03 marzo 2010

Selección natural

Seguramente la norma que rige la evolución de las especies, que rige nuestro destino y el de la vida en el planeta, o sea: la selección natural, es una salvajada. De hecho, hemos pasado la vida defendiéndonos de cuanto nos rodea por mor de esa dichosa ley. Y, por tanto, peleando con virus, bacterias y otros seres de diferente o de la misma especie para sobrevivir.
Hay ya mucha gente, incluso entre los creyentes en el Supremo Hacedor, que piensan que, eso de la selección natural, es cosa que no le salió bien. Porque dejar actuar a la crueldad a sus anchas, de modo que los fuertes preponderen siempre y en todos los campos sobre los más débiles, resulta un poco bochornoso. Con más motivo si se pretende que sea una obra procedente de una inteligencia sofisticada y virtuosa, aparte de con recursos ilimitados. ¿Qué quieren que les diga? Cualquiera que imagine al Supremo Hacedor pues le supone un cierto nivel. No hay explicación por tanto para esta chapuza universal que parece concebida por una mente procedente del fracaso escolar o derivado, como poco, a un ciclo de formación profesional de primer grado, y eso, a fuerza de fuerza.
Bien es verdad que los creyentes, como lo de la selección natural de las especies sólo iba a hacer felices a unos pocos, y encima a los de siempre, se tuvieron que inventar algo complementario para que existiera una segunda ronda de justicia que compensara el salvajismo de la dichosa selección natural. Así surgió la idea del alma inmortal y de la otra vida después de ésta, para intentar paliar todos los desajustes en un futuro prometido y justiciero al fin.
Pero si el SH salió con lo de la selección natural, sus criaturas no le vamos a la zaga y, los hombres, hemos inventado el capitalismo que es, algo así, como el que más chifle capador, el que menos pueda que se joda… una versión económico-social de la selección natural de las especies.
Antiguamente los desbarajustes del capitalismo se intentaban paliar, bajo intercesión de las religiones, mediante la caridad. Sin embargo, lo de la caridad era muy descarado, sobre todo, cuando algunos empezaron a hablar de justicia.
El capitalismo no se arredró y, si eso de la caridad hacía que se le viera mucho el plumero, la cuestión era buscar otro concepto mejor aceptado. Y enseguida lo encontró: la solidaridad. Ya no eras un potentado que dabas pan a los hambrientos o bautizabas chinitos y negritos a troche y moche, te habías convertido en un ser sensible que, conmovido por las humanas desgracias, se volcaba íntimamente en el compromiso de remediarlas. Un modo muy sagaz de pegarle esquinazo a la problemática justicia que, algunos corrosivos disidentes, se empeñaban todavía en echarle a la cara a cualquiera .
Y, como a las religiones se les está viendo tanto el plumero, pues ahora se intenta que la solidaridad la practiquen otras creaciones de reciente factura: las ONGs. Y es que todo es un progresivo aggiornamento, todo son actualizaciones felices, adecuadas derivaciones y, ni siquiera se respetan los significados del idioma, se sacan otros nuevos cuando lo que significan los antiguos ya no nos conviene. Y es que, señoras y señores, fuera del capitalismo, no hay vida.

02 marzo 2010

Compañeros de piso


Estaban encerrados en una jaula cuyos barrotes eran una aleación de distancia, gozo y, si ello fuera imaginable, pánico al amor. Un amor que ni siquiera supieron si podía ser mutuo. Sin embargo, jamás se lo habían planteado de ese modo. Ni lo imaginarían por más veces que se produjeran aquellos encuentros fugaces y furtivos en los que él, apenas concluían, se convertía aceleradamente en fugitivo y ella quedaba siempre defraudada por la ausencia de la cautividad que una conversación íntima y tranquila podría haberle regalado. Eran una combinación de fuga y abandono, cosas que, activa o pasivamente, vienen a producir la misma sensación.
Ella pensaba que él era un ser bárbaro, sincero y lascivo pero reservado, y no podía evitar la atracción que le producía la combinación; él pensaba que ella no había sido nunca bien querida, y que a su orfandad sentimental se le podían añadir las de la carne y la comunicación y que, por eso, necesitaba palabras, sexo y sobre todo aquella empatía de sentimientos más propia de una adolescente, virgen aún en descubrir un amor de igual a igual. Pero por eso la temía y huía de ella con la misma rapidez que voracidad empleaba en acercársele de nuevo cada poco.
Ella reinaba en un reino de desolación y abandono del que, ciertamente, alguna vez fuera la dama, cuando no presagiaba todavía aquel desastre. Pero, sin embargo, su grado había ido asimilándose paulatinamente al de criada ya con poco trabajo y tanto asueto, que padecía la luz de luna de su soledad, siempre en cuarto creciente, cada vez con mayor amargura y desamparo. Vivía como si su tiempo no fuera a ser nunca más de colores, y su olor a alegría de antaño, a perfume y a fruta silvestre, se hubiera tornado en una peste amenazadora a cerrado, a orín rancio, a aire viciado y a la rebaba de los malos recuerdos. Su otrora tenaz pretendiente maduro, se había convertido, con los años, en aquel compañero de piso junto al que se pudría.

15 febrero 2010

Amortizando

Con la sensación de perder el tiempo escribo casi siempre, o con la idea de matarlo, como antes se decía, cuando en realidad es él el que, a fuerza de matarlo, termina acabando con nosotros. Es mi tiempo, me digo, y tal vez no tenga cosa mejor que hacer con él. Al fin y al cabo no hay que amortizarlo, aunque, en sentido etimológico, eso es lo que hacemos con él de un modo u otro. Vivir parece una continuidad sin fin, con sobresaltos sí, pero sin fin. Y acaso, cuando llegue, ni siquiera el fin nos asuste por desapercibido, por imprevisto, por repentino o porque, simplemente, no lleguemos a creerlo.
Este gastar el tiempo, en escribir, puede ser un anudarse a la vida, ensamblar una balsa de ideas que le permita flotar a nuestra identidad, al menos, durante el rato que dura el escribirlas, sobre la superficie, engañosa casi siempre, de la realidad. Como si la escritura pudiera convertirse en el único testigo de que fuimos, un testigo fiable por principio, incapaz de volverte la espalda y de negarte.
Luego la balsa queda a la deriva en ese océano artificial de Internet, para el que la palabra maremágnum se inventó con muchísimos lustros de antelación, y hasta, si nos empeñamos, puede descansar, hecha libro, apilada de lado, en el estante de alguna biblioteca o perdida entre los anaqueles de alguna librería. Y puede que alguna vez, en el mejor de los casos, vaya a dar a las manos de algún desconocido ocioso o tal vez aburrido, o deprimido, o desocupado, o a las de uno que se topa con lo que no busca, o a las de un desganado o un curioso… que deje caer sobre estas líneas una mirada condescendiente, ausente y perezosa, pero que le evidencie, repentinamente, que la estirpe de los solitarios está más extendida de lo que suponía.

10 febrero 2010

El reloj de agua

Hijo mío, somos unos pueblerinos listos. Hemos puesto la naturaleza a nuestro servicio en lugar de padecerla. Nuestras vidas han estado siempre regidas por el agua de los ríos. Ella ha sido la cuerda que ha movido esas muelas de continuo. Éstas han regido nuestras vidas y su trabajo nos ha dado de comer. También han marcado nuestra existencia y la de los que nos precedieron. Son nuestros relojes de agua: los molinos.
Todos nuestros parientes nacieron en aceñas y vivieron en ellas y de ellas. Cuando dejen de moler nosotros también desapareceremos pero, hasta entonces, seguirán marcando nuestras horas. Luego vendrán cosas distintas y la vida será regida por otros latidos ajenos que, seguramente, comprenderemos menos.
El abuelo llevaba razón.

27 enero 2010

Passamento

Conoció por casualidad al portugués. Más exactamente lo encontró. O, tal vez, él decidió conocerle.
Era uno más de los tantos viajes a Portugal. Un viaje usual para un renegado del turismo. Uno más a lugares que va sólo quien quiere y, a veces, si es que los encuentra. Bueno, aunque vaya también quien no quiere: esos que, con la guía de carreteras en la mano, acaban donde no pensaban. Esta vez era una aldea perteneciente al concejo de Torre de Moncorvo, en Tras os Montes.
Con un libro de viajes de José Saramago, avisador de que ningún viaje es definitivo, llegó allí. Apenas puesto un pie en el suelo, apareció el portugués.
- Vienes a Portugal con un libro de ése. Ése no es portugués, es español.
Pronunciada ésta, casi sentencia, sin esperar respuesta, dio media vuelta y se marchó.
Quedó perplejo, pero lo superó. Pensó que de la adoración al odio hay apenas un jeme; vino en su auxilio el dicho de que nadie es profeta en su tierra; y, antes de que se le ocupara la mente con medio refranero, comenzó a caminar a la deriva por las calles empedradas y estrechas de la aldea.
Con la ilusión quebrada, por haber perdido tan inesperadamente al potencial cicerone local, llegó a la pequeña iglesia románica.
Mientras observaba los detalles peculiares del monumento, el portugués apareció de nuevo. Brusca, inopinadamente, inició la conversación, no sin antes despedir con cajas destempladas a la vieja que le estaba dando, al forastero, pistas peregrinas sobre algunas de las figuras más extrañas del templo. Algo debió gustarle al portugués de lo que el forastero dijo, porque se mostró amigable y pareció dispuesto a olvidar, con gran esfuerzo y siempre que no mediara provocación, a Saramago.
Cuando le llevó a su casa vio que ésta era similar a un pazo no demasiado grande. Le presentó a la madre y a la tata, dos ancianas, muy distinguida la primera y callada y servicial la otra. La cortesía que demostraron era más propia de otros tiempos, la hospitalidad también.
Le costó mucho rechazar la invitación de quedarse a comer. Prometió un contacto futuro que cumplió. Sin embargo, se fue sin enterarse de la causa de la inquina mortal al innombrable.
Hace un año murió la tata. Hoy ha muerto la madre del portugués. El extranjero le imagina sólo, desolado, con la melancolía portuguesa acrecentada, en su vieja casa solariega de Tras os Montes y, como en estos casos sobran las palabras, me pidió que escribiera éstas en memoria de su madre. Un pequeño homenaje, un recuerdo, como queriendo acompañar al portugués en la distancia.
No obstante, me dijo que dijera, que su admiración por Saramago sigue intacta. Aunque, contradiciéndole, piensa que algunos viajes son definitivos.

