23 abril 2011

Yo no salgo a saludar


-Yo no salgo a saludar. Yo no me visto para ir por ahí como un fantoche. Yo no pertenezco a una cofradía de lucimiento. Yo me encierro en la Colegiata a las nueve y media y luego, pasada lista, se decreta silencio. Y, a partir de ese momento, queda cada uno con lo que lleva dentro.
-¿Y si alguno no llega a su hora?
-El templo se cierra y ya no se abre a nadie.
-Y cuánto dura el silencio.
-Hasta que acaba el acto, más allá de las tres de la madrugada.
-Pero sonará la música de las bandas, los clarines, los tambores, los cánticos, qué sé yo. Vendrán, por lo menos, los de la legión.
-Ahí no habrá más ruido que el de un solo tambor que desfila junto al trono. El resto será el ruido de las cadenas que arrastran los descalzos, el de las cruces que llevan sobre sus hombros y el ruido de los horquilleros del trono. En mi cofradía no hay bandas, ni perifollos, ni desfiles de carrozas, ni pompas. Mi cofradía tiene un único trono. No busque usted folclore, que aquí no hay más que un sentir profundo y callado: el de cada cual. Mi cofradía es lo más serio. Y, para mí, lo más serio del mundo. Llevo una semana que no sujeto los nervios, ni duermo siquiera.
-¿Y cuál es esa cofradía tan severa?
-No es severa. Es lo que es, es lo que tiene que ser. La severidad para los jueces, si es que quieren tenerla.
-Bueno, disculpe. Pero, cómo se llama la cofradía.
-Vaya usted esta noche a las once a la puerta de la Colegiata y se enterará, que me está usted tomando por una empleada de turismo.
-Pero, ¿y si el tiempo no lo permite?
-Mire usted, es lo último que nos faltaba: querer gobernar también el tiempo.
A las diez de la noche empiezan a llegar personas a la plaza aneja a la Colegiata. A las once menos cinco la plaza está bastante concurrida de gente expectante. Pero amenaza lluvia y por una puerta sale el Hermano Mayor encapuchado y les dice a los periodistas que la procesión no saldrá, que la estación de penitencia se hará en el interior.
Cuando dan las once campanadas, se hace un silencio total en la multitud. Justo con el eco de la última, se escuchan tres golpes secos y un vozarrón resuena en la plaza:
-¡Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo de la Sangre y Nuestra Señora del Mayor Dolor: estación penitencial!
Desde dentro contestan otros tres golpes.
La puerta de la Colegiata se abre y quienes quieren entran en ella. Es una procesión a la inversa. La gente camina lentamente entre filas hieráticas de encapuchados, de blanco y rojo. Hacen éstos una guardia inmóvil, cada uno en su puesto, mientras los devotos y los curiosos miran un trono que representa el instante en que Cristo muere en la cruz con su madre dolorosa a los pies. Y sí, en la parte delantera, a la izquierda, hay un solo encapuchado con un tambor.

31 marzo 2011

Ciencia ingrata

Uno de sus primeros deslumbramientos lo tuvo el chico a los doce años. Fue cuando se enteró de que su prima favorita se iba a Madrid. Y no lo fue por el hecho de que se marchase a la capital, no, que él había ido ya un par de veces y, quitando el hecho de viajar en tren de vapor, poco le impresionó el resto; fue porque ella iba, nada menos, a estudiar biológicas.
Eso sí que era una carrera, ésos sí que eran unos estudios interesantes, eso sí que valía la pena. Su mente se llenó de admiración hacia su prima. Además de ser tan simpática, qué lista había sido, cómo había sabido elegir, pero qué carrera tan apasionante. Y la imaginaba en la facultad, con su bata, tan guapa ella; y, hala, venga a ver bichos, a estudiarlos por arriba y por abajo, por dentro y por fuera, y venga a mirar por el microscopio todo el día y a hacer experimentos con los ejemplares más raros y a tomar notas en muchísimos papeles. Habría que ver la cantidad de cosas y de nombres que aprendería. Eso sin contar los beneficios que sus descubrimientos generarían para la Humanidad. Aquello, para ser su prima una chica, era verdaderamente lo máximo que se podía esperar del género femenino: una hermosura a la que no sólo no le daban asco los bichos sino que, encima, le gustaban. Le costaba imaginar algo más perfecto. Así deberían de ser todos los seres humanos.
Cuando llegaron aquellas Navidades, las primeras en que volvió a casa la incipiente bióloga, el muchacho se juntó con su primo, que era más o menos de su edad y, sobre todo, el hermano de aquella eminencia. Y no fue, como otras veces, para jugar a las damas o ponerse ciego de chocolate en casa de su tía, no, fue para proponerle un proyecto que no admitía demora: tenían que hacer un fondo común para hacerle un regalo de reyes a la científica.
No podía ser otro que un libro de animales. Y, manos a la obra, aquellas vacaciones anduvieron los dos de librería en librería. No podían elegir al buen tuntún, estaba claro que no valía uno de aquellos libritos pueriles llenos de santos y de estampas, no, había de ser un libro de animales repleto de escritura, de sabiduría, algo digno de una profesional, algo de enjundia y que le sirviera de provecho, nada de un álbum infantil con fotos, había de ser algo profundo que le ayudara a superar los exhaustivos conocimientos que le requeriría su carrera.
Las pocas librerías de su ciudad provinciana se les hicieron  páramos. En aquellas mermadas estanterías no encontraban el libro adecuado. Estaba visto que la ciencia de la vida era una especialidad que aquellos comercios desdeñaban. ¡Madre mía, qué olvidada estaba la biología en la provincia! Y, así, sólo daban con librotes de historia o de guerras, o con mamotretos de geografía y filosofía, o con tomos de novelas de amor y con las infantiles novelitas de la colección Ardilla que ya, hasta a ellos, se les hacían insustanciales. No podían regalarle nada de aquello a una científica. ¿Qué pensaría de ellos una mujer de altura?
Fue la tarde del cinco de enero, a última hora, cuando tuvieron que tomar una decisión. Guiados en su experta búsqueda únicamente por los títulos, lo más interesante que habían encontrado era un tomo, en gris plomo, que se titulaba: “Las hormigas, ésas desconocidas”. Y casi estaban dispuestos a comprarlo, recontando las monedas que entre los dos habían reunido y como última posibilidad desesperada, cuando lo vieron.
Menos mal que la suerte, si bien a última hora, les había sonreído. Tenía una portada preciosa, con una cabeza de tigre emergiendo entre la fronda de la jungla, y qué colores, y qué titulo: “El tigre de Malasia”. Y, por dentro, todo escritura. Por fin habían dado con algo tan científico como atrayente. Había valido la pena.
¡Qué contenta se puso al día siguiente! Y qué besos les dio. Claro, no era para menos. ¡Cómo no iba a apreciar aquel libro una bióloga! ¡Hombre, por Dios!
Aquel verano, animado por el éxito del libro, decidió, ya en solitario, hacerle un regalo más personal y único, a la par que de extrema utilidad científica. Y no fue fácil. Tuvo que escaparse, sin permiso, a la huerta de La Limpia. Pero, sin éxito en la huerta, hubo de buscar en lugares más apartados y agrestes: las graveras, las lindes del río y las cuestas que suben a las alcarrias.
Tras aquel esfuerzo, qué emocionado, qué eufórico se encaminó con su regalo a casa de su tía. En el camino flotaba, calle Mayor abajo, sintiéndose un colaborador de las ciencias biológicas desde  la oscuridad de su provincia.
Llegó justo después de comer. Su tío, su tía, su primo y sus tres primas estaban aún sentados a la mesa. Él abrió su bolsa con la faz brillante como un explorador recién llegado de la Amazonía. Pero, incomprensiblemente, cuando sacó el frasco con aquella hermosa víbora viva, todos perdieron la calma y había que haber visto cómo se pusieron. Casi le echaron. Menos mal que su prima, la bióloga, que, claro, era la única científica de la familia, tomó el frasco y, asiéndole de un brazo, escapó con él a la cocina. Allí, con la serenidad propia de una mujer de ciencia, le prometió que aquel hallazgo sería objeto de su estudio personal en la universidad. Lo dicho, la única científica.
Tenía pensado regalarle en breve un alacrán pero, después de aquel conflicto familiar, decidió dejarlo. Tal vez, empezó a entender entonces las trabas que a la ciencia se le ponen en España y la incomprensión que, ya desde el seno familiar, se le vaticina no sólo al científico, sino también a sus adláteres. País ingrato.

