23 abril 2010

Noche sangrienta

Un verano de mediados de los 70. Un verano monótono, como monótonas eran las otras estaciones del año en el lugar. A las diez acabó el tiempo entre dos luces y llegó la noche.
Aparcó el coche en la curva de la carretera principal frente al fielato, junto a las casas de los juzgados, la alameda y las otras calles que subían hacia el centro.
Cerró la portezuela y echó la llave mecánicamente. Miró hacia la alameda por rutina, luego al fielato e, inmediatamente, alertado por algo, volvió a mirar a la arboleda. Era una mujer de unos cuarenta, más menuda que grande, morena y bien formada, con el pelo corto, que no hubiese llamado la atención a la débil luz artificial del parque. Sin embargo, casi tuvo que frotarse los ojos: la mujer iba descalza y desnuda y, extrañamente, sólo llevaba puesto un sujetador. Destacaban en ella algunas manchas extrañas y oscuras en el vientre que, con la luz reinante, eran confusas y sólo el vello púbico mostraba un triángulo neto y evidente. Sorprendido, la siguió con la mirada. La mujer, con pasos menudos, casi saltitos apresurados, le dio la espalda. Se fijó en el muelleo de sus nalgas y la vio entrar en uno de los bares de la curva, el bar Sánchez.
Cuando la mujer se acercó a la barra y llamó la atención al camarero, toda la concurrencia se quedó en silencio, como si se tratara de un atraco. El camarero, al volverse por encima de la barra, sólo le vio la cabeza y los hombros con los tirantes del sujetador. Le preguntó, suponiéndola una veraneante, qué deseaba:
- ¿Puede decirme dónde queda la estación? –dijo ella atropellando las sílabas y con un relax que, si no lo era, parecía etílico.
El camarero le indicó y, cuando la mujer se giró y salió a la calle, todo el bar salió en tropel tras de ella, incluyendo al camarero, que lo hizo saltando la barra con agilidad y, a la vez que lo hacía, le gritaba al jefe:
- ¡Teodoro, una tía en pelotas!
Al jaleo, salieron los clientes de los bares vecinos, los del Maioma, los del Pecas, y hasta los de El Motor y los del Sales atraídos por la bulla y el repentino tumulto. La mujer, asustada tal vez, pues no parecía cohibida, se dirigió de nuevo a la alameda para ampararse entre la vegetación y las sombras protectoras. Cundieron los comentarios:
- ¿Pero, quién es esa mujer?
- Pero si iba desnuda.
- Y ensangrentada.
- Vaya clarividentes, si lo hemos visto todos.
- Pues no se le veía herida alguna.
- Pues sangre sí tenía.
- ¿No la conoce nadie?
- ¿Cómo no la han cubierto?
- ¡Vaya usted a saber si no lo han intentado!
- ¿Dónde se ha metido?
- ¿De dónde ha salido?
- Seguro que no está bien de la cabeza.
- Estará drogada.
- O borracha.
- O las dos cosas.
Salió un hombre corpulento del bar Sánchez. Era uno de los camareros veteranos que no atendía la barra. El colosal Melquia, con su chaquetilla blanca impoluta, sus pantalones negros y su carota colorada y mofletuda, atendía el comedor. Dando grandes voces, interpelaba a los compañeros de la barra, a los conocidos y al mundo, con justa indignación:
- ¡Qué vergüenza! ¡Aquí no hay compañerismo ni hay nada! ¡Una vez en la vida que aparece en el pueblo una tía en pelotas y ninguno habéis tenido la decencia de avisarme! ¡Desgraciaos! ¡Una vez en la vida! ¡Vaya compañeros! ¿Qué tal felpudo tenía? ¡Por favor, que alguien me dé detalles! ¡No me tengáis en estas ascuas! ¡Hatajo de cabrones!
Los comentarios, la curiosidad y el jolgorio general se vieron interrumpidos a los pocos minutos por la irrupción de un Land-Rover de la Guardia Civil con la sirena funcionando. Tras una frenada brusca y el simultáneo ruido de puertas, salieron con urgencia un sargento y tres números. Uno de ellos llevaba una capa de guardia, un capote verde, de esos grandes de los que usaban los rurales.
- ¿Dónde anda esa mujer? –dijo el sargento Terry.
- Por la alameda se ha metido, por allí, por allí…-dijo el coro de los parroquianos.
A una discreta distancia, el grupo de curiosos seguía la acción de la Benemérita. Enseguida la mujer se sintió descubierta y salió de entre las sombras y los guardias hicieron por ella, aunque sin éxito. La mujer les esquivaba sin dificultad con sus regates, y, el de la capa, la extendió como si estuviera en una capea, pero la mujer, como una vaquilla en un encierro, pero al revés, burlaba a la cuadrilla con soltura y se internaba más y más en los jardines seguida por los números y por el sargento de la Benemérita, cuerpo que tiene la perseverancia por blasón.
- ¡Alto a la Guardia Civil! –gritó el sargento Terry, algo sofocado.
- ¡Coño, pues está ágil la tía! ¡Qué no la pillan!
- Pues entonces no estará muy pedo.
- Mira, mira, ¡qué se les escapa otra vez!
- ¡Hay que joderse, qué poco entrenamiento tienen estos guardias!
- Y menos fondo, diría yo.
- Fondo ninguno.
- Sí, y hay que ver para lo que han quedado. Que antes un: ¡Alto a la Guardia Civil!, imponía oye, que era un alto a la Guardia Civil.
- Mira, mira, ¡al del capote se le ha colao por debajo!
- Pues el sargento ya se está cabreando…
- Igual le mete un tiro.
- ¡Hala, no jodas!
Los guardias, tras unas cuantas carreras y otros pocos quiebros, festivamente celebrados por la concurrencia, la redujeron finalmente, la envolvieron en el capote y se la subieron al cuartel, muy serios y circunspectos, en el coche de la lucecita destellante.
Al rato algunos ciudadanos fueron requeridos telefónicamente por la autoridad, o sea, por los guardias, para que se presentasen inmediatamente en el cuartel sin excusa ni pretexto. Como quiera que éste se ubicaba en una carreterilla a las afueras del pueblo, y ya era noche cerrada, los convocados solicitaron los servicios del taxista Serantes, único del pueblo que en ese día y hora se encontraba en su puesto. Con él, los encartados: Félix el Periquillo, Román el Colorín y los dos hermanos Mena, se dirigieron, sin muchas ganas, hacia el cuartelillo
Una hora después el taxista bajó del cuartel. El Serantes informó a la gente reunida, en la calle y en los bares de la curva, sobre los últimos acontecimientos:
- Al parecer, la interfecta, dijo el Serantes con mucha propiedad y aplomo, viajaba hoy en el TALGO Madrid-Barcelona que, a las tres de la tarde, se detiene durante cinco minutos en la estación para recoger o dejar algún viajero. La mujer decidió aprovechar para tomarse un café en la cantina. En la misma, se encontró con los Mena, el Félix y el Román, que le invitaron y le dieron conversación con tal amenidad y simpatía, que la señora perdió el tren. Entonces, al ver a la mujer disgustada pues, ya sabéis como somos los de aquí de caballerosos y solícitos, le dijeron que podría coger el TALGO del día siguiente y, en parte para consolarla, en parte para hacerle más llevadera y distraída la tarde, se la llevaron con ellos de vinos.
- ¿Desde que tomaron café estuvieron de vinos?
- Bueno, creo que primeramente acompañaron el café con alguna copa para no empezar de vinos tan temprano, que es de viciosos y desordenados empezar antes de tiempo, y, de ese modo, alargaron la tertulia en la cantina de la estación hasta la hora habitual de alternar y, claro, por cortesía con la forastera, durante la tarde llevaron a ésta con ellos, la convidaron y la agasajaron. No faltaba más.
- Sí, ¿pero entonces la desnudaron ellos? ¿Cómo se les ocurrió hacerle esa faena a la mujer? ¿Quién la apuñaló? ¿O es que la sangre no era de ella? ¿No habrá cometido esa tía algún asesinato?
- No, dijo el Serantes con solvencia. Ellos no hirieron a la señora. Por lo que han declarado ante el capitán, ellos, llegada la hora de irse a cenar a su casa y velando siempre por esta mujer, pensaron que, siendo todos personas casadas, serias y cabales, no estaría bien, ni seguramente hubiera estado bien visto por sus señoras e hijos, el presentarse en casa con una desconocida. Así que, antes de marcharse, pensaron que quizás el Guti, que es soltero, no tendría inconveniente en llevarse a la mujer a dormir a su casa.
- ¿Aceptó el Guti?
- Bueno, ya sabéis que el Guti es escayolista y, como pasa todo el día trabajando por ahí, pues suele dejar lo que compra para comer o cenar en el Sales y, a la que va por la noche a su casa, lo recoge. Pues bien, según bajaba el Guti a recoger su paquete de comida del bar Sales, le ofrecieron los de la cuadrilla el llevarse a la mujer consigo y el Guti aceptó encantado.
- Entonces, ¿ha sido el Guti el que la ha desnudado y el causante de toda esa sangría?
- Pues no sabemos, porque me han encargado que le avise para que se presente en el cuartel enseguida.
- ¿Y le podrá pasar algo al Guti?
- No creo. Bueno, a menos que la mujer sea una disminuida y el Guti haya abusado de ella. Claro que, pensándolo bien, creo que ni siquiera en ese caso, porque el Guti, como todos sabemos, es otro mermado.
- ¿Cómo mermado? Lo que está es gilipollas perdido.
- Eso quería yo decir.
- Pues eso le va a salvar.
- ¡Hay que joderse, Serantes, lo listo que eres!
Como no daban con el Guti hubo de bajar de nuevo el sargento Terry con sus guardias, entrar en su casa, abriendo la puerta de un solemne patadón, espabilarle, y subirle al cuartel, mientras el Serantes se presentaba a interesarse por sus clientes por si tenía que bajarles. Lo que luego contó el Serantes, como el portavoz oficial en que se había erigido, fue lo siguiente.
El capitán Tafilete le preguntó al Guti:
- ¿Es usted Nemesio Gutiérrez Rincón?
- ¡Papo, pues claro! Si el sargento Terry me conoce. Menudos copazos de Terry nos arreamos de vez en cuando. ¿Eh, sargento?
- Conteste usted sí o no.
- Bueno, bueno. No se ponga usté así.
- ¿Ha conocido usted carnalmente a esta señora?
- Yo qué hostias la voy a conocer, si no la había visto nunca. No la conocía de na. Pero de na. No la había visto en mi puta vida. Se lo juro.
El sargento Terry miró al capitán y, con la mirada, le pidió la venia. Obtenida, por el mismo procedimiento tácito, tomó la palabra:
- ¿Qué si te la has tirao, Guti? ¿Qué si te la has tirao? ¿Te enteras, joder?
- Eso sí, mi sargento, un par de veces.
- Huy, ti ti ti ti ti ti, ¡que más quisieras! –dijo la presunta copuladora.
- Usted cállese, señora. Y deje que declare el inculpado.
- ¿Con qué arma ha agredido usted a esta mujer provocándole esa sangría?
- Con un hígado de cerdo.
- A la próxima gilipollez que digas te suelto una hostia que te reviento los ojos.
Viendo que la cosa se estaba poniendo muy climatérica, Félix el Periquillo pidió permiso para hablar. El capitán le dio la palabra:
- No se tome a mal lo que el Guti dice, porque seguramente está diciendo la verdad.
- ¿Cómo que la verdad? Explíquese.
- Pues verá usted, cuando dejamos a esta señora con el Guti, camino de su casa, él acababa de recoger unos filetes de hígado de cerdo del bar Sales, donde le suelen guardar lo que compra para que a la noche, de vuelta a casa, lo recoja.
- Siga usted.
- El Guti, para tener las dos manos libres y así mejor acompañar a la señora y evitar que ésta abocicara, se metió el paquete del hígado en un bolsillo. Y presumo yo, y todo esto no son más que conjeturas, que el Guti y esta señora se restregaron un poco antes de llegar a su casa, dada la inestabilidad que presentaba ella y el buen ánimo del Guti, y que, una vez allí, tal vez continuarían la función y el inculpado, entusiasmado por la ocasión, la fue desnudando sin reparar que su hígado, perdón el del cerdo, con los achuchones, se estaba macerando en sangre, manchándola del modo escandaloso que la señora muestra.
- ¿Y cómo explica usted que apareciera de esta guisa en la curva del fielato?
- Pues porque la señora iba un poco contenta por las invitaciones de aquí, mis compañeros y las mías, y, es un suponer, cuando se vio con el Guti y en casa de éste que, que Dios me perdone, es como la mansión de Drácula y, encima, perdida de sangre, recuperó la conciencia parcialmente, le dio miedo y decidió escapar de allí tal como estaba. Otra explicación no se me ocurre. Pero, en cualquier caso, que lo diga ella.
El capitán inquisitivamente miró a la mujer y ella dijo:
- No tengo los recuerdos muy mítidos pero lo que ha dicho aquí, el señor Periquillo, me parece de lo más proclive. Menudo susto me di cuando me vi donde me vi. Así que, en cuanto me despejé un poco, salí de allí sin reparar como estaba.
- Sí, sí… pero yo la eché dos polvos.
- Huy, ti ti ti ti ti ti… -repuchó ella – pero si no se le …
- ¡A callar los dos! Que no sé cual tiene menos conocimiento.
La cosa finalmente quedó en nada. La mujer se fue al otro día en el TALGO y el Guti a la mañana siguiente, bien peinado a raya, con su mejor pantalón y la camisa más limpia que tenía, una azul turquesa, se fue a la droguería del Pavesa:
- ¿Qué quieres, Guti?
- Tío, dame un frasco grande de Varón Dandy, que estoy en racha.