26 enero 2010

La mujer del amante imaginario

Extrañando, una vez más, la ausencia del amante imaginario, se durmió. Soñó que le buscaba por travesías nunca antes transitadas. Navegaba veloz, con turbulencias, a potentes impulsos de corazonadas. Pese a su vehemencia, un latido frío le avisaba certero: él no estaba. Nunca la había abandonado. Jamás, al menos, por tanto tiempo como ahora. Otras veces ella supo intuir donde se hallaba.
Desasosegada, intentó buscarle en otros sueños trasbordando de vertiginosas espirales a laberintos desesperantes, de laberintos a ruedas sin fin, de ruedas sin fin a escaleras de caracol interminables y de éstas a calles brutalmente cerradas, frontalmente candadas: sin salida. Inútilmente se desmadejaba en sus intentos, eran cortinas de silencio y humo frío todas las locas fantasías con que daba.
Dedujo súbitamente lo peor: que no la amara. Y, dormida, lloró lagrimas de vapor y perfume con la ilusión depositada en que aquella esencia, que él tan bien debía conocer, le hiciera regresar a ella con la misma fuerza con que su pasión desesperada se expandía en su búsqueda. Pero nada cambió.
Intentó escribirle una carta hecha de pensamientos pero, hasta ellos, se hicieron los ausentes; los unos se inhibieron, como suelen, pero otros, como atrevidos y volubles lacayos que se prestaban falaces a cualquiera, se burlaron de ella. Esto terminó de desquiciarla. Sólo el sentimiento se mantuvo a su lado, tan mudo como fiel, con su firme y perseverante brillo mineral. Sí, ciertamente, pero incapaz de hablar, como el tarado y obcecado loco que había sido siempre. Valiente compañía le quedaba, se dijo.
Y la mujer del amante imaginario le propuso al aire de la noche que la volviese cerbatana. No pasaría de esa vez, tan pronto apareciera, paralizaría con un dardo de curare el movimiento incesante y voluble de aquel amante volátil y andarín, de aquel amante sin entrañas. Pero, el aire de la noche tampoco le hizo caso y se marchó, con los desocupados pensamientos, a beber el agua del rocío, porque ya venía la mañana y no era hora de tender encerronas a amantes cumplidores, menos aún, si eran imaginarios.

25 enero 2010

Aventuras en un mundo ideal

Parece obvio, pero no es así. No se puede ir uno a atravesar los Picos de Europa, aprovechando el anunciado temporal de nieve, con un chubasquero y un bocata y que, cuando te pierdas, la familia monte el número y tengan que buscarte media docena de helicópteros y un regimiento de la Guardia Civil, más todos los grupos de abnegados voluntarios de la zona.
Por idéntica regla de tres, tampoco se puede ir uno a hacerse el París-Dakar por libre y, cuando te hayas perdido, te hayan robado y te hayan dado por el culo, reclamar que vaya la mismísima Legión a rescatarte y Moratinos a pedir una indemnización a las tribus nativas de la zona.
Es evidente que de estos dos ejemplos, el uno nacional y el otro internacional, habría de tomar nota el personal y no meterse en llamativas aventuras que, por ilógicas que sean, últimamente se han puesto de moda.
Por un lado parece que se lleva empeñarse en cualquier insensatez, como si la Naturaleza pudiéramos volverla virtual a nuestro antojo y como si los recursos de rescate estuvieran creados para nuestra diversión.
Por otro lado, en los últimos años y no me explico la razón, hemos adquirido la idea de que podemos ir por ahí pensando que esa tontería, que se llama ciudadanía europea, nos puede proteger de todo mal y que nuestra flamante monedita lo puede comprar todo. Algo así como si los ricos no pudiéramos ser sino espectadores intocables de las miserias del mundo y las balas no nos pudieran hacer pupa.
Cada día parece más necesario recordar a la gente que vivimos en un mundo donde, además de “Mira quien baila”, “Ana Rosa”, “Corazón, corazón” y la realidad virtual que desborda las pantallitas de nuestros portátiles y móviles, hay zonas peligrosas, temperaturas extremas, países prácticamente sin ley, lugares donde la corrupción reina, guerrillas, terroristas, delincuencia y además, claro, otras cosas más elementales como: ríos, mares, cadenas montañosas y mil enfermedades, contratiempos y meteoros (lluvias, nevadas, vendavales…) que se pueden presentar inesperadamente, amén de animales que comen carne, incluso europea, o que son venenosos o que nos pueden contagiar enfermedades… en fin, que el mundo no es precisamente como irse al crucero de Vacaciones en el Mar.
Un poco de sensatez, porque, ustedes me perdonarán, pero, si no, la única alternativa que se me está ocurriendo es fundar otra ONG, la de los gilipollas en apuros sin fronteras.

24 enero 2010

Los santos inocentes

Cualquiera puede padecer las consecuencias de situaciones que no creó. De hechos de los que ni siquiera fue conocedor hasta alcanzar cierta edad. Extrañas herencias de familia que pasan de unas generaciones a otras con mayor certeza que la fortuna real y los bienes inmuebles. Pero el mundo es así y, sin tener arte ni parte, cualquiera puede verse inmerso en algunas situaciones incómodas en las que no se sabe, ni bien ni mal, por dónde empezar, qué hacer, ni qué decir.
En 1984 frecuentaba Madrid y lo frecuentó por un periodo largo.
Por casualidad entró una tarde en un cine de la Gran Vía y vio una película que se estrenaba por entonces. Se trataba de “Los santos inocentes”, dirigida por Mario Camús y basada en la novela del mismo título de Miguel Delibes.
“Los santos inocentes” era, a su juicio, una película excelente. La había visto varias veces y, siempre, con delectación. Le parecía un buen ejemplo de cómo, desde las innumerables historias pequeñas de la vida de cada cual, puede hacerse una historia general, comunitaria que roce lo sublime. Pero el objetivo de este artículo no es abundar en las virtudes de una película ya alabada, suficientemente, por tantos otros con mucho mejor criterio que el suyo. Tampoco pronunciarse, como me dijo, contra esa mayoría de cine sin sustancia que la publicidad nos echa encima a diario. Por tanto, volviendo al argumento, repetiré, lo más fielmente que pueda, lo que me dijo:

Es una historia triste y amarga. La guerra civil que se vivió en España del 1936 al 39 dejó, tras su desenlace, múltiples coletazos. Casi todos ellos consiguieron mantener anclados artificialmente a los españoles en el siglo XIX como, por otro lado, parece que fue la intención de quienes la iniciaron, sublevándose contra la república en defensa de sus intereses particulares y con abierta aversión hacia una sociedad más igualitaria que veían, con desdén y fastidio, aproximarse.
No es la historia, que narra la película, algo grandilocuente ni pretencioso y, menos aún, reivindicativa de derecho alguno. Es sencillamente la descripción de lo que pasaba en uno de los muchos latifundios que en España son y han sido. Una historia de los que estaban acostumbrados a tenerlo todo y de los que, a su pesar, hubieron de seguir acostumbrados a vivir a su sombra, y bajo su dominio, indefinidamente. En ella, los detalles, las actitudes, las palabras y los gestos, les eran a muchos terriblemente familiares, a veces, con la obscenidad de lo aparentemente intrascendente, otras, con el disimulo de una pretendida nimiedad, y, casi nunca eran dignos de las personas los matices, a no ser los pocos que se desprendían de la ignorada y diminuta dignidad que los pobres, en su párvulo ámbito, podían permitirse.
Eso sí, durante el film, todos esos detalles son continuos, variados y martilleantes, como si el destino los hiciera inevitables, como si ése fuese el sino de los desgraciados, y el mundo que describe fuera tan inmutable como el paso del tiempo. Sin embargo, todos eran innegablemente ciertos, conocidos y socialmente aceptados. Así habían de ser las cosas o, al menos, así se esforzaban los poderosos en que lo pareciera.
Todas estas cosas, en conjunto, hacen de la película, evidentemente ficción, un retrato certero de la realidad sobada por la que tantos españoles habían transitado sin remedio, sin solución y sin salida. La película globalmente es, tal vez, más cruel que esos documentales donde se ven ejecuciones que truncan bárbaramente vidas pero que no nos dicen nada de lo que había tras de cada una.
A medida que el espectador se ve inmerso en el drama, se ve también atrapado, como un pájaro caído en una trampa de liga, en un mundo de sensaciones, sentimientos, pasiones y desamparos que no pueden soslayarse y que atenazan al sujeto como sólo lo pueden hacer las mejores obras de arte. Le trasfieren, le hipnotizan. Son esas obras las que transmiten un convencimiento estético que, a la vez, se percibe incompatible con la propaganda o el engaño. Porque, para los que ya tenían años, estaba hecha con numerosas piezas del rompecabezas que guardaban en la memoria más cercana.
Así que para muchos, aquellos personajes, los avatares entre los que se movían sin remedio, y el ambiente en que lo hacían, eran una lección sobre la historia reciente, difícil de digerir y aun de tragar. Sin embargo, todos habían visto algunos detalles de la misma, más o menos cercanos, y sabían que había sido así. No había vuelta de hoja.