28 marzo 2011

Desfibrilación de palabras

Con el auge de las nuevas profesiones, que ya nos auguraron en el último cuarto del siglo XX, nos encontramos hoy entrevistando a un imprescindible de los nuevos tiempos. Se trata de don Servando Compraflores, desfibrilador de palabras.
-¿Qué es lo peor que usted encuentra en su profesión?
- Sin duda, la grosería. Hoy lo directo, lo evidente, lo falto de tacto, se ha vuelto grosero y mortificador.
- ¿Podría ponernos un ejemplo?
- Es sencillo. Dar de comer al que tiene hambre, proporcionar medicinas, atender roperos, incluso aquellos entrañables rastrillos de antaño que organizaban aristócratas y artistas, ha caído. Hacerlo hoy sería grosero, zafio, casi insultante. Se ha acuñado un nuevo concepto que cuadra mucho mejor con la idiosincrasia de nuestro tiempo. Y, así, de todas las personas que realizan estos menesteres, se dice que trabajan en filantropía.
- Uhala, qué brutalmente atrevido, actual y fascinante.
- Me alegro de que le guste, porque es sólo una pequeña muestra de lo que el lenguaje puede hacer por dignificar nuestras vidas. Y a mí, como desfibrilador de palabras, no me queda otra opción que hacerle patente al mundo este fenómeno rutilante e imprescindible.
-¿Y podría ponernos otros ejemplos?
- Vinculados a las nuevas actividades, hay un sinnúmero de ellos: gestador de opciones, apoyador de eventos, promotor de temas, modulador de tonos orales humanos, operador de cash, bruñidor de carismas, sublimador de lo asequible, pensador de la obviedad, filósofo de la inconsecuencia, magnificador de nimiedades, retomador de lo obliterado, evaluador de imprevistos, potenciador de la insulsez, alterador del discurrir natural de las cosas, customizador de enseres, abstractor de ideas, conductor del desestrés, evidenciador de patetismos, colonizador de lo vacío… podría citarle una larga sucesión, pero tenga en cuenta que todas estas actividades nuevas buscan el aprovechamiento humanitario tanto de desastres evitables como de conductas impropias, que retroalimentan, de alguna manera, economías en grave disensión con la biología activa o pasiva en el planeta.
- ¡Guau! ¡Es, básicamente, realmente divino! ¿Y es tan necesario?
-¿Cómo? Es imprescindible, es el condimento de la vida actual. Se trata de una tarea literalmente moralizante. La moderna desfibrilación de palabras tiene como objetivo inherente la estabilización y el equilibrio de la opinión pública en casos con evidente falta de justificación. ¿Le parece a usted poco?
- Oiga, y lo de limpiador artesanal de estalactitas, higienista bacteriano, esteticista porcino o diseñador de caminos agropecuarios sostenibles, ¿no podrían considerarse nuevas profesiones rompedoras y ennoblecedoras del quehacer humano?
- Ya están catalogadas. No se esfuerce.

19 marzo 2011

Nice people

El Apollonia cruzaba de Igoumenitsa a Brindisi. En las bodegas superpuestas se alineaban ordenados, y meticulosamente juntos, los pulidos y brillantes coches europeos de la interesante gente guapa; también, entre aquéllos, y de trecho en trecho, aparecían algunas furgonetas sucias, viejas y destartaladas, repletas de bultos y sobrecargadas de bártulos. Eran de aquella otra gente que, sin que nadie la llamase fea, carecía de interés. 
En la parte regia del navío, los alegres y dicharacheros turistas, con sus aprestos de Loewe, Cartier, Dior y otras divinidades, pasarían la noche distendidamente entre el ambiente acogedor del restaurante, el jolgorio de la discoteca y el lujo de los cómodos camarotes exteriores; los otros embarcados, los del mirar furtivo y desconfiado, se dedicarían al placer regalado de mirar al horizonte con los brazos apoyados en la borda.
Los pasajes de cubierta daban derecho, sobre todo, a eso: a mirar y, en todo caso, a que el viento les hiciera tremolar las camisetas.
El ferry fue dejando atrás la bahía, luego el estrecho de Corfú y, paulatinamente, se adentró en la oscuridad silenciosa de la noche que venía y en la calma del mar. A estribor, las tímidas luces de Albania fueron quedando cada vez más al fondo, como pavesas mortecinas y lejanas. Poco a poco, a babor, aparecieron las deslumbrantes luces de la costa italiana. Albania, lucecitas; Italia, luminaria, qué contraste tan grande entre dos costas que estaban tan cercanas.
El halo de la costa italiana suavizaba el cielo y resplandecía silenciosamente, con la luna, en la superficie de la mar sosegada. El arrullo rítmico, profundo y ronco de las máquinas empujaba al barco en el mar y en la noche. Y el surco que iba dejando el Apollonia era un trazo nítido que su tajamar partía en dos, produciendo con su pequeño oleaje un tintineo de agua y espuma en la superficie mansa del Adriático. Hacía ya un buen rato que la brisa nocturna, añadida a la velocidad del barco, había hecho que los pasajeros de cubierta buscasen los rincones protegidos y se tendieran, por aquí y por allá, apretujados entre sí y acurrucados bajo mantas. Los papeles de los bocadillos y los cascos vacíos atestaban las papeleras de cubierta.
Dos horas después de amanecer, el buque, pesada y lentamente, enfiló la entrada del puerto de Brindisi. Disminuyó mucho la marcha para permitir la subida del práctico. Y, luego, con movimientos lentos y medidos, inició la maniobra.
El grupo de los de cubierta lo formaban: emigrantes turcos, albaneses, kurdos y gente procedente de las entonces enredadas naciones balcánicas, más algunos otros individuos de macuto, saco de dormir, pantalón vaquero y procedencia incierta. Apenas avistado el puerto, se aproximaron lentamente a los accesos a las bodegas y, casi en silencio, medio adormilados, pasaban frente a la gran terraza, amparada por varios quitasoles, de la cafetería.
En la terraza, los turistas pudientes, con la solvencia que da el dinero y el no tener ninguna prisa, charlaban satisfechos frente a los desayunos. Miraban con condescendencia la cola que hacían los de cubierta y dejaban caer la vista sobre ellos de un modo indolente, como si el desfile de aquellos desgraciados fuera algo exótico que viniera incluido en el precio del billete.
Aquellas personas, las unas vestidas atildadamente, las otras aún con pijama o con bata, se imaginaban a sí mismas disfrutando de una aventura colonial, mientras los camareros les servían café, té, leche, brioches, fruta, zumos y sándwiches calientes. Y matizaban, con mucha propiedad, lo adecuado del término paquebote para el barco o si, tal vez, sería mejor llamarlo buquebús o sobre las ventajas, en la navegación moderna, de los aerodeslizadores u hovercrats, o de los catamaranes y del  proyectado ro-pax; mientras, los otros desfilaban cabizbajos, echando alguna ojeada a sus viandas y también a sus poses cinematográficas.
Sólo pudieron entender el indignante comentario de uno de los de la fila que, al pasar, les dijo burlón:
- Oh là là! Le petit déjeuner dans le bateau!
Y es que, de la chusma, qué podía esperarse.


17 marzo 2011

Conmiseración


Por la noche, cuando iba para el cuartelillo, la decepción del Colás era doble. Era la conjunción rabiosa de dos hechos contrapuestos.
- ¡Puta miseria! Me han cogido sin haberme cogido, me cago en diole.
Aquella mañana, cuando se metió al mohedal del barranco del Alacrancín y se encaminó a lo más espeso, debajo del bardo, no contó con que el Toledano hubiera intuido sus intenciones. Pensó que, en un rato y con un par de tenazones, se saldaría su incursión en el coto. Un golpe de mano más. Iba como el que va a sus melones. Tantas había hecho que, sin tener mucha conciencia de ello, había convertido lo excepcional en hábito.
Al primer tiro, el conejo rodó desmadejado entre las jaras. Pero no le dio tiempo ni a tocarlo. A sus espaldas y por encima de su cabeza, ni a veinte metros, escuchó la voz del Toledano desde las piedras:
- ¡Alto ahí!
Le sorprendió más su confianza rota que la voz airada del guarda.
- ¡Colás, tú tenías que ser¡ ¡Me cago en la enclavación! ¡Eres peor que siete zorras, cabrón! –gritaba el guarda con la tercerola encarada.
Más que por lo que le gritara el Toledano, se le hundió el pundonor por verse sorprendido por aquel zampabollos, aquel inútil comemierdas de la marquesa. Y, encima, le había reconocido. Seguramente por el orgullo abrasador, que en aquel momento le cegó, hizo lo que hizo. Sin pensárselo, saltó hacia las jaras más altas, se internó entre las matas y quebrando como los conejos se lanzó a la carrera.
- ¡Date Colás, date¡ ¡Date Colás, por tu madre, que te pego un tiro!
Pero el Colás, lejos de parar o atarantarse, corrió con más brío, saltó con más ímpetu, se tapó entre la fusca y se internó en el breñal.
- ¡Date Colás, date! ¡Date Colás, date que te mato! ¡Cago en tu dios, que te dejo seco!
- Tira si ties cojones –aún tuvo corazón a replicar mientras huía.
Pero el Toledano no tiró y el Colás, en cuanto se desenfiló, se metió como una fiera acorralada por lo más espeso del arcabucal. Sabía que el guarda estaba demasiado fondón para siquiera intentar perseguirle, pero estaba seguro de que le denunciaría. Sólo entonces pensó en la locura de su huida, una fuga que no iba a servirle para nada. Pero en su mente aún resonaban los gritos: ¡Date, date! Y maquinalmente, tumbado en lo espeso y recobrando el aire, contestaba: ¿Date?, ¡unos cojones, que se dé tu puta madre!
Remoloneó por el campo cuanto pudo. Inconscientemente quería eludir llegar al pueblo. Son cosas que hace el cuerpo sin permiso, como si, a veces, mandara más que la propia voluntad.
Pero era cosa cantada. Tan pronto llegó a su casa, la madre, alterada, preguntó:
- Hijo, ¿qué ha pasado? Que ha venido un guardia y ha dicho que de parte del sargento que te presentes en el cuartel.
La primera hostia del sargento la encajó sin chistar y como mal menor. Pero su instinto de ganapán le decía que la aceptación de los golpes sin quejas rebajaría la multa. Y, a ésa, sí que la temía.
- ¿Y todavía lo niegas? –dijo el sargento.
- Que yo no he sido, mi sargento. Que he estao por los riojanos, mi sargento, que yo no he pisao el monte.
Y los dos bofetones del sargento salpicaron de sangre la pared. El Toledano, hasta ese momento testigo mudo, se puso blanco. La imagen del hombre abofeteado, que echaba sangre por la nariz y miraba al suelo, empezó a revolverle las tripas.
- ¿Todavía sostienes que no has sido tú, teniendo aquí delante al guarda? –insistió amenazador el sargento.
- Se lo juro, mi sargento. Por mi madre.
Cuando el guardia echó un par de pasos adelante con evidentes intenciones, el Toledano dijo:
-Pare usted, mi sargento. Ahora que reparo, tenía el sol de cara y no estoy seguro, además, el que fue, llevaba una camisa gris y no una verdocha como la que lleva éste.
El sargento se reportó, miró al Toledano con recelo, se dio la vuelta y fue a sentarse tras su mesa. Encendió un cigarrillo y, mirando al Colás con mucha mala baba, dijo:
- Por esta vez te libras, Colás. Pero que sea la primera y la última vez que te veo por aquí. Vete a tu casa.
Tan pronto como el Colás salió, el suboficial miró al Toledano con fijeza:
- Usted, para otra vez, a ver si se fija mejor.
A la mañana siguiente el Toledano, que no había pasado buena noche, salió de la casa para dirigirse como de costumbre a sacar el tractor del almacén. En el suelo, frente a la puerta, encontró los seis cepos que le quitaron en el pejugal.

