, optimismos y pesimismos aparte, todos vivamos al azar, viajando entre las dos estaciones primitivas, y haciendo simplemente lo que a cada cual se le ocurre, pasando de lo sublime a lo rastrero, de lo serio a lo fatuo, de la bondad a la vileza, de la sorpresa a la rutina, con la misma sencillez y la inevitable intrascendencia con que se pasa, un día, de la vida a la muerte.
Y, para esto, tantos años, se dijo.
Harapientos astrosos de cualquier edad con mochilas y sacos de dormir.
Niños jugando en monumentos modernos bajo los que duermen vagabundos.
Perennes ojeadores callejeros de ignorados objetivos.
Okupas que grafitean las fachadas pidiendo dignidad.
Mezcla de razas.
Miradas cansadas y huidizas.
Portales cerrados de casas semidesahuciadas con escaleras donde la mugre se acumula.
En el Raval tenemos libertad de elegir y un bonito mercado para hacerlo libremente entre todas las miserias de la vida. Es lo grandioso del sistema.
- Antes este era un barrio más familiar, ahora todos son de fuera. Aunque aquí, desde siempre, ha pasado de todo.
Y Carlos, el del bar Agustín, que es originario de Teruel, da de comer a sus clientes un poco al azar. Bien guiso de lentejas, o potaje de garbanzos, o cocido, o bacalao, o lomo con alcachofas asadas, o panceta con tortilla de patatas o de verdura… Y corre el vino a granel en frascas cuadradas. Y se pasa del catalán al castellano, y a la inversa, con la misma sencillez que se trasiegan los vasos de tinto.
- ¡Beban sin miedo que tiene un grado menos que el agua!
Y habla del mismo modo que sirve y que cobra, a retazos, con verdades sueltas que describen y, a la vez, se niegan a describir el barrio. Como si a cada uno quisiera decirle algo de lo que quiere oír pero no todo, porque todo daría para muchas horas de charla y, aún así, no quedaría claro.
- El anís se lo pondré en chatos de vino, porque copas no tengo. Aunque, para beber, es bueno hasta un orinal.
- Como quieras, ¿vives aquí?
- No, yo ya no vivo aquí. Vivo más arriba de la Sagrada Familia, cerca del Hospital de la Santa Creu y Sant Pau. Pero allí ya no suben los turistas y cuidado que es bonito.
Y los clientes también son campechanos y enseguida le dan recomendaciones a cualquiera.
- Amigo, lo mejor es ver el peligro venir y, luego, apartarse. Teniendo dinero, para comprar y consumir sin tasa, no hay problema.
- Hombre, en la vida, el dinero no lo es todo.
- Sí, pero al que no lo tiene, la sociedad le recluye en su barrio y le deja sobrevivir con sus desgracias y sus vergüenzas, trapicheando por calles sucias y recovecos olvidados, y también podrá elegir, ¡cómo no!, entre los distintos contenedores de basura y gastará sus contadas monedas en el badulaque de su calle. Eso, si es que elige sobrevivir en su agujero a este mundo de apariencias, lujo y diseño, o no le quedan fuerzas ni recursos para abandonarlo.
- Hombre, no será para tanto.
- Desengáñese, hoy, a la persona sólo le proporciona dignidad la facultad de comprar.
- Bueno, no le deis el coñazo a este señor, que dice que Barcelona le gusta y le ha parecido más barata de lo que esperaba.
- ¿Eso dice? Pues, para él. Vaya con Dios, joven.
Y a la salida del barrio te despiden las incansables pancartas en las balconadas:
Volem un barri digne!
El viejo Raval es un barrio con una especie de sedimentación humana que se refleja en sus casas modestas de vecindario, o en sus casonas decrépitas, o en sus palacios destartalados, o en sus calles sinuosas, o en sus callejones intrincados, o en sus pasajes o pasadizos, a veces enrejados, de una calle a otra. Transmite un cierto cansancio este barrio, si es que a un barrio se le permite el cansancio. Un cansancio parecido al olvido, o a ese otro azote del alma que se llama nostalgia.
Dicen que el Raval fue siempre un barrio de acogida. Primeramente, hace muchísimos años, para muchos catalanes que vinieron a buscar mejor fortuna a la urbe, más tarde para muchos venidos de los sitios más dispares de España y hoy se ha convertido en un abigarrado nidal de indios, pakistaníes, marroquíes, senegaleses, rumanos, etc. arrojados en este barrio del mismo modo que las pateras llegan a las costas, sin orden ni cadencia, sin sitio fijo y sin permanencia cierta.
El barrio ha perdido el característico espíritu familiar que tuvo antaño y se ha convertido en lugar de paso, en asilo provisional, en solución de urgencia para muchos.
Los españoles que viven en él son una minoría y la mayoría de esa minoría son ancianos, muchos de los cuales perdieron familia, amigos y vecinos. Son esos viejos que suelen pulular lentamente de casa al colmado y a la inversa con una barra de pan y cuatro verduras en la bolsa. Sobre sus cabezas los balcones y ventanas, atestados de tendederos y botellas naranjas de butano sobre fachadas desconchadas, respiran humanidad y tristeza y, en muchos casos, también pobreza. Esa pobreza que a la gente acomodada inspira miedo sin razón aparente o, como poco, una precaución irrefrenable e inmediata.
Algunas gentes buscan incesantemente en los contenedores de basura y a la primera ola de buscadores le sucede otra y a ésta una tercera, como si la basura fuera inagotable y diera para niveles decrecientes o distintos de pobres necesidades. También hay numerosos almacenes que se abren y se cierran con premura mientras avizores vigilantes controlan las esquinas y gobiernan una especie de tráfico secreto que ellos entienden, pero que al forastero pasa desapercibido.
Algunos callejones concentran más prostitutas de las que esporádicamente se observan por aquí y por allá. Suelen ser los cercanos al Carrer de Robadors. Las putas son, en general, chicas jóvenes a las que acosa la policía haciéndoles moverse de una calle a otra en una especie de juego conocido y cotidiano.
Los balcones, con sus persianas de listones de madera verde, están llenos de ropa tendida y en ellos aparece, más que de vez en cuando, la expresión de un deseo colgado en una sábana blanca: Volem un barri digne!
Dicen los vecinos que lo peor es la noche, cuando cierran los bares y los clientes siguen la juerga en las calles, hacen sus necesidades por doquier, intentan yacer con las prostitutas en portales, cámaras o azoteas y llaman a las casas a las tantas, preguntando si hay chicas disponibles. Se quejan también de chorizos y peleas, y abominan de los lateros a los que, aparte de vender cervezas por la calle, les adjudican la venta de drogas al detail.
Además de sus arterias principales (Nou de la Rambla, Sant Pau, Hospital, Carme, Pintor Fortuny, Tallers) tiene el Raval una Rambla donde los niños, ajenos a todo y vivarachos como los niños de antes, juegan con estrépito a la pelota o montan en patines o se suben a un rechoncho gato de Botero. Los viejos y los desocupados de cualquier raza se sientan en la Rambla del Raval a fumar, o a ver pasar a la gente, o simplemente a gastar el tiempo.
