25 febrero 2009

Muchos años después...


El matrimonio con sus siete hijos, aterrorizados por los combates, huyeron de su casa con lo puesto. Primero se escondieron a pocos kilómetros de la ciudad. Sin embargo, al día siguiente uno les dijo que se fueran que, tras la batalla, buscaban al padre. Alguien les ayudó y con su aval, presencia y salvoconductos hizo que llegaran a Madrid. Allí se despidieron de aquel hombre que desinteresadamente les había respaldado y amparado y que no volverían nunca a ver. Dígame quién es usted para, si puedo, darle las gracias algún día, dijo el padre. Una persona, contestó el desconocido, se dio la vuelta y se marchó sin más.
Era Madrid lo que fue siempre, una ciudad solidaria y de aluvión. Una ciudad de forasteros controlada entonces por milicianos recelosos, comités de autodefensa y racionamiento. Allí anduvieron repartidos por casas de familiares, cambiando de unos sitios a otros, a veces juntos, a veces separados, porque nueve bocas eran muchas bocas en tiempos de miseria y la paciencia, la bondad y, sobre todo, la comida eran bienes a cual más limitados y era difícil y grande coincidencia que algún mortal tuviera todos a la vez y los prodigara sin fin en aquel tiempo.
Viendo que la buena voluntad de los parientes, por fuerza, terminaba acabándose al tiempo que el pan y, a veces, aún antes, se fueron a Pastrana. En un pueblo siempre era más fácil hacerse con comida. Una parienta les cedió un viejo molino en desuso. El matrimonio con cuatro de los hijos, el mayor y los tres pequeños, vivieron en el molino de los Escribanos. Entre el padre y el hijo mayor, de 14 años, limpiaron caz y caceras, amolaron las piedras y pusieron el molino a funcionar, explotaron el huerto abandonado y sacaron, de donde antes no había, lo más imprescindible para comer. A los otros tres hijos, los de en medio con menos dependencia de los padres, les enviaron a la cercana Valdeconcha al molino del tío Pablo, otro pariente protector.
Al año y pocos meses se sintió el padre descubierto y amenazado y, estándolo el padre, lo estaban todos. Se reagruparon y, de nuevo errantes, huyeron una noche hacia la provincia de Cuenca con tantas cosas como pudieron cargar en unos pocos sacos de arpillera. Dan con otros parientes solidarios que les acogen en Valdeolivas y, compadecidos de pareja y prole, les alojan en el recóndito molino de Las Juntas de Albendea, paraje idílico y de singular belleza brava donde confluyen el salvaje río Escabas con el manso Guadiela. Un año más de vivir a salto de mata y, acosados de nuevo por el miedo, a punto están de huir de nuevo cuando les sorprende la noticia del fin de la contienda.
Sin paciencia para esperar más, se despiden de sus últimos protectores, por una vez, con la emoción de la paz y del retorno. Con lo que les queda de comida regresan a su casa. En un camión vuelven los nueve, felices y anhelantes, más el cordero Ricitos y el gato Pin protegidos por manos infantiles. Tras un penoso viaje en la caja del camión, su ciudad aparece al fin sombría. Está destrozada por los bombardeos y los incendios y muchas fachadas agrietadas aparecen por doquier picadas a balazos. Temen, angustiados, no tener ya casa. Llegan a la calle de Cacharrerías con el alma en un puño. Encuentran la casa vacía y saqueada pero milagrosamente entera y en pie. Respiran. Descargan del camión sus cuatro pertenencias. Se detienen callados ante el edificio. Ven como el vehículo se aleja y desaparece cuesta abajo hacia el río. Todos siguen silenciosos ante la puerta pero ninguno entra. La niña pequeña tiene al gato Pin entre los brazos y el cordero ha metido la cabeza entre las piernas de uno de los muchachos. Han pasado casi tres años desde que se fueron. Cuando María, la madre, entra la primera, lo primero que hace es arrodillarse y besar el suelo.

Malentendido


Lázaro, enfundado en un traje que había sido de su padre y que su madre había arreglado y mandado teñir de negro, cayó por casualidad en uno de los antros de La Zambra. Fue una noche, un algo tarde, en la que salió solo y paseó pensativo y taciturno. Era una noche de otoño y apenas nadie le conocía aún allí. Deambulando sin rumbo por la parte más arrabalera de la ciudad dio con un bar que tenía la luz encendida. Entró en él al azar como muy bien podía no haber entrado, pues nada externamente le llamó la atención.
Apenas dentro notó algo extraño en aquel local que él había tomado por un bar y que, en efecto, así lo parecía en su planta baja. Los camareros le observaban algo inquietos y lo mismo hacían los pocos clientes que tomaban copas en la barra, pero se dijo que serían figuraciones suyas. El muchacho alto, serio, atlético y que, enfundado en aquel traje negro, parecía mucho mayor, se quitó unos guantes de cuero también negros y los metió cuidadosamente en uno de los bolsillos de la chaqueta. Notó que los guantes habían desteñido y que le habían manchado las manos con restos de tinte. Preguntó a los camareros y éstos, con respetuosa seriedad, le indicaron el lavabo. Más que servicios aquello parecían una letrinas cuarteleras. Los retretes eran agujeros en un suelo de cemento y estaban separados por unas cuantas mamparas de madera de contraplaqué medio desvencijadas y con las puertas rotas y astilladas y las cerraduras arrancadas. En la penumbra que procuraba una bombilla, que iluminaba tan poco como la llama de una vela, le pareció vislumbrar una rata corriendo pegada a la pared que se colaba por uno de aquellos agujeros. De las cisternas pendían cuerdas oscuras y sobadas y todas ellas goteaban, dando a la estancia un fondo de sonido monótono y rítmico. De un clavo de la pared pendían unas hojas de periódicos cortadas en cuatro que servían para rematar la toilet si se hacían necesidades mayores. Había dos lavabos, el uno roto y el otro arpado, cuyos grifos daba grima tocar por la suciedad que en todas partes se acumulaba en tomos y costras visibles hasta con aquella luz tan mortecina. Tras lavarse las manos, sofocando con esfuerzo la arcada que le provocaba el hedor de los retretes, y procurando no mancharse con la mugre que allí se acumulaba, salió cuanto antes del cochambroso servicio. Apenas salió, notó Lázaro como los dos camareros, ante su aparición, dejaron repentinamente de cuchichear entre sí y cómo los pocos parroquianos que había le miraban también de reojo. Pidió un café y mientras lo probaba sintió que no se relajaba la tensión. Al poco bajó un hombre algo mayor del piso de arriba por unas escaleras que daban a un extremo de la barra del bar, pero por la parte de los clientes, y se dirigió a él, apenas le observó, con decisión.
- Le ruego que nos disculpe por lo sucio de los servicios, pero desde esta mañana que se limpiaron…
Lázaro no salía de su asombro por lo que a él le pareció un detalle educado por parte del encargado del local y, sobre todo, por la gran mentira que salió de su boca, pues aquellos servicios acumulaban la porquería, al menos por trienios, como los funcionarios hacían con su antigüedad.
- No he venido a ver sus servicios –dijo Lázaro cortésmente para no avergonzar al encargado.
- Sí, ya supongo que desea ver la parte de arriba. Estoy seguro que le va a parecer bien ya que, según creo, es la primera vez que usted viene por aquí.
- Pues sí, no conocía este local y hoy, al dar con él y verlo abierto, me he decidido a entrar.
- Suba, suba por aquí, por favor –y el encargado le condujo escalera arriba mostrando deferencia.
Lázaro intrigado le siguió algo sorprendido pero sin hacer preguntas. Tras abrir una puerta recia y recorrer un corto pasillo, una segunda puerta les condujo a una especie de sala amplia, caliente y más confortable, con una salamandra encendida en una de sus esquinas. Tenía un par de sofás amplios junto a las paredes y una serie de sillones con mesitas bajas y una minúscula barra con estantería donde había copas y botellas de licores variados. La decoración era extraña y recargada: cuadros con angelotes, malas imitaciones de Rubens con mujeres carnosas y un conjunto de cortinas con ostentosos lazos en tonos pastel que daban a otra puerta y otras más, a juego, que cubrían tres ventanas. En ese momento las cortinas de la puerta se movieron y salieron dos hombres uno joven y otro mayor, de más de 60 años. El mayor iba muy congestionado y el joven bromeaba con él.
- Coño, tío Damián, que no me imaginaba que aún valía usted.
- Vamos a tomar una copa, Paco –repuso el viejo, algo sofocado, carraspeando y con la respiración agitada.
Sin embargo apenas vieron al encargado, acompañando a Lázaro, se callaron y pasaron ligeros a tomar el pasillo que les llevaría escaleras abajo. Lázaro miró intrigado a su interlocutor y este azorado le dijo que tenían todo en regla, que en ese momento tenían cuatro mujeres en la casa pero que de todas ellas tenía notificación la policía y que, como siempre, había un buen entendimiento mutuo. Lázaro escuchaba atónito a aquel hombre pero calló porque no supo qué decir. Fue entonces cuando, sacando un sobre del bolsillo, se lo introdujo discretamente en uno de los bolsillos laterales de su chaqueta.
- Espero que sigamos como siempre. Ya saben que aquí sólo encontrarán colaboración.
- Bueno, no esperaba encontrarme con esto pero le agradezco su información. Tomaré mi café y me iré.
- Bien. Muchas gracias. Aquí nos tienen ustedes para lo que quieran.
No se entretuvo mucho Lázaro en terminar su café, que de ningún modo quisieron cobrarle, y se marchó del local sin desengañar a nadie sobre su identidad. Al salir de allí casi le entra la risa a carcajadas. Sólo el intenso frío, que caía desde el cielo estrellado, le hizo apretar el paso para llegar pronto a la habitación de la residencia. Al entrar, encendió la luz y sacó el sobre que el del burdel le había metido en el bolsillo. Dentro había cinco billetes de los grandes. Comprendió de inmediato que ser policía en aquellos tiempos, y vaya usted a saber si acaso en todos, era un gran chollo pues ya lo era, simplemente, el que por tal le hubieran tomado. Por policía nuevo, evidentemente, le tuvieron los del antro. Y él, claro, andando canino y viendo el detalle del sobre, no se molestó en desengañarles, que no era él de esos que, orgullosos, despreciaban lo que de tan buena fe se les pone en la mano, que bien decían los clásicos que se coge lo que te dan y se suspira por lo que queda. Y no era él, tan joven, quien para contradecir la sabiduría de los antiguos con actos de soberbio desprecio y desapego. Que había que tener un poco de humildad.
Miró el dinero de nuevo y se sintió orgulloso de, con sólo su porte, haber sido merecedor de recibirlo. Pensó, ignorante e inexperto en todo como era, que ya era hora de que la vida le sonriese con la buena fortuna. Parece, se ufanó por otro lado, que tenía una virtud desconocida: el arte de aparentar lo que no era sin esfuerzo. Se miró en el espejo del armario poniéndose alternativamente de frente y de perfil e intentando percibir lo que su gesto adusto podría transmitir a quien no fuera él. Alto, serio, fuerte, con el pelo cortado al estilo militar, vestido de negro de pies a cabeza… ¡Coño, si parecía un nazi! Pues bien, si por tal le habían tomado, no sería él quien les desengañara, del mismo modo que no fue él quien les mintió ni, con una sola palabra o gesto, insinuó que fuera policía.
No estaba mal tener un don y, de vez en cuando, poder explotarlo. Y se durmió risueño de su hazaña y creyendo conocerse más y suponiendo haber descubierto en sí mismo cierta planta que, con el tiempo, daría frutos y más frutos siempre aprovechables para el amo que, sin duda, era él y por siempre lo sería. Dulce ingenuidad.