16 marzo 2011

En busca del estado del bienestar

El otro día, apenas se produjo el terremoto de Japón, vi unas viñetas de Forges. Era una sucesión de tres pequeños dibujos: en el primero se veía un terremoto, en el segundo un tsunami y en el tercero una central nuclear humeante y, bajo ellos, se leían respectivamente: terremoto, tsunami y soberbia humana.
Son tres desgracias, las dos primeras naturales y encadenadas y, la tercera, también derivada de las anteriores pero no natural. Y ya veremos cual de las tres es la de peores consecuencias.
El humorista me pareció un ser clarividente y, sus viñetas, un resumen de la historia reciente, una alegoría a un sistema de vida insostenible. Parece que nuestros problemas provengan de habernos empeñado en vivir así y, no aceptando lecciones ni de la Naturaleza, tan neutral y ajena a cualquier interés, nos obcequemos en no dar nuestro brazo a torcer.
Seguramente hechos como estos deberían hacernos rectificar, pero eso parece improbable. Porque no se trata de energía nuclear sí o energía nuclear no, la conclusión va más allá y tiene que ver con que no podemos vivir como vivimos, porque este supuesto bienestar paulatinamente nos angustia más, porque esta avidez loca, cualquier día, puede acabar con nosotros. No creo en la palabra bienestar para designar algo que nos hace desgraciados. Tal vez el bienestar sea otra cosa, algo más simple y con menos pretensiones, como, por ejemplo, que llegue un día en que sólo temamos a los desastres naturales, los únicos que deberían seguir siendo inevitables. Pero, ¿seremos los seres racionales capaces de volvernos razonables?

05 marzo 2011

Valor, se le supone

Las maniobras eran en la sierra del Monte Aragón. Los soldados del Batallón Mixto de Ingenieros comenzaron a cavar surcos en la tierra apenas bajaron el equipo de los camiones. El cable de comunicaciones, enterrado, debía llegar a donde les marcaban los mapas.
Lema paracaidista para el día de hoy:”Lo imposible lo hacemos pronto, milagros tardamos más.”
Y, por aquello del lema o, seguramente, por que no les quedaba otra, sudaron como potros bajo el anticiclón de invierno. Aquello duró todo el día. Los trajes guateados, bajo el uniforme, les preservaban del frío pero, con el trabajo, les bañaron en el propio sudor. Y, cuando pararon, al frío de fuera se le sumó el de dentro.
Derrengados, devoraron el rancho de la noche. De postre, un cuarto de coñá por cabeza: dieta militar.
-¿Hay que beberse esto, mi sargento?
- Soldado, es la vida castrense: “Ni pedir, ni rehusar.”
Se metieron en las frágiles tiendas instaladas rápidamente y al albur. El sueño les derrumbó al instante. El zarzagán silbaba, no muy fuerte, entre los trozos de sierra manchados de nieve y los que estaban medio limpios.
La artillería les despertó a media noche. Los obuses pasaban cómo bólidos incandescentes a veinte metros por encima de sus cabezas. Se les veía venir y desaparecer. Aturdidos, miraban el espectáculo con el sueño todavía a medio espantar de los rostros incrédulos. Los proyectiles se perdían en la oscuridad y, a los pocos segundos, estallaban.
- Prevenirse contra ataque de carros. Caven pozos de tiradores.
Tras la concisa orden, gritada desde algún lugar cercano pero indefinido de la noche, los soldados sacaron palas y cavaron rápida y atolondradamente. Improvisaron pozos donde se les ocurrió. Eran agujeros apenas capaces de ocultar a un hombre en posición fetal. No hubo tiempo para más. El creciente ruido de los blindados se les echó encima en un momento. Pasaron como un rebaño de apisonadoras, sin titubear y sin variar su dirección. Afortunadamente no hicieron por ellos, ni los artilleros se estrenaron, pero ninguno varió un ápice su rumbo.
- Mejor que morir por la patria, debe ser que el enemigo muera por la suya –dijo el Carcasona, haciéndose veloz a un lado para evitar la ciega avalancha.
Mientras temblaba el suelo y el fragor les dejaba sordos por el ruido y mudos por el miedo, unos aguantaron en los pozos, otros saltaron a los lados y se ocultaron tras las peñas, y otros corrieron, sin saber a dónde, para buscar alotadamente el amparo del vientre oscuro e incierto de la noche.
- A los camiones con el equipo. Cambio de cota.
Nadie sabía quién daba la orden. Pero todos saltaron inmediatamente al camión en marcha más cercano. Obediencia ciega, instantánea y simultánea: esencia de milicia.
El soldado dijo a su compañero:
- Carcasona, ¿y la tienda?
- ¡Que le den por culo!
Y, tras un pequeño titubeo, se agarró a la trasera del camión que pasaba más cerca. Los de dentro le ayudaron a subir. El Carcasona no estaba allí. Seguramente habría saltado a otro camión unos instantes antes. Se encontró entre un grupo de paracaidistas desconocidos. Eran de infantería, de la segunda bandera. Supuso, entre los bruscos embates del vehículo, que las guerras debían parecerse a aquello: encontrarse, repentinamente, entre grupos de extraños que, lo único que tenían en común, era uniforme y disciplina. Bueno y, con certeza, el miedo, porque, el valor, a todos se les suponía.