Hay también algunos okupas que, revestidos de dignidad, sostienen que su actitud no es una atracción turística. Y tienen pintadas, con dudoso gusto, las fachadas de los pisos o inmuebles que usurpan, como en un canto al descaro o, tal vez, al uso más o menos inteligente y práctico de lo abandonado.
Hay quien aspira a que el Raval sea redimido paulatinamente por el asentamiento de comerciantes y artesanos normales que, poco a poco, le devuelvan al barrio ese tono tranquilo y manso, bello y sereno, que tienen otros barrios cercanos como el Born o Sant Pere. Pero el Raval es un pequeño pueblo, bien delimitado, donde hoy por hoy la gente camina con recelo y con poca esperanza. La familiaridad ha desaparecido y sólo permanece en ciertos bares, cuyos dueños, veteranos del barrio, la mantienen con su asidua clientela como se hacía antaño.
El hotel Condal está muy cerca de las Ramblas, en el carrer de la Boquería. Lo llevan unos americanos serios y eficientes que no son precisamente de los USA. La habitación es sencilla, discreta, limpia y silenciosa. No es barata pero, dada la ubicación del hotel, tampoco cara. Cada día, según la fecha, tiene un precio distinto por esa moda, que antes no existía, de considerar el precio de las cosas según una demanda prevista de antemano. El paso por hotel y habitación es un trámite rápido, antes de echarse ansiosamente de nuevo a las calles.
El clima, al menos para un castellano, es excelente y la temperatura, al caer la tarde, es de doce grados. No obstante, la gente de aquí se abriga, pienso yo, más de lo necesario. Tal vez sea la idea de que ya es invierno, o la de que hay que lucir la ropa elegante adquirida para la ocasión, o, quizás, que sean un poco frioleros.
Las Ramblas, a finales de diciembre, son una oleada incesante de gentes que se mueve al atardecer entre los árboles decorados con luces navideñas. No se trata de la Rambla de Catalunya que sale de la plaza del mismo nombre y corre paralela al paseo de Gracia. Las Ramblas, así en plural, es una sola denominación para las varias que tienen sus tramos (Rambla de Canaletes, de Estudis, de Sant Josep, de Caputxins, de Santa Mónica) y que completan este paseo de casi un kilómetro y cuarto. Es el amplio paseo que baja desde la plaza de Catalunya hasta el monumento a Colón, el paseo que desemboca en los Drassanes, los viejos astilleros donde los barcos de la Corona de Aragón partían hacia sus vastos dominios en el Mediterráneo, el paseo al puerto viejo, el paseo principal de Barcelona hacia el mar. Son las Ramblas de la ciudad vieja. Una primera visión del rostro de la ciudad.
Están jalonadas en su parte central por kioscos de prensa, terrazas, puestos de flores e incluso de pájaros, actores callejeros, pintores y dibujantes y, en los laterales, por bares, cafeterías, restaurantes, bocatillerías, pizzerías, pastelerías y comercios. Paseando por ellas se sumerge uno en un rumor de voces denso y zumbón pero, las más de las veces, son voces extranjeras. Las pacíficas hordas modernas del turismo se vuelcan especialmente en las Ramblas.
Caminando por el paseo central, a sus lados, como si fueran divinidades romanas, se yerguen hieráticos, de tanto en tanto, esos mimos que de años acá se han puesto tan de moda. Salteados, entre las terrazas y los kioscos, puede uno encontrarse una Victoria de Samotracia, un cow-boy dorado, un ángel del infierno, un hombre sin cabeza, una estatua sin sustento aparente, personajes de la Guerra de la Galaxias y hasta un hombre sentado en la taza de un retrete con todos los aditivos inherentes al acto (periódico, transistor, papel…). La gente, en olas abigarradas, titubeantes y lentas, pasea por el centro de las Ramblas mientras, por las vías laterales, hileras de taxis, coches, motos y bicicletas circulan sin pausa.
No faltan los que ofrecen flores a viandantes y clientes de las terrazas con una constancia digna de mejores empresas, ni los vendedores de pequeños juguetes que, sin dejar de hacerlos funcionar, se los ponen en la mano a quien pasa, no faltan, entre tanta multitud, los pedigüeños que, si no hay dádiva, rebajan su petición a un cigarrillo. Y, sobre todo, no falta policía que vigila sin cesar este manantial constante de dinero que, a la vez, es imagen de la ciudad para los visitantes. El turismo es, donde se consigue, un pozo de petróleo que mana sin cesar pero que hay que vigilar continuamente.
Las Ramblas parten la ciudad vieja en dos mitades. En dirección al mar, a la derecha, queda el barrio del Raval, a la izquierda, la ciudad medieval, el barrio gótico y, pasada la Vía Laietana, Sant Pere y el Born. Todos ellos son los barrios que ningún visitante avezado debe perderse. Es casi cosa de manual.
A la derecha, bajando en dirección al mar, se topa uno con el Palacio de la Virreina, el viejo mercado de la Boquería, el teatro Liceu y otra serie de fachadas señoriales y, a la izquierda, con la Plaza Reial, bella plaza asoportalada con cervecerías y restaurantes y, los fines de semana, mercadillo de sellos y monedas.
Cerca de la plaza del Portal de la Pau, la de la estatua de Colón, en el restaurante Casa Joan, dos camareros españoles, un salvadoreño y cuatro filipinos trabajan duro. En él se da de comer decentemente a cualquier hora. Los camareros son educados y solícitos, rápidos y eficaces, pero tampoco pierden la ocasión de ser simpáticos y pegar la hebra con los clientes, especialmente si éstos repiten visita. Es uno más de los muchos restaurantes de las Ramblas y creo que un digno representante de ellos. Y uno se siente menos forastero en la bella y cosmopolita Barcelona por el trato confianzudo y familiar que recibe.
De las ciudades uno piensa que lo primero es captar el ambiente, la sensación de sus calles, el calor de sus gentes y otras cosas que lo sobrevuelan y lo envuelven todo, luego, con el tiempo, ya habrá ocasión, si se desea, para los monumentos, los museos y otras visitas de interior.
Desde Madrid, el AVE le pone en Barcelona en unas tres horas. Apenas hay paradas y una buena parte del paisaje lo dejan entre paréntesis los túneles. La vista no tiene tiempo de enfocar los detalles. Apenas hay lugar para el intento de identificar parajes conocidos. La velocidad escamotea vistas al viajero pero, a cambio, le regala tiempo. Y, algunos, no están muy convencidos con el trueque. Sin embargo, no vale la pena discutir sobre estas cosas del progreso y nadie, como ya es hábito, lo cuestiona.
Desde la estación de Sants un metro eficiente y limpio, lleno de gente silenciosa que lee, dormita o finge no mirar a ningún sitio, le deja en unos veinticinco minutos en el centro. Y repara en que los viajeros del metro, como los del AVE, han pasado de viajeros a ser gente transportada como, por otro lado, les ocurre a todos y en todos lados con esas cosas, un día extraordinarias, a las que ha ido amaestrando la costumbre.
