02 abril 2009

Caballerosidad


Acabado su trabajo en la residencia, hecho el silencio y entrada ya la noche, Lázaro se encaminó al burdel para llevar a término lo que, según lo comunicado a Mansoz en su último informe, sería su última visita al local. Ese día sería el día del cierre definitivo de su colaboración informativa con la policía y el del final de los ingresos de Lázaro a cuenta, según todos los indicios, del erario público.
Según caminaba hacia el tugurio, que se ubicaba al otro lado de la ciudad, le dio tiempo a pensar. Iba Lázaro ponderando lo correcta y desapasionadamente que había razonado. Cómo se estaba apartando oportunamente de todo aquello y cómo, de un modo educado, tranquilo y agradecido, se las había arreglado para salir caballerosa y educadamente de la red que Mansoz le había preparado. Tal como las cosas se habían puesto no debía continuar en su labor de confidente. Iba pensando que, tal vez, Mansoz no fuera tan ruin como pensó en un principio pues le había dejado, pese a las tentaciones pecuniarias inherentes al trato, la posibilidad de un abandono discreto, digno y anónimo de sus actividades. Pero dejando a Mansoz, iba Lazaro úfano de sí mismo por cómo, después de casi un año engolosinado por ese bienestar económico tan muelle, había sido capaz de no perder el tino y seguir los dictados de su buen criterio. Y es que Lázaro aún tenía confianza en la palabra de los hombres, a la que sin probadas razones tenía por sagrada, y lo mismo le ocurría con la caballerosidad que hasta los más truhanes, pensaba el infeliz, reservaban para los que tenían por iguales.
Al entrar en el bar, apenas traspasado el umbral y en cuanto los camareros le vieron, notó como uno de ellos, tal vez un tanto precipitadamente, se fue escaleras arriba. Sin duda subió para avisar al encargado. No le extrañó, era lo normal cuando se presentaba en el local los días acordados, todos los fines de mes en el último año.
Tenía ganas de orinar por lo que pasó a los servicios que descubrió el primer día. Todo seguía en el mismo estado de asquerosa decrepitud y suciedad. Orinó y, apenas se había lavado las manos con mucha prevención en el lavabo menos roto, buscó algo limpio con lo que secárselas pero tuvo que echarse la mano al bolsillo y secarse con su pañuelo pues, no digamos toalla, sino ni siquiera papel encontró. Fue en ese momento cuando se abrió de un golpe la puerta de los servicios dejando entrar algo más de luz procedente del bar.
De los tres hombres que habían entrado dos le miraban y el encargado se volvió con parsimonia para atrancar la puerta. Tan pronto como la puerta estuvo cerrada y bien candada el encargado dijo:
- El comisario Mansoz nos ha contado lo bromista que es usted. También ha tenido la delicadeza de decirnos que hoy nos haría su última visita, así que les he pedido a estos amigos que acudieran para despedirle. Y así lo vamos a hacer, como usted se merece, de modo que nos conserve siempre en su memoria.
Los tres hombres se aproximaron a Lázaro y éste, sorprendido y asustado, al tiempo que recibía un tremendo puñetazo en el estómago, escuchó:
- No le marquéis mucho la cara.
Fue lo último que oyó. Después le vino una tanda de golpes, una hacienda de puñetazos y una catarata de patadas por todos lados hasta que, cayendo al suelo, perdió toda noción.

Alguien con no mucha fuerza le zarandeaba. Él tenía la mente perdida y una sensación un tanto dulce, estúpida y vaga pero de frío muy intenso.
- Vamos, chico. Levanta. Vamos que llevas tirado mucho tiempo. Arriba que te vas a helar.
Tras mucha voluntad por parte de quien le zarandeaba, Lázaro abrió los ojos. Tardó unos larguísimos segundos en reconocer a Camelia, la prostituta que le consoló aquel día del observatorio. Entonces hizo un intento por levantarse pero notó cómo le dolían las costillas y la espalda y después que le dolían también el estómago y las nalgas y el bajo vientre… y recordó que le habían dado una paliza en los chocrosos servicios del burdel. Se miró y vio que estaba sucio, maloliente con manchas en el pantalón y chaqueta cuyo origen era preferible no indagar exhaustivamente.
- ¿Dónde estamos? ¿Por qué estoy aquí?
- Estás tirado en un callejón, aquí cerca del bar donde trabajo, ¿recuerdas? En cuanto a por qué estás aquí eso tú lo sabrás.
Camelia tenía un coche pequeño aparcado a apenas cien metros de allí. Le ayudó a llegar a él. Lázaro quiso mirar su reloj pero no lo tenía.
- ¿Qué hora es?
- Está casi amaneciendo.
- Llévame al otro lado del viaducto, tengo que llegar a la residencia donde trabajo.
- Pero, ¿tú te has visto?, déjate de historias. Vivo cerca de aquí, en un pueblo pequeño. Te llevaré conmigo y en mi casa te aseas un poco y te lavas para que estés presentable. No creo que tenga importancia que, por un día, llegues tarde al trabajo.
Lázaro no replicó, se sentía agotado. Ella puso el coche en marcha y despacio atravesó las solitarias calles de la ciudad en la penumbra del amanecer. La calefacción del modesto coche entonó un poco a Lázaro, entumecido por el frío y por los golpes recibidos. Ansiosamente se palpó los bolsillos. Tenía la cartera pero, al sacarla, comprobó que sólo le habían dejado la documentación. En los bolsillos tampoco tenía una sola moneda. Le habían dejado sin un céntimo, pues todo cuanto tenía en efectivo acostumbraba a llevarlo encima. Pese a su preocupación, en los quince minutos del trayecto, no pudo evitar el quedarse dormido, con las mejillas repentinamente ardiendo por el cambio de temperatura y por la febrícula que en su cuerpo se iniciaba. Ella le espabiló y le ayudó a entrar en una casa baja, pequeña y fría de un pueblo cercano al que Lázaro, al quedarse dormido, no había podido identificar por los indicadores de la carretera. Le acomodó en un sofá, le echó una manta por encima y enseguida encendió una estufa de leña con unos papeles y unas astillas y ésta, al arder en ella dos grandes tacos de madera que Camelia echó, templó en pocos minutos la habitación.
- Bueno, me quieres decir qué es lo que te ha pasado.
Lázaro tenía aún la mente confusa. Tampoco sabía si debía contarle a aquella mujer aquel enredo pero, sin saber la razón, dijo:
- Haz café, por favor, ahora te lo cuento todo.
Camelia, sin dilación, encendió un hornillo de butano que estaba en una habitación adjunta que hacía de cocina, sacó de un armarito una cafetera de aluminio de esas que se dividen en dos partes y se enroscan y se puso a la tarea. Lázaro mientras tanto sopesaba el cumplir o no cumplir con lo que le había dicho, lo de explicarlo todo. Pero repentinamente, sintió vergüenza de sí mismo. Camelia le había recogido, una persona que le conocía de un día, bueno de una noche, le había recogido. Sin encomendarse a nadie le había llevado, en su coche, a su casa. Y todo esto sabiendo que él sabía que era una prostituta. Y le dio vergüenza el encontrarse dudando de quien tan desinteresadamente le ayudaba de aquel modo y así, cuando ella trajo la bandeja con la cafetera humeante y las dos tazas, él ya tenía decidido contarle la verdad. Y se vio contándole a Camelia todo lo que a Valeria le había ocultado y no supo decir por qué lo hacía.
Cuando terminó, ella sacó de un armarito de formica brillante, imitando madera exótica, una botella de coñá, sirvió dos copas y dijo:
- Lázaro, tienes mucha suerte.
- ¿Todavía te parece que tengo suerte? –dijo él –¿Es que no te has fijado como me han puesto?
- Sí, ya te veo. Pero lo tuyo en un par de semanas habrá desaparecido.
- Y qué te parece, entonces, ¿qué tendrían que haberme hecho?
- Tú habrías seguido la suerte de Hilario. Te ha salvado el hecho de que lo de Hilario es muy reciente y no se han arriesgado a repetir la suerte. Incluso en los días que vivimos dos muertes por suicidio, en tan poco tiempo y entre gentes afines, habrían dado mucho que sospechar. Eso te ha salvado –y cambiando de tema, dijo – Sabes, me alegro de que no seas policía. No me lo pareciste el día que te conocí.
- Por eso no me quisiste cobrar.
- No fue por eso. Fue porque fuiste cariñoso.

01 abril 2009

Despedida


Valeria, a raíz de tanta comidilla, había perdido la alegría propia de sus años y se había vuelto, abrumada por tanto comentario, menos callejera y más reservada. Aunque, como todo en la vida, el interés popular por su affaire iba paulatinamente decayendo en La Zambra, el rechazo sentido por Valeria tuvo en ella un efecto mucho más persistente y doloroso. Fue como una demolición interior. Apenas salía si previamente no había quedado con Lázaro o con alguna de las contadas amigas que le quedaron. Fue el primer escarmiento serio que le dio la vida, un aviso de que por más que se lo propusiera no se iba a librar, y menos en La Fambra, de su condición de mujer. Condición, ya para los restos, de mujer lanzada, por decirlo con buenas palabras, esas que en la ciudad usaban poco. Y todo ello no tenía desperdicio porque al que hubiera podido reprochársele su conducta era a Hilario, porque al fin y al cabo casado estaba, pero no a ella que era una mujer libre. Pero lo de mujer y libre no casaba bien en las mentalidades de La Fambra. Los viejos prejuicios habían aflorado a la primera oportunidad, como ocurría siempre, y se habían cebado con ella dejándole una marca para los restos. Sin embargo, bien por el hecho de su muerte o por el de ser hombre, más probablemente, a Hilario todo le quedaba cumplido. El tiempo pasaba y era lo único que contaba a favor de Valeria, porque la gente de todo terminaba cansándose y lo más reciente sepultaba inexorablemente lo antiguo. Y así como la cúspide de la primavera enterró definitivamente al crudo invierno de La Fambra así el paso de las semanas sepultó lentamente el recuerdo del suicidio de Hilario y cuanto le rodeó. El mes de mayo estaba terminando.

Salía de vez en cuando con Lázaro pero ya raramente caminaban por la ciudad o entraban en los bares o en las cafeterías que frecuentaban unas semanas antes. Casi todas las veces fueron sus paseos por la ya familiar vega del río. Sin embargo, la relación entre ambos había perdido la espontaneidad de las conversaciones, la sonrisa fácil y la alegría sensual y desenfrenada de antes. Era como si algo les hubiese convertido en pocos días en viejos conocidos.
Lázaro, en uno más de aquellos largos paseos, le dijo a Valeria que, con las vacaciones veraniegas de los muchachos de la residencia, su estancia en La Fambra se terminaría. Ella continuó caminando, mirando al suelo, como si no le hubiera oído. Caminaron en silencio casi media hora. Ella, sin mirarle y sin dejar de andar, le preguntó qué haría después. Lázaro dijo que, de momento, volvería a su casa pero que después ignoraba lo que sería de su vida. Habría de buscar algún empleo para vivir y seguir estudiando. Ella de improviso, sin dejar de caminar ni de mirar al suelo, le pidió que la llevara con él. Lázaro siguió caminando sin contestar, sorprendido y asustado por aquella salida. Sin romper el silencio, caminaron mucho más de lo habitual aquella tarde. También hablaron mucho menos. Por una vez no acabaron en el suelo de cualquier pradera junto al río.
Cuando se dieron cuenta de lo alejados que estaban de la ciudad estaba anocheciendo. Dieron la vuelta y comenzaron el regreso a La Fambra empujados por la premura del ocaso. En la ciudad se distinguían diminutas ya, desde tan lejos, las primeras luces encendidas a la caída de la tarde. Más adelante, ya oscuro definitivamente, la luz de un tren que venía en dirección contraria rasgó la noche a una velocidad uniforme y su traqueteo se acercó y se alejó de ellos con idéntica monotonía cadenciosa hasta devolverles de nuevo a su silencio. Llegaron cerca de la ciudad sin perder el mutismo. Era noche cerrada y sólo el tenue blanqueo del camino de tierra, al que sus ojos se habían acostumbrado, hacía que pudieran seguir por él. Entraron en la ciudad al cabo de media hora. Llegaban ya al callejón donde debían separarse. Ella en dirección a su casa y Lázaro en dirección, como siempre, al viaducto para llegar a la zona del ensanche donde la residencia estaba. Lázaro veía llegar el callejón a ellos como si tuviera movimiento propio, como si no estuviera sucediendo.
- ¿Ves aquella estrella? –dijo Valeria de improviso señalando uno de aquellos puntos luminosos –la que brilla tanto y está justo debajo de aquellas cinco que están tan juntas.
- Sí –dijo Lázaro.
- Yo la miro muchas noches. Si quieres, puede ser nuestra estrella. Cuando yo la mire me acordaré de ti y cuando la mires tú te acordarás de mí. Seguro que alguna noche coincidiremos.
- Seguro.
Lázaro no se creía que se hubieran separado así, sólo soltándose la mano. Le parecía estar soñando. Sin embargo, así fueron las cosas. Ninguno de los dos tuvo valor para volver la cabeza y mirar irse al otro. Una sensación de irrealidad le invadió todo el resto del camino hasta llegar a la residencia. Un sentimiento de abandono le acompañaba.