La película le impresionó de tal manera que, de vuelta a su ciudad, le habló de ella entusiasmado a un buen amigo. Éste había nacido en 1939, en una familia numerosa y humilde. Había pasado por muchos trabajos, por estrecheces y fatigas. No había podido estudiar más que lo imprescindible y para un niño de familia pobre, en plena postguerra, lo imprescindible fue apenas nada. Lo que sabía lo había ido aprendiendo con la vida y, por aquel entonces, trabajaba en una fábrica. Por su parte, él había nacido doce años después, en una familia acomodada, sin grandes problemas o, al menos, nunca comparables con los de la familia de su amigo. Pese a la diferencia de edad y a las otras, ambos habían congeniado y se llevaban bien desde que se conocieron. Bien podrían no haber pasado de ser simplemente conocidos, pero terminaron siendo buenos amigos.
Tanto insistió a su amigo con la película, que le convenció para ir a verla juntos. No tanto por volverla a ver él, aunque tampoco le importaba, cuanto porque su amigo no se perdiera una película, a sus ojos, tan extraordinaria.
Durante la proyección estuvo nervioso, deseando no perderse, más que la película, las reacciones de su amigo. Éste, sin embargo, permaneció mudo, inexpresivo e inmóvil a lo largo de la proyección.
Cuando salieron, él iba radiante, maravillado de nuevo por lo visto, y su amigo extrañamente callado y taciturno. Le insistió para que se pronunciase y le contase las emociones y acaso las memorias que la película le había suscitado. El otro tardó bastante en romper su mutismo y, cuando lo hizo, fue para decir algo que le dolió profundamente, tanto que le dejó mudo por un rato, aunque, aparte del silencio, no dejó traslucir ninguno de los penosos sentimientos que le invadieron.
Vino a decirle, más o menos, que de qué se extrañaba, que muy bien cuadraban los señoritos que salían con la gente de su propia familia y hasta añadió que, quizás, el peor de ellos, era un fiel reflejo de su abuelo.
Pasaron los años y un día, que volvieron a hablar del tema, su amigo le dijo:
- Nunca se sabe como nos hubiéramos comportado otros en el pellejo de tu abuelo, porque, tal vez, hubiésemos sido aún peores.
Y le quedó la duda de si con esas palabras quiso suavizar el comentario de tantos años antes o si lo terminó de rematar. Sin embargo, recabando información sobre su abuelo, lejos de rebatir las palabras de su amigo, llegó a la desoladora conclusión de que éste tenía razón. Su abuelo, mal que le pesara, había sido uno de aquellos señoritos. Claro, evidentemente, no fue la culpa suya, pero eso era otro cantar.

21 enero 2010

Carta abierta a una esposa diputada

Querida Mª Mercedes del Arco Iris:
Estarás de acuerdo conmigo en que, durante todos estos años de matrimonio, he procurado tratarte tan correctamente como he podido. En ningún momento te he hecho siquiera pregunta alguna cuya respuesta pudiera haberte resultado difícil de articular o responder y, mucho menos, he tenido contigo un comportamiento abusivo en ninguno de los sentidos. Todo en mí ha sido respeto a la dignidad de tu persona y a tu albedrío.
Nosotros éramos y somos personas religiosas. ¿Tanto te habría costado seguir manteniendo la fe o, al menos, la costumbre? Tú sabes que nuestra religión es comprensiva para todo lo humano, siempre, naturalmente, que el interesado ponga de su parte un arrepentimiento frecuente y espontáneo. Y que, de ese modo, se arreglan, y han venido arreglándose desde siglos, las conciencias. Porque el perdón, al lavar las culpas, se lleva entre su bendita espuma la mala rebaba que dejan los errores humanos, por placenteros que éstos sean. ¿Es que no has participado nunca de esto? ¿Es que no lo has entendido? ¿Tanto te costaba seguir estas normas útiles y sencillas?
Por otro lado, ¿qué necesidad tenías de criticar tan estentóreamente las infidelidades de nuestros vecinos políticos de allende los mares? ¿Qué necesidad tenías de significarte de aquella manera? Claro, ahora lo comprendo, era un modo de reforzar mi idea y la de cuantos nos rodeaban de tu propia integridad suprema. Un disimulo cínico, uno más de los que ahora se me hacen evidentes y que, por tu mala cabeza, nos han arrastrado hasta aquí. ¡Señor, qué falta de tacto!
Quizás pensabas que no sería yo capaz de entender tus deseos. ¿Cómo has podido tenerme por tan torpe, inhumano, imprevisor y estúpido? ¡Qué falta de confianza! Nada más lejos de la realidad. Nuestros primeros años de casados fueron felices y así los recuerdo. Tras ellos, logramos situarnos en una buena posición en el partido. Sin embargo, soy consciente de que, para nuestras relaciones personales, los años sucesivos supusieron un desgaste. Tantas reuniones, tantas ausencias, tantos días cada uno por su lado, tantas noches solitarias, tanto sacrificio por el partido y en pro de la nación… Yo conocía, querida, cómo no, tu temperamento ardiente. ¿Crees que no llegaron a mis oídos tus escarceos con Miguel Aidapus, tu compañero diputado? Sin embargo, sabía que lo importante era preservar nuestra relación. Ningún escándalo iba a beneficiar nuestro futuro político pero, mucho menos, a destrozarlo, si de mi responsabilidad y entereza dependía. Tantos sacrificios no podían empañarse por los polvos pasajeros de unas debilidades esporádicas. Porque pasajero había de ser el asunto, siendo Aidapus ultraconservador, como nosotros, y casado. Así que me sacrifiqué y, no sólo no te hice un solo reproche, sino que ni siguiera te formulé pregunta alguna. Lo nuestro estaba por encima de esas nimiedades, de esos rumores que, malintencionadamente, me hacían llegar de modo reiterado. Ni siquiera merecía la pena el molestarte.
He de reconocer, sin embargo, que me incomodó infinitamente más el asunto en el que te enredaste con el carnicero. Al principio me pareció que fue un “aquí te pillo, aquí te mato” porque, claro, os lo montasteis en la trastienda de la carnicería, entre vísceras y olores a despiece y a sangre, y me pareció un capricho brutal y zafio, pero pasajero también, debido a la voluptuosa líbido siempre tan imaginativa y caprichosa. Pero, claro, cuando llegó a mis oídos que las sesiones pasaron a las tardes noches de los martes y los jueves, en el apartamento vacío que el carnicero tenía en Alcobendas, pues me supo mal. Otra cosa no puedo decirte, me sabes incapaz de mentir y menos aún de disimular. Sí, me supo muy mal. Aquello tenía visos de formalidad y, esas cosas, derivan y se hacen emocionales. Tú no deberías haber permitido que ocurriera. Además, eso de que los encuentros duraran un mínimo de tres horas me llenó de justa indignación por la… por la… por la enorme... la enorme banalidad de… de tu proceder, maldita sea.
Claro, por irresponsable, pasó lo que tenía que pasar: te vinculaste afectivamente a él y cuando, por desgracia, naturalmente, murió, no pudiste resistir la tentación de echar una mano a su hijo.
Seguramente ahora te darás cuenta de tu error. El muchacho, al principio, aceptó encantado y se vio respaldado por tu influencia como edil y diputada y por los fondos que le procuraste. ¿Ves cómo el peligro es el afecto? ¿Ves cómo te implicaste profesionalmente en cuanto los afectos mediaron? Si hubieras hecho como con el padre, simplemente sexo, las cosas no habrían llegado a estos extremos.
Y, considera, cómo la inconsecuencia de tus acciones y tu afán desmedido de placer, que no es malo, mezclado con afecto, que todo lo enturbia, han dado lugar a este escándalo en el que nos vemos implicados y del que tu mismo amado quiso salirse, antes de que estallara, diciéndote que tenía un cáncer de cojones.
Y, ya termino, lo peor de todo es que tengo que dimitir porque la gente no se cree que un alto cargo como yo no supiera durante tantos años lo que pasaba contigo. Lógicamente inducen que, si lo sabía, mis tragaderas exceden las tallas morales al uso y no soy digno de liderar partidos ni gobiernos. Y, si me fingiera ignorante, aún me despreciarían más y se negarían a seguir en manos de semejante tuerceesquinas.
Así que ya ves, querida, el mal al que nos has avocado y en qué tesitura me has puesto. ¡Con lo bien que estábamos! ¿Pero qué necesidad teníamos de esto?
Buscaremos un equipo de abogados y un buen y reputado médico psiquiatra. A ver si lo tuyo puede pasar por una adicción mezclada con desequilibrios mentales; y lo mío por un amor irrefrenable, que todo lo disculpa. Vamos, algo así como lo de doña Juana La Loca. Al menos un precedente histórico tenemos. Pero, hija, en menudo papelón que me has metido. A veces pienso que lo suyo es que tú fueras hombre y yo fuera mujer. Hay más costumbre.
Con ese amor idealista y desinteresado que aún te guardo, desde mi retiro espiritual, te deseo una pronta recuperación, querida.
Tuyo siempre.
Tu Pete.

19 enero 2010

El resentimiento

El resentimiento no es consciente y, algunas veces, se lleva encima tan grabado como el iris de los ojos. Puede brotar en cualquier situación intrascendente y, sin apercibirnos, nos traiciona y muestra de nosotros aspectos que creíamos ocultos u olvidados. Los psiquiatras, y otros de su gremio, tienen habilidad para descubrir el efluvio de tales sentimientos, porque salen de nosotros con la misma sencillez que el perfume trasciende de su frasco. Pensamos que nuestro propio olor, la personalidad, impregnado en la piel sobre ese tan desagradable del resentimiento, lo trasformará y nos protegerá al enmascararlo. Pensamos que hay algunos aromas que combinan bien con nuestra piel a tal efecto. Sin embargo, hay otros que profundamente desentonan y desprenden un tufo inesperado y sorprendente. Hay quienes notan en él la emanación de los odios enquistados, de esos odios de los que, si pudiéramos, haríamos bien en desprendernos. Si lo consiguiéramos, sería más fácil mantener ese halo suave, estable, siempre deseado: el del equilibrio.

