06 mayo 2011

El cementerio jardín

Mientras acudía a su última cita con la mamá grande, iba recordando las innumerables veces en que fue a visitarla sin hora y sin aviso. De un modo tranquilo iba repasando los episodios de calma que aquella mujer puso, como hitos, en su vida.
Visualizando interiormente todo aquello, conducía maquinalmente. Le interesaba más el viaje que estaba realizando en su interior que el del coche entre el tráfico de la ciudad.
Después de tres cuartos de hora entre aquella marea de la circulación, llegó a una enésima rotonda cuya última salida era la del cementerio jardín.
En cuanto entró dejó atrás el tumulto del tráfico. Aquel cementerio tenía más extensión que muchos pueblos. Su coche se deslizó por las calles asfaltadas de una urbanización hecha para muertos. Y, según avanzaba por ella, le pareció, en conjunto, mucho más razonable que aquéllas que se hacen para vivos.
No vio a nadie en el trayecto. Sólo había campo, árboles, arbustos, hierbas e hileras de aligustres y arizónicas, estas últimas cada vez más definidas y cuidadas a medida que avanzaba el vehículo hacia el pabellón principal. En la sombreada explanada, frente al único edificio de una planta, encontró cuatro o cinco coches aparcados. Éstos, entre los árboles y en ausencia de todo movimiento, daban la sensación de llevar allí, olvidados, un tiempo indefinido.
Tras apearse, caminó por la explanada sombreada por álamos y pinos y cuarteada por setos. Le llamó la atención el inusual silencio y pensó que aquella calma producía en las personas de ciudad desconfianza e invitaba al silencio, del mismo modo que lo hacía el entrar a una iglesia.
Al llegar a la entrada acristalada, dos hojas de cristal se deslizaron a los lados franqueando el paso. Entró en un recibidor diáfano al que un semicírculo dividía en dos anchos pasillos inundados por la luz de una tarde de bonanza. Ambos pasillos estaban también desiertos. Al azar tomó el de la izquierda y, con la vista, fue buscando un nombre a la entrada de las salas de los velatorios. Pero sólo encontró a las puertas de ellas unas tarjetas con  una publicidad que le pareció estática, pasiva, carente del agresivo colorido que suele tener ésta. Pensó que aquella entidad no tenía que molestarse en atraer clientes, que le bastaba con esperarlos.
Casi al final, en la penúltima sala, notó de lejos una estructura y una grafía diferente en la tarjeta blanca adosada a la entrada. A medida que se acercó adivinó primero y luego leyó cada vez con mayor nitidez, como si un oculista le fuera cambiando de lentes, el nombre de la mamá grande.
A medida que el nombre se iba definiendo se acercó con más rapidez, avivando inconscientemente el paso, hasta llegar a la puerta. Conocía perfectamente el nombre, pero al verlo escrito allí lo miró vacilante. Titubeó por unos instantes. Era la primera vez que la iba a ver muerta. Y se sorprendió de la cándida simplicidad de su pensamiento. Y reparó que a los muertos, en puridad, sólo se les puede ver una vez y, llamándose idiota en su interior, se preguntó si la muerte de los seres amados era capaz de enajenarle como a un tonto de baba.
Reparó, en ese instante, en que no había venido solo. Y, para concederse unos instantes y recobrar las riendas de sí mismo, abrió la puerta y cedió el paso a sus acompañantes. Entró tras ellas.
Dentro están dos hijas de la muerta. Las recién llegadas las besan y les dicen cosas con murmullos, porque el primer gesto de pésame ha de ser apenas murmurado para parecer creíble, luego ya vendrán otros tonos, otras palabras relativas al mundo y hasta imprevistas risas si se tercia. Él no sabe qué decir y, cuando le llega el turno, las abraza en silencio. Hace bien en no decir nada, porque una de ellas le musita, confidencialmene, con la voz quebrada:
-Todo lo que nos contaste no ha salido de nosotras, como te prometimos.
Y él, que no sabe a qué se refieren, ni identifica qué secretos contó, ni a quién, ni en qué momento de su vida, se calla. La última que le abraza, le coge de las manos. Él queda, por un instante, en suspenso y retira las manos lentamente volviendo la mirada. Se gira suavemente y se aproxima a la mampara de cristal, a la ventana de ese escaparate, que separa a los vivos de la muerta. Se queda fijo en ella unos instantes. Y ve que la mamá grande se parece también a los otros muertos, que ni siquiera ella ha podido evadirse del parecido final. Y piensa si lo que siempre ha pensado: que de viejos nos parecemos a nuestros viejos, no se sublima al morir y, en ese instante, damos un paso más y todos nos parecemos a todos los demás.
No aguanta mucho. Y, cuando se vuelve, las hijas quieren rememorar detalles intimistas, familiares, pero no puede ser porque, entonces, entran unos desconocidos y las besan, y les dan el pésame, y comienza la rigurosa y lúgubre letanía de las frases rituales:
-Ha terminado de sufrir.
Ora pro nobis.
-Parece que está dormida.
Ora pro nobis.
-Menos mal que tuvo una muerte dulce.
Ora pro nobis.
-Me han dicho que no sufrió.
Ora pro nobis.
-Más no habéis podido hacer por ella.
Ora pro nobis.
-Bien tranquilas podéis estar.
Ora pro nobis.
-Qué buena era.
Ora pro nobis.
-Parece que está dormida.
Ora pro nobis.
-Lo que habéis perdido.
Ora pro nobis.
-No os dejéis llevar por el dolor.
Ora pro nobis.
-Así es la vida.
Ora pro nobis, ora pro nobis y ora pro nobis.
Y una de las hijas, buscando un escape, se dirige a él:
-Los hombres se han salido fuera, para despejarse un poco.
Interpreta que quiere que vaya en busca de ellos por eso de que, en los ritos, se vuelve inconscientemente a lo ancestral, y, por sexos, han de hacerse de modos distintos. Y, si distintos somos en la vida, distinta debe ser nuestra forma de lamentar la muerte.
Pero no, él está equivocado, porque ella sale con él. Le halaga haberle servido de excusa para huir de aquel jardín monocorde de frases hechas. Cuando están fuera ella le dice:
-Ya estoy igual que tú.
Y por la evidencia de esta frase, que concuerda con las demás frases manidas, se da cuenta de que, en estos casos, nadie quiere que hables, sólo que escuches. Y ella narra cómo sucedió la muerte, como si la muerte fuera sólo el último instante de la vida. Y, haciéndolo, se echa a llorar. Él cree que su papel en ese momento es abrazarla, pero no lo hace. Y, justo entonces, ella ve que los hombres vuelven al edificio caminando lentamente por los jardines, como si fueran, por una vez, gente antigua, sin prisa.
- Mira, ahí están.
Son los maridos y los hermanos. Él sale a su encuentro y los abraza. Pero tampoco dice  nada. El hijo mayor le pregunta:
-¿Cómo estás?
-Mal.
Y siguen su camino hacia adentro, pues ven que la gente va llegando y hay que atenderla. Sólo el hijo menor remolonea y se queda con él, a las puertas del edificio y frente a los jardines. Contemplan en silencio una pradera de césped medio asilvestrado con un estanque artificial donde los patos nadan apaciblemente. Los grupos de chopos, como caídos por azar aquí y allá, rompen el horizonte ondulado de la hierba. Y, cuando iba a hablar, para decirle a su hijo cosas de la mamá grande, de lo que ella había sido para él, de lo importante que había sido en su vida, de las razones por las que adoraba a aquella mujer, el hijo dijo:
-¿Te das cuenta de lo apacible que es este lugar? ¿Has visto que está lleno de conejos? Fíjate que no hacen más que pasar cigüeñas con ramas en el pico. Mira, aquello son torcaces. En el estanque hay algunos patos cebados, pero también los hay silvestres. Y hasta he observado algunas pequeñas rapaces sobrevolando el lugar de cuando en cuando.
- Sí, es mucho mejor que los tanatorios de Madrid.
- Ni punto de comparación con el de la M-30.
Y, de nuevo en silencio, se ponen a pasear por la pradera. El hijo comenzó a hablarle de sus padres con palabras que le sorprendieron, con una versión que en poco coincidía con la suya. Pero, nuevamente, comprendió que lo que se esperaba de él era que escuchara. Y escuchó. Porque enseguida recordó que el protagonista de un velatorio no es el muerto.
Dejó que el hijo se explayara pero, en su empeño por hablar, iba a decir algo, cuando llegaron nuevos familiares. Y sus palabras, por educación, fueron sustituidas por el ritual de los saludos. Y el pequeño grupo que se había formado en la pradera regresó dentro.
Gentes desconocidas se le acercaron y le saludaron con familiaridad, llamándole por su nombre.
-¡Glub!
-Pero, ¿no me conoces? Soy Celina, la hija de Pepe y de Celia.
-Claro que sí. Disculpa, es que ni me había fijado.
-Pues tú eres igualito que tu padre.
-Bueno, pues gracias. Supongo que es lo suyo.