17 febrero 2011

Lo de la marquesa

Antes por efectividad, y después por la soltura añadida que cogió con la escopeta, se acostumbró a entrar en lo de la marquesa.
La primera vez fue con el arma apenas bautizada. Madrugó y, atravesando aquellos despoblados, sus pasos sobre las escarchas le parecían crujidos delatores a kilómetros. Antes de verse el primer arrebol del amanecer ya estaba inmóvil tras un pirlitero chico.
Alterado por el debut, el sonido lejano de unas esquilas le incomodó. Quebraban el silencio cómplice que, a aquellas horas, dominaba en los campos. Tan aguzados tenía los sentidos por el atrevimiento, como alerta la desconfianza por el miedo. Y, pese a los pulsos fuertes del primerizo en el arte de trastear lo prohibido, no tardó en concentrarse. Su mirada estaba ansiosamente fija, hasta la lágrima, en la linde del arcabucal. Los perrillos estaban levantados y el índice acariciaba el gatillo. Y en ese tiempo de adaptación visual a la negrura que empezaba a romperse, tan lenta como imperceptiblemente, le costaba distinguir cuáles de aquellos bultos eran piedras y cuáles estaban animados, cuáles eran reales y cuáles producto de su imaginación. Distinguió algunas fintas y algunas carreras, como si también la aproximación del alba incitara a los bichos al movimiento brusco. Ahora se mantenía con la escopeta encarada, pero el rápido y confuso meneo de algún gazapón le disuadía del disparo. Aún no tenía confianza.
Años después contaría como, estando en un trance semejante, y medio aterido, esperando el amonarse último de algún conejo, descubrió a la zorra, tan inmóvil como él, acechando a menos de treinta metros.
- Qué quieta estaba la indina. Yo creo que me barruntó una mínima de segundo antes que le soltara el tirascazo.
- Y la dejaste seca con plomo de séptima.
- ¡Huy sétima! Dices tú sétima. Entonces, los que eran como yo, llevábamos quinta pa to. Era mu efectivo. Sí. Y atravesá como estaba, ¡anda que hacía mala mota! Ni se rechistó.
- Y qué hiciste con ella.
- Papo, en cuanto me la trompiqué, se la llevé al Botija. Aún llegó caliente. Se dejó espelletar bien. Sí. Y buena que era. Saqué por la piel pa los cartuchos del año. Sí.
Con el paso del tiempo, los golpes de las esperas, saldadas con un tiro o dos y una carrera a lo libre, menudearon tanto que pronto el guarda estuvo sobre aviso. Y hasta tuvo cojones a presentarse en la taberna del Fabián, una bayuca destartalada y sucia, donde lo más humilde del pueblo se juntaba. Y lo dejó caer:
- Hay por ahí algún espontáneo que se está pasando de listo. Que alguna vez, pase. Pero tantas veces va el cántaro a la fuente… Y malo será que yo lo coja, que cómo lo cojan los civiles…Avisaos estáis.
Pero llegó un momento en que le perdió el miedo al guarda y hasta a la pareja y, además del aliciente de la propia caza, era otro, aún mayor, el de rebañarle un par de piezas a la marquesa y, de paso, poner furioso al Toledano, el guarda, con aquella burla mantenida.
- No lo podía remediar. Era entrar en el coto y ponérseme las tripas en una fogatina. Oye, que te lo juro, igual, igual que si hubiera quedao con una casada.
- ¿Y no ibas a lo libre?
- En lo de la marquesa era donde ya tenía yo mis intríngulis. Donde yo gozaba y me expansionaba y no paraba de maquinar una estratamagema tras de otra. Lo libre hasta me se hacía aburrido.
- ¿Y nunca te pillaron?
No contestó. Se le pasó por la cabeza el día que se llegó con el alba al pegujal del guarda. Qué cuidadito lo tenía, bien se conocía que era un regalo de la marquesa en lo mejor del monte, en lo más entreverao. Enseguida encontró los seis cepos. Ese día no gastó munición. Y, claro, además de con los conejos arrambló con las artes.
- ¡Papo, menudo alijo!
Aquella noche en el tabernucho del Fabián, el Toledano miraba a los parroquianos con los ojos soberbios. Era su cara furiosa la del vicario que se siente obligado a defender la propiedad más aún que el propio amo.
- Si no aparecen los seis cepos que alguno, que no andará muy lejos, me ha quitao del cacho que tengo en lo del mohedal, puede que más de uno lo sintáis. Queda dicho.
Y se marchó con gesto adusto el guarda, sin añadir una palabra más. Pero, mientras pagaba y salía, aún tuvo que oír la coplilla de un burlón envinado:
“Ay qué desgracias, madre,
ay, que nos trae la triste vida,
que semos dos mil gorriones,
ay, pa cuatro putas espigas”
Y es que, es lo que él decía, por Farina y por Molina lo bordaba, pero no le educaron la voz. Luego se reía y, apurando el chato, decía medio pensativo:
”No me educaron ni a mí, como pa andarse con gaitas con la voz, no te jode”.

15 febrero 2011

Perros y hombres

- ¿Y cómo te hiciste con la Juani?
- Pues porque tuve que quitar al Zaro.
- ¿No cazaba?
- ¿El Zaro? ¿Qué dices tú? ¡Papo, to lo contrario! Menudo era el Zaro, galán. Anda que, hasta que lo sujeté a las perdices, no llevó leña. ¡Hasta con la canana llena le zurré algunas veces! Era un salvaje. ¡Huy pa dominarlo! ¡Tú qué sabes! ¡Era un cafre, igual que un cafre!
- ¿Entonces?
- Pues porque era un animal mu tesonero y mu cabezón y cogió una afición por los mondongos y la carroña que fue su perdición. Sí, galán, sí, eso fue. Muchas veces, se marchaba solo al campo y, en particular, al barranco donde echaban las caballerías matalonas y era capaz de venirse a casa con el espinazo o la cabeza de un ovejo muerto o con media mula descompuesta a rastras. ¡Qué espectáculo cuando se presentaba en casa! Y, la mujer pues, la que pasa, le cogió una inquinina y un aborrecimiento que no lo podía ni ver. ¡No veas qué discursiones y qué berrinchines!, que no hemos discutido en la vida como por aquel animal.
- Claro, por repugnancia.
- A ver, el Zaro no hacía más que traer a casa to la carroña agusaná que encontraba. ¡Oye, qué instintivo, el animalito! Que no es que yo no le echara. Pero, qué tendría la carne podrida pa aquel perro. ¡Qué vicio agarró! Y la mujer: ¡Quítalo, Nicolás, quítalo! ¡Quítalo, Nicolás, por Dios te lo pido!, que ese perro nos va a traer alguna desgracia a la casa. ¡Nicolás, por tus hijas, quítalo, quítalo!
- Es de comprender.
- Claro. No ves que eran entonces pequeñitas y, las criaturitas jugaban a gatas por el suelo y el Zaro venga a traer podredumbre y despojos del campo. Y que, por más que le unté, no había manera de quitarle la costumbre al cabrón.
- ¿Y qué hiciste?
- Pues, qué había de hacer. Las cosas se pusieron en mi casa mu climatélicas. Asín que, por evitar la catatombe, y por no oír más a mi mujer, un día me bajé a lo del puente y, con to el sentimiento y el dolor de mi corazón, le eché al río con una piedra al cuello.
- ¿De veras?
- Mia si lo hice. Y lo peor no fue eso.
- ¿Qué pasó?
- Mia, pues entre que el río llevaba poco caudal y que la cuerda que le até resultó larga por mi precipitación, el animalito no hacía más que salir, hundirse, salir y vuelta a hundirse, que había que oír los aullidos, el desasosiego y la agonía del bicho. Si es que no se puede ir a matar a un animal con la dimutación que yo llevaba.
- Y, ¿qué hiciste?
- Cómo iba a dejarle morir asín. Me tuve que meter al río con una piedra grande y venga y venga hasta que pude acertarle de una buena vez en la cabeza. Y no creas que no me hizo duelo. En la vida me se olvidará. Que no veas, calao hasta el pecho, con el disgusto que me subí al pueblo.
- ¿Y enseguida te hiciste con la Juani?
- Sí, me la dio un vecino que era pastor y que la había dejado, de la camada que parió la madre, para que le sacara la leche, porque el resto fueron en un saco al caz. Asín que me dijo que si la quería, que ya se iba sola. Y yo, claro, le dije que sí.
- ¿Y ésta hizo pie con tu mujer?
- Huy, acostumbrada al guarrón y al cenacho del Zaro, que nos ponía el zaguán como una cochiquera, la perrita le pareció de dulce, tal que una señorita. Y, aunque cuando la traje venía con mis dudas, puso buena cara cuando me presenté con ella, sí. Hasta le bajó al corral un jarapón viejo. Se conoce que fue su modo de agradecerme que quitara al Zaro.
- Y tú, qué pensabas.
- Pues que, por buena que saliera aquella perrucha peluda y canija, nunca le llegaría al Zaro. Pero, ¡ay amigo!, a la temporada siguiente, a los cuatro días de sacarla y verla meterse en lo más espeso, de no acobardarse en los zarzones, de no salirse sin echar o matar… casi no me lo podía de creer.
- ¿Le guardas mejor recuerdo que al Zaro?
- Hombre, qué quieres que te diga, el Zaro era mucho bueno, pero la Juani… La Juani era mu sanguina, pero que mu sanguina, en mi vida he visto un animalito más asesino ¡Ay qué animalito tan asesino!
- Ya lo creo.
- Bueno que tú al Zaro no lo conociste pero a la Juani sí. Y no me dejarás mentir.
- Sí, la Juani al conejo era segura. Si no se embocaba: o salía del zarzón o la perra lo mataba dentro. Le valían el tamaño y el pelo que tenía.
- ¿El tamaño y el pelo? Lo que le valía es que era una alimaña. Tenía ese instintivo. Hay animales que lo tienen y otros no. Asín es. Sí.
- Al final, ¿murió de vieja?
- Quiá. Pa según era, aún vivió años, pero, al cabo, to el pueblo terminó por enterarse de lo que sabía hacer aquel animalito. Y, como la hez de la caza es la puta envidia, algún cabrón me la envenenó. Aquel animal era un portento. Y como vino se fue. Sí.

