30 abril 2007

Mayo 68


El Sr. Sarkozy va a regenerar La France. El mismo que llamó basura a los jóvenes de los suburbios, él que provocó con sus palabras una oleada de violencia que calcinó cientos de coches y denigró la imagen de Francia en el mundo durante semanas. ¡Atención!, va a regenerar La France. Él es la persona designada por sí mismo y, por lo que se ve, por las mayoría de los franceses para acabar con la debacle. Originada sin duda por aquellos ácratas principios del Mayo del 68. Aquellos aires de cambio que esos principios trajeron a la anquilosada Europa, Sarkozy va a anularlos y a devolvernos, se supone, a los respetuosos y dignos tiempos de cuando entonces, tiempos, según este señor, llenos de valores y respeto. Y, ¿en nombre de qué?, pues de la moral, una palabra que a él no le da miedo. Según los herederos del mayo del 68, dice Sarkozy, “todo vale”, “no hay diferencia entre el bien y el mal”, “no hay diferencia entre lo cierto y lo falso”, “no la hay entre lo bello y lo feo”, “el alumno vale tanto como el maestro”, “la víctima cuenta menos que el delincuente”, “no existe ninguna jerarquía de valores”, “la autoridad se ha acabado”, “al igual que la cortesía y el respeto”, “no hay nada grande, nada sagrado, nada admirable, ninguna norma, nada está prohibido.” Y además la heredera y administradora de este nefasto equívoco de la historia es la izquierda y más concretamente los socialistas que denigran la identidad nacional, atizan el odio de la familia, de la sociedad, de la nación y de la República. Fácil, esta lista de descréditos y entendible para cualquier ciudadano. ¿Pero cuántos ingenuos la creerán?
Desde el Mayo del 68, a mí que no soy francés, grandes verdades sostenidas hasta entonces se me cayeron y me cuestioné cosas que me hicieron avanzar, incluso moralmente pese a Sarkozy. Por ejemplo, dejé de creer que quien bien te quiere te hará llorar, para pensar que quien bien te quiere te hará feliz, también aprendí que la autoridad no se tiene, se gana; también me di cuenta que la letra con sangre no entra; de que la diferencia entre lo cierto y lo falso no se impone, se razona y que, en cualquier caso, raramente te la aclarará un político; que el bien y el mal se relaciona más con lo justo y lo injusto que con cualquier religión o creencia; que la cortesía y el respeto hay que darles para recibirlos; que el alumno, en tanto que persona, no en tanto a conocimientos, vale tanto como el maestro y hay que aspirar a que en el futuro valga más en educación y conocimientos… El espejo que nos muestran los que mandan, nuestros inefables políticos, no es precisamente lugar en el que los ciudadanos podamos mirarnos para ver todas esas virtudes morales que se adjudican y predican. Pero si el señor Sarkozy va a tirar la primera piedra, ya veremos cómo encaja las le caigan a él.

28 abril 2007

Solo


Solo. Una vez más repasaba su vida. Las fantasías que nunca fueron a ningún lado pero que continuaban viajando por el inmenso espacio de su cerebro. Esa imaginación, a veces, tan certera. Esa clarividencia tan extraña como inútil. En su adolescencia comprendió que todo estaba donde nadie lo buscaba y, por eso, lo que él buscaba, que eran los demás, nunca estaban allí. Descubrió cosas que le sirvieron para toda la vida y que por las noches le hacían dormir bien, sin embargo, su vida no fue un triunfo sino más bien lo contrario. No le pesó, excepto cuando joven. De nada sirve encontrar una verdad si no la quiere nadie. Se dio cuenta de que, perito en certezas, era al mismo tiempo un ignorante en utilidades. Lo que él sabía a nadie le interesaba, a nadie le servía. Así que, aunque joven, de siempre fue un viejo y, en la vejez, siguió cultivando la misma planta extraña de la certeza pero, ya sin fe, a nadie le decía lo que pensaba. Resignado, había aprendido ya que a nadie le interesaban sus hallazgos. Del mismo modo que los viajes, que uno narra a los amigos pensando que les interesan, son un modo de dar la paliza al prójimo, lo que encuentras es mejor dejarlo para ti pro indiviso, lo mismo que lo son en exclusiva los dolores, el sueño o el recuerdo.

24 abril 2007

Como hermanos.


Todo comenzó porque, al nacer Eduardo, su hermano tenía ya cinco años y la llegada del nuevo no parece que fuera bien aceptada por el mayor. El pequeño se sintió siempre desplazado, despreciado, vejado, intruso, fuera de lugar y abiertamente maltratado por el hermano mayor, que nunca perdonó al pequeño que irrumpiera inesperadamente desplazándole de los mimos y cariños que, como hijo único, tuvo garantizados mientras lo fue. Pero, según dicen algunos con mucha seguridad, la naturaleza es sabia y compensadora, y así, Eduardo, a los 13 años ya medía 1,87 mientras que su hermano mayor no pasaba del 1,65.
A los 17 años, y después de una sesión más de fraternales bofetadas que cayeron sobre Eduardo por algún motivo fútil, fue cuando éste se revolvió inesperadamente y derribó a su confiado hermano de dos puñetazos. Cuando el hermano mayor, violentamente enfurecido por una reacción y una derrota a la que no estaba acostumbrado, iba a responder con una violencia madura y redoblada, Eduardo, con una navaja en la mano se le encaró y le dijo: “¡Si me vuelves a poner la mano encima te saco las tripas fuera y te arranco el corazón, lo juro!” Según relato espontáneo del interesado el remedio fue mano de santo, su hermano jamás volvió a golpearle. Sin embargo su odio hacia él se enconó y pasó a sublimarse en formas más sutiles y refinadas de desprecio y ninguneo. Y es que el rencor, como toda persona cultivada sabe, a la vez que se hace más profundo puede perfeccionarse mucho. Al cabo lo que somos, ya está dicho.

23 abril 2007

Los visitantes


Por la tarde, después de la sobremesa y de la entrega de nuestros primeros regalos, Eduardo dijo que traía todo lo necesario para embotellar un cierto vino generoso que su padre había comprado hacía años y que nos había traído en una vieja garrafa. Sin embargo, antes de esto, me dijo que se creía en la obligación de comunicarme algo, ya que estaba en mi casa y creía que yo debía de saberlo. Miró a su amigo Manuel y me indicó que Manuel iba siempre acompañado de una “pucha” pues no en vano era su guardaespaldas y ayudante y en el mundo nunca sabía uno con lo que podía encontrase. Al notar mi cara de extrañeza y mi gesto de interrogación ante la palabra “pucha”, hizo un gesto a Manuel quien inmediatamente sacó de debajo de su chaquetón una monumental pistola de la que me dijo que era reglamentaria y que su calibre era del 9 mm parabellum y que tenía de ella todos los papeles en regla. Esto último se conoce que lo dijo para que no me preocupara. Inmediatamente le repliqué, con mucho miramiento y tacto, que eso en nuestro entorno no le iba a ser necesario y que le rogaba que no la sacara a la calle. Manuel, ante mi asombro más que disimulado, me dijo con tranquilidad que, por supuesto, no iba a utilizarla pero que sabía por experiencia que si había algún problema de relieve, su pucha, apuntando a la cabeza del interesado, solía resolver asuntos de apariencia complicada. Le repetí mis recomendaciones y le rogué que no la sacara de casa. Procuré disimular mi preocupación, que era muy grande, y pensé para mí: Pero, ¿a quién he metido en casa? Mi mujer se quedó lívida con esta inesperada revelación, pero los dos procuramos disimular y no nos echamos a llorar allí mismo. Siempre hay que guardar las formas. Entereza, amigo.

22 abril 2007

Dios y los poetas.