18 enero 2010

Entrevistas casuales

Juanito fue toda su vida un vividor en sentido figuradamente literario porque, todos los que vivimos, lo somos en sentido literal. Golfo, corrupto, infiel, oportunista, fumador, bebedor, irónico, gracioso y, en general, advenedizo tardío, pero con voluntad, a vicios más modernos, descubiertos ya en la vejez. Tenía el buen Juanito más tachas que un discurso político. Sin embargo, por esas coincidencias, casualidades, naturaleza, genética o vaya usted a saber, llegó Juanito, sin ningún buen propósito ni mérito propio, a una edad provecta.
Sobrevivió, sin lealtad alguna, a amigos formales, a queridas, a amantes pasajeras, a parejas convencionales y amigas de vida muy sana, a muchos conocidos adheridos temprana o tardíamente a las prácticas deportivas, a la mayoría de sus contemporáneos pendientes del colesterol, a sus amigos médicos que tanto y tan bien le aconsejaban, y… por sobrevivir, sobrevivió incluso a su mujer, tan comedida ella. Y, sí, se vio solo y viejo, cuidado por un par de mujeres inmigrantes a las que metía mano, sin demasiado disimulo ni entusiasmo, por una especie de acuerdo tácito: a cambio de darles carta blanca para organizar fiestas multirraciales en su piso y tolerarles, parcialmente, controlar sus finanzas. Todo, claro está, interactivo y con consenso.
Toda su vida fue una burla a lo convencional, a lo correcto, a las buenas costumbres, al amor verdadero, a las religiones, a lo predicado como sano, a los políticos… como si fuera un adelantado, un diplomático de la República de la Burla, del Reino del Escepticismo, de la Dictadura de la Carne, del Caudillaje de los Placeres, de la Confederación de los Vicios…
Y, descendiendo a lo trivial, era el que más chistes contaba en los velatorios y el que, indefectiblemente, hacía alguna proposición velada, bueno, más o menos, a las recientes viudas que quedaban, según su criterio y gusto, aún en buen uso.
Harto de comer y beber, una noche de Navidad, mientras un hatajo de familiares cantaban villancicos, ebrios de espíritu navideño y gregario y también de copas, se salió conmigo a la terraza de su casa y, tras mofarse de las vicetiples y de los tenores navideños, de los que hizo una descripción cruel, pormenorizada e irónica, nos tomamos, de postre y para bajar la cena en medio del fresquito reinante, un par de botellas de champán. No cejó, mientras duraron las libaciones, de descojonarse, con mi aquiescencia más bien atónita, de la población de tontos que pululaban por el mundo. Eso me dijo, al menos, mientras me ilustraba con ejemplos sacados de su ajetreada y larga vida.
Era yo joven entonces, pero su actitud me llamó la atención porque me parecía, paradójicamente, el más normal de los adultos que me rodeaban. Opuesto a toda la teatralidad que se les da a tantos actos de la vida, a los que se reviste de una pretendida trascendencia, me pareció un tipo normal. Alguien que tenía más claras las cosas que el común de los vecinos.
Estaba amaneciendo cuando nos recogimos y, con las primeras luces del alba escarchada, aparecieron por el parque, al que daba su terraza, tres corredores jadeando con pinta de atletas abnegados.
- ¿Dónde vais? ¡Gilipollas! ¡Qué os vais a morir igual, pero más cansaos! –les espetó.

13 enero 2010

Ablación no, circuncisión sí

Me sorprende que la ablación del clítoris esté perseguida en Europa mas no lo esté la circuncisión. El clítoris se considera, y es, el órgano fundamental del placer sexual en la mujer, pero parece que el prepucio sea un trozo de piel sobrante que conviniese quitar por higiene. No es así, en el prepucio hay una gran concentración de terminaciones nerviosas y su doble labor de protección y fricción con el glande es la fuente de placer que primero descubre el niño. Además no puede admitirse que el clítoris o el prepucio sean una tara de nacimiento con la que la humanidad entera viene al mundo.
Ambas amputaciones, hechas en la infancia y por motivos religiosos, me parecen contranaturales, limitadoras del placer, preventivas de la masturbación, tan denostada por las religiones y, aunque la ablación del clítoris en la mujer sea más radical, no entiendo como nadie se pronuncia contra la circuncisión, que es también el mismo sinsentido, y, sino tan profunda en la eliminación del placer, no menos salvaje. Pero claro, de mayor, nadie echa de menos lo que no tuvo de niño.

07 enero 2010

Cuarto menguante

Cuando la alegría entre en cuarto menguante; cuando el cuerpo olvide lo que era resistencia y aprenda lo que es fragilidad; cuando las compañías de tu vida se vuelvan infantiles; cuando te adopten las hijas que nunca tuviste; cuando el dolor no sea novedad sino monotonía; cuando la noche tenga por hermana la vigilia; cuando la frontera entre el sueño y la vida esté borrada; cuando en los rostros de quienes te rodean veas sólo el reflejo de lo absurdo; cuando lo inesperado sea rutinario; cuando la marea de la vida te llegue a la barbilla; cuando la única cabeza amiga, que te quede, desbaratada, no te reconozca; cuando la vieja rutina de dormir se convierta en un hecho memorable; cuando repares en que hasta tu sombra se ha hecho quebradiza; cuando los razonamientos, las respuestas y el silencio sean la misma cosa; cuando la impavidez sea la única muestra que des de sufrimiento, será el cariño, si lo tuviste alguna vez, todo y, a la vez, lo único que te quede dentro. Cuando ese sentimiento exhales, da igual ya que el corazón palpite, te habrás muerto.

20 diciembre 2009

Serena

Era una excelente profesional. Muy discreta, eficiente y querida. En la capital de provincia, donde vivía, dejaba solos a sus hijos, ya criados, y a su marido cuando, dos o tres veces al año, se pasaba tres o cuatro días en Madrid. Al marido, ajeno por completo a su vida, le decía que había de ir a un curso de algo, necesario para su trabajo, y él quedaba conforme, pastueño, como el buey suelto que bien se lamía desde siempre. Bueno, ella sabía que, siempre que no le importunara, su marido se quedaba conforme con cualquier cosa. Ella era, para él, terreno firme, tierra conquistada, un derecho viejo.
La relación con él era más un recuerdo de otros tiempos que algo que ocurriese a diario y estuviese vivo. Eso sí, la rutina, de comer y cenar en casa juntos, a veces con los chicos, hacía parecer que todo era como debía ser, una familia. Pero ella sabía que el tiempo, entre los dos, había llegado a estar vacío, como tierra de nadie, como una frontera montañosa a alturas heladas que estuviera dibujada en un mapa. Algo así.
Mientras viajaba en tren hacia Madrid, iba Serena recordando los momentos en que su marido, entonces un maduro pretendiente, se interesó por ella. Reconoció que él, con su solvencia, sus aires de poder, sus muestras de respeto, se fue haciendo poco a poco con su consideración. Deslumbró a la niña presumida que fue. Influyó, sobre todo, que el resto de sus pretendientes o amistades fuesen muchachos de su edad, casi todos sin un duro, y, casi todos también, con la única y vehemente pretensión de llevarla a la cama. Al principio le daba un poco de reparo que aquel hombre ajeno a su juventud, discordante con su lozanía, anduviera tras de ella. No se imaginaba siquiera con él en la cama, hasta en su imaginación algo raspaba. Fue su insistencia, la de él, su seguridad, sus deferencias y, ahora lo comprendía, su propia impericia, el cúmulo de causas que mermaron su resistencia ante aquel ser tan ajeno a ella. Al fin cedió y se casaron. Los primeros años fueron de atenciones, de detalles, sobre todo al quedarse embarazada de los dos hijos. Pero aquellos años pasaron fugazmente, como en un suspiro, y su vida se volvió monótona, como un bostezo. La rutina era la reina de sus días. Con los dos hijos, tuvo la sensación de haber hecho ya todo en la vida y, su marido, despreocupado, no consideraba, ni siquiera imaginaba, que Serena pudiera tener una vida propia que escapase al manto de su tutela acomodada y anodina. Ni por un momento pensó que le estuviera dando una vida inicua y ella, mansamente acostumbrada, no pensó que su vida pudiera ser de otra manera.
Era tanto su tedio que, en secreto, comenzó a escribir relatos pornográficos. Y no sólo eso: volvió Mauricio a su cabeza. Aquel adolescente tonto que la pretendió, obnubilado por su belleza juvenil, inflamada de lozanía inconsciente y altanera, y al que ella despreció siempre por insignificante, por pertinaz, por enajenado, por bobo, por altruista memo y juvenil y por alucinado. ¿Qué habría sido de él?

01 diciembre 2009

Diatriba anual contra la Navidad

Hoy ha sido el primer día en que los villancicos me han atormentado como suelen. ¿Será que es uno de diciembre, será que no los he oído antes, será que este año todavía no había yo caído? Pues bien, es empezar a oírlos y me descompongo. Lo siento, no es mi intención ofender a los que les gusta la Navidad, que deben ser miles de millones. Por mí, que se diviertan cuanto puedan.
Ya teníamos la nuestra de toda la vida, con la Noche Buena, la Pascua, el Belén, los Santos Inocentes, la Noche Vieja y los Reyes Magos, que no es moco de pavo, de pavo navideño, claro. Pues no. Ahora, y ya desde hace unos cuantos años, también Papá Noel con sus trineos, sus renos y su puto vicio de comprar regalos para todos, se ha incorporado. Porque, bajo el enternecedor y nostálgico espíritu de la Navidad, se esconde ese estímulo inmoderado de gastar como posesos, seguramente, para agradecer al Señor la prosperidad que nos avasalla y para mayor gloria de las grandes superficies, de las franquicias, de los outlets, de las ventas online, de las tarjetas de fidelización, de las de crédito y de otras muchas cosas inhumanas que poco tienen que ver con un niño recién nacido depositado humildemente sobre la paja de un pesebre. Vamos, digo yo. Y si no, nunca mejor dicho, que venga Dios y lo vea.
Puede que sea porque me educaron en la absurda idea de gastar el dinero en cosas necesarias; puede que sea porque, con los años, me estoy volviendo menos sociable, más raro, más viejo y más gruñón; puede que sea porque me he pasado las últimas muchas Navidades, y media vida, viviendo en función de los deseos de otros… pero, este ambiente mercantil acompañado de la musiquita navideña, de las luces y de toda la representación que se prepara, me desbarata; tanta reunión familiar tumultuosa, como si el cariño no existiera el resto del año, me repatea; tanto atasco de comilonas y libaciones sin tasa, que se te saltan los puntos de la culera, del cinturón y hasta de la última operación, si los tienes algo recientes, me estraga.
¡Qué tortura! Pero, menos mal. Este año tengo un consuelo, por fin no tengo obligaciones. Por desgracia ya se fueron todos mis mayores y, por primera vez en muchos años, no tengo compromisos de verdadero peso. Me voy de viaje durante estas fiestas huyendo de la quema, claro. Pero, nada de viajes organizados porque entonces no te libras, te atrapan de nuevo y, en cuanto te relajes, te ves en alguna fiesta multitudinaria, conduciendo una conga, medio pedo, con una rubia que te da de tetazos por detrás mientras mueves el culo al compás del propio pedalín y cantas cosas de tanto fundamento como La Piragua de Guillermo Cubillo. Y es que, en cuanto te descuides y por buenos propósitos que tengas, tienes que celebrar la Navidad por narices. No hay salida. Así que el viaje ha de ser un viaje verdadero, como siempre, sin rumbo, como si estos días fueran lo que son: sólo tiempo.