En la estación de Liceu, en el centro del centro del casco antiguo, abandonan algunos esas catacumbas eficientes del transporte público y emergen a la ciudad. Es en ese momento cuando al viajero se le multiplican los sentidos y recobra la conciencia de sí mismo. La tecnología del transporte ha culminado con éxito la parte pasiva y pagada de su viaje. Ahora, en medio de la ciudad, fuera de las tripas iluminadas artificialmente, topa con la luz natural, con el bullicio, con el tráfico, con el paisaje urbano y, despistado, apenas tiene conciencia de que se inicia un viaje nuevo. Sabe que el itinerario ha dejado de estar mediatizado, que se ha convertido en voluntario, selectivo y verdadero. Él lo desea lento y concienzudo. Sin embargo, recobradas las riendas de sí mismo, sabe que no tiene ninguna garantía de éxito porque abandonó la maquinaria del traslado y ya, fuera de ella, todo resulta aleatorio, circunstancial, y humano. Y son sólo sus propias percepciones las que le van a dar una solvencia siempre limitada. Es el viaje. El viaje recobrado.
Llegó el veintidós de diciembre, patito, patito.
En una época de desdichas casi diarias, quien más quien menos espera algo bueno del día del gordo. Que estas esperanzas no las cercena Moody’s, ni la OCDE, ni el Banco Europeo, ni todavía están intervenidas. Que es un respiro, oiga.
Es una mañana en la que suena de fondo el canto monocorde de los niños de San Ildefonso, como un gregoriano de escuela en que se entonan cifras. La jaculatoria machacona de los mil de la pedrea nos mece la mañana con mano regular. Hay alguna salida de tono inesperada, muy de cuando en cuando, con el sobresalto de los premios mayores. Y el día, convertido en un paréntesis en el tiempo cruel, se vuelve antiguo, casi ancestral. Y florecen las frases de siempre, como en un velatorio en el que el muerto pudiera levantarse y todos esperasen el prodigio. Y se desempolvan las sentencias viejas para decirlas igual que las oímos hace ya muchos años. Vuelven a pronunciarse sin recato, esperando el prodigio que siempre llega para otros.
Morir es ley de vida
El gordo es una tradición.
Al que le toca le toca
La vida es una lotería.
Si me toca no me veis el pelo en un mes.
Ha terminado de sufrir.
Yo pagaría la hipoteca y cambiaría de casa.
Y yo, hasta de mujer.
Hasta que no te pasa no te das cuenta.
Yo es que no me lo podría creer.
Quién nos lo iba a decir.
Se dice pronto 3 millones.
Cómo se han quedado los hijos.
A mí con que me toque un pellizquito.
La vida se pasa en un suspiro.
Yo creo que acabará en uno.
Ha muerto muy acompañado.
Lo bonito es que esté muy repartido.
A esto venimos al mundo.
El que no se conforma es porque no quiere.
Quién le iba a decir lo poco que le quedaba.
A ver si este año cae en mi pueblo.
La vida se acaba cuando menos se espera.
El gordo no esta siendo madrugador.
Al menos ha dejado situada a la familia.
Soy feliz porque he repartido la suerte.
A qué hora le damos sepultura.
Yo, con tapar agujeros, me conformo.
Hay que joderse lo que somos al cabo.
La salud es lo único importante.
Dijo adiós discretamente, como vivió.
A mi jefe le dejo plantado y a los del banco que les den.
Si no se hubiera muerto…
Si me tocara…
Yo me conformo con lo que tengo.
Oiga, que yo no me cambio por nadie.
La verdad es que teniendo salud.
Y familia, que la familia es la mejor lotería.
Yo ya me di cuenta de que le quedaba poco.
Y yo ya dije que este año acababa en cero.
Claro, a toro pasado.
Y, usted, si le hubiera tocado, ¿qué habría hecho?
Pues seguir así, sobre poco más o menos. Pero con más dinero.
¿Le ha tocado algo?
Perder.
El dinero no lo es todo en la vida.
Y que lo diga usted.
En los últimos años dos trozos de papel eran nuestro contacto. Una vez al año, por Navidad. Una felicitación, con las cuatro letras imprescindibles, y un décimo de lotería.
Hablar, cada vez menos. Tal vez, porque el diálogo dolía. En diciembre del 2007 fue la última vez. ¿Qué te cuentas, serrano?, dije como solía.
Pero me contestó una voz doliente y débil que no reconocí. Ni pregunté, ni me dio explicaciones. No hacía falta. Las conversaciones se acortan si son una tortura. Aquélla, tan breve, sabía a despedida.
A finales del 2008 le llamé de nuevo. Tanto el del piso de Madrid, como el teléfono del pueblo, estaban anulados. Lo dijo el eco grabado de una telefonista. Imaginé, sin certeza, lo peor.
Quise suponer que era su hermana la que había muerto y que él se habría recogido en una residencia. Y pensé, si así era, lo que me gustaría hacerle una visita. Pero mis averiguaciones fueron vanas.
Puede que, por las fechas, le recordara esta mañana.
Se han amontonado las visiones: Anguita, Guadalajara, Esteras de Medinaceli, Soria, Yunquera y Saelices. Las he parado. No quería que les imitaran los olores, los sabores, los sonidos y, menos, los afectos y las risas.
En 1993 le acompañé en la despedida a la querida María Luisa, su mujer.
Y, ya entonces, lloramos juntos por ella, por nosotros y por los momentos que nunca volverían. Fueron muchos años de roce, de familiaridad y, siempre, de cariño mutuo. Su generosidad siempre sobrepasó la mía.
Se marchó a Madrid, con su hermana María.
Esta mañana, entre el cascajo de noticias desparramadas por Internet, lo he encontrado. Antes de leerlo, lo sabía. Una reseña del ABC de Madrid, del 16 de marzo del 2008. Entre los fallecidos: Fortunato Valentín Cabra Sanz (84). Sólo uno más en una lista.
Así que ya no habrá visita y sólo este pequeño duelo mío, tan sentido, y con tanto retraso. Gracias por todo, Valentín.
Soy una mujer tradicional. Una mujer tradicional no tiene amantes, es más, no quiere amantes. Bueno, o a lo mejor sí. Pero esto no es el caso, que la cuestión es muy otra, que no voy yo por ahí que si yo esto, que si yo aquello, que si yo hubiera querido… no señor, yo no soy de ésas.
Pero, bueno, pongamos que a una le sale, por decirlo así, un admirador, un no sé, algo así como un ser servicial, un hombre que te mira como con una devoción en los ojos. Porque, hija, es que eso pasa. Todo platónico, ¿eh?, quede claro. Que, por mi parte, más allá de alguna sonrisa no ha habido, ni habrá, y ya ha sido mucho. O sea, quiero decir algo como idealista, como una cosa de cabeza, vamos, algo que una alimenta por, no sé, por distracción, por entretenimiento, casi por no molestarse en rechazarlo, o sea.
Y platónico siempre, porque esto es fundamental y hay que dejarlo establecido. Por mi parte, claro, que es que los hombres, hija mía, todos iguales. Que una, en todo caso, pues por sentirse deseada, por la cosa romántica, por esa emoción, por el calorcillo ese interno que se siente, por ese prurito, vaya, que no sé si me explico.
Que por lo demás no, ¿eh?, que por esas ansias, de eso nada, que una es muy señora, y una, sobre todo, sabe estar. Que una es una dama y de eso se percata cualquiera que me aborde con otras intenciones. ¡Buena soy yo! ¡Ordinarieces, ni una!