Pese a sus orígenes, educación, posición y clase, se declara persona acérrima de izquierdas, apartidista, de ateísmo militante y, por encima de todo y sobre todas las cosas, de creencias poéticas tan acendradas como irrenunciables. Hay quien cree en Dios y quien cree en los poetas, ambos ofrecen bellas realidades intangibles pero, eso sí, de los poetas algo se sabe con certeza por su rastro humano y, de Dios, lo que nos dice la Iglesia que, por axioma bien conocido, no puede ni engañarse ni engañarnos. Así que a la vista de los hechos que cada uno apueste al caballo que más le guste. Uno no tiene empeño alguno en convencer a nadie.
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06 abril 2007

Fado Vadio



En Lisboa, hace años, una noche de enero bastante fría, mientras tomábamos ginginha servida en una taberna del Rossio pero tomada en la calle en pie, vimos actuar un coro improvisado de vagabundos que tocaban unos pobres y viejos instrumentos en el frío de la noche, apoyadas sus espaldas contra una pared de la plaza. Tocaban fados en la calle formando una pequeña banda improvisada. Era una banda inusual y surrealista, iban vestidos con ropas ajadas por el uso, con abrigos viejos, sucios y bastante rotos y se protegían las manos del frío con guantes de goma de los que se usan para fregar. Después de cada fado pedían la voluntad al público, que les echaba monedas en una canastilla que tenían a sus pies. Un hombre joven, famélico, mal vestido también, y que cojeaba, se acercó a ellos y les pidió que le dejaran cantar un fado acompañado por sus pocos y pobres instrumentos. Los vagabundos accedieron. El hombre joven cantó. Lo hizo mejor que nadie y la gente le aplaudió y le echó bastantes monedas. Él las recogió, dio las gracias al resto del grupo por haberle dejado actuar y se despidió marchándose calle adelante.
Yo le dije a mi mujer: Ese es nuestro hombre.
Le seguimos unos metros y enseguida le llamamos. Le dije que queríamos escuchar fados de verdad, pero no donde iban los turistas, sino en el Barrio Alto donde van los portugueses verdaderos, que eso era lo queríamos ver. Le dije que le habíamos oído cantar y que nos parecía que él tenía que saber dónde se cantaban buenos fados de verdad, interpretados por gente que lo hacía de corazón, no para obtener unas monedas de los turistas. Él nos dijo que le tendríamos que llevar en taxi, convidar a cenar y luego llevarle de regreso a su casa de nuevo en taxi. Le dije que de acuerdo.
Así nos vimos tomando un taxi y, en compañía de nuestro improvisado amigo, que se llamaba Mario, subiendo al Barrio Alto.
Mi mujer estaba asustada por mi atrevimiento y me dijo que hiciera el favor de no beber y de tener cuidado, que lo que estábamos haciendo era muy peligroso. Yo le prometí que tendría cuidado y que bebería poco. Al cabo de un rato estábamos en un local atestado de gente sentada en mesas corridas con bancos, donde los asistentes se apuntaban en una lista para cantar fados o para declamar poesía. La jefa era una mujer madura, que tenía toda la pinta de ser una vieja meretriz, y que tenía por nombre o mote Milú Ferrero o algo así. Los camareros tenían todos una facha muy sospechosa y el jefe de los camareros un aspecto evidente de maricón (paneleiro, que dicen los autóctonos) que tiraba para atrás pero, eso sí, era un gigante de casi dos metros el tío.
Durante el espectáculo, protagonizado por la propia concurrencia, se exigía silencio y si alguien osaba hablar era duramente recriminado. La comida no era de calidad y la bebida tampoco pero el espectáculo fue inolvidable. En esto aparecieron dos hombres a los que la jefa buscó sitio inmediatamente (justamente frente a nosotros) y les sirvió con celeridad unos aperitivos mucho más selectos que al resto de la concurrencia. Los hombres enseguida repararon en nosotros y especialmente en Mario que no hacía más que esconder la cara.
-¿Tú qué haces aquí?, se dirigieron a Mario de modo directo.
-Estoy con estos españoles amigos que me han invitado.
-¿Es eso cierto? Me preguntó uno de ellos.
- Sí, así es. (Ya me había dado cuenta de que eran policías)
- ¿Saben ustedes con quien se han juntado? Mucho cuidado con él. Y, tú, Mario, mucho cuidado con lo que haces con estos señores que nosotros hemos estado muchas veces en España y siempre fuimos muy bien tratados, que no te tengamos que buscar mañana por el centro o en tu barrio.
En esto se me ocurrió invitar a los policías y me aceptaron la invitación, aunque sólo bebió uno de ellos, pero al ir yo a pagar al camarero alargándole un billete de 5000 escudos, uno de ellos me agarró por la muñeca y le dijo: ¡Observa bien que te da 5000 escudos y no 500! (Con lo cual, por ciego que fuera, me quedó muy clara la calaña del local).
Los policías hablaron con nosotros largo rato y Mario aprovechó para comerse todo lo que nos habían puesto y beberse todo el vino. El hombre estaba hambriento y muerto de necesidad. Enseguida comprendí que era un drogadicto. El pobre era muy joven y su cojera se debía a una herida infectada en una pierna.
Los policías nos dijeron que al sentarse nos habían tomado por portugueses, pues mi mujer, con su pelo tan recogido, les había parecido de la tierra. Luego se marcharon y nosotros lo pasamos estupendamente escuchando fados y poesía sin parar, hasta que a las 4 de la madrugada nos marchamos con nuestro cicerone Mario. Le llevamos a su casa en un taxi y le dimos un poco de dinero para que se lo gastase en comer... Dios sabe lo que haría con él.
Regresamos a nuestro camping muy contentos y emocionados de haber pasado una noche en un lugar verdadero, con gente verdadera y con problemas verdaderos. Los fados, en ese ambiente, me conmovieron especialmente, pues además de la música y la letra podíamos ver los gestos y las caras emocionadas de los cantantes, todos con sus cachenés oficiosamente reglamentarios. Una noche inolvidable en Lisboa. Y todo empezó tomando una ginginha en la calle.
Al taxista que nos llevó al Parque de Campismo de Monsanto le pregunté: ¿Cómo recoge usted gente a estas horas?
El hombre me dijo con solvencia: No crea, solo recojo a la gente que me parece de confianza, a los que tienen buena pinta.
Su afirmación tenía mucho peso, sobre todo teniendo en cuenta que fue Mario quien paró al taxi.
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27 marzo 2007

Aquella mujer


Aquella mujer no me hubiera parecido nunca una mujer para mí, ni de lejos. Sí, de acuerdo, me habría fijado en ella, la habría visto alejarse lentamente mirando su silueta desaparecer en la distancia. Para qué voy a negarlo, uno no es insensible y ella era preciosa.
Seria, distante, elegante y sofisticada no me hubiera sido sencillo abordarla en modo alguno, ni siquiera me habría atrevido a proponérmelo a mí mismo. Me habría dicho, para qué, fracaso garantizado.
Por otro lado, y perdonada la manera de señalar, me parecía una pija integral. ¿Dónde voy yo con una tía así? Olía a grandes marcas a 500 metros. Todo en ella era redondeado, sin aristas, inaccesible, su forma de vestir sin dejar nada al albur, su cara ovalada y perfecta, su pelo pretendidamente aniñado, sus bonitas piernas, la curva discreta y rotunda de sus pechos, las suaves pero marcadas caderas… Hasta podía imaginarme a distancia su perfume, carísimo, por supuesto, de esos dulces y envolventes que parece que se te pegan si te cruzas simplemente con ella; que te dejan casi como a una mosca pegada a la miel o, si escapas, te lo llevas tatuado en la pituitaria.
Sí, decididamente no creo que alguien así pudiese fijarse en mí. No creo que yo fuese el tipo de hombre que llama la atención a una mujer así. Parecía el modelo de mujer al que alguien espera en un BMW rojo o en un Mercedes biplaza o en alguno de esos coches deportivos que parece que exigen llevar al lado una venus rubia.
Ni los coches así, ni las mujeres que los comparten habían sido nunca mi fuerte. A decir verdad, por mis gustos, algo sobrios en ambos aspectos, mis amigos me decían que no tenía ni puta idea, por decirlo de una vez y sin ambajes, ni de coches ni de mujeres. Y seguro que con los tiempos que corren no les faltaba razón.
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25 marzo 2007

Liberdade


"Ay que prazer
Não cumprir um dever,
Ter um livro para ler
E não o fazer!
Ler é maçada,
Estudar é nada.
O sol doira
Sem literatura.
O rio corre, bem ou mal,
Sem edição original.
E a brisa, essa.
De tão naturalmente matinal,
Como tem tempo não tem pressa...
Livros são papeis pintados com tinta.
Estudar é uma coisa em que está indistinta
A distinção entre nada e coisa nenhuma.
Quanto é melhor, quando há bruma,
Esperar por Don Sebastião,
Quer venha ou não!
Grande é a poesia, a bondade e as danças...
Mas o melhor do mundo são as crianças.
Flores, música, o luar, e o sol, que peca
Só quando, em vez de criar, seca.
O mais do que isto
É Jesus Cristo,
Que não sabia nada de finanças
Nem consta que tivesse biblioteca..."
Fernando Pessoa
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No sé quien soy...

