08 octubre 2007

El barranco

Eran los años 50 y la ciudad estaba dividida en dos partes. Lo había estado siempre por un barranco que, bajando hacia el río, la separaba. La de ahora era también una división entre personas, la que causó la guerra durante muchos años. Al Oeste del barranco estaba la ciudad tranquila, la de la gente de orden, como se decía entonces; al Este del barranco la de los desarrapados, la escoria, los perdedores.
El barranco comunicaba las dos partes de la ciudad mediante un puente árabe con una torre de la misma factura y tiempo. También tenía una curiosidad, los primeros edificios de la zona noble de la ciudad, al lado Oeste del puente, en esa sutil frontera entre las dos demarcaciones, eran un antiguo palacio, transformado en cuartel de la Guardia Civil, otro palacio transformado en Seminario y la Iglesia Concatedral. Casualidades.
Un paseo por la zona bien de la ciudad nos llevaba a la Calle Mayor, el eje de su esqueleto. En ella estaban los mejores comercios, las viviendas de la gente más rica con sus espléndidos miradores, las cuatro iglesias principales, el casino, los bares más selectos, los restaurantes de renombre y, al final las amplias instalaciones de un cuartel militar con Caja de Reclutas. La gente vestía bien o, al menos, correctamente. El ambiente era de una tranquilidad costumbrista y provinciana, donde raramente ocurría algo de interés.
Un paseo por la zona al Este del puente nos llevaba de inmediato a callejuelas en cuesta llenas de basura, con perros flacos y aulladores, gatos huidizos, niños descalzos y, los más pequeños, con el culo al aire, voces agudas de mujeres hartas de penurias, hombres mal vestidos y peor encarados que mataban el tiempo en las dos o tres tabernas del barrio de las que salían las voces de los borrachos a cualquier hora del día o de la noche, hogueras por las calles, vertederos que daban al barranco, del que emanaba un olor pestilente por desembocar en él las alcantarillas de la ciudad, plazoletas miserables en las que se tiraba la basura en el mismo centro…El hambre y la miseria, se percibían por doquier. Y todas las otras desgracias, que no faltaban, quedaban ya desdibujadas y como añadidas a éstas.
Don Alejandro, era el párroco de la Iglesia Concatedral. Eran los tiempos en que los sacerdotes, mediada la misa, subían al púlpito y pronunciaban sus homilías, normalmente en tono autoritario, desde lo alto. Debajo, los fieles, sentían caer sobre sus cabezas todo el peso de las culpas que, inexorablemente, se cernía sobre ellos. Pero, ya se sabe, aguantaban calmados: contra soberbia, humildad.
A pesar de los tiempos y la casi obligatoriedad de ser persona religiosa o, al menos y como mínimo, de misa dominical, los vecinos del lado Este de la Concatedral no asistían, en su gran mayoría, a ninguna ceremonia. Estaban ya tan segregados que poco más se podía hacer contra ellos. Sin embargo, Don Alejandro, incapaz de soportar su indiferencia religiosa e incluso su desdén, y para hacerles patente la presencia del Altísimo en todas partes, les organizaba procesiones. Eran más bien incursiones en su decrépito barrio. En ellas, rodeado de gente de bien y con los pasos escoltados por la Guardia Civil, entraba la comitiva al barrio pobre desde el viejo puente y daba una vuelta por sus lóbregas callejuelas haciendo ostentación de la preeminencia de la Iglesia sobre todas las cosas. Que tuvieran bien presente todos aquellos desarrapados que, si no iban a la casa del Señor, ya se encargaba él, Don Alejandro, revestido de solemnes galas religiosas y cubierto con bonete, de que no olvidasen que el Señor también supervisaba a sus ovejas descarriadas. Iglesia y Estado tiraban entonces, por conveniencia mutua, del mismo carro.