18 abril 2010

Pruebas de archivo

Me he puesto a organizar mi archivo. Me llevará tiempo.
Aparece lo perdido hasta en lo que creemos ordenado. Y te saltan algunos escritos a la cara como un gato encerrado, recordándote la rabiosa ilusión que tuviste un día por las cosas. Me ha sorprendido el trabajo de años que empleé en asuntos que se hicieron humo pero que, según lo que escribí cuando era obscenamente sincero, levantaban en mí pasión y atrevimiento. He llegado a dudar de que fuera yo quien reuniera el empuje para todo aquello. Seguramente, entonces, era yo otra persona. Tal vez un antiguo conocido que ignoraba lo limitado de sus fuerzas. Y no me ha parecido mala esta conclusión. Por fuerza tiene que ser cierta pues, de otro modo, sólo me queda pensar que debía ser muy tonto, dolorosamente tonto.
Hoy, maduro, con la esperanza relativizada, anestesiada o perdida, me pregunto si no era mejor persona antes, cuando me entregaba sin cálculo, meditación ni medida, y no ahora, que sólo soy un viejo resabiado y escéptico que para poco más que para meditar sobre las cosas sirve.

25 marzo 2010

Aventura en la gran superficie

En cuanto entró se dio cuenta. Ella, vestida sobria y discretamente, le había mirado con fijeza y sólo retiró su mirada cuando el encuentro con la suya pasó de casual a pertinaz. A lo largo de su recorrido por la gran superficie no dejó de percibir su mirada furtiva, ansiosa, aquí y allá, entre pasillos, estanterías, secciones, clientes que se movían distraída y perezosamente, y azacanado personal de plantilla que reponía género, o cambiaba cosas de sitio, o reorganizaba estanterías. Y, cuando menos lo esperaba, de nuevo aparecía su figura y, sobre todo, aquella mirada. No, no podía tratarse simplemente de miradas casuales y sin propósito. Muy tonto había de ser para no comprender que se trataba de otra cosa muy distinta. Sonrió complacido. Fue una sonrisa para sí, casi interna. Bueno, en general, no le había ido mal con las mujeres, pero nunca se le había dado un caso como aquél últimamente. Su ego de pretendido seductor talludo se le empezó a esponjar dentro del cuerpo, haciéndole ensanchar el costillar y meter tripa. Se sentía seguro de sí mismo, atractivo, atlético y cómodo, sobre todo, con aquella holgada ropa deportiva. Sí, era más propia de un joven, pero nadie podía negar lo bien que le caía. Había que reconocer que tenía unos años pero, consideró, que, por fortuna, muy bien llevados. No estaba muy pasado de peso y aún conservaba algo de pelo, bueno, bastante más que sus amigos, a los que ya hacía algunos años que había comenzado a mirar como a viejos. A él la Naturaleza le había tratado con más condescendencia, reconocerlo era de justicia. Y no es que lo dijera él, sino que todo el mundo lo notaba. Sus conocidos de toda la vida no hacían más que recordarle lo bien que estaba. En ese aspecto se consideraba afortunado. Pero pensó que, a ésta, debía de haberle tocado un punto muy sensible con aquella mirada intensa de la entrada, porque nunca una mujer había hecho tanto por insinuársele como aquella pelirroja omnipresente.
Fue en el área de los licores, donde se dio cuenta de que prácticamente la tenía encima, como si ella esperase una reacción de su parte, unas palabras o, tal vez, le estuviera dando pie para que concertasen una cita.
Se volvió de improviso hacia ella y le dijo con una sonrisa desenvuelta y, por supuesto, más que amable:
-Por favor, ¿sabes si podría conseguir alguna caja de cartón para llevarme unas botellas? –la tuteó confianzudamente, con solvencia, nivelando la diferencia de edad.
Ella, le miró tranquila y contestó devolviendo la sonrisa:
-Si quieres acompañarme. Tenemos siempre algunas dentro, en la sección de almacén.
Aquello funcionaba. Él la siguió tranquilo, pensando que en la zona de almacén, fuera de la vista de la gente, alguna cosa le diría a aquella belleza jara, si es que ella no se la decía a él antes. La seguía un par de pasos detrás, sin poder retirar la mirada de sus caderas, sus nalgas y sus piernas. Ella sacó un pequeño walkie talkie y sólo dijo, fríamente:
-Marro para un 45.
Se dijo que seguramente, en clave, justificaba la ausencia que pensaba dedicarle en el almacén, a él, a él en exclusiva. No le cabía duda, estaba entregada o él ya no entendía de mujeres. Y se relamía por dentro ante las hechuras de la dama, a la que imaginaba sin aquella seria ropa. Bueno, a decir verdad, la imaginaba sin ninguna.
Apenas entraron en la zona restringida, dos guardias de seguridad, que aparecieron por detrás, le cogieron uno de cada brazo, casi en volandas, le metieron en una habitación vacía y en un santiamén le dejaron en ropa interior. Tras cachearlo en menos que se presigna un cura loco, uno de ellos inmediatamente salió fuera:
-Estaba limpio. Pese a las ropas amplias, no llevaba nada.
La hermosa pelirroja volvió a su trabajo y dejó que los guardias le hicieran los cargos, a costa de la sagrada seguridad, a aquel abuelo presumido y seductor. Él, sobrecogido, estornudó dos veces mientras se subía los pantalones.

24 marzo 2010

Último golpe para la Mamá Grande

Sé de antemano que el objetivo de esta carta es un imposible. Pero me gustaría consolarte por la pérdida de tu hija como si yo tuviera alguna posibilidad de hacerlo. Como si fueras una niña desvalida y yo pudiera acogerte, abrazarte y decirte que la vida no conoce orden, ni razonamientos, ni desvelos, y que tampoco nos es agradecida, ni justa, ni nos guarda ninguna deferencia. Ya ves qué cosas digo, como si tú no lo supieras.
Bien me gustaría ser un almohadón que aislara tu dolor, pero sé que eso también es imposible. No sé qué podría hacer para paliar tu pena pero, no te quepa duda, si lo supiera, lo haría sin dudarlo. Ojalá fuera más inteligente y pudiera encontrar alguna combinación de palabras que te sirviera de consuelo. Ojalá fuera mejor persona y pudiera igualar la bondad que tú has tenido para las desgracias ajenas.
No obstante, como la última madre que me queda, no me resigno a que pases este trago tan amargo. No, sin que medien estas cuatro letras para intentar calmar tu desdicha. Para los dolores que no pueden mitigarse queda el intento de, al menos, consolar. Más allá no llegamos las personas. No quiero quedar sin intentarlo y que sepas que me solidarizo, si hay modo de hacerlo, con tu pena.
Sé que no te quedan lágrimas. No pueden quedarte muchas, porque, a tus noventa, las has gastado con todos sin tasa. Pero, si de lágrimas se trata, no lo dudes, se han vertido bastantes. Y, si tú no puedes llorar, ya lo hemos hecho los demás por ti.
Todos sabemos quien has sido siempre. En pocas familias hay una Mamá Grande y, en esta nuestra, ese apelativo sólo te corresponde a ti. Así lo avala tu vida entera, tu acogimiento, tu comprensión y ese cariño sin medida que has sabido regalar siempre. Y te aseguro que tu hija se ha ido bañada en él, empapada en tu amor y complacida de tu fiel compañía. Tuvo la madre de sus primeros y de sus últimos días. Para tu desgracia sí, pero para suerte de ella, que pocos mueren acogidos al amor de quien también les dio la vida. Me temo, sin embargo, que has decidido, interna e inapelablemente, que ésta sea tu última desgracia.