12 febrero 2011

Escopeta negra

El prurito de hacer carne nunca se le quitó de la cabeza. Ya, cuando empezó, lo llevaba en la sangre. Algunos, que lo conocían bien, hubieran dicho que desde antes de nacer.
Apenas tiró los dientes de leche, a las ovejas le mandaron. Y, a los doce, ya era un experto en alares, lanchas y otros garlitos. Había quien decía que, contando las cerdas que arrancó de la cola de las caballerías cuando los alares, hubieran sumado más espartos de los que hay en algunos atochales.
Sus primeras escaramuzas en el campo, cuando se hizo con escopeta, tenían un fin muy definido. Y como a sus andanzas no les convenían espectadores, solía, en sus salidas adelantarse al sol. Alboreaba apenas cuando ya estaba junto al palomar. Una pedrada en la puerta y luego, al revuelo de palomas huyendo, los dos tiros. Si valía la pena se repetía. Lo importante era llenar el morral. Luego, bien cerrado, esconderlo bien bajo las piedras de un majano. No quería que le pasara lo que aquella vez.
- Abre el macuto, Colás –dijo el sargento.
- Papo, mi sargento, si no llevo más que cuatro palomas –dijo obedeciendo.
- ¿Cuatro? Pero, Colás, ¡si esas palomas son de palomar!
- Pero, qué dice, mi sargento ¿Esto de palomar?, ¿esto de palomar? ¡Si es paloma juja, paloma montesina! ¡Parece mentira, mi sargento!
Desde entonces ponía las palomas en lugar seguro para, a la vuelta, pasarse a por ellas. Su afición por la caza no se correspondía con sus habilidades. No sabía tirar y, menos, podía desperdiciar cartuchos al precio que llevaban. Así que sus comienzos, aparte de lo del palomar, fue especializarse en tirar cuando los animales se quedaban de bolo.
- ¡Papo, si en aquellos tiempos, había días que salías con media docena de cartuchos!
Como ciencia en el campo no le faltaba, basó su aprendizaje con el arma, no en el ensayo y el error, sino en asegurar. Así que se hizo un experto en preparar el tollo en abrigaños con visibilidad y, siendo el tiempo lo único en lo que no escatimaba, esperar. Así pasaba horas, del amanecer o del crepúsculo, esperando ver venir a la liebre a recogerse o a iniciar sus andanzas noctunas. Cuando entraba la rabona, la siseaba suavemente, ésta se amonaba levantando las orejas, y el tiro la buscaba sin error.
También aprendió a apostarse en los cotarros antes de la primera luz. Sentado cabe una piedra o emboscado en el breñal cerca de los bardos. Dominando las bocas que le fuera posible, acechaba el devaneo corretón de los gazapos. Al amonarse alguno, aseguraba.
Igual hacía en las pobedas y choperales esperando a la torcaz, y entre los tarayales y bayuncos de las espuendas cuando había movimiento de azulones.
El azar de las frecuentes y largas esperas le hizo encontrase, a veces, con lo que no esperaba. Algún raposo, con el aire de culo, se le metía de cuando en cuando en las narices.
Otras, apeonando al albur, le entraba el bando de perdices. Y en esos lances aprendió a tirarles al hilo. Porque ya había descubierto que el tiro de una escopeta sobre el suelo era como un latigazo longitudinal que, bien administrado y dirigido, podía llevarse los animales alineados. Sin embargo, el esperar que dos o más perdices se pusieran al hilo podía poner de los nervios a cualquiera. El equilibrio entre tensión y avaricia se convirtió en otra de sus habilidades.
Lógicamente en todas estas lides no se precisaba perro. Pero, como en astucias y en habilidades el Colás fue siempre aplicado, no tardó mucho en aprender y, enseguida se pasó a recechar, pero no barzoneando como otros, sino poniendo en ello toda la sabiduría acumulada en sus muchas horas de mover campo, al careo del ganado, o de hacer campo quieto, como le decía a las esperas. Y así muchas de sus asomadas, en vaguadas y caballones, eran atinadas y seguras y, con la escopeta, cada vez más certeras.
No tardó en ascenderse a sí mismo a la caza al salto. Y entonces llegaron los perros. Y, claro, la infusión de su ciencia al animal acompañante era cosa tan rápida como la de los vasos comunicantes. Y sus perros alcanzaban enseguida el doctorado en registrar majuelos, pajonales y rispiones, en mover al pelo en mohedales y sardones y en marcar la perdiz en las vargas sin adelantarse. Pero eso ya es otra historia.
Hoy sólo quería recordar aquéllos comienzos del Colás. La primera escopeta negra que conocí, que acompañé, que me enseñó casi todo lo poco que de caza sé, y que tengo por amigo.
Para quienes no lo sepan, una escopeta negra es un término, un poco camp, que significa cazador de oficio o, para los señoritos de entonces, designaba despectivamente a un furtivo.

23 enero 2011

Un domingo de diciembre

Le había acompañado a cazar cuando era un muchacho. Ahora, viejo ya el antiguo cazador y hombre hecho el que fue muchacho, las cosas sucedían a la inversa. Al hombre le gustaba que el viejo, ya retirado, le acompañara a cazar.
- ¿Dónde iremos mañana?
- Podríamos bajar por el Mojón hacia el barranco del Tesoro y volvernos luego por la cuesta Matabueyes, siguiendo la linde de lo de La Miñosa –dijo el viejo.
- Eso está de leña que no hay quien ande. Además estuvieron los pescaderos el domingo pasado y ni dispararon. Y eso que son de los que mueven y, de andar, ni te cuento.
- Pues entonces vamos adonde quieras.
El viejo sabía que tenía una ascendencia sobre su interlocutor y, como éste no le contestara, imaginó que irían donde él había dicho.
Efectivamente, sin mediar palabras, a la mañana siguiente, con los caminos blancos de escarcha y los charcos helados, el cazador condujo su coche hasta las Carboneras. Allí lo dejaron y tomaron, a media ladera, el Mojón.
Iba el viejo recordando sus lances por aquellas cuestas. Y, con la garrota, no paraba de sacudir aliagas y espinos mansamente, maquinalmente, casi como si acariciara sus recuerdos. El cazador iba un poco más arriba, sin fe, como si fuera a rastras del viejo, sólo por complacerle.
- Aquí no vamos a ver nada. Y espera a ver por dónde atravesamos por allá delante.
- Algún sitio habrá, hombre –dijo el viejo.
Y, mientras caminaban cada vez más penosamente por la proliferación de zarzas, iba mirando las tainas, que conoció en pie y llenas de ganado, derruidas las unas, las otras, sin tejado. Recordó, en el silencio de la mañana soleada, cómo a esas mismas horas de hacía muchos años las perdices solían cantar en los riscos del alto. Y, parando de tanto en tanto, afinaba el oído esperando un sonido familiar que no llegaba. El cazador había encendido un cigarrillo e, intuyendo sus pensamientos, dijo:
- No te empeñes, no, que no hay nada. Ya te lo digo yo.
- Iremos entonces a lo que da con los rastrojos bajos, aquellos del fondo. Antes la liebre tenía allí mucha querencia.
- Antes, antes…, ya estamos -dijo el cazador- Ya veremos por donde vadeamos el arroyo.
Pero el viejo andaba y andaba, sin hacer caso de la apatía evidente de su compañero. Pensaba que a la caza había que ponerle voluntad y suponer que estaba donde siempre estuvo. Si no, ¿a qué salir al campo?
Apenas cruzado el regato, el viejo dijo:
- Vamos a coger esas ondulaciones, las de encima de los rastrojos. Ahí siempre fueron muy seguras.
Pero el viejo notaba en el otro la desgana y cómo, en lugar de seguir paralelo, se subió más arriba, sin duda por ahorrarse un esfuerzo que consideraba inútil de antemano. La perra, sin embargo, caminaba unos metros delante del viejo.
- ¡Ahí va la liebre! ¡Asoma corre!
Pero cuando quiso asomar, enterarse y armarse, ya los tiros eran innecesarios. El liebrastón acosado por la perra había puesto distancia y, sobre todo, un mar de arbustos de por medio.
- Mira qué cama tiene –dijo el viejo – Ahora iremos por donde se ha marchado, no vaya a ser que la hayas tocado. Que la liebre es blanda de morir –añadió, sin fe, por animar.
La rápida vuelta de la perra, de vacío, dejó patente su intención. No obstante, a falta de cosa mejor que hacer, siguieron por donde la rabona se esfumó.
Desanimado el cazador, y pensando que ya era un milagro que botara una, encendió un cigarro. Y en ello estaba, cuando a menos de cien metros de donde había salido la primera, botó la segunda.
En un terrero tan lleno de maraña, cuando quiso enterarse y deshacerse de cigarro y mechero, los tiros fueron sólo cohetes falleros, anunciando la fiesta de una segunda aparición inesperada. Nada más.
- ¡Hay que joderse, si no lo veo no lo creo! ¡Joder, lo que es la caza!
Pero al viejo no hacía falta que se lo dijeran. Cosas así le habían sucedido varias veces en sus tiempos, solo que a él le pillaron siempre presto, con la escopeta como debe ser, una prolongación del propio cuerpo.
Al pie de la cuesta Matabueyes, ajeno al compañero que llevaba, recordó al Confitero y casi le oyó decir lo que solía, llegados a aquel punto:
- Sube tú arriba, que tienes mejores piernas.
Y se recordaba, casi galopando ladera arriba, abriéndose paso entre aliagas y estepas con precipitación y el corazón en la boca, y sintiendo, de cuando en cuando, el arranque de perdices sueltas, que no veía, a las que el Confitero tiraría en su veloz bajada.
Después de los primeros tiros le vocearía lo de siempre:
- Más arriba, más arriba. De las tablillas, ni puto caso. Sube hasta el borde.
De sobra sabía que Dionisio, el Confitero, no estaba de acuerdo con aquella linde. Apañada, según él, por un viejo cacique que, con tal que le dejaran meter sus ovejas al término vecino, les autorizó a bajarla a mitad de ladera. Ladera que, según él, era de lo mejor del término y si le apurabas, la madre de todas las perdices.
- ¿Qué hacemos ahora? –le sacó el cazador de sus recuerdos.
- Seguir la linde y tomar la cresta pequeña que hay entre las dos laderas grandes, esa que se ve allá delante.
El cazador era tan obediente, al menos, como desconcentrado en lo que hacía. Pero el viejo no se lo dijo, ¿para qué?
Al final de la cresta saltaron media docena de perdices. Fogueadas, sin duda, salieron largas. Y el cazador disparó, según le dijo al viejo, por disparar. El viejo se fijó, con los ojos agudos, como siempre, en el punto de la ladera donde se echaron.
- No sigas por derecho que no vamos en mano. Vas tú sólo. Corta arriba por la derecha y dales la vuelta. Yo iré detrás de ti un poco más abajo, para que no se queden.
Y emprendieron el corte por donde el viejo dijo:
- ¡Me cago en el puto tabaco!, dijo el cazador según subían al corte, tal vez, viendo que el viejo subía más ligero.
Les dieron la vuelta y el cazador marró una que le salió muy cerca. Se le ha llenado el ojo de perdiz, pensó el viejo. Volaron otras hacia el otro término y, la última, que salió rezagada, no la vio el escopetero.
Antes de que le pidiera nuevo rumbo, el viejo le dijo:
- ¡Anda, vámonos al otro lado de las Carboneras¡ En los reguerillos que bajan por la ladera tuvo siempre querencia la liebre.
- Pero si eso está limpio como la patena.
- Bueno, pues así, si te sale, no te estorbarán las matas.
Allá se fueron. El viejo le dijo que, si la había, la liebre estaría baja, que lo mejor era seguir la línea superior del rastrojo o, como mucho, unos metros más arriba. Pero, el otro, quizás, cansado, o puede que desanimado por los fallos, siguió más arriba de la media ladera. Y así vieron correr a la última liebre, perdiéndose en un barranco, tras correr toda la linde del rastrojo.
- ¡Tenia que haberte hecho caso!
- Oye, yo, con decírtelo, he cumplido.
El cazador no preguntó ya más e, inequívocamente, dirigió sus pasos hacia el coche.
Volvieron en silencio al pueblo. Mosqueado el cazador por tanta oportunidad perdida y feliz el viejo por los recuerdos encontrados.