24 febrero 2009

La Fambra A


Pero La Fambra era también una ciudad seria, ordenada y con todos los puestos de mando controlados por aquellas personas que miraban de soslayo a toda esa morralla de gente intelectual que, como indigentes de ideario y apátridas de las esencias eternas, pululaban por ella con cansada desgana.
Eran estas personas las que tenían el gobierno de la ciudad, las que detentaban todos los puestos oficiales, las que controlaban la burocracia, las que regían los juzgados, las que controlaban la banca, las que dirigían los negocios, las que mecían con mano firme pero amigable la cuna de cristianismo que lo soportaba todo en La Fambra, desde el fondo del barranco hasta la cúpula de la catedral… en fin eran la gente de primera clase, la representación oficial de la ciudad. Resumiendo, el poder.
Se decían gente recia, herederos de un poder ganado por la mano, cara a cara y por las bravas, en el rigor y la dureza del combate, sin escatimar en fuego, dolor, valor y sangre. Tenían además gran honra en ello pues no en vano, pensaban, levantaron la nación aunque para ello hubieran de levantarse ellos primero. Eran un grupo de elegidos a los que muchos por conveniencia secundaban. Se sentían una élite y hubieron de refrenar en aquel tiempo muchas veces su ira y hacer que practicaban la tolerancia de buen grado con todos aquellos que, llevados por los distintos modernismos imperantes, no veían en su actitud virtud sino normalidad y así ponían su paciencia a prueba un día sí y otro también.
Entre estas personas sonaban poderosos como toques de corneta los apellidos de militares, los de jueces, los de obispos y cargos de la curia, los de financieros, los de catedráticos, los de terratenientes, los de empresarios, los de rentistas y, luego ya, toda la cohorte de barandas, la caterva de aduladores, el grupo de vivillos, el hatajo de oportunistas, la bandada de correveidiles, el pelotón de alcahuetes, el manojo de pisaverdes, la pollada de saludadores y besamanos, el enjambre de pelotas y la manada, creciente siempre, de estómagos agradecidos que acompañaban inevitablemente, como los insectos a los excrementos, a todos esos nobles cargos plenipotenciarios de la verdadera élite ciudadana.
Llevaban muchos años al mando. La gente madura y los viejos recordaban muy bien de dónde les venía el poder y por eso les temían y recelaban incluso de su mera cercanía y presencia. Pero la gente mayor iba desapareciendo y los jóvenes, por contra, ignoraban lo que los viejos sabían. Así, se atrevían a hacer cosas de las que sus mayores se habrían guardado y tal vez eso era lo que le daba a La Fambra ese aire de libertad intelectual que Lázaro apreció.
Por otro lado, el viejo régimen, con sus muchos años de rancia antigüedad en el hecho de sucederse a sí mismo, andaba deseoso de demostrar al mundo que no era cierto lo que de él se decía. Que no había caducado la vigencia de su ideario y que si ahora había libertad era porque en su día ellos se alzaron para sofocar el libertinaje y la anarquía. Que el régimen se había agiornado y estaba dispuesto a tolerar las ideas más variopintas siempre que no degeneraran en desorden ni pusieran en peligro la paz que ellos habían conseguido tan esforzadamente, aunque fuera, con la guerra. Y, con astucia, pensaban que el hacer todas esas cosas, con las que ni en el fondo ni en la forma comulgaban, le daba al sistema ese toque de apariencia plural, pseudodemócrata y parvotolerante que en Europa estaba tan bien considerado.
Sin embargo aquellos prohombres se revolvían y se retorcían internamente al observar a toda aquella barahúnda de intelectuales abominando de la iglesia, siguiendo corrientes contrarias al creacionismo, exponiendo teorías absurdas de la evolución, leyendo a autores marxistas o de claras tendencias izquierdistas y, además, yendo por las calles con esos pelos, con esas barbas y con esas pintas…provocaciones andantes es lo que eran y, además, hablando de libertad a todas horas, como si en aquella ciudad no pudiera seguirse otro protocolo o patrón de albedrío que no fuera el que ellos preconizaban.
De este modo en La Fambra había al menos dos ciudades, la de los que mandaban y la de aquellos que se consideraban por encima de los mandatarios o ajenos culturalmente a ellos cuanto menos, ya que las nuevas verdades que atesoraba su intelecto les hacían sentirse superiores al conjunto de mandatarios preocupados por los cartesianos conceptos de mantener su paz y su orden a ultranza. Y, luego, como siempre, estaban las personas que no entendían a los intelectuales y sí temían a las autoridades y era este grupo el que como única aspiración tenía el que unos y otros les dejaran trabajar en paz y comerse el cocido en su rincón sin sobresaltos ni amenzas.

19 febrero 2009

La Fambra B


Aún más pequeña que su ciudad natal, La Fambra era sin embargo más completa por encontrarse aislada, a trasmano de cualquier otra ciudad grande, pues cerca de La Fambra no había ninguna. Tenía librerías con textos interesantes, no fáciles de conseguir entonces, y una vida provinciana de bares y modernas cafeterías que habían sustituido a los viejos cafés, aquellos de peñas y tertulias, de toda la vida. A Lázaro le sorprendió esta actividad intelectual, inusitada para él, y también el verse con la inesperada e inédita libertad de que gozaba. Todas estas cosas, mezcladas con su mucho tiempo libre, le hicieron creerse poco a poco una persona distinta de la que antes era, o mejor, el descubridor de un mundo diferente y distinto al que hasta entonces había imaginado.
Conoció mucha gente. La mayoría eran personas mayores que él, profesores, estudiantes y universitarios por lo general, que hablaban de cosas de las que él no sabía nada ni había oído antes mencionar. Comentaban e incluso a veces discutían apasionadamente sobre libros. Inevitablemente eran libros de los que Lázaro ignoraba la mera existencia, y su ignorancia se extendía también a las palabras que éstos contenían y que todos los de aquel ambiente, excepto él, manejaban con soltura y utilizaban con una naturalidad familiar. Aprendió nombres de filósofos, ensayistas, psicólogos, psiquiatras, científicos, artistas, músicos… todos desconocidos hasta ese momento por no haberlos escuchado nunca en su ciudad natal, ni de sus conocidos, ni en su escuela y menos en su casa, ambientes que, antes de llegar a La Frambra, eran todos los que Lázaro había frecuentado. Descubrió teorías que sonaban misteriosas e incluso iniciáticas, conceptos abstractos, percepciones etéreas… multitud de cosas que se contaban en los libros de evolucionismo, psicología, filosofía, psiquiatría y tantas otras ciencias que para él habían sido tan ignoradas hasta entonces como inasequibles, atrayentes y misteriosas le parecían ahora.
Y comenzó a admirar a aquellos estudiantes y profesores, muchos con sólo unos pocos años más que él y otros maduros, que hablaban con tanta desenvoltura y solvencia de todas aquellas cosas que, para él, eran desconocidas, extrañas, deslumbrantes y sublimes en idéntico grado.
Al mismo tiempo, todas aquellas personas admirables se rodeaban de una especie de áurea o halo que con merecida distinción les acompañaba siempre, no sólo en el atuendo y en el aspecto, sino también en un modo peculiar de hablar y de moverse, incluso de caminar, escuchar y mirar. Era como si se esforzaran en ser seres ostentosamente originales, extraños e irrepetibles a los ojos de las gentes adocenadas de La Fambra y en contraste con ellos.
Lázaro estaba obnubilado, sobrepasado por aquellas eminentes lumbreras con barba, pelo largo y trenca. Y su admiración creció tanto que gastaba su magro pecunio en emularles, comprando libros en los que a duras penas podía entender algo y con los que pasaba largo rato, ensimismado, tratando de desentrañar los arcanos que encerraban algunos de sus párrafos más conspicuos.
“No admitir la existencia de representaciones de propósito definido como explicación de una parte de nuestros funcionamientos psíquicos, supone desconocer totalmente la amplitud de la determinación en la vida psíquica”, eran cosas tales como ésta las que hacían dudar a Lázaro de su capacidad para entender las verdades que otros calificaban de nítidas y evidentes como el hermoso viaducto de La Zambra. ¡Dios santo, cómo un ser tan limitado y tan zote como él podía codearse con tanto talento como por aquella ciudad perdida andaba suelto!
También había en la ciudad pintores. Eran gente joven por lo general que deseaban que las corrientes más modernas, de un arte como nuevo concebido, regeneraran las concepciones retratistas, fotográficas, provincianas y estrechas de la pintura que los lugareños consideraban como inamovibles. O sea, que cambiaran los conceptos usuales, apoyados en las percepciones artísticas de siempre, las de comparar lo pintado con la realidad, tan clásicas, tan manidas y tan vistas. Y no había ninguno que pintase del modo que Lázaro había considerado hasta entonces que debían hacerlo los pintores normales. Y si Velázquez y Goya fueron llamados innovadores en su tiempo, la innovación de estos artistas de La Fambra debía ser mucho más profunda y trascendente pues, dejando aparte su aspecto sumamente desaliñado que debía ser obligatorio para los que cultivaban este arte tan innovador, no había quien adivinase qué era lo que pintaban. Ahora bien, ellos bien defendían todas sus pinturas como expresiones de la pura expresión y por ahí tenían gran terreno por delante y se sentían cubiertos, porque expresarse mejor o peor sabía todo el mundo hacerlo aunque la inmensa mayoría, por pudor, no se atreviera a manifestarlo al mundo tan abierta, osadamente y sin prejuicios como ellos lo hacían.
Proliferaban también grupos de teatro más o menos vinculados a los anteriores. Éstos tenían gran aceptación pues, Lázaro no supo nunca la razón, en ellos se encuadraban muchas muchachas y mujeres jóvenes con la aquiescencia de sus mayores, cosa que no hacían entre los grupos de intelectuales, literatos, filósofos, críticos, músicos, artistas o pintores. ¿Qué ocurría? ¿Se consideraba acaso más dada a la mujer al arte dramático que a las inquietudes intelectuales de otros tipos? ¿Se consideraba el dramático un arte más propio de su sexo?
Esto, quiero decir la presencia de mujeres, le daba un interés añadido a la experiencia artística que la representación teatral llevaba inherente. Así, entre los ensayos, las pruebas, la construcción de decorados y las representaciones, se tenía un roce muy frecuente con las chicas y además una relación diferente e irreal. Todo ese ambiente, de falsa camaradería, permitía felicitar a las muchachas, pretextando una familiaridad que no era tal, con efusivos besos y carnales abrazos cada vez que, después de actuar, entraban entre bambalinas preguntando qué tal lo habían hecho. Era indiferente que hubieran hecho la actuación con mayor o menor acierto. La cosa consistía en felicitarles, besarles, sobarles y abrazarles lo más efusivamente posible porque era como si no fuera de veras, sino parte también de la representación, y careciera de importancia por ser ésta la parte más agradable de aquel teatro en el que todos tan imbuidos estaban dentro y fuera del escenario. Además habían de viajar estos grupos de teatro a realizar representaciones a los pueblos cercanos. Y esto sí que era una ocasión propicia y regalada para procurarse escarceos sexuales y aún avanzar en ellos hasta donde se pudiera, pues la ocasión pocas veces era tan propicia. Así pues eran estos viajes un regalo de oportunidades inesperadas que la gente joven de ambos sexos estaba dispuesta siempre a aprovechar, dadas las pocas veces que se presentaban. Y, curiosamente, gente tan espabilada se tornaba ciega, sorda y muda a cuanto acontecía en aquellos viajes. La buena fama de las damitas de La Fambra quedó siempre a cubierto.
Otro mundo era también el de los cinéfilos que se reunían en los cine clubs para ver películas que traían de no se sabe dónde y que, al parecer, ellos sabían interpretar e incluso profundizar tanto en sus mensajes que lograban llegar a puntos que estaban mucho más allá de lo que en ellas se veía pues, según decían, eran muchas de ellas simples motivadores para que nuestra imaginación nos llevase a mundos impensados. También estos devotos del cine conocían gran número de palabras de la técnica de este arte, discernían perfectamente los conceptos, y no tenían empacho en regalar a los demás con toda su sapiencia. Así hablaban constantemente de: voz en off, angulación, travelling, picado, contrapicado, ángulo neutro, trailer, ángulo aberrante, tomas, argumentos, story board, tramas, atmósfera, sound track, banda de diálogo, rush, efectos, ritmo, fotograma, encuadre, mezclas, montaje, acelerado, cámara lenta, noche americana, plano, secuencia, campos, jump-cut, metraje, cameo, gag, género, casting, flashback, flashforward, racor, clímax, frame, continutismo, etalonaje, corte, encadenado, fundido, fuera de campo, banda sonora, realizador, elipsis, guión, efectos especiales… y no digamos ya los conceptos, rodeados de glamour, tales como: cine de autor, de arte y ensayo, cine de vanguardia, cine marginal, cine underground, cine independiente, cinema verita, free cinema, cine de serie B…
El mundo de la música también estaba cambiando a pasos agigantados y parece que lo dominaban los anglosajones y así surgieron aquellos conjuntos que hicieron historia y que predicaban cosas como el amor libre, la vida en el campo, las comunas y, en resumen, un conjunto de valores, si es que podían llamarse así, que no tenían nada que ver con la vida, ideas y costumbres de aquellos que nos gobernaban ni de todos los que se consideraban gente de bien y personas de provecho. Eran: Beatles, Rollings, Simon and Garfunkel, Jimmy Hendrix, Bob Dylan, The Doors, Led Zeppelín, Credence, The Who, Iron Butterfly, Pink Floid, The Mamas and the Papas, Elvis Presley… y otros. A nivel nacional se hizo una buen intento de sumarse a esta ola y así aparecieron: El Dúo Dinámico, Los Brincos, Formula V, Julio Iglesias y sobre todo Masiel. No hubo para más, fue lo que dio la tierra.