En la residencia las cosas no iban muy bien últimamente. Los muchachos estaban revueltos con el influjo solar de la primavera, excitados por el olor mezclado de los cientos de flores brotando y soltando enseguida sus pólenes, alterados por el nerviosismo de los exámenes finales y la, ya próxima y sentida, idea de liberación del fin de curso. Todo eso era normal y constituía el ambiente, bien conocido, de los finales de curso en todas las instituciones pobladas por jóvenes.
Éstos tenían además alguna queja interna referente a la residencia. Se quejaron a Lázaro de que, para una fiesta que pomposamente llamaban Semana de la Juventud, la dirección del centro les pedía un dinero que, según ellos, sólo se gastaba en agasajar a las autoridades con merendolas mientras ellos lo pasarían con un balón en los patios. Lázaro les dijo que eso no podía ser, que hablaría con el director y que le plantearía su postura porque, evidentemente ellos, la juventud, debían ser el eje de la fiesta.
No le gustó nada al director que Lázaro, que al fin y al cabo era uno de los educadores de su residencia, se erigiera en representante de los alumnos. Sin embargo, pensando taimadamente que, si le decía la verdad, los alumnos se negarían a pagar aquel plus que se les pedía, le aseguró a Lázaro que se harían actividades para los alumnos con ese dinero y que de los extras en comida se beneficiarían todos. Lázaro, incapaz a sus años de dudar de la palabra de ese prócer que a él le parecía ser el director, trasmitió satisfecho la contestación a los alumnos y éstos, un tanto renuentes pese a todo y menos crédulos que Lázaro, pagaron.
Fue grande la decepción de todos y más aún la de Lázaro cuando, llegada la semana indicada, sucedió lo que los alumnos pronosticaron y lo que Lázaro menos se esperaba: que el director faltase a su palabra.
Hay edades en las que uno se atreve a casi todo, por ridículos que terminen siendo esos atrevimientos. Así que Lázaro tuvo el valor, llevado por una más que justa indignación, de enfrentarse con el director y, sin amilanarse ante la presencia de quien le pagaba, decirle que no le parecía honrado ni justo lo que había hecho. El director, aunque era un viejo zorro que en su vida ya había oído de todo, encajó las palabras del muchacho de muy mala gana y, pese a sus espuelas, se le puso la cara de vinagre. Sin embargo se contuvo y, de momento, nada hizo contra aquel payasete que se había erigido en defensor de los humildes.
Lázaro, pensando haber amilanado al director por la gran fuerza que pensaba que daba a sus palabras la razón, salió de la entrevista orgulloso como un paladín, con la satisfacción inmensa de haberle recriminado su actitud a su jefe y, además, en su propio despacho. No era entonces capaz, ni lo fue en mucho tiempo, de darse cuenta de que el maduro director tenía mucha práctica en tragarse sapos y culebras de todos los tamaños y que sus quejas de muchacho, además de no tener trascendencia alguna y de no ir a ninguna parte, no llegaban ni a renacuajos y tanto le inquietaron al director como las protestas de los monaguillos afectan en el pulso a los obispos. Sin embargo, Lázaro creyó que le había dado un golpe mortal, o al menos duro como pocos, a aquel director manejante y mentiroso. Y así quedó contento por lo hecho e ignorante de que en cualquier momento podía verse cacareando y sin plumas. Pero, como su ingenuidad y su simpleza caminaban del brazo, quedó orgulloso y contento del éxito aparente de su queja pues, corrido como le había dejado al director, seguramente en el futuro tendría más cuidado con lo que prometía. Seguro que sí.
Los alumnos, por su parte, le dijeron que el director se había valido de él para conseguir sus fines y, Lázaro, tuvo que admitirlo. Su protesta sirvió para tanto como su charla inicial con el preboste, aquella en la que el director le mintió. El viejo fue práctico y él tonto pero digno, desde luego. Nuevo todo para Lázaro pero, sin embargo, lo de siempre.




29 marzo 2009

Reacciones


Cuando la noticia del suicidio se extendió por La Fambra, la gente de la calle se quedó sorprendida, pues nadie esperaba del ahora suicida Hilario una cosa tal. Había sido un profesional que pasó algunos años en la ciudad y nunca se le habían conocido irregularidades, excentricidades ni extravagancias, como no fueran las inherentes a ser filósofo que algunos tenían ya por tales. Nadie se lo explicaba. Sin embargo, los mayores sabían que siempre había habido suicidas, que éstos no eran fácilmente detectables y que, curiosamente, el viaducto, desde su misma construcción, les atraía como la luz a los insectos. Se ve que desde aquella altura, y una vez superado el difícil momento de la decisión, comprendían que ya no había marcha atrás y, según dicen los expertos, el suicida verdadero busca algo totalmente efectivo. El viaducto lo era.
El hecho en sí pasó rápidamente a un segundo plano pues, al no ser Hilario de allí, sus restos se llevaron a su ciudad natal, en Galicia, y su viuda, que tras todos los trámites del entierro pidió el traslado, se marchó enseguida y para siempre de La Fambra.
Sin embargo la sombra de la duda y, en algunos casos, también el recelo y el temor se extendieron entre la gente del entorno cultural del que Hilario había sido asiduo. Durante mucho tiempo las cosas no volverían a ser como solían. En las tertulias que el profesor frecuentaba el ambiente se enrareció y nadie parecía querer hablar con nadie ni fiarse de aquellos con los que hasta entonces habían departido alegremente de los temas más variados. Algunos no creían que Hilario se hubiese suicidado, pero no se atrevían a decirlo abiertamente. Así que afirmaban que Hilario no podía haber hecho aquello o, al menos, no podía haberlo hecho sin alguna razón poderosísima. Una razón importante que, a un hombre estable como él aún siendo filósofo, le hubiera desequilibrado por completo. Como el asunto de la política era tabú, nadie se atrevió a mencionar que la muerte de Hilario pudiera tener algo que ver con ella. Sin embargo, algunos tenían indicios del enredo del filósofo con Valeria y, ¿cómo no?, el morboso asunto comenzó a propagarse por La Fambra con esa velocidad que hace lenta la que la pólvora dicen que tiene.
Lo cierto es que los rumores de todo tipo tomaron cuerpo en los distintos mentideros de la ciudad. Si Valeria había pasado desapercibida para parte de la población hasta ese momento, su nombre fue desde ese día de boca en boca y su figura se puso en el punto de mira de todos los dedos índices que pululuban por la villa… Que si Valeria le había dicho que dejara a su mujer por ella, que si Valeria le había amenazado con que todo lo iba a saber su mujer de una vez y por su boca, que si Valeria le había hecho chantaje pidiéndole dinero por mantener oculta su relación, que si Valeria estaba embarazada e iba a montar un escándalo, que si Valeria le había hecho enloquecer dándole celos con un joven, un tal Lázaro, que llevaba unos meses en La Fambra, que si Valeria no sabía de cual de los dos era el hijo que llevaba en su vientre, que se lo había querido adjudicar al profesor porque era el mejor situado, que ahora sería ese tal Lázaro el que habría de cargar con la criatura fuese o no suya… Y, según pasaban los días, la inventiva popular ideaba nuevos matices y detalles que hacían la historia paulatinamente tan complicada como inverosímil aunque, hay que reconocerlo, cada vez más interesante.
La víctima propiciatoria, elegida por la sociedad de La Fambra, para darle una explicación razonable al suicidio de don Hilario Soares, catedrático de filosofía del Instituto de Enseñanza Media y todo un señor, fue Valeria, una muchacha con los dieciocho recién cumplidos y todo lo que ello llevaba consigo. Ella, que al principio quedó tremendamente impresionada por la muerte de su profesor y amigo, no se esperaba tal cosa. Se le hizo el vacío en las reuniones donde antes era bien recibida. De ser considerada una mujer sin prejuicios pasó a ser tenida poco menos que por una ramera. Y, la chica, tuvo que acostumbrarse a que la gente volviera la cabeza al cruzarse con ella para hacer que no la veían y no saludarla, a oír comentarios a sus espaldas una vez que dejaba atrás los corrillos de la Calle Mayor y a ver cómo quien antes estaba deseando invitarle a su mesa, se deslizaba fuera del bar cuando ella entraba. Sólo le quedó Lázaro. Y ella, considerándole su único asidero, no se atrevió a decirle la verdad sobre todos aquellos comentarios por temor a perderle también a él.

Lázaro sabía que tenía que tomar una decisión con respecto a la propuesta de Mansoz. Pensó en contarle a Valeria toda la historia del asunto que se le había presentado pero, finalmente, no lo hizo. Tal vez desanimado porque Valeria no tuvo la confianza que esperaba de ella en aquellas circunstancias, tal vez porque pensó que el contar ciertas cosas era poner en peligro, sin necesidad, a otras personas y también a sí mismo. Es caso es que Valeria, contra lo que Lázaro esperaba, tampoco se sinceró con él ni le confió su historia con Hilario.
Desanimado por el ambiente de la ciudad, por la reacción de ensimismamiento y tristeza de Valeria y sobre todo por su silencio sobre Hilario, Lázaro se dio cuenta de que todo aquello tenía todas las trazas de terminarse, es más, que convenía a todos que así fuera. Viendo el cariz que tomaban las cosas en La Fambra, tanto desde un punto de vista general como para él en particular, se decidió a escribir su informe a Mansoz y, convencido definitivamente, decidió además que fuera el último. Pronto entraría el mes de junio y el curso terminaría. Con el último dinero, que pensaba recoger en su postrera visita al burdel, acabaría su trabajo en La Zambra y volvería a casa. Después habría de buscarse la vida y seguir estudiando. Ya se vería cómo.