A pacientes de Leucemia Mieloide Crónica

Esta mañana, por azar, he visto un programa médico en una de esas televisiones nuevas que con el TDT surgen por todos lados. Hablaban, entre médicos, de la leucemia mieloide crónica. El presentador, médico también, inspiraba solvencia, conocimiento y confianza. El entrevistado era un doctor del más conocido y prestigioso hospital privado de Navarra. En la entrevista decían que este tipo de leucemia tiene una supervivencia de entre unos meses y dos años. Hablaban, sin embargo, de una molécula con un sorprendente efecto diana sobre los desencadenantes de ella. Gracias a lo cual en el citado hospital de Navarra la supervivencia a la misma era superior a cinco años e incluso existía la posibilidad de que la enfermedad quedara bloqueada. Al no aclarar más el asunto, daban la impresión de que, fuera de ese reputado hospital, el paciente está condenado irremisiblemente y, hasta parecía, que la molécula curativa hubiese sido concebida y desarrollada por el hospital navarro y que la misma fuera, además, de su uso exclusivo.
A mi madre le diagnosticaron leucemia mieloide crónica en 1995 en el Hospital Universitario de Guadalajara, de la Seguridad Social, y en él fue tratada de esta enfermedad por el Equipo de Hematología. Es cierto que esta dolencia no tiene un buen pronóstico y seguramente su evolución esté relacionada con la genética y la situación general del paciente. Mi madre fue tratada con los fármacos entonces al uso, incluido el Interferón en alguna de sus modalidades. Vivió en su casa con una buena calidad de vida hasta que la enfermedad empeoró en el verano de 2001. Su médico, el hematólogo Dr. Miguel Díaz Morfa, nos informó que en breve podría prescribirle un nuevo medicamento específico e inhibidor de este tipo de leucemia. Era la molécula bloqueadora a la que aludían los médicos del hospital navarro, el nombre del medicamento es Gleevec, de laboratorios Novartis. Mi madre mejoró tanto con ese tratamiento que pudo volver a vivir sola, llevar una vida normal, salir con sus amigas y jugar con sus nietos. Murió, a los 84 años, en enero de 2009 a consecuencia de una pneumonía.
Es por tanto, este artículo, una defensa del Servicio Público de Sanidad que hasta ahora tenemos en España. Es también un rechazo a las medias verdades y a lo que ciertos programas, bajo una aparente seriedad, convierten en publicidad encubierta hacia algunos hospitales privados, dando a entender que, fuera de ellos, determinadas enfermedades no tienen solución.
Añadiré que mi madre no hubiese podido pagarse ese tratamiento específico de no haber estado en la Seguridad Social.
Aparte de felicitar, una vez más, al equipo de médicos de la sanidad pública que le hizo un asiduo y eficaz seguimiento durante tantos años, quiero animar a quienes padezcan este mal y decirles que nuestro servicio de sanidad pública está también en condiciones de tratarles.

22 enero 2011

En atención, debe mejorar

Iban para cuarenta los años que había pasado haciendo el mismo trabajo. Desde joven escuchó a doctas voces decir que no era lo mismo la teoría que la práctica. Pero a él esa doctrina le parecía una evidencia y no entendía su solemnidad. Lo mismo le pasaba con otros aforismos: “No es lo mismo predicar que dar trigo”, ¿a quién se le ocurría que podía ser lo mismo?; “Del dicho al hecho hay mucho trecho”, ¿es que no había de haberlo?; “De lo que veas, la mitad creas”, ¿Y quién se cree hoy lo que ve?...
Así que, de joven, pensó que alguna vez, tal vez de viejo, reuniría la teoría y la práctica suficiente para saber de alguna cosa. Así estas dos enemigas dejarían de tirarle cada una de un brazo y, al fin, le servirían para algo. También encontraría la respuesta a por qué la mente elabora teorías que el cuerpo se niega a secundar y por qué a lo dicho no le siguen los hechos.
Sin embargo, si, como muchos sostienen, la vida es un aprendizaje, a él no le había enseñado demasiado. Tal vez había sido un mal alumno, uno de ésos, distraídos, que se empeñan en imaginar más que en ver, en buscar más que en creer, y que desconciertan al maestro, más que por su falta de aplicación, por la de la atención debida. Y así, no siendo un rebelde recalcitrante, ni siquiera un pasivo disidente, su cabeza anduvo casi siempre recorriendo otros lugares por los que rara vez se cruzaba con esa realidad, tangible y contrastada, que oficialmente no admitía controversia.
En el cenit de su profesión se preguntó qué había aprendido. Y, contrariamente a lo que cuarenta años antes esperaba, su cabeza seguía despistada, como si la distracción vital que padecía le hubiera durado todos esos lustros.
Sólo se le ocurría pensar que todo lo que le acontece al hombre era ya, de principio, un anuncio de fracaso. De hecho, el venir a la vida era el primero y principal pues, el hecho, indefectiblemente derivaba en lo contrario. Ya lo decía Camarón, un creyente del cante, al que nadie le oyó dar una mala nota: “Cuando Dios nos da la vida, también nos condena a muerte.”
Todo el mundo tácitamente lo daba por cierto. Y, tomado así, aceptando el fracaso de antemano, lo que contaba era el tiempo entre los dos extremos.
Cabía el vivir por o para vivir, eso que llaman la alegría de la vida, dando por bueno que lo ideal es algo que no queda otro remedio que hacer; otros piensan que el ofrecimiento a los demás es lo que da sentido a la existencia; hay quienes se fijan objetivos para el intervalo: dinero, éxito, trabajo, familia…; otros creen que se trata de un tránsito a una vida mejor e, incluso, hay quienes persiguen ideales que pueden llevarles a situaciones extremas.
Tal vez, optimismos y pesimismos aparte, todos vivamos al azar, viajando entre las dos estaciones primitivas, y haciendo simplemente lo que a cada cual se le ocurre, pasando de lo sublime a lo rastrero, de lo serio a lo fatuo, de la bondad a la vileza, de la sorpresa a la rutina, con la misma sencillez y la inevitable intrascendencia con que se pasa, un día, de la vida a la muerte.
Y, para esto, tantos años, se dijo.