-¿Qué dices, Celina? Lo que es, es clavadito a su madre.
-En cualquier caso, parece cosa natural, ¿no?
-Pero, Celina, por favor, su padre era mucho más delgado, menudo tipazo.
-Anda que su madre, con lo proporcionadita que era de cara y lo chatica de nariz, no sé donde tienes tú lo ojos.
-Bueno, pues me alegro mucho de veros después de tantos años.
Y, deambulando por las amplias dependencias, se decía: y yo que había venido para despedirme de ella, para decirle a alguien que era la persona más buena que en mi vida he conocido, para decirle, al menos a alguno, que yo la quería.
Fue entonces cuando el hijo mayor, amablemente, le tomó del brazo. Y, creyendo que su oportunidad era llegada, comenzó a decirle:
- Hay algunas cosas que tú no sabes de tu madre…
-Una cosa quiero decirte, y parece mentira que haya escogido este momento en que mi madre está de cuerpo presente.
-Tú dirás.
-Durante mucho tiempo sentí hacia ti una envidia. Una envidia sana. He tardado mucho tiempo en digerir el que tuvieras aquella relación con mi padre que yo nunca alcancé y que tanto deseé.
Aterrado por el desasosiego que le producían las envidias sanas, escuchó una disertación sentimental, un discurso imparable, una confesión amable y afectuosa hacia él, que enmascaraba el más oscuro de los resentimientos hacia un padre impositivo y áspero, hacia un tirano. Y la escuchó impertérrito, con el alma sombría, y se calló. Porque otra vez comprendió que se le requería para escuchar, no para hablar. Pero, desafortunadamente para aquel hombre, lanzado y arrastrado ya en aquel torrente de sinceridades, hubo de interrumpirlas porque llegaron nuevos familiares y amigos. Y no pudo desprenderse totalmente de la angustia que en algún punto de su ser tenía retenida desde hacía muchos años.
-Te acompaño en el sentimiento.
-Es ley de vida, hijo.
-Todos sabemos que tiene que llegar, pero a nadie nos pilla bien.
-Una madre, tenga los años que tenga, siempre es una madre.
-Habéis hecho todo lo humanamente posible. Bien tranquilos podéis estar.
-Bien acompañada la habéis tenido.
-Dios, al final, se ha acordado de ella.
-¡Qué rica gloria!
-Pero, al fin y al cabo, ha vivido una vida. Por fortuna, su muerte no ha sido prematura.
-Ya firmaba yo por los noventa pasados de la tía.
-Sí, quién los pillara.
-Gracias, gracias –decía el hijo mansamente.
Para entonces ya se había despistado, se había escabullido de los corros, y salió de nuevo al césped, caminó entre los parterres, llegó al columbario y deambulaba entre nichos y jardines cuidados con esmero. Con ese silencio que no es voluntario, sino consecuencia del no saber qué decir, se le unieron las dos mujeres con que llegó, ambas huidas del crisol de exclamaciones acuñadas. Fue entonces cuando lo vieron. Era un hombre tumbado transversalmente sobre una tumba con sus flores y sus orlas. Dormía con los pies cruzados y las manos ligeramente en el aire, sobre el pecho pero sin tocarlo, como si levitaran.
-¿Estará llorando amarga y desesperadamente la muerte de un ser amado?
-¿Habrá sufrido un desmayo en sus oraciones ante la tumba?
-¿Querría dejarse llevar con el difunto hacia las fronteras inciertas del silencio?
-Sí, de ese silencio frío del que nunca se vuelve. Tal vez sea un ser desolado, un pozo de dolor.
-Parece que respira. Y también se rebulle.
-¿Y si le ocurre algo?
-Algo, ¿te parece poco?
-Quiero decir de salud, imbécil.
En aquéllas estaban cuando toparon con dos hombres mayores, desconocidos pero del mismo velatorio.
-Miren, hay aquí mismo un hombre tirado o, según se considere, postrado sobre una tumba.
-A ver, a ver. No nos pase la del samaritano. Puede que necesite ayuda.
Y, con mucha prevención, se acercaron los cinco al yacente.
-Oiga, oiga, qué hace ahí.
Como, pese a las reiteradas voces, no hubo respuesta, le tocaron:
-¿Le pasa a usted algo?
-Uh, ah, ag, no. Nada, nada. Estoy bien –contestó con los ojos de un náufrago de sueños.
-Bueno pues, entonces, usted perdone.
-Joder, menudo colocón. Ése va puesto hasta las cejas.
-O drogado, vete tú a saber. Menudo ciego lleva.
-Pues vaya sitio que ha venido a buscarse.
-Vivir para ver.
-Oye, fíjate qué sitio tan sombreado para una sepultura.
-Ya, pero en invierno tiene que ser muy frío.
-Sí, pero, ¿y en verano? Menudo fresquito.
Cuando los dos viejos se alejaron en una bifurcación, entre los cuidados parterres, los tres se encaminaron a la gerencia del cementerio jardín.
-Oiga que ahí arriba, siguiendo el camino que va a los columbarios hay un hombre tumbado en una tumba.
-¿En una tumba tumbado? ¿Tumbado? ¿Tumbado en una tumba?
-Pues sí.
Y volvieron al pasillo de los velatorios. En ese momento una mujer mayor, demacrada, vacilante, que parecía querer reclamar más atención que las cigüeñas, y que los conejos, y que las torcaces, y que los patos domésticos y salvajes, y que el entorno primaveral del cementerio jardín y que los mismos deudos, exclamó, avanzando pasillo adelante:
-¡Quiero besarla! ¡Quiero besarla por última vez! ¡No me voy sin besarla!
-Bésala, sí. Bésala que, hace un momento, aún estaba caliente.
Y, por un momento, temió que la concurrencia reaccionara solidariamente y gritaran al unísono: ¡Que la bese! ¡Que la bese! Pero todos guardaron la compostura.
Al rato apareció más tranquila.
-Lo he conseguido. Me han abierto la puerta. Han tenido que bajar el catafalco porque no llegaba, pero lo he conseguido: la he besado.
Lentamente comienzan las despedidas porque la tarde va cayendo y porque la gente se cansa.
-Mañana no podremos ir al entierro, ya sabes lo que son hoy en día los trabajos.
-Oye, lo que necesitéis. No tenéis más que llamarme. Ya lo sabéis.
-Mi hermana no ha podido venir, pero que sepáis que lo ha sentido enormemente.
-Si podemos, iremos a la iglesia, pero ya veremos.
-Gracielita no ha venido porque está en Cancún, pero ya sabéis lo mucho que la apreciaba.
-Haré lo que pueda para asistir mañana, al menos, a la inhumación.
-Iría mañana, pero ya sabéis como tengo a mi madre.
-Con buenas ganas se ha quedado de venir mi padre, pero ya sabes lo limitado de movimientos que está.
-El pobre Ginés se demenció, por eso no ha venido el pobrecillo. No sé si lo sabíais.
-Hijos, llevadlo con paciencia, que por ahí hemos pasado todos.
-Fue fácil quererla pero olvidarla va a ser imposible.
-¿A qué hora es el funeral?
-Un abrazo, en espíritu estaré con vosotros.
-Sufro mucho en estos casos pero, tratándose de vuestra madre, no he podido dejar de venir.
-Ya sabéis, pese a los años, seguimos siendo los de siempre.
-Ella ya ha terminado de sufrir, el dolor es ahora para vosotros, hijos.
-Afortunadamente vuestra madre había terminado su tarea, era una vida hecha.
-Sí, pero los viejos son garantes de la unión de las familias. Seguid como si ella estuviera viva.
-Ya sabéis, hijos, es ley de vida.
-Para esto hemos nacido.
-Todo en la vida tiene un ciclo que, fatalmente, hemos de recorrer.
-Todo tiene un principio y un fin. El fin es imprevisto pero, el de vuestra madre, ha sido un fin de ciclo, una consumación. Aceptadlo como ley de vida. No hay más remedio.
-Por fortuna vuestra madre ha recorrido la pendiente de una vejez, sintiéndose amada, querida y respetada. Y ha culminado su vida como muchos hubieran deseado. Bien alta podéis tener la cabeza.
-La muerte siempre es inoportuna, digamos lo que digamos. ¿Verdad hijo?
-Hoy ha muerto pero, hasta que no pasé un tiempo, no notaréis lo que habéis perdido.
-¿Qué quieres que te diga? Dame un abrazo.
-Descansad, hijos, que bien merecido lo tenéis.
-Que nos volvamos a ver pronto, pero en otras circunstancias.
-Amparito ya le ha encargado una misa en Barcelona.
-Estoy fatal de la ciática pero por tu madre hubiera venido a rastras.
- …
Y los aludidos sólo aciertan a decir gracias a unos y a otros, a poner las mejillas, a aceptar los abrazos, a dejarse palmear lomos y espaldas, a estrechar manos, a recibir cariñosos cogotazos en la nuca, cómplices apretones en los brazos, a devolver guiños, a responder a los adioses con la mano…
Cuando dejó, con las primeras sombras de la noche, el recinto calmo del cementerio jardín, se fue como vino, si acaso más triste. Pensó que el último homenaje a la mamá grande se había disuelto en las frases de siempre, en la cruel nimiedad que da la muerte a las vidas ejemplares. Y le dolió ver tapada de inmediato la memoria de aquella mujer, antes que por la tierra y el olvido, por aquella absurda sabiduría de lo evidente, por aquel vacío de la palabrería corrosiva y vana. Y sintió mucho no haber podido hablar con nadie de lo grande que fue aquella mujer y, sin embargo, haber tenido que escuchar tantas tonterías. Y le dio pena que la ley de la vida fuera aquella. Sí.