23 marzo 2010

En el campo

(En la foto se ve una liebre encamada)
La caza no era para él un acto social en el que disfrutase teniendo compañeros. Todo lo contrario. Jamás disfrutó en una mano, por bien organizada que estuviese, como yendo solo. Sí, de acuerdo, las manos eran efectivas. Se levantaba caza, si la había. Pero no dejaban de ser, y cada vez más, actos con un protocolo, y tenían unas normas de comportamiento que debían respetarse. Prefería la soledad.
Asociaba la caza con la soledad. Era para él un ejercicio individual y solitario en el que se concentraba tanto como un escritor al escribir una novela o un artículo.
Para cazar así era necesario conocer bien el terreno. Saber las querencias de los animales. Tener calma y, sobre todo, paciencia. Sabía que a su lado, cazando de este modo, solía estar el factor sorpresa que, en la caza, era algo muy a tener en cuenta. Así que, antes de salir, ya solía tener trazado en su cabeza un plan a seguir y un camino a recorrer. Y, sin embargo, otra de las ventajas de cazar solo era que podía alterar cualquier plan sobre la marcha y acoplar su estrategia a lo que en el campo fuera viendo.
Desde chico le había gustado la vida al aire libre, los paseos interminables, la observación de los animales.
Mientras sus amigos de la pubertad empleaban su tiempo en aquellos galanteos, infructuosos casi siempre pero propios de la edad, él se iba al campo cuantas veces podía y no llegaba a comprender cómo un lugar tan bello estaba siempre tan vacío, cuando no abandonado.
Sabía, por experiencia propia, lo que se tardaba en aprender a ver en el campo. De niño consideraba prodigioso que de los rastrojos surgieran codornices, que no veía, tras la muestra inquietante y repentina, no menos sorprendente, del perro. Le sucedía igual con la liebre encamada, emergiendo, en su imaginación, directamente de la tierra. El arranque cercano e inesperado de la perdiz con su sonido abrupto, vibrante y metálico le ponía el corazón en la garganta. A veces, mientras caminaba, le parecía que los animales eran generados a su paso instantánea y directamente por la tierra. Esta fascinación salvaje aún le mantenía vinculado a su infancia y juventud campera.
Conocer bien los parajes era fundamental para ejercer aquel sistema suyo de cazador solitario. Todo el año, casi a diario, iba al campo. Un día, calculando, se hizo cuenta de que por cada hora cazando habría andado por el campo más de cincuenta caminando y observando. Aunque, bien mirado, esto, para él, también era cazar. Sabía que la gente pensaba que cazar era coger una escopeta y disparar a lo que se moviese. Y, así, los domingos se veían por el campo muchos cazadores vocingleros que iban por un lado y por otro buscando anárquicamente, auxiliados por unos perros tan alocados como ellos que corrían sin ton ni son, y dando voces como si vendieran melones.
La caza era, sobre todo, el conjunto de conocimientos para hacerla. Ésos se aprendían en el campo. Fundamentalmente observando a los animales y su comportamiento con respecto a los fenómenos atmosféricos y a las distintas épocas del año o cuando se veían hostigados.
Desgraciadamente la caza menor iba para atrás. Y había sido curioso, mientras abundó, nadie opinaba en contra de ella y ahora, que todos los adelantos de la vida moderna casi la habían hecho desaparecer, mucha gente se pronunciaba contra ella y la pagaba con los cazadores. No eran por desgracia éstos los que la habían llevado al borde de la extinción. Ni tampoco eran ellos los que podían salvarla. Por desgracia, aunque no se cazase en absoluto, la caza menor tiende a desaparecer. Su enemigo es el progreso. El progreso en forma de pesticidas, herbicidas, fungicidas, insecticidas, agricultura intensiva, maquinaria… Cuando desaparecieron los cangrejos nadie echó la culpa a los pescadores porque estos habían existido desde siempre y los cangrejos también. Todo el mundo supo que había sido otra cosa. Con la caza menor está ocurriendo igual.

12 marzo 2010

Breve adiós a Miguel Delibes

Desazonado por la muerte de Miguel Delibes, escribo esto. No imaginaba que la noticia de su muerte me descompondría. Sus viejos ejemplares, agrupados unos, desperdigados otros, entrañables compañeros todos de mi vida, descansan en mi desordenada librería. Me consuela saber que puedo acariciar sus bellas construcciones con la vista. Me consuela poder rememorar sus enseñanzas, volver a caminar por sus historias, reconocer, una vez más, sus viejas y desoídas profecías. Sé que podré beber, cuando la sed apriete, la sobriedad refrescante del castellano puro. Pero, tal vez por eso, lamento su marcha como se lamenta la marcha de un maestro y de un amigo, de alguien que me dejó la herencia en vida.

08 marzo 2010

Fijación

Aquella mañana deambulando perezosamente de boulevard en paseo, de calles a plazas, acabó inopinadamente en el camposanto. Llegó temprano y, como no buscaba sepultura alguna ni nada en concreto, se adentró en el solitario cementerio como si éste fuera una prolongación más de los jardines y la cercana rosaleda y como si, lejos de distraerle, fuera éste un lugar beneficioso para su ensimismamiento. Viéndose allí tuvo, por un momento, la sensación de que, sin saberlo, había llegado premeditadamente.
Era el recinto, a aquellas horas, una caja de silencio abierta sólo al cielo. Los puntiagudos, esbeltos y oscuros cipreses contrastaban con la verticalidad clara, casi blanca frialdad, de las sepulturas sobre el ocre de la tierra.
Recorría los paseos mirando distraídamente las inscripciones de las lápidas, pobladas de descoloridas promesas de eterno recuerdo, de inscripciones borrosas por el musgo, de pomposos nombres de familias propietarias de los túmulos, de borrosas fotos, de fechas y fechas que pocos recordaban pero que habían sido grabadas en la piedra con la fútil intención de preservar memorias.
Tuvo, súbitamente, el pálpito de toparse con algún conocido, de haber ido allí con algún propósito, por alguna extraña llamada sin identificar. Y así fue, pero no se encontró con ninguno de los que imaginara.
La figura le observaba con indiferencia, impávida bajo una bóveda de ladrillo que, abierta a los cuatro vientos, se apoyaba en el suelo con columnas del mismo material, en una intersección de dos caminos principales. Tardó en reconocerla, pese a que la silueta le fue familiar desde un principio.
Era Blanca, una pariente lejana. Alta, delgada, pálida, como siempre, e impasible, como si el tiempo hiciera muchos años que no le hubiera pasado su minuta. ¿Cuánto hacía que no la veía? Era menor que él y, casi cuarentona, conservaba el tipo perfecto que siempre tuvo.
Cuando, en la distancia, le reconoció, convergió hacia él despacio, en contraste con su paso mucho más cadencioso de habitual paseante. Al besarse sólo susurraron sus nombres a modo de saludo y, al mirarse abiertamente a los ojos, ambos reconocieron ese fulgor intenso que extrañamente les había sacudido siempre al verse. Se quedaron muy cerca y él habló sin separar los ojos de sus ojos. Ambos con miradas oscuras. Él convencido de que ella sentía exactamente lo mismo que él. Ella callada, revestida de aquella palidez de tono azul, de frialdad impenetrable, escuchaba. Al menos, esta vez, no se habían azarado tanto como la última que, al intentar besarse en las mejillas, por el simultáneo titubeo de ambos, se besaron, sin quererlo, en la boca y luego, como avergonzados, no supieron apenas de qué hablar.
Estaba a punto de decirle cómo la encontraba y el vuelco que le había dado el corazón al verla, cuando pasó el conserje y se dirigió a ella de un modo muy extraño:
- Ya está todo listo, señora.
Ella sacó una mano del bolsillo y, fingiendo estrechar la del conserje, le dio algo, tal vez, un billete. Por fortuna el inoportuno se marchó al momento y Blanca, mirándole en silencio, se quedó con él.
-Sigues siendo tan elegante y discreta como siempre.
Ella le miró intensamente, con esa mirada negra tan parecida a la suya, pero con un amago de sonrisa. Él supo que sus palabras le habían gustado.
- Es una lástima que no te maquilles.
Ella movió lentamente la cabeza con desganado desánimo, con un abandono indiferente.
- Pues haz lo que quieras pero eres una mujer impresionante, Blanca. Lástima de palidez extrema.
Él ya sabía que tuvo un hijo con alguien que, al poco, desapareció, pero no tenía el cuerpo para preguntarle por el hijo ni por nadie y, menos, por historias ya lejanas. Pensó que era un fastidio que el encuentro no se hubiera producido en la calle, porque así le hubiera propuesto tomar un café, y le habría dado tiempo de sobra para dejarle claro, con esas palabras comedidas que tan bien empleaba y esas miradas tranquilas, sostenidas y cálidas, que no solían dejarles a la mujeres dudas, que, si en aquel mismo momento no se iba a su casa a hacerle el amor, sería porque ella no quisiera.
Vino en éstas el vendaval de un entierro, al que supuso él que ella había acudido, y ya se perdieron los dos, ella entre saludos y como en volandas, él esquivando aquella comparecencia inesperada, aquella avalancha tumultuosa de deudos lacrimosos, serios y semi enlutados a los que, en su mayor parte, conocía. Se fue alejando lentamente y la descubrió mirándole según se iba. Era la única cabeza que desentonaba y no miraba hacia donde debía.
Pensó que tenía que intentar a toda costa volver a coincidir con ella, que debía precipitar un encuentro como fuera.
Rumiando intensamente aquella idea fija, obnubilado por el deseo, al salir ojeó de pasada las esquelas. Se paró al instante. Volvió atrás, leyó de nuevo: Blanca Sapuem Meiga, falleció a los 39 años de edad, su familia y allegados…
Leyó, paralizado, con renovada pero distinta fijación, la esquela.

07 marzo 2010

La brújula trucada

Se sentía extraño y solo.
Había reparado en que la memoria le traicionaba y, cuando no lo hacía, que aquel almacén de recuerdos no le servía para nada; que la inteligencia, a la que por lo general por realista se tenía, simplemente le hacía creer que aquello que pensaba era verdad, sin ningún otro aval o fundamento; que la voluntad, que creyó poseer algún día, se le antojaba vacua y sin sentido y, lo que es más, naturalmente inclinada a apartarle únicamente del placer, por una connotación antigua e imperecedera de que lo placentero era nocivo y sólo existía para ser evitado.
Dio en pensar, y por ello le llamaron soberbio, en que vivir sólo podía consistir en transgredir: en dudar de todo lo que recordaba, pues el tiempo era el gran maquillador de la vida, el sutil especialista en presentar los recuerdos asequibles a nuestra mirada, digeribles para el ser que ahora somos, cuando no a fundirlos con la sombra más próxima al olvido.
Dio en desconfiar de las certezas, que eran un legado, en su mayor parte educativo, más adquirido y extraño que propio y por uno mismo elaborado.
Dio también en deshacerse de aquella brújula cuyas agujas trucadas, ni por asomo, señalaban nunca las tendencias normales y el deseo, sino sólo caminos yertos y escarpados para fanáticos, de violentas convicciones a veces, que se creen carentes de tripas pero están persuadidos de llegar a tener poderes intemporales y espíritus voladores.
Sospechó, con resentimiento, que había sido educado en un masoquismo abstracto y sin sentido, fundamentado en una filosofía que proponía el sufrimiento como único aderezo válido y honesto de la vida. Para que así, dado por sentado, que lo natural y normal fuese el dolor, se convirtiera cada ser, sin ningún deseo ni intención primigenia, en otro más de sus vasallos. Y, siendo uno más de sus adeptos creyentes, sin reconocerlo abiertamente, lo adorara y extendiera su reino entre aquella grey de voluntarios que estaban deseando adherirse a él, que lo estaban esperando, como si fuera el dolor el verdadero y único dios de la existencia. Como si las cosas tuvieran que ser así.