29 noviembre 2009

La tapicería roja


Aquel viejo y yo nos habíamos cogido ley con los años. El afecto hace los lazos que le parece conveniente y te saca parientes que nada tienen que ver con los de los otros lazos, esos que llaman de sangre, y que te vienen dados, sin tu participación ni tu criterio.
Le gustaba, como a mí, el asado de cabrito. Pero no podía comerlo con su familia porque, por esas extrañas fobias que ni él ni yo acertábamos a comprender, a ninguno le gustaba. Por eso ese día le invité en aquel pueblo. Comimos bien, no podía beber vino pero bebió, no debía comer en exceso pero comió, no debía tomar copas pero se tomó la mitad de la mía, me animó a pedir otra, y procedió como con la anterior pero sin pedir copa porque él, me recalcó, lo tenía terminantemente prohibido. El hombre pasó un rato feliz. Y con esa dosis de bienestar que caldea las conversaciones en las sobremesas me contó, animadamente, muchas cosas de su vida, del inicio de su gran negocio, de las peripecias de entonces, de las variadas ratonerías del mundo. En un determinado momento de la conversación recordó el lujosísimo casino de aquel pueblo. Me describió, muy embelesado en ello, cómo era, sus estancias, su mobiliario de lujo, sus elegantes tapicerías rojas haciendo juego con las cortinas de terciopelo del mismo color, las mesas de juego, la biblioteca, el coqueto ambigú, los buenos ratos que había allí pasado, la gente que había conocido, las mujeres… tantas cosas evocó de aquel casino que se le ocurrió que fuéramos a él para tomar allí un café de despedida. Cuando llegamos estaban, precisamente en ese día, desmontándolo todo, arrancando tapicerías y cortinas, sacando zafiamente los muebles o desgajándolos de las paredes con una brutalidad que casi dolía, sin importarles que se astillaran antes de llegar al vertedero. El viejo quedó paralizado viendo como desmontaban su sueño. También yo quedé atónito no sólo por el espectáculo sino por la desgraciada coincidencia. Recogió del suelo un trocito de aquella tapicería roja, lo miró como medio minuto, se lo guardó en el bolsillo y nos dímos la vuelta. Ya no dijo nada hasta que nos despedimos. Con una muda tristeza nos obsequió la causalidad en aquella tarde que no pudo ser feliz del todo sino que, bien mirado, se convirtió en todo lo contrario.
El viejo hace ya años que no está y, yo, cuando paso por aquel pueblo, siempre recuerdo como arrancaron ante sus ojos su mítica tapicería roja.

26 noviembre 2009

El exorcista


El exorcista, franciscano maduro, narra como milagros los cuarenta exorcismos que hizo con éxito. Si fracasó en alguno, lo calla, pues, si le hubiera sucedido, no hubiese sido ocurrencia sensata el hacer tan imprudente publicidad al Enemigo.
Siempre relata minuciosa y cronológicamente los hechos acaecidos, aportando datos muy precisos, fechas, nombres, testigos y referencias. Tal y como conviene en las narraciones serias de estos hechos.
Pero, entremedias de ellos, hay una excepción. Es uno de esos prodigios que, a tenor de la fecha, hizo el primero.
La primera impresión es que se trata de una errata o confusión pero, al citar varias veces la fecha sin variarla, parece que no fue tal. Tampoco lo pone el primero, siendo ésta la única vez que no respeta la cronología. Como si hubiera tenido una distracción, lo mete entre los demás milagros numerándolo, excepcionalmente, con un orden caprichoso.
Por la fecha, lo practicó con tan sólo 19 años. Cosa curiosa, no sólo por lo precoz, sino porque el siguiente, que él numera como primero, lo haría casi a los cuarenta. Siendo ya hombre maduro y de costumbres graves como la jerarquía de la Iglesia recomienda.
Además, en este prodigio, es en el único en el que nuestro concienzudo fraile no puede precisar los nombres de los interesados ni de las familias, cosa rara en él, ni tampoco menciona testigo alguno salvo él mismo.
Recuerda, sin embargo, que la interesada era una moza recién casada, de 20 años, de la que había olvidado nombre y familia, según dice. Ella, obviamente poseída por el Maligno, mostraba, por encima de todo, un gran aborrecimiento a su marido y, cómo no, a todo lo divino.
Por los buenos oficios de nuestro fraile, llevada la moza a una ermita cercana bajo la advocación de una virgen poderosa, consiguió nuestro neófito exorcista su milagrosa sanación.
Solamente cita dos detalles más: que su madre, que había ofrecido una alhaja si la hija curaba, no cumplió después con la promesa ni se supieron las razones de ello; y que la hija, luego de curada, comenzó a querer al marido tanto como antes lo aborrecía.
Por último, cita que, tras los más de veinte años trascurridos, la interesada vive, está bien de salud y mora, felizmente avenida con el marido, en un pueblo cercano.
Me he quedado pensando que la vanidad es tan atrevida como selectiva la memoria. Pensar más cosas sólo sería hacer conjeturas o, peor aún, escuchar los susurros del Engañador al oído. Vade retro.

24 noviembre 2009

Alcarrias y laderas

Con ese falso, pero confortable, sentido de la propiedad, que la soledad y el silencio me regalan, camino por las alcarrias desiertas, tenuemente iluminadas todavía por el primer sol. Asomo a los barrancos y veo las laderas umbrías dormir bajo la escarcha y, mientras me muevo, observo como, entre el sol y la sombra, suelta la tierra un vaporcillo fino, como de humo transparente, vaho de una respiración lenta, latente y casi perezosa.
Contemplo las laderas de color verde mate y gris ceniza y con variados ocres de madera. Están pobladas de olivos que negrean descuidados, casi escondidos entre la maleza que ya nadie escarda, con una maraña de ramas inútiles que ya nadie poda, con el poco fruto que ya nadie recoge. Veo bancales hundidos con los balates medio desmoronados, tainas arruinadas, sin tejas y con las puertas arrancadas, albercas vacías y arpadas, huertos olvidados invadidos de cenizos, carcasas hueras de colmenas viejas, suertes perdidas que yacen como si el manto de la escarcha fuera el velo que tapara su triste abandono. Por contraste, siento en las manos y la cara cómo el aire frío, de la mañana en calma, se templa despacito por el sol amigo. Y me gusta. Por lo demás, silencio. Además, claro, de esa desolación de fuera que pugna por asentarse dentro, como el gusano tenaz de la melancolía.
Qué fue de los pastores y el ruido a esquilas de aquellos rebaños; adónde fue a parar tanta fatiga construyendo piedra sobre piedra aquellas paredes, tainas y bancales desde hace la mitad de media eternidad; qué habrá sido de aquellos hortelanos minuciosos, de aquellos afanosos labradores celosos de sus lindes y mojones; y dónde mirarán ahora aquellos amos cuyos ojos, dicen, engordaban caballos.
Ni siquiera el ronroneo lejano de algún motor contesta. Es lo que tiene el preguntar sandeces, me digo, y sigo caminando mientras me recreo, distraído, entre tanta belleza abandonada. Los descubrimientos tecnológicos del siglo XX nos han hecho creer que es posible vivir de espaldas al medio geográfico. Ya veremos qué pasa, voy pensando.
Tres corzos brincan cerca, asustados por mi súbita intrusión. En cuatro saltos cruzan el barranco y, con la elasticidad asentada en los lomos, ascienden ágiles ladera arriba. Enseñan desde lejos la imagen blanca de sus cuartos traseros y se paran una vez, a observarme, antes de desaparecer. Sólo, a lo lejos, el ladrido sobresaltado del macho rompe la costra de silencio. Lo agradezco.

23 noviembre 2009

Pica, bezoar y energúmenos


Fray Miguel de Yela (1617-1681) en una obra llamada “Aparición y Milagros de Ntra. Sra. del Madroñal” ofrece algunas descripciones del comportamiento de los poseídos por los demonios. Estos relatos son, como mínimo, curiosos, y en ellos un par de cosas me han llamado la atención, seguramente, por el hecho de haberles encontrado una relación aparente con otras.
Por un lado, describe el comportamiento de los poseídos, los energúmenos, quienes experimentaban tal explosión de energía interna, de ahí su nombre, que, por ejemplo, para sujetar a una mujer en el momento de crisis se necesitaban, a veces, ocho hombres y no siempre eran capaces de lograrlo. Que, otras veces, cuando se escapaban corriendo nadie era capaz de alcanzarles y habían de terminar acorralándoles para lograr cogerles y que, en otras ocasiones, para conseguir moverles se necesitaba una fuerza muy superior a la normalmente estimada. Todas, curiosas descripciones de los energúmenos, de las que levantó acta “in verbo sacerdotis” que era su forma de jurar.
Por otro, narra también fray Miguel cómo, a las personas poseídas, una vez liberadas del o de los demonios por obra de Ntra. Sra. del Madroñal, se les provocaban vómitos depurativos con aceites benditos y otros bebedizos, para que echasen de su cuerpo las cosas que los diablos les habían dado de comer. Y así, en muchos casos, ya en el primer vómito echaban hasta media arroba de porquerías: gusanos, cabellos, pellejos y otras cosas maléficas, como azufre revuelto con pelos, alfileres, agujas, monedas, carbones…
No he podido evitar, al leer sobre estos vómitos, el recordar los fenómenos de pica y bezoar que hoy se conocen y se estudian. Por ejemplo, un clásico actual sobre nutrición, el profesor E. Rojas Hidalgo en su libro “¿Qué es una alimentación sana?” Aula Médica Ediciones, 2001, dice lo siguiente:
“La ingestión de substancias con escaso o nulo valor nutritivo constituye una anomalía que suele aparecer accidental o intencionadamente. Por lo general, esta última posibilidad es la más frecuente y aparece en sujetos con alteraciones psíquicas o imbuidos por tradiciones, costumbres o prácticas trasmitidas en familia. Se trata de la pica, distinta de los bezoares que son menos frecuentes y se producen por la ingesta de substancias no digeribles”.
“Los bezoares por ingestión de cabello aparecen en sujetos con trastornos psiquiátricos con hábitos de tricofagia.”
“También se han encontrado bezoares formados por conglomerados de antiácidos (hidróxido de aluminio, sucralfato…), fragmentos de alfileres, uñas, botones y monedas. No es infrecuente encontrar polibezoares constituidos por metal, plásticos, madera, etc. Estos tipos de bezoares suelen aparecer en niños y en individuos psicóticos.”
“La voz pica procede del latín y significa urraca, pájaro que picotea todo. Las personas afectas ingieren substancias no nutritivas que van desde el yeso, pinturas, tizas, gomas de borrar, jabón, cuerdas, ropa, insectos, almidón, arcilla, cabellos… hasta madera, hielo, algodón, papel, cerillas quemadas, piedras, grava, carbón, hollín, ceniza, arena…”
“La pica se observa en niños y es más común si padecen pronunciados defectos mentales. En la edad adulta aparecen más frecuentemente en sujetos histéricos, individuos afectados por infecciones parasitarias y mujeres embarazadas.”
Quizás pueda ser ésta una explicación plausible, aparte de la indudable acción diabólica, a los vómitos descritos por fray Miguel. También podríamos buscar otras más imaginativas o novelescas como, por ejemplo, recordar que bezoar es una voz que, en su origen, significa antídoto. Se consideraba que los bezoares poseían cualidades mágicas y medicinales contra alteraciones y males tan diversos como la senectud, la picadura de serpiente, las plagas y los malos espíritus. Teniendo esto en cuenta y la abundancia de sanadores, curanderas y curieles, así como la superchería imperante en la época, salvada la Iglesia, puede que, cuando los pacientes posesos le llegaran a fray Miguel, hubieran ya pasado por el tratamiento de algunos de ellos.