Pero, si una espera algo, es un poco de romanticismo, algo así como una ensoñación, una admiración en la otra mirada, un cierto arrobamiento en tu presencia, ¡ay, no sé!, ese algo especial que hace que un hombre te mire con carita de carnerín en el degolladero, que te diga con los ojos lo que le está vedado decirte con los labios, que se arrobe, que se aturrulle, que tu presencia le ponga nervioso, ¡ay, no sé, no sé si me explico!
Y a una, por qué no decirlo, le gusta un detalle. Para mí el detalle simboliza la finura. Porque una es una mujer y los detalles, de veras lo digo, van con una, como si dijéramos, con su idiosincrasia. Un detalle rinde a una mujer, siempre lo he dicho. Lo que no consigue la perseverancia, ni los halagos, ni las palabras con doble sentido dejadas al azar, ni las miradas encendidas, ni las cartas desbordadas de sentimiento, ni las insinuaciones más provocadoras… , no sé, lo consigue un detalle, una cosita, algo sencillo.
El detalle es el punto de mi i, tengo que reconocerlo. Porque otra cosa no tendré, pero darme cuenta de que un hombre te tiene en su mente, hasta el punto de mirar aquí y allá buscando lo que imagina que te gusta, hablando, no sé, por poner un ejemplo, con una buena media docena de perfumistas, o con cuatro ó cinco trajeados joyeros, o con algún pretencioso encargado de esas tiendas de alta costura, es que sólo imaginarlo me encandila. Adivinarles buscando, entre la creme de la creme, nada, un detallito, una cosa que, al final, no va a ninguna parte. Pues parece que no tiene importancia, pero eso me desarma. No sé, es que yo soy así, una sentimental. ¿Qué quieres? Una tiene su puntito, el de la i, sí.
Así que llega el otro día y se hace el encontradizo. El encontradizo, ¿eh?, que buena es una para quedar por ahí con nadie, ni por pienso. Y, claro, le vi que traía algo en la mano. Y, bueno, yo con el corazón a cien. Y va y se acerca y me dice:
- Toma, Clarita, espero que te guste.
Y, sin esperar mi respuesta, siguió la calle adelante contoneándose, con un aire torero, con una solvencia, con un meneito de codos, con una dejadez de manos al compás de sus muñecas, como dejando a sus espaldas un ahí queda eso… que, de verdad, es que lo cogí mecánicamente, como en un acto reflejo, y es que fue la sorpresa, la sorpresa tuvo que ser, que me dejó sin palabras.
Lo saco de la bolsa. Era una caja. ¡Ay, qué emoción! La desenvuelvo. Una caja de madera pulida y barnizada a muñeca. ¡Ay, con su cierre doradito! ¿La abro? ¡Ay, Dios mío, qué diría mi marido si se entera! Y, de veras lo digo, que estuve a puntito de no abrirla siquiera. Pero, hija, el detallito me perdió y sufrí como un vuelco.
Dentro me encuentro con una nota: “Como ando muy atareado, he preferido dejarte a ti la elección, Clarita. Con devoción. Arturo.”
Una tarjeta del Corte Inglés por un valor de 300 €.
Le devuelvo la tarjeta, mira si se la devuelvo. Esto no se le hace a una mujer. Vamos, que no se le hace ni a la propia. Y no sólo por ser tan tacaño y tan zafio, que un brillantito hubiera sido lo suyo, sino, sobre todo, por ser tan doméstico y tan cutre. ¡Una tarjeta del Corte Inglés, a quién se le ocurre! ¡Capullo! ¡Ni que estuviera tratando con una fregona! ¡Un chorizo como éste, que no tiene tiempo ni imaginación para hacerle un regalo de amor a una mujer, no merece compasión! ¡Ay, si por mi fuera!, con cuánta razón dijo aquel comendador de cuando Lope de Vega: ¡Nada, nada, no hay perdón, corto picha y al montón! ¡Hortera!
Tras el cristal de la ventana la lluvia suave caía vertical. El Nano la observaba con el desvalimiento de verse otra vez solo, entre el olor a lapiceros y goma de borrar. Otro día castigado, en la clase vacía. El rumor de la lluvia en sus oídos era como el de la instrucción en su cabeza: ambos persistentes, pero el segundo inútil. Seguiría luego la monotonía de otra bronca en casa. Una cosa tras de otra. El rito acostumbrado.
Quitó con la mano el vaho de su nariz en el cristal de la ventana. Y vio aquel perfil majestuoso: la mole parda del cerro San Cristóbal y todo el corte de montes que bordeaban las alcarrias. El Nano imaginó qué habría más allá, cómo sonaría aquella lluvia sobre los pedregales, qué olor desprenderían las encinas, qué dibujos harían sobre el suelo los trazos caprichosos del agua de la lluvia, dónde se habrían amparado las perdices, en qué cobijo andaría asobinada la raposa…
- A ver, Nano, ¿te has estudiado ya los números primos? –irrumpió la presencia sonora del maestro.
- No me entra, don Gonzalo.
- Pues te vas a quedar hasta que te lo sepas.
Y el Nano, otra vez solo, se preguntaba por qué importaba tanto lo que había a este lado del cristal, por qué no reparaba nadie en aquella inmensidad que había fuera. ¿Es que no se daban cuenta? ¿Es que no lo veían?
Y el chico, precoz autodidacta, empezó a sentir la vocación secreta de mirar siempre donde otros no miraban. Y claro, empecinado en ello, con el tiempo sus ensoñaciones tuvieron sentencia:
- No hay manera con él. Este chico es un inadaptado.
Leyendo algo de historia de las matemáticas, cualquiera puede darse cuenta de la importancia que tuvo la aparición del número cero y su uso actual. El cero sólo tiene valor posicional, pero facilita muchísimo el cálculo.
Cuando fue introducido en Europa en el siglo XII, según los eruditos, por el matemático Fibonacci a partir del álgebra de los árabes, todos quedaron sorprendidos por la facilidad del nuevo sistema. Pero éstas son cosas al alcance de cualquiera que tenga curiosidad por las matemáticas y el origen de éstas.
Lo que me ha llamado la atención ha sido leer la violenta reacción que tuvieron entonces las autoridades de la Iglesia. Al parecer, tildaron al nuevo sistema, literalmente, de mágico y demoníaco y se opusieron a él, simplemente por la gran facilidad que aportaba al cálculo. Y todo porque la Iglesia y los calculadores profesionales, que casi todos eran clérigos expertos en el uso del ábaco, veían amenazado su monopolio de contadores. Para mi sorpresa en algunos lugares lograron vetarlo hasta el siglo XV.
Hasta con una cosa tan inocente como es el número cero tuvo la Iglesia que meterse en su día. Si calificaron al cero de demoníaco, ya no me puede extrañar nada. Sólo quiero dejar aquí esta consideración para que, quien lea, haga sus propias conjeturas.
Querida madre:
He comprendido, con el paso de los años, que fuiste una persona normal. “Dios te libre de la hora de las alabanzas”, decía un viejo amigo y dice también el saber popular. Así que, en lugar de alabarte, como parece que procede con todos los desaparecidos, te diré lo que pienso de nuestra vida juntos.