30 abril 2011

El ingeniero

Tras aquellos hechos, el Colás se pensó mucho el volver a lo de la marquesa. Y bien sabía Dios que no era por temor al guarda. No, no era eso. Aparte de que el Toledano, a lo último y a la vera del jefe de puesto, había sabido echarle un capote. Pero el Toledano no le intimidaba. En todo caso, desde aquel día, le guardó una ley. El guarda, al fin y al cabo, era un ganapán como él. Bueno, como él no, que él, en el campo, no conocía amos ni lindes y, fuera del campo, según y conforme. Pero, pensándolo despacio, también era el guarda de su condición, aunque hubiera dejado de estar asilvestrado por mor de los años y los kilos y, sobre todo, por ese dogal con que la señora marquesa le tenía tan mansamente paniaguado. Un zorro que se había pasado al bando de los mastines. Así había echado aquel mondongo.
-        ¡Toledano, eres un hombre con corazón! ¡Bien alto lo puedes decir! ¡Me cago en diole!
Y, aunque esto último nunca se lo dijo, el Colás lo llevaba en su magín, pese a que el guardián de un coto no pudiera caerle nunca bien.
-        Pero había una difiriencia.
-        Diferencia, Colás.
-        Eso: diferiencia.
Lo primero, que no le descerrajó un tiro con la tercerola, lo segundo, que, si bien le denunció, no tuvo entrañas a dejar que el escarmiento llegara más allá del dolor. Y el dolor verdadero, para el Colás, no eran las hostias que le dio el sargento, sino la multa y el escarnio público de verse confeso. Que hay pobres que, siéndolo, temen al dinero tanto como lo codician y, tal vez para compensar, andan más sobrados de amor propio que el más rico.
Así que, entre la deferencia que le cobró al guarda y el miedo a los civiles, el Colás se reportó.
En el pueblo se supo enseguida de su visita al cuartel y también que, pese a salir sin culpabilidad probada, le habían dado una manita de cera. Esos hechos, lejos de convertirle en una figura reprobable, le dieron una aureola de furtivo. Pero de furtivo esquivo, de furtivo fantasmal, como, por otro lado, debe ser cualquier furtivo que se precie. Pasó a ser  un personaje de ésos que padecen persecución por la justicia, con sobrados motivos supuestos por todos, pero cuyas acciones, para deleite del mismo público, no podían ser probadas ni se conocían testigos de ellas. Era una suerte de bienaventurado como, según rezan las enseñanzas de la Iglesia, lo son  todos aquellos perseguidos por causa de la justicia, a los que se les adjudica la propiedad del reino de los cielos. Bueno, si los curas no son mentirosos y, Dios me libre, de tenerlos por tales.
Así que el Colás no paraba de cavilar. Y un buen día le vino la inspiración, y no precisamente en forma de paloma, ni de destello brillante, ni de cosa tal. Fue al encontrarse a Jonasín el Burraco tirado en el suelo junto a un majano en los yecos de los Alcobanes. Al pronto casi dio un respingo al pensar que al Burraco le había dado alguna perlesía, porque el hombre yacía allí sin movimiento. Pero enseguida le notó rebullirse y, sin ruido, se fue acercando a él. Estaría a veinte pasos cuando el Burraco le localizó y, sin levantarse del suelo, le hizo seña con la mano de que se detuviera. Al minuto algo botó a ras de tierra a pocos metros del majano y el Burraco, como impulsado por un muelle, se abalanzó sobre aquello que alocadamente daba envites sobre el suelo. El hombre se incorporó rápidamente mientras desenredaba un hermoso conejo del capillo.
-        Bien callao te lo tenías, perillán.
-        Es que esto no es pa pregonalo.
Y tras meter al conejo en un fardel después de darle un cogotazo, se volvió con la mirada ávida hasta el majano. Se arrodilló, acercó su cara al suelo, y comenzó a emitir un sonido peculiar.
-        Papo, ¿qué haces?
-        Calla, Colás, que estoy llamando al inginiero.
Al momento un hurón asomó entre las piedras y se dejó coger mansamente por el Burraco. Éste se metió la mano en la chaqueta de pana y sacó un trocillo de carne diminuto que le dio al animal, antes de meterlo en el macuto.
-        Es que le tengo que dar el bocadillo.
Recogió el Jonasín otros dos capillos de sendas huras y volvieron juntos al pueblo con la confianza que se genera instantáneamente entre los que, de repente, se reconocen como colegas. Y Jonasín el Burraco, en el camino, fue poniendo al Colás en antecedentes del noble arte de cazar con bichos.
-        Y, ¿por qué le llamas inginiero?
-        Porque lo es de minas.
-        Y dónde te has mercao al animalito.
-        Eso es largo de contar.
Y el Colás no preguntó más, porque ya sabía él que las cosas largas de contar eran siempre ingeniosas, no siempre verdaderas del todo, y rara vez comprendidas. Por otro lado, él no era quien para sacarle al Burraco explicaciones. Así que fue tomando nota de todo lo que el otro, de modo intrascendente, le fue contando del hurón, su cuidado y su uso. Instrucciones someras y generalidades, pensó el Burraco, pero no tuvo en cuenta que al Colás, con poquito, se le iniciaba en cualquier arte ajeno a la lectura.
Arte que, a diferencia de otras con renombre, requería la carencia de fama y el anonimato para sus practicantes. Y esto, aunque perece nimiedad y tontería, es importante, porque, ¿a qué artista le gusta ser desconocido? ¿Es que la vanidad no es la gran impulsora de las acciones humanas?
Pues de ésta no. De modo que no había de enterarse tu mano izquierda de lo que hiciera la derecha, y así inició el Colás aquel otro camino de perfección, abrazando las virtudes franciscanas del silencio, la humildad, el mirar al suelo y el mucho tenderse en él, musitando ruidos extraños y ciertos bisbiseos que sonaban a oración.