21 noviembre 2009

El simple secreto de la tierra


La veía todas las mañanas al ir al colegio. Bueno, la verdad es que, poco a poco, averiguando una calle nueva cada día, terminé encontrando aquélla donde vivía y, enseguida, también el portal de la casa que habitaba.
La veía venir, inalcanzable, disimulando mi torpeza de preadolescente mientras disfrazaba aquella emoción desconocida. Después de tantas mañanas, una, reuní la osadía necesaria para volverme a verla tras cruzarme con ella sin mirarla. Quería contemplarla de espaldas, e impunemente verla irse, porque pensaba que a ninguna otra cosa tenía derecho. Me encontré con su cabeza vuelta que, inmediatamente, se giro hacia adelante, igual que hizo la mía instada por un reflejo culpable de vergüenza desconocida y sorprendente.
Y pensaba, por desconocimiento, algo de lo que pienso ahora, por aproximación. Quizás comencé a imaginarlo entonces: a hacerme a la idea de que ellas eran el centro de la tierra.
Con los años reparé en que todos veníamos de una. Que hubo una que nos puso en la tierra y sólo, a través de otras, conseguimos continuar en ella. Como si, de un modo u otro, no se libraran nunca de llevarnos en su seno. Como si su seno fuera nuestro sino involuntario, indispensable, inconmovible: un destino certero.
Puede que, hace muy poco, me viniera el juicio, ese que siempre pensamos que tenemos, y con él la idea de que reside en ellas algo telúrico, como la gravedad, que, sin conciencia nuestra, nos imanta. Un aroma especial que, por adictos, ya ni percibimos. Una invitación tranquila, a veces, o intempestiva, como la necesidad, a entrar donde salimos. A recobrar. A refugiarnos sin saber lo que hacemos, incluso pensando que hacemos lo contrario. Inconscientes, como animales orgullosos pero desvalidos e, incluso, raras veces sensatos.
¿Será el miedo a la intemperie?, me dije, arropándome de cinismo una vez más. Pero viendo a una mujer mover un visillo o correr una cortina, con un gesto grácil de la muñeca, comprendí que son capaces con idéntica facilidad de quitarme los pesares de encima, de ahuyentar los miedos escondidos del que no entiende las cosas importantes que, ellas, por el contrario, llevan escritas en el alma e impregnadas en las manos. Como si en el fondo de nosotros residiera siempre un niño y sus manos, de madres o de amantes, tuvieran la virtud de poseer la calma. Y fueran, por si algo les faltara, maestras de lo desconocido. Y, como compañeras, confidentes y amantes poseyeran, sin saberlo, el simple secreto de la tierra.

20 noviembre 2009

El santero


“…el Diablo, Satanás, y los otros demonios fueron por naturaleza creados buenos por Dios, pero se volvieron malos por su culpa…” (IV Concilio de Letrán)


El santero era un hombre viejo pero enteco. Poco pelo, barba poblada, blanca hacia abajo y negra en la boca, solía ir de hábito con una especie de sobrepelliz que recordaba a los gabanes alentejanos. Entre sus manos grandes y huesudas un devocionario sobado y de pastas grasientas encontraba seno, aunque nadie le vio nunca leerlo ni tampoco soltarlo. Con el gesto grave, fruncido el ceño, la mirada intensa y persistente, no era hombre que gastase muchas palabras ni saludos y parecía que, más que boca, necesitaba exclusivamente la mirada para decir lo que quería. A su ermita, cuando anochecía, acudían los pobres de pedir: pordioseros de pueblo, mendigos de ciudad. Los niños le tenían miedo y rara vez se acercaban a los alrededores de la ermita.
Un perro lobo grande y más flaco que gordo vivía con él, amarrado, durante el día, a la reja de una ventana, suelto por las noches. El perro no ladraba y estaba alerta con las orejas tiesas de continuo y sólo se deshacía de temor y sumisión cuando el santero se acercaba. En su presencia se pegaba al suelo y, si ésta persistía más de lo habitual, se orinaba.
Se decía que los pobres habían de darle parte de sus limosnas para gozar del improvisado albergue en que convertía cada noche la cueva donde la ermita se ubicaba. Aún más bajo, casi en un susurro, comentaban que, si había alguna mujer, la metía con él en los aposentos de la ermita y se cobraba de ella la caridad que le hacía. Pero ellas lo negaban porque les daba de cenar, les convidaba a vino y porque no querían que otro día no les recibiera.
Ioana era demasiado joven para hallarse en aquella situación. Mas, extranjera, sin familia, en mitad de aquella crisis y habiendo ya probado todo se encontró por primera vez sin nada: casa, comida, dinero, amigos. Aquella noche la pasaría en el improvisado albergue, después, agotadas todas las posibilidades, haría lo que menos deseaba: intentaría volver a su país.
El rijoso santero reparó enseguida en ella cuando sus ojos ávidos miraron a la miserable concurrencia que para aquella noche tenía esperando. La juventud de la muchacha no era frecuente entre las hordas de pobres que había conocido. El viejo, de inmediato, le ordenó que pasara a sus dependencias cerrando tras de ella la puerta, dejando que todos los demás se organizaran a su suerte en aquel antro ahumado de la cueva. Cegado por la deslumbrante frescura de la muchacha no les pidió siquiera, aquella vez, el acostumbrado donativo para pasar la noche. El grupo de indigentes se organizó, haciendo de la improvisación una virtud, y los más veteranos hicieron fuego en una esquina y se agolparon todos con mantas, sacos y abrigos en la cueva que, al poco, ya se había caldeado. Sacaron sus pedazos de pan, sus cajas de vino peleón, sus latas de conservas, sus trozos de embutido y cuantas sobras les habían dado por las casas del pueblo cercano. Y con aquella cena compartida sellaron un trato de amistad que duraría, al menos, para aquella noche. Ninguno se durmió sin haber cenado algo y, todos lo hicieron, protegidos por aquella solidaridad tan frágil como pobremente sellada. Pero a la especie humana le basta poco para sentirse bien.
Nacida en Sibiu, al pie de los Cárpatos rumanos, Ioana estaba acostumbrada al frío seco y denso de las montañas y también, y eso lo pensó mirando al viejo, a los hombres maduros obsesionados por mujeres jóvenes y solas. Los ojos del santero le habían hablado en el idioma viejo que ella conocía desde niña. Sabía de cabo a rabo lo que quería. Pero no sentía miedo alguno porque se sabía protegida. Recordó a su abuela, la vieja Hebe, y, metiendo la mano en el bolso lo notó. Allí estaba. Había estado a punto de venderlo pero la vieja le había dicho que no se deshiciera de aquello, que aquel amuleto había acompañado a las mujeres de su familia desde que ella tenía memoria. Sintió el frío del metal y su tacto sedoso y se serenó.
Miró al santero. El deseo casi le hacía babear. Había perdido esa fachada mística con la que tan bien sabía dignificarse. Ahora parecía simplemente lo que era: un viejo baboso ansioso por palpar su carne joven. Se volvió a él. Notó como su seguridad le hacía detenerse asombrado por una falta de sumisión que hasta entonces no había conocido. Le miró a los ojos fríamente. Los ojos oscuros del santero brillaban como ascuas, pero la mirada directa y fría de Ioana pareció que enfriaba aquel fuego. El santero titubeó. Se detuvo en su camino a ella. La mirada de la mujer parecía una barrera insalvable. El santero acababa de notarlo. Temió que sus deseos no se cumplieran pero, cuando aquella mirada casi le había helado, vio como la joven mujer, tranquilamente, comenzaba a desnudarse con toda naturalidad, como lo haría si fuera a darse un baño o a cambiarse de ropa. No había en sus movimientos ningún extraño, ninguna brusquedad, no salió de su boca una palabra y, bajo la ropa que se iba quitando, aparecieron las redondeces de un cuerpo perfecto, moldeado, con toda la gracia de las curvas puras, sin arrugas, iba apareciendo su cuerpo firme y sereno con la misma rutina cotidiana que el sol por la línea del Este.
Desnuda como el día se plantó ante el viejo. Éste, impresionado tanto por la belleza de la mujer como por su actitud, quedó indeciso. Lo primero que hizo temblorosamente fue dejar el devocionario, que nunca salía del seno de sus manos, sobre la mesa. Luego, llevado por las prisas ante el regalo inesperado que tenía delante, se puso nervioso y no supo si desnudarse o abalanzarse en directo sobre aquel cuerpo tentador. Entonces Ioana, sin vacilación alguna, sacó el amuleto de su bolso aprovechando aquella indecisión y levantándolo ágilmente lo dejó caer sobre el devocionario del santero. Quedó éste clavado en la mesa, atravesado de parte a parte por el puñal de plata de Ioana. Tenía una hoja ancha con un grabado de dos serpientes enlazadas a lo largo de ella. Tembló el santero al contemplarlo clavado en su devocionario. Miró aterrado a la mujer ante el destello de aquella plata.
Ella, desnuda, sin pudor alguno, con las piernas ligeramente abiertas y los brazos en jarras, mostrando ostentosamente la gravidez atrayente de su pecho y el pelo rizado de su pubis le espetó con dureza:
- Ven aquí y veamos, viejo, lo que sabes hacer. Si me complaces puede que te lleve conmigo a Transilvania.
El santero rompió a temblar. Miró el devocionario pero no se atrevió a recogerlo. Retrocedió y salió de la estancia. Atravesó aterrado el recinto de la cueva ante las miradas extrañadas de los pobres que yacían al amor del fuego. Buscó al perro en la noche oscura y en su única compañía pasó la noche. El animal, que por una vez le perdió el miedo, le prestó su calor hasta el amanecer. A la mañana siguiente marchó el santero con el perro y nunca más se les volvió a ver.