¿Con qué derecho lo hago? Pues con el que me concede el tener tanta antigüedad en el cargo de hijo como la que tú tuviste en el de madre. Y con estas premisas, las de haber sido ambos personas, vengo, por mi parte, a reconocer lo siguiente:
Que, aunque fueses absorbente, estuviste pendiente de mí cuando te necesité.
Que, aunque fueses egoísta, conmigo no lo fuiste hasta que comprendiste que podías serlo.
Que, aunque de pequeño me pegabas frecuentemente, he de reconocer que no sabías corregirme de otro modo o que, por comodidad o por prisas, te parecía lo más práctico.
Que, aunque siempre me pidieras cosas, no las pedías solamente para ti.
Que, aunque fueras comodona, nunca faltaste cuando te llamé.
Que sé que sólo te despreocupaste de mí cuando me consideraste fuerte.
Que, aunque intrigabas para salirte con la tuya, luego solías arrepentirte.
Que, lejos de querer a tus hijos por igual como proclamabas, tenías tus favoritos.
Que, antes que trabajar tú, preferiste que lo hicieran algunos de tus vástagos en provecho de todos.
Que, algunas veces, me creaste mala fama para conseguir que la tuya resaltase por tener que lidiar con un hijo tan indómito.
Que no me contabas siempre la verdad, sino la parte que te convenía.
Que intentabas manejarme, tal vez porque te educaste en que eso era lo que las mujeres debían de hacer para poder sobrenadar en este mundo gobernado por varones.
Que habría algunas otras cosas y matices que tendríamos que discutir o, al menos, comentar con calma. Pero esto ya no tiene objeto, porque no vamos a tener la oportunidad.
Que, dándome cuenta de todo lo anterior, no quise nunca hacértelo evidente por no romperte tus esquemas, ni disgustarte más de lo que la edad, las enfermedades y la vida ya lo hacían, como lo hacen o lo harán con cada uno de nosotros.
Así que, pasados unos meses de tu muerte, no quiero hacerte un panegírico. Por el contrario, y contra la ley no escrita de amar a la madre con razón o sin ella, te confiero el rango de persona normal, a la vez que te equiparo con el tipo de esos seres bienintencionados que cada cual pretendemos ser y que, intentando lidiar con la vida, nos desenvolvemos como mejor nos parece.
Por eso te declaro bienintencionada, de acuerdo con los baremos de tu tiempo. Te declaro práctica y efectiva, de acuerdo con tus intereses y los que considerabas que eran los de la familia. Te declaro cariñosamente irregular. Te declaro amorosamente partidista. Te declaro parcial. Te declaro injusta. Te declaro administradora del cariño, y de todo lo demás, bajo tus parámetros personales. Te declaro, al fin y al cabo, una persona corriente, como lo somos todos, y que hizo lo que supo, pudo y se le ocurrió.
Con amor, pero sin esas admiraciones ciegas que al cargo de madre se le presuponen, te envío un saludo cariñoso, allá donde estés, y te deseo lo mejor. Tal y como tú lo procuraste, en tu criterio, para todos nosotros cuando en esta vida estabas.
Sin embargo, pese a todo, me tengo que declarar dolorosamente huérfano de ti, porque mis dolores ya no encontrarán jamás tu amparo ciego.
Con cariño,
Tu hijo.
- ¡No tenemos na en casa con este hijo!, ¡pero naíta, no tenemos na en casa!, ¿pero es que no sabes, criatura, que estos animalitos se comen? Pero si te he puesto en to el huidero, tonto los cojones, si te la he metido en los mismos pies, desgraciao, si ta pasao a un metro ¡Ay, jodío pianista! No te falta a ti na, galán, anda que no tienes tú que sembrar los restrojos de perdigones. ¿Pero es que no la has visto? Pero si la Juani se deshacía con el rastro, vamos que se desarmaba el pobre animalito, pero si, en cuanto ha botao, se ha jartao de ladrártela, si es que se ainaba. ¡Ni que te hubiera dejao sordo la meningitis de pequeño! Porque tú, por fuerza, tienes que haber pasao la meningitis pa haber salido asín de espabilao, ¡lumbrera, que eres una lumbrera! Y ver ya, ¿ver tú?, pa qué vamos a hablar. Ves menos que una picha escayolá bajo bragueta pana y dos mantas encima en una noche oscura. No sé pa que os sirve el estudiar si vais por el campo como gelipollas. Mira que fallar eso. Y con la mañana que llevamos, ¡me cago en diole! Anda que no ha salido la rabona diciendo: ¡Sarvi, mátame! ¡Sarvi, mátame! Pero tú en qué ibas pensando, ¡ni que estuvieras enchochao con alguna por ahí!, pero si te lo estaba diciendo. Que acabo contigo hasta con agujetas en la lengua. Que en el mes de enero en los restrojos y en los regueros, y que a la que salen tiran pa la senda buscando el perdedero. Y tú, como el que tiene tos y se rasca las pelotas. Igual que esta mañana na más empezar. Y cuidao que ya te lo he dicho esta mañana, que te fijes que aquí con la helada son mu querenciosas, que aquí son mu seguras, Sarvi, que te lo he dicho con to el cariño, papo. Y, cuando he guipao a la primera en la cama, yo, encima, a avisarte ¡Que la veo, que la veo! Y tú, que si estaba de coña. ¡Te había dao una hostia! Tú no ves a un cura en un montón de cal, qué digo a un cura, ni a medio seminario. Anda que menudos ojos te echaba, galán. ¡Huy qué ojos te echaba, qué ojos te echaba! Y tú que nada, mirando a tos los laos menos donde debías. Que ni verla siquiera y yo que mírala, que mírala y tú que: ¿Dónde, dónde?, con una cara de alobao que era pa verte. ¡Anda que ha tardao la Juani en ahuecarla! Y tú que: ¡ahí va si era verdá! Que, si no me la trompico, aún estabas mirándola correr, ¡tonto el bolo! Poca hambre has pasao tú de pequeño. Bien se conoce, por lo listo que andas. Pero es que no estás viendo que están más claras que los obispos. ¡A ver si espabilas, so pasmao! Anda que, si naces mujer, a ti te habían pasao por la piedra tos los soldaos de Sierra Morena. Pero, vamos a ver, ¿qué pintas tú en el mundo? ¡Si no estás a lo que ties que estar, tonto el haba! ¡Ayyyy, qué consumición, Virgen Santísima del Pilar de Zaragoza! ¡Me cago en hasta en el patíbulo! ¡Me cago en hasta en la enclavación! ¡No te tenías que morir nunca, Sarvi, no te tenías que morir nunca! To la vida enfermo. Sí.
De vuelta al pueblo, el Colás, ya en calma, hacía las paces:
- No me lo tengas en cuenta, Sarvi. ¡Papo, Sarvi! Que ya sabes tú que luego no soy nadie. Anda, vamos a fumarnos un pajandini. Sí.
El frutero parece un simple pero no ceja de guasearse de las clientas.
- Me tienen harta en casa con que no quieren verdura.
- Pues si a usted le va lo verde, doña Charito, échese un querido.
- Huy sí, hijo mío. Con todas esas de fuera que andan por ahí, enseñando hasta el mondongo, que yo las cogía y las ponía de patitas en su país.
- Pero, qué culpa tienen. La culpa la tienen los hombres –tercia la frutera.