07 octubre 2007

Infierno


Hace muchos, muchísimos años, los hijos de Saturno y Cibeles se repartieron el mundo. Como los repartos no tenían leyes muy definidas, a Plutón, como era el más pequeño, le correspondió lo peor, o sea, los infiernos. Plutón se mosqueó cantidad pero, como le dijo su madre, mala suerte, Plutoncín, alguno tiene que bailar con la más fea.
Los infiernos, de aquella época, eran moradas subterráneas donde iban las almas de los muertos para ser juzgadas y recibir la pena que merecieran por sus crímenes nefandos o la recompensa, en su caso, por sus acciones de heroica virtud. Guardando la puerta de los infiernos estaba Cancerbero. Cancerbero era un perro con tres cabezas que, con la amenaza de sus triples aullidos y mordeduras, impedía que los vivos se atrevieran a acercarse a la puerta y que las sombras, que son seres intermedios entre el alma y el cuerpo pudieran salir. O sea, que Cancerbero acojonaba.
- ¿Por qué las sombras son seres intermedios?
- Pues porque, como el alma, carecen de materia pero todavía conservan la figura del cuerpo. Y haga usted el favor de no interrumpir más, que perdemos el hilo.
Según informaciones de fuentes tan fiables como lo han sido siempre los poetas, el gran espacio que ocupaban los infiernos estaba rodeado por dos ríos, el Aqueronte y el Estigio. Así que era necesario atravesar por algún punto de estos ríos para poder alcanzar la morada de Plutón. Para este trabajo había un barquero, un viejo de muy mal carácter llamado Carón, que era el único que, gruñendo constantemente, se atrevía a ofrecer este servicio. Pero, cuidado, que Carón te podía rechazar, de un remazo en las costillas u otra parte de la anatomía, si tu cuerpo no había sido debidamente enterrado o si no tenías el dinero necesario para pagar el viaje. A los que cumplían con las premisas anteriores, el viejo Carón sin dejar de refunfuñar, les trasportaba en su barca a la orilla opuesta, donde Mercurio se hacía cargo de ellos, les tomaba la filiación y les llevaba, debidamente identificados, ante el temible tribunal que había de juzgarles. Por los continuos problemas con Carón, que era un incordiante impenitente, y para evitar listas de espera en los juicios y la, ya entonces criticada, lentitud de la justicia, se decidió, desde tiempos muy remotos, incluso anteriores a la noche de los tiempos, hacer dos cosas: enterrar siempre a los muertos y, además, meterles una moneda en la boca para el cargante de Carón.
El tribunal que juzgaba a los difuntos estaba formado por tres jueces: Minos, Eaco y Radamanto. Plutón, estar, estaba, pero la verdad es que sólo asistía a los juicios más interesantes. Los tres jueces eran íntegros y sabios aunque el mejor era Minos y, por eso, hacía de presidente. Después de emitirse la sentencia, los buenos eran enviados a los Campos Elíseos y los malos arrojados al Tártaro.
Los Campos Elíseos eran una zona de excepcional belleza, con clima agradablemente climatizado, frondas y praderas siempre verdes, enjambres de pájaros de cantos melodiosos, sol brillante, suaves brisas, tierra fecunda que ofrecía espontáneamente varias cosechas al año y flores y frutos y muchas más cositas agradables que no hace falta hacer explícitas ni más nada. Además, ni que decir tiene, totalmente peatonal. Allí no existía el dolor, ni la enfermedad y la vejez, ni las pasiones que mueven a los mortales… Claro, porque los que moraban allí ya no eran mortales y entonces ya no tenían nada que hacer ni preocuparse por nada. Y, se suponía, que eso era la felicidad.
El Tártaro era una gran prisión con varios muros concéntricos y, por si fuera poco, rodeada por un río de fuego, el río Flegetón. Por este río se movían en góndolas las tres furias, Alecto, Meguera y Tisífone que, con una antorcha y un látigo flagelaban sin tregua a los internados en sus dominios, sin dejarles parar un momento, o sea, en plan cabrón. Había hombres y mujeres cuyos vientres eran devorados por buitres, otros haciendo trabajos inacabables sin descanso, otros y otras mordidos por serpientes, dragones y seres monstruosos, otros picados por escorpiones, tarántulas y avispas… Allí estaban los remordimientos, la miseria, las enfermedades, la guerra, el hambre, la muerte, la tortura, los dolores todos y muchos monstruos horribles y malintencionados. Pero a nadie le importaba porque como allí no iban más que los malos, pues todo el mundo sabía que les estaba bien empleado. Algo horrible habrían hecho. Oye, para que aprendieran.
- ¿Y todo eso es verdad?
- Sí, señor, punto por punto. Y ni una sola de estas cosas se ha podido demostrar que sea falsa.