"Não sei quem sou, que alma tenho. Quando falo com sinceridade não sei com que sinceridade falo. Sou variamente outro do que um eu que não sei se existe (se é esses outros). Sinto-me múltiplo. Sou como um quarto com inúmeros espelhos fantásticos que torcem para reflexôes falsas uma única anterior realidade que nao está em nenhuma e está em todas."

Fernando Pessoa

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La verdad nos hará daño.


Cuando, de pequeño, jugaba al fútbol pensaba que, en los choques, las faltas debían ser a favor del que más daño se hacía, del más débil o, en todo caso, del más pequeño. Enseguida, el chico grande que le había fulminado contra el suelo, le sacó de su error y, lo que fue peor, el coro de chavales de variados tamaños que seguían al balón convinieron en un tris, y apenas sin interrumpir el juego, que el culpable era él. Así que Juan, desengañado ya desde niño, comenzó a aprender que las reglas de la sociedad eran, en su mayoría, contra natura y que al dolor raramente se le compensaba, si es que alguna vez se le percibía siquiera.
Lo mismo, o parecido en cierto sentido, le pasó con su madre. Ella le inculcó enseguida que debía decir la verdad siempre, aunque supiera que ello tendría consecuencias dolorosas para él. Las verdades de Juan, cuando algún cacharro roto o alguna desobediencia o travesura había de por medio, solían recibir su justiprecio con una buena azotaina que, su madre, le administraba con una zapatilla, mientras le mantenía echado boca abajo sobre sus rodillas. La asociación de su madre quitándose la chancleta le quedó ligada para siempre al precio de la verdad. Y, así, el decirla, supuso toda la vida para Juan un acto, en cierto modo, masoquista que le acompañó siempre y la aceptación de un axioma que no solía fallar: La verdad nos hará daño.
Sus recuerdos primeros se remontaban a un lugar impreciso y oscuro donde estuvo con unos cuantos más no sabía cuanto tiempo. No recordaba exactamente ni cuántos ni cómo eran ni quienes eran, pero allí estaban, eran todos figuras anónimas sin rostro ni rasgos. Alguien, también sin rostro y también desconocido, les iba llamando sin pronunciar nombres y salían, uno a uno, sin ruido.
Cuando sólo quedaron dos enseguida llamaron al otro y él, totalmente solo, tuvo miedo por primera vez durante el tiempo, también indefinido e impreciso, de aquella primera soledad. Pero también a él le llamaron y nació. Con el paso del tiempo llegó a pensar que, a lo mejor, morir también era, después de todo, así de fácil. Una última soledad corta.
Del lugar obscuro pasó a otro cuyo rasgo principal era el opuesto, la claridad. Tanta claridad que le impedía ver. Allí, lo mismo que sus ojos se acostumbraron a la luz o, dicho de otro modo, se hicieron ojos con ella, se acostumbró también a vivir entre unos extraños a los que, con el paso del tiempo, aprendió a definir con las palabras que ellos mismos le enseñaron.

20 marzo 2007

Volver

Assi foram cortando o mar sereno,
Com vento sempre manso e nunca irado,
Até que houveram vista do terreno
Em que naceram, sempre desejado.
(Luis Vaz de Camoes)

Vivir

Alguna vez había pensado que los viejos son unos egoístas a los que poco les importa excepto sí mismos. Poco a poco he entendido que este pensamiento no es menos cierto con los viejos que con los jóvenes y que además es una simpleza como todos los maximalismos. Sin embargo, los viejos ganan a los jóvenes en algo difícilmente imaginable para los segundos: los viejos han aprendido a perder.
La vida en su conjunto es afrontar los fracasos, las desilusiones, las decepciones… las pequeñas muertes, dicho de otro modo, vivir es aprender a perder (a morir un poco cada día o, si no todos los días, al menos de vez en cuando).
Aunque, es cierto, cada duelo es único. Lo es porque no lo protagoniza el muerto, sino los vivos y éstos son distintos aunque lloren a la misma persona. Y qué es lo que nos suele ocurrir. Pues cosas iguales sentidas de modo diferente.
Una primera cosa, es casi instantánea, es la primera defensa de nuestra amable mente tan fogosa defensora de nuestro físico y que es capaz de todo: Negar la realidad. Hasta qué punto deseamos evitar el dolor que somos capaces de intentar negar lo que nos rodea en un alarde tan sobrehumano como irracional de autodefensa.
También pueden darse, antes, después, mezclado o a ratos la rebelión, la cólera ante lo que nos parece injusto, la agresividad, la búsqueda de un culpable o de varios… algo que nos permita apuntalar la gran pena que nos aplasta y cuyo peso intentamos evitar que caiga de pleno sobre nosotros. Por eso es bueno que alguien nos acompañe y nos consuele, porque quienes lo hagan serán los arbotantes y nervaduras que descarguen de nuestros pobres hombros parte del peso de la pena.
El autoengaño no es extraño y, de repente, imaginamos circunstancias en las que nuestro comportamiento hubiese sido distinto y suponemos que eso habría cambiado las cosas… No deja ser otro modo de intentar descargarnos del sentido de la culpa que, por buenos que hayamos sido con quien que nos deja, nos invade. Seguro que alguna vez, algo hicimos mal.
Derrumbados después de todas estas conjeturas y pensamientos viene la pena, el dolor que hoy se llama depresión y que es normal que se nos agarre al alma durante un tiempo, pero que también es normal que vaya desapareciendo y dé lugar a un sentimiento de aceptación al que los viejos están más adaptados que los jóvenes. No por mejores cualidades, sino por simple práctica.
Sin embargo, las personas desaparecen físicamente pero, no nos engañemos, se quedan aunque ya no podamos verlas y no, por no ser visibles, están ausentes. Sólo el paso del tiempo nos dará la oportunidad de establecer una nueva relación con ellas y colocarlas en paz en nuestro espíritu, porque con nosotros van a seguir siempre.
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17 marzo 2007

The Partisan

Pienso, seguramente sin motivo, que los partisanos de hoy están contra nosotros. ¿Por qué será?

"The Partisan"
When they poured across the border
I was cautioned to surrender,
this I could not do;
I took my gun and vanished.
I have changed my name so often,
I've lost my wife and children
but I have many friends,
and some of them are with me.
An old woman gave us shelter,
kept us hidden in the garret,
then the soldiers came;
she died without a whisper.
There were three of us this morning
I'm the only one this evening
but I must go on;
the frontiers are my prison.
Oh, the wind, the wind is blowing,
through the graves the wind is blowing,
freedom soon will come;
then we'll come from the shadows.
Les Allemands e'taient chez moi,
ils me dirent, "Signe toi,"
mais je n'ai pas peur;
j'ai repris mon arme.
J'ai change' cent fois de nom,
j'ai perdu femme et enfants
mais j'ai tant d'amis;
j'ai la France entie`re.
Un vieil homme dans un grenier
pour la nuit nous a cache',
les Allemands l'ont pris;
il est mort sans surprise.
Oh, the wind, the wind is blowing,
through the graves the wind is blowing,
freedom soon will come;
then we'll come from the shadows.
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Gracias quien seas.



Encontrar a quien te escribe es impresionante. No me refiero a encontrar a alguien que te escriba correos o cartas, me refiero encontrar a quien escribe lo que tú piensas o lo que has pensado o lo que no sabías que pensabas pero que descubres de improviso que tenías en mente y que, de repente, te lo encuentras escrito por mano ajena en alguna parte. Es algo que demuestra que la solidaridad de pensamiento también existe y, además, es más desinteresada que la de obra, pues no necesita de la presencia ni del agradecimiento del ignoto interesado. Es la botella con el mensaje que se tira al mar y alguien en algún lugar encuentra. Gracias quien seas.
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Positivo



Acompañado de la caricia insulsa de la soledad, desgrano las horas que me sobran del trabajo. De ese trabajo que debiera ser el remanente de mi ocio gozoso. Falsas veleidades. Caído del barco laboral, mendigo ideales en mi tiempo libre de náufrago perdido en la ciénaga de los desocupados. No tengo estima por lo que se me ofrece. No me tienta el dinero fácil de gestión difícil, no me gustan esos símbolos de estatus que además nos llevan de un lugar a otro en su interior, no me atrae el cambiar de casa, soy alérgico al sexo mercenario, la amistad es flor de cosecha temprana, el deslumbramiento de los viajes ya pasó... sólo me queda la literatura o alguna que otra de las artes que, por desgracia o simplemente porque son así, son lo más parecido al sexo en solitario.