03 marzo 2010

Selección natural

Seguramente la norma que rige la evolución de las especies, que rige nuestro destino y el de la vida en el planeta, o sea: la selección natural, es una salvajada. De hecho, hemos pasado la vida defendiéndonos de cuanto nos rodea por mor de esa dichosa ley. Y, por tanto, peleando con virus, bacterias y otros seres de diferente o de la misma especie para sobrevivir.
Hay ya mucha gente, incluso entre los creyentes en el Supremo Hacedor, que piensan que, eso de la selección natural, es cosa que no le salió bien. Porque dejar actuar a la crueldad a sus anchas, de modo que los fuertes preponderen siempre y en todos los campos sobre los más débiles, resulta un poco bochornoso. Con más motivo si se pretende que sea una obra procedente de una inteligencia sofisticada y virtuosa, aparte de con recursos ilimitados. ¿Qué quieren que les diga? Cualquiera que imagine al Supremo Hacedor pues le supone un cierto nivel. No hay explicación por tanto para esta chapuza universal que parece concebida por una mente procedente del fracaso escolar o derivado, como poco, a un ciclo de formación profesional de primer grado, y eso, a fuerza de fuerza.
Bien es verdad que los creyentes, como lo de la selección natural de las especies sólo iba a hacer felices a unos pocos, y encima a los de siempre, se tuvieron que inventar algo complementario para que existiera una segunda ronda de justicia que compensara el salvajismo de la dichosa selección natural. Así surgió la idea del alma inmortal y de la otra vida después de ésta, para intentar paliar todos los desajustes en un futuro prometido y justiciero al fin.
Pero si el SH salió con lo de la selección natural, sus criaturas no le vamos a la zaga y, los hombres, hemos inventado el capitalismo que es, algo así, como el que más chifle capador, el que menos pueda que se joda… una versión económico-social de la selección natural de las especies.
Antiguamente los desbarajustes del capitalismo se intentaban paliar, bajo intercesión de las religiones, mediante la caridad. Sin embargo, lo de la caridad era muy descarado, sobre todo, cuando algunos empezaron a hablar de justicia.
El capitalismo no se arredró y, si eso de la caridad hacía que se le viera mucho el plumero, la cuestión era buscar otro concepto mejor aceptado. Y enseguida lo encontró: la solidaridad. Ya no eras un potentado que dabas pan a los hambrientos o bautizabas chinitos y negritos a troche y moche, te habías convertido en un ser sensible que, conmovido por las humanas desgracias, se volcaba íntimamente en el compromiso de remediarlas. Un modo muy sagaz de pegarle esquinazo a la problemática justicia que, algunos corrosivos disidentes, se empeñaban todavía en echarle a la cara a cualquiera .
Y, como a las religiones se les está viendo tanto el plumero, pues ahora se intenta que la solidaridad la practiquen otras creaciones de reciente factura: las ONGs. Y es que todo es un progresivo aggiornamento, todo son actualizaciones felices, adecuadas derivaciones y, ni siquiera se respetan los significados del idioma, se sacan otros nuevos cuando lo que significan los antiguos ya no nos conviene. Y es que, señoras y señores, fuera del capitalismo, no hay vida.

02 marzo 2010

Compañeros de piso


Estaban encerrados en una jaula cuyos barrotes eran una aleación de distancia, gozo y, si ello fuera imaginable, pánico al amor. Un amor que ni siquiera supieron si podía ser mutuo. Sin embargo, jamás se lo habían planteado de ese modo. Ni lo imaginarían por más veces que se produjeran aquellos encuentros fugaces y furtivos en los que él, apenas concluían, se convertía aceleradamente en fugitivo y ella quedaba siempre defraudada por la ausencia de la cautividad que una conversación íntima y tranquila podría haberle regalado. Eran una combinación de fuga y abandono, cosas que, activa o pasivamente, vienen a producir la misma sensación.
Ella pensaba que él era un ser bárbaro, sincero y lascivo pero reservado, y no podía evitar la atracción que le producía la combinación; él pensaba que ella no había sido nunca bien querida, y que a su orfandad sentimental se le podían añadir las de la carne y la comunicación y que, por eso, necesitaba palabras, sexo y sobre todo aquella empatía de sentimientos más propia de una adolescente, virgen aún en descubrir un amor de igual a igual. Pero por eso la temía y huía de ella con la misma rapidez que voracidad empleaba en acercársele de nuevo cada poco.
Ella reinaba en un reino de desolación y abandono del que, ciertamente, alguna vez fuera la dama, cuando no presagiaba todavía aquel desastre. Pero, sin embargo, su grado había ido asimilándose paulatinamente al de criada ya con poco trabajo y tanto asueto, que padecía la luz de luna de su soledad, siempre en cuarto creciente, cada vez con mayor amargura y desamparo. Vivía como si su tiempo no fuera a ser nunca más de colores, y su olor a alegría de antaño, a perfume y a fruta silvestre, se hubiera tornado en una peste amenazadora a cerrado, a orín rancio, a aire viciado y a la rebaba de los malos recuerdos. Su otrora tenaz pretendiente maduro, se había convertido, con los años, en aquel compañero de piso junto al que se pudría.

15 febrero 2010

Amortizando

Con la sensación de perder el tiempo escribo casi siempre, o con la idea de matarlo, como antes se decía, cuando en realidad es él el que, a fuerza de matarlo, termina acabando con nosotros. Es mi tiempo, me digo, y tal vez no tenga cosa mejor que hacer con él. Al fin y al cabo no hay que amortizarlo, aunque, en sentido etimológico, eso es lo que hacemos con él de un modo u otro. Vivir parece una continuidad sin fin, con sobresaltos sí, pero sin fin. Y acaso, cuando llegue, ni siquiera el fin nos asuste por desapercibido, por imprevisto, por repentino o porque, simplemente, no lleguemos a creerlo.
Este gastar el tiempo, en escribir, puede ser un anudarse a la vida, ensamblar una balsa de ideas que le permita flotar a nuestra identidad, al menos, durante el rato que dura el escribirlas, sobre la superficie, engañosa casi siempre, de la realidad. Como si la escritura pudiera convertirse en el único testigo de que fuimos, un testigo fiable por principio, incapaz de volverte la espalda y de negarte.
Luego la balsa queda a la deriva en ese océano artificial de Internet, para el que la palabra maremágnum se inventó con muchísimos lustros de antelación, y hasta, si nos empeñamos, puede descansar, hecha libro, apilada de lado, en el estante de alguna biblioteca o perdida entre los anaqueles de alguna librería. Y puede que alguna vez, en el mejor de los casos, vaya a dar a las manos de algún desconocido ocioso o tal vez aburrido, o deprimido, o desocupado, o a las de uno que se topa con lo que no busca, o a las de un desganado o un curioso… que deje caer sobre estas líneas una mirada condescendiente, ausente y perezosa, pero que le evidencie, repentinamente, que la estirpe de los solitarios está más extendida de lo que suponía.

10 febrero 2010

El reloj de agua

Hijo mío, somos unos pueblerinos listos. Hemos puesto la naturaleza a nuestro servicio en lugar de padecerla. Nuestras vidas han estado siempre regidas por el agua de los ríos. Ella ha sido la cuerda que ha movido esas muelas de continuo. Éstas han regido nuestras vidas y su trabajo nos ha dado de comer. También han marcado nuestra existencia y la de los que nos precedieron. Son nuestros relojes de agua: los molinos.
Todos nuestros parientes nacieron en aceñas y vivieron en ellas y de ellas. Cuando dejen de moler nosotros también desapareceremos pero, hasta entonces, seguirán marcando nuestras horas. Luego vendrán cosas distintas y la vida será regida por otros latidos ajenos que, seguramente, comprenderemos menos.
El abuelo llevaba razón.

27 enero 2010

Passamento

Conoció por casualidad al portugués. Más exactamente lo encontró. O, tal vez, él decidió conocerle.
Era uno más de los tantos viajes a Portugal. Un viaje usual para un renegado del turismo. Uno más a lugares que va sólo quien quiere y, a veces, si es que los encuentra. Bueno, aunque vaya también quien no quiere: esos que, con la guía de carreteras en la mano, acaban donde no pensaban. Esta vez era una aldea perteneciente al concejo de Torre de Moncorvo, en Tras os Montes.
Con un libro de viajes de José Saramago, avisador de que ningún viaje es definitivo, llegó allí. Apenas puesto un pie en el suelo, apareció el portugués.
- Vienes a Portugal con un libro de ése. Ése no es portugués, es español.
Pronunciada ésta, casi sentencia, sin esperar respuesta, dio media vuelta y se marchó.
Quedó perplejo, pero lo superó. Pensó que de la adoración al odio hay apenas un jeme; vino en su auxilio el dicho de que nadie es profeta en su tierra; y, antes de que se le ocupara la mente con medio refranero, comenzó a caminar a la deriva por las calles empedradas y estrechas de la aldea.
Con la ilusión quebrada, por haber perdido tan inesperadamente al potencial cicerone local, llegó a la pequeña iglesia románica.
Mientras observaba los detalles peculiares del monumento, el portugués apareció de nuevo. Brusca, inopinadamente, inició la conversación, no sin antes despedir con cajas destempladas a la vieja que le estaba dando, al forastero, pistas peregrinas sobre algunas de las figuras más extrañas del templo. Algo debió gustarle al portugués de lo que el forastero dijo, porque se mostró amigable y pareció dispuesto a olvidar, con gran esfuerzo y siempre que no mediara provocación, a Saramago.
Cuando le llevó a su casa vio que ésta era similar a un pazo no demasiado grande. Le presentó a la madre y a la tata, dos ancianas, muy distinguida la primera y callada y servicial la otra. La cortesía que demostraron era más propia de otros tiempos, la hospitalidad también.
Le costó mucho rechazar la invitación de quedarse a comer. Prometió un contacto futuro que cumplió. Sin embargo, se fue sin enterarse de la causa de la inquina mortal al innombrable.
Hace un año murió la tata. Hoy ha muerto la madre del portugués. El extranjero le imagina sólo, desolado, con la melancolía portuguesa acrecentada, en su vieja casa solariega de Tras os Montes y, como en estos casos sobran las palabras, me pidió que escribiera éstas en memoria de su madre. Un pequeño homenaje, un recuerdo, como queriendo acompañar al portugués en la distancia.
No obstante, me dijo que dijera, que su admiración por Saramago sigue intacta. Aunque, contradiciéndole, piensa que algunos viajes son definitivos.