04 octubre 2007

La Cruz de los Segadores


Laza, con el primer clarear del día, se queda atrás. Enseguida tomamos la carretera local 113 en dirección a Vilar do Barrio.
Al cabo de tres kilómetros y después de cruzar un puente sobre el río Támega atravesamos Soutelo Verde, donde una inscripción recuerda a los transeúntes que no olviden a las ánimas que penan en el purgatorio. La inscripción está sobre una capilla, lleva fecha de 1813 y textualmente dice: “Pasajero que vas caminando socorred las almas que están penando” ¡La de mensajes, recados y encargos que se encomendaban antiguamente a los caminantes!. En Soutelo Verde dejamos la carretera, a la derecha, y seguimos por un buen camino.
Hasta llegar a Tamicelas nuestro camino es casi llano, un camino agradable que se presta a la conversación más distraída. Sin embargo, apenas llegamos al pueblo comienza una fuerte y larga pendiente. Dos corzos se espantan casi en las mismas tapias del pueblo. La larga subida, a tramos muy empinada, nos lleva de los 450 metros de altura a casi los 1000, en un recorrido de apenas cinco kilómetros. La ladera está algo pelada por un incendio forestal, así que no hay sombra. Hay que parar de vez en cuando, la subida corta el resuello. Desde arriba, despedida y premio del camino andado, tenemos una bella visión del valle del Támega. Llegamos, algo cansados del áspero ascenso, al bonito pueblo de A Alberguería.
- ¿Habéis subido por la carretera o por la Requejada?
- Sí, por la Requejada. ¿Sabes dónde hay una fuente?
Acabamos de enterarnos del nombre de la cuesta. El amable muchacho que nos habla nos acompaña hasta la fuente y nos dice que es de allí pero que trabaja en Barcelona y que le encanta ver pasar caminantes por su pueblo.
A Alberguería ofrece al caminante, y ya es bastante, el agua fresquísima y abundante de su fuente, justo a pocos metros del camino.
- Aquí no hay bar pero, como nos llevamos bien, nos reunimos en casa de alguno a tomar algo casi todos los días del verano.
- Bueno, pues que sigáis así. Ya quisieran en muchos pueblos.
Nos despedimos del chico de A Alberguería, que trabaja en Barcelona, y que parece que envidia nuestra condición de caminantes. Cruzamos prados y caminos entre junqueras, también hay herbazales. Un rato después, y tras cruzar la carretera, llegamos a la Cruz de los Segadores, en un sitio que le dicen el Monte Talariño. A los pies de este monte nace el Limia, otro río gallego de leyenda. Nos detenemos a descansar ante la cruz. La pusieron en recuerdo de los gallegos que iban a la siega en los campos de Castilla.
La Cruz de los Segadores es, para nosotros, un punto entrañable de este camino. Nos recuerda a las muchas cuadrillas de gallegos que bajaban a segar a las Castillas para ganarse la vida. Parece que tenían aquí su punto de confluencia o, quizás más bien, de paso. Inesperadamente nos topamos, junto a esta cruz, con los recuerdos de nuestra infancia, evidentemente lejana, poblados aún por aquellos gallegos legendarios de los que hablaban y aún hablan nuestros viejos cuando cuentan historias de la siega. Hoy son cosas olvidadas, de cálido y, a la vez, doloroso recuerdo. ¡Qué dura fue la vida de algunos!

De la Cruz de los Segadores, ¡aquello sí que era movilidad laboral, hay que joderse!, baja una fuerte pendiente que llega a la carretera local 113 y la cruza. Continúa el camino, con bastante pendiente, y vuelve a encontrarse con la 113 más abajo. Durante el descenso se nos ofrece una espectacular vista de la desecada laguna de Antela con las torres de Penas y Sandiás destacando al fondo. Finalmente, siguiendo esta carretera, llegamos a Vilar do Barrio.