Sr. Inspector Mansoz:

Aprovechando su sensato consejo me he tomado unos cuantos días antes de enviarle esta meditada nota que, por lo que más abajo le explico, será nuestra despedida y el fin de una relación que creo que a los dos nos ha reportado beneficios.
Deseo agradecerle, en primer lugar, su ayuda económica durante estos meses por unas informaciones que, las más de las veces, fue para mí un agradable trabajo el reunir y supongo que un relativo fastidio para usted el leer.
Ante el fallecimiento de don Hilario Soares, debo decirle que el ambiente socio-cultural que hasta ahora había frecuentado en La Fambra, y al que usted me tenía vinculado para recibir las oportunas informaciones, está totalmente enrarecido y las personas que antes eran fácilmente accesibles han dejado de serlo para convertirse en sujetos retraídos a los que es difícil sacar palabra de asunto alguno. Parece como si todo el mundo estuviese prevenido y, para qué negarlo, asustado por la brusca desaparición del profesor Soares.
Ante esta tesitura, y desconociendo por completo el ambiente político clandestino al que debería vincularme según sus indicaciones, le comunico mi decisión de desligarme del proyecto que tan amablemente me ofreció en la última reunión que mantuvimos. Le ruego que no lo considere un desaire personal ni lo tome como una falta de agradecimiento, sino como una muestra de responsabilidad por estar convencido de que no podría desempeñar su encargo con la debida eficiencia y por lo tanto debo declinar, agradecido pero realista, su amable y siempre generoso ofrecimiento.
No dude que olvidaré todo cuanto sé de este asunto, tal como usted me pidió, y en mí quedarán y de mí no saldrán todas las confidencias que de su confianza y amabilidad recibí.
El próximo día treinta de mayo pasaré por el sitio acostumbrado para recibir mi última mensualidad y, cumpliendo con el acuerdo entre caballeros del que hablamos en la última reunión, será mi última visita con ese o con cualquier otro fin a dicho local.
Quedando a su disposición le saludo atentamente y le quedo agradecido.
Lázaro

Le pareció a Lázaro que la carta pondría un digno final a su relación con la policía de La Fambra y, calculando que enseguida se vería sin dinero, indagó entre los estudiantes mayores de la residencia sobre la posibilidad de encontrar algún trabajo en verano. Uno de ellos, un tal Blasco, le dijo que en un hotel de la Costa Brava catalana, en el que él había trabajado varios veranos durante lo que los hosteleros llamaban la temporada, andaban buscando personas de sus características. Le dio unas señas y le dijo que, si le interesaba, les escribiera mencionando su nombre que, seguramente, le darían trabajo para toda la temporada que finalizaba a primeros de octubre. Aunque, le advirtió también que tendría que incorporarse cuanto antes si quería que no le quitaran la plaza otros candidatos que anduvieran más listos.

28 marzo 2009

Conjeturas


Aquella noche no pudo dormir. El comisario le había confirmado que la relación de Hilario con Valeria era anterior incluso a su llegada a La Fambra. Maldita sea, por más que disimulara, cómo le dolía la doblez de Valeria. Sí, de acuerdo, estaba callando porque no quería aquella discusión que hubiera supuesto su ruptura con ella. Se decía a sí mismo que era el sexo lo que le mantenía unido a Valeria y que con ella iba a seguir gozándolo hasta que quisiera. Y sí, se había propuesto considerarla un objeto de placer que se usa para eso y nada más y, también se había dicho, que con el tiempo la desecharía, se iría de ella. Vamos, considerándolo de otro modo y sin rodeos, había planeado hacerla su puta particular, así por las buenas, sin que ella fuera consciente de ello. Le pagaría con su misma moneda. Ella, según tuvo ocasión de comprobar, había hecho de él un cornudo cuando le vino en gana. Porque eso era lo que ella había hecho con él aunque no con el desparecido Hilario al que, por lo menos, le había dejado decidir, a sabiendas de la que había, el seguir o no con ella. Él iba a aprovechar la situación, como se había planteado hacer, cuando se serenó tras descubrirlo todo. Sin embargo, no sería posible, tal vez, que no hubiera sido sincero con ella porque le asustaba la idea de perderla. No sería que, antes que romper con ella llevado por la ira, la prefería incluso compartida. No sería este deseo lo que había querido disfrazar de desdén porque su machismo le decía que esa era una salida aceptable para la mentalidad dominante en su entrono. A Lázaro le resultaba embarazoso responderse a estas preguntas, la educación que había recibido se lo hacía difícil. Así que llegado a un punto, su mente se negaba a pensar, se bloqueaba y se evadía voluntariamente hacia otros asuntos.

- Claro, muy bonito, como que a nadie le gusta ir descubriéndose así de rastrero. Después de tanta infancia y pubertad idealista, después de tanto río y tanto mar, después de tanta mandanga… resulta que la vida te demuestra que lo que eres es, primero, un soplón por dinero y, luego, un cornudo y un consentidor por el vicio de acostarte con una tía cojonuda… Me paso yo tanto idealismo por salva sea la parte… y, para acabar así, ¿tanto misterio?
- Vaya hombre, llevaba usted muchos capítulos sin interrumpir. Es que no se da cuenta de que Lázaro estaba descubriendo el mundo verdadero. Ese mundo que a todos nos mete en encrucijadas donde tenemos que elegir, donde nada es sencillo… Además las historias deben de tener alguna enjundia que motive al lector… que le haga pensar…
- No, si ya veo. Ya veo yo lo que le está costando hacerse al dinerito y al sexo. Cuánto sacrificio. ¡Menudo sinvergüenza!, si ya lo dice el refrán del agua mansa líbreme Dios que de la brava ya lo hago yo.
- Bueno, vale. Ahora, si ya se ha quedado tranquilo, ¿me dejará seguir con la historia?
- Siga, siga, que me parece que lo que con ella vamos a aprender va a ser goloso. Y yo que creía que la novela picaresca había pasado de moda… ¡Hay que joderse con tanto mistiquito mosquita muerta! ¡Y mira luego por dónde salen!

Bueno pues el hecho es que Lázaro extendió su circunloquio y, cuando se le hizo insoportable el que tenía sobre Valeria, pasó a otras consideraciones. También, por ejemplo, se percató de que la policía no vacilaba en utilizar la vida íntima de cualquiera para esclavizarle. A Hilario por echarse en los brazos de una menor que, por cierto, lo sería según la ley que por todo lo demás… Y si la policía iba de moral y le achacaba a Hilario semejante desmán, no era acaso él otro menor al que estaba pagando por soplón esa misma policía. Cómo para fiarse.
Por otro lado tenía sus dudas sobre si Hilario, abrumado por la amenaza que pendía sobre su situación familiar y, sobre todo, por la delación que de él había obtenido la policía, habría decidido suicidarse avergonzado de sus actos. Eso era lo que pretendía el comisario que dedujera. Pero y si, tal vez, la propia policía hubiera acabado con él por accidente o intencionadamente por razones que a Lázaro se le escapaban. El suicidio desde el viaducto podía haber sido un montaje capaz de enmascarar, para un forense transigente y afín a la policía, lesiones anteriores. Además, por lo que le conocía, no era Mansoz precisamente una persona a la se le pusiera cosa alguna por delante ni de la que uno pudiera fiarse. Recordó Lázaro cómo le recalcó varias veces que la puesta al descubierto de Hilario había sido cosa suya, como diciéndole que también él tenía su parte de responsabilidad en el asunto del profesor y que tampoco a él le interesaba que dicho asunto trascendiera. Y pensar que cuanto había escrito del filósofo lo había hecho al buen tuntún, como una ocurrencia más, sólo para hacer que la policía le fastidiase. Y claro que le fastidió, y hasta qué punto. Lázaro recapacitó sobre las veces que, sin poder llegar a comprobarlo, desconocemos el alcance de nuestros actos ni la trascendencia que para los demás pueden tener.

- O sea, que ahora, tras soplón, cornudo y consentidor, se le pedía también el ser encubridor y con un poquito de suerte, y a nadita que se lo pensase, un maldito topo traidor… No, si ya te digo. Menudo ejemplar el Lazarín este.
- Haga el favor de callar y no anticipe acontecimientos que, además de interrumpir y hacerme perder el hilo, está usted predisponiendo y confundiendo al lector. Que ya está bien, hombre, que no tiene usted ningún derecho. ¿Me hará el favor de callarse? Además, no ve que el muchacho tenía problemas serios de conciencia. ¿O es que no entiende usted nada?
- ¡Huy, sí señor! ¡No faltaría más! ¡Cómo no, claro que me callo! ¿Confundir y predisponer yo? ¡Huy, que no, que no! De ninguna de las maneras. Dios me libre. Ni por pienso.

Con respecto a la propuesta de Mansoz lo más prudente sería rechazarla. Él desconocía el mundo de la política y más aún el de los partidos clandestinos. Por otro lado ya había visto a dónde le había llevado la relación con ese mundo a Hilario. Afortunadamente aún faltaban unos cuantos días para elaborar el informe en el que tendría que escribir su última palabra. Recordó cómo Mansoz le dijo claramente que, en caso de negarse, ya podía olvidarse de los dineros que le entregaban cada fin de mes en el burdel y, consiguientemente, de la buena vida que había llevado hasta la fecha. Aquel policía conocía muy bien la naturaleza de las personas. Por eso le pidió que se tomara el tiempo necesario para que la impresión de la muerte de Hilario le dejara percatarse de la situación que más le convenía. Bueno, en el peor de los casos, le quedaba también una última visita al burdel para recoger la última paga.