14 febrero 2009

La residencia


Tras seis horas en un coche de línea llegó a otra ciudad del interior. Durante el viaje fue pensando que no tenía suerte, que, al menos, podría haber encontrado trabajo en alguna ciudad de las que había junto al mar, por verlo y por aquello del recuerdo del abuelo, que decía que allí los ríos encontraban sosiego. Cuando el autobús paró definitivamente, por haber llegado a su destino, lo hizo en una explanada que había sobre un mirador que daba a la estación del tren y al río. Pero aquel no era ya el mismo río ni circulaba en la misma dirección y ni siquiera iba al mismo mar. Y se dijo, al contemplarlo desde aquel mirador natural de la ciudad, que él tampoco era ya el mismo ni sabía muy bien qué dirección tomar.
La Fambra era una ciudad aislada, fría y partida en dos por un viaducto que unía las dos partes de ella, la vieja y la nueva, salvando un profundo barranco. El trabajo que Lázaro había encontrado era de educador, curiosa denominación estando él por terminar su educación, en una residencia de estudiantes. Esta actividad que le proporcionaría alojamiento y manutención, un pequeño sueldo que apenas le daría para los gastos personales y tiempo para seguir estudiando por su cuenta. Tras preguntar, se encaminó hacia la parte nueva de la ciudad. Atravesó por primera vez el viaducto cuya altura le impresionó y de cuya visión le vino una de esas sensaciones de vértigo que cosquillean en el bajo vientre, o en un fondo inmaterial e interno aún más profundo, y recorren la columna vertebral.
Era aquella una residencia de estudiantes donde se reunían muchachos de toda la comarca para poder asistir al instituto, centro de formación profesional o escuela de magisterio, y otras entidades académicas que en La Fambra había. Los muchachos dormían en la residencia, comían y tenían sus horas de estudio en grandes aulas. A Lázaro le dieron una habitación individual y una serie de tareas como las de levantar al personal a su hora, atender a los enfermos, hacer que se cumplieran los horarios y vigilar el orden en los estudios y el comedor.
La responsabilidad de la residencia la llevaban el director, el jefe de estudios y el preceptor, aparte de un administrador que, como muy pronto aprendió Lázaro, pagaba siempre a los educadores con muchísimo retraso, posponiendo la entrega del dinero una y diez veces, de mala gana y teniendo que apremiarle para que lo hiciera, de tal modo que cualquiera pensaría que suyo fuera o que por suyo tenía aquel dinero.
El director tenía un despacho grande y suntuoso y una estupenda vivienda en la planta superior de la residencia y el derecho, inherente a su cargo, de que se le subieran las comidas desde la cocina de la residencia para toda la familia.
El jefe de estudios no pisaba casi nunca el centro excepto si se le precisaba mensualmente para cobrar el sueldo o para alguna otra incumbencia igual de necesaria, seria y conveniente. El preceptor solía dar una vuelta algunas tardes, deambulando por los estudios, con una desgana indiferente y, con menos desgana pero la misma indiferencia, venía a comer o a cenar en las temporadas en que su mujer no estaba en casa. Todos ellos tenían su trabajo principal en otro lado y allí sólo percibían unos emolumentos buenos, sobre todo si se comparaban con las pocas exigencias que les eran requeridas para percibirlos porque, ganarlos, era un suponer que los ganaran.
Por otro lado, de la dirección espiritual, imprescindible en la época, se encargaba un capellán que también era canónigo de la catedral y que venía a comer de vez en cuando, aunque no siempre, pero del que Lázaro no tuvo constancia de que estuviera en nómina pues, si cobraba, fue siempre tan discreto el pago como desconocido el motivo para el mismo.
Los muchachos dormían en grandes pabellones que solían ser rectangulares y muy amplios, atestados de taquillas, pegadas a la pared, donde guardaban sus ropas, propiedades y, muchas veces hasta algo de comida. Los pabellones estaban también repletos de literas, una frente a cada taquilla doble, donde dormían los muchachos. Tenía también cada uno una sala de lavabos con duchas y retretes.
Había una sala desde donde se controlaba la megafonía. Cuando, a las siete de la mañana, se daba el toque de sirena para que se levantaran en los distintos pabellones se les ponía un long play a buen volumen para que no se durmieran, una vez despertados por el impactante toque de sirena, y así, envueltos por la música, se fueran lavando, vistiendo, ordenando las cosas y haciendo las camas. No obstante, el educador, que estuviera de servicio, había de ir pabellón por pabellón controlando que los estudiantes estuvieran en pie y no se hubieran rendido ante el pesado sueño que se tiene en la juventud y que hubieran salido del cálido nidal de su litera a enfrentarse con el golpe de frío que, a aquella hora, reinaba en los pabellones. Los inviernos de La Fambra eran heladores y aquellos momentos finales de la noche y próximos ya al amanecer eran generalmente los más fríos.
Como la residencia tenía dos edificios, era costumbre que los educadores comenzaran a visitar los pabellones del edificio más grande donde dormían los estudiantes de menor edad y pasaran después al otro edificio donde dormían los mayores, regalándoles unos minutos de pereza a los segundos, pues todos, aunque la sirena les hubiese despertado, aguantaban acurrucados los pocos minutos de propina que podían añadir a su sueño arrancado recién y brutalmente por el odioso timbre intempestivo. Lázaro recordaba el momento de ir abriendo las puertas de los pabellones, mientras sonaba en la megafonía la música de Nat King Cole en español cantando “Las mañanitas” o “Perfidia” o “Ansiedad”:
“…Ya viene amaneciendo, ya la luz del día nos dio, levántate de mañana…”
“…Mujer, si puedes tú con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez…”
“… Ansiedad de tenerte en mis brazos musitando palabras de amor…”

- ¿Y es que no se les podía poner algo más recio, más rítmico, más tonificante? ¿Es que no había unas buenas marchas militares, un himno de la legión? ¿Qué clase de residencia era aquélla, por Dios!
- Sí señor, había todo eso que usted dice pero cuando el educador Lázaro estaba de semana ponía lo que se le antojaba. ¿Le queda claro o seguirá usted dándonos lecciones de reciedumbre inasequible al desaliento?

Pues como iba diciendo, Lázaro no sabía muy bien por qué, pero quedó grabada en su mente esta música romántica cantada en español con un acento americano muy marcado. Pudo ser por la penumbra de los pasillos desiertos y helados y por aquel silencio que los muchachos se obstinaban en no romper para evitar salir del sueño definitivamente. Quizás lo fue porque, siempre que la escuchó, vino la música acompañada del fuerte hedor acre que recibía en una vaharada, capaz de hacerle tambalear como si fuera un golpe, al abrir cada una de las puertas de los pabellones. Era un olor ácido y caliente, a humores, secreciones y orinas, mezclado con el olor a pies que todo lo dominaba y lo vencía y hacía de marco base para cuantos olores se añadieran. Un olor denso que se agarraba también a la garganta. Un olor que ofendía. Aquellas temperaturas no propiciaban lavados exhaustivos sino que más bien los exigían rápidos y como para salir del paso. Y, claro, se notaba.
Para desayunar acudían los muchachos al gran comedor y ya todos, los cuatro o cinco educadores, presidían la mesa y el de semana hacía la bendición de rigor. Después los chicos, Lázaro recordaba que él también lo era aunque por entonces se esforzara en disimularlo, marchaban cada uno a su destino y no se les esperaba normalmente hasta la hora de comer. Al desayuno, los responsables de la residencia, no venían jamás. Seguramente para no dar al acto más importancia de la rutinaria que era la que a todos convenía.

12 febrero 2009

Cuando vino la segunda muerte


Cuando vino la segunda muerte, a pesar de haberle servido de primera experiencia la del abuelo, Lázaro no estaba preparado.
Fue su padre. El hombre nunca tuvo salud. Lázaro no le conoció sano sino siempre torturado por padecimientos y dolores. Fue por eso por lo que, propiamente, nunca reconoció en su padre a un hombre libre sino a un ser desdichado, mortificado siempre por la enfermedad, uncido continuamente al yugo de la misma. Podría decirse que Lázaro, en este sentido, no le conoció. Tampoco le dio tiempo a su padre a conocerle a él, de adulto, porque sólo llegó a conocer al muchacho inseguro y asustado que le acompañó la tarde que murió. O mejor, la tarde que se pasó muriendo, pues el trance final duró más de tres horas, en casa y en su cama. Fue un irse y un volver a la vida angustioso que, Lázaro, deseó una y otra vez que terminara, pero que parecía no acabar nunca y así el muchacho, sin saber demasiado de etimología, terminó entendiendo aquella tarde por qué agonía significa lucha.
Había sido la vida de aquel hombre una peregrinación de consultorio en consultorio médico. Mas, a pesar de tanta carísima consulta con especialistas de renombre, de pruebas, operaciones y un sinnúmero de entradas y salidas de hospitales, murió a una edad temprana e inesperada, más que para él que sin desearlo lo esperaba, para sus mujer y sus hijos.
Una enfermedad deformante de la columna vertebral, junto con el remedio para paliar los dolores permanentes de la misma, le fueron matando. Y llegó el día en que ni de la enfermedad ni del remedio pudo ya librarse e, incrustados ambos en su cuerpo, le acompañaron hasta el fin deteriorándole paulatinamente hasta el último minuto con una crueldad poco frecuente, de manera que no pudo discernirse si fue la enfermedad o el remedio lo más determinante en su fatal destino.
En sus últimos días perdió el habla pero no la razón, porque podía escribir en un pizarrín lo que pensaba o lo que quería y sus palabras siempre tuvieron sentido. Finalmente lo mató el propio deshecho tóxico que su cuerpo producía para mal funcionar y que sus riñones, degenerados por el largo proceso, no eran capaces ya de eliminar.
Siempre le resultó curioso a Lázaro el pensar cómo determinadas cosas, que tenemos o se nos forman dentro, nos pueden matar si no encontramos la forma de sacarlas de nosotros por el medio que sea y, esas cosas, no eran solamente determinados componentes de los humores corporales. Esto último, a decir verdad, no lo sabía bien entonces, pero digamos que aquello fue el comienzo de un aprendizaje que iría completando con el tiempo.
La muerte de su padre le quitó el sentimiento de protección que hasta entonces había tenido. También desapareció de improviso el anclaje que le mantenía unido a su ciudad y a su familia y hubo de plantearse un futuro del que ahora era protagonista y dueño a su pesar. Se refugió en la actividad, en el movimiento, pensó que, ya que nadie le amparaba, tampoco nadie le podía frenar y de la idea de irse pasó al acto.
Los detalles de la muerte son ásperos y más cuando, como antes, las muertes se producían en las casas, como quien dice a pelo, sin sueros ni calmantes ni todos esos adelantos médicos y hospitalarios que amordazan y disfrazan en buen grado la crudeza salvaje de muchas agonías. Así que Lázaro guardó los estertores, las voces, los lamentos y las postreras visiones de su padre agonizante entre los pliegues más profundos de su memoria, tomó una pequeña maleta de cartón piedra con sus cuatro ropas y marchó con ella a otra ciudad en busca de su primer trabajo. Nada que decir tampoco de la despedida de su madre y hermanas, pues la tristeza grande que entonces le embargaba le hacía inmune a tristezas menores. Todo esto, claro, no fue en un día, sino que fue en cuestión de un tiempo pero, a Lázaro, le gustaba contarlo resumido y deprisa para huir del dolor lacerante del recuerdo.