03 octubre 2007

FEDERICOPE


Una de las definiciones de espectáculo de la Real Academia Española es esta: “Cosa que se ofrece a la vista o a la contemplación intelectual y es capaz de atraer la atención y mover el ánimo infundiéndole deleite, asombro, dolor u otros afectos más o menos vivos o nobles”.
Para el espectáculo al que me refiero no es necesaria ni siquiera la vista, pues todo él se basa en la contemplación intelectual. Sólo es necesario, eso sí, un sentido, el del oído, por lo que el espectáculo del que hablo es de los pocos que hasta los ciegos pueden disfrutar con la misma intensidad que los que no lo son.
Digan lo que digan, y se dice mucho, hay desde hace un tiempo un programa de radio que es un espectáculo de mucho más mérito y talento que los programas de telebasura más sofisticados. Esos en los que las televisiones más conocidas gastan cantidades fabulosas de dinero. Vergüenza para las televisiones que, en esta sociedad de la imagen, un programa de radio de pequeño presupuesto les coma el terreno tan ostentosamente. Así pues, estoy refiriéndome a un espectáculo auditivo que, casi monopolizado por una persona, es capaz de enervar a todos cuantos se lo toman en serio que, por lo que se ve, son una gran parte de los españoles. Pero claro, ¡cómo no se lo van a tomar en serio!, cuando los temas de este hombre de la radio son, nada menos, que la patria, la bandera, la unidad de España, la política y los políticos, la monarquía, la religión, el Estado, la economía, el terrorismo, la ley, los jueces, los fiscales… Este hombre es un auténtico showman que me llena de admiración. Es capaz de todo, es un hombre que ha convertido una emisora semiarruinada en la gallina cotidiana de los huevos de oro. A partir de la realidad diaria, o de una parte de la realidad del día, sabe focalizar lo que desea, crear ficciones, es capaz de fabular, de organizar la realidad según su criterio y capricho, puede aumentar la importancia de pequeños detalles hasta hacerlos de magnitudes sobrecogedoras, interpreta la realidad con más desparpajo que el conjunto entero de políticos del país, imita, ridiculiza, pone motes, juega con las palabras, cambia los tonos de voz, maneja los silencios con maestría, insiste hasta la saciedad en los temas con los que se centra, derrama las culpas más negras sobre quien él decide, dicta qué hacer o qué no hacer a quien corresponda, pontifica sobre la verdad unívoca, se inflama de justa ira, se carga de sagrada indignación, se arma de santa paciencia... ¡En fin!... No tiene consideración con nadie, excepto con quien le paga, supongo. Aunque tampoco estoy muy seguro, pues, me da la impresión, de que, puesto en el prete, lo sacrificaría todo por el espectáculo. Es, eso, un hombre espectáculo, alguien que con muy pocos medios ha conseguido que el país entero, para bien o para mal, según quien lo diga, esté pendiente de su show cotidiano. Un moderno rey Midas que convierte en oro aquel medio en el que interviene. Un “Butanito” de la política. Lo único que hay que hacer para pasarlo bien es escuchar el espectáculo sabiendo que es eso, un espectáculo, disfrutar y admirar sus cualidades histriónicas y reírse de lo que nos rodea. Vivimos de interpretaciones, no de hechos. El objetivo de este hombre es triunfar. Lo consigue gracias a su elaborada capacidad para provocar. El resto lo hacemos los demás. Para colmo, conseguir esto en una radio propiedad de la Iglesia Católica, cuyo principal mandato evangélico es el amor, es ya lo más de lo más. El morbo está servido en todos los sentidos. Quien no se divierte es porque no quiere. Disfruten con el espectáculo. Si consiguen relajarse, es fascinante. Este hombre, aunque tenga frenillo, desconoce el freno.

Cuando me di cuenta de todas estas cosas, le comprendí y, a a la vez, dejé de interesarme. Se convirtió en algo familiar. Bastante monótono.