24 marzo 2009

Infundios


A partir de entonces Hilario rehuía la presencia del muchacho y éste, consciente de que el filósofo le evitaba, se sentía más seguro y, en su afán de fastidiar a Hilario, dio en mencionarle como de pasada en los informes quincenales que enviaba a Mansoz. Que si el profesor Hilario Soares era una persona muy significada en el ambiente cultural más progre de la ciudad, que si era el líder indiscutible del círculo de personas izquierdosas que pululaban por la villa aunque él se lo hiciera de discreto e incluso en sus declaraciones como filósofo, y para disimular sus tendencias, tuviera el valor de declararse aristotélico-tomista, que si el profesor tenía mucha relación con gente que periódicamente visitaba La Fambra… Lázaro hizo en sus informes continuas insinuaciones sobre Hilario pero ninguna afirmación segura. Lázaro pensó que dar esas informaciones vagas no le causarían ningún mal grave pero que seguramente servirían para que la policía le incordiara con las subsiguientes desagradable molestias. Así pasaron un par de meses.
Estando en la residencia de estudiantes una mañana en la que éstos acababan de salir hacia sus respectivos destinos, Lázaro recibió una llamada telefónica de alguien que se identificó como López, uno de los policías que le paró en el viaducto la noche de su visita a comisaría, y le dijo que, urgentemente y del modo más discreto, debía pasarse por comisaría a instancias de Mansoz y que éste le esperaba lo antes posible sin excusa ni pretexto.
Estaría feo decir que Lázaro perdió el culo para acudir a la llamada de Mansoz, pero es que así fue. Cruzó el viaducto con tal prisa que no se detuvo a averiguar lo que algunos grupos de curiosos y desocupados observaban. Supuso que comentarían alguno de los frecuentes accidentes de circulación que, dado el intenso tráfico que atravesaba aquella obra en dirección a Levante, solían producirse. Enseguida llegó a la comisaría. Nadie que pudiera asociarle con la policía le vio llegar.
Esta vez Mansoz no le hizo esperar. De hecho le dio la impresión de que el comisario le aguardaba.
- He de agradecerle el gran servicio que nos ha prestado –dijo el comisario a modo de saludo.
- ¿Tan útiles les han sido mis informes? –dijo un Lázaro sorprendido pero que había aprendido las enseñanzas de Mansoz y, así, optó por seguir la corriente al comisario al no comprender a qué venía tanta efusividad.
- Sí, en efecto lo han sido. Nadie sospechaba de Hilario Soares. Yo fui el primer sorprendido cuando usted comenzó a citarle en los últimos tres o cuatro informes.
- Pues, ya ve usted –dijo Lázaro dando una larga, pues aún o sabía por donde iban los tiros.
- De hecho, habíamos llegado a un grado tal de confianza en él que, desde hace bastante tiempo, era nuestro mejor confidente.
- ¿Cómo? –y Lázaro ahora no es que se mostrara intrigado, es que de veras lo estaba.
- Lo que está oyendo.
- Pero, ¿quiere usted decir que igual que…? –continuó el muchacho.
- Sí, exacto. Igual que usted –le cortó el comisario- Sólo que, en su caso, es usted un colaborador más reciente. A don Hilario le fichamos casi un año antes que a usted. Por eso no desconfiábamos de él y solamente –y esto lo recalcó el comisario- gracias a sus sagaces informaciones seguimos estos últimos dos meses todos sus pasos.
- ¿Y sólo me ha llamado usted para felicitarme?
- Bien, sólo en parte. ¿Sabe usted cómo nos hicimos con la colaboración de don Hilario? –cambió de tercio el comisario.
- Pues, ni idea.
- Es algo confidencial pero, dado el punto al que las cosas han llegado, se lo contaré. El profesor se había liado con una de sus alumnas, con una menor. Este hecho, unido a que el profesor estaba casado, nos bastó para contar con su colaboración.
Lázaro comenzó a darse cuenta de que se encontraba en un punto en el que no sabía qué le contaba el comisario para su información y qué para que supiera lo enterado que estaba el propio comisario. Era una especie de juego en el que el policía tenía experiencia. Así que Lázaro, consciente de ello, lo siguió sin inmutarse.
- Lo comprendo, señor comisario.
- El caso es que cuando descubrimos, gracias a sus informes –volvió a recalcar Mansoz- su relación clandestina con algunos grupúsculos izquierdistas, vamos abiertamente rojos, el hombre se vino abajo y, ante su situación personal y nuestra capacidad de persuasión, terminó confesándolo todo y delatando a todos sus colaboradores y enlaces. Así pues llegamos a la conclusión, obviamente de acuerdo con él, de que no sería necesario encarcelarle ni hacer público el asunto, pues nos sería mucho más útil haciendo de topo para nosotros.
- Muy inteligente por su parte, señor comisario. Pero, ¿por qué me cuenta a mí todo esto?
- Porque ahora hemos pensado que usted podría ser la persona idónea para esta tarea. Por eso le estoy poniendo al tanto sin reservas.
- Pero yo no tengo contactos ni soy conocido en esos medios. Sería un error. Además ya tienen a don Hilario que no podrá negarse dada su situación. Él es la persona idónea, no yo –dijo Lázaro que, aparentando serenidad, estaba loco por escurrir el bulto y escapar de una situación sumamente comprometida en la que de ningún modo deseaba verse implicado.
- Pero, ¿cómo?, ¿es que aún no se ha enterado usted? –dijo con exagerada gravedad el comisario.
- ¿Enterarme?, ¿de qué?
- Al amanecer han encontrado el cadáver de don Hilario bajo el viaducto.
Esta vez Lázaro se quedó de veras sin habla. El comisario le observaba impertérrito, queriendo detectar cualquier gesto revelador en la cara del muchacho. Sin embargo, lo único que observó es que éste estaba aterrorizado. No se equivocaba, el policía estaba acostumbrado a ver a muchos hombres asustados.
Lázaro se dio cuenta por ver primera del peligroso juego en el que se encontraba metido. Tenía necesidad de pensar pero, para eso, primeramente necesitaba calmarse.
El comisario se percató a su vez de que Lázaro, quizás por su juventud, no era capaz de asimilar aún lo que acababa de oír. Así que, antes de que recuperase el uso de la razón y luego el de la palabra, le dijo:
- Piense usted la situación. Piense con calma. Vea los pros y los contras. Pondere todo el asunto. Tenga en cuenta todo lo que le he contado –volvió a recalcar – Usted nos ha servido muy bien y nosotros no olvidamos, pero de ningún modo queremos implicarle en algo que exceda su capacidad.
- Creo que no puedo meterme en algo así.
- No tome decisiones precipitadas. Deje pasar unos días. Piense que, si no acepta, habremos de darle por quemado y prescindir de sus servicios. Naturalmente usted, en tal caso, debería de olvidar todo lo concerniente a esta historia. Piénselo y comuníqueme su decisión en el próximo informe. En caso negativo dicho informe sería el último, del mismo modo que la de este mes sería su última visita al burdel. ¿Entendido?
Lázaro hizo un paréntesis en su asombrado y ensimismado mutismo para asentir con la cabeza y siguió sentado sin moverse. Parecía hipnotizado.
El comisario enarcó las cejas y, al mismo tiempo que movió la mano haciendo un gesto mixto de despedida y de que eso era todo, mostró los dientes ensayando una sonrisa que no pasó de ser una mueca extraña. Lázaro tardó aún unos segundos en reaccionar y, cuando lo hizo, se levantó y salió del despacho sin decir nada.
Al atravesar el viaducto de regreso se paró junto al grupo de jubilados que miraban, señalaban y comentaban entre sí. Por el fondo del barranco, entre las cuidadas huertecillas que había a ambos lados, pasaba una carretera secundaria. Casi en el centro del asfalto destacaba un gran chafarrinón central de sangre con algunos salpicones hacia fuera. Era la huella que había dejado el cuerpo de Hilario al final de su viaje gravitatorio de ochenta metros. Unos barrenderos comenzaban a echar baldes de agua, procedentes de las acequias de las huertas, y barrían la mancha rítmicamente con grandes cepillos de raíces.
- ¿Por qué lo habrá hecho? –decía uno de los mirones.
- Cualquiera sabe –dijo otro.
- ¿Se tiró él? –terció un recién llegado.
- Sí. Dicen que hubo algún testigo –puntualizó un enterado.
- Hay manos que pueden empujar sin que se vean –sentenció uno más trascendente.
Lázaro se alejó despacio del lugar, convencido de que debiera hacerlo para siempre.

23 marzo 2009

En el suelo


Titubeaba Lázaro. Había dejado de estar en las nubes. No sabía qué actitud debía tomar en cuanto se encontrase con Valeria o con Hilario. En un principio, y llevado por la intensidad de sus sentimientos y la vehemencia de su juventud, se imaginó despreciándola a ella cargado de razones, echándole en cara su actuación y, enajenándose por la rabia, llamándole golfa y zorra y todas esas expresiones contundentes al uso que parecían de manual en casos como el suyo… En cuanto a él, le podría sorprender cogiéndole por la pechera en un lugar en que estuvieran a solas y decirle: Ahora sé, maldito cabrón, por qué no haces más que joderme…
Fue, sin embargo, en ese momento de futura ira imaginaria, cuando recordó su entrevista con Mansoz. Vinieron a su mente las palabras que le dijo el policía cuando él, totalmente entregado y antes de que mediara pregunta alguna, le iba a contar lo ocurrido en su primera visita accidental al burdel. Así que decidió reprimir sus primeras intenciones y, en vez de dejarse llevar por la pasión, utilizar lo que sabía en beneficio propio. En honor a la verdad le iba a costar un gran esfuerzo reprimirse, pero se sintió orgulloso de haber desterrado de su mente esas manidas reacciones viscerales que, sobre desagradables para quienes las presenciaran, serían inútiles para él más allá del momentáneo desfogue. Le congració consigo mismo el propósito de comportarse de otro modo, que le pareció, mucho más taimado y por consiguiente mucho más adulto. Tal era la idea que de los adultos Lázaro se iba formando.
Imaginó que, aparte de otras explicaciones que pudiera encontrar, Valeria se comportaba así por algo evidente. Sencillamente le gustaba el sexo. Pensó Lázaro que no necesitaba devanarse la sesera para haber llegado a esa conclusión pero, a veces, obviamos lo más sencillo. Con él por ser una persona de su misma edad y también alguien libre y sin ataduras con quien podía dejarse ver en cualquier sitio y momento sin causar a las gentes de La Fambra extrañeza alguna. Verles juntos era lo suyo.
Por otra parte su relación con Hilario, sin descartar el sexo, bien podía ser para ella una relación llena de morbo, primero por ser él su profesor, segundo por ser una relación clandestina dado el estado civil de Hilario, tercero porque él podía ejercer sobre ella, con la experiencia de los treinta años, una atracción diferente y quizás más interesante de la que el joven Lázaro pudiera suscitarle.
Pensó también, sin certeza ninguna, en la probable vanidad de Valeria. Bien podía sentirse halagada, a sus dieciocho años recién cumplidos, por el hecho de que un hombre de la categoría social e intelectual de Hilario se hubiese fijado en ella hasta el punto de arriesgar su matrimonio por su compañía. Así Lázaro, que nunca había ponderado el peso que puede tener la vanidad en el comportamiento de las personas, se hizo por vez primera tal consideración en el caso de Valeria.
Con respecto a Hilario, Lázaro no sopesó demasiado las razones de su relación con Valeria o, en todo caso, bastaba con mirar a Valeria caminar por la calle para que cualquiera pudiera imaginar las razones que cualquier hombre tendría para estar con ella. Tal vez fue ella una tentación, tan a la mano para Hilario, que éste no fue capaz de rechazar.
Podía que todo hubiese contribuido y también que nada hubiese sido decisivo. Mas, por encima de todo, Lázaro decidió que, cualquiera que hubiesen sido las circunstancias de ambos, a él no le importaban un bledo y que, en lugar de declararse abiertamente conocedor de su relación, solamente utilizaría lo que sabía para su propio beneficio.
¿Iba a ser capaz de seguir acostándose con una mujer que lo hacía con otro a sus espaldas? Al principio esta consideración le repugnaba y se dijo que no, que finalmente no sería capaz, que no lo haría. Mas al cabo de darle vueltas se dio cuenta de que Valeria no había tenido escrúpulo alguno en hacerlo. Por qué habría de tenerlo él. Quizás el proceso mental consistía en convertir a las personas en objetos, en desposeerlas del afecto que las hace únicas para nosotros. Y sí, si Valeria podía ser un objeto de placer para él, ¿qué razón, a la vista de los acontecimientos, le impedía el utilizarla? Podía hacerlo con total frialdad y, en el caso de que ella buscase algún compromiso, ya sabía a qué atenerse. Se zafaría de ella. Valeria no era de fiar.
Se dijo también que, a Hilario, no le iba a permitir más esa suficiencia. Ahora le conocía una debilidad. Sus desprecios se habían terminado. Dicho de otro modo, Lázaro, se propuso vengarse sin amenaza ni escándalo alguno y, desde luego, sin dar en ningún caso el menor espectáculo.

Pasó una semana que Lázaro dejó trascurrir sin frecuentar los círculos habituales para que sus ánimos se enfriasen por entero y así, con los pulsos tranquilos, poder reafirmarse en la idea que se había propuesto.
Valeria le llamó aquella tarde preguntándole si le ocurría algo, que estaba preocupada por no haberle visto en los últimos días. Al oír a la muchacha hablarle tan tranquila, con total desenvoltura, sin pizca de titubeo en la voz, a punto estuvo el impulsivo Lázaro de no poder contenerse y echar sus buenos propósitos a rodar. Sin embargo, venciendo su inclinación, contestó por primera vez con falsedad y, en un tono cansado e intrascendente, le dijo que había tenido más trabajo del habitual y que se había volcado en los estudios algo más de lo que solía. Lázaro se sorprendió a sí mismo al oírse. Valeria repuso que le había buscado en los lugares habituales pero que, al no saber nadie nada de él en los últimos días, había temido que estuviera enfermo.
Al día siguiente quedaron, una vez más como solían, para dar uno de esos paseos que habitualmente acababan en alguna de las praderas recónditas de la ribera del río. Tan bien supo Lázaro llevar aquella cita que Valeria, intuitiva como era, sólo acertó a notar en él un poco más de seriedad y también un cierto desapego en el sentimiento de protección que Lázaro solía prodigarle. Pero curiosamente, esos pequeños cambios, que intuyó. le gustaron y le hicieron creer en un Lázaro más maduro cuyo comportamiento se parecía por momentos más al de un hombre que al del muchacho que hasta entonces había conocido.
Lázaro se sentía seguro de sí mismo y aprendió lo bueno que era para sus propios deseos tener la boca callada cuando convenía. Fue también consciente de cómo Valeria, en lugar de recelar de él, parecía sentirse más a gusto a su lado por esa especie de pose un algo dura que los sentimientos le habían provocado pero que tan hábilmente había adoptado, a propio intento, como un actor que cuidara todos los detalles.