27 enero 2009

Jubilación


Debiera de ser todo lo contrario. Con miles de horas trabajadas, con participación en experiencias contrastadas, con facilidad para resolver situaciones complejas, con conocimiento de pautas organizativas muy razonables… ¿No sería lo lógico que a la hora de abandonar una profesión tan trabajada y tan vivida se produjera un sentimiento doloroso por tener que dejar lo que, en definitiva, ocupó la mayor parte de tu vida y hacerlo, además, en el momento en el que más sabes de ello?
Como residuos del sistema, a todos nos ocurre lo mismo, deseamos abandonar la profesión cuanto antes. Desentendernos de todo aquello en lo que tanto trabajamos pero de lo que el tiempo y la frustración tanto nos ha alejado ¡Qué coincidencia!
- Bueno, alguno habrá que no quiera.
- Sí, pero justo es el que nunca tuvo ilusión por la profesión. El que nunca trabajó. Mire usted qué cosas. Ese no quiere irse ni tiene prisa alguna por hacerlo. Hay gente a la que se le pasea el alma por el cuerpo.
- Y esos por qué no quieren dejarla, si tan inútiles son.
- Porque en el trabajo jamás hicieron nada y temen que, fuera de él, en su casa, tal vez alguien les fuerce a sacar adelante algunas de las tareas domésticas.
Conocimos años brillantes, incluso fabulosos pero, ineludiblemente, vino el desengaño. No faltó la rebeldía de pretender ejercer lo aprendido, indiferentes al rumbo que marcaran los de arriba. Gran error, porque los de arriba siempre son políticos cuyo problema y programa es perpetuarse y, ¡qué carajo!, ha de hacerse lo que dicen para que lo consigan. Lo demás carece de importancia y, más o menos, cada uno llega a la conclusión que su trabajo merece un respeto y está al servicio de su prójimo, o sea de los ciudadanos, y no radica en servir los intereses de cuatro mangantes. Así que todo decae hacia la indiferencia y la tristeza.
- Y, ¿a nadie interesan los buenos proyectos que como tales funcionaron?
- No, si no lo fueron bajo las siglas de algún partido y de alguno de esos botarates que florecen en tantos despachos tomando su cafetito de por la mañana y su pinchito mojado con la cervecita del medio día. Sí los de los puestos de designación política, los miembros de esas sectitas en las que han derivado localmente los partidos. Esos esclavos del trabajo.
- Y, entonces, ¿qué hacéis los veteranos descreídos?
- Atender bien a la gente individualmente y cumplir con la ley que nos dan hecha y luego vaguear mucho y aburrirnos.
- Si tanto vagueáis para qué queréis jubilaros.
- Para no seguir viendo lo que podría ser y no es, pero ya sin siquiera tener que madrugar ni rellenar papelitos para cubrir las espaldas a los trepas esos de los despachitos.
- ¿Y no seréis unos resentidos?
- No lo niego, pero con el convencimiento de que la cosa tampoco tendría arreglo aunque no lo fuéramos.
Los veteranos, desengañados, estamos solamente concentrados en contar hacia atrás los años o los meses para la jubilación. Insensibles, a nuestro pesar, a cómo los que empiezan se atascan en errores que a nosotros nos llevó años el resolver. Tendrá que ser así, pero algo falla. Aunque dudo que a nadie le importe.

23 enero 2009

A la Mamá Grande


Querida tía Carmen:

Hace 35 años, tal día como hoy y en Sigüenza, mi mujer y yo nos hicimos novios. Han pasado los años y, como sabes, ha muerto mi madre hace pocos días. Así que, mezclando en esta fecha los recuerdos amargos con los dulces, te escribo esta carta porque lo que en ella quiero decirte no sería capaz de decírtelo de palabra sin que las lágrimas me inundaran los ojos y mi voz se tornara trémula y, seguramente, se viera ahogada por el llanto. Así que te ruego que me disculpes por no ser lo suficientemente entero para decirte todo esto cara a cara, como tú mereces tan sobradamente que lo hiciera.
Hoy me he parado a pensar en lo que ha sido mi vida. Supongo que eso es una cosa que todos hacemos de vez en cuando. Pero, en mi caso, la mayoría de los recuerdos son muy gratos. He tenido mucha suerte y lo agradezco. Sé, por mi madre, que vine al mundo deseado, porque ella me dijo que soy un hijo del amor, y no de la casualidad, como sé que del amor fueron nacidas también todas mis hermanas.
Una de las cosas que en mi vida tengo por verdad indudable es el amor ciego que se tuvieron mis padres y que se lo seguirán teniendo si es verdad que las cosas no se acaban aquí, como mi madre pensaba. Eso explica, tal vez, por qué en mi vida siempre me sentí muy querido por los que me precedieron. Y, dejando ya a mi madre y a mi padre, me refiero a mi querido tío Ángel y a ti.
Mi infancia, o al menos mi infancia feliz, no existe sin vosotros. No sé si recuerdas que en las largas temporadas que mi padre y mi madre pasaban en Madrid, de médico en médico por la desgraciada enfermedad de mi padre, yo estaba en casa de la abuela María, tu madre. Muy bien atendido, ciertamente. Sin embargo, sólo había una persona que reparaba en aquel niño tan desamparado al que no le faltaba de nada excepto lo más importante: el cariño y el amor de una madre ausente. Pero llegaba mi tía Carmen por las tardes y, aunque tenías a tus hijos tan ansiosos como yo de tu calor y tu cariño, nunca me faltó tu abrazo, el sentarme en tus rodillas y el achucharme como los niños necesitan que se les achuche para que se vean protegidos, no perdidos y amados. Puede que tú, querida tía, no lo recuerdes porque, quien siempre dio el cariño sin medida, no conoce memorias ni espera agradecimientos, pero ambas cosas de mí las tienes desde siempre porque yo nunca lo he olvidado. Y, si me permites decirlo, por haberme mezclado con tus hijos en el reparto de tu cariño, siempre me sentí uno más de ellos porque para mí fuiste siempre la Mamá Grande. Y con esto quiero decir la mamá de todos nosotros, de los tuyos y de los ajenos porque los corazones generosos desconocen la medida y el número.
Los niños fuimos creciendo. Ángel Luis, en puridad mi primo verdadero aunque tuviera más, y yo íbamos juntos al colegio. Cuántas veces nos dabas de merendar pan con chocolate (a decir verdad mucho más chocolate y mejor del que me daban en mi casa, donde el pan, no sé por qué, era más abundante) sentados en la alfombra mientras veíamos los programas infantiles de los jueves. Recuerdo a aquellos pioneros de la tele Herta Frankel, Franz Johan, Gustavo Re, la perrita Marilín… Querida tía, cómo pasan los años y, sin embargo, cómo recuerdo aquellos jueves de cariño, calor, besos y chocolate…
Recuerdo también tantas tardes en vuestra casa con mi padre y mi madre y con todas mis hermanas, todos allí bien recibidos, y todos con vosotros tan felices. Qué generosos fuisteis siempre. Y no sólo de lo material sino, sobre todo, generosos del cariño. Siempre recuerdo a mi padre y al tío Ángel discutiendo de fútbol, el uno diciendo, por chinchar, que ganara el mejor y el otro que por… narices tenía que ganar España. Luego los tantos fines de semana de Torija… Qué de cosas bonitas.
Recuerdo, y no te imaginas con cuánto agradecimiento y cariño, cómo, cuando murió mi padre, el tío y yo nos hicimos amigos. Cómo me perdonó mis insolencias, cómo estuvo pendiente de mí en mis años más inestables y difíciles, cómo supo ganarse mi confianza con un tacto que mi padre no hubiera sabido emplear (a veces pienso que lo hizo tan bien conmigo porque no era su hijo). No sé qué decirte, querida tía Carmen, de mi tío Ángel. Me contó muchas cosas de la vida, de su vida, de cómo él veía la existencia, supe de su ironía ante mi idealismo de adolescente, me contó sinceramente las horribles vergüenzas de la guerra, me habló de las muchas ratonerías de la vida… tuvo una paciencia conmigo inusitada para su carácter y, aunque de niño me parecía un hombre temeroso, de adulto creo que llegamos a ser si no amigos, porque la edad era dispar, al menos grandes confidentes y, para mí, un extraordinario consejero. Por ahí andan, grabadas en mi mente, las conversaciones de aquellas mañanas de domingo en que bajaba a veros y que, el tío, me recibía en la cama. Aquellas gracias, aquellas ironías, aquellas confidencias, que no pude tener nunca con mi padre, por su pronta muerte, las tuve de mi querido tío Robisco, como en mi casa le llamábamos siempre con un respeto, porque su carácter recio no admitía bromas según de quien vinieran.
Han ido pasando los años, querida tía, y cada uno hemos trazado nuestras vidas con rasgos diferentes. Creo que somos una pequeña comunidad que seguimos conservando un cariño labrado por el roce y la convivencia de aquellos años únicos que, como tantas cosas, ni volverán ni podrán repetirse. Por todo eso, tía Carmen, ahora que me falta mi madre quiero que leas esta carta como un homenaje a ti y a esa seguridad y felicidad que el tío y tú me disteis y que siempre va conmigo.
Sólo quiero añadir que, aunque no nos veamos tanto como en otros tiempos, llevo tu recuerdo permanentemente en mi corazón y que, viéndonos o no, es algo que siempre permanece, porque cariños como éste no son cosa de un día, ni se hicieron en un momento.
Con el cariño de toda la vida,

21 enero 2009

Tránsitos


Lázaro, pese a su continuo aprendizaje, perseveraba en su tozuda independencia y en su individualismo empedernido. Había abandonado, sin embargo, aquellas charlas que de pequeño tenía con su abuelo y rara vez conversaba con el viejo por parecerle que aquella mente nada podía ya enseñarle y que su repertorio de cuentos y enseñanzas infantiles ya lo tenía él por muy sabido y el abuelo, seguramente, ya por agotado. Y así su abuelo se convirtió en una figura más sobre un telón de fondo consuetudinario y Lázaro sólo le saludaba y le contaba alguna cosa pero no acudía jamás a preguntarle. El viejo, ignorado, se hizo a su pesar perito en silencios y, con el tiempo, se acostumbró a ver crecer a su nieto y a verle alejarse de él hacia la vida al tiempo que crecía. Por su parte, el abuelo, recorría también otro camino pero en sentido inverso al de su nieto. Cada día respiraba peor, tosía más y el asma le asfixiaba con más saña. Una mañana de un octubre cualquiera, en un otoño que hoy a Lázaro le resultaba casi imaginario, su abuelo le habló por última vez.
- Recuerdas, Lázaro, lo que te dije del río, del mar y de los hombres.
- Sí, abuelo.
- Pues creo que yo llegaré pronto al mar.
- ¿Es que te vas de viaje?
- Al contrario, hijo mío, lo termino.
Lázaro, con ese desapego que los jóvenes crecidos cobran enseguida hacia los viejos, no hizo mucho caso, tampoco esta vez, a las chocheces últimamente tan frecuentes del abuelo y se marchó como todos los días al instituto pensando que a los viejos les gustaba exagerar.