01 octubre 2007

El móvil


Él debía acudir a la cita. Ansiaba hacerlo. Era una cita inusual como lo era la relación con aquella mujer. Sí, inusual, imprevista y excitante. Olvidó su habitual ropa elegante y su llamativo Audi. Ese día tenía que ser un discreto técnico en ordenadores, así que con unos vaqueros usados, una sudadera, una gorra de visera y un macuto rojo llegó, buscando las señas de ella, y conduciendo una vieja Citroën C2 con rótulos de una empresa de gestión, algo, en fin, de lo más común, un perfecto mimetismo urbano.
Dejó la furgoneta en las inmediaciones del domicilio que le había dado. Era un barrio normal, más bien de gente trabajadora. Caminando, desde el lugar en que aparcó, hacia la dirección indicada pensó que había elegido la indumentaria correcta. Ni las mujeres que iban o venían de la compra, ni los pocos viandantes se fijaban en él, era un elemento más del decorado cotidiano del barrio. A los pocos minutos estaba frente a la puerta, un segundo después, pulsaba, por el portero automático, el timbre del piso que tenía anotado.
- Sí, ¿quién es?
- Intra reparaciones, abra, por favor.
Un pitido largo respondió a su demanda, con un pequeño empujón la puerta cedió. Sí, era su voz, pensó. Ojalá que no se encontrara con nadie en el portal ni en el ascensor. No es que le importara demasiado, pero no le gustaría. No eran aún las 11 de la mañana. El bloque no era muy grande y, para su tranquilidad, subió solo hasta el piso tercero que era donde ella le esperaba. Buscó en el descansillo la letra C y se dirigió hacia la puerta con el corazón palpitando fuertemente. Halló ésta entornada, la empujó suavemente y, no encontrando a nadie tras de ella, la cerró despacio.
- Señora, vengo por lo del ordenador- dijo él, con un poco de guasa.
La respuesta se hizo esperar, se oyó el ligero ruido de una puerta y apareció ella con una especie de camisón semitransparente.
- Pues espero que me lo dejes como nuevo- replicó ella con una sonrisa.
Él, una vez más, pensó: Lo que me pierde de esta tía es su maldita cara de golfa. Sin embargo, a la expresión caliente y salaz de la mujer, le acompañaba un espléndido cuerpo de más de un metro setenta, una cintura fina, unos muslos poderosos y unos pechos pequeños pero de pezones gruesos, oscuros y puntiagudos que se insinuaban tentadoramente bajo el fino camisón, un cuello delgado y esbelto...
Todo esto lo pensó en una fracción de segundo pues en la siguiente ya estaba besándola en la boca mientras sus manos le acariciaban suavemente la espalda y bajaban, sobre la fina tela, a recorrer y apretar sus hermosos glúteos. Se dio cuenta que el cuerpo de aquella mujer le excitaba como el de ninguna. Su sensualidad, su olor… eran como una droga que le adormecía. La tersura de su piel y la turgencia de sus formas le dejaba inerme ante ella. Podía perderse y ahogarse en aquel cuerpo como un náufrago en el mar.
Luego de los cálidos preámbulos pasaron al dormitorio. Como dos hambrientos se estaban saciando el uno en el otro. Ambos desnudos y totalmente excitados llevaban más de media hora de codiciosa labor pero aún sin perentorio afán por terminarla. Inesperadamente sonó un móvil. La mujer se desasió suavemente del hombre y lo tomó con decisión y tranquilidad:
- ¡Hola! ¿Qué hay, guapo?
- …
- Pues aquí, mi vida. Acabo de venir de la compra. ¿Y tú?
- …
- Vale, cielo. Me alegro de que lo hayas encontrado.
- …
- Me encanta, cariño. Qué bien, azul claro, como a mí me gusta. Eres un encanto, te adoro.
- …
- ¿En el concesionario de Madrid? Oye, cielo, pues está muy bien de precio. Si quieres, cuando vuelvas a casa, a la tarde, lo hablamos. ¿Vale?
- …
- Sí, mi amor. Yo también. Hasta luego, cariño. Un beso.
- …
- Yo también te echo de menos… Otro beso, cielito… Ya sabes que sí..., tonto.
El hombre desnudo que yacía junto a la mujer estaba paralizado escuchando esto mientras su mano derecha permanecía sobre el sexo de ella, escarbando suave e instintivamente en el vello de su pubis y acariciando sus hinchados y húmedos labios.