26 enero 2010

La mujer del amante imaginario

Extrañando, una vez más, la ausencia del amante imaginario, se durmió. Soñó que le buscaba por travesías nunca antes transitadas. Navegaba veloz, con turbulencias, a potentes impulsos de corazonadas. Pese a su vehemencia, un latido frío le avisaba certero: él no estaba. Nunca la había abandonado. Jamás, al menos, por tanto tiempo como ahora. Otras veces ella supo intuir donde se hallaba.
Desasosegada, intentó buscarle en otros sueños trasbordando de vertiginosas espirales a laberintos desesperantes, de laberintos a ruedas sin fin, de ruedas sin fin a escaleras de caracol interminables y de éstas a calles brutalmente cerradas, frontalmente candadas: sin salida. Inútilmente se desmadejaba en sus intentos, eran cortinas de silencio y humo frío todas las locas fantasías con que daba.
Dedujo súbitamente lo peor: que no la amara. Y, dormida, lloró lagrimas de vapor y perfume con la ilusión depositada en que aquella esencia, que él tan bien debía conocer, le hiciera regresar a ella con la misma fuerza con que su pasión desesperada se expandía en su búsqueda. Pero nada cambió.
Intentó escribirle una carta hecha de pensamientos pero, hasta ellos, se hicieron los ausentes; los unos se inhibieron, como suelen, pero otros, como atrevidos y volubles lacayos que se prestaban falaces a cualquiera, se burlaron de ella. Esto terminó de desquiciarla. Sólo el sentimiento se mantuvo a su lado, tan mudo como fiel, con su firme y perseverante brillo mineral. Sí, ciertamente, pero incapaz de hablar, como el tarado y obcecado loco que había sido siempre. Valiente compañía le quedaba, se dijo.
Y la mujer del amante imaginario le propuso al aire de la noche que la volviese cerbatana. No pasaría de esa vez, tan pronto apareciera, paralizaría con un dardo de curare el movimiento incesante y voluble de aquel amante volátil y andarín, de aquel amante sin entrañas. Pero, el aire de la noche tampoco le hizo caso y se marchó, con los desocupados pensamientos, a beber el agua del rocío, porque ya venía la mañana y no era hora de tender encerronas a amantes cumplidores, menos aún, si eran imaginarios.

25 enero 2010

Aventuras en un mundo ideal

Parece obvio, pero no es así. No se puede ir uno a atravesar los Picos de Europa, aprovechando el anunciado temporal de nieve, con un chubasquero y un bocata y que, cuando te pierdas, la familia monte el número y tengan que buscarte media docena de helicópteros y un regimiento de la Guardia Civil, más todos los grupos de abnegados voluntarios de la zona.
Por idéntica regla de tres, tampoco se puede ir uno a hacerse el París-Dakar por libre y, cuando te hayas perdido, te hayan robado y te hayan dado por el culo, reclamar que vaya la mismísima Legión a rescatarte y Moratinos a pedir una indemnización a las tribus nativas de la zona.
Es evidente que de estos dos ejemplos, el uno nacional y el otro internacional, habría de tomar nota el personal y no meterse en llamativas aventuras que, por ilógicas que sean, últimamente se han puesto de moda.
Por un lado parece que se lleva empeñarse en cualquier insensatez, como si la Naturaleza pudiéramos volverla virtual a nuestro antojo y como si los recursos de rescate estuvieran creados para nuestra diversión.
Por otro lado, en los últimos años y no me explico la razón, hemos adquirido la idea de que podemos ir por ahí pensando que esa tontería, que se llama ciudadanía europea, nos puede proteger de todo mal y que nuestra flamante monedita lo puede comprar todo. Algo así como si los ricos no pudiéramos ser sino espectadores intocables de las miserias del mundo y las balas no nos pudieran hacer pupa.
Cada día parece más necesario recordar a la gente que vivimos en un mundo donde, además de “Mira quien baila”, “Ana Rosa”, “Corazón, corazón” y la realidad virtual que desborda las pantallitas de nuestros portátiles y móviles, hay zonas peligrosas, temperaturas extremas, países prácticamente sin ley, lugares donde la corrupción reina, guerrillas, terroristas, delincuencia y además, claro, otras cosas más elementales como: ríos, mares, cadenas montañosas y mil enfermedades, contratiempos y meteoros (lluvias, nevadas, vendavales…) que se pueden presentar inesperadamente, amén de animales que comen carne, incluso europea, o que son venenosos o que nos pueden contagiar enfermedades… en fin, que el mundo no es precisamente como irse al crucero de Vacaciones en el Mar.
Un poco de sensatez, porque, ustedes me perdonarán, pero, si no, la única alternativa que se me está ocurriendo es fundar otra ONG, la de los gilipollas en apuros sin fronteras.

24 enero 2010

Los santos inocentes

Cualquiera puede padecer las consecuencias de situaciones que no creó. De hechos de los que ni siquiera fue conocedor hasta alcanzar cierta edad. Extrañas herencias de familia que pasan de unas generaciones a otras con mayor certeza que la fortuna real y los bienes inmuebles. Pero el mundo es así y, sin tener arte ni parte, cualquiera puede verse inmerso en algunas situaciones incómodas en las que no se sabe, ni bien ni mal, por dónde empezar, qué hacer, ni qué decir.
En 1984 frecuentaba Madrid y lo frecuentó por un periodo largo.
Por casualidad entró una tarde en un cine de la Gran Vía y vio una película que se estrenaba por entonces. Se trataba de “Los santos inocentes”, dirigida por Mario Camús y basada en la novela del mismo título de Miguel Delibes.
“Los santos inocentes” era, a su juicio, una película excelente. La había visto varias veces y, siempre, con delectación. Le parecía un buen ejemplo de cómo, desde las innumerables historias pequeñas de la vida de cada cual, puede hacerse una historia general, comunitaria que roce lo sublime. Pero el objetivo de este artículo no es abundar en las virtudes de una película ya alabada, suficientemente, por tantos otros con mucho mejor criterio que el suyo. Tampoco pronunciarse, como me dijo, contra esa mayoría de cine sin sustancia que la publicidad nos echa encima a diario. Por tanto, volviendo al argumento, repetiré, lo más fielmente que pueda, lo que me dijo:

Es una historia triste y amarga. La guerra civil que se vivió en España del 1936 al 39 dejó, tras su desenlace, múltiples coletazos. Casi todos ellos consiguieron mantener anclados artificialmente a los españoles en el siglo XIX como, por otro lado, parece que fue la intención de quienes la iniciaron, sublevándose contra la república en defensa de sus intereses particulares y con abierta aversión hacia una sociedad más igualitaria que veían, con desdén y fastidio, aproximarse.
No es la historia, que narra la película, algo grandilocuente ni pretencioso y, menos aún, reivindicativa de derecho alguno. Es sencillamente la descripción de lo que pasaba en uno de los muchos latifundios que en España son y han sido. Una historia de los que estaban acostumbrados a tenerlo todo y de los que, a su pesar, hubieron de seguir acostumbrados a vivir a su sombra, y bajo su dominio, indefinidamente. En ella, los detalles, las actitudes, las palabras y los gestos, les eran a muchos terriblemente familiares, a veces, con la obscenidad de lo aparentemente intrascendente, otras, con el disimulo de una pretendida nimiedad, y, casi nunca eran dignos de las personas los matices, a no ser los pocos que se desprendían de la ignorada y diminuta dignidad que los pobres, en su párvulo ámbito, podían permitirse.
Eso sí, durante el film, todos esos detalles son continuos, variados y martilleantes, como si el destino los hiciera inevitables, como si ése fuese el sino de los desgraciados, y el mundo que describe fuera tan inmutable como el paso del tiempo. Sin embargo, todos eran innegablemente ciertos, conocidos y socialmente aceptados. Así habían de ser las cosas o, al menos, así se esforzaban los poderosos en que lo pareciera.
Todas estas cosas, en conjunto, hacen de la película, evidentemente ficción, un retrato certero de la realidad sobada por la que tantos españoles habían transitado sin remedio, sin solución y sin salida. La película globalmente es, tal vez, más cruel que esos documentales donde se ven ejecuciones que truncan bárbaramente vidas pero que no nos dicen nada de lo que había tras de cada una.
A medida que el espectador se ve inmerso en el drama, se ve también atrapado, como un pájaro caído en una trampa de liga, en un mundo de sensaciones, sentimientos, pasiones y desamparos que no pueden soslayarse y que atenazan al sujeto como sólo lo pueden hacer las mejores obras de arte. Le trasfieren, le hipnotizan. Son esas obras las que transmiten un convencimiento estético que, a la vez, se percibe incompatible con la propaganda o el engaño. Porque, para los que ya tenían años, estaba hecha con numerosas piezas del rompecabezas que guardaban en la memoria más cercana.
Así que para muchos, aquellos personajes, los avatares entre los que se movían sin remedio, y el ambiente en que lo hacían, eran una lección sobre la historia reciente, difícil de digerir y aun de tragar. Sin embargo, todos habían visto algunos detalles de la misma, más o menos cercanos, y sabían que había sido así. No había vuelta de hoja.

La película le impresionó de tal manera que, de vuelta a su ciudad, le habló de ella entusiasmado a un buen amigo. Éste había nacido en 1939, en una familia numerosa y humilde. Había pasado por muchos trabajos, por estrecheces y fatigas. No había podido estudiar más que lo imprescindible y para un niño de familia pobre, en plena postguerra, lo imprescindible fue apenas nada. Lo que sabía lo había ido aprendiendo con la vida y, por aquel entonces, trabajaba en una fábrica. Por su parte, él había nacido doce años después, en una familia acomodada, sin grandes problemas o, al menos, nunca comparables con los de la familia de su amigo. Pese a la diferencia de edad y a las otras, ambos habían congeniado y se llevaban bien desde que se conocieron. Bien podrían no haber pasado de ser simplemente conocidos, pero terminaron siendo buenos amigos.
Tanto insistió a su amigo con la película, que le convenció para ir a verla juntos. No tanto por volverla a ver él, aunque tampoco le importaba, cuanto porque su amigo no se perdiera una película, a sus ojos, tan extraordinaria.
Durante la proyección estuvo nervioso, deseando no perderse, más que la película, las reacciones de su amigo. Éste, sin embargo, permaneció mudo, inexpresivo e inmóvil a lo largo de la proyección.
Cuando salieron, él iba radiante, maravillado de nuevo por lo visto, y su amigo extrañamente callado y taciturno. Le insistió para que se pronunciase y le contase las emociones y acaso las memorias que la película le había suscitado. El otro tardó bastante en romper su mutismo y, cuando lo hizo, fue para decir algo que le dolió profundamente, tanto que le dejó mudo por un rato, aunque, aparte del silencio, no dejó traslucir ninguno de los penosos sentimientos que le invadieron.
Vino a decirle, más o menos, que de qué se extrañaba, que muy bien cuadraban los señoritos que salían con la gente de su propia familia y hasta añadió que, quizás, el peor de ellos, era un fiel reflejo de su abuelo.
Pasaron los años y un día, que volvieron a hablar del tema, su amigo le dijo:
- Nunca se sabe como nos hubiéramos comportado otros en el pellejo de tu abuelo, porque, tal vez, hubiésemos sido aún peores.
Y le quedó la duda de si con esas palabras quiso suavizar el comentario de tantos años antes o si lo terminó de rematar. Sin embargo, recabando información sobre su abuelo, lejos de rebatir las palabras de su amigo, llegó a la desoladora conclusión de que éste tenía razón. Su abuelo, mal que le pesara, había sido uno de aquellos señoritos. Claro, evidentemente, no fue la culpa suya, pero eso era otro cantar.