El primer encuentro con Hilario lo tuvo en compañía de Valeria y de otros habituales de aquellas tertulias socio-culturales. Hilario entró en la cafetería y puso la inevitable cara de fastidio al ver a Lázaro, pero enseguida pasó del disgusto al desdén y saludó obligadamente:
- Hombre, ¿ya te has repuesto? –dando por sentado que había estado enfermo.
- Sí, estoy ya bien. Ya sabes, mi vida es tan lineal como mi pensamiento. Tú es el que pareces llevar una vida más compleja, ¿cómo te va? ¿Te las arreglas bien? –repuso Lázaro con el gesto serio y una seguridad a la que Hilario no estaba acostumbrado.
- ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? –no le quedó otro remedio que contestar a Hilario, pues todos se sorprendieron por la salida de Lázaro.
- Pues lo que he dicho, que mi vida es simple y cualquier cosa que se me presente tiene solución fácil. Que me preocupa más tu vida, la laboral, la cultural, la afectiva, la familiar y todas esas esferas que cultivas y que la hacen tan atractivamente compleja.
Hilario, antes de contestar y casi mientras Lázaro terminaba sus observaciones, echó una mirada a Valeria tan breve como intensa. Sin respuesta en los ojos de ella, contestó intentado ser intrascendente:
- No creas, mi vida es tan común como la tuya.
- ¿Ah sí? ¿Es posible que tengamos los dos algo en común? Me cuesta creerlo, sería la primera vez que lo admitieras.
Hilario, algo desconcertado, miró a la barra y dijo:
- Perdonadme un momento, voy a saludar a Laborda que hace un siglo que no le veo.
Y se alejó hacia la barra en un acto de retirada que ninguno acertó a comprender pero que a pocos pasó desapercibido.

22 marzo 2009

Benedicto y el lince.

Benedicto, el bendito hechicero blanco de la cristiandad occidental, de viaje ahora por África provocando estampidas de carisma, dice que el uso del condón no es una medida adecuada para el sida, sino que por el contrario fomenta la promiscuidad de los nativos. Dice también que el aborto no es una opción para las mujeres, oprimidas por las servidumbres de su sexo, sino un atentado contra la vida desde el primer momento de su existencia. Y la iglesia católica de España dice que aquí se protege más al lince que al nasciturus.
Y, ponderando todas estas cosas, pienso yo que cuánta razón lleva el gran hechicero blanco, jefe del estado Vaticano, porque el cigoto está vivo y bien vivo. ¿Por qué no se protege al cigoto y sí al lince, al que ni siquiera podremos llegar a bautizar?
Es una buena pregunta la del gran hechicero blanco y ni siquiera pierde fuerza al ser formulada a través de los obispos ibéricos que, aunque ortodoxos, no le llegan a la altura de los zapatos al pontífice.
Sí señor, tiene su miga. Pero, siendo consecuentes con el papal razonamiento, también los gametos que originan el cigoto están vivos, y siendo los gametos origen del cigoto, se tolera sin embargo, sí lo digo bien alto y con vergüenza, se tolera repito, que los sacerdotes sacrifiquen sus espermatozoides en estériles e involuntarias poluciones nocturnas por desbordamiento, claro, porque es evidente que los clérigos españoles son responsables y no se la menean jamás, y que las monjas dejen que sus óvulos mueran mustios sin fecundación, como quien dice sin placer, pena ni gloria y, a veces, incluso con dolor. Y, esos gametos, viven. Sí, sí, sí viven, viven. Es tontería pretender ignorarlo.
Pues sí, se tolera. Y, digo yo, ¿no es esto un atentado a la vida y al mandato que, según dictó el Creador, decía creced y multiplicaos?
No sería hora de acabar con semejante desvergüenza. Que no queden los gametos de nadie, hombre o mujer, menos protegidos que el lince ibérico. Que las cofradías lo propalen a los cuatro vientos, que los hinchas de los equipos de fútbol lo manifiesten, que se comenten estos temas en el bingo, que todo se revele en el Internet para mayor gloria de Dios, que las homilías de los castos clérigos lo divulguen por doquier... Y que los Papas y obispos, siquiera para dar ejemplo, tengan al menos una docena de críos, reconocidos abiertamente como hijos del amor, fruto de un apropiado uso gametario de las energías de sus años mozos y/o maduros, antes de ascender al pontificado y/o al espiscopado y digo lo mismo, debidamente organizado, de las monjitas y del clero varonil. Eso les revestiría de autoridad y todos los cristianos del orbe sabrían que, cuando esos señores hablan, saben de qué hablan y no como ahora que, por la imposición del celibato, se ven obligados contranatura a pecar contra la vida en su mismísimo origen y, encima, a predicar lo contrario por el voto de obediencia.
Porque, ¿no atentan seriamente contra la vida quienes por medio del celibato se oponen a ella malrotando las potencias que el Señor puso en ellos? Pero, ¡por Dios santo!, ¿es que los gametos carecen de vida? ¿Es que nuestra santa madre, la Iglesia, protege más al cigoto que a los gametos? ¿Es que se puede dejar a los gametos por ahí, totalmente desprotegidos, como si fuéramos unos ignorantes de su función? ¿Es que es filosóficamente más consistente proteger más al acto que a la potencia? Seamos consecuentes y conscientes y, si al fondo queremos llegar, lleguemos. ¿Es que podemos permitir e incluso fomentar voluntariamente tal perdida de potencias vitales sin atentar contra las normas más elementales del código natural? No, y mil veces no. ¡Viva Benedicto!, por fin alguien dice las verdades. ¡Qué le den por saco al lince, protejamos la vida al completo de una puta vez, coño! ¡Venga, va!
Sólo una última reflexión. Si el Jefe del Estado Vaticano aplicase en su estado esas normas de respeto a la vida, veríamos, el resto del orbe, con satisfacción como el índice de natalidad del tal estado se convertiría en un ejempo de lo que es aplicar el respeto a la vida dentro de las propias fronteras. Pero, claro, tampoco tienen linces.

17 marzo 2009

El trago


Apenas pudo Lázaro disimular su evidente alteración. Miguel de la Villa atribuyó la repentina desazón de Lázaro a la impresión que le había producido el descubrimiento de aquel observatorio inusitado y a la concentración mantenida en el largísimo rato que paso mirando. Lázaro no lo negó pero, lejos de desengañarle, no le dijo que no fue el observatorio sino lo observado fortuitamente desde él lo que le había roto algo por dentro. Miguel, amablemente, le invitó a volver para disfrutar de aquellas vistas cuando quisiera pero Lázaro, dando las gracias con mucha cortesía y una seriedad que su amigo no esperaba, supo con seguridad que no volvería más a aquel observatorio, pues el sitio quedó asociado en su mente al primer desgarro serio que el muchacho sufrió en un lugar donde, hasta ese momento, sólo la felicidad le había acariciado. Aquellas vistas jamás le harían disfrutar, como pensó su amigo, sino todo lo contrario.
Tras balbucear unas excusas poco convincentes por precipitadas, le dijo a Miguel, que no supo a qué atribuir su repentina seriedad y prisa por marcharse, que volvía a la residencia de estudiantes porque sus deberes le requerían en ella. Salió de aquel observatorio y así lo hizo, pero no fue sino para asistir, desinteresado totalmente y ausente, al estudio de la tarde y a la cena y, tan pronto como los dormitorios se apagaron y se hizo el silencio, abandonó el edificio y salió caminando sin rumbo. Todo su ser estaba como acolchado interiormente por una angustia que le subía garganta arriba sin poder brotar por parte alguna y, por otro lado, su mente, repentinamente asustada por el imprevisto, estaba completamente aturdida y en desorden.
Atravesó el viaducto apresuradamente sintiendo el miedo a la oscuridad y al vacío que había bajo éste, cualidades ambas que ahora también él compartía en sus adentros. Y le dio miedo el viaducto por eso de que las cosas afines pudieran atraerse. Y fue ese un pensamiento que le asustó por nuevo, por no haberlo sentido antes ni en ningún otro lugar.
Era tarde y quedaban pocos sitios abiertos y, por las ventanas de los bares que aún tenían luz, podía verse a los camareros recogiendo y afanándose por cerrar cuanto antes para marcharse a casa. Así que Lázaro, para no incordiar a aquella gente cansada y deseosa de terminar su larga jornada, no entró en ninguno de aquellos bares del centro. Caminó hacia los arrabales sin ser muy consciente de que lo hacía. Sin pensarlo mucho se encontró empujando la puerta del bar que había en el bajo del burdel y donde su presencia fue acogida con la distante expectación de siempre, aunque con algo de extrañeza por no ser final de mes. Pidió una copa, lo que era inusual cuando visitaba aquel local y el encargado, sin duda avisado, bajó enseguida. Al ver cómo el camarero le iba a servir un cubalibre detuvo a éste con un gesto e invitó a Lázaro a subir al salón del primer piso donde se encontraría más confortablemente y en un ambiente más discreto. Lázaro se lo agradeció y le siguió escaleras arriba.
Una vez que Lázaro se sentó en uno de los sofás de la sala de la salamandra y los angelotes y los cortinones en tonos pastel, que aquello parecía la antesala del Olimpo, el encargado le sirvió un cubalibre con ginebra inglesa que tomó de la estantería del pequeño bar de la sala y le dejó allí, acosado por el flujo incesante de sus desordenados pensamientos. Bullía su mente en sentimientos alborotados e ideas fugaces. Por el momento, unos y otras continuaban sin sedimentarse, moviéndose sin orden dentro de aquel cerebro. Era como si la cabeza de Lázaro estuviera repleta de pájaros asustados que torpemente chocaran entre sí. Bandada chillona imposible de apaciguar, de hacer callar y poner en un orden que permitiera pensar y colocar una cosa detrás de otra.
Ahora todo comenzaba a tomar cuerpo y sentido en la mente de Lázaro. La admiración de su querida Valeria por el profesor era algo más y también algo distinto. Pero, en tal caso, por qué inició un romance con él. Acaso no se veía con Hilario antes de que comenzaran a frecuentarse y a iniciar lo que Lazaró pensó, hasta ese día, que había sido un compromiso. Y luego venía la actitud de Hilario, a la que ahora encontraba explicación pues el hecho de que se incomodara porque Lázaro se metiera por medio denotaba sin duda que, antes de que Lázaro entrara en escena, Hilario y Valeria se veían. Comenzaba a verlo claro, las cosas iban casando, tenían sus razones. Pero si era así, por qué Valeria se entregaba a él de un modo que siempre le pareció sincero y cómo podía hacer lo mismo con Hilario al día siguiente o vaya usted a saber si un rato después. El que Hilario no pusiera las cartas boca arriba tenía una razón clara: estaba casado. Y a todos estos hechos les daba Lázaro vueltas y más vueltas incapaz de verlos desapasionadamente y buscándoles las explicaciones más complicadas y, a veces, peregrinas. Daños, le parecían entonces, insufribles los que padecía. Y no se daba cuenta de que la mayoría de lo que aprendemos por la vía de los sentidos nos entra, con dolor o sin él. Aunque Lázaro, dolido como estaba, no estaba para asumir tales conclusiones ni ganas tenía.
Fue entonces cuando reparó en que una mujer, que aparentaba entre veinticinco y treinta años, le estaba sirviendo una segunda copa pues hacía un momento que había acabado la primera. La mujer le sirvió sin hacer ningún comentario y con una cara que no era ni alegre, ni seria, ni triste. Seguramente, advertida de quién se suponía que era, no deseaba pasarse en ningún sentido. Era guapa, de mediana estatura, morena y con el pelo sumamente liso y lustroso, cortado a media melena y con un flequillo sobre la frente que terminaba recto un dedo por encima de las cejas. El escote del vestido dejaba ver el inicio de los senos, pero sin exageraciones de mal gusto, y una raja lateral de la falda, más discreta que ostentosa, mostraba, según se moviera, hasta medio muslo de apariencia suave y un color muy blanco que contrastaba con el negro raso de su vestido. Si aquella mujer era una prostituta, y por el sitio donde estaba no había duda de que lo fuera, no le daba la impresión a Lázaro de que la agraciada morena diera el tipo de tal. En todo caso un maquillaje algo excesivo en los ojos y unos labios, a juego con las uñas, de un tono rojo intenso, como recién pintados, le daban un toque que se salía algo de lo habitual. Ante aquella mujer hecha y derecha, Lázaro se azoró un poco y ella, que lo notó al instante, le facilitó las cosas diciendo:
- Parece que estás algo preocupado.
- ¿Cómo lo sabes? –respondió Lázaro con una seguridad fingida.
- Llevo sentada ahí al lado casi media hora y he notado que ni me habías visto.
- ¿De veras? Tal vez hacía como que no te veía.
- No. Yo sé que no me has visto.
- Llevas razón, no me había dado cuenta de que estabas.
- ¿Qué te preocupa? ¿Alguna mujer, algún negocio?, aunque a tu edad seguro que se trata de una mujer –dijo la prostituta sin titubear pero sin darse ningún aire.
- Sí, y no sé a qué carta quedarme con ella.
- Es lo bueno que tenemos las putas. Con nosotras está siempre todo muy claro… Me llamo Camelia, ¿y tú?
- Lázaro.
Y ante las palabras de Camelia, pensó Lázaro, con el corazón rebosante de rencor, que habría que ver cuál de las dos al final resultaba más puta si Valeria o aquella tal Camelia, la morena aplomada y tranquila que, sin resultarle molesta, se había sentado a su lado en el sofá y se había declarado del gremio sin alterarse ni dar la nota.