24 abril 2011

Momentos de dolor

Pues sí, la verdad, estamos muy contentos. Mira, como el tiempo está tan malo, hemos dejado a los niños en la piscina cubierta y nos hemos metido bajo el toldo a comer tranquilamente el menú del día. Y, bueno, la verdad es que estamos pasando un día estupendo. Sí, con la cazadora, claro. Que no se puede fumar adentro, pues nada, nosotros aquí fuera y tan a gusto que lo principal es ser cívico y no molestar a los demás. Que mira qué toldos nos ha puesto la Vane, la encargada, que es que la tía es lo que viene a ser un cielo. Que no sé dónde ponerla porque, oye, hasta baja de vez en cuando a la piscina por si se nos ahoga algún niño o algo, ¡ay, qué tía tan maja! Cuando paguemos, ya le he dicho a Josemi, que le deje una buena propina. Y fíjate que, aunque tiene que cumplir la ley, sí, qué remedio hija, ha puesto un cartel en el bar que dice: “Si dentro no hay nadie y fuera están los que fuman, ¿dónde están los que no fuman?” Que oye, las cosas como son, que la chica se ve que es solidaria con esto de comer a la intemperie y que, pese al civismo y todo eso, se ve que es de las que no se callan. Vamos lo que viene a ser una tía reivindicativa, como a mí me gustan ¡Qué bien me cae, ya te digo!
Huy, sí, admirablemente, llover, o sea, lo que viene a ser llover, llueve a mares, pero estamos comiendo de alucine, cuatro primeros y cuatro segundos, a elegir, por 10 euros. Tirado, chica. Más barato que en casa. Sí, Luli,  pesada, que los niños han comido, que la Vane les ha bajado a la piscina una hamburguesa, sí. ¡Huy ellos, ellos como locos!
¡Ay!, y el marido de Mari, el Chechu, nos está contando cosas superflipantes de California, de Chicago, de Indonesia y de otros países de América en los que estuvo este verano por cosas de su empresa. Figúrate que se gastó en teléfono en Los Ángeles, en una sola tarde, 1500 euros, y menos mal que el pobre llevaba la tarjeta oro que, si no, no hubiera sabido como salir del apuro, que no contaba él que lo que viene a ser la  telefonía fuera tan cara en esa nación. Que no, tonta, que no era en Los Ángeles de San Rafael, que era en los de Méjico del Norte. ¡Ay hija, que estás de un despiste!
Sí, sí, estamos donde el año pasado, en el Trebujar de Mariventosa. Sí, sí, ¡huy, no te creas, cada vez está más modernizado! Este año nos han puesto unas pulseras fosforescentes para saber si somos o no del camping. Dicen que también tienen collares para las señoras pero a mí me parecen más elegantes las pulseras. No, no tienen nuestro nombre, pero se ven hasta de noche porque son fluorescentes. Sí, sí hija, al perro sí, a Fosqui, le han puesto collar. Pero, claro, se ve que es por el tema de la seguridad. Porque el acceso a lo que viene a ser el camping está supermegacontrolado. Que no, que son de un material estable, que sí, que los niños se pueden bañar con ellas. Que no, mujer, ¡cómo van a ser venenosas!
Ay, mira, ya viene la Vane con la cuenta. ¡Anda, cómo la mira el Chechu! ¡Será cabrón! Bueno, se ve que es cosa de la confianza, cuando se relaja uno y eso ¡Ay chica estamos super a gusto, entre las cañitas de antes y los chupitos de después, esto es una gozada! Mira ya se va a sacarnos otros chupitos. Bueno, corazón, te dejo que veo que mi marido me está mirando como si quisiera algo que, ya sabes, enseguida se ponen de los nervios. Chao, cariño. Igual te llamo esta noche. Chao, Luli.
-        ¿Qué pasa, Josemi?
-        Que son 148 euros.
-        ¡No jodas! ¿Lo has revisado?
-        Sí, claro. Pero es que entre los menús de los cuatro, las hamburguesas de los niños y las bebidas.
-        Pero, qué hemos tomado.
-        Pues aquí dice que, aparte del vino, veinte cañas, dos vermús, dieciséis chupitos y ocho Coca-colas.
-        Mira esos hijos tuyos es que no puedo con ello, repitiendo Coca-colas a mis espaldas. Luego que no se duermen. Pues sí que salen caros estos días nublados. ¡Ah, y ni se te ocurra dejarle propina a la zorra esa de la Vane! Que a poco nos sale la comida más cara que el teléfono de éste.
-        Mira ahí vienen los niños con el Fosqui.
-        ¿Qué pasa hijo, por qué lloras?
-        Nada mamá que el Fosqui se ha tirado a la piscina y nos han echado.
-        Ya me va a oír a mí la guarra esa de la Vane.
-        Es que el Fosqui, entre el susto y los nervios, se ha cagado un poco.
-        ¿En la piscina, hijo?
-        Sí, pero muy poquito y además flotaba casi todo.
-        ¿Cuántas veces os he dicho que tengáis cuidado del perro? ¡Hasta dónde llega vuestra desobediencia! ¡Es que tiene que estar una pendiente de todo! Y tú, Mari, diles algo a los tuyos, que algo habrán tenido que ver.
-        ¿Eh, yo?, ¿qué?
-        Pero, bueno, si se ha quedado frita. Mira, Mari, una cosa te digo. Y que conste que te la digo por tu bien: Mari, no bebas más.