21 enero 2010

Carta abierta a una esposa diputada

Querida Mª Mercedes del Arco Iris:
Estarás de acuerdo conmigo en que, durante todos estos años de matrimonio, he procurado tratarte tan correctamente como he podido. En ningún momento te he hecho siquiera pregunta alguna cuya respuesta pudiera haberte resultado difícil de articular o responder y, mucho menos, he tenido contigo un comportamiento abusivo en ninguno de los sentidos. Todo en mí ha sido respeto a la dignidad de tu persona y a tu albedrío.
Nosotros éramos y somos personas religiosas. ¿Tanto te habría costado seguir manteniendo la fe o, al menos, la costumbre? Tú sabes que nuestra religión es comprensiva para todo lo humano, siempre, naturalmente, que el interesado ponga de su parte un arrepentimiento frecuente y espontáneo. Y que, de ese modo, se arreglan, y han venido arreglándose desde siglos, las conciencias. Porque el perdón, al lavar las culpas, se lleva entre su bendita espuma la mala rebaba que dejan los errores humanos, por placenteros que éstos sean. ¿Es que no has participado nunca de esto? ¿Es que no lo has entendido? ¿Tanto te costaba seguir estas normas útiles y sencillas?
Por otro lado, ¿qué necesidad tenías de criticar tan estentóreamente las infidelidades de nuestros vecinos políticos de allende los mares? ¿Qué necesidad tenías de significarte de aquella manera? Claro, ahora lo comprendo, era un modo de reforzar mi idea y la de cuantos nos rodeaban de tu propia integridad suprema. Un disimulo cínico, uno más de los que ahora se me hacen evidentes y que, por tu mala cabeza, nos han arrastrado hasta aquí. ¡Señor, qué falta de tacto!
Quizás pensabas que no sería yo capaz de entender tus deseos. ¿Cómo has podido tenerme por tan torpe, inhumano, imprevisor y estúpido? ¡Qué falta de confianza! Nada más lejos de la realidad. Nuestros primeros años de casados fueron felices y así los recuerdo. Tras ellos, logramos situarnos en una buena posición en el partido. Sin embargo, soy consciente de que, para nuestras relaciones personales, los años sucesivos supusieron un desgaste. Tantas reuniones, tantas ausencias, tantos días cada uno por su lado, tantas noches solitarias, tanto sacrificio por el partido y en pro de la nación… Yo conocía, querida, cómo no, tu temperamento ardiente. ¿Crees que no llegaron a mis oídos tus escarceos con Miguel Aidapus, tu compañero diputado? Sin embargo, sabía que lo importante era preservar nuestra relación. Ningún escándalo iba a beneficiar nuestro futuro político pero, mucho menos, a destrozarlo, si de mi responsabilidad y entereza dependía. Tantos sacrificios no podían empañarse por los polvos pasajeros de unas debilidades esporádicas. Porque pasajero había de ser el asunto, siendo Aidapus ultraconservador, como nosotros, y casado. Así que me sacrifiqué y, no sólo no te hice un solo reproche, sino que ni siguiera te formulé pregunta alguna. Lo nuestro estaba por encima de esas nimiedades, de esos rumores que, malintencionadamente, me hacían llegar de modo reiterado. Ni siquiera merecía la pena el molestarte.
He de reconocer, sin embargo, que me incomodó infinitamente más el asunto en el que te enredaste con el carnicero. Al principio me pareció que fue un “aquí te pillo, aquí te mato” porque, claro, os lo montasteis en la trastienda de la carnicería, entre vísceras y olores a despiece y a sangre, y me pareció un capricho brutal y zafio, pero pasajero también, debido a la voluptuosa líbido siempre tan imaginativa y caprichosa. Pero, claro, cuando llegó a mis oídos que las sesiones pasaron a las tardes noches de los martes y los jueves, en el apartamento vacío que el carnicero tenía en Alcobendas, pues me supo mal. Otra cosa no puedo decirte, me sabes incapaz de mentir y menos aún de disimular. Sí, me supo muy mal. Aquello tenía visos de formalidad y, esas cosas, derivan y se hacen emocionales. Tú no deberías haber permitido que ocurriera. Además, eso de que los encuentros duraran un mínimo de tres horas me llenó de justa indignación por la… por la… por la enorme... la enorme banalidad de… de tu proceder, maldita sea.
Claro, por irresponsable, pasó lo que tenía que pasar: te vinculaste afectivamente a él y cuando, por desgracia, naturalmente, murió, no pudiste resistir la tentación de echar una mano a su hijo.
Seguramente ahora te darás cuenta de tu error. El muchacho, al principio, aceptó encantado y se vio respaldado por tu influencia como edil y diputada y por los fondos que le procuraste. ¿Ves cómo el peligro es el afecto? ¿Ves cómo te implicaste profesionalmente en cuanto los afectos mediaron? Si hubieras hecho como con el padre, simplemente sexo, las cosas no habrían llegado a estos extremos.
Y, considera, cómo la inconsecuencia de tus acciones y tu afán desmedido de placer, que no es malo, mezclado con afecto, que todo lo enturbia, han dado lugar a este escándalo en el que nos vemos implicados y del que tu mismo amado quiso salirse, antes de que estallara, diciéndote que tenía un cáncer de cojones.
Y, ya termino, lo peor de todo es que tengo que dimitir porque la gente no se cree que un alto cargo como yo no supiera durante tantos años lo que pasaba contigo. Lógicamente inducen que, si lo sabía, mis tragaderas exceden las tallas morales al uso y no soy digno de liderar partidos ni gobiernos. Y, si me fingiera ignorante, aún me despreciarían más y se negarían a seguir en manos de semejante tuerceesquinas.
Así que ya ves, querida, el mal al que nos has avocado y en qué tesitura me has puesto. ¡Con lo bien que estábamos! ¿Pero qué necesidad teníamos de esto?
Buscaremos un equipo de abogados y un buen y reputado médico psiquiatra. A ver si lo tuyo puede pasar por una adicción mezclada con desequilibrios mentales; y lo mío por un amor irrefrenable, que todo lo disculpa. Vamos, algo así como lo de doña Juana La Loca. Al menos un precedente histórico tenemos. Pero, hija, en menudo papelón que me has metido. A veces pienso que lo suyo es que tú fueras hombre y yo fuera mujer. Hay más costumbre.
Con ese amor idealista y desinteresado que aún te guardo, desde mi retiro espiritual, te deseo una pronta recuperación, querida.
Tuyo siempre.
Tu Pete.

19 enero 2010

El resentimiento

El resentimiento no es consciente y, algunas veces, se lleva encima tan grabado como el iris de los ojos. Puede brotar en cualquier situación intrascendente y, sin apercibirnos, nos traiciona y muestra de nosotros aspectos que creíamos ocultos u olvidados. Los psiquiatras, y otros de su gremio, tienen habilidad para descubrir el efluvio de tales sentimientos, porque salen de nosotros con la misma sencillez que el perfume trasciende de su frasco. Pensamos que nuestro propio olor, la personalidad, impregnado en la piel sobre ese tan desagradable del resentimiento, lo trasformará y nos protegerá al enmascararlo. Pensamos que hay algunos aromas que combinan bien con nuestra piel a tal efecto. Sin embargo, hay otros que profundamente desentonan y desprenden un tufo inesperado y sorprendente. Hay quienes notan en él la emanación de los odios enquistados, de esos odios de los que, si pudiéramos, haríamos bien en desprendernos. Si lo consiguiéramos, sería más fácil mantener ese halo suave, estable, siempre deseado: el del equilibrio.

18 enero 2010

Entrevistas casuales

Juanito fue toda su vida un vividor en sentido figuradamente literario porque, todos los que vivimos, lo somos en sentido literal. Golfo, corrupto, infiel, oportunista, fumador, bebedor, irónico, gracioso y, en general, advenedizo tardío, pero con voluntad, a vicios más modernos, descubiertos ya en la vejez. Tenía el buen Juanito más tachas que un discurso político. Sin embargo, por esas coincidencias, casualidades, naturaleza, genética o vaya usted a saber, llegó Juanito, sin ningún buen propósito ni mérito propio, a una edad provecta.
Sobrevivió, sin lealtad alguna, a amigos formales, a queridas, a amantes pasajeras, a parejas convencionales y amigas de vida muy sana, a muchos conocidos adheridos temprana o tardíamente a las prácticas deportivas, a la mayoría de sus contemporáneos pendientes del colesterol, a sus amigos médicos que tanto y tan bien le aconsejaban, y… por sobrevivir, sobrevivió incluso a su mujer, tan comedida ella. Y, sí, se vio solo y viejo, cuidado por un par de mujeres inmigrantes a las que metía mano, sin demasiado disimulo ni entusiasmo, por una especie de acuerdo tácito: a cambio de darles carta blanca para organizar fiestas multirraciales en su piso y tolerarles, parcialmente, controlar sus finanzas. Todo, claro está, interactivo y con consenso.
Toda su vida fue una burla a lo convencional, a lo correcto, a las buenas costumbres, al amor verdadero, a las religiones, a lo predicado como sano, a los políticos… como si fuera un adelantado, un diplomático de la República de la Burla, del Reino del Escepticismo, de la Dictadura de la Carne, del Caudillaje de los Placeres, de la Confederación de los Vicios…
Y, descendiendo a lo trivial, era el que más chistes contaba en los velatorios y el que, indefectiblemente, hacía alguna proposición velada, bueno, más o menos, a las recientes viudas que quedaban, según su criterio y gusto, aún en buen uso.
Harto de comer y beber, una noche de Navidad, mientras un hatajo de familiares cantaban villancicos, ebrios de espíritu navideño y gregario y también de copas, se salió conmigo a la terraza de su casa y, tras mofarse de las vicetiples y de los tenores navideños, de los que hizo una descripción cruel, pormenorizada e irónica, nos tomamos, de postre y para bajar la cena en medio del fresquito reinante, un par de botellas de champán. No cejó, mientras duraron las libaciones, de descojonarse, con mi aquiescencia más bien atónita, de la población de tontos que pululaban por el mundo. Eso me dijo, al menos, mientras me ilustraba con ejemplos sacados de su ajetreada y larga vida.
Era yo joven entonces, pero su actitud me llamó la atención porque me parecía, paradójicamente, el más normal de los adultos que me rodeaban. Opuesto a toda la teatralidad que se les da a tantos actos de la vida, a los que se reviste de una pretendida trascendencia, me pareció un tipo normal. Alguien que tenía más claras las cosas que el común de los vecinos.
Estaba amaneciendo cuando nos recogimos y, con las primeras luces del alba escarchada, aparecieron por el parque, al que daba su terraza, tres corredores jadeando con pinta de atletas abnegados.
- ¿Dónde vais? ¡Gilipollas! ¡Qué os vais a morir igual, pero más cansaos! –les espetó.