- ¿Los hombres?, pobres de nosotros. Pero si lo nuestro no son nunca malas intenciones ni lascivia de esa mala. Lo nuestro es debilidad, que es la debilidad la que nos pierde, doña Charito.
- Sí, debilidad. ¡Ya, y ternura! A vosotros lo que os pasa es que culo veo culo quiero. ¡Qué sois todos unos babosos! Y una en casa haciendo el guiso con el mandilillo de la continencia y ni caso.
- Diga usted que sí. Y unos pringaos que había que matarles –apoya la frutera.
- Pues mire, estando usted bien atendida, deje a su marido que reparta el sobrante. Porque lo que no pueden hacer las mujeres es querer mandar también en el sobrante –vuelve el frutero a la carga.
- Pero qué sobrante ni sobrante. ¡Ni que fuerais un pantano! Lo que tenéis vosotros es faltante, pero faltante de vergüenza y de lo otro. Qué sois unos bocazas.
- Oiga, oiga, sin ofender. Cuente usted con su propia experiencia, que algunos vamos muy sobraos.
- Sobrao tú, con esa pinta de sietemesino.
- Oiga, señora, que las apariencias engañan. Mire, mire, pregunte aquí a mi señora, que no me dejará mentir.
- Huy, tititititititititi, pero qué has comido esta mañana –salta la frutera con la mano derecha levantada y moviendo el dedo corazón.
- Pues como no haya sido verdura.
- Pues habrás sido eso y se te habrá subido el color a la cabeza.
- Diga usted que sí, doña Charito, que los hombres, todos, pero todos, sin dejar ni uno, ni al más santo: unos guarros. Se lo digo a usted.
Pago y me marcho, porque antes de que me metan en el frente prefiero una digna retirada. El frutero, que suponía en mí una baza para seguir con la bronca, aún me insiste:
- ¿Y usted no dice nada?
- No, yo ya me marcho.
- ¡Qué poca solidaridad!
Se han conocido exilios masivos y desgarradores. Históricas huidas hacia lo desconocido provocadas por el miedo que, más cauto que la razón, impelió a muchos a abandonar su tierra por eso de que inquina y raciocinio son agua y aceite. Fueron frutos de postguerras, donde los perdedores le tuvieron mucha más ley al miedo alado que a la incierta humanidad del vencedor. Exilios obligados por eso de que, con la muerte, es mejor no jugar a cara o cruz.
Hay otros exilios voluntarios, del que no está de acuerdo con lo que le rodea y sabe que no puede cambiarlo. Estos exilios están revestidos de impotencia, pero también de dignidad y, sobre todo, de ese romanticismo al que se llama trasnochado pero que, en todos los tiempos, ha movido el mundo. Es el idealismo, presente en la vida de los soñadores, o de los menos conformistas, o de los más valientes, o, quizás, de los genios.
Hay, sin embargo, otros exilios interiores que son irrevocables. La dictadura del tiempo los gobierna. Éste nos echa de la niñez, de la adolescencia, de la juventud, de la madurez, de los gustos, del trabajo, nos exilia de los seres queridos, de los acostumbrados compañeros, de los entrañables amigos, a veces, también de los amores o del amor de nuestra vida, y termina echándonos hasta de los vicios y de la salud. Y no cejará hasta que nos desahucie de nuestro propio cuerpo. ¿Dónde iremos entonces?
El orden es aburrido. Sí, necesario, ya sé, pero tedioso. De ese pastel del orden no me guardes mucho. Un trocito cuadrado, claro, sólo para recordar lo imprescindible.
Del orden salen colecciones, conjuntos, cosas que ya estaban. Coleccionar es ordenar cosas, más o menos llamativas, o valiosas, o nimias. Ahorrar es hacer conjuntos, ser un coleccionista de ellos en forma de monedas, billetes, propiedades, sin importarte la monotonía ordenada de tenerlas repetidas en lugares también repetidos. Pero dicen que da seguridad.
Y da la impresión de que ese orden, añadido a todos los demás inventados, hace que nos sintamos más firmes en la vida, menos espantados. Es una fe más que nos protege. La catalogación de todo, incluso de las personas, nos hace creer que pisamos el suelo de un modo más sentado, como dominando. ¿Será el orden una forma de poseer lo que nos rodea o será todo una ilusión?
El orden produjo los números y las asociaciones de filas y columnas y nos empeñamos con él en domesticar hasta lo amorfo y es tanto nuestro empeño que, cuando el asunto se nos pone cuesta arriba, creamos artificios que hagan coincidir la realidad con lo que pensamos que ésta debe de ser, ¿se podrá domesticar la realidad? Pues no sabemos, pero nos horroriza que algo se nos escape.
Y está bien tener una vida ordenada y, si es desordenada la que tienes, pues malo. Te lo dice todo el mundo o, si no te lo dicen por prudencia, te lo dejan caer por piedad. Que no faltan virtudes para lo que convenga. Y si unos callan por no herirte, otros, para compensar, hablan para redimirte. Que al pan pan y al vino vino. Si no, ¿qué es esto?
Y todo en la vida se ha hecho orden. Y se dice a sus órdenes. Y lo contrario al orden es el caos y el caos, vaya usted a saber por qué, siempre da miedo, impone y tiene mala prensa. La gente, está bien visto, que sea de orden. Y, por si fuera poco, se inventó el ordenador. Y para que no hubiera dudas se basó en el sistema binario: o cero, o uno. O sí, o no, que las cosas no queden colgando, que el orden no admite titubeos. Y por ahí seguimos, con nuestro noble afán, ese camino tan lineal. Pero estamos contentos porque, en el fondo, creemos saber a dónde vamos.
Cuando era chico nos inculcaban a los niños la idea de ser buenos. Ante la candorosa simpleza del precepto, cuando aparecían las primeras contradicciones vitales entre bondad y pragmatismo, nuestros preceptores complementaban la enseñanza añadiéndole un nuevo matiz, tan general como el primero, pero más funcional: buenos, pero no tontos.
Y con poco más que esas cuatro palabras, por bagaje moral, afrontábamos la vida. Lo hacíamos confiados en que esa maestra nos enseñaría la justa proporción entre bondad e inteligencia. Y que el nivel, más o menos estable, entre esos dos vasos comunicantes le daría un sentido a nuestra existencia. Y nos parecía que teníamos un norte.
Y del Norte llegó una nueva luz. Y fuimos descubriendo, sorprendidos, que aún cabían axiomas más simplificados. Que, poco a poco, otras culturas, avanzadas y admiradas, daban a luz un modelo de conducta más breve y preciso: time is money.
Y apareció el nuevo modelo, el del ganador. El del ganador de dinero y, por ende, de todo lo demás. Y descubrimos que, siendo ganador, todo se perdonaba. Es más, que nada tenía importancia. No contaba lo que fuéramos, e, incluso, si con el tiempo reconocíamos públicamente nuestras presuntas vilezas, y además teníamos la osadía de publicarlas en un libro, el hecho sería celebrado y un best seller el libro. El ganador era la sin pecado, una rediviva Inmaculada.