Vacaciones de primavera

Qué bonitas son las vacaciones. Y lo son, sobre todo, por esa idea tan genial de que todos las tengamos al tiempo. Porque, vamos a ver, imaginemos que cada uno las disfrutara cuando quisiera. Pues, la verdad, no tendría ningún color. ¿Qué aliciente tendría salir de vacaciones sin luchar por un lugar en la carretera, por un lugar en el restaurante, por un lugar en el hotel, en el camping, por un lugar en museos, espectáculos, procesiones y otros varios lugares de esparcimiento, ocio y cultura? La verdad es que vivir sin tener que luchar por un lugar en el mundo no tiene el mínimo aliciente ni sentido. Oiga, el que no se lo crea que eche un vistazo a la historia, que no es que lo diga yo.
Y, además, el segundo valor añadido, a la simultaneidad en el tiempo, es el que vayamos a los mismos lugares, veamos las mismas cosas y nos apelotonemos en los mismos sitios. Sí, de acuerdo, que no nos obliga nadie. Hay que reconocerlo, que vamos nosotros solitos, sin que nos obliguen. Pero es que no hace falta, es que somos así. A ver, quién es el descastado que no va a la Semana Santa de su pueblo. Pues cuatro locos, porque aunque parezca mentira los hay que no respetan la tradición. Vale que luego se vayan por ahí pero, hombre, ¡algún día al menos en el pueblo! Y es que los hay que gozan con llevar la contraria. No me digan que no son ganas de deslucirlo todo.
Y luego viene lo de la meteorología. Que algunos dicen que para qué nos sirve conocer con anterioridad el tiempo si en nada altera los periodos vacacionales. Y es que hay quienes con nada se conforman. Sólo faltaría que el tiempo fuese el que dictase nuestras costumbres, que va a diluviar esta Semana Santa pues, ¡Señor!, se cambia a la siguiente o a la otra. Pero qué ideas tan ilógicas y tan peregrinas. Que rija nuestras vidas el tiempo atmosférico, dónde se ha visto, eso sí que es una locura. Se sale en Semana Santa, todos al tiempo, a ser posible a los mismos lugares y, si diluvia, pues te jodes, que para eso vives en una sociedad moderna con unos principios que mueve la lógica, la seguridad ciudadana y esa tradición y cultura que nos hace ser quienes somos.
- ¡Oiga que el calendario litúrgico es variable y la Semana Santa cada año cae en unas fechas y nadie se ofende!
Lo ven, si es que se lo estoy diciendo. Ya está el listo, ya está el irrespetuoso con la tradición y las costumbres, ya está el loco al que todo le da igual, el que sólo piensa en sí mismo, el antisocial de turno. Hay veces que me explico que los dictadores se líen la manta a la cabeza y hagan locuras. Paciencia hay que tener, rediós.

23 abril 2011

Yo no salgo a saludar


-Yo no salgo a saludar. Yo no me visto para ir por ahí como un fantoche. Yo no pertenezco a una cofradía de lucimiento. Yo me encierro en la Colegiata a las nueve y media y luego, pasada lista, se decreta silencio. Y, a partir de ese momento, queda cada uno con lo que lleva dentro.
-¿Y si alguno no llega a su hora?
-El templo se cierra y ya no se abre a nadie.
-Y cuánto dura el silencio.
-Hasta que acaba el acto, más allá de las tres de la madrugada.
-Pero sonará la música de las bandas, los clarines, los tambores, los cánticos, qué sé yo. Vendrán, por lo menos, los de la legión.
-Ahí no habrá más ruido que el de un solo tambor que desfila junto al trono. El resto será el ruido de las cadenas que arrastran los descalzos, el de las cruces que llevan sobre sus hombros y el ruido de los horquilleros del trono. En mi cofradía no hay bandas, ni perifollos, ni desfiles de carrozas, ni pompas. Mi cofradía tiene un único trono. No busque usted folclore, que aquí no hay más que un sentir profundo y callado: el de cada cual. Mi cofradía es lo más serio. Y, para mí, lo más serio del mundo. Llevo una semana que no sujeto los nervios, ni duermo siquiera.
-¿Y cuál es esa cofradía tan severa?
-No es severa. Es lo que es, es lo que tiene que ser. La severidad para los jueces, si es que quieren tenerla.
-Bueno, disculpe. Pero, cómo se llama la cofradía.
-Vaya usted esta noche a las once a la puerta de la Colegiata y se enterará, que me está usted tomando por una empleada de turismo.
-Pero, ¿y si el tiempo no lo permite?
-Mire usted, es lo último que nos faltaba: querer gobernar también el tiempo.
A las diez de la noche empiezan a llegar personas a la plaza aneja a la Colegiata. A las once menos cinco la plaza está bastante concurrida de gente expectante. Pero amenaza lluvia y por una puerta sale el Hermano Mayor encapuchado y les dice a los periodistas que la procesión no saldrá, que la estación de penitencia se hará en el interior.
Cuando dan las once campanadas, se hace un silencio total en la multitud. Justo con el eco de la última, se escuchan tres golpes secos y un vozarrón resuena en la plaza:
-¡Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo de la Sangre y Nuestra Señora del Mayor Dolor: estación penitencial!
Desde dentro contestan otros tres golpes.
La puerta de la Colegiata se abre y quienes quieren entran en ella. Es una procesión a la inversa. La gente camina lentamente entre filas hieráticas de encapuchados, de blanco y rojo. Hacen éstos una guardia inmóvil, cada uno en su puesto, mientras los devotos y los curiosos miran un trono que representa el instante en que Cristo muere en la cruz con su madre dolorosa a los pies. Y sí, en la parte delantera, a la izquierda, hay un solo encapuchado con un tambor.