Hoy todas estas cosas de la muerte se manejan de modo mucho menos personal. Antes la muerte era un acontecimiento que solía, al igual que los nacimientos, suceder en la casa familiar. Era un hecho más familiar y, si cabe, más íntimo. Hoy, por el contrario, se suele morir en los hospitales, en las UVIs, en las UCIs y en otros lugares tecnificados pero mucho más impersonales. En lugar de morir cada cual en su casa, hoy vamos a morir a los moritorios comunes, lo mismo que para nacer son llevados, por lo general, los nuevos seres en los vientres de sus madres a los paritorios, en lugar de ver la luz en casa con la ayuda de la comadrona como solía hacerse antiguamente.
Cuando el enfermo terminal, candidato a la muerte, deja de serlo y se le certifica la mudanza, sólo hay que ponerse en contacto con las funerarias, a las que hoy se llama tanatorios pues se puso de moda este nombre de raíz helena quizás porque la mayoría de la gente no sabe lo que significa y así, la extraña palabra, parece que les aleja de la idea de la muerte, cuando no hacen sino mencionarla aunque de un modo más emparentado con la mitología.
Ellos, los del tanatorio, ya se hacen cargo del cadáver en bruto, lo limpian, lo preparan, lo maquillan, lo acomodan y lo colocan, debidamente dignificado, según sus propias palabras, en un féretro que previamente ha sido elegido por los deudos en un bonito catálogo de papel cuché con hojas satinadas y brillantes o en una sala de exposiciones. Es en dicha sala donde, lo exagerado de los precios del último pijama, les hacen dudar de las palabras que escuchan, del gestor de la muerte, cuando les habla de lo tarifado por la empresa para cuanto rodea al último viaje. Dice la mitología que en tiempos remotos bastaba meterles una moneda en la boca a los difuntos para que Carón o Caronte les cruzara en su barca el río que separaba a los vivos de la morada de Plutón. Con lo que se paga hoy en día se le podría comprar a Caronte una barca nueva, qué digo una barca, una motora fueraborda.
Ha de considerarse, claro, lo recalca el encargado de las pompas para paliar la impresión recibida por los deudos, que algunos de los féretros son ecológicos lo cual, a la muerte, le hace juego, pues ella misma es ecológica desde que el mundo es mundo.
La exposición del cadáver, incluido en las desorbitadas tarifas, se hace en uno de los locales que ofrece el tanatorio, tras la cristalera de una habitación refrigerada que aísla al muerto de los vivos y deja a éste vinculado a éstos últimos sólo por el sentido de la vista.
En la amplia sala amueblada, que ubica en su seno la habitación refrigerada con el cadáver como en un escaparate, pueden los familiares recibir a cuantos quieran acudir a despedir a aquel cuerpo sin vida. Unos lo hacen en calidad de amigos, parientes, vecinos, paisanos… otros simplemente en plan bien queda porque a la gente le gusta mucho quedar bien y, por lo tanto, a los allegados casi siempre les queda la duda de si los que acuden lo hacen por el fallecido, por los presentes, por ambos o principalmente por sí mismos.
Después viene la inhumación o la cremación, que no tenemos por ahora más alternativas en este lado del mundo. Pero no seamos impíos que, antes, está la ceremonia. Si el finado era de alguna religión, se traslada su cadáver a una sede de la misma y allí se celebran los funerales o ritos de rigor. Es ineludible en estos casos un pequeño sermón del oficiante en el que al desaparecido le llega, ineludiblemente, la hora de las alabanzas y a los acompañantes el recuerdo, reiterado en cada ceremonia, de que la muerte también a los demás nos alcanzará aunque, eso sí, con la esperanza en una vida eterna posterior a ésta, a la que estamos apegados, y a la que el común de los mortales tiene tantas prisas por llegar como pruebas coleccionadas de su existencia.
Hay veces que el oficiante, en sus ansias de hacer proselitismo y aprovechando la ocasión que tiene ante los muchos congregados por esta costumbre social, ataca la falta de creencias en el Altísimo, el ateísmo galopante, el relativismo estúpido e indiferente, el agnosticismo aséptico y cuantas prácticas, que por acción u omisión, puedan mermar la práctica y el negocio de la tradicional sepultura y de las ceremonias religiosas con todo cuanto esto conlleva. Es comprensible, cada cual ha de procurar defender su medio de vida. Es muy humano y los que vamos a morir, que somos todos, lo entendemos, aunque algunos estemos empeñados en prescindir de tanta ceremonia el día que nos llegue y en desaparecer discretamente, si posible fuera.
Lázaro, en su actual carencia de fe, también lo comprende y considera que el hecho de que él no crea en la otra vida no le hace cuestionarse el que otros lo hagan y que además utilicen sus creencias para conseguir vivir también en ésta lo mejor posible. Que él no creerá en lo que no ve, pero sí en aquello de lo que cada día recibe pruebas evidentes.
Hay veces que el finado no es persona religiosa. Entonces, lejos de evitar la ceremonia, se le hace una reunión de despedida en la que habla un amigo o varios o, si no hubiera nadie dispuesto, un profesional previamente informado de la vida del difunto. Se pone después música triste de un clásico y finalmente se desliza el féretro hacia el crematorio, atravesando unas cortinas al llegar a éste, dando, con ese cierre un tanto teatral de caída, de telón, fin al espectáculo. Lázaro cree que esto lo inventaron los estadounidenses y que todos los que no lo somos, a fuerza de ver tantas películas, hemos resultado culturalmente afectados y hemos terminado por imitarles en esta práctica, tan romántica y evocadora como las religiosas, pero de signo puramente laico. Puede que lleve razón y terminen siendo estas ceremonias más emotivas que esas que llevan a cabo los religiosos y en las que, a veces, impera la desgana y las palabras repetidas e incluso las amenazas a los descreídos con esa eternidad de fuego y de venganza del Dios único, del que todas las religiones se disputan, alegando legítimos derechos, la representación exclusiva.
¿Y no hay manera humana de librarse de todo ese tinglado? Pues parece que no, excepto si el muerto decidió en vida donar sus restos a la ciencia en cuyo caso, y si los médicos juzgan que hay algo aprovechable, no se perderá el tiempo en tanta zarandaja y se repartirán las vísceras, que tenga en buen uso, a los pacientes receptores y lo que quede se permanecerá bien refrigerado o en una piscina de formol para que los estudiantes aprendan anatomía en vivo, o sea, en muertos. Y como sin muerto no hay ceremonia seria que valga, pues cada uno a su casa que, simplemente, no hay nada que hacer. Lo contrario sería como jugar al fútbol sin balón. Y Lázaro pensó que lo de dejar el cuerpo a la ciencia era la opción que mejor le cuadraba. Y, bien mirado, razones le sobraban. De entrada, la ciencia requiere que los órganos no estén deteriorados por lo cual era seguro que le evitarían una larga agonía en cuanto le ingresaran en algún hospital presentando alguna enfermedad irreversible. Y, visto de esta manera, a él no le importaba que le abrieran las puertas de la muerte antes y con antes, con tal de que le cerraran las del sufrimiento con la misma celeridad.
Bueno y, luego ya, de sepulturas perpetuas, de fosas provisionales, de cementerios, lápidas, marmolistas y grabadores de letras en lápidas y tumbas mejor no hablemos, pues daría para páginas sin número. Y es que, hasta en esta modernidad en que vivimos, qué complejo entramado económico genera la muerte. Yo creo que hay gente que aguanta y no se muere por no gastar, sin necesidad, en flores, en recordatorios, en anuncios en los periódicos locales, en esquelas, en túmulos, en mármol, en letras de plomo, en sepulturas, en féretros, en coches fúnebres, en cintas funerarias, en relicarios, en urnas y hasta en joyas… ¿En joyas? Pues sí, en joyas también, que se ha ideado un procedimiento para convertir en piedras preciosas el carbono del cabello del muerto y dejarlo reducido a una piedrecita que, engarzada en un anillo de oro, alguno de los deudos puede lucir en la mano si tiene tal capricho...
¿Y eso se puede hacer con todo tipo de pelo o sólo con cabello?
No sea usted morboso y, si no es morbo que sólo es interés, pregunte usted en un tanatorio que se precie.
- ¡Uy, usted perdone!
Y pensar que los antiguos lo arreglaban con la monedita en la boca para Caronte… ¡Qué conocimiento!

Pero no eran estos los recuerdos que Lázaro tenía del día de la muerte del abuelo. Las cosas por aquella época eran mucho más artesanales y hogareñas y, al muerto, no le tocaba nadie más que la familia. Rápidamente, antes de que se enfriara, se le desnudaba y se le limpiaban los orines, las heces y, en su caso, el esperma o la sangre que, por sus esfínteres relajados tras el postrer suspiro, se hubieran derramado. Lavado el cuerpo templado, o bien se le vestía, a veces con el traje de boda, o bien se le envolvía en una sábana a guisa de sudario. Luego se le ponía en el ataúd y se despejaba la habitación más grande y allí, en mitad, se colocaba el catafalco con el féretro sobre dos borriquetas y se le ponían cuatro cirios gordos alrededor en otras tantas palmatorias gigantes de latón pulido o madera negra. Las sillas con el respaldo pegado a las paredes de la habitación hacían una u alrededor del cadáver y, enseguida, se llenaba la habitación de gente que hablaba por lo bajo mientras las voces más cantarinas y devotas, o sea las de las mujeres, entonaban los misterios del santo rosario. Y así se organizaba el velatorio. Solía durar dos días y dos noches y, al comienzo del segundo día, el cadáver empezaba a dar hedor y, además del pañuelo que le habían puesto como si le dolieran las muelas para que la boca no se le abriera, le metían algodones en la boca y en la nariz para que los líquidos no fluyeran apestándolo todo. A veces, cuando en el muerto se apreciaba hinchazón, tenían la costumbre de poner a su izquierda unas tijeras abiertas que, según inciertas supersticiones, lo impedía.
Durante la noche se hacía café en gran cantidad y se sacaba la botella del coñá y la del anís para que el acompañamiento se sirviera a discreción. La noche se hacía larga y, aunque se comenzaba hablando de los recuerdos y de la vida compartida con el difunto, a eso de la madrugada, bien llevados a ello por las copas o bien porque la vida es de esa manera, tan ajena a la muerte, se terminaba hablando de anécdotas graciosas, contando chistes y a veces, olvidado el motivo de la reunión, riéndose a mandíbula batiente. Y, aunque a algún allegado esto le entristeciera o le pusiera furioso, lo cierto es que la vida continuaba igual que el río, que seguía fluyendo bajo el puente y dejando atrás las frondosas choperas, ajeno también él a todo.
Era especialmente triste, y aún dramático, el momento en que se sacaba al muerto de la casa. La familia solía romper en llanto desatado, como si quisiera impedir por la fuerza del dolor la postrera salida sin retorno. Afuera esperaba una carroza fúnebre tirada por caballos. La carroza era de madera negra y con mayor o menor lujo de adornos y filigranas dependiendo de la categoría del entierro. Los caballos, también en número variable y siempre oscuros, lucían crespones y penachos negros con gran alarde de plumas y perifollo. El cortejo, que a la puerta de la casa se formaba, iba caminando hacia la iglesia tras la carroza mortuoria y tras la ceremonia funeral, que finalizaba con lo que los castizos llamaban el canto del gori-gori oficiado siempre por uno o más sacerdotes vestidos de negro y amarillo, se encaminaba de nuevo el cortejo al cementerio. Siempre se hacía a pie y, si topaban con algún viandante en el trayecto, éste se descubría y, detenido ante el paso del cadáver, se santiguaba en actitud seria y recogida, que daba gusto ver el respeto que entonces se mostraba. Rezadas las últimas plegarias junto a la sepultura y al tiempo que se oía el golpeteo de la tierra y las piedrecillas contra la caja del difunto, la multitud empezaba a disolverse para despedirse finalmente el duelo a la salida del cementerio, donde los familiares dolientes, en hilera, despedían uno por uno a los asistentes mientras éstos les daban el pésame con actitud condolida.
Y Lázaro pensó entonces y lo pensaba ahora qué sentido tenía la muerte del abuelo. Entonces le dijeron que era esta vida un lugar de prueba para alcanzar la otra, la vida verdadera, la que nace de la muerte. Y Lázaro no cuestionó la explicación porque por entonces la vida no le había proporcionado motivos para ser incrédulo y hoy, sin embargo, no encontraba ninguno que le permitiera seriamente seguir manteniendo tales creencias. Y se preguntó si la gente creía o no creía o, si puestos en el brete, seguía con la tradición por eso tan humano que es también el por si acaso. ¿Y si luego hay algo?