Cuando Lázaro despertó se encontró con un brazo sobre la espalda desnuda de Camelia. Se sobresaltó y se incorporó rápidamente en la cama y, enseguida, saltó de ella. Tomó el reloj que había dejado en la mesilla. Eran las seis de la mañana. Había de volver lo antes posible a la residencia pues los estudiantes se levantaban a las siete.
- ¿Qué te ocurre? –dijo Camelia incorporándose somnolienta y encendiendo la luz de la habitación desde una perilla que colgaba sobre la cabecera de la cama.
- Me tengo que ir. Dime qué te debo.
- Por estrenarte con una del gremio, invito yo. No quiero que tengas mal recuerdo –dijo Camelia con tranquilidad – Si vuelves, ya será otra cosa.
- Mi recuerdo será bueno, pero tengo que pagarte –dijo Lázaro con decisión.
- Mi cuerpo es mío –dijo tranquilamente Camelia sentada en la cama al tiempo que se encendía un cigarrillo- Es de lo poco que tengo claro.
Lázaro la miró fijamente. Camila, aspirando una bocanada, con los hermosos pechos desnudos y la mirada serena le devolvió la mirada. ¿Cómo una mujer tan entera y tan bella tendría aquel oficio?, pensó Lázaro. Luego se dio la vuelta y, ya totalmente vestido, salió de la habitación. Sin duda le faltaba mucho por aprender de la vida pensó el muchacho mientras salía de aquel garito por una puerta lateral y el fresco de la madrugada helada de La Zambra le cortaba la cara. Todavía no había amanecido.

16 marzo 2009

El puente de mando


La aversión hacia Hilario fue creciendo sin pausa. Y ocurrió así por los propios méritos del filósofo y en correspondencia al desprecio que éste evidenciaba hacia Lázaro. Hoy, los sicólogos dirían que era, la tal aversión, algo así como un efecto rebote. Además los buenos ojos con que Valeria miraba al profesor no hicieron más que exacerbar, con celos ocultos y añadidos, la inquina sorda que Lázaro albergaba contra el filósofo y a la que, hasta ese momento, se había visto impotente para dar salida. Por otro lado el docente, lejos de deponer su actitud, perseveraba en ella. Y así el transcurso del tiempo fue asentando estos venenosos sentimientos en el muchacho, dejando siempre latente en su cabeza un sentimiento que guardaba para el día que pudiera resarcirse de tanto desdén y humillación sin motivo aparente.

Aquella tarde de primavera Valeria salió a pasear con Lázaro por un camino de tierra que se alejaba entre choperas río arriba. Ella vestía un traje chaqueta verde verbena con una falda ceñida, a él le pareció que el color del traje era muy llamativo pero Valeria estaba muy guapa con él y su belleza fresca y juvenil hacía que incluso la estridencia de aquel color le sentara bien a la muchacha. Charlaron y caminaron largo rato pero su mutua atracción pudo al cabo de una hora mucho más que el resto de las cosas y en un lugar apartado, río arriba, se entregaron ansiosamente al sexo en la ribera herbosa. Luego, saciados de él, tornaron cogidos de la mano deshaciendo el camino antes andado y regresando indolentemente a la ciudad mientras las sombras de los chopos se alargaban y, con el irse de la tarde, llegaba el frescor. Valeria no habló mucho y Lázaro, feliz con aquellas expansiones amorosas, se sentía tan agraciado como si se encontrara protegido y compensado de lo desagradable que pudiera rodearle por aquella especie de premio, tal como él lo veía, que era el amor espontáneo y acogedor de la muchacha. Él pensó que en el regreso a la ciudad habían conversado mucho, pero no fue así. Apenas se dirigieron la palabra absortos como iban, mecidos ambos en un sentimiento de agradable calidez que se trasmitía por las palmas de sus manos enlazadas. Así, Lázaro, pensó una vez más, irreflexivamente, que los sentimientos se comunicaban por telepatía y que lo que uno sentía era compartido y conocido forzosamente y a la par por el ser que caminaba a tu lado cogido de tu mano, porque eso era el amor y no otra cosa. Aquel tipo de ensoñaciones, capaces de confundir la comunicación con el recrearse en sus propios sentimientos, eran muy propios de él.

Pasaron un par de semanas con la lentitud que los días tenían en La Fambra. Uno de aquellos estudiantes, Miguel de la Villa, le tenía prometido invitarle a su casa para echar una ojeada a la biblioteca de su padre y charlar un rato sobre libros, aparte de enseñarle las portentosas vistas que desde aquel lugar, que ocupaba la casa familiar, podían contemplarse. A Lázaro le sobrecogía la impresionante mansión que el padre de Miguel tenía en una de las colinas que había en el ensanche, en el lado nuevo de la ciudad, pasado el viaducto, y desde la que se dominaba, a ojo de halcón, la vega allá abajo hasta perderse en el horizonte de choperas verdes y huertas cuidadas, la ciudad a la derecha con sus torres y todos los montes circundantes en un radio de muchos kilómetros. La construcción de aquel chalet grandioso y desproporcionado no era precisamente bella, original ni artística. Tenía, sin embargo, una peculiaridad que Lázaro no acertaba a captar y que hacía única, por inusual, a aquella construcción un tanto mastodóntica para ser una simple vivienda familiar. Miguel, notando su perplejidad, le contó que el edificio había sido edificado intencionadamente por su abuelo de aquel modo. El viejo, que había sido almirante de la armada, primero eligió aquel enclave y después construyó toda la casa a semejanza del puente de un gran barco y por eso tenía aquellas formas tan exageradas, tan geométricas y de tan poco uso tierra adentro y que, también por eso, las vistas eran las que se tendrían desde el puente de mando en un barco que navegara por aquella abrupta y accidentada orografía. Entonces comprendió Lázaro la extraña disposición de aquel edificio tan sorprendente y raro.
Luego, una vez en el mirador principal, en lo más alto de aquella mansión observatorio se sintió definitivamente impresionado. Las vistas eran aún más extraordinarias de lo que había imaginado y, por si fuera poco lo que desde allí pudiera verse, había media docena de prismáticos militares que permitían acertar a ver detalles de cuanto se observaba, que de por sí ya era mucho. Lázaro estaba tan entusiasmado por el descubrimiento de aquel lugar tan exclusivo e impensado que olvidó la fealdad geométrica que el edificio presentaba externamente, falto de cualquier detalle artístico o decorativo, e incluso quedó momentáneamente aparcado, en un segundo plano, el interés por la gran biblioteca que albergaba en una de sus salas y que Miguel acababa de enseñarle. Durante mucho rato quedó Lázaro absorto en las vistas, tan callado como si fuera mudo.
El sol de la tarde, que quedaba a espaldas de aquel punto de observación, iluminaba toda la vega y la ciudad sin posibilidad de deslumbrar en absoluto, al contrario, como si proyectara una luz intensa dedicada a iluminar portentosamente todo cuanto allá abajo existía y también el cogollo de la ciudad entera que se extendía en el gran cerro de la derecha pasado el diáfano viaducto del gran ojo central.
Tan absorto notó Miguel al asombrado Lázaro que, tomando un libro que estaba leyendo, se sentó a un lado y continuó tranquilamente con su lectura, dejando que Lázaro probase con calma la potencia de aquellos prismáticos, hechos todos, para observar en el mar a muchas millas de distancia. Lázaro agradeció el silencio de su amigo y aquella educada discreción que le permitió pasar un rato de excelente contemplación, observando desde allí los detalles de la ciudad y luego los de la estación, el barrio bajo y la vega como nunca antes había tenido la posibilidad de hacer.
Fue al enfocar las lejanas choperas de la vega, cuando aquella brizna de verde más brillante atrajo su atención. Tomó los prismáticos de más alcance. Al principio no podía creer lo que veía. La brizna verde que llamó su atención era el traje de Valeria que, como una señal destelleante en movimiento, destacaba de verde más vivo entre los tonos verdes. Estaba con alguien a quien Lázaro no podía identificar pero a ella sí, sin duda, no había quien llevara un traje de aquel color en toda La Fambra. El corazón de Lázaro latía con tal fuerza que lo notaba en el cuello y en las sienes. ¿Cómo podía ser aquello? ¿Quién era aquella persona? Ambos se acercaban, se abrazaban, sin duda se estaban besando, no había duda. Luego siguieron caminando y sus figuras se ocultaron tras un cañaveral. A los pocos minutos un coche salía de detrás de las cañas y aún en él y por un momento pudo Lázaro ver el destello verde como una diminuta chispa, bajo la luz aún intensa de la tarde, del vestido de Valeria. Se disipó su duda. Era el coche de Hilario. A Lázaro se le hizo un nudo en la garganta.