19 noviembre 2009

Cercanías


La palabra le llenaba de sugerencias. Al principio le pareció sacada de alguna estación. De esas estaciones de olor inconfundible que los trabajadores llenan de prisas con el amortiguado amanecer de cada día. De esos andenes que visitan algunos desocupados para disfrutar sabiéndose a salvo del mundo afanoso del trajín. O, quién sabe, quizás para añorarlo. Porque las personas no se calman con tener, porque el tener sabe a pasado, y lo placentero es desear, sentir la incertidumbre cosquilleante de lo que puede suceder o no. Y ahí se encontró con el tablón cruzado del refrán, cerrándole el camino: “Es mejor tener que desear”. Y se dijo, qué chata es la vida, para qué cortedades nos educan.
Luego pensó en otras cercanías. En cercanías sin andenes. En cercanías, eso sí, con esperas, con esperas largas y sabias. En la cercanía de algunos seres que se dan a quien quieren porque son seres voluptuosos. Iba a decir sin conciencia. Pero no es eso, es que su conciencia no la quieren para separar lo bueno de lo malo, como decía el manual de instrucciones que les dieron, sino lo placentero de lo ordinario. Nada ordinario les da placer y tienen claro que desean vivir una vida extraordinaria en sentido literal. Hay veces que se encuentran esas cercanías y son como una vida nueva dentro de otra. La vida de personas que se te regalan.
Sí, la palabra cercanías le agradaba. Era una palabra que, casi, le daba calor. El calor de esas confidencias tan reconfortantes como el sexo o, quizás fueran, una parte ignorada de él. Una parte tan intensa y sutil que los censores del mundo, aplicados a lo obvio, se olvidaron de penalizar y quedó suelta para que quienes sepan encontrarla la degusten. Eso sí, con la condición de no quedársela, ni profanarla divulgando cosas tan sagradas. Esa cercanía pide implícita renuncia a la propiedad. Ese pilar brutal de esta cultura nuestra que se empeña, obtusa, en tener pero no en desear.

15 noviembre 2009

La canción más triste

Había que reconocer que don Abilio era un hombre excéntrico. No hacía falta tener la agudeza de un medidor de tendencias, ni la finura intelectual de un experto en encuestas, para percatarse, a más de cien metros, de que era un señor muy extravagante.
Lo primero que se apreciaba era lo inusual de su vestimenta: riguroso terno oscuro y capa española, con sombrero negro a veces. De cerca, se imponía su corpulencia, su obesidad algo torpe y el deslizarse de ese cuerpo de navío por las aceras, dejando a su paso, a cada lado, sendas estelas de pestín a sudor más o menos rancio. Carrilludo de cara, estaba su cabeza redonda coronada por una calvicie de las que dejan el cráneo brillante, casi pulido, que destellaba al sol gracias a esa grasilla protectora que la piel sabiamente dosifica. Intentaba paliar su miopía con unas gafas de cristales tan gruesos que quedaba la duda de si por ellos llegaría a ver algo o eran, solamente, tapaderas para sus ojos de topo. Pero, sobre todo, eran esas gafas de cristales recios, concéntricos y que parecían superpuestos, las que le mostraban más alejado del mundo que cercano a él.
Era profesor de filosofía y, tal vez por ello, hombre ensimismado, que hablaba poco y que, de habitual, mostraba un aspecto pensativo. Cualidades todas que no le impidieron, ya en la cincuentena, fijarse en una alumna suya menor de edad y meterla en casa. Mas, como vivía con su anciana madre, que se opuso a sus amores y repropió su comportamiento, resolvió el asunto prescindiendo de ella. La ingresó por ahí en un asilo, vamos, en una palabra, la sacó de su vida.
No eran esas todas sus rarezas. También se hizo famoso, sobre todo, por dirigirse por la calle a cualquiera para preguntarle de sopetón, como me hizo a mí, sobre las cuestiones más inesperadas.
- ¿Cuál cree usted que es la canción más triste?
- Pues no sé decirle.
Un mes después, cuando daba yo por olvidada la cuestión, me paró de nuevo.
- La he encontrado.
- ¿El qué?
- La canción más triste.
Y, tras rogarme que reflexionara sobre ella, me la cantó a voz en grito:
“Ya no vienen los que antes venían
a cantar al alba con gran devoción
los gaiteros se han marchado a Estella,
los tamborileros para Castejón.
Nos han dejao solos a los de Tudela
por eso cantamos de cualquier manera,
nos han dejao solos los de Castejón
Arriba la bota, arriba la bota, arriba el porrón”

Recalcó especialmente lo de “Nos han dejao solos a los de Tudela”. Y debo decir, para dejar los hechos bien claros, que don Abilio, aunque gastaba capa más buena que mala, no era bebedor.

05 noviembre 2009

El amanecer de la contradición


Amanecía lentamente, como amanece siempre, sólo que, con aquel frío intenso y seco, parecía que el día estuviera aquejado de una pereza en blanco y negro, de una grisura extraña y hueca, que sólo tienen algunas mañanas especiales de invierno en la meseta. El campo, blanco como si hubiese nevado, estaba tan silencioso que parecía huérfano de cualquier atisbo de vida. El aire helado no se movía, como si pesara más que de costumbre y toda aquella atmósfera parecía nueva e irreal, igual que un regalo envuelto y aún sin estrenar. Tal vez, pensó, apenas durante un segundo, que justo la hora del amanecer fuese la más fría del día. Seguro, se dijo.
La escarcha brillaba, espesa, dura y densa, con las primeras luces, recubriéndolo todo: el suelo, las hierbas, las matas, las cortezas de los árboles, los olivos, los rastrojos, las viñas, los cardos… hasta el hielo de los charcos con una capa polvorienta, escamosa y crujiente. Ésta crepitaba bajo sus botas haciendo que, en aquel silencio, le pareciese que el sonido podía oírse a mil metros y que producía un estrépito innecesario y escandaloso en aquel vacío que, más que roto, parecía profanado por sus pisadas intempestivas. Sin embargo, embobado por el espectáculo, se quedó absorto un largo rato observando aquel panorama que se le antojaba irreal, imaginario, casi fantasmal y, sobre todo, estático y suspendido en el tiempo. No se atrevía a moverse porque le parecía que, de hacerlo, se desbarataría aquel encantamiento, aquella visión casi sobrenatural.
Caviló en que, de no ser por su afición por la caza, se habría perdido aquel espectáculo y también tantos otros similares como en sus días de madrugador de la escopeta había visto. Y fue una de las veces en que padeció lo contradictorio de aquella pasión. Aquella mañana en el paraje de Cerro Pozo, lindando con Valdelhombre, se le quedó grabada para los restos. Y, aunque se sacudió la impresión de la cabeza, siempre le quedó en ella la cuestión de por qué un hombre, capaz de apreciar aquellos sublimes espectáculos y emocionarse ante ellos, tenía, luego, sangre fría para disparar. Contradicciones. Pero, entonces, sólo quería cazar y esquivaba todo pensamiento que le desviase de su ardiente deseo. Sin embargo, la duda, ahí quedaba, en estado latente. Aunque él quisiera ser entonces ciego y sordo y, además, se empeñara en ello hasta el extremo.
Aquella noche había dormido mal. Como siempre que tenía una jornada de caza al día siguiente se la pasó calculando, sobre el terreno ya conocido, dónde estarían las perdices al amanecer, donde volarían según el día y qué ocurriría si por las causas que fueren, ese día, habían trastocado sus querencias y no las hallaba donde suponía. La maquinaria de su cabeza tenía todo previsto aunque, sobre el terreno, tenía prestancia y rapidez para cambiar de rumbo en un momento dado, si la caza lo exigía. Pasó la noche imaginando. Y, como siempre, lo último que imaginó fue cuáles serían y dónde estarían, en ese momento, los animales que, por su causa, habrían de estar muertos al día siguiente, apenas unas horas después. También se preguntaba en base a qué los hombres nos habíamos adjudicado jurisdicción sobre todos los seres vivos de la tierra. Pero, nuevamente, como esos pensamientos estorbaban su loca pasión, los desechaba. Pero ellos se quedaban allí, como garrapatas, agarrados a su conciencia.
El día de antes había avisado a Luis, el encargado de La Dádiva. Tal como Gaudeano le había dicho, para que no se alarmase si oía tiros.
Había dejado el coche a tres kilómetros, mucho antes de que amaneciera, porque no quería que nadie estuviera esperándole cuando volviera a él.
Conociendo el terreno palmo a palmo, se había adentrado en el coto hasta la linde más lejana al caserío, desde donde los tiros apenas se sentirían.
Sólo llevó un macuto del ejército con dos litros de agua, la canana de treinta tiros y una reserva de otros cincuenta, porque nunca estaba de más que sobraran cartuchos. Había decidido despedirse de aquella finca en condiciones.