Aparejado, vino otro concepto: el del perdedor. Y, el serlo, no era ya una situación accidental, aleatoria o circunstancial. El perdedor se ha convertido en un inadaptado, en una persona que siempre fracasa y, lo que es peor, que irremediablemente está avocada a fracasar: un irredento. Llamarle perdedor a alguien es el insulto de moda que describe, en una palabra, nuestra percepción de la ética en boga.
La disquisición entre bondad y maldad es demasiado sutil y laboriosa, distinguir entre ganadores y perdedores es inmediato y evidente. Bondad, maldad, son conceptos del pasado, ¿qué es eso, a quién le importa? Funcionas o no funcionas, triunfas o no triunfas, eres rico o no lo eres. No hay más. Es la simplicidad alquitarada, la idea pura.
No hay discusión. Y, hasta muchísimas mujeres, convertidas en selectoras naturales de la especie, abrazan el concepto y, convencidas, añaden este colofón a las cualidades que anhelan encontrar en un varón:
- Y, por favor, que no sea un perdedor.
El soldado caminaba despistado desde la estación. Buscaba el centro. Le habían dicho que su cuartel estaba cerca de la Plaza de Cervantes. La plaza rectangular, amplia y bordeada por uno de sus lados de soportales, era el núcleo del casco viejo. Cuando llegó a ella el petate le pesaba sobre el hombro y el nerviosismo de la incertidumbre le cosquilleaba por dentro.
- Perdone, ¿el Acuartelamiento del Príncipe?
- Lo tienes ahí mismo –dijo el transúnte, sin pararse, señalando la entrada de una bocacalle.
Apenas caminó unos metros por ella vio, tras las cristaleras del bar Ocampo, un grupo de suboficiales que alternaba dentro. Apretó instintivamente el paso y salió a una plaza con unos jardines en el centro. La hermosa fachada de la universidad le impresionó. Indeciso, giró a la derecha y, observando incrédulo aquella fachada, caminó lentamente hacia ella. Terminó por quedarse parado, de espaldas al Hotel El Bedel. Aquella fachada no podía ser la de un cuartel.
Desorientado, se giró. En la cafetería del hotel fumaban indolentes y tomaban copas en un servicio de cristalería refinada algunos oficiales. Vio por un instante su figura reflejada en la gran luna de cristal, superpuesta a la de aquellos elegantes militares. Apenas mantuvo la visión un segundo. El soldado, impulsado por un muelle interior, se alejó, acercándose a la puerta de la universidad. Estaba cerrada. Despistado, miró a su izquierda y, sólo entonces, apreció el enorme edificio de ladrillo con el mástil y la bandera en su portón principal. Dedujo que los jardines centrales se lo habían tapado. Dos paracaidistas, de apariencia impávida y la mirada fija y perdida en un horizonte que sólo ellos vislumbraban, hacían la guardia con fusiles de asalto ante la puerta de la mole. Entre ambos un sargento con las manos atrás, pistola al cinto, y aire impaciente, le miraba, plantado con las piernas abiertas en el centro del portón. El soldado tuvo la certeza de que le había estado observando desde que entró en la plaza. Sin duda aquél era el cuartel que buscaba.
Maquinalmente revisó su atuendo, botas y gorro. Según se acercaba al portón, el sargento, de expresión indescifrable, no le quitaba de encima la mirada. El soldado al llegar soltó el petate, se cuadró y saludó, adoptando su mejor aire marcial:
- A sus órdenes, mi sargento. ¿Es éste el Acuartelamiento del Príncipe?
El soldado, cuadrado como estaba, recibió por respuesta un puñetazo en el pecho y la primera admonición cuartelera:
- Pero, ¿tú, de dónde sales? ¿Es que no te han enseñado a saludar a la bandera?
En el bar Ocampo han puesto un comercio. El Hotel El Bedel pertenece hoy a una cadena, se ve que casi todo lo que permanece ha de encadenarse a algo. Dragados está remodelando el viejo acuartelamiento para convertirlo en dependencias de la universidad. Quedarán las fachadas, pero la gran urdimbre de sus tripas se la están comiendo los equipos de demolición. Portones, túneles, cuerpos de guardia, pasadizos, pabellones, oficinas, patios, salas de oficiales, de suboficiales, despachos de jefes, cantinas, comedores, cocinas, sala de banderas, prevención, calabozos, cocheras, enfermería, almacenes y todo el laberinto de pasillos, escaleras, galerías, sótanos y cámaras, se están convirtiendo en cascotes y polvo.
El soldado hace ya varias décadas que cumplió su compromiso, entonces casi ineludible, con la patria. Tenía la esperanza de recorrer algún día, de viejo, aquellas dependencias. Suponía que los años cambiarían los recuerdos, pero ya no le va a ser posible comprobarlo.
Tras las lunas del hotel El Bedel, esta vez por la parte de dentro, ha observado la vieja fachada, el portón y las dependencias a medio derruir, con ese aspecto de efímeras y destartaladas casas de muñecas infantiles que las demoliciones dejan cuando están a medias. El que fue soldado se entretiene, lo que dura un café con leche tomado con calma, en sus recuerdos. Casi todos ellos tienen nombres pero, a la vista de lo que está pasando con el edificio, casi prefiere no indagar ni saber sobre ellos.
Una mujer joven ha bajado de su habitación a desayunar. El camarero le informa de que sólo sirven el desayuno continental.
El que fue soldado paga y sale. Echa una mirada a las obras y otra a la fachada de la universidad, atraviesa la plaza y se va por la Calle de las Beatas.
Casi siempre se necesita ser un solitario empedernido para apreciarlo. No sé por qué, pero la compañía parece que induce a la comodidad y, por ello, a la distracción y al barullo de la ciudad o al fuego hogareño del pueblo o a la tertulia del bar.
Las vistas que ofrece la naturaleza son instantáneas y efímeras pero simultáneamente sobrecogedoras, como lo es la belleza deslumbrante que, a la vez, impone, apabulla y asusta. Hay que estar allí, en su momento, para verlas surgir y disolverse, para sentirse parte de un instante furtivo, para testificar ante uno mismo, sin encontrar palabras, el acuerdo casual entre cielo, sol, nubes, tierras, lluvias y esos vientos que todo lo dibujan y lo desdibujan en el lienzo profundo del horizonte quieto. Son pequeños o, según se mire, grandísimos milagros sin creencia ni religión que los respalde y patrocine.
Cualquiera puede topar con estas cosas un día, por casualidad, y sentirse afortunado. Sin embargo, hay ignorados y secretos profesionales de los espacios abiertos, cuyo currículum oculto no consta en parte alguna ni ellos lo quisieran, que las coleccionan en su retina, sabiendo que nunca, ni con la mejor foto, podrán transmitir a los demás el sentimiento profundo y mudo de lo que es inefable. Son peritos en vientos.
Ella no cree en el derecho de otros a decidir sobre su maternidad.
Él está en contra de prolongar el sufrimiento innecesario de los pacientes para lucrarse de sus enfermedades.
Ellos piensan que la unión de dos personas puede ser un matrimonio.
Ella no quiere que a sus hijos los programe la Iglesia, la Empresa, o el Estado, es más, le gustaría que los medios de comunicación tampoco lo hicieran.
Él tiene muy claro que empresarios y obreros no son colegas ni asociados.
Ella quiere estudiar en la lengua del país donde vive y no imponer la suya.