13 enero 2010

Ablación no, circuncisión sí

Me sorprende que la ablación del clítoris esté perseguida en Europa mas no lo esté la circuncisión. El clítoris se considera, y es, el órgano fundamental del placer sexual en la mujer, pero parece que el prepucio sea un trozo de piel sobrante que conviniese quitar por higiene. No es así, en el prepucio hay una gran concentración de terminaciones nerviosas y su doble labor de protección y fricción con el glande es la fuente de placer que primero descubre el niño. Además no puede admitirse que el clítoris o el prepucio sean una tara de nacimiento con la que la humanidad entera viene al mundo.
Ambas amputaciones, hechas en la infancia y por motivos religiosos, me parecen contranaturales, limitadoras del placer, preventivas de la masturbación, tan denostada por las religiones y, aunque la ablación del clítoris en la mujer sea más radical, no entiendo como nadie se pronuncia contra la circuncisión, que es también el mismo sinsentido, y, sino tan profunda en la eliminación del placer, no menos salvaje. Pero claro, de mayor, nadie echa de menos lo que no tuvo de niño.

07 enero 2010

Cuarto menguante

Cuando la alegría entre en cuarto menguante; cuando el cuerpo olvide lo que era resistencia y aprenda lo que es fragilidad; cuando las compañías de tu vida se vuelvan infantiles; cuando te adopten las hijas que nunca tuviste; cuando el dolor no sea novedad sino monotonía; cuando la noche tenga por hermana la vigilia; cuando la frontera entre el sueño y la vida esté borrada; cuando en los rostros de quienes te rodean veas sólo el reflejo de lo absurdo; cuando lo inesperado sea rutinario; cuando la marea de la vida te llegue a la barbilla; cuando la única cabeza amiga, que te quede, desbaratada, no te reconozca; cuando la vieja rutina de dormir se convierta en un hecho memorable; cuando repares en que hasta tu sombra se ha hecho quebradiza; cuando los razonamientos, las respuestas y el silencio sean la misma cosa; cuando la impavidez sea la única muestra que des de sufrimiento, será el cariño, si lo tuviste alguna vez, todo y, a la vez, lo único que te quede dentro. Cuando ese sentimiento exhales, da igual ya que el corazón palpite, te habrás muerto.

20 diciembre 2009

Serena

Era una excelente profesional. Muy discreta, eficiente y querida. En la capital de provincia, donde vivía, dejaba solos a sus hijos, ya criados, y a su marido cuando, dos o tres veces al año, se pasaba tres o cuatro días en Madrid. Al marido, ajeno por completo a su vida, le decía que había de ir a un curso de algo, necesario para su trabajo, y él quedaba conforme, pastueño, como el buey suelto que bien se lamía desde siempre. Bueno, ella sabía que, siempre que no le importunara, su marido se quedaba conforme con cualquier cosa. Ella era, para él, terreno firme, tierra conquistada, un derecho viejo.
La relación con él era más un recuerdo de otros tiempos que algo que ocurriese a diario y estuviese vivo. Eso sí, la rutina, de comer y cenar en casa juntos, a veces con los chicos, hacía parecer que todo era como debía ser, una familia. Pero ella sabía que el tiempo, entre los dos, había llegado a estar vacío, como tierra de nadie, como una frontera montañosa a alturas heladas que estuviera dibujada en un mapa. Algo así.
Mientras viajaba en tren hacia Madrid, iba Serena recordando los momentos en que su marido, entonces un maduro pretendiente, se interesó por ella. Reconoció que él, con su solvencia, sus aires de poder, sus muestras de respeto, se fue haciendo poco a poco con su consideración. Deslumbró a la niña presumida que fue. Influyó, sobre todo, que el resto de sus pretendientes o amistades fuesen muchachos de su edad, casi todos sin un duro, y, casi todos también, con la única y vehemente pretensión de llevarla a la cama. Al principio le daba un poco de reparo que aquel hombre ajeno a su juventud, discordante con su lozanía, anduviera tras de ella. No se imaginaba siquiera con él en la cama, hasta en su imaginación algo raspaba. Fue su insistencia, la de él, su seguridad, sus deferencias y, ahora lo comprendía, su propia impericia, el cúmulo de causas que mermaron su resistencia ante aquel ser tan ajeno a ella. Al fin cedió y se casaron. Los primeros años fueron de atenciones, de detalles, sobre todo al quedarse embarazada de los dos hijos. Pero aquellos años pasaron fugazmente, como en un suspiro, y su vida se volvió monótona, como un bostezo. La rutina era la reina de sus días. Con los dos hijos, tuvo la sensación de haber hecho ya todo en la vida y, su marido, despreocupado, no consideraba, ni siquiera imaginaba, que Serena pudiera tener una vida propia que escapase al manto de su tutela acomodada y anodina. Ni por un momento pensó que le estuviera dando una vida inicua y ella, mansamente acostumbrada, no pensó que su vida pudiera ser de otra manera.
Era tanto su tedio que, en secreto, comenzó a escribir relatos pornográficos. Y no sólo eso: volvió Mauricio a su cabeza. Aquel adolescente tonto que la pretendió, obnubilado por su belleza juvenil, inflamada de lozanía inconsciente y altanera, y al que ella despreció siempre por insignificante, por pertinaz, por enajenado, por bobo, por altruista memo y juvenil y por alucinado. ¿Qué habría sido de él?

01 diciembre 2009

Diatriba anual contra la Navidad

Hoy ha sido el primer día en que los villancicos me han atormentado como suelen. ¿Será que es uno de diciembre, será que no los he oído antes, será que este año todavía no había yo caído? Pues bien, es empezar a oírlos y me descompongo. Lo siento, no es mi intención ofender a los que les gusta la Navidad, que deben ser miles de millones. Por mí, que se diviertan cuanto puedan.
Ya teníamos la nuestra de toda la vida, con la Noche Buena, la Pascua, el Belén, los Santos Inocentes, la Noche Vieja y los Reyes Magos, que no es moco de pavo, de pavo navideño, claro. Pues no. Ahora, y ya desde hace unos cuantos años, también Papá Noel con sus trineos, sus renos y su puto vicio de comprar regalos para todos, se ha incorporado. Porque, bajo el enternecedor y nostálgico espíritu de la Navidad, se esconde ese estímulo inmoderado de gastar como posesos, seguramente, para agradecer al Señor la prosperidad que nos avasalla y para mayor gloria de las grandes superficies, de las franquicias, de los outlets, de las ventas online, de las tarjetas de fidelización, de las de crédito y de otras muchas cosas inhumanas que poco tienen que ver con un niño recién nacido depositado humildemente sobre la paja de un pesebre. Vamos, digo yo. Y si no, nunca mejor dicho, que venga Dios y lo vea.
Puede que sea porque me educaron en la absurda idea de gastar el dinero en cosas necesarias; puede que sea porque, con los años, me estoy volviendo menos sociable, más raro, más viejo y más gruñón; puede que sea porque me he pasado las últimas muchas Navidades, y media vida, viviendo en función de los deseos de otros… pero, este ambiente mercantil acompañado de la musiquita navideña, de las luces y de toda la representación que se prepara, me desbarata; tanta reunión familiar tumultuosa, como si el cariño no existiera el resto del año, me repatea; tanto atasco de comilonas y libaciones sin tasa, que se te saltan los puntos de la culera, del cinturón y hasta de la última operación, si los tienes algo recientes, me estraga.
¡Qué tortura! Pero, menos mal. Este año tengo un consuelo, por fin no tengo obligaciones. Por desgracia ya se fueron todos mis mayores y, por primera vez en muchos años, no tengo compromisos de verdadero peso. Me voy de viaje durante estas fiestas huyendo de la quema, claro. Pero, nada de viajes organizados porque entonces no te libras, te atrapan de nuevo y, en cuanto te relajes, te ves en alguna fiesta multitudinaria, conduciendo una conga, medio pedo, con una rubia que te da de tetazos por detrás mientras mueves el culo al compás del propio pedalín y cantas cosas de tanto fundamento como La Piragua de Guillermo Cubillo. Y es que, en cuanto te descuides y por buenos propósitos que tengas, tienes que celebrar la Navidad por narices. No hay salida. Así que el viaje ha de ser un viaje verdadero, como siempre, sin rumbo, como si estos días fueran lo que son: sólo tiempo.

29 noviembre 2009

La tapicería roja


Aquel viejo y yo nos habíamos cogido ley con los años. El afecto hace los lazos que le parece conveniente y te saca parientes que nada tienen que ver con los de los otros lazos, esos que llaman de sangre, y que te vienen dados, sin tu participación ni tu criterio.
Le gustaba, como a mí, el asado de cabrito. Pero no podía comerlo con su familia porque, por esas extrañas fobias que ni él ni yo acertábamos a comprender, a ninguno le gustaba. Por eso ese día le invité en aquel pueblo. Comimos bien, no podía beber vino pero bebió, no debía comer en exceso pero comió, no debía tomar copas pero se tomó la mitad de la mía, me animó a pedir otra, y procedió como con la anterior pero sin pedir copa porque él, me recalcó, lo tenía terminantemente prohibido. El hombre pasó un rato feliz. Y con esa dosis de bienestar que caldea las conversaciones en las sobremesas me contó, animadamente, muchas cosas de su vida, del inicio de su gran negocio, de las peripecias de entonces, de las variadas ratonerías del mundo. En un determinado momento de la conversación recordó el lujosísimo casino de aquel pueblo. Me describió, muy embelesado en ello, cómo era, sus estancias, su mobiliario de lujo, sus elegantes tapicerías rojas haciendo juego con las cortinas de terciopelo del mismo color, las mesas de juego, la biblioteca, el coqueto ambigú, los buenos ratos que había allí pasado, la gente que había conocido, las mujeres… tantas cosas evocó de aquel casino que se le ocurrió que fuéramos a él para tomar allí un café de despedida. Cuando llegamos estaban, precisamente en ese día, desmontándolo todo, arrancando tapicerías y cortinas, sacando zafiamente los muebles o desgajándolos de las paredes con una brutalidad que casi dolía, sin importarles que se astillaran antes de llegar al vertedero. El viejo quedó paralizado viendo como desmontaban su sueño. También yo quedé atónito no sólo por el espectáculo sino por la desgraciada coincidencia. Recogió del suelo un trocito de aquella tapicería roja, lo miró como medio minuto, se lo guardó en el bolsillo y nos dímos la vuelta. Ya no dijo nada hasta que nos despedimos. Con una muda tristeza nos obsequió la causalidad en aquella tarde que no pudo ser feliz del todo sino que, bien mirado, se convirtió en todo lo contrario.
El viejo hace ya años que no está y, yo, cuando paso por aquel pueblo, siempre recuerdo como arrancaron ante sus ojos su mítica tapicería roja.