Hombre, pareces tonto, para lo tuyo se inventó la religión. Vale..., si perseveras en tu recalcitrante agnosticismo, las ONGs. Es que no eres nada positivo...
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16 marzo 2007

The Wall



Hace bastantes años creía que mi trabajo tenía importancia. Pasados unos pocos cuestioné lo que hacía. Hoy sé con certeza que no sirve para nada que no sea perpetuar el estado de las cosas.
¿Es mi cambio un resultado de la edad? Todo el mundo en su, o nuestro, afán de simplificar dice que sí. A mí, sin embargo, me parece que no. ¿Por qué? Pues porque vivo rodeado de jóvenes, como yo fui, que se comportan como yo soy. Si la edad vale para mí como lenitivo, habría de valer también para ellos como incentivo, la mía por no ser joven y la de ellos por serlo. Aquí hay algo que no cuadra. ¿Estamos entrando todos, voluntariamente, por el aro?. ¿Recuerdan ustedes "The Wall"? Yo sí.
¿Dónde se ha quedado el espíritu crítico, la vertebración de la sociedad y la participación creativa? ¿Nos estaremos integrando en un modelo único? ¿Por qué a todos nos interesa callarnos en esta sociedad tan democrática y pluralista?
Estoy cansado de temer que mi situación pueda ser manifiestamente empeorable, si no soy bueno, claro.
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Foto de las Azores

650.000 muertos, cuatro años de violencia, una herencia de guerra civil, las prometidas armas de destrucción masiva sin aparecer... ¿A alguien le valió la pena esta fotografía?
¿Dónde se oculta el pudor? ¿Dónde anida el pájaro bobo del olvido?
¿No pesa la vergüenza, la memoria ni el dolor ajeno en alguna parte de la conciencia?
¿Hay algún lugar donde residan las sonrisas muertas?
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23 enero 2007

NO QUEREMOS LA PAZ, QUEREMOS LA VICTORIA.





El camino que lleva a ningún sitio o, si se quiere, el camino que sirve para seguir donde estamos, pasa por el orgullo, la soberbia, la estupidez, la venganza, el odio, la muerte... y todo eso que, ante los ojos de la parcela de sociedad que frecuentamos, nos hace quedar de justos cuando lo que somos es un hatajo de ineptos, incapaces de hacer algo más allá de los instintos más primarios. Unos anteponen el diálogo, otros la justicia, otros la venganza, otros la democracia, otros la libertad, otros lo contrario de lo que quiera el adversario, otros parte de este país y del vecino... y tantos, tantísimos políticos por aquí y por allá que, incapaces de arreglar el asunto, se pelean entre ellos para redondear la faena mientras la traca macabra del terrorismo nos avergüenza una vez más. Los que se supone servidores del pueblo, que mantiene las instituciones y les paga, se dedican a hacer la guerra por su cuenta, eso sí, en pos de la victoria. Aquí la paz no le basta a nadie.
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21 diciembre 2006

Nochebuena


La zambomba tenía un sonido vibrante y ronco, muy ronco, un ruido como de ultratumba que, de cerca, te hacía temblar el corazón y te cimbreaba las entretelas y hasta las mantecas te las movía. Las zambombas buenas, sólo las buenas, de cerca, tenían un sonido sobrecogedor. A las zambombas, los de las cuadrillas de mi pueblo, les ponían sobre el pellejo una castañuela que, vibrando al unísono con la piel de gato, les daba un matiz inconfundible de sonido maestro, redondo y matizado. ¿Con piel de gato? Sí señora, con piel de gato hacían el pellejo y lo tensaban alrededor de la boca de un barrilete de madera con el otro extremo al aire. ¿Y no se dejaban la piel de las manos con el machácala chácala Pedro, machácala chácala Juan, una hora tras otra? Pues no, señora, que los músicos de mi pueblo ya se encargaban de escupírselas generosamente de vez en cuando y de parar, entre pieza y pieza, a refrescar en alguna taberna. ¿O es qué cree usted, que los músicos de mi pueblo no tenían conocimiento?

Además, los de las cuadrillas de las zambombas, llevaban también panderetas y botellas de anís vacías, que rascaban con el mango de un cubierto para que hiciera un sonido muy peculiar de acompañamiento y de mucha armonía. Algunos villancicos eran serios y sentidos y cargados de historia:

Las doce palabritas dichas y retornadas
Dime la una,
La que parió en Belén,
La Virgen pura es.

Las doce palabritas dichas y retornadas
Dime la dos,
Las dos tablas de Moisés
Donde Cristo puso el pie…

Y se cantaban así coplas sensatas, villancicos verdaderos y antiguos y cosas serias y en éstos se contaban hechos ciertos, verdaderos y probados de la Santísima Trinidad, de los cuatro evangelistas, de las cinco llagas, de las seis candelas, de los siete dones, de los ocho gozos, de los nueve meses, de los diez mandamientos, de los once apóstoles y de los doce discípulos. ¿Se entera usted, señora? Anda que no tenían ciencia aquellos villancicos. Aunque, claro, también había otros no de tanta cultura pero, eso sí, siempre de respeto:

Esta noche es Nochebuena y mañana Navidad.
Adoremos a la Virgen y a Jesús que nacerá.
Damos, danos, danos aunque sea un poco.
Un gorrión entero y la mitad de otro.

Otros destilaban un poco de misericordia y un mucho de mimo y cariño que, entonces, como ahora y como siempre, falta hacía:

Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas
Ay del chiquirritín chiquirriquitín queridín, queridito del alma.
Entre un buey y una mula Dios ha nacido y en un pobre pesebre lo han recogido.
Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas
Ay del chiquirritín chiquirriquitín queridín, queridito del alma.
Por debajo del arco del portalito se descubre a María, José y al Niño.
Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas
Ay del chiquirritín chiquirriquitín queridín, queridito del alma.
No me mires airado, hijito mío, mírame con los ojos que yo te miro.
Ay del chiquirritín chiquirriquitín metidito entre pajas
Ay del chiquirritín chiquirriquitín queridín, queridito del alma.

Y también se cantaban cosas serias de cómo es la vida de verdad y de cómo pasa todo y que esto es una rueda de la que ninguno nos escapamos ni nos vamos a escapar y que así es la cosa nos pongamos como queramos, aunque en el villancico se diga como de pasada y medio en broma, pero sí, sí:

Dime, Niño de quién eres
todo vestido de blanco.
Soy de la Virgen María
y del Espíritu Santo.

Resuenen con alegría
los cánticos de mi tierra
y viva el Niño de Dios
que nació en la Nochebuena.

La Nochebuena se viene, tururú
la Nochebuena se va.
Y nosotros nos iremos, tururú
y no volveremos más.

Dime Niño, de quién eres
y si te llamas Jesús.
Soy amor en el pesebre
y sufrimiento en la Cruz.

Resuenen con alegría
los cánticos de mi tierra
y viva el Niño de Dios
que nació en la Nochebuena
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Luego estábamos los chicos que, junto con el cartero, el basurero, el guardia municipal, los repartidores y otros oficios menores y de menudeo, pedíamos el aguinaldo. Los chicos lo hacíamos formando nuestros propios grupos que, pertrechados del instrumental antes citado pero a escala menor, íbamos por las casa del vecindario entonando villancicos con muy buena voluntad y más o menos acierto. Normalmente algo caía en cada casa.

Eran las fiestas de mi infancia, patria común de todos, ese país del que todos venimos y al que ya no vamos a volver, todos éramos felices, porque la felicidad no se tiene, ni se consigue, la felicidad es un sentimiento y sólo algunas veces en la vida estalla y fugazmente nos ilumina como un fuego artificial, eterno en un instante y luego nada. Los abuelos, los padres, los hermanos, a veces, también los tíos, los primos…todos juntos. Ver a todos contentos, a los niños, nos daba seguridad. ¡Qué fuertes, seguros y poderosos nos parecían los mayores, sobre todo los abuelos! Nosotros no teníamos que preocuparnos de nada, ya estaban ellos para resolverlo todo.