30 septiembre 2007

El Canguro Australiano.


El Canguro Australiano es un hostal de carretera, pero está en un pueblo, en Hospital de Órbigo. Tiene un bar muy espacioso y un restaurante que ofrece un menú del día económico. Es más barato que el resto de los hostales del pueblo. Lo atienden mujeres inmigrantes.
El comedor está hoy lleno. Hay una excursión de unos cuarenta ancianos y ancianas. Al frente de la misma hay dos chicas jóvenes que son autoritarias pero cariñosas. Casi todos los ancianos tienen un estado mental muy deteriorado. Están bien cuidados y van bien vestidos, pero sus mentes se perdieron alguna vez y sus cuerpos quedaron a la deriva. Uno llora porque ha perdido una gorra, otro se quiere escapar a fumar, otro se toma una copa a escondidas, otra no encuentra los servicios, otras quieren jugar a las cartas, otro no para de hablar... Parecen viajeros desorientados, perdidos para siempre dentro de sus propios cuerpos.
Es la hora de la siesta y yo escribo estas líneas sentado en una mesa del bar. Cuando acabo y voy a pagar a la mulata que regenta la barra:
- ¿Qué le debo del café y la copa?
- Son cuatro euros pero, como me caes bien, dame dos cincuenta.
Son las cinco de la tarde y hay un extraño trasiego en el bar del Canguro. Hay más camareras extranjeras de las que parecen necesarias. También llegan clientes que aparcan fuera el tractor o el coche y entran a tomar algo. Se les nota nerviosos. Algunos parecen del pueblo. Miran a todas partes y se ve que desean pasar desapercibidos. Las chicas vienen y van, suben y bajan, con unos y con otros. Al niño pequeño de una robusta joven rubia, que parece polaca, le dejan durmiendo en un sofá junto a mí. Hay un televisor enfrente que, a todo volumen, transmite una telenovela. El niño duerme plácidamente. Entra un hombre marroquí y habla en su lengua con una camarera de su misma nacionalidad. Me llaman la atención las babuchas que calza el hombre. Al poco entran dos hombres españoles. Vacían el dinero de las tragaperras y se van. La camarera marroquí habla ahora animadamente por teléfono en su idioma. Otro niño, de una de las camareras, llora y se revuelca por el suelo. El hombre marroquí le coge de la mano y se lo lleva, mientras el chiquillo grita y patalea.
A la caída de la tarde, damos un paseo por el pueblo. Visitamos la oficina de información. Está ubicada en el centro. Es un bello caserón con un patio interior. Hablamos con la chica que la atiende.
- ¿Para muchos días por la zona? ¿Dónde se han alojado?
- No, sólo de paso. En el Canguro.
- ¡Cielo Santo! ¿Quieren que les busque otro sitio?
- No, gracias. Éste es muy entretenido y además ya estamos instalados.
Tomamos un vino en la terraza del Hostal Don Suero de Quiñones, que está situado en un extremo del puente y tiene una vista excepcional sobre éste. Damos un paseo por el pueblo. Hospital de Órbigo es un lugar agradable con ambiente de veraneo.
Cenamos en el restaurante del Hostal Don Suero. La mejor mesa del local, la que tiene mejores vistas sobre el puente y el río, está reservada. Cuando unos cuantos comensales estamos cenando, entra en el comedor una señora mayor. Saluda a todo el comedor desde la puerta, como si todos estuviésemos esperándola. Lo hace en voz alta pero con un tono distante. Se dirige a la mesa reservada y la ocupa dando la espalda a las vistas y mirando al comedor, como si lo presidiera. Bajo la augusta mirada de la dama cenamos todos. Cuando la señora termina, se marcha como entró, despidiéndose del comedor entero y dando por concluida la ceremonia, como si fuera la reina de Inglaterra. ¡Adiós noble señora, adiós altiva dama! ¿Será alguna descendiente de Don Suero de Quiñones? Bien pudiera serlo por el empaque.
En el Canguro hubo movimiento hasta más de las cuatro de la mañana. No descansamos mucho. ¿Por qué le pondrían al local el nombre del Canguro Australiano? Hubiera quedado más castizo y revelador El Conejete del Páramo.