26 noviembre 2009

El exorcista


El exorcista, franciscano maduro, narra como milagros los cuarenta exorcismos que hizo con éxito. Si fracasó en alguno, lo calla, pues, si le hubiera sucedido, no hubiese sido ocurrencia sensata el hacer tan imprudente publicidad al Enemigo.
Siempre relata minuciosa y cronológicamente los hechos acaecidos, aportando datos muy precisos, fechas, nombres, testigos y referencias. Tal y como conviene en las narraciones serias de estos hechos.
Pero, entremedias de ellos, hay una excepción. Es uno de esos prodigios que, a tenor de la fecha, hizo el primero.
La primera impresión es que se trata de una errata o confusión pero, al citar varias veces la fecha sin variarla, parece que no fue tal. Tampoco lo pone el primero, siendo ésta la única vez que no respeta la cronología. Como si hubiera tenido una distracción, lo mete entre los demás milagros numerándolo, excepcionalmente, con un orden caprichoso.
Por la fecha, lo practicó con tan sólo 19 años. Cosa curiosa, no sólo por lo precoz, sino porque el siguiente, que él numera como primero, lo haría casi a los cuarenta. Siendo ya hombre maduro y de costumbres graves como la jerarquía de la Iglesia recomienda.
Además, en este prodigio, es en el único en el que nuestro concienzudo fraile no puede precisar los nombres de los interesados ni de las familias, cosa rara en él, ni tampoco menciona testigo alguno salvo él mismo.
Recuerda, sin embargo, que la interesada era una moza recién casada, de 20 años, de la que había olvidado nombre y familia, según dice. Ella, obviamente poseída por el Maligno, mostraba, por encima de todo, un gran aborrecimiento a su marido y, cómo no, a todo lo divino.
Por los buenos oficios de nuestro fraile, llevada la moza a una ermita cercana bajo la advocación de una virgen poderosa, consiguió nuestro neófito exorcista su milagrosa sanación.
Solamente cita dos detalles más: que su madre, que había ofrecido una alhaja si la hija curaba, no cumplió después con la promesa ni se supieron las razones de ello; y que la hija, luego de curada, comenzó a querer al marido tanto como antes lo aborrecía.
Por último, cita que, tras los más de veinte años trascurridos, la interesada vive, está bien de salud y mora, felizmente avenida con el marido, en un pueblo cercano.
Me he quedado pensando que la vanidad es tan atrevida como selectiva la memoria. Pensar más cosas sólo sería hacer conjeturas o, peor aún, escuchar los susurros del Engañador al oído. Vade retro.

24 noviembre 2009

Alcarrias y laderas

Con ese falso, pero confortable, sentido de la propiedad, que la soledad y el silencio me regalan, camino por las alcarrias desiertas, tenuemente iluminadas todavía por el primer sol. Asomo a los barrancos y veo las laderas umbrías dormir bajo la escarcha y, mientras me muevo, observo como, entre el sol y la sombra, suelta la tierra un vaporcillo fino, como de humo transparente, vaho de una respiración lenta, latente y casi perezosa.
Contemplo las laderas de color verde mate y gris ceniza y con variados ocres de madera. Están pobladas de olivos que negrean descuidados, casi escondidos entre la maleza que ya nadie escarda, con una maraña de ramas inútiles que ya nadie poda, con el poco fruto que ya nadie recoge. Veo bancales hundidos con los balates medio desmoronados, tainas arruinadas, sin tejas y con las puertas arrancadas, albercas vacías y arpadas, huertos olvidados invadidos de cenizos, carcasas hueras de colmenas viejas, suertes perdidas que yacen como si el manto de la escarcha fuera el velo que tapara su triste abandono. Por contraste, siento en las manos y la cara cómo el aire frío, de la mañana en calma, se templa despacito por el sol amigo. Y me gusta. Por lo demás, silencio. Además, claro, de esa desolación de fuera que pugna por asentarse dentro, como el gusano tenaz de la melancolía.
Qué fue de los pastores y el ruido a esquilas de aquellos rebaños; adónde fue a parar tanta fatiga construyendo piedra sobre piedra aquellas paredes, tainas y bancales desde hace la mitad de media eternidad; qué habrá sido de aquellos hortelanos minuciosos, de aquellos afanosos labradores celosos de sus lindes y mojones; y dónde mirarán ahora aquellos amos cuyos ojos, dicen, engordaban caballos.
Ni siquiera el ronroneo lejano de algún motor contesta. Es lo que tiene el preguntar sandeces, me digo, y sigo caminando mientras me recreo, distraído, entre tanta belleza abandonada. Los descubrimientos tecnológicos del siglo XX nos han hecho creer que es posible vivir de espaldas al medio geográfico. Ya veremos qué pasa, voy pensando.
Tres corzos brincan cerca, asustados por mi súbita intrusión. En cuatro saltos cruzan el barranco y, con la elasticidad asentada en los lomos, ascienden ágiles ladera arriba. Enseñan desde lejos la imagen blanca de sus cuartos traseros y se paran una vez, a observarme, antes de desaparecer. Sólo, a lo lejos, el ladrido sobresaltado del macho rompe la costra de silencio. Lo agradezco.

23 noviembre 2009

Pica, bezoar y energúmenos


Fray Miguel de Yela (1617-1681) en una obra llamada “Aparición y Milagros de Ntra. Sra. del Madroñal” ofrece algunas descripciones del comportamiento de los poseídos por los demonios. Estos relatos son, como mínimo, curiosos, y en ellos un par de cosas me han llamado la atención, seguramente, por el hecho de haberles encontrado una relación aparente con otras.
Por un lado, describe el comportamiento de los poseídos, los energúmenos, quienes experimentaban tal explosión de energía interna, de ahí su nombre, que, por ejemplo, para sujetar a una mujer en el momento de crisis se necesitaban, a veces, ocho hombres y no siempre eran capaces de lograrlo. Que, otras veces, cuando se escapaban corriendo nadie era capaz de alcanzarles y habían de terminar acorralándoles para lograr cogerles y que, en otras ocasiones, para conseguir moverles se necesitaba una fuerza muy superior a la normalmente estimada. Todas, curiosas descripciones de los energúmenos, de las que levantó acta “in verbo sacerdotis” que era su forma de jurar.
Por otro, narra también fray Miguel cómo, a las personas poseídas, una vez liberadas del o de los demonios por obra de Ntra. Sra. del Madroñal, se les provocaban vómitos depurativos con aceites benditos y otros bebedizos, para que echasen de su cuerpo las cosas que los diablos les habían dado de comer. Y así, en muchos casos, ya en el primer vómito echaban hasta media arroba de porquerías: gusanos, cabellos, pellejos y otras cosas maléficas, como azufre revuelto con pelos, alfileres, agujas, monedas, carbones…
No he podido evitar, al leer sobre estos vómitos, el recordar los fenómenos de pica y bezoar que hoy se conocen y se estudian. Por ejemplo, un clásico actual sobre nutrición, el profesor E. Rojas Hidalgo en su libro “¿Qué es una alimentación sana?” Aula Médica Ediciones, 2001, dice lo siguiente:
“La ingestión de substancias con escaso o nulo valor nutritivo constituye una anomalía que suele aparecer accidental o intencionadamente. Por lo general, esta última posibilidad es la más frecuente y aparece en sujetos con alteraciones psíquicas o imbuidos por tradiciones, costumbres o prácticas trasmitidas en familia. Se trata de la pica, distinta de los bezoares que son menos frecuentes y se producen por la ingesta de substancias no digeribles”.
“Los bezoares por ingestión de cabello aparecen en sujetos con trastornos psiquiátricos con hábitos de tricofagia.”
“También se han encontrado bezoares formados por conglomerados de antiácidos (hidróxido de aluminio, sucralfato…), fragmentos de alfileres, uñas, botones y monedas. No es infrecuente encontrar polibezoares constituidos por metal, plásticos, madera, etc. Estos tipos de bezoares suelen aparecer en niños y en individuos psicóticos.”
“La voz pica procede del latín y significa urraca, pájaro que picotea todo. Las personas afectas ingieren substancias no nutritivas que van desde el yeso, pinturas, tizas, gomas de borrar, jabón, cuerdas, ropa, insectos, almidón, arcilla, cabellos… hasta madera, hielo, algodón, papel, cerillas quemadas, piedras, grava, carbón, hollín, ceniza, arena…”
“La pica se observa en niños y es más común si padecen pronunciados defectos mentales. En la edad adulta aparecen más frecuentemente en sujetos histéricos, individuos afectados por infecciones parasitarias y mujeres embarazadas.”
Quizás pueda ser ésta una explicación plausible, aparte de la indudable acción diabólica, a los vómitos descritos por fray Miguel. También podríamos buscar otras más imaginativas o novelescas como, por ejemplo, recordar que bezoar es una voz que, en su origen, significa antídoto. Se consideraba que los bezoares poseían cualidades mágicas y medicinales contra alteraciones y males tan diversos como la senectud, la picadura de serpiente, las plagas y los malos espíritus. Teniendo esto en cuenta y la abundancia de sanadores, curanderas y curieles, así como la superchería imperante en la época, salvada la Iglesia, puede que, cuando los pacientes posesos le llegaran a fray Miguel, hubieran ya pasado por el tratamiento de algunos de ellos.

21 noviembre 2009

El simple secreto de la tierra


La veía todas las mañanas al ir al colegio. Bueno, la verdad es que, poco a poco, averiguando una calle nueva cada día, terminé encontrando aquélla donde vivía y, enseguida, también el portal de la casa que habitaba.
La veía venir, inalcanzable, disimulando mi torpeza de preadolescente mientras disfrazaba aquella emoción desconocida. Después de tantas mañanas, una, reuní la osadía necesaria para volverme a verla tras cruzarme con ella sin mirarla. Quería contemplarla de espaldas, e impunemente verla irse, porque pensaba que a ninguna otra cosa tenía derecho. Me encontré con su cabeza vuelta que, inmediatamente, se giro hacia adelante, igual que hizo la mía instada por un reflejo culpable de vergüenza desconocida y sorprendente.
Y pensaba, por desconocimiento, algo de lo que pienso ahora, por aproximación. Quizás comencé a imaginarlo entonces: a hacerme a la idea de que ellas eran el centro de la tierra.
Con los años reparé en que todos veníamos de una. Que hubo una que nos puso en la tierra y sólo, a través de otras, conseguimos continuar en ella. Como si, de un modo u otro, no se libraran nunca de llevarnos en su seno. Como si su seno fuera nuestro sino involuntario, indispensable, inconmovible: un destino certero.
Puede que, hace muy poco, me viniera el juicio, ese que siempre pensamos que tenemos, y con él la idea de que reside en ellas algo telúrico, como la gravedad, que, sin conciencia nuestra, nos imanta. Un aroma especial que, por adictos, ya ni percibimos. Una invitación tranquila, a veces, o intempestiva, como la necesidad, a entrar donde salimos. A recobrar. A refugiarnos sin saber lo que hacemos, incluso pensando que hacemos lo contrario. Inconscientes, como animales orgullosos pero desvalidos e, incluso, raras veces sensatos.
¿Será el miedo a la intemperie?, me dije, arropándome de cinismo una vez más. Pero viendo a una mujer mover un visillo o correr una cortina, con un gesto grácil de la muñeca, comprendí que son capaces con idéntica facilidad de quitarme los pesares de encima, de ahuyentar los miedos escondidos del que no entiende las cosas importantes que, ellas, por el contrario, llevan escritas en el alma e impregnadas en las manos. Como si en el fondo de nosotros residiera siempre un niño y sus manos, de madres o de amantes, tuvieran la virtud de poseer la calma. Y fueran, por si algo les faltara, maestras de lo desconocido. Y, como compañeras, confidentes y amantes poseyeran, sin saberlo, el simple secreto de la tierra.