15 enero 2009

La primera, Zita.


Como ya eran sus amigos y no les gustaba lo de Lázaro, cogieron y le cambiaron el nombre. Le llamaron Zaro. Y le dijeron que: o se conformaba con Zaro o que con ellos no se juntara. Que Lázaro no le iban a llamar. Que era una vergüenza llevarle por ahí con ese nombre tan raro que tenía, un nombre de zombi, bueno, de resucitado, que para el caso venía a ser lo mismo.
Sería mejor conformarse, pensó Lázaro, pues peor hubiera sido que se les hubiera antojado llamarle Leisy o Laisy o Lasy o alguna otra monada anglosonante y moderna, y así aceptó el nuevo nombre aunque en su casa no lo dijo nunca por vergüenza. Pensó también que peor suerte había tenido el único chaval marroquí de su clase al que le habían sustituido su nombre, Abdul, por el de Moromi, abreviatura de moro de mierda, y que también se tuvo que aguantar para ser aceptado. Era la primera vez que perdía un poco de su integridad por tener algo de los demás, su compañía. Y Lázaro empezó a darse cuenta de que, en la vida, había que dar parte de tu libertad para que los demás te aceptaran y que, en general, casi todas las cosas que se obtienen son a cambio de dejar de ser quien eres para ser quien los demás quieren que seas, empezando por el mismo nombre.
De todos modos, y ya de mozalbete, Lázaro no terminaba de convencer del todo a los amigos. Mientras ellos miraban a las chicas y procuraban tontear en pandillas con las que podían, Lázaro se mantenía reservado, se marchaba fuera del pueblo, andaba siempre solo por el campo inmerso en largas y solitarias caminatas. En ellas el adolescente se preguntaba por qué tanta belleza, como podía contemplarse, era tan poco visitada y, en lugar de apreciada, era totalmente ignorada. Y de nuevo se dio cuenta de que para apreciar todo lo que está expuesto a nuestros ojos, pero que casi nadie mira, era necesario renunciar a la mucha compañía porque, en general, el mundo circundante está interesado siempre en otros menesteres más concretos, más provechosos, más lucrativos o incluso más placenteros y, a todos ellos, tienden las compañías a arrastrarnos por ser las tales cosas siempre del gusto de la mayoría de los que nos rodean.
Y aquello de los asuntos placenteros lo decía pensando sobre todo en las chicas, a las que Lázaro, nadie sabía por qué, tenía idealizadas y más le parecían ángeles que seres del mundo sujetos a la misma ley terrenal que los demás. El tiempo iría perfilando sus percepciones, pero en aquel momento las mujeres eran para él seres angelicales, delicados y ajenos a la mente sucia de sus compañeros y de él mismo, porque claro al muchacho también le desbordaba, como a todos, aquella ola de sexualidad que trae consigo la primavera de la vida y de la que suponía exentas a las hermosas chicas con las que todos tonteaban.
Cuando sus compañeros se hicieron más sociables y comenzaron sus frecuentes ensayos en el arte de tratar con el otro sexo, Lázaro se despegó mucho más de ellos, abandonando esos cortejos de calle mayor abajo y calle mayor arriba para cruzarse o acompañar a las chicas en esos cuchicheos del me gustas y te gusto, pues por entonces no se tenía aún conocimiento de eso del botellón y el aquí te pillo y aquí te mato, aun existiendo, era bastante infrecuente.
A él le parecía que una mujer había de admirar por fuerza su modo de ver las cosas, su gusto por el campo, por la naturaleza, por los espacios abiertos, por las largas caminatas, por el acecho a la espera de ver los esquivos animales… Total que el pobre no conseguía la amistad de ninguna pues, para colmo, pretendía que le acompañasen en solitario a semejantes labores y parajes. Así que en el arte de la seducción y del cortejo quedó tan atrasado que todos los demás, hasta el más lerdo, sabían más que él de la materia, aunque de sus contemplaciones solitarias y campestres no tuvieran la menor idea ni ganas de tenerla.
Finalmente encontró a Zita, una chica morena un año menor que él. Para su sorpresa Zita accedió a acompañarle al campo y, aunque al principio hubo ella de centrar toda su atención en contemplar las bellezas que el muchacho le enseñaba, no tardó en conseguir que Lázaro poquito a poco se centrara más en ella. Hubo de dejarle, sin embargo, que agotara todo su repertorio de descubrimientos y maravillas naturales a mostrar y así, paulatinamente, fue Zita consiguiendo que Zaro dejara de mirar a todos lados para ir mirándose más y más en sus brillantes ojos negros. Y Zaro descubrió, una noche de verano, que aquellos ojos eran dos azabaches ardiendo y fue entonces cuando, en el silencio tibio de las eras, la besó de improviso. Bueno, más que besarla, se lanzó a besarla, pues la cosa fue sin tacto alguno, con la urgencia del que quisiera robar algo sin saber hacerlo ni tener experiencia, sólo con la fuerza del deseo y el atrevimiento que el instinto presta. Y sí, lo hizo afrontando el seguro desprecio y el desapego y el más que seguro rechazo de ella hacia aquel acto salvaje e instintivo que, Zaro en su ignorancia, daba por consecuencias fijas de su acción. Y, sin embargo, se sorprendió de que ella respondiera con iguales ansias y bastante mejor ciencia y más aún, cuando fundidos en el interminable abrazo que siguió y los demás que siguieron al primero, a ella no le escandalizase su erección y, lo que es más, que frotara su vientre contra ella. Y así Lázaro fue descubriendo que las mujeres eran también parte de la naturaleza y que si ésta, en general, no hacía más que revelar secretos a quienes sabían mirarla no le iban a la zaga las mujeres en cuanto a sorprendentes maravillas y portentos.
- Toma, ya lo creo. Eso lo sabe hasta un tonto.
- Pues lo sabrán los tontos, pero Lázaro, que no era tonto pero sí adolescente, no lo sabía y hubo de aprenderlo. ¿Se entera?
- Vale, vale.
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14 enero 2009