Poco a poco, a lo largo de los años, vamos ascendiendo en el escalafón de la vida, es decir, perdiendo cosas. Lo primero que perdemos es la infancia, luego la juventud, y, a medida que nos imponen los galones sociales correspondientes a nuestro ascenso, mediante bodas, bautizos, comuniones, más bodas, más bautizos, entierros…, nos vamos descubriendo más débiles. Todos lo sabemos, pero eso, afortunadamente, sólo lo sabemos nosotros. Mientras los niños nuevos, se llevan la felicidad que emana de lo que les parece nuestra firme y segura fortaleza. ¡Qué ciegos son los niños sin saberlo! ¡Creen en alguien, creen en nosotros! A lo mejor por eso son felices. Los niños miran quiénes somos, abuelos, padres, tíos…, sin ver lo que somos. Esos galones, que por mera antigüedad nos dio la vida, les deslumbran. Su felicidad pasa por la inexistencia de recuerdos y la nuestra sólo por la suya.
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27 septiembre 2006

La viuda

Dios, con esa costumbre tan suya que tiene de hacer las cosas sin consultar, se llevó a Eugenio de una leucemia fulminante.
- Ten paciencia hija, yo creo que lo ha hecho para evitarle sufrimientos- dijo Don Agustín, el buen párroco de pelo blanco, figura oronda y semblante paternal. Usó un tono profesional, depurado en convicción a lo largo de miles de misas de funeral. Su semblante, de hombre cultivado del Renacimiento, reflejaba la proporción justa de sabiduría, resignación y cinismo que los veteranos en el servicio a la Iglesia aprenden a mostrar, con el tiempo, ante lo injustificable. Los representantes del Altísimo tienen que hacer malabares para respaldar los actos de su patrón. Así que, una vez más Don Agustín insistió:
- Hija mía, Dios escribe derecho con renglones torcidos.
- Pues si a él le ha evitado sufrimientos, me los ha pasado a mí- dijo Norberta, la viuda. Y no veo que por hacerle a él un bien me haya hecho a mí un mal tan infinito- insistió la pálida mujer de ojeras moradas.
- Consuélate...
- No me quiero consolar, porque quiero que me duela, porque no le quiero olvidar, porque para mí no ha muerto, porque mi sufrimiento le hace presente, porque no puede una olvidar a algo que es una misma, porque eso que me pide es imposible.
- Otras han tenido peor suerte que tú...
- Me dan igual las otras y los otros y usted y Dios. Sólo me importa él y mi dolor porque yo vivo mi dolor y no sé del dolor de los demás.
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26 septiembre 2006

Hacienda católica


Seamos los españoles católicos o musulmanes o protestantes o testigos de Jehová o ágnosticos o ateos o de cualquier otra creencia o descreencia, lo cierto es que todos pagamos a Hacienda el IRPF que nos corresponde. No se paga más por ser católico, por ejemplo, ni menos por ser agnóstico, por ejemplo también. Si Hacienda da a la Iglesia Católica el 0,7 por ciento del IRPF de los declarantes católicos que así lo piden en su declaración, deberá de hacer lo mismo con las distintas confesiones o, en su caso, ONGs. Esto parece de justicia. Y en el supuesto de aquellas personas que no tengan confesión ni ONG y que, por tanto, no tengan que contribuir al mantenimiento de las mismas pues, simplemente, tendrán que devolverles ese 0,7 por ciento del IRPF a los interesados. También parece de justicia.
Es sorprendende que la Iglesia Católica sea la única que, hasta la fecha, haya convertido a Hacienda, y por ende al Estado, en su recaudador. Y dicen que pertenecemos a un estado aconfesional y de derecho.
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Vergüenza ajena





En general no me gustó su poco entusiasmo por Europa, ni su liderazgo malencarado y amenazador, ni su entusiasmo por la guerra de Irak, ni su foto de las Azores, ni el interés por endosar a ETA las consecuencias de sus propios despropósitos, ni su empeño en perseverar en la negación de lo evidente, ni ese aire de perdonavidas de bolsillo, ni ese patriotismo inventado de los hombres de bien... Sin embargo, ahora, con el ejercicio del premio amigo de su magisterio en los USA, no ofenden ya a mi gusto sino a mi sentido de la vergüenza el contenido de sus discursos. El mundo, finalmente ha sabido, que ningún musulman le ha pedido perdón por conquistar España y estar aquí ocho siglos. Con semejante lección de historia no me extrañaría que se le abrieran las puertas de más universidades a esta luz del mundo. Quedó claro, nuestro eminente político tiene más motivos que nadie para estar en guerra con el mundo islámico. ¡Qué Isabel y Fernando le ayuden a vencer al moro infiel y a perseverar en el camino que nunca abandonó! ¡Por el Imperio hacia Dios!
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24 septiembre 2006

Día sin... coche.


Los gobiernos fomentan la compra de coches, recordemos el plan Renove en todas sus modalidades. Los fabricantes hacen publicidad constantemente para no disminuir sus ventas, cosa que, de ocurrir, bajaría la productividad y acarrearía el desempleo en el sector. Los ciudadanos tenemos empleos a tiempo parcial o total, pero nos hemos instalado en el convencimiento de que nuestra disponibilidad para trabajar aquí o allá es indiscutible, todo bajo el lema de la flexibilidad laboral, flexibilidad impensable sin el coche, gracias al que podemos estar disponibles en un amplio radio alrededor de nuestro domicilio. Los constructores nos han convencido de lo saludable que es vivir en el campo en esas urbanizaciones a 20 minutos, naturalmente en coche, de los centros urbanos más cercanos. Hasta el punto de que algunas empresas ya te regalan un coche si te compras un adosado en la urbanización que patrocinan.
Pues bien, y por no alargarme más abrumando con ejemplos, nos han construido un mundo en el cual el coche se ha convertido en una herramienta imprescindible para la gran mayoría de los ciudadanos y, ahora, nos dicen que no lo utilicemos, es más, que lo idóneo sería prescindir de ellos. De cuando en cuando hacemos un día conmemorativo de alguno de nuestros despropósitos. Lo que digo, sin manillar.
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19 junio 2006

Estatuto español.



Quizás fuese bueno elaborar un estatuto español. Luego votarlo en toda España y proceder de este modo a una nueva refundación de la nación por mayoría o, en caso contrario, decidir de una vez su disolución. Da la sensación de que los políticos se están dedicando a disgregarnos en lugar de a unirnos y, aún así, en ese triste empeño con muy poca colaboración de los ciudadanos supuestamente más independentistas. Decepcionante y triste espectáculo el que jueguen con nosotros de esta manera. Tendrá que ser así. Pero, de veras, esto es muy cansado.
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14 junio 2006

Quia nominor leo.



Parece que algunos gobiernos pretenden enfrentarse al terrorismo con los "asesinatos selectivos". El uso de reiterados "asesinatos selectivos" por parte de algunos estados poco a poco nos va insensibilizando a lo bárbaro del método y, por el uso continuado de práctica tan salvaje, nuestro sentido de la proporción se va encalleciendo tanto, que dentro de poco lo consideraremos de legítimo uso.
Podría haberse utilizado en España en el caso de la ETA. ¿Cree alguien que así se habría resuelto el problema? Me temo que no. El problema sería mucho mayor y aún más grave si eso se hubiera hecho. No entiendo por qué se respeta tanto a países democráticos que usan sin complejo estas prácticas. Todos miramos, en algunos casos, para otro lado.Sobre todo cuando alguién hace las cosas simplemente por ser el más fuerte, porque se llama león.
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05 junio 2006