Ellos quieren que todos los españoles piensen tanto en lo que les une como en lo que les separa y, así, lleguen a entenderse, apreciarse y respetarse.
Y muchos quieren que nadie hable por ellos. O, por lo menos, a eso aspiran.
“Mi jaca galopa, trota y corta el viento
cuando pasa por el puerto
camini, chin chin, to de Jere-e-e-e-ez”
Ahí le tienes tan pito. Es el peregrino cantor. Nadie sabe su nombre ni en qué parte del camino lo encontró pero, durante este verano, todo el mundo conocía al peregrino cantor.
“El tronío, la guapeza y la solera,
y el embrujo de la noche sevillana
no lo cambio por la gracia cortijera
y el trapío de mi jaca jerezana”
Tampoco se sabe de donde es. Hay quien dice que le vio salir de un pueblo cerca de Somport, otros aseguran que es maño, otros que navarro, otros dicen que es andaluz y no falta quien sostiene que es un vagabundo, o peor, un pedigüeño, o aún peor, un gorrón y un borracho.
“La quiero lo mismito que al gitano
que me está dando tormento
por culpita del querer”
Fue después de llegar a Santiago. El peregrino cantor quería seguir andando. Quería llegar a Fisterra y acabar allí.
Entre conocidos salió aquel último día de Corcubión. Era la jornada de llegada a Fisterra. El peregrino cantor se iba despidiendo de las trochas, las sendas, las últimas aldeas, pues llegando al cabo acabaría todo.
“Caminito que el tiempo ha borrado,
que juntos un día nos viste pasar,
he venido por última vez,
he venido a contarte mi mal.
Caminito que entonces estabas
bordado de trébol y juncos en flor,
una sombra ya pronto serás,
una sombra lo mismo que yo.”
Y tan absorto en el paisaje iba que no pensó que aquel fuese su último canto. Al cruzar por última vez la carretera para tomar la corredoira de don Camilo, le atropelló un camión.
Los caminantes que venían tras él lo encontraron reventado y en un charcón de sangre.
- ¡Peregrino cantor, dinos algo! ¡Peregrino cantor, háblanos!
- ¿Qué ocurre? ¿Qué ha pasado?
- Al peregrino cantor, que lo han atropellado.
Enseguida se hizo un atasco en la carretera, los coches pararon en ambos sentidos, todos los caminantes que estaban cerca se congregaron en torno al cuerpo ensangrentado del peregrino cantor, la gente bajó de los coches. Las sirenas de la ambulancia y de la policía se escuchaban aproximándose.
Los caminantes lloraban y todos los asistentes estaban impresionados por el accidente.
-Peregrino cantor, dinos algo, dinos algo –le decían los peregrinos compañeros con ansiedad.
-Dinos, dinos algo, peregrino cantor.
Fue entonces cuando el peregrino cantor abrió los ojos. Se hizo un silencio total, pero él sólo dijo:
- Chin-pun.
A menudo me fijo en la cantidad de gente que tiene animales en sus pisos. Es un fenómeno relativamente nuevo.
Vivo en un bloque. Un bloque de aquéllos que se llamaban de protección oficial. Con esto quiero decir que no somos gente de dinero ni especialmente predispuesta a esnobismos, quienes habitamos estos pisos, sino gente del montón.
Cuando los vecinos comenzamos a vivir aquí, hace unos treinta años, no sabía de nadie que tuviera animales en casa. Hoy casi todos tienen perro. Supongo que también tendrán otros animales, pero son los perros, por su abundancia, los que más me llaman la atención.
Es un fenómeno general y chocante. Bueno, al menos para mí. Lo es porque mis recuerdos infantiles no incluyen la permanencia de animales en las casas. Aquellos perros, de entonces, ayudaban en el careo del ganado, guardaban propiedades o a otros animales, eran compañeros en la caza, buscaban trufas o servían para otros menesteres e, incluso, había quien tenía perros polivalentes, que igual hacían a una cosa que a otra.
- ¿Vas al campo?, pues llévate al perro.
- Pero, ¿para qué?, si voy de paseo.
- Déjate. Es otra defensa.
Recuerdo haber escuchado comentarios como éste por entonces. Hoy me digo que, tal vez, conviví con la última generación que vivía en el campo y del campo. Seguramente estas personas tenían otro concepto de la vida y de su entorno, heredado de generaciones anteriores que no conocieron grandes transformaciones de su medio durante siglos.
Por otro lado, aquellos animales vivían en corrales o en dependencias anejas a los hogares, pero rarísimamente en ellos, y disfrutaban de libertad por las calles de pueblos y ciudades. Se les alimentaba con las sobras de casa y, si acaso, se les vacunaba y poco más.
Y digo que es chocante el fenómeno, porque es gente de mi edad y, por tanto, educada en aquellos principios, la que ahora mete a los perros en sus pisos. Y no se trata de excepciones, sino que son mayoría los vecinos que lo hacen. ¿Cómo hemos llegado a este cambio de mentalidad?
Hay quien dice que cada día somos más humanos, que tenemos otra sensibilidad; otros opinan que somos más educados; muchos aseguran que hoy hay más cultura; algunos, más desconfiados, que somos víctimas de una moda más, propiciada por los fabricantes de piensos animales; hay quienes dicen que lo hacen por los niños; no faltan quienes, ociosos, buscan así una ocupación; también hay quienes tienen compasión hacia animales heridos o abandonados… Y, en general, es como si buscásemos una justificación para un hecho que nunca vimos. Y no soy yo quien para quitar la razón a nadie, que cada cual tiene la suya.
Sí que me llama la atención el que no tengamos palabra propia para designar a estos animales. Quiero decir, en esta nueva situación. Esto quizás sea explicable por lo relativamente reciente del fenómeno.
Algunos pueden decir que sí la hay: mascotas. Pero la palabra mascota es una castellanización de la palabra francesa “mascotte”que significa animal talismán o que trae buena suerte y, por generalización, animal de compañía. Bueno, puede valer. Aunque lo de animal de compañía me suene un poco forzado. Cosas mías. Pero, ¿por qué necesitamos ahora animales de compañía?
Los ingleses, que al fin y al cabo inventaron la revolución industrial que se llevó por delante aquella civilización asentada en la tierra, tienen una palabra para designar a estos animales. La palabra es “pet”, que se traduce por mascota o animal de compañía.
Pero, originalmente, “pet” significa animal domesticado que se mantiene y cuida en casa y que proporciona compañía y placer. Por otro lado, el verbo inglés “pet”, significa tocar cariñosamente, acariciar; y así, “petting”, designa esas actitudes cariñosas entre parejas que se acarician y besan sin fin. Actitud que se ve frecuentemente entre adolescentes en los bancos de los parques.
Quizás haya cambiado tanto nuestro mundo que ya las personas seamos incapaces de darnos compañía y placer. A cambio gozamos de muchos bienes que antes desconocíamos o teníamos por inalcanzables. Y, las personas, en nuestro afán de ser felices, puede que hayamos invertido el papel de los animales y su función haya pasado de la utilidad al placer. Un gran espacio, abandonado o descuidado por las personas, lo llenan ahora los animales. No sé si esto es un avance pero, en cualquier caso, menos da una piedra.