Almuzamunda


- Lázaro, la merienda.
Y era como si llamara su madre a un perrito o a un mendigo y le diera un bocadillo grasiento. Vaya un nombre, vaya una expresión. Sobran los comentarios. ¡Qué vulgaridad!
Sin embargo cuando, en el parque, la rubia, esbelta y ajustada, mamá de Borisín clamaba a todos los vientos de la estrella:
- Boris Iván, rosa del Cáucaso, ven a tomarte el bollicao, el yogur con bífidus activo y el actimel reforzador de tus defensas naturales.
Se llenaba el aire de un mensaje armonioso repleto de contenido y sabiduría, adquirida en la tele, pero de la sabiduría imprescindible en nuestros días al fin y al cabo. Y es que hasta las acacias, chopos y coníferas se inclinaban ante el potente poder evocador de aquella mamá comprometida, que tan sabiamente había sabido diferenciar a su hijo no sólo de la plebe rastrera y adocenada, sino también de aquellos innombrables aún apegados al infame bocadillo de chorizo o al rastrero pan con chocolate. ¡Chusma! ¡Gente sin clase, ni cultura dietética ni bromatológica!
En el colegio las niñas y los niños se reían de Lázaro por causa de su nombre. Y es que los niños de su edad estaban acostumbrados a nombres normales como: Yónathan, Borja, Aitor, Álex, Asier, Boris, Yoshua, Cristian, Eric, Eneko, Héctor, Íker, Hugo, Iván, Kevin, Marcos, Mario, Mikel, Unai, Yerai y hasta Yarón u otros nombres igual de evocadores, exóticos, contundentes y extraños, procedentes de los cuatro puntos cardinales de la memoria, de la imaginación y del mito oral, escrito y televisado. Y no digamos ya las niñas, con nombres tan impactantes, sugerentes y misteriosos como: Ainhoa, Yéssica, Alba, Lorena, Carla, Cintia, Dévora, Desirée, Vanessa, Leyre, Lydia, Melanie, Sonya, Tatiana, Estefanía… procedentes a su vez de la más romántica filmografía rosa y, todos ellos, nombres sofisticados, como secretas semillas perfumadas de deleites ocultos y poderosamente evocadores. Vamos que si una de ellas se hubiera llamado Lázara más le hubiera valido no haber nacido o, al menos y como mínimo, habría de haber hecho algo imaginativo y legal o ilegal para que, en lugar de Lázara, su nombre sonara algo así como Lassaretta o alguna otra cosita similar y distinguida con dobles eses y dobles tés. Porque los niños son muy suyos con esto de los nombres y, en cuanto hay un nombre que no sigue esa norma general que todos conocen y que deja atrás todo aquel santoral decadente de antaño, crucifican al portador del mismo por no parecer ave del mismo corral. ¿De dónde viene esta costumbre de segregar al diferente? No hay certeza de ello. No se sabe si la adoptan hoy en día en el mismo colegio, incorporada ya dentro del diseño curricular, o si es una cosa social de esas tan inevitables y obligadas como poseer y usar un teléfono móvil o una consola o una pleisteision, o es que ya en la sangre los mamíferos llevamos la impronta, desde el seno de la madre, de machacar al distinto.
Así que Lázaro no se sintió muy a gusto en el colegio y pasaba los días retraído, tomando como cosa natural, ya desde un principio, o sea, desde siempre, el sentirse postergado. Cuando intentaba jugar al fútbol, esos grupos de muchachos tan mal avenidos, que batallaban entre ellos por la posesión del balón, se volvían contra él, repentinamente unidos en el empeño de obstruirle y derribarle, como si fuera un gato intentado atravesar un corral de podencos. Ante tal avalancha de patadas, empujones y obstáculos inesperados de los que eran sus iguales, decidió dejar este deporte, que algunos se empeñaban en llamar noble y que tanta gloria había dado a la nación, para pasar los recreos pensando en las cosas que la pacífica libertad de su cerebro le ofrecía sin violencia alguna. Pensaba en el río, por ejemplo, y más aún en viajar como él hasta el mar y ver si era cierto que era tan grande como le había dicho el abuelo. No reparó Lázaro que su falta de interés por el fútbol, lejos de granjearle simpatías entre sus compañeros, aumentaba la inquina que, abierta e iniciada por lo distinto de su nombre, se expandía por su afán de no plegarse a los demás, de empeñarse tontamente en ser como era. Pobre ignorante. No entendía nada de cuanto le rodeaba.
Un sábado se acercó solitario a la orilla del río y, mirando cómo el agua pasaba sin cesar bajo el puente, decidió acompañar un rato al río. Así, comenzó a caminar por su ribera siguiendo la corriente. Al poco descubrió cómo pasaba el río, con dificultad y ruido, entre grandes piedras y cómo después era retenido por una especie de presa que amansaba sus aguas y sólo a duras penas lograba superar, no sin que parte de su caudal fuera desviado por un caz hacia lo que fue un molino. Más tarde observó cómo la vegetación se cerraba tanto que, penetrando en ella, el río se hacía casi invisible y sólo el rumor suave de sus aguas descendentes denotaba discretamente su presencia. Vio, a medida que se alejaba del pueblo, cómo la vegetación en sus orillas crecía de un modo tan salvaje y frondoso que hacía casi imposible seguir su curso de cerca y cómo, desde un alto al que subió para despedirle con la vista, el pobre río daba vueltas y vueltas sinuosa y trabajosamente para poder avanzar, hacia el mar siempre según su abuelo aseguraba, entre aquellos campos de cultivo que se extendían por la llanura hasta el horizonte.
Lázaro bajó del otero y se sentó en un tronco de árbol derribado por alguna crecida y depositado en la ribera, a un par de metros de la orilla. Miró el tronco e imaginó desde dónde habría aquel madero navegado con el río y, desde su asiento, se quedó mirando el paso manso y regular del agua. Pronto cayó en la cuenta, a la vista de tanto obstáculo, de que ni siquiera a los ríos les era fácil seguir su camino y eso que lo tenían trillado de tanto recorrerlo y que sus aguas eran abundantes y bajaban de los montes con empuje. Y allí, sentado junto al río murmurador, sinuoso y constante, comprendió que su existencia se enfrentaba a tantos inesperados avatares como lo hacía el río en su camino pero que, sin embargo, no por ello su vida iba a detenerse y que, como el río, habría de continuar su camino como mejor pudiera. Tal era su destino y entendió que, pararse, no era una posibilidad que el río o él pudieran contemplar.
Al volver, río arriba, hacia su pueblo descubrió las cosas que el río ocultaba y que sólo eran visibles para quienes tuvieran la paciencia de esperar y adquirieran el hábito de observar, desterrada la prisa. Y así, poco a poco, aprendió a mirar y, a medida que lo iba consiguiendo, llegó a ver muchas cosas de cuya existencia nunca antes se había percatado.
- Ya estamos con los misterios de la percepción. A ver, ¿qué cosas eran?
- Y ya estamos interrumpiendo. No hay ningún misterio, eran cosas sencillas que nadie se para a contemplar. Eran cosas como estas: Patos que desde las más intrincadas junqueras salían a comer a la corriente.
- ¡Buah! Eso también lo he visto yo.
- Patas que criaban a sus patitos y los llevaban a todos juntitos tras ellas, enseñándoles a nadar en las orillas calmas para que, poco a poco, cogieran fuerzas y un día fueran capaces de desafiar a la corriente.
- ¡Buah! Eso también lo he visto yo.
- Ranas de muchas clases y hasta una casi negra con una línea verde que le recorría todo el dorso y que se confundía especialmente con los fondos de cieno.
- ¡Buah! Eso también lo he visto yo.
- Peces que se quedaban dormidos en mitad de la corriente sin moverse nada nada, pero nada que te nada sin moverse.
- ¡Buah! Eso también lo he visto yo.
- Culebras que surcaban las aguas del río como una culebra dentro de otra, nadando silenciosas, hasta los nidos de las pollas de agua y les comían los huevos sin romperlos, tragándolos con una abertura desmesurada de sus fauces.
- ¡Buah! Eso también lo he visto yo.
- Al martín pescador zambullirse como un torpedo azulado y salir catapultado del agua con un pececillo en el pico y luciendo su pecho anaranjado.
- ¡Buah! Eso también lo he visto yo.
- A los gazapos que de madrugada salen de los espesos espinos a comer hierba fresca y a jugar como bolitas de algodón gris y blanco.
- ¡Buah! Eso también lo he visto yo.
- A la oropéndola, de brillante pecho amarillo oro, hacer los nidos en los chopos más tupidos.
- ¡Buah! Eso también lo he visto yo.
- Al cirromelón surgir de improviso y rápidamente de lo profundo de las aguas y arrastrar en una décima de segundo a un tranquilo pato al fondo, entre sus fauces hambrientas.
- ¡Ahí va! ¿Qué es un cirromelón? Eso no lo he visto yo.
- Lo ves, porque aún no sabes mirar, porque miras pero no ves, porque no tienes paciencia, porque tienes mucho que aprender y porque además, a lo mejor, no lo vas a ver nunca porque eres un poco tarugo y un mucho abanto. Y lo mismo que no has visto al cirromelón, tampoco has visto a la chotamurra, ni al pantopolín, ni a la murganera, ni a tantos otros seres que te quedan por descubrir y que, seguramente y al paso que llevas, no descubrirás nunca por lo adoquín y lo alcornoquito que eres.
Y así Lázaro se fue haciendo famoso por sus observaciones de seres que nadie más que él tenía paciencia y habilidad para ver y, de ese modo, comenzó a hacerse con un poco de respeto entre los chicos de su clase, aquellos de los sonoros nombres, el balón bajo el brazo y las camisetas de futbolistas de la championlig, y también, claro, entre aquellas chicas de nombres tan misteriosos y exóticos como la escondida e inefable flor de la almuzamunda de zazila.
- ¿Qué flor ha dicho usted?
- No insista, ni se empeñe, que no es flor ésta que se deje observar por cualquiera por el prosaico hecho de hallarse en posesión y uso de un par de ojos.
- ¿Pues qué se necesita para verla?
- Actitud y voluntad. Amén de paciencia.
- ¿Y cómo es?
- ¿No le he dicho que es inefable? ¡Pues entonces!
- ¡Aah! Claro, claro.
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GRACIAS.

13 enero 2009

Lázaro

Lázaro aprendió pronto que se vive solo, del mismo modo que se nace y que se muere. Cosas que, por otro lado, todo el mundo sabe aunque a algunas personas les dé un poco de repelús solamente el pensarlo y, mucho más aún, el reconocerlo. Hay veces, ciertamente, que se encuentra o, mejor dicho, se topa uno con corazones hospitalarios que te acogen, te cobijan, te dan calor y te quieren, sin haber dado motivo alguno para ello, y eso es muy bello y tierno, sobre todo si dura, pero nunca invalida lo primero.
- ¿Cómo que no invalida lo primero? ¿A ver, qué demonios quiere usted entonces?
Bueno, bueno, hay muchas personas que hasta se enfadan y sostienen que esto no es así, que esa soledad no existe, y quizás en su caso sea cierto, porque nadie vive en la piel del otro y hay cosas que no pueden asegurarse aunque uno crea que las sabe con certeza. Pero, como en el mundo de las letras todo tiene cabida, es fabuloso poder decir lo que uno cree porque sólo en el improbable caso de que te lean, y eso con el tiempo, podrán contradecirte e incluso demonizarte o cositas peores. Y, ya que supuestamente estamos solos, podemos habitar en ese mundo interior sin consultar a nadie y gozar de esa libertad ilimitada que, por cierto, en el mundo exterior tampoco existe.
- ¿Cómo que no existe? ¿Me va a negar también la democracia y el pluralismo? ¡Lo que me faltaba por oír!
Bueno, bueno, hay quien dice que sí, pero no se enfade usted ni se ponga así, que nada de lo que digo busca la polémica, sólo es una mera exposición de las creencias de una persona como tantas otras y, por supuesto, referido sólo al mundo de las letras. Pero dejémoslo, para no molestar, en que probablemente la libertad no exista, aunque también hay gente que lleva siglos dando por cierta la existencia de Dios, sin prueba alguna, y nadie les molesta, ¿qué reciprocidad es esa? ¡Qué genio gasta usted, para creer en el pluralismo y todas esas cosas!
- Pero, ¿cómo quiere que escuche lo que dice sin perder la calma?, comparar las idiotas elucubraciones de un ser que se considera a sí mismo como insignificante, con la innegable existencia del Altísimo. No, si terminará usted poniendo en duda que el sol nos ilumina cada día. ¡Qué asco de relativismo, Dios Santo! ¿Cómo se puede tolerar este sindiós?
- Pues, ya que lo dice, con la misma calma que tolero yo ese condiós, sin fundamento razonable, con el que las personas de bien vienen machacando a los incrédulos desde que el mundo es mundo. Y no he dicho que fuera insignificante, sino que soy igual a usted en cuanto al derecho a mis propias creencias, que es distinto. Y, ahora, si es posible y no le sirve de molestia, déjeme seguir con mi historia de Lázaro que, que yo recuerde, no le he interrumpido nunca sus discursos en el caso, claro está, de que alguna vez los hubiera seguido con la vehemencia que usted sigue los míos.
- Pero es que yo no puedo permanecer impasible ante la negación de la evidencia.
- No niego ninguna de sus evidencias, sólo pongo en duda que lo sean. Y, en hacerlo, tengo tanto derecho como usted en creerlas verdades inamovibles. Y, ahora, si no es mucho pedir, ¿Me dejará seguir con las letras de mi historia?

Pues bien, dicen que Lázaro era amigo de Jesús y que fue la única persona a la que éste resucitó. Esto invalidaría, o al menos quitaría bastante fundamento, a esa teoría de la soledad del ser humano que vengo defendiendo. Porque qué mayor prueba de amistad y compañía hay que la de ir a buscarle a uno para volver a traerlo acá desde aquel allá tan lejano de la muerte. Un allá tan lejano, tan lejano que es comúnmente conocido como el Más Allá, nada menos. Bien, tengo que admitirlo, puede que así sea si damos el hecho por cierto y probado, pero sólo en el caso de Lázaro porque, que yo tenga noticias, el acontecimiento nunca ha vuelto a repetirse. Así que al igual que el caso de Lázaro no afianza la teoría de la soledad, ésta que yo propalo por ahí, tampoco vale para rebatirla pues no da, ni mucho menos, para generalizar.
A los niños que nacían muertos o como muertos, si, por el medio que fuera, conseguían traerlos a la vida, existía la costumbre de ponerles de nombre Lázaro. Una romántica costumbre ya perdida, como tantas, en este mundo tan práctico. La fiesta de este santo se celebra el 17 de diciembre, bueno se conmemora porque celebrarla, celebrarla, no la celebra nadie. Y se dice también que, por esta deferencia que el Señor hizo a Lázaro no dejándole solo en esa oscuridad total que se supone que es la muerte, todos los que acompañaban o acompañan a los ciegos, amparándoles en la oscuridad de su vida, tomaron el nombre de lazarillos.
- Y después de decir esto, de hablar de este bello ejemplo de los lazarillos, ¿todavía tiene usted el valor de asegurar la soledad del ser humano?
- Pues sí, lo tengo. Porque, aún acompañados, nacemos, vivimos y morimos solos, porque ninguna de esas cosas puede hacerlas ninguno por nosotros. Que la compañía, cuando se tiene, sirve para mitigar la soledad pero jamás la anula. La compañía es sólo una ilusión. Y déjeme seguir señor acompañado, que parece que se ha puesto por meta no dejarme solo ni en paz.