04 noviembre 2009

Morir de éxito


No era un experto en relaciones públicas pero, aún no siéndolo, cada vez le quedó más claro que, si no hubiera sido por Gaudeano, aquellos otros tres jamás le habrían invitado y, menos todavía, permitido que se codeara con ellos. Así que no era de Gaudeano de quien tenía que ganarse los favores sino de Laureano y los demás. Dicho de otro modo, tenía que halagar a quienes no le querían, en lugar de, como sería lógico, corresponder a su benefactor. Y, dándose cuenta de la contradicción, volvió a su cabeza aquel viejo refrán, casi tan viejo como la lengua castellana: “Manos besarás que quisieras ver cortadas”. Y se dio cuenta entonces de la verdad que contenía.
Viendo que, con tal de cazar en La Dádiva, tragaba con todo, le fueron convirtiendo gradualmente en el chico de los recados. Era cada vez más normal, para aquellos señores acostumbrados a dirigir empresas, que le dieran instrucciones tan específicas y directas como éstas:
- Ya sabes, como siempre, subes arriba del todo y llevas la mano alta un poco adelantada, pero despacio, metiendo ruido y dándote a ver. No olvides el ir despacio, dándoles tiempo a las perdices a que se vayan descolgando ladera abajo.
Ellos, esperaban, en diagonal, repartidos a lo largo de la cuesta y colocados siguiendo la querencia de los pájaros, a que, levantados por el de los mandados, éstos pasaran hacia abajo siguiendo la línea de sus escopetas.
- Métete tú por los terrones y mira a ver si las vuelas hacia los olivos, por entre los que iremos nosotros más tapados.
Los terrones solían estar, en otoño, semi encharcados y caminar por ellos era penoso por ir continuamente anclado al terreno, casi clavando un palmo de cada pierna en él, a cada paso que se daba. Sin embargo, las perdices, espantadas por su presencia y con poco escondite en los terrones, volaban con presteza fuera. Ellos, cubiertos entre los olivos, y sobre terreno firme, las veían metérseles encima sin tener que sudar como caballos atascándose por aquellos lodazales.
- Nosotros nos quedaremos aquí, abiertos en abanico, como de puesto. Tú entra al cerro, tomándole el giro de lejos y dale la vuelta despacio a ver si nos las metes encima. ¡Ah, y procura dar voces, no se te vuelvan hacia atrás!
Y así, sin disimulos, le mandaban ya de ojeador abiertamente y, encima, dando voces. Bien sabía las pocas oportunidades que tenía de disparar él.
- Tú coge la mano de la linde, por si acaso…
Aquellos “por si acaso” eran de lo más hirientes, pues significaban, ya de antemano, que no se esperaba que perdiz alguna volara hacia él.
De este modo lo tuvo siempre claro. Se había convertido en algo así como un esbirro a las órdenes de aquellos tres porque, Gaudeano, aunque era bueno, no era tonto y, en cualquier caso, allí estaban aquéllos para impedirle que lo fuera. El advenedizo era un auxiliar, un chico para todo. Sin embargo, tanto se divertía, con tanta fuerza le tiraba aquella pasión ciega por la caza, que nada le pesaban los ninguneos y los abusos, cada vez mayores, de aquellos hacendados.
Sin embargo, como además de la afición, en la vida cuenta mucho la práctica, a fuerza de tirar a perdices casi siempre largas, cogió práctica en ello y llegó a quedarse con perdices verdaderamente difíciles. A ello le ayudó un cambio de escopeta. No comentó el cambio, ni sus compañeros, tan pendientes como estaban de sí mismos, se percataron. Dejó su escopeta a un amigo y, ese amigo, le dejaba a él una escopeta paralela de Victor Sarasqueta padre, algo antigua y pesada, pero muy bien equilibrada, con unos cañones extra largos y el máximo de choque en ellos. Una escopeta que su amigo se compró, por el prestigio de la marca, pero que nunca le fue de utilidad por lo poco que abría en las distancias normales. A él, como enseguida tuvo ocasión de comprobar, le vino de maravilla para poder abatir alguna perdiz, en la misión que los señoritos le encomendaban cada domingo. Como lo normal era ver las perdices pero, casi siempre, fuera de tiro o al límite, aquella escopeta que plomeaba tan bien y se encaraba tan rápido le vino que ni pintada. Por añadidura comenzó a usar plomo de quinta, bastante más grueso que el habitual, de séptima, en su meta de matar perdices largas. Eso tampoco lo comentó con los señoritos pues, seguramente, les habría parecido poco deportivo. Así se evitó los comentarios.
A los demás, tan encima les metía los pájaros, que llegaron a tirar con cañones cilíndricos o del mínimo choque para abatirlos con más facilidad. Él lo supo porque les gustaba alardear de sus escopetas Purdey, como ya se dijo, con dos juegos de cañones y para cuyo pedido, contaban, había que esperar más de seis meses, por ser armas hechas por manos artesanas y ninguna igual a otra.
Ese fue, sin embargo, el comienzo de su caída en desgracia. A aquellos tres señores, aquellos tiros impensables, aunque inicialmente alabados como excepcionales, cuando empezaron a ser frecuentes y, no digamos, cuando se hicieron habituales, les llegaron a descomponer sin que pudieran disimularlo.
Así que, como a veces se dice, se puede morir de éxito. El advenedizo comenzó a hacerlo tan bien, tirando a las perdices largas, que el trío dirigente empezó a presionar, cada vez más fuertemente a Gaudeano, para que dejara de invitarle a la finca.
Fue aquel último domingo, antes de Navidades. Tomaron las cañas de después de la caza y Laureano, Licinio y Julián se marcharon. El advenedizo y Gaudeano se quedaron tomando la espuela.
Gaudeano, tras dos temporadas cazando e invitándole, le veía tan engolosinado que le daba pena no quedar ya con él para el siguiente desvede. Por otro lado, no podía resistir por más tiempo las presiones de los otros y, fundamentalmente, las de su hermano. Por eso, ese último domingo antes de aquellas Navidades, en las que ellos ya dejaban de cazar en La Dádiva, cuando se quedaron solos, le dijo:
- ¿Dónde vas a cazar estas fiestas?
- Pues en lo libre, como siempre.
- Es que la temporada que viene vamos a cazar muy poco en la finca, para que se repueble –pretextó- y seguramente no saldremos más que algún que otro domingo mi hermano Laureano y yo, –mintió- así que si te apetece venirte un par de días por la finca estas Navidades, tú solo, a pegar cuatro tiros…
El advenedizo comprendió que, al fin, las presiones de los otros tres sobre Gaudeano habían hecho mella en él. Lo comprendió. Milagro había sido que aquello hubiera durado dos temporadas. Además, el buen Gaudeano, quiso darle un par de días extra y en solitario para que se despidiera de la finca. Era más de lo que había esperado y mucho más de lo que había imaginado aquel día de pesca en que se lo presentaron dos veranos atrás. Pero, claro, no podía ser. Aunque hubiera ido los jueves a cazar a lo libre como siempre, para que no se le olvidase lo que era la caza normal, había cazado como un señorito los domingos de dos temporadas. Nunca lo hubiese soñado.
El advenedizo, fingiendo que no había acusado el golpe, le agradeció sinceramente a Gaudeano el par de días extra. Y Gaudeano, dando el mal trago por pasado, le dijo que avisase a Luis, el encargado de la finca los días que fuera, para que éste no se alarmase por los tiros.

01 noviembre 2009

El día de Todos los Santos


Al parecer tal día como hoy solía celebrarse la festividad de Todos los Santos. Y es que había santos conocidos pero también, se llegó a la conclusión, de que los había desconocidos. Y esto no es cosa mía, que lo dice la misma Santa Madre Iglesia. A mí esto me pareció siempre muy bien y, de verdad, tenía razones para ello.
Primeramente, porque, por una vez, la Iglesia se declaraba, con humildad ejemplar, ignorante y desconocedora de algo sacro, aunque sólo fuese un triste censo y, por tanto, se inhibía y no decía la última palabra sobre el tema, como tiene por costumbre. Y miren, seriamente, para mí estas cosas son de agradecer.
Además, de este modo, la Iglesia se consideraba, por una vez, imperfecta en algo. Pues, ni siquiera ella, tan sobrada de medios, podía hacer, como es debido, un arqueo, estadística, estadillo o inventario de todos los santos que en el mundo han sido. Y, pues claro, si es natural.
Por otro lado, qué gusto para esos santos ignorados que, quizás, fueron santos con menos medios y más merecimientos que otros, que se estableciera un día para ellos, siquiera uno: el día del santo desconocido. Que, para el caso, aunque no lo anuncien así, viene a ser lo mismo. ¿No les parece?
Claro que, al mismo tiempo, la Iglesia, con mucha vista, que todo hay que decirlo, puso este día también por otras razones. Me explico: porque si, pongamos por caso, a un buen cristiano se le olvidaba honrar a, es un decir, San Celedón, en el día de su cabal fecha, pues no pasaba nada. Lo único que tenía que hacer, el buen cristiano, era dedicarle sus honras el día de Todos los Santos y éste, Celedón, las recibíría con carácter retroactivo y no se quedaba sin ellas. ¿Ven qué fácil? Ahí estuvieron listos los padres de la Iglesia. Fue como poner un sustituto a todas las fechas. Así se evitó la caída de veneraciones por olvido. Y muy bien, porque eso fue dar facilidades al culto que falta hacía.
Otra cosa, que se quiso resolver con la instauración de este día, fue el overbooking de santos que se produjo en el año natural. Piénsese que al principio, la iglesia, era una empresa humilde, con altas miras, sí, pero modesta y, claro, no tenía más que unos pocos santos, que si los evangelistas, que si los apóstoles… bueno, poco más que la alineación de un equipo de fútbol y casi sin suplentes. Sin embargo, con el paso de los años y el incremento de la plantilla, por el triunfo de la fe, pues llegaba un día y ¡hala’, que han martirizado a doscientos; ¡ahí va!, que han echado trescientos a los leones; ¡toma ya! , que han crucificado a otros seiscientos…. Y así. Por un lado, todos los que participaban de la misma fe, estaban contentos de pertenecer a una iglesia tan seria y de tanto éxito pero, las cosas como son, se quedaron en cuatro días sin calendario con tanto mártir y tanto santo. Luego, ya, pusieron procesos de canonización para impedir el acceso al santoral en cuatro días, y los abusos de venga de santos y de mártires, porque aquello es que ya no parecía serio. Así que, en este aspecto, pues, qué quieren que les diga: otro acierto. Si es que no se puede decir otra cosa.
Eso sí, hay algo que no me convence. Y, lo digo como lo siento, lo veo como un fallo: que a los santos, sólo los nombran ellos, o sea, la jerarquía eclesiástica. ¿Pues no están viendo los fallos que cometen? ¿Pero es que no ven que ellos mismos han tenido que poner esta festividad porque la cosa se les iba de las manos? Pues, hombres de Dios, pidan colaboración. Yo creo que debían dejarnos nombrar santos también a los que no somos religiosos, porque, si algunos nos parecen santos a nosotros, que somos unos descreídos, imagínense lo que habrían de parecerles a la gente piadosa. Sería infalible.