14 enero 2011

En una bodega del Raval

Harapientos astrosos de cualquier edad con mochilas y sacos de dormir.
Niños jugando en monumentos modernos bajo los que duermen vagabundos.
Perennes ojeadores callejeros de ignorados objetivos.
Okupas que grafitean las fachadas pidiendo dignidad.
Mezcla de razas.
Miradas cansadas y huidizas.
Portales cerrados de casas semidesahuciadas con escaleras donde la mugre se acumula.
En el Raval tenemos libertad de elegir y un bonito mercado para hacerlo libremente entre todas las miserias de la vida. Es lo grandioso del sistema.
- Antes este era un barrio más familiar, ahora todos son de fuera. Aunque aquí, desde siempre, ha pasado de todo.
Y Carlos, el del bar Agustín, que es originario de Teruel, da de comer a sus clientes un poco al azar. Bien guiso de lentejas, o potaje de garbanzos, o cocido, o bacalao, o lomo con alcachofas asadas, o panceta con tortilla de patatas o de verdura… Y corre el vino a granel en frascas cuadradas. Y se pasa del catalán al castellano, y a la inversa, con la misma sencillez que se trasiegan los vasos de tinto.
- ¡Beban sin miedo que tiene un grado menos que el agua!
Y habla del mismo modo que sirve y que cobra, a retazos, con verdades sueltas que describen y, a la vez, se niegan a describir el barrio. Como si a cada uno quisiera decirle algo de lo que quiere oír pero no todo, porque todo daría para muchas horas de charla y, aún así, no quedaría claro.
- El anís se lo pondré en chatos de vino, porque copas no tengo. Aunque, para beber, es bueno hasta un orinal.
- Como quieras, ¿vives aquí?
- No, yo ya no vivo aquí. Vivo más arriba de la Sagrada Familia, cerca del Hospital de la Santa Creu y Sant Pau. Pero allí ya no suben los turistas y cuidado que es bonito.
Y los clientes también son campechanos y enseguida le dan recomendaciones a cualquiera.
- Amigo, lo mejor es ver el peligro venir y, luego, apartarse. Teniendo dinero, para comprar y consumir sin tasa, no hay problema.
- Hombre, en la vida, el dinero no lo es todo.
- Sí, pero al que no lo tiene, la sociedad le recluye en su barrio y le deja sobrevivir con sus desgracias y sus vergüenzas, trapicheando por calles sucias y recovecos olvidados, y también podrá elegir, ¡cómo no!, entre los distintos contenedores de basura y gastará sus contadas monedas en el badulaque de su calle. Eso, si es que elige sobrevivir en su agujero a este mundo de apariencias, lujo y diseño, o no le quedan fuerzas ni recursos para abandonarlo.
- Hombre, no será para tanto.
- Desengáñese, hoy, a la persona sólo le proporciona dignidad la facultad de comprar.
- Bueno, no le deis el coñazo a este señor, que dice que Barcelona le gusta y le ha parecido más barata de lo que esperaba.
- ¿Eso dice? Pues, para él. Vaya con Dios, joven.
Y a la salida del barrio te despiden las incansables pancartas en las balconadas:
Volem un barri digne!

12 enero 2011

Barcelona, el Raval

El viejo Raval es un barrio con una especie de sedimentación humana que se refleja en sus casas modestas de vecindario, o en sus casonas decrépitas, o en sus palacios destartalados, o en sus calles sinuosas, o en sus callejones intrincados, o en sus pasajes o pasadizos, a veces enrejados, de una calle a otra. Transmite un cierto cansancio este barrio, si es que a un barrio se le permite el cansancio. Un cansancio parecido al olvido, o a ese otro azote del alma que se llama nostalgia.
Dicen que el Raval fue siempre un barrio de acogida. Primeramente, hace muchísimos años, para muchos catalanes que vinieron a buscar mejor fortuna a la urbe, más tarde para muchos venidos de los sitios más dispares de España y hoy se ha convertido en un abigarrado nidal de indios, pakistaníes, marroquíes, senegaleses, rumanos, etc. arrojados en este barrio del mismo modo que las pateras llegan a las costas, sin orden ni cadencia, sin sitio fijo y sin permanencia cierta.
El barrio ha perdido el característico espíritu familiar que tuvo antaño y se ha convertido en lugar de paso, en asilo provisional, en solución de urgencia para muchos.
Los españoles que viven en él son una minoría y la mayoría de esa minoría son ancianos, muchos de los cuales perdieron familia, amigos y vecinos. Son esos viejos que suelen pulular lentamente de casa al colmado y a la inversa con una barra de pan y cuatro verduras en la bolsa. Sobre sus cabezas los balcones y ventanas, atestados de tendederos y botellas naranjas de butano sobre fachadas desconchadas, respiran humanidad y tristeza y, en muchos casos, también pobreza. Esa pobreza que a la gente acomodada inspira miedo sin razón aparente o, como poco, una precaución irrefrenable e inmediata.
Algunas gentes buscan incesantemente en los contenedores de basura y a la primera ola de buscadores le sucede otra y a ésta una tercera, como si la basura fuera inagotable y diera para niveles decrecientes o distintos de pobres necesidades. También hay numerosos almacenes que se abren y se cierran con premura mientras avizores vigilantes controlan las esquinas y gobiernan una especie de tráfico secreto que ellos entienden, pero que al forastero pasa desapercibido.
Algunos callejones concentran más prostitutas de las que esporádicamente se observan por aquí y por allá. Suelen ser los cercanos al Carrer de Robadors. Las putas son, en general, chicas jóvenes a las que acosa la policía haciéndoles moverse de una calle a otra en una especie de juego conocido y cotidiano.
Los balcones, con sus persianas de listones de madera verde, están llenos de ropa tendida y en ellos aparece, más que de vez en cuando, la expresión de un deseo colgado en una sábana blanca: Volem un barri digne!
Dicen los vecinos que lo peor es la noche, cuando cierran los bares y los clientes siguen la juerga en las calles, hacen sus necesidades por doquier, intentan yacer con las prostitutas en portales, cámaras o azoteas y llaman a las casas a las tantas, preguntando si hay chicas disponibles. Se quejan también de chorizos y peleas, y abominan de los lateros a los que, aparte de vender cervezas por la calle, les adjudican la venta de drogas al detail.
Además de sus arterias principales (Nou de la Rambla, Sant Pau, Hospital, Carme, Pintor Fortuny, Tallers) tiene el Raval una Rambla donde los niños, ajenos a todo y vivarachos como los niños de antes, juegan con estrépito a la pelota o montan en patines o se suben a un rechoncho gato de Botero. Los viejos y los desocupados de cualquier raza se sientan en la Rambla del Raval a fumar, o a ver pasar a la gente, o simplemente a gastar el tiempo.
Hay también algunos okupas que, revestidos de dignidad, sostienen que su actitud no es una atracción turística. Y tienen pintadas, con dudoso gusto, las fachadas de los pisos o inmuebles que usurpan, como en un canto al descaro o, tal vez, al uso más o menos inteligente y práctico de lo abandonado.
Hay quien aspira a que el Raval sea redimido paulatinamente por el asentamiento de comerciantes y artesanos normales que, poco a poco, le devuelvan al barrio ese tono tranquilo y manso, bello y sereno, que tienen otros barrios cercanos como el Born o Sant Pere. Pero el Raval es un pequeño pueblo, bien delimitado, donde hoy por hoy la gente camina con recelo y con poca esperanza. La familiaridad ha desaparecido y sólo permanece en ciertos bares, cuyos dueños, veteranos del barrio, la mantienen con su asidua clientela como se hacía antaño.

11 enero 2011

Barcelona, las Ramblas

El hotel Condal está muy cerca de las Ramblas, en el carrer de la Boquería. Lo llevan unos americanos serios y eficientes que no son precisamente de los USA. La habitación es sencilla, discreta, limpia y silenciosa. No es barata pero, dada la ubicación del hotel, tampoco cara. Cada día, según la fecha, tiene un precio distinto por esa moda, que antes no existía, de considerar el precio de las cosas según una demanda prevista de antemano. El paso por hotel y habitación es un trámite rápido, antes de echarse ansiosamente de nuevo a las calles.
El clima, al menos para un castellano, es excelente y la temperatura, al caer la tarde, es de doce grados. No obstante, la gente de aquí se abriga, pienso yo, más de lo necesario. Tal vez sea la idea de que ya es invierno, o la de que hay que lucir la ropa elegante adquirida para la ocasión, o, quizás, que sean un poco frioleros.
Las Ramblas, a finales de diciembre, son una oleada incesante de gentes que se mueve al atardecer entre los árboles decorados con luces navideñas. No se trata de la Rambla de Catalunya que sale de la plaza del mismo nombre y corre paralela al paseo de Gracia. Las Ramblas, así en plural, es una sola denominación para las varias que tienen sus tramos (Rambla de Canaletes, de Estudis, de Sant Josep, de Caputxins, de Santa Mónica) y que completan este paseo de casi un kilómetro y cuarto. Es el amplio paseo que baja desde la plaza de Catalunya hasta el monumento a Colón, el paseo que desemboca en los Drassanes, los viejos astilleros donde los barcos de la Corona de Aragón partían hacia sus vastos dominios en el Mediterráneo, el paseo al puerto viejo, el paseo principal de Barcelona hacia el mar. Son las Ramblas de la ciudad vieja. Una primera visión del rostro de la ciudad.
Están jalonadas en su parte central por kioscos de prensa, terrazas, puestos de flores e incluso de pájaros, actores callejeros, pintores y dibujantes y, en los laterales, por bares, cafeterías, restaurantes, bocatillerías, pizzerías, pastelerías y comercios. Paseando por ellas se sumerge uno en un rumor de voces denso y zumbón pero, las más de las veces, son voces extranjeras. Las pacíficas hordas modernas del turismo se vuelcan especialmente en las Ramblas.
Caminando por el paseo central, a sus lados, como si fueran divinidades romanas, se yerguen hieráticos, de tanto en tanto, esos mimos que de años acá se han puesto tan de moda. Salteados, entre las terrazas y los kioscos, puede uno encontrarse una Victoria de Samotracia, un cow-boy dorado, un ángel del infierno, un hombre sin cabeza, una estatua sin sustento aparente, personajes de la Guerra de la Galaxias y hasta un hombre sentado en la taza de un retrete con todos los aditivos inherentes al acto (periódico, transistor, papel…). La gente, en olas abigarradas, titubeantes y lentas, pasea por el centro de las Ramblas mientras, por las vías laterales, hileras de taxis, coches, motos y bicicletas circulan sin pausa.
No faltan los que ofrecen flores a viandantes y clientes de las terrazas con una constancia digna de mejores empresas, ni los vendedores de pequeños juguetes que, sin dejar de hacerlos funcionar, se los ponen en la mano a quien pasa, no faltan, entre tanta multitud, los pedigüeños que, si no hay dádiva, rebajan su petición a un cigarrillo. Y, sobre todo, no falta policía que vigila sin cesar este manantial constante de dinero que, a la vez, es imagen de la ciudad para los visitantes. El turismo es, donde se consigue, un pozo de petróleo que mana sin cesar pero que hay que vigilar continuamente.
Las Ramblas parten la ciudad vieja en dos mitades. En dirección al mar, a la derecha, queda el barrio del Raval, a la izquierda, la ciudad medieval, el barrio gótico y, pasada la Vía Laietana, Sant Pere y el Born. Todos ellos son los barrios que ningún visitante avezado debe perderse. Es casi cosa de manual.
A la derecha, bajando en dirección al mar, se topa uno con el Palacio de la Virreina, el viejo mercado de la Boquería, el teatro Liceu y otra serie de fachadas señoriales y, a la izquierda, con la Plaza Reial, bella plaza asoportalada con cervecerías y restaurantes y, los fines de semana, mercadillo de sellos y monedas.
Cerca de la plaza del Portal de la Pau, la de la estatua de Colón, en el restaurante Casa Joan, dos camareros españoles, un salvadoreño y cuatro filipinos trabajan duro. En él se da de comer decentemente a cualquier hora. Los camareros son educados y solícitos, rápidos y eficaces, pero tampoco pierden la ocasión de ser simpáticos y pegar la hebra con los clientes, especialmente si éstos repiten visita. Es uno más de los muchos restaurantes de las Ramblas y creo que un digno representante de ellos. Y uno se siente menos forastero en la bella y cosmopolita Barcelona por el trato confianzudo y familiar que recibe.
De las ciudades uno piensa que lo primero es captar el ambiente, la sensación de sus calles, el calor de sus gentes y otras cosas que lo sobrevuelan y lo envuelven todo, luego, con el tiempo, ya habrá ocasión, si se desea, para los monumentos, los museos y otras visitas de interior.