29 septiembre 2007

El Mosta.


Jesús Blasco, más conocido por El Mosta, era un hombre de estatura sobresaliente, anchas espaldas, delgado pero de innegable fortaleza, de cara seria, vozarrón áspero y aspecto cetrino, un poco amenazador. Su porte, pese a ser ya un hombre de más de sesenta años, impresionaba a los desconocidos y, por otro lado, como era persona de pocas palabras, tampoco era fácil familiarizarse con él y perderle el respeto con esas confianzas que genera el roce. Sin embargo, nunca se supo, ni nadie pudo decir, que hiciera daño a alguien. Llevaba siempre la camisa desabotonada por la parte superior y por la abertura le brotaba del pecho un matojo de pelo abundante, hirsuto y cano. Normalmente llevaba gorra de visera y andaba siempre de non por el pueblo a la espera de que le saliera algún “servicio”, como él decía, con toda seriedad.
- Mosta, a ver si me coges para el viernes una docena de topos del río.
- Mosta, anda hombre, ayúdame a descargar este camión.
- Mosta, que si te vienes a hacer una mudanza.
- Mosta vente a la obra a acarrear ladrillos.
- Mosta, cógeme un par de docenas de cangrejos para el mediodía.
- Mosta, acércate a por un par de sacos de piñas al pinar.
- Mosta, tráeme una talega de setas, que lleva ya una semana lloviendo.
- Mosta, llévale ese saco de patatas al secretario…
Los “servicios” de El Mosta eran variados, inesperados y sin horario fijo, pero nunca faltaba quien le mandara hacer o ayudar en algo. Tampoco se recuerda que El Mosta se negara nunca a hacer alguno de aquellos encargos, que él, un tanto pomposamente, llamaba “servicios” con un deje de burlona jerga castrense. A cambio, la gente del pueblo, como en un acuerdo tácito y cordial, solía invitarle en los bares a un vaso de vino blanco, que era su bebida habitual. También, y lo que era más importante, cuando llegaba la hora de comer y El Mosta estaba por alguna de las casas de comidas o restaurantes del pueblo, lo normal era que el patrón le pusiera, sin apenas mediar palabra, un plato de comida caliente y un vaso de vino en un rincón discreto del local y El Mosta comiera, y repìtiera si tenía hambre. Era el pago a esos “servicios” variados que siempre estaba dispuesto a hacer sin protesta alguna. No es que le obsequiaran con platos deliciosos, caros o elaborados, pero unas judías con chorizo y un par de huevos fritos los tuvo siempre a su alcance, lo cual, de acuerdo con los tiempos, para él era más que suficiente y aún casi un lujo.
Algunas noches frías de invierno le vi borracho por las tabernas. Iba siempre solo y taciturno. Hablaba para sí cosas sin sentido para los demás. Una noche sobre el mármol de la barra de un viejo bar puso diez monedas de peseta y extendió sus grandes manos poniendo la yema de un dedo sobre cada una de ellas. Apretó las pesetas con los dedos contra la barra del bar, con tanta fuerza que se le marcaron como cuerdas los tendones de ambas manos, y luego levantó las diez monedas, triunfalmente, pegadas a sus dedos por la presión a las que las sometió, elevó las manos por encima de la cabeza sin que ninguna moneda se desprendiese. No he vuelto a ver a nadie hacer eso. Luego, como saliendo de su monólogo interior, soltó, a grandes voces, una retahíla de frases que en él eran habituales cuando iba bebido, con aquellas borracheras solitarias y tristes:
- ¡Ciento cincuenta oficios y ninguno fracasao!... ¡No preguntes quien se ha muerto!... ¡Más me habría valido haber estudiao pa gilipollas!...
A pesar de su impresionante aspecto y sus voces desesperadas y patéticas, nadie se inquietaba, pues sabían