12 marzo 2009

Inesperada reticencia


Llevaba Lázaro unos cuantos meses viviendo de modo regalado. Cumpliendo con lo imprescindible de sus obligaciones en la residencia, posponía los estudios reglados a los que se hallaba ligado y sólo dedicaba sus esfuerzos a leer de modo anárquico, a acudir a las tertulias de sus admirados amigos, donde ya se atrevía a intervenir de vez en cuando, y a compartir cada vez más ratos con Valeria.
Los informes quincenales para Mansoz le robaban poco tiempo y eran para él una especie de entretenimiento cruel en el que se deleitaba contando cosas de las que hablaban en las tertulias, procurando abundar en ellas, a sabiendas de que maldito lo que le importarían al comisario. En cierto modo disfrutaba haciendo perder el tiempo a aquel hombre que lo tiranizaba, pero el hacerle leer sus aburridos informes llenos de comentarios pretenciosos y voluntariamente extensos sobre literatura, filosofía, cine, arte, etc. era su forma pobre de vengarse y demostrarle, eso creía Lázaro, lo muy por encima de él que, culturalmente, aquel ambiente, que el funcionario se obstinaba en espiar y controlar, se encontraba. Aunque Lázaro bien se había acostumbrado a esa tiranía por el dulce contrapeso del dinero. Dinero cuya posesión le estaba creando hábitos nuevos, antes desconocidos e impensables, que ahora le encantaba satisfacer y así no era Mansoz el que le tiranizaba sino que el dinero lo hacía en su lugar. Pero de esto Lázaro no se daba cuenta.
Como todas sus relaciones, profesores y estudiantes, tenían obligaciones y no solían verse hasta por las noches, como no fueran sábados y domingos, a Lázaro le sobraba tiempo para, a la menor excusa, intentar verse con Valeria. Veía en ella una chica decidida, con un arrojo que en La Fambra no era frecuente entre las chicas de su edad. Ella estaba también estudiando pero con frecuencia accedía a las peticiones de Lázaro y sus ratos en común fueron paulatinamente en aumento. A Lázaro le gustaba mucho aquella chica y ella enseguida se dejó querer por compartir con él edad, gustos, deseos y, últimamente, bastante tiempo. Tal vez también, aunque eso a Lázaro no se le ocurría, por ser el corazón amante de su edad que, suspirando por ella, tenía más a mano.
El primer día que tuvieron sexo descubrió él, admirado como siempre por la reacción de las mujeres, que Valeria lo estaba deseando y le dio a la experiencia un valor mucho más profundo y trascendente de lo que convenía, pues le pareció que ambos habían entrado en otra esfera más íntima y que el mundo de sus sentimientos había desembocado, por la vía del sexo, en una comunión y en una especie de unidad que en la muchacha, Lázaro, daba idénticamente por sentida sin intercambio de palabras ni prueba alguna de ello. Y precisamente, sin necesidad de palabras había de ser aquello, y así lo tenía por cierto y seguro, como cosa de cajón. No se le ocurrió consultar tal sentimiento con ella por parecerle cosa cierta e indudable que debiera ser el sexo la prueba más firme de la seguridad de los afectos. Y así quedó Lázaro atrapado en una especie de sincero sentimiento que trascendía lo sexual pero que con ello se retroalimentaba. Lázaro se había enamorado.
El grupo con el que ambos se relacionaban enseguida se percató de la relación que entre Valeria y Lázaro se había establecido y todo parecía ir bien si no hubiera sido por las reticencias hacia el sentimiento de Lázaro con que uno de los profesores, hasta ese momento indiferente, empezó a ejercitarse. Primero lo hizo con disimulo y después con inequívoco, creciente y ostensible desparpajo, hasta que a Lázaro se le hicieron evidentes y por ello dolorosas e hirientes las más de las veces sus palabras. Además de las reticencias, las cosas se fueron enconando pues, el tal profesor, que lo era de filosofía, era un hombre de unos treinta años y no perdía la ocasión, cada vez que Lázaro abría la boca, de dejarle en ridículo burlándose de sus pobres conocimientos de aprendiz en todo, de desmontar cualquier argumento que al muchacho le pareciera consistente, de mostrar un frío desprecio ante cualquiera de sus intervenciones y opiniones o de ningunearle tanto como le fuera posible a la menor ocasión y había que reconocer que, un hombre de su cuajo y formación, tenía posibilidades para hacerlo en todo momento y que si no lo hacía más veces al día era seguramente por pereza.
De todos los desprecios que Lázaro había empezado a probar en su sufrido amor propio era el peor la auto asumida superioridad de su interlocutor. Sin duda esa enorme solvencia, que el profesor de filosofía esgrimía y ante la que él nada podía hacer, le descomponía, pues siempre se quedaba carente de argumentos en las discusiones, falto de rapidez en las respuestas, corto de reflejos y yermo de imaginación al intentar devolver los golpes que las descaradas ocurrencias y el brillante ingenio de su interlocutor le propinaban. Así le fue tomando a Hilario una inquina cada vez más fuerte y enconada pues el filósofo, en las tertulias, no le tenía ni siquiera por persona a considerar y le desdeñaba tan pronto le veía aparecer, sólo con mirarle compasivamente y mostrarle su sonrisa tranquila de superioridad. Llegó un momento que la mera presencia de Hilario era una molestia insufrible para Lázaro, a tal punto de incompatibilidad llegaron.
A Lázaro, interiormente, le llevaban los demonios a la vista de aquella altanería de corte tan fino y sutil y, a veces, también más descarada. Sin embargo, fingía que no le incomodaba la actitud de Hilario y procuraba no perder los papeles e impedir que un arranque de temperamento le impeliera a suplir con violencia, aunque sólo verbal fuera, lo que le faltaba de madurez, temple, formación, ironía y conocimientos. Pero la tirantez entre los dos se hizo evidente y las sonrisas burlonas entre los habituales se hicieron frecuentes ante las brillantes intervenciones de Hilario para, siempre que podía, dejar en evidencia, cuando no en el ridículo más crudo, a Lázaro.
Para colmo de desdichas Valeria era alumna de Hilario y a ella, según decía, el profesor le caía bien y, al parecer, no sentía como propios los acerbos ataques verbales de éste al muchacho. Es más, Lázaro, alguna de las veces, observó de reojo cómo la chica miraba al profesor con esos ojos de admirada entrega que, como fue aprendiendo a lo largo de su vida, se les ponen de vez en cuando, o tal vez sólo cuando quieren ellas, a las mujeres.

27 febrero 2009

Conciencia


Y él, que había pensado que su vida era suya. Él, siempre tan celoso de su libertad y de su independencia, ¿cómo él había caído en semejante trampa? Él que, tan sólo dos días antes, se había acostado bendiciendo su fortuna de cara y ese don ignorado que tantos bienes prometía.
Indignado por la vergüenza hacia su persona, se encontraba con que alguien, un ser desconocido que reinaba en un despacho, simplemente con unos minutos de distraer su atención de unos informes le podía obligar a hacer algo oneroso y encima así, como quien dice, al chasquido displicente de sus dedos. A él, nada menos que a aquel ser idealista que desde tan joven había preservado intacta, tan perseverante como delicadamente, su independencia y su libre voluntad y que había soñado con ser sutilmente distinto a todos esos seres mezquinos, ordinarios, apegados a la tierra, que le rodeaban. Lázaro se negaba a admitir el hecho de tener que acatar una sumisión tan denigrante. Aquello le repugnaba.
Indignado no hacía más que dar vueltas en la cama sin poderse dormir, impresionado aún porque algo tan inesperado pudiera haberle ocurrido precisamente a él. Pero así era y, a menos que se le ocurriera algo brillante, no iba a poder librarse del cepo en que había caído ni de la tareíta con la que el comisario había pensado amenizarle su paso por La Fambra.
Poco a poco se calmó. Pensó, intentando ser ecuánime, que tampoco estuvo bien que se hubiera dejado meter aquel dinero en el bolsillo y que de aquel dejar hacer le venía ahora este no poder dejar de hacer, esta obligación ineludible. Reconoció también que, en el momento en que el rufián aquel le metió el sobrecito en la chaqueta, sintió una cierta repugnancia por aceptarlo tan taimadamente pero, recordó a la par, cómo se contentó enseguida al día siguiente cuando entró, como un señor, a desayunar al hotel Cervera, que era el más elegante de la ciudad, y cómo lo hizo, con ese aire distinguido que, como había comprobado, hasta la policía consideraba y sabía apreciar. Era un placer el sentirse un ser dominador con esa seguridad que daba el dinerito en la cartera.
Evidentemente, si se pensaba de dónde procedía éste, había de sentirse necesariamente un poco de vergüenza pero, una vez que uno se acostumbraba, y él se acostumbró enseguida, tampoco era el mal para tanto. Todo era capacidad de adaptación, se dijo. Al fin y al cabo gastaba en sus placeres ganancias que del placer ajeno procedían también y así, rodando el dinero de unos a otros, a todos complacía según sus gustos y, escrúpulos tontos aparte, no había hecho, ni remotamente, mal irreparable a nadie. Y, teniendo todo esto en cuenta, concluyó que era el dinero la mejor ramera por eso de saber dar placer a todos y a cada uno.
Considerado el hecho de otro modo, el encargo encomendado era una tarea vil que, como tantas que afectaban al honor, no existiría como tal mientras los demás no la conocieran y, aún conociéndola algunos, no lo sería mientras no fuera pública o notoriamente difundida. Eso en el supuesto de que esos, potenciales críticos, no hubieran actuado de igual modo de haberse visto en idéntico brete. Y así, Lázaro, fue dando a su conciencia cálidos y prolongados masajes de justificación, para flexibilizarla y hacerla tan elástica que todo le cupiera y, de este modo, le ayudara a llevar su existencia con comodidad en lugar de hacérsela difícil y penosa. Modestamente, Lázaro, llegó a reconocer por entonces que lo consiguió y que, con el paso del tiempo, cupieron en su conciencia cosas tales que nunca antes hubiera imaginado.
Enfocando el asunto del lado de sus futuros espiados: qué podían ocultar aquellos aplicados estudiantes y aquellos probos profesores. Se limitaban a ser gente cultivada, con ideas, con conocimientos plurales, variopintos y diversificados…qué interés podía eso tener para el comisario, qué más daba que él le contara lo que opinaban sobre tal o cual autor o filósofo, qué libros leían, como veían el futuro del arte escénico o de la música o de la pintura o qué mundos les desvelaban aquellas películas de arte y ensayo… Lázaro estaba convencido de que, sus revelaciones a Mansoz, le iban a proporcionar un buen nivel de vida sin que por ello sus admirados intelectuales sufrieran ninguna consecuencia ni perjuicio. Es decir, iba todo a ir rodado para él sin ningún detrimento para los demás. Un modo sencillo y cómodo de ganar dinero, vivir bien y poder comprar todos esos libros que tanto le deslumbraban y atraían.
Con el paso de las semanas llegó a pensar que hubiera sido cosa de un bobo el haberse negado en redondo a colaborar con el comisario. Qué gran ocasión de aprendizaje y de mejora personal hubiera despreciado, pues su vida se había hecho desde aquel encuentro, amedrentador en un principio ciertamente, una especie de etapa indefinida de recreo digna de ser paladeada con deleite. ¡Qué gran placer era el aprendizaje!, concluyó Lázaro una vez que hubo revocado sabiamente todas las grietas que en su conciencia surgieron al principio. Ciertamente un hombre había de construirse a sí mismo y aplicarse en esa tarea con más tiempo y ahínco que en ninguna otra.
El dinero que comenzó Lázaro a recibir puntualmente le era entregado con todo respeto y sobria ceremonia los finales de mes en cuanto asomaba la nariz por el burdel. Gracias a él su aspecto había mejorado, se había comprado alguna ropa, se aficionó al buen tabaco, a la buena mesa y al vino de Rioja. También sus relaciones personales habían mejorado, pues ya no era necesario que se excusase fútilmente cuando le pedían ir a cenar en compañía de algún o algunos de aquellos amigos recientes, por no tener dinero para pagarse cenas en restaurantes o en hoteles. De hecho era él el que ahora les pedía quedar para cenar de vez en cuando y escuchar sus interesantes charlas sobre filosofía, literatura, arte, cine, etc.
Enseguida conoció a una chica tan joven como él que también frecuentaba aquellos círculos, si bien no tanto como los varones, pues aquello por entonces, como ya se dijo, no estaba muy bien visto entre mujeres. Era una chica muy espabilada, rubia y con el pelo corto aunque no excesivamente y tenía una figura espléndida. La muchacha estaba muy bien, era muy atractiva y lo sobradamente despierta, suficiente y simpática que solían ser algunas chicas a la edad de Lázaro. Él, sin embargo, no estaba todavía muy curtido en lides femeninas y de este modo, Valeria, que así se llamaba la muchacha, le parecía a Lázaro lo más interesante, subyugador, atrayente y fresco que en La Fambra podía encontrarse.