Caballada



La Caballada es una tradición con más de 800 años de antigüedad. Una vez al año, el domingo de Pentecostés, los hermanos de esta antigua cofradía, que lo fue de arrieros, celebran esta fiesta que desde el punto de vista histórico es la más antigua de la provincia y, seguramente, una de las más antiguas de España.
Atienza está en la zona serrana de la provincia de Guadalajara. No quiero describir cómo es la fiesta, ni sus orígenes, ni su base histórica, ni la belleza del entorno, ni la de la villa.
Me llamó la atención el aspecto de los hermanos más antiguos de la cofradía, algunos con más de 60 años de pertenencia a la misma, y los sentimientos que dejaban traslucir sus rostros en ese día tan señalado para ellos. El recuerdo de tantos años, de tantos amigos que ya no están, de los padres, de los abuelos, de los que fueron antes que ellos portadores de los mismos estandartes, de los mismos utensilios, del recuerdo de una vida entera... Es como si creyésemos los humanos que a fuerza de repetir las cosas éstas van a ser siempre igual, que nunca van a cambiar y que jamás van a dejar de existir. Como si quisiéramos con la repetición de ritos conjurar al tiempo. A medida que pasa la vida nos vamos desengañando. Para los jóvenes el día es de alegría, para los viejos días de recuerdo, de nostalgia y de tristeza. Algunos parecían meditar: ¿Será esta mi última Caballada?
¡Qué nos veamos al año que viene!
¡Eso es lo que hace falta!
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Día de la patria manchega



El 31 de mayo se celebró el día de la comunidad de Castilla-La Mancha. Cómo todo el mundo tiene patria, antepasados, tradiciones seculares, fiestas antiquísimas y hechos culturales de raingambre que a muchos enorgullecen, pues digo yo que los manchegos también tendremos cosas de esas, no vaya a ser que seamos tan distintos que, sorprendentemente, demos en ser una nueva realidad nacional diferenciada y enriquecedora y ni nos hayamos dado cuenta. Somos todos tan iguales y tan simples.
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25 mayo 2006

La última defensa


Lo de que nadie queremos ser conscientes de nuestro final, por graves que estemos, es una gran verdad, pero es simplemente una defensa más de nuestro organismo que, por mal que estemos, se niega a considerar ninguna enfermedad como definitiva, al fin y al cabo llevamos viviendo muchos años saliendo de una y de otra. El organismo tiene espíritu de victoria y, si es preciso, la mente nos engaña a nosotros mismos porque la mente forma también parte de la trama del organismo. Una defensa más y, por cierto, muy útil y necesaria. Sólo muy poco tiempo antes de la muerte, a veces sólo horas o minutos, solemos darnos cuenta de que "ya". Lo he visto en algunas personas. No sé si te dije que cuando murió mi padre estuve yo sólo con él y que tuvo una agonía de unas tres horas. Yo, que era un crío, pensaba que se moría sin darse cuenta, pero él ya lo sabía. Entonces, en uno de sus fugaces momentos de lucidez, le dije muy angustiado: "Padre, te estás muriendo", él me miró y dijo muy bajo y como para sí: "Este chico es tonto". Le dije lo que para él era una evidencia, o mejor, ya una realidad. Fueron las últimas palabras que intercambiamos. Desde ese día sé muy bien que no soy ningún talento.
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23 mayo 2006

Políticos


La política es el arte de no decir la verdad, eso sí, con muchísima educación y, a poder ser, con simpatía y carisma. Aquellos políticos sin simpatía o carisma nunca serán líderes; los que carecen de educación jamás serán triunfadores y, finalmente, los que sean tan simples como para decir la verdad no serán políticos por larga que sea su existencia, la vergüenza les habrá obligado, con toda seguridad, a dimitir en algún punto del camino que les podría haber llevado a llegar a serlo.
El político profesional no tiene moral ni ética ni vergüenza, al político de carrera le sobran estas rémoras, el político triunfador es un histrión del relativismo cuyos límites nadie conoce, y es mejor en su cometido cuanto más lejanos estén esos límites, cuanto más insospechados y ocultos.
Las prostitutas pierden su capacidad de seducir al perder, tarde o temprano, la juventud y la belleza. También el tiempo deteriora la capacidad de confundir de los mejores estafadores. Las facultades de ladrones y asesinos se merman con el paso de los días. Sin embargo un buen político profesional jamás pierde la facultad de engañar a sus semejantes. Un político ejemplar no titubea en mentir a sus propios hijos. El político está siempre casado con su papel y, lo que es más, sólo a él le es fiel.
Qué bellas serían las democracias si no fueran el mejor de los habitats para estos seres, los políticos venidos a medrar. En ellas sólo unos pocos seres existen que, algunas veces, les superan en perfidia y que, de cuando en cuando, son aún más abyectos: algunos clérigos retrógrados y unos pocos periodistas a sueldo porque, sin menospreciar a nadie, al menos, los políticos son elegidos.
Creo que para la mayor parte de mis contemporáneos la palabra política suena a sinónimo de descrédito y a presunción de corrupción. ¿Qué habrán hecho los políticos para conseguirlo?
No lo digo por alabarles, pero ser político es haber caído en lo más bajo.
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22 mayo 2006

Hasta que la muerte nos separe.



Francisca sufrió con su marido la lucha de éste contra un cáncer que en pocos meses se lo llevó de este mundo. Habían sido una pareja que se quisieron. Casi treinta años de felicidad y unos pocos meses de penas con la enfermedad de él. Eso había sido su vida.
En el momento de su muerte se hallaban ella y el cadáver reciente en una habitación de un hospital de la Seguridad Social. La gobernanta de la planta informó a la viuda, que estaba como ausente sentada junto a la cama de su marido muerto, de que, tras la muerte de su marido, debía avisar a una funeraria para organizar la recogida del cuerpo, su embalsamamiento, su exposición en una sala del tanatorio, sus funerales y su entierro…
Francisca dijo que no lo entendía. La gobernanta, con la paciencia propia de quien conoce la indefensión que provoca la muerte de los seres queridos, le repitió lo que tenía que hacer y le dijo, además, que si deseaba que alguien le ayudara.
Francisca dijo que no, que no iba a hacer nada. Que ya había acabado todo.
¿Cómo que no va a hacer nada? ¡Su obligación es encargarse de todo lo referente al entierro y demás! El hospital ya no tiene nada que ver en esos asuntos. Haga usted el favor de reaccionar, señora.
Francisca se levantó mansamente y tras dar unos lentos pasos hacia la puerta de la habitación, se volvió y dijo: “Siempre he oído que el matrimonio era para toda la vida, que era un contrato hasta que la muerte nos separase. Pues acaba de hacerlo señora. Así que adiós. Mis obligaciones y mi compromiso se extinguieron con la vida de mi marido. Lo dice la ley.”
Francisca se marchó y no pudieron localizarla ni el personal del hospital, ni parientes, ni nadie. Lo que hicieran con el cadáver de su marido nunca se supo, pero no fue objeto de especulaciones funerarias, visitas de compromiso, pésames de obligación, exposición en vitrina, honras fúnebres ni ritos religiosos. Los muertos después de muertos, ya no tienen contratos ni compromisos. Francisca lo comprendió.
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Setas de primavera



Lo cierto es que ahora no es época de setas, sin embargo como por la Sierra de Pela ha llovido bastante y las temperaturas son buenas, se dan las circunstancias para que las setas salgan y, éstas, ignorando que no es su época y anárquicas como ellas solas, pues van y salen. La naturaleza que pasa de todo, oye. Campechana que es ella. Nunca mejor dicho.
La setas de cardo solo requieren limpiarse bien, cortando a rape de las setas los rabitos, luego ponerlas en remojo para que tomen el agua justa (no usar mucha agua), luego se cuecen en no mucha agua y se guarda el agua de cocerlas en un recipiente aparte. Finalmente en una sartén con aceite de oliva y ajo se fríen, añadiendo poco a poco el agua jugosa de la cocción, cuando ya se se han embebido al máximo y les queda una salsa espesita mezcla de sus jugos y del aceite, entonces están listas. Junto con el boletus edulis, la seta de cardo es lo más exquisito que he probado en setas. Cuando subimos al pueblo, a dar una vuelta al padre de mi mujer, suelo irme mañanas o tardes enteras al campo. Es una zona muy curiosa, esta sierra está entre las dos principales comunicaciones de Madrid con el norte, hacia el oeste la actual Autovía I que va a Burgos y a Francia por el País Vasco y hacia el este la Autovia 2 que va a Cataluña y a Francia por Port Bou. La A-1 corta la sierra por Buitrago y la A-2 lo hace por Medinaceli. Durante la Guerra de la Independencia con los franceses el trozo de sierra entre Buitrago y Medinaceli fue escenario de la lucha guerrillera más activa contra los franceses. Esta lucha se basaba en cortar los suministros, abastecimientos, municiones y dineros que necesarimente habían de venir hacia Madrid procedentes de Francia por una de estas dos rutas. El más famoso de los guerrilleros era El Empecinado que, aunque mucha gente lo imagina como un patán con mucho valor, era en realidad un general del ejército regular español que nacido muy cerca de Aranda de Duero conocía lo zona como la palma de la mano. Durante los años de la Guerra este general con un ejército pequeño de unos 6000 soldados volvió locos a los franceses en esta zona. Atacaba las lineas de suministro e inmediatamente se escondía en la sierra. Jamás pudieron con él. Ellos, en venganza, robaron todo lo que pillaron y quemaron muchos pueblos de la zona para que los insurgentes no pudieran tener apoyo de ellos. Así que además de pasear y coger setas imagino las crueles escenas que habrán contemplado los lugares por los que paseo. Por otro lado en muchos lugares hay restos prehístoricos, por lo que de vez en cuando me encue
ntro algún hacha pulida de piedra o algún fragmento o alguna cerámica interesante y veo algún refugio prehistórico con pinturas muy rudimentarias... el campo está lleno de cosas, de afanes de otros que vivieron mucho antes que nosotros, de pistas que nos deja la historia, sólo hay que saber verlas...
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18 mayo 2006

La ciudad cambia.