Así que volviendo a Lázaro, nuestro personaje de letras, vivió éste una infancia feliz, con hermanos y primos de su edad con quien jugar y pelearse, con padres que le quisieron y le reprendieron y con abuelos que, además de quererle, le mimaron, le consintieron y le protegieron para que su encuentro con la vida no fuera brusco sino paulatino y así le diera tiempo de acoplarse, sin choques repentinos, a lo que le esperaba. Los abuelos, no se sabía bien por qué, tenían siempre tiempo para contemplar a los nietos, cosa que no sucedía con los padres. Puede que fuera porque simplemente tenían más tiempo o, tal vez, porque con el ejercicio de la vida habían aprendido a utilizar más sabiamente el tiempo que tenían. El caso es que las cosas eran así.
Lázaro fue conociendo todos aquellos seres que poblaban la tierra o, al menos, cuantos había en el trocito de tierra donde él habitaba y se movía. Y el descubrimiento más grande fue el del río, pues Lázaro era un niño de tierra adentro. Era ésta una corriente de agua que nunca se paraba y donde habitaban los animales más fabulosos y crecían las plantas más vistosas. El río era el ser más grande en movimiento que nunca había visto, por eso le impresionó. Le dijeron que el agua nacía en las montañas y que luego, pasando por su casa y por su pueblo y por otros muchos pueblos, se iba al mar. Mar y río eran palabras de sólo tres letras pero con mucho significado dentro y no como otras de muchas letras, tales como epifenómeno o idiosincrasia, que escondían entre tanto signo escrito mucha oscuridad.
Lázaro le preguntó un día a su abuelo que qué era un río. El abuelo le dijo que un río era un reloj de agua pero que no había que darle cuerda como al suyo, que un río no se paraba nunca. Luego Lázaro le preguntó que qué era el mar. Y el abuelo, ya más apurado porque el niño no había visto el mar, le dijo que el mar era ancho igual que el río era largo y que no se le veían las orillas, del mismo modo que al río, viéndosele las orillas, no se le veía el inicio ni el final. Y le dijo también que al mar iban todos los ríos que había y allí echaban toda el agua que llevaban y ya, llegando, se quedaban tranquilos y no corrían más.
- ¿Y no se llena nunca el mar?
- No, no se llena nunca porque el mar está lleno siempre. En el mar se junta el nunca y el siempre, mientras que los ríos son el ahora.
- ¿Y por qué no se llena? –dijo Lázaro, pasando del lío ese del nunca, del siempre y del ahora.
- Porque es el sitio donde van a beber agua las nubes que llenan los cielos y que, después de hinchadas, descargan en forma de nieve, granizo y lluvia sobre la tierra. Y que luego, de nuevo, los ríos se encargan de devolver estas aguas al mar como si todas ellas hubieran sido un préstamo que la tierra, como buena pagadora, se precipitaba a devolver cuanto antes. Y esto que te digo está ocurriendo siempre.
- Pues hay que ver cuánto trabajo para nada.
- Ya te irás dando cuenta de que a las personas nos sucede igual.
Pero a este último apunte del abuelo no hubo ya preguntas por parte del muchacho porque Lázaro, como todos los niños observadores, sabía que muchas veces las personas mayores, poniéndose serias, decían cosas ininteligibles. Y sabía también que, si seguías preguntando, se ponían más serios aún y la respuesta terminaba siendo siempre la misma: Cuando seas mayor lo entenderás. Bueno, digamos que a Lázaro le tocó una generación de personas mayores que todavía decía esas cosas. Hoy en día ya se ha perdido también, como tantas otras, esa seguridad en entender las cosas de mayor.
El entendimiento, que a Lázaro le pronosticaban parejo al crecimiento, lo consideró siempre una forma de dar por zanjadas las cuestiones y de que a los mayores les dejaras en paz pues, como bien comprendería de adulto, hay mayores que nunca entienden nada por más viejos y reviejos que se hagan. Incluso, llegó Lázaro a imaginar, que hay personas que llegan a edades tan avanzadas en un intento, infructuoso casi siempre, de ver si finalmente consiguen entender algo y que los más listos, los que enseguida entendían las cosas, se morían casi siempre mucho antes porque ya no tenían nada que hacer aquí. Claro que en ambos casos, como en casi todos los casos que versan sobre cosas de la vida, esto no era seguro y había excepciones aleatorias, que las seguridades cada día, en todos los aspectos, las vamos perdiendo las personas más y más con el tiempo.

10 enero 2009

430


Ayer cambiaron a la Guardiana a una habitación individual. La habitación 430 es rectangular con parte del rectángulo ocupado por un servicio cuadrado que coincide con uno de sus vértices. De sus cuatro paredes, dos contiguas son blancas y las otras dos azul claro. El suelo es de grandes baldosas azuladas con pequeñas motitas oscuras. Las dos puertas, la de acceso y la del servicio, son azules pero un punto más oscuro que el suelo y las paredes y tienen, además, un cerco de un azul aún más oscuro. Hay un ventanal muy amplio orientado al sur y pintado de marrón que inunda de luz la habitación con las primeras horas de la tarde. A decir verdad en la paleta de colores sólo desentona el cable del ingenio eléctrico que mueve la cama y que es de color butano y también los teléfonos en negro, más el botón del vacío en amarillo rabioso. El resto es todo gris blanquecino, blanco y azul, incluido el televisor de tarjeta que la Guardiana abomina. Hasta el suero lechoso que le administran como alimentación parenteral hace juego en su tono con la gama de colores de la habitación. Allí, en ese dosel sobre la cabecera de la cama donde se encastran las luces, los enchufes y otros ingenios, encuentro una diminuta estampa de una virgen que reza así: “Nuestra Señora de la Victoria de Lepanto. Patrona de Villarejo de Salvanés”. Pienso que la ha dejado allí algún devoto que, como paciente, pasó por la habitación antes que la Guardiana. Pues en ella, siendo religiosa, no conozco predilección por advocación mariana tan batalladora. También hay un tiesto de hojas rojas y verdes con la base envuelta en un papel naranja que está en lo alto del armario y un florero con unas flores silvestres algo apochadas en el alféizar de la ventana.
La Guardiana de las Fechas yace en una cama metálica de color blanco marfil con unos protectores de barras que impiden que se caiga en un descuido propio o ajeno. Tiene alimentación parenteral y hoy, día 10, está sin oxígeno. En estos momentos duerme ruidosamente. El perfil de su cabeza no recuerda la mujer que fue. Tiene la boca hundida, sin dentadura, y eso hace que la barbilla y la nariz se muestren extrañamente prominentes. Numerosas y extrañas arrugas surcan su cara relajada pero hinchada. Tiene la boca abierta y, de vez en cuando, emite un ronquido bajo e irregular. Su pelo corto y algo desordenado es, curiosamente a sus años, más negro que blanco. En sus orejas se ven unos pendientes de oro. Son un regalo de su marido, de cincuenta años atrás, y que a nadie permite tocar. Su cuerpo está hinchado y más desfigurado de lo que ya lo estaba por la edad. Duerme penosamente trabajándose cada inspiración. Sin embargo, parece tranquila.
En un lado de la habitación, junto a un armario gris y azul a juego con los colores de la misma, está su silla de ruedas desde hace días, sin usuario. Enfrente del armario hay una mesilla móvil, una silla y un sillón abatible y con reposapiés que facilita los días y sobre todo las noches a quienes la acompañamos. Por otro lado están los goteros, las bombas volumétricas azules de los sueros y todo lo demás.
La Guardiana de las Fechas lleva también su anillo de casada y el de su marido, muerto hace muchos años, en el dedo anular de la mano derecha y tampoco ha consentido que nadie se los quite ni siquiera advertida del riesgo que la hinchazón podría suponer. Su rosario de madera con imágenes de vírgenes un tanto naïve, entre misterio y misterio, y un corazón final de la misma madera, está colgado en uno de los barrotes que impiden que se caiga de la cama. Lleva en la muñeca izquierda un viejo reloj cuadrado y ajado que, de vez en cuando, se acerca a los ojos intentando averiguar la hora que no ve.
Abre los ojos y pide agua a una de sus hijas. Al descubrirme dice que cuándo se fue su hija, que está en un estado que no le da ocasión de despedirse de nadie. Después de haber tomado agua me pide agua por segunda vez y, rendida, intenta dormir de nuevo. Bosteza con tiritonas. Dice que no sabe lo que le pasa y me pide cacao para los labios. Luego me pregunta la hora. Después le entra el desasosiego. Se mueve de un lugar a otro y mueve los brazos erráticamente intentado encontrar un bienestar que su cuerpo le niega.
Mientras, afuera, la tarde resplandece con el efecto de la luz del sol amplificado por la blancura de la nevada que cayó ayer y que aún lo cubre todo hasta donde la vista alcanza. Las sirenas de algunas ambulancias y el ruido del tráfico lejano ponen fondo a las toses que acosan una vez más a la Guardiana.
- Estoy muy cansada, me quiero morir ya.
- Pues no puedes, porque el médico ha dicho que estás mejor.
- ¡Huy qué no puedo! – le salió el temperamento a la Guardiana, genio y figura.
No le contesto y ella me mira implorándome, con los ojos, una salida. Como ve que callo me dice:
- ¿Y ahora qué hacemos?
- Dormir un poco.
- Es que me da miedo.
- ¿Qué es lo que te da miedo?
- Morirme y seguir viviendo así.
- Pues tienes que elegir.
- Entonces, morirme.
- Y, ¿por qué te da miedo morirte?
- Porque no sé si he sido buena.
- Ya te digo yo que sí, que soy, entre los vivos, quien mejor te conoce.
- ¿Estás seguro?
- Descontando los azotes que me dabas de pequeño, estoy seguro.
Se sonríe y mirándome a los ojos, como disculpándose dice:
- Es que eras muy malo.
- Pues parece que me enderezaste.
Sonríe y cierra los ojos de nuevo. Mientras ella intenta adormilarse, repaso mentalmente la vida de entonces, de cuando ella me cuidaba a mí y no yo a ella, como ahora y ya desde hace un tiempo largo vengo haciendo. Pero apenas llevo unos minutos recordando, cuando vuelve el desasosiego, el dame agua, el dime la hora, el dame el rosario, el deambular de sus manos rascándose aquí y allá, el dame cacao, los quejidos temblorosos, la tos, la angustia, el no puedo vivir de esta manera… y así pasan las horas de la tarde, como las de la mañana y como las de los últimos días. Y no puedo hacer nada por aliviar los males de quien tantas veces de niño alivió los míos y, también de adulto, disipó mis temores y mis penas. ¿Para qué esta larga espera?, me pregunto.
Pero en los pasillos se oyen las risas de la vida. El personal sanitario es bueno y eficiente pero es gente joven, llena de vida que, paradójicamente, ha de asistir a aquéllos que están avocados a una muerte penosa y cercana pero cuya cercanía, para algunos, se hace eterna.
He logrado tranquilizar a la Guardiana con las caricias de mis manos y con los susurros mansos con que por el oído pretendo que su cerebro se relaje. Y la pongo de nuevo en ese sueño que se va y que se viene. Resopla un rato dormida pero la tos de nuevo la despierta y… otra vez comenzamos. La Guardiana de repente hace una pausa y me dice:
- ¿Sabes que día es hoy?
- 10 de enero.
- Tal día como hoy murió tu abuela María. ¡Qué suerte tuvo!