31 marzo 2011

Ciencia ingrata

Uno de sus primeros deslumbramientos lo tuvo el chico a los doce años. Fue cuando se enteró de que su prima favorita se iba a Madrid. Y no lo fue por el hecho de que se marchase a la capital, no, que él había ido ya un par de veces y, quitando el hecho de viajar en tren de vapor, poco le impresionó el resto; fue porque ella iba, nada menos, a estudiar biológicas.
Eso sí que era una carrera, ésos sí que eran unos estudios interesantes, eso sí que valía la pena. Su mente se llenó de admiración hacia su prima. Además de ser tan simpática, qué lista había sido, cómo había sabido elegir, pero qué carrera tan apasionante. Y la imaginaba en la facultad, con su bata, tan guapa ella; y, hala, venga a ver bichos, a estudiarlos por arriba y por abajo, por dentro y por fuera, y venga a mirar por el microscopio todo el día y a hacer experimentos con los ejemplares más raros y a tomar notas en muchísimos papeles. Habría que ver la cantidad de cosas y de nombres que aprendería. Eso sin contar los beneficios que sus descubrimientos generarían para la Humanidad. Aquello, para ser su prima una chica, era verdaderamente lo máximo que se podía esperar del género femenino: una hermosura a la que no sólo no le daban asco los bichos sino que, encima, le gustaban. Le costaba imaginar algo más perfecto. Así deberían de ser todos los seres humanos.
Cuando llegaron aquellas Navidades, las primeras en que volvió a casa la incipiente bióloga, el muchacho se juntó con su primo, que era más o menos de su edad y, sobre todo, el hermano de aquella eminencia. Y no fue, como otras veces, para jugar a las damas o ponerse ciego de chocolate en casa de su tía, no, fue para proponerle un proyecto que no admitía demora: tenían que hacer un fondo común para hacerle un regalo de reyes a la científica.
No podía ser otro que un libro de animales. Y, manos a la obra, aquellas vacaciones anduvieron los dos de librería en librería. No podían elegir al buen tuntún, estaba claro que no valía uno de aquellos libritos pueriles llenos de santos y de estampas, no, había de ser un libro de animales repleto de escritura, de sabiduría, algo digno de una profesional, algo de enjundia y que le sirviera de provecho, nada de un álbum infantil con fotos, había de ser algo profundo que le ayudara a superar los exhaustivos conocimientos que le requeriría su carrera.
Las pocas librerías de su ciudad provinciana se les hicieron  páramos. En aquellas mermadas estanterías no encontraban el libro adecuado. Estaba visto que la ciencia de la vida era una especialidad que aquellos comercios desdeñaban. ¡Madre mía, qué olvidada estaba la biología en la provincia! Y, así, sólo daban con librotes de historia o de guerras, o con mamotretos de geografía y filosofía, o con tomos de novelas de amor y con las infantiles novelitas de la colección Ardilla que ya, hasta a ellos, se les hacían insustanciales. No podían regalarle nada de aquello a una científica. ¿Qué pensaría de ellos una mujer de altura?
Fue la tarde del cinco de enero, a última hora, cuando tuvieron que tomar una decisión. Guiados en su experta búsqueda únicamente por los títulos, lo más interesante que habían encontrado era un tomo, en gris plomo, que se titulaba: “Las hormigas, ésas desconocidas”. Y casi estaban dispuestos a comprarlo, recontando las monedas que entre los dos habían reunido y como última posibilidad desesperada, cuando lo vieron.
Menos mal que la suerte, si bien a última hora, les había sonreído. Tenía una portada preciosa, con una cabeza de tigre emergiendo entre la fronda de la jungla, y qué colores, y qué titulo: “El tigre de Malasia”. Y, por dentro, todo escritura. Por fin habían dado con algo tan científico como atrayente. Había valido la pena.
¡Qué contenta se puso al día siguiente! Y qué besos les dio. Claro, no era para menos. ¡Cómo no iba a apreciar aquel libro una bióloga! ¡Hombre, por Dios!
Aquel verano, animado por el éxito del libro, decidió, ya en solitario, hacerle un regalo más personal y único, a la par que de extrema utilidad científica. Y no fue fácil. Tuvo que escaparse, sin permiso, a la huerta de La Limpia. Pero, sin éxito en la huerta, hubo de buscar en lugares más apartados y agrestes: las graveras, las lindes del río y las cuestas que suben a las alcarrias.
Tras aquel esfuerzo, qué emocionado, qué eufórico se encaminó con su regalo a casa de su tía. En el camino flotaba, calle Mayor abajo, sintiéndose un colaborador de las ciencias biológicas desde  la oscuridad de su provincia.
Llegó justo después de comer. Su tío, su tía, su primo y sus tres primas estaban aún sentados a la mesa. Él abrió su bolsa con la faz brillante como un explorador recién llegado de la Amazonía. Pero, incomprensiblemente, cuando sacó el frasco con aquella hermosa víbora viva, todos perdieron la calma y había que haber visto cómo se pusieron. Casi le echaron. Menos mal que su prima, la bióloga, que, claro, era la única científica de la familia, tomó el frasco y, asiéndole de un brazo, escapó con él a la cocina. Allí, con la serenidad propia de una mujer de ciencia, le prometió que aquel hallazgo sería objeto de su estudio personal en la universidad. Lo dicho, la única científica.
Tenía pensado regalarle en breve un alacrán pero, después de aquel conflicto familiar, decidió dejarlo. Tal vez, empezó a entender entonces las trabas que a la ciencia se le ponen en España y la incomprensión que, ya desde el seno familiar, se le vaticina no sólo al científico, sino también a sus adláteres. País ingrato.

28 marzo 2011

Desfibrilación de palabras

Con el auge de las nuevas profesiones, que ya nos auguraron en el último cuarto del siglo XX, nos encontramos hoy entrevistando a un imprescindible de los nuevos tiempos. Se trata de don Servando Compraflores, desfibrilador de palabras.
-¿Qué es lo peor que usted encuentra en su profesión?
- Sin duda, la grosería. Hoy lo directo, lo evidente, lo falto de tacto, se ha vuelto grosero y mortificador.
- ¿Podría ponernos un ejemplo?
- Es sencillo. Dar de comer al que tiene hambre, proporcionar medicinas, atender roperos, incluso aquellos entrañables rastrillos de antaño que organizaban aristócratas y artistas, ha caído. Hacerlo hoy sería grosero, zafio, casi insultante. Se ha acuñado un nuevo concepto que cuadra mucho mejor con la idiosincrasia de nuestro tiempo. Y, así, de todas las personas que realizan estos menesteres, se dice que trabajan en filantropía.
- Uhala, qué brutalmente atrevido, actual y fascinante.
- Me alegro de que le guste, porque es sólo una pequeña muestra de lo que el lenguaje puede hacer por dignificar nuestras vidas. Y a mí, como desfibrilador de palabras, no me queda otra opción que hacerle patente al mundo este fenómeno rutilante e imprescindible.
-¿Y podría ponernos otros ejemplos?
- Vinculados a las nuevas actividades, hay un sinnúmero de ellos: gestador de opciones, apoyador de eventos, promotor de temas, modulador de tonos orales humanos, operador de cash, bruñidor de carismas, sublimador de lo asequible, pensador de la obviedad, filósofo de la inconsecuencia, magnificador de nimiedades, retomador de lo obliterado, evaluador de imprevistos, potenciador de la insulsez, alterador del discurrir natural de las cosas, customizador de enseres, abstractor de ideas, conductor del desestrés, evidenciador de patetismos, colonizador de lo vacío… podría citarle una larga sucesión, pero tenga en cuenta que todas estas actividades nuevas buscan el aprovechamiento humanitario tanto de desastres evitables como de conductas impropias, que retroalimentan, de alguna manera, economías en grave disensión con la biología activa o pasiva en el planeta.
- ¡Guau! ¡Es, básicamente, realmente divino! ¿Y es tan necesario?
-¿Cómo? Es imprescindible, es el condimento de la vida actual. Se trata de una tarea literalmente moralizante. La moderna desfibrilación de palabras tiene como objetivo inherente la estabilización y el equilibrio de la opinión pública en casos con evidente falta de justificación. ¿Le parece a usted poco?
- Oiga, y lo de limpiador artesanal de estalactitas, higienista bacteriano, esteticista porcino o diseñador de caminos agropecuarios sostenibles, ¿no podrían considerarse nuevas profesiones rompedoras y ennoblecedoras del quehacer humano?
- Ya están catalogadas. No se esfuerce.