Conocí el comedor que había en Educación y Descanso. Los sitios baratos los conocíamos todos. Era un lugar muy económico donde solían ir a comer las gentes que venían de los pueblos a los mercados de los martes. También, cuando se hicieron los primeros polígonos industriales, las primeras gentes que vinieron de Andalucía, Extremadura, etc. iban a comer allí hasta que se traían a la familia y se hacían con casa y organización propia. Eso era a últimos de los 60 y primeros de los 70. El edificio de Educación y Descanso aún existe y está cual estaba. También sigue existiendo, cerca de Educación y Descanso, la vieja Calle de Bardales, una calle estrechita y animada que tenía y tiene bastantes bares y comercios. Allí está, eso sí remodelada, una de las casas de comidas más antiguas de la ciudad, se llama Casa Víctor y aún la gobiernan los mismos propietarios de toda la vida. También sigue estando allí la tienda de Marián el de las conservas y encurtidos, la taberna de El Figón...
No puede decirse lo mismo de la Calle Mayor. Es cierto que “La Flor y Nata” sigue existiendo, pero no “La Mallorquina”, ni la taberna de “La Palentina”, ni la confitería de Saldaña, ni la juguetería de San Bernardino, ni “El Ventorrero”, ni las pescaderías de “Los Maragatos” en la Plaza Mayor, ni la “Tijera de Oro”, ni el restaurante “La Murciana”, ni la papelería de Gutemberg, ni el puesto verde de Pepito en la Plaza de Santo Domingo, ni el puesto del Atanasio en un portal de la Calle Mayor, y también desaparecieron los barquilleros y las castañeras... Claro que la Calle Mayor sigue existiendo, pero ya no es lo que era. Los edificios modernos han sustituido a la mayor parte de edificios antiguos y nos han dejado un poco huérfanos de recuerdos a los de mi quinta. Tendrá que ser así. El progreso que nos pasa el rodillo por los pliegues de la memoria y cómo si nos hiciera un favor, oye.
Tampoco se ven ya (murieron los pobres) a los mendigos locales, algunos de ellos medio juglares, el Mangurrino con su guitarra, su puro y su clavel, el Pifa el recadero, el tío Silva... ahora la calle mayor tiene acordeonistas rumanos, violinistas húngaros y algún que otro desarrapado autóctono que sigue a la puerta de San Nicolás esperando a esos “clientitos” de corazón tierno que le arriman un euro y le miran un segundo a los ojos. Vaya lo uno por lo otro, no se puede tener todo. Siempre se ha dicho.
Lo cierto es que la ciudad se está transformando en estos últimos años. Antes era una ciudad pequeñita donde todos nos conocíamos al menos de vista. Pero, no sé por qué, los políticos tienen a gala hacer que las ciudades se hagan grandes. Parece que se está en el intento de hacernos una ciudad de unos 250.000 habitantes sin tardar mucho. A mí eso no me gusta nada. Pero, no sé por qué razón, los políticos se sienten orgullosos de estos logros. Qué curioso, ahora están haciendo una campaña para que la gente no utilice el coche en la ciudad. Los atascos que se producen actualmente son increíbles para la gente que conoció la localidad hace 30 años. Por otro lado los coches que se fabrican son cada vez más potentes y veloces. Y por otro lado, ¡madre, cuántos lados tiene la realidad!, las fábricas de coches, cada vez que bajan las ventas, parece que van a dejar en el paro a media humanidad y que la catástrofe es inevitable. O sea, que debemos comprar coches para que no se hunda la industria pero no utilizarlos para no congestionar la ciudad. Claro que si decidimos utilizarlos, iremos con nuestros flamantes coches capaces de andar a 200 Kms/h a una media de 3 Kms/h. No sale uno de una contradicción para meterse en otra.
Cuando yo era chico ju
gábamos a “policías y chendarmes” y cuando íbamos a escondernos alguien decía ¿Dónde vale? Y otra voz solía contestar ¡Vale todo menos la estación!. También era notorio todo lo que hacías y tu madre no tardaba ni media hora en saber los gatos que habías perseguido, el cristal que habías roto o el timbre al que habías llamado 20 veces... Era, ¿cómo diríamos? Un proyecto educativo global. Nos educaba todo el mundo, porque todo el mundo nos conocía. Por algo urbanidad viene de urbe. Que no todas las palabras vienen así porque así, o caen del cielo al buen tuntún.
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16 mayo 2006

Camino al colegio



La calle Arcipreste de Hita era la que yo recorría de pequeño para ir a mi primer colegio. Vivía en la Puerta de Bejanque o, para ser más exactos, en la penúltima casa de la Carrera, justo frente a la taberna de Pedro Sotillo. Bajaba desde esta plaza de Bejanque, por la antigua Carretera de Zaragoza y la tercera bocacalle a la izquierda era la calle Arcipreste de Hita. Había que dejar atrás la plazuela de Bejanque, donde estaba el Comercial Ciclomoto, la tienda del señor Nicolás Gamo, la alpargatería de la Elvirita, después la "autógena", luego la calle de la Mina y la tienda del señor Ventosa, luego el garito de Perico "Legaña" el guarnicionero, luego otra bocacalle, la de Calnuevas, y finalmente llegábamos a la cuesta del Arcipreste de Hita. Abajo, casi al comienzo, vivía Mary que cogía las medias y en la esquina había un estanco, el estanco de la Leo. Cuando yo subía la pequeña cuesta que hace la calle, lo hacía por la acera derecha. Ésta estaba, y aún está, pegada a la Tapia del Palacio de la Duquesa del Sevillano y miraba las ventanas que daban a la acera izquierda a distintas alturas. Por entonces el barrio estaba habitado y, según iba al colegio, podía ver a los hombres en camiseta afeitándose cerca de la luz de las ventanas con el espejo colgado de una de las hojas. También el aroma del café de los desayunos descendía por la calle. Los ruidos de las cucharas y de los útiles de cocina salpicaban casi como campanilleos la mañana. Tengo recuerdos muy grabados de esa calle. Era una calle empedrada a la antigua y con dos aceras hechas de losas de piedra. Yo, con total seguridad, tenía por entonces menos de 7 años.Hoy la ventisca del tiempo y el furor de las inmobiliarias lo ha borrado casi todo.
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13 mayo 2006

Reto

La luz de la infancia, los colores, los olores, las percepciones todas... no se repiten. Todos los recuerdos frescos de la infancia se ajan con los años. Tuvimos entonces una capacidad de observación que fue libre pero que con el tiempo se nos domesticó. La educación fue el nombre del proceso. Ella nos amoldó al entorno y nos retiró de ese proceso salvaje que es la libre observación, esa que se hace sin criterios y sin filtros, al buen tuntún.
La educación nos ha integrado en el común pensar, nos ha incluido en la ola poderosa del pensamiento dominante, en pocas palabras, si nos dejamos hacer, o a poco que lo hagamos, nos convierte en “hombres de bien”, o sea, en exiliados de nosotros mismos, en sucedáneos del hombre libre... Eso sí, nos lleva junto a los políticos, los religiosos, los gobernantes, los hombres de empresa... los ortodoxos... (no sé como llamar a toda esa gente en conjunto y luego dicen que nuestro léxico es rico).
El idioma tiene que crecer continuamente, el pensamiento se lo demanda, pero por otro lado el pensamiento se crea a la medida de los que deciden, esa es la idea y la contradicción. La vieja expresión “Hay que hacer las cosas como Dios manda” lo dice todo. Existe un pensamiento dominante y, fuera de él, todo es radicamente cuestionable y cuestionado en cuanto atenta contra esa ortodoxia universalmente aceptada de un modo tácito. Vivimos instalados en un tipo de pensamiento muy limitado, remora de los intereses de unos pocos. Los humanos no podemos permanecer mucho tiempo más con una capacidad de pensamiento tan encauzada y voluntariamente limitada. Nuestra mente da para más. Somos creadores. Esa es la raíz de nuestra problemática existencia. Ese es el reto.
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Efímero