26 febrero 2009

Ingenuidad


Sólo pasaron dos días. Al regresar aquella noche hubo de atravesar el viaducto, como todas, en dirección a la residencia. Había pasado la tarde en la cafetería Eslava con varios de aquellos profesores y estudiantes a los que tanto admiraba y a los que pudo invitar aquella noche a una ronda, sin contarles el origen de su inesperada pujanza económica. Iba pensando en los libros que aquella mañana había encargado en la librería de la cuesta de San Salvador. Le habían dicho que en una semana a lo sumo los tendría allí.
Al llegar al centro del viaducto un hombre de unos treinta años le pidió fuego. Al echarse la mano al bolsillo el hombre le mostró una identificación de policía que Lázaro, súbitamente nervioso, no llegó casi a ver pero de cuya autenticidad no dudó. En ese mismo momento, otro hombre, algo más joven, que debía venir detrás de él llegó a su altura y así Lázaro quedó entre ambos.
- Lleva usted poco por aquí, ¿verdad? –dijo el mayor de los hombres.
- Sí, apenas un mes –contestó Lázaro, tímidamente y en estado de alerta.
- ¿Sabe usted que en la parte del ensanche, al otro lado del viaducto, hubo un campo de prisioneros?
- No, no lo sabía –Lázaro casi había perdido la voz.
- Pues sí, lo hubo. Todas las mañanas atravesaban este viaducto para ir a reconstruir la ciudad, en ruinas por la guerra, ya sabe… Algunos, cansados de la dureza de su vida, saltaron por esta barandilla para no enfrentarse a un destino que veían sin salida. Claro que de eso hace ya muchos años y, sin duda, a un joven como usted estas cosas no le interesan.
Lázaro, entre los dos hombres, miró la barandilla de hierro fundido y, debajo, la negrura sin fondo que el barranco ofrecía por la noche con sus ochenta metros de profundidad. La compañía de los dos policías y la visión de la baranda del viaducto, tenuemente iluminada por el alumbrado público, no le daban ninguna tranquilidad. La voz del hombre le sacó de sus temerosas conjeturas.
- Acompáñenos. El comisario Mansoz desea conocerle.
Tan impresionado estaba Lázaro por el incidente que no se atrevió a hacer pregunta alguna y, sumiso, les acompañó en silencio. Dieron la vuelta y, con Lázaro entre ambos policías, tornaron hacia el centro histórico de La Fambra. En su camino no se cruzaron con nadie conocido y eso a Lázaro le tranquilizó, pues a nadie tendría que dar explicaciones. La comisaría estaba en un edificio nuevo, de esos reconstruidos en la época a la que hizo alusión el policía. A la puerta había un guardia de uniforme. En el recibidor había un mostrador donde otro guardia informaba de dónde estaban los despachos y las gestiones que en cada uno podían hacerse. A aquellas horas no había nadie. Pasaron al interior y entraron a la antesala de un despacho. Dejaron allí a Lázaro y le dijeron que esperase hasta que desde la puerta interior le avisaran para pasar al despacho del comisario. Lázaro estaba muy nervioso. Pensó que aún le quedaba la mayor parte de lo que le habían dado en el burdel y, muy alterado, contó los billetes que tenía en la cartera. Estaba dispuesto a contarle todo al comisario y pedir las disculpas que hicieran falta, lo que faltaba se lo devolvería en cuanto tuviera algún dinero, anularía el pedido de los libros…
- Pase usted –dijo desde la puerta del despacho un policía de uniforme cuando Lázaro, tras media hora de espera, pensaba que le iban a hacer pasar la noche allí.
Lázaro entró al despacho y vio cómo un hombre de unos cincuenta años y con gafas hojeaba papeles tras una gran mesa rectangular iluminada por una luz potente. Parecía muy concentrado. El despacho era amplio y tenía sobre las paredes un crucifijo y los retratos oficiales. Estaba iluminado por una araña sencilla y carecía de adornos excepto unas cortinas sobrias y media docena de sillas, dos frente a la mesa y las otras cuatro pegadas a las paredes. El comisario no era un hombre corpulento, estaba bastante calvo y el pelo que aún conservaba en los laterales del cráneo era rizado, tenía un bigote fino, patillas no muy largas y, cuando al fin levantó hacia él la mirada y se quitó las gafas, pudo Lázaro observar unos ojillos vivos, descarados e inquisidores que se clavaban en él y le recorrían de arriba abajo sin que el comisario moviera un solo músculo de la cara. Al momento el comisario le dijo al policía que les dejara solos. En cuanto éste salió fue Lázaro a hablar para aclarar lo del sobre pero el comisario le detuvo con un gesto y le hizo seña de que se sentara. Una vez que Lázaro se hubo sentado el inspector se presentó y después le dijo:
- Bajo ningún concepto es bueno que una persona hable mientras no se le pregunte. Recuerde usted esto de ahora en adelante.
- …
- Usted, por ejemplo, piensa que está aquí por ese episodio sin importancia del burdel. O que, al menos yo, no le doy importancia por el momento.
- …
- Pues no es así. Pero, si usted me lo hubiera dicho y yo no lo hubiera sabido, usted me habría dado una información gratuita que yo no tendría por qué conocer. Así que en el futuro tenga usted cuidado con lo que dice sin que nadie le pregunte.
- ¿Pero entonces? –se atrevió a decir Lázaro totalmente desconcertado.
- Para la gente del burdel usted seguirá siendo policía, no se inquiete por eso. No tendrá que devolverles el dinero. Es más, si sus visitas por allí no son demasiado frecuentes, hasta es posible que le inviten a pasar el rato con alguna de las pupilas y a tomar unas copas. No estoy interesado en ese asunto.
- Pues, entonces, no sé…
- Sí, no sabe usted por qué está aquí. Se lo explicaré. Usted lleva muy poco tiempo en la ciudad. Aquí nos conocemos todos enseguida. Mis hombres, por ejemplo, están perfectamente identificados. Así que usted va a colaborar con nosotros porque es un buen ciudadano y porque nosotros sabemos agradecer la colaboración.
- Pero yo…
- No hace falta que le explique lo bien que ha caído usted en el ambiente, digamos, intelectual de esta ciudad, en esos círculos de eruditos que a usted le gusta tanto frecuentar y a cuyos miembros admira. Hemos comprobado que, quizás por esa ingenuidad que usted no es consciente de tener, ha sido aceptado en ellos sin ningún recelo y digamos también que, para la policía, ésos son ambientes vedados pero que, sin embargo, tienen gran interés para nosotros. ¿Entiende usted por dónde voy?
- No querrá usted que sea un espía y un chivato, que pase por lo que no soy… -dijo Lázaro, empezando a perder su estúpida candidez e intentando parecer ofendido.
- Anteayer pasó usted muy bien por policía y no lo es… y ya ve usted que yo no se lo recrimino y bien podría hacerlo con más severidad y rigor del que imagina. Sin embargo he decidido aprovechar sus habilidades en beneficio de la sociedad, es decir, de todos. ¿Chivato, dice usted? Le estoy pidiendo colaboración ¿No le parece mejor así? Necesitamos una persona como usted. Sólo tendrá que llevar la vida que lleva ahora, relacionarse con la gente que se relaciona, puede usted seguir con su aspecto extravagante o adoptar el aspecto desaliñado de esos intelectuales, pero necesito que me pase toda la información que de ellos alcance a saber y… desde luego, sería de vital importancia si descubre usted la relación de alguno de ellos con algún partido clandestino. ¿Comprende? ¡Ah, y no se haga conmigo el ofendido que veo comedias similares cada día!
- Pero si yo vengo aquí pensarán…
- Usted no pisará esta comisaría bajo ningún concepto a no ser que mis hombres le detengan y, en ese caso, lo harán de tal modo que quedará usted libre toda sospecha.
- Entonces va a ser difícil comunicarme…
- No, cada quince días si todo discurre normalmente, escribirá usted una carta sin remite al apartado de correos número 30, dirigida a la Editorial Fidélitas. En esos informes me tendrá usted al tanto de cuando deseo saber. Si se entera de algo que le parezca de gran interés me lo hará saber lo antes posible, sin esperar a los quince días habituales entre informe e informe. ¿De acuerdo?
- Pero…
- No hay peros que valgan. No le estoy dando a usted alternativas. ¿No le gustó hacer de policía? Pues ahora lo va a hacer de verdad y, lo que es más, para servir al bien común, ¿comprende? A finales de cada mes pase por el burdel, ellos le darán un sobre con el doble de lo que le dieron la última vez. Si nos encontramos, usted no me conoce.
- Pero, entonces, ¿es que me van a pagar los del burdel?
- Eso no es asunto suyo. Ya puede marcharse. Espero no tener que hacerle traer aquí. No me gustan las estupideces ni tener que repetir las cosas –el comisario hizo un gesto con la mano para que Lázaro saliese y se sumergió de nuevo en sus papeles sin levantar la cabeza para verle salir.

25 febrero 2009

Muchos años después...


El matrimonio con sus siete hijos, aterrorizados por los combates, huyeron de su casa con lo puesto. Primero se escondieron a pocos kilómetros de la ciudad. Sin embargo, al día siguiente uno les dijo que se fueran que, tras la batalla, buscaban al padre. Alguien les ayudó y con su aval, presencia y salvoconductos hizo que llegaran a Madrid. Allí se despidieron de aquel hombre que desinteresadamente les había respaldado y amparado y que no volverían nunca a ver. Dígame quién es usted para, si puedo, darle las gracias algún día, dijo el padre. Una persona, contestó el desconocido, se dio la vuelta y se marchó sin más.
Era Madrid lo que fue siempre, una ciudad solidaria y de aluvión. Una ciudad de forasteros controlada entonces por milicianos recelosos, comités de autodefensa y racionamiento. Allí anduvieron repartidos por casas de familiares, cambiando de unos sitios a otros, a veces juntos, a veces separados, porque nueve bocas eran muchas bocas en tiempos de miseria y la paciencia, la bondad y, sobre todo, la comida eran bienes a cual más limitados y era difícil y grande coincidencia que algún mortal tuviera todos a la vez y los prodigara sin fin en aquel tiempo.
Viendo que la buena voluntad de los parientes, por fuerza, terminaba acabándose al tiempo que el pan y, a veces, aún antes, se fueron a Pastrana. En un pueblo siempre era más fácil hacerse con comida. Una parienta les cedió un viejo molino en desuso. El matrimonio con cuatro de los hijos, el mayor y los tres pequeños, vivieron en el molino de los Escribanos. Entre el padre y el hijo mayor, de 14 años, limpiaron caz y caceras, amolaron las piedras y pusieron el molino a funcionar, explotaron el huerto abandonado y sacaron, de donde antes no había, lo más imprescindible para comer. A los otros tres hijos, los de en medio con menos dependencia de los padres, les enviaron a la cercana Valdeconcha al molino del tío Pablo, otro pariente protector.
Al año y pocos meses se sintió el padre descubierto y amenazado y, estándolo el padre, lo estaban todos. Se reagruparon y, de nuevo errantes, huyeron una noche hacia la provincia de Cuenca con tantas cosas como pudieron cargar en unos pocos sacos de arpillera. Dan con otros parientes solidarios que les acogen en Valdeolivas y, compadecidos de pareja y prole, les alojan en el recóndito molino de Las Juntas de Albendea, paraje idílico y de singular belleza brava donde confluyen el salvaje río Escabas con el manso Guadiela. Un año más de vivir a salto de mata y, acosados de nuevo por el miedo, a punto están de huir de nuevo cuando les sorprende la noticia del fin de la contienda.
Sin paciencia para esperar más, se despiden de sus últimos protectores, por una vez, con la emoción de la paz y del retorno. Con lo que les queda de comida regresan a su casa. En un camión vuelven los nueve, felices y anhelantes, más el cordero Ricitos y el gato Pin protegidos por manos infantiles. Tras un penoso viaje en la caja del camión, su ciudad aparece al fin sombría. Está destrozada por los bombardeos y los incendios y muchas fachadas agrietadas aparecen por doquier picadas a balazos. Temen, angustiados, no tener ya casa. Llegan a la calle de Cacharrerías con el alma en un puño. Encuentran la casa vacía y saqueada pero milagrosamente entera y en pie. Respiran. Descargan del camión sus cuatro pertenencias. Se detienen callados ante el edificio. Ven como el vehículo se aleja y desaparece cuesta abajo hacia el río. Todos siguen silenciosos ante la puerta pero ninguno entra. La niña pequeña tiene al gato Pin entre los brazos y el cordero ha metido la cabeza entre las piernas de uno de los muchachos. Han pasado casi tres años desde que se fueron. Cuando María, la madre, entra la primera, lo primero que hace es arrodillarse y besar el suelo.