19 marzo 2011

Nice people

El Apollonia cruzaba de Igoumenitsa a Brindisi. En las bodegas superpuestas se alineaban ordenados, y meticulosamente juntos, los pulidos y brillantes coches europeos de la interesante gente guapa; también, entre aquéllos, y de trecho en trecho, aparecían algunas furgonetas sucias, viejas y destartaladas, repletas de bultos y sobrecargadas de bártulos. Eran de aquella otra gente que, sin que nadie la llamase fea, carecía de interés. 
En la parte regia del navío, los alegres y dicharacheros turistas, con sus aprestos de Loewe, Cartier, Dior y otras divinidades, pasarían la noche distendidamente entre el ambiente acogedor del restaurante, el jolgorio de la discoteca y el lujo de los cómodos camarotes exteriores; los otros embarcados, los del mirar furtivo y desconfiado, se dedicarían al placer regalado de mirar al horizonte con los brazos apoyados en la borda.
Los pasajes de cubierta daban derecho, sobre todo, a eso: a mirar y, en todo caso, a que el viento les hiciera tremolar las camisetas.
El ferry fue dejando atrás la bahía, luego el estrecho de Corfú y, paulatinamente, se adentró en la oscuridad silenciosa de la noche que venía y en la calma del mar. A estribor, las tímidas luces de Albania fueron quedando cada vez más al fondo, como pavesas mortecinas y lejanas. Poco a poco, a babor, aparecieron las deslumbrantes luces de la costa italiana. Albania, lucecitas; Italia, luminaria, qué contraste tan grande entre dos costas que estaban tan cercanas.
El halo de la costa italiana suavizaba el cielo y resplandecía silenciosamente, con la luna, en la superficie de la mar sosegada. El arrullo rítmico, profundo y ronco de las máquinas empujaba al barco en el mar y en la noche. Y el surco que iba dejando el Apollonia era un trazo nítido que su tajamar partía en dos, produciendo con su pequeño oleaje un tintineo de agua y espuma en la superficie mansa del Adriático. Hacía ya un buen rato que la brisa nocturna, añadida a la velocidad del barco, había hecho que los pasajeros de cubierta buscasen los rincones protegidos y se tendieran, por aquí y por allá, apretujados entre sí y acurrucados bajo mantas. Los papeles de los bocadillos y los cascos vacíos atestaban las papeleras de cubierta.
Dos horas después de amanecer, el buque, pesada y lentamente, enfiló la entrada del puerto de Brindisi. Disminuyó mucho la marcha para permitir la subida del práctico. Y, luego, con movimientos lentos y medidos, inició la maniobra.
El grupo de los de cubierta lo formaban: emigrantes turcos, albaneses, kurdos y gente procedente de las entonces enredadas naciones balcánicas, más algunos otros individuos de macuto, saco de dormir, pantalón vaquero y procedencia incierta. Apenas avistado el puerto, se aproximaron lentamente a los accesos a las bodegas y, casi en silencio, medio adormilados, pasaban frente a la gran terraza, amparada por varios quitasoles, de la cafetería.
En la terraza, los turistas pudientes, con la solvencia que da el dinero y el no tener ninguna prisa, charlaban satisfechos frente a los desayunos. Miraban con condescendencia la cola que hacían los de cubierta y dejaban caer la vista sobre ellos de un modo indolente, como si el desfile de aquellos desgraciados fuera algo exótico que viniera incluido en el precio del billete.
Aquellas personas, las unas vestidas atildadamente, las otras aún con pijama o con bata, se imaginaban a sí mismas disfrutando de una aventura colonial, mientras los camareros les servían café, té, leche, brioches, fruta, zumos y sándwiches calientes. Y matizaban, con mucha propiedad, lo adecuado del término paquebote para el barco o si, tal vez, sería mejor llamarlo buquebús o sobre las ventajas, en la navegación moderna, de los aerodeslizadores u hovercrats, o de los catamaranes y del  proyectado ro-pax; mientras, los otros desfilaban cabizbajos, echando alguna ojeada a sus viandas y también a sus poses cinematográficas.
Sólo pudieron entender el indignante comentario de uno de los de la fila que, al pasar, les dijo burlón:
- Oh là là! Le petit déjeuner dans le bateau!
Y es que, de la chusma, qué podía esperarse.


17 marzo 2011

Conmiseración


Por la noche, cuando iba para el cuartelillo, la decepción del Colás era doble. Era la conjunción rabiosa de dos hechos contrapuestos.
- ¡Puta miseria! Me han cogido sin haberme cogido, me cago en diole.
Aquella mañana, cuando se metió al mohedal del barranco del Alacrancín y se encaminó a lo más espeso, debajo del bardo, no contó con que el Toledano hubiera intuido sus intenciones. Pensó que, en un rato y con un par de tenazones, se saldaría su incursión en el coto. Un golpe de mano más. Iba como el que va a sus melones. Tantas había hecho que, sin tener mucha conciencia de ello, había convertido lo excepcional en hábito.
Al primer tiro, el conejo rodó desmadejado entre las jaras. Pero no le dio tiempo ni a tocarlo. A sus espaldas y por encima de su cabeza, ni a veinte metros, escuchó la voz del Toledano desde las piedras:
- ¡Alto ahí!
Le sorprendió más su confianza rota que la voz airada del guarda.
- ¡Colás, tú tenías que ser¡ ¡Me cago en la enclavación! ¡Eres peor que siete zorras, cabrón! –gritaba el guarda con la tercerola encarada.
Más que por lo que le gritara el Toledano, se le hundió el pundonor por verse sorprendido por aquel zampabollos, aquel inútil comemierdas de la marquesa. Y, encima, le había reconocido. Seguramente por el orgullo abrasador, que en aquel momento le cegó, hizo lo que hizo. Sin pensárselo, saltó hacia las jaras más altas, se internó entre las matas y quebrando como los conejos se lanzó a la carrera.
- ¡Date Colás, date¡ ¡Date Colás, por tu madre, que te pego un tiro!
Pero el Colás, lejos de parar o atarantarse, corrió con más brío, saltó con más ímpetu, se tapó entre la fusca y se internó en el breñal.
- ¡Date Colás, date! ¡Date Colás, date que te mato! ¡Cago en tu dios, que te dejo seco!
- Tira si ties cojones –aún tuvo corazón a replicar mientras huía.
Pero el Toledano no tiró y el Colás, en cuanto se desenfiló, se metió como una fiera acorralada por lo más espeso del arcabucal. Sabía que el guarda estaba demasiado fondón para siquiera intentar perseguirle, pero estaba seguro de que le denunciaría. Sólo entonces pensó en la locura de su huida, una fuga que no iba a servirle para nada. Pero en su mente aún resonaban los gritos: ¡Date, date! Y maquinalmente, tumbado en lo espeso y recobrando el aire, contestaba: ¿Date?, ¡unos cojones, que se dé tu puta madre!
Remoloneó por el campo cuanto pudo. Inconscientemente quería eludir llegar al pueblo. Son cosas que hace el cuerpo sin permiso, como si, a veces, mandara más que la propia voluntad.
Pero era cosa cantada. Tan pronto llegó a su casa, la madre, alterada, preguntó:
- Hijo, ¿qué ha pasado? Que ha venido un guardia y ha dicho que de parte del sargento que te presentes en el cuartel.
La primera hostia del sargento la encajó sin chistar y como mal menor. Pero su instinto de ganapán le decía que la aceptación de los golpes sin quejas rebajaría la multa. Y, a ésa, sí que la temía.
- ¿Y todavía lo niegas? –dijo el sargento.
- Que yo no he sido, mi sargento. Que he estao por los riojanos, mi sargento, que yo no he pisao el monte.
Y los dos bofetones del sargento salpicaron de sangre la pared. El Toledano, hasta ese momento testigo mudo, se puso blanco. La imagen del hombre abofeteado, que echaba sangre por la nariz y miraba al suelo, empezó a revolverle las tripas.
- ¿Todavía sostienes que no has sido tú, teniendo aquí delante al guarda? –insistió amenazador el sargento.
- Se lo juro, mi sargento. Por mi madre.
Cuando el guardia echó un par de pasos adelante con evidentes intenciones, el Toledano dijo:
-Pare usted, mi sargento. Ahora que reparo, tenía el sol de cara y no estoy seguro, además, el que fue, llevaba una camisa gris y no una verdocha como la que lleva éste.
El sargento se reportó, miró al Toledano con recelo, se dio la vuelta y fue a sentarse tras su mesa. Encendió un cigarrillo y, mirando al Colás con mucha mala baba, dijo:
- Por esta vez te libras, Colás. Pero que sea la primera y la última vez que te veo por aquí. Vete a tu casa.
Tan pronto como el Colás salió, el suboficial miró al Toledano con fijeza:
- Usted, para otra vez, a ver si se fija mejor.
A la mañana siguiente el Toledano, que no había pasado buena noche, salió de la casa para dirigirse como de costumbre a sacar el tractor del almacén. En el suelo, frente a la puerta, encontró los seis cepos que le quitaron en el pejugal.