Uno se siente un ser genial cuando, por la noche, fluyen las ideas y los pensamientos inundan la mente y la desbordan. Pero no es así. Los sentimientos de la noche son vanos. Raramente se recuerdan al día siguiente. Sin embargo, en la noche, cuando se producen, son tan poderosos que uno los cree indestructibles. Las personas somos así de vanas. Así de efímeros son nuestros sentimientos. Grandiosos cuando pensados pero olvidados al segundo, borrados de la arena de la mente por la ola nueva de lo actual que viene y va incansable.
Los momentos de la noche nos desvelan espléndidamente sabios ante nosotros mismos. Somos todopoderosos del pensamiento, gigantes de la razón. Dura poco la grandiosa sensación, al otro día no existe nada. Toda la sabiduría fue borrada por la marea del amanecer. Ahí quedamos nosotros, seres indefensos, una vez más. Rocas batidas por las olas y, otra vez, estériles de pensamientos, vacíos de ideas en la playa desierta de la soledad.
¡Qué sabio fui anoche! ¿Qué pensé? No importa, no lo recuerdo pero sé que era genial. Sí. Como toda mi vida, sin guía.
Descubría que desde que, de pequeño, me desasí de mi madre no he vuelto a encontrar punto firme donde descansar. Lentamente se desvela la vida como camino hacia la indefensión y la vulnerabilidad más desvalida.
Sigo con ilusión, estoy como loco por creer, pero ya es muy difícil que me engañen. Es tal el afán por creer que, a veces, ya no me importa descubrir que me quieran engañar. Perdono todo por la ilusión de seguir creyendo. No me importa implorar: Dime que me quieres, aunque sea mentira.
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12 mayo 2006

Barrio Viejo


Mis cuatro hermanas fueron a estudiar al colegio de las Adoratrices.
Desde la Puerta de Bejanque, lugar donde prácticamente vivíamos, salían cada mañana las cuatro Marías con sus serios uniformes oscuros de las Adoratrices y sus camisas blancas, cada una con su cartera y su bocadillo y Mari Rosi, la pequeña, con un patito amarillo de juguete que le acompañó toda su infancia.
Había que cruzar la calle Capitán Boixareu Rivera y tomar la calle del Arrabal del Agua por la esquina donde estaba la taberna de Pedro Sotillo. Era entonces, la Calle del Arrabal, una calle muy proletaria y populachera de esas donde se oía gritar a las mujeres y pegarse a los chicos. Una calle llena de perros sueltos y gatos huidizos y jilgueros colgados en las puertas de las casas o en los dinteles de las ventanas. Era una calle como eran las calles entonces. Al comienzo de la misma, a la izquierda, estaba la fábrica de gaseosa, refrescos y también de hielo conocida como “La Industrial”; aún no a media calle, a la derecha, estaba la vaquería de Ángel y Pedro, donde mi madre nos mandaba cada día a por dos litros de leche con una lechera de aluminio un poco abollada; un poco más arriba, también a la derecha y junto a un callejón que daba a La Concordia, estaba la casa de Pedro El Rico que, según se decía, era el patriarca de todos los gitanos de la provincia y el único mediador respetado y válido en todos sus pleitos; siguiendo calle arriba iba uno topando con la huerta de Antonio Orozco, la tiendecilla de Toquero, la taberna de Peinado, la callejuela de Budierca y finalmente una fuente de hierro fundido rematada por una piña junto al quiosco del churrero y buñolero. Allí empezaba el Paseo de San Roque. Había que tomarlo hacia la izquierda y subir por el centro de él, sin meterse en ningún caso y menos de noche, por las espesuras de los jardines que, mal cuidados, se apiñaban en la zona izquierda. En algunas épocas se rumoreó la existencia de “sátiros” que acechaban a las niñas cuando éstas, a última hora de la tarde, salían del colegio. Naturalmente todas juntas y por el centro iluminado del paseo.
Antes de llegar al colegio estaba la ermita de San Roque al que
todavía algunos irreverentes llamaban Roque el Rojo, por haber sido sacado de la ermita en tiempos de la Guerra Civil y exhibido delante de su ermita con un cartel al pecho que decía: Camarada Roque.
Después de la ermita y dejando a la derecha un pequeño depósito de agua, que de pequeños nos asustaba con el ruido procedente de su interior oscuro, estaba enseguida la puerta grande que daba acceso al recinto. El colegio fue edificado por la Condesa de la Vega del Pozo, también Duquesa de Sevillano y fue palacio, luego sede de una academia militar y por último colegio e internado. Es uno de los pocos edificios grandes de la ciudad que no ha cambiado en absoluto y que cualquiera que lo hubiera visto hace 60 años lo encontraría igual. Eso sí, las grandes superficies de terreno que rodean el colegio ya han mermado un poco. Muchas de ellas han dejado de ser huertas o terrenos de cultivo. Algunas se destinaron a albergar el recinto ferial; en otras se han hecho calles y edificios y es que el Todopoderoso ni siquiera excluye a sus esclavas, las hermanas recoletas, de la tentación urbanística. Que a quien no es capaz de tentar el demonio, ni la carne… pues le tienta el mundo que para eso no para de girar machacando voluntades inocentes.

¿Qué queda de todo esto? Muy poco. Casi todo lo citado es préstamo del recuerdo. El recuerdo es lo que tiene, que es leal y generoso. El recuerdo es un caballero que siempre sabe estar a la altura de las circunstancias. Ese no deja colgado a nadie, es un señor. Desinteresadamente nos presta todo lo que fue y nos deja que lo miremos un ratito en el video particular de la memoria. Luego, a su sito las cosas, que decía mi abuela. A la esquina inexistente la taberna de Sotillo; con La Industrial, fábrica de hielo y gaseosas, no hay que olvidar colocar bien el ruido perenne de sus máquinas que si no el recuerdo no funciona; a la vaquería no le quites ese olor dulzón mezcla de leche, alfalfa y estiércol de vaca porque si lo haces también se desvanecerá (aún queda el edificio de ladrillo de la vaquería, donde de noche mugen los fantasmas de las vacas); la huerta del Sr. Antonio es ahora el Parque Sandra (otra joya del urbanismo) y ya no tiene pilón, ni acequias, ni molino de pienso, ni gallineros, ni emparrados, ni perales, ni manzanos, ni salen ya del suelo las lechugas, los tomates, las patatas, los espárragos, ni existe ya el acerolo de la esquina, ni la Sra. Pilar regaña a los chicos por tirar piedras a los gatos que corren por las tapias; de la casa de Pedro el Rico no conviene quitar su figura juncal, con impecable traje, chaleco y sombrero, su reloj de bolsillo, su bastón vara, su cara severa y enjuta, y la gitana, eso sí, cinco metros detrás, que el machismo en la época no se conocía
, si a la casa le quitas al dueño se desmorona sola; la taberna de Peinado aún está en pie, cerrada, con las ventanas rotas, el interior lleno de polvo, con su mostrador y algunas frascas y vasos, como si aún tuviera esperanza de recibir un limpión y que volvieran los viejos clientes (pero, como dicen ahora, fijo que va a ser que no); la fuente de la piña y el quiosco del buñolero también se los llevó el viento, en el parque de San Roque ya no hay sátiros pero el Ayuntamiento ha puesto estanques con patitos, se conoce, que para compensar; la ermita de San Roque (ya nadie la llama del Camarada Roque) sigue en su sitio y del colegio de las Adoratrices lo dicho: Totalmente igual. Algo es algo.
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