09 enero 2011

Viaje a Barcelona

Desde Madrid, el AVE le pone en Barcelona en unas tres horas. Apenas hay paradas y una buena parte del paisaje lo dejan entre paréntesis los túneles. La vista no tiene tiempo de enfocar los detalles. Apenas hay lugar para el intento de identificar parajes conocidos. La velocidad escamotea vistas al viajero pero, a cambio, le regala tiempo. Y, algunos, no están muy convencidos con el trueque. Sin embargo, no vale la pena discutir sobre estas cosas del progreso y nadie, como ya es hábito, lo cuestiona.
Desde la estación de Sants un metro eficiente y limpio, lleno de gente silenciosa que lee, dormita o finge no mirar a ningún sitio, le deja en unos veinticinco minutos en el centro. Y repara en que los viajeros del metro, como los del AVE, han pasado de viajeros a ser gente transportada como, por otro lado, les ocurre a todos y en todos lados con esas cosas, un día extraordinarias, a las que ha ido amaestrando la costumbre.
En la estación de Liceu, en el centro del centro del casco antiguo, abandonan algunos esas catacumbas eficientes del transporte público y emergen a la ciudad. Es en ese momento cuando al viajero se le multiplican los sentidos y recobra la conciencia de sí mismo. La tecnología del transporte ha culminado con éxito la parte pasiva y pagada de su viaje. Ahora, en medio de la ciudad, fuera de las tripas iluminadas artificialmente, topa con la luz natural, con el bullicio, con el tráfico, con el paisaje urbano y, despistado, apenas tiene conciencia de que se inicia un viaje nuevo. Sabe que el itinerario ha dejado de estar mediatizado, que se ha convertido en voluntario, selectivo y verdadero. Él lo desea lento y concienzudo. Sin embargo, recobradas las riendas de sí mismo, sabe que no tiene ninguna garantía de éxito porque abandonó la maquinaria del traslado y ya, fuera de ella, todo resulta aleatorio, circunstancial, y humano. Y son sólo sus propias percepciones las que le van a dar una solvencia siempre limitada. Es el viaje. El viaje recobrado.

22 diciembre 2010

El gordo de Navidad

Llegó el veintidós de diciembre, patito, patito.
En una época de desdichas casi diarias, quien más quien menos espera algo bueno del día del gordo. Que estas esperanzas no las cercena Moody’s, ni la OCDE, ni el Banco Europeo, ni todavía están intervenidas. Que es un respiro, oiga.
Es una mañana en la que suena de fondo el canto monocorde de los niños de San Ildefonso, como un gregoriano de escuela en que se entonan cifras. La jaculatoria machacona de los mil de la pedrea nos mece la mañana con mano regular. Hay alguna salida de tono inesperada, muy de cuando en cuando, con el sobresalto de los premios mayores. Y el día, convertido en un paréntesis en el tiempo cruel, se vuelve antiguo, casi ancestral. Y florecen las frases de siempre, como en un velatorio en el que el muerto pudiera levantarse y todos esperasen el prodigio. Y se desempolvan las sentencias viejas para decirlas igual que las oímos hace ya muchos años. Vuelven a pronunciarse sin recato, esperando el prodigio que siempre llega para otros.
Morir es ley de vida
El gordo es una tradición.
Al que le toca le toca
La vida es una lotería.
Si me toca no me veis el pelo en un mes.
Ha terminado de sufrir.
Yo pagaría la hipoteca y cambiaría de casa.
Y yo, hasta de mujer.
Hasta que no te pasa no te das cuenta.
Yo es que no me lo podría creer.
Quién nos lo iba a decir.
Se dice pronto 3 millones.
Cómo se han quedado los hijos.
A mí con que me toque un pellizquito.
La vida se pasa en un suspiro.
Yo creo que acabará en uno.
Ha muerto muy acompañado.
Lo bonito es que esté muy repartido.
A esto venimos al mundo.
El que no se conforma es porque no quiere.
Quién le iba a decir lo poco que le quedaba.
A ver si este año cae en mi pueblo.
La vida se acaba cuando menos se espera.
El gordo no esta siendo madrugador.
Al menos ha dejado situada a la familia.
Soy feliz porque he repartido la suerte.
A qué hora le damos sepultura.
Yo, con tapar agujeros, me conformo.
Hay que joderse lo que somos al cabo.
La salud es lo único importante.
Dijo adiós discretamente, como vivió.
A mi jefe le dejo plantado y a los del banco que les den.
Si no se hubiera muerto…
Si me tocara…
Yo me conformo con lo que tengo.
Oiga, que yo no me cambio por nadie.
La verdad es que teniendo salud.
Y familia, que la familia es la mejor lotería.
Yo ya me di cuenta de que le quedaba poco.
Y yo ya dije que este año acababa en cero.
Claro, a toro pasado.
Y, usted, si le hubiera tocado, ¿qué habría hecho?
Pues seguir así, sobre poco más o menos. Pero con más dinero.
¿Le ha tocado algo?
Perder.
El dinero no lo es todo en la vida.
Y que lo diga usted.

14 diciembre 2010

Duelo tardío por un amigo

En los últimos años dos trozos de papel eran nuestro contacto. Una vez al año, por Navidad. Una felicitación, con las cuatro letras imprescindibles, y un décimo de lotería.
Hablar, cada vez menos. Tal vez, porque el diálogo dolía. En diciembre del 2007 fue la última vez. ¿Qué te cuentas, serrano?, dije como solía.
Pero me contestó una voz doliente y débil que no reconocí. Ni pregunté, ni me dio explicaciones. No hacía falta. Las conversaciones se acortan si son una tortura. Aquélla, tan breve, sabía a despedida.
A finales del 2008 le llamé de nuevo. Tanto el del piso de Madrid, como el teléfono del pueblo, estaban anulados. Lo dijo el eco grabado de una telefonista. Imaginé, sin certeza, lo peor.
Quise suponer que era su hermana la que había muerto y que él se habría recogido en una residencia. Y pensé, si así era, lo que me gustaría hacerle una visita. Pero mis averiguaciones fueron vanas.
Puede que, por las fechas, le recordara esta mañana.
Se han amontonado las visiones: Anguita, Guadalajara, Esteras de Medinaceli, Soria, Yunquera y Saelices. Las he parado. No quería que les imitaran los olores, los sabores, los sonidos y, menos, los afectos y las risas.
En 1993 le acompañé en la despedida a la querida María Luisa, su mujer.
Y, ya entonces, lloramos juntos por ella, por nosotros y por los momentos que nunca volverían. Fueron muchos años de roce, de familiaridad y, siempre, de cariño mutuo. Su generosidad siempre sobrepasó la mía.
Se marchó a Madrid, con su hermana María.
Esta mañana, entre el cascajo de noticias desparramadas por Internet, lo he encontrado. Antes de leerlo, lo sabía. Una reseña del ABC de Madrid, del 16 de marzo del 2008. Entre los fallecidos: Fortunato Valentín Cabra Sanz (84). Sólo uno más en una lista.
Así que ya no habrá visita y sólo este pequeño duelo mío, tan sentido, y con tanto retraso. Gracias por todo, Valentín.