16 marzo 2011

En busca del estado del bienestar

El otro día, apenas se produjo el terremoto de Japón, vi unas viñetas de Forges. Era una sucesión de tres pequeños dibujos: en el primero se veía un terremoto, en el segundo un tsunami y en el tercero una central nuclear humeante y, bajo ellos, se leían respectivamente: terremoto, tsunami y soberbia humana.
Son tres desgracias, las dos primeras naturales y encadenadas y, la tercera, también derivada de las anteriores pero no natural. Y ya veremos cual de las tres es la de peores consecuencias.
El humorista me pareció un ser clarividente y, sus viñetas, un resumen de la historia reciente, una alegoría a un sistema de vida insostenible. Parece que nuestros problemas provengan de habernos empeñado en vivir así y, no aceptando lecciones ni de la Naturaleza, tan neutral y ajena a cualquier interés, nos obcequemos en no dar nuestro brazo a torcer.
Seguramente hechos como estos deberían hacernos rectificar, pero eso parece improbable. Porque no se trata de energía nuclear sí o energía nuclear no, la conclusión va más allá y tiene que ver con que no podemos vivir como vivimos, porque este supuesto bienestar paulatinamente nos angustia más, porque esta avidez loca, cualquier día, puede acabar con nosotros. No creo en la palabra bienestar para designar algo que nos hace desgraciados. Tal vez el bienestar sea otra cosa, algo más simple y con menos pretensiones, como, por ejemplo, que llegue un día en que sólo temamos a los desastres naturales, los únicos que deberían seguir siendo inevitables. Pero, ¿seremos los seres racionales capaces de volvernos razonables?

05 marzo 2011

Valor, se le supone

Las maniobras eran en la sierra del Monte Aragón. Los soldados del Batallón Mixto de Ingenieros comenzaron a cavar surcos en la tierra apenas bajaron el equipo de los camiones. El cable de comunicaciones, enterrado, debía llegar a donde les marcaban los mapas.
Lema paracaidista para el día de hoy:”Lo imposible lo hacemos pronto, milagros tardamos más.”
Y, por aquello del lema o, seguramente, por que no les quedaba otra, sudaron como potros bajo el anticiclón de invierno. Aquello duró todo el día. Los trajes guateados, bajo el uniforme, les preservaban del frío pero, con el trabajo, les bañaron en el propio sudor. Y, cuando pararon, al frío de fuera se le sumó el de dentro.
Derrengados, devoraron el rancho de la noche. De postre, un cuarto de coñá por cabeza: dieta militar.
-¿Hay que beberse esto, mi sargento?
- Soldado, es la vida castrense: “Ni pedir, ni rehusar.”
Se metieron en las frágiles tiendas instaladas rápidamente y al albur. El sueño les derrumbó al instante. El zarzagán silbaba, no muy fuerte, entre los trozos de sierra manchados de nieve y los que estaban medio limpios.
La artillería les despertó a media noche. Los obuses pasaban cómo bólidos incandescentes a veinte metros por encima de sus cabezas. Se les veía venir y desaparecer. Aturdidos, miraban el espectáculo con el sueño todavía a medio espantar de los rostros incrédulos. Los proyectiles se perdían en la oscuridad y, a los pocos segundos, estallaban.
- Prevenirse contra ataque de carros. Caven pozos de tiradores.
Tras la concisa orden, gritada desde algún lugar cercano pero indefinido de la noche, los soldados sacaron palas y cavaron rápida y atolondradamente. Improvisaron pozos donde se les ocurrió. Eran agujeros apenas capaces de ocultar a un hombre en posición fetal. No hubo tiempo para más. El creciente ruido de los blindados se les echó encima en un momento. Pasaron como un rebaño de apisonadoras, sin titubear y sin variar su dirección. Afortunadamente no hicieron por ellos, ni los artilleros se estrenaron, pero ninguno varió un ápice su rumbo.
- Mejor que morir por la patria, debe ser que el enemigo muera por la suya –dijo el Carcasona, haciéndose veloz a un lado para evitar la ciega avalancha.
Mientras temblaba el suelo y el fragor les dejaba sordos por el ruido y mudos por el miedo, unos aguantaron en los pozos, otros saltaron a los lados y se ocultaron tras las peñas, y otros corrieron, sin saber a dónde, para buscar alotadamente el amparo del vientre oscuro e incierto de la noche.
- A los camiones con el equipo. Cambio de cota.
Nadie sabía quién daba la orden. Pero todos saltaron inmediatamente al camión en marcha más cercano. Obediencia ciega, instantánea y simultánea: esencia de milicia.
El soldado dijo a su compañero:
- Carcasona, ¿y la tienda?
- ¡Que le den por culo!
Y, tras un pequeño titubeo, se agarró a la trasera del camión que pasaba más cerca. Los de dentro le ayudaron a subir. El Carcasona no estaba allí. Seguramente habría saltado a otro camión unos instantes antes. Se encontró entre un grupo de paracaidistas desconocidos. Eran de infantería, de la segunda bandera. Supuso, entre los bruscos embates del vehículo, que las guerras debían parecerse a aquello: encontrarse, repentinamente, entre grupos de extraños que, lo único que tenían en común, era uniforme y disciplina. Bueno y, con certeza, el miedo, porque, el valor, a todos se les suponía.