- Pues ha hecho muy bien, que una mujer es muy libre de hacer lo que quiera.
- Pues ha hecho muy mal porque junto al Pepe no le ha faltao nunca de na.
Después de que la Eleni terminara su correría con el Toni, cada uno a su casa. Bueno, la Eleni, a la de su madre. Luego vino la charleta con las amigas y el contarles como le había ido en la escapada. Y las preguntas de rigor:
- ¿Piensas volver con el Pepe?-dijo una.
- Ay, pues no sé.
- Pa qué vas a volver con el Pepe, pa qué vas a volver con el Pepe- terció otra- a ver: ¿Pa que te meta otra paliza? ¿eh? ¿Pa que te meta otra paliza?
- Ay, qué se yo.
Luego la Eleni les contó lo bien que lo habían pasado el Toni y ella por ahí y que hasta estuvieron en un Parador Nacional y que en la habitación hicieron moverse la cama de pared a pared.
- No os digo más.
Que hasta el Toni le dijo:
- Qué muslos tan fuertes tienes, Eleni.
Claro, es que estaba yo encima, puntualizó la Eleni con una sonrisita de orgullo mal disimulado.
Terminada la descripción, con pelos y señales, de las tórridas noches de la Eleni y satisfechas las preguntas de las amigas, decayó la conversación y desembocó en unos segundos de silencio. Una de las amigas preguntó:
- Y, entonces, Eleni, ¿cuál te gusta más el Toni o el Pepe?
- Ay, chica, es que no sé.
- Pero vamos a ver, Eleni, cuando te quedas sentá en el sofá frente la tele, ¿en quién piensas?
- Ay, yo en mi Pepe- y la Eleni rompió a llorar.
Fue entonces cuando repararon en mí y, una de ellas, entre descarada y curiosa me espetó con una sonrisa:
- Y tú, ¿te la meneas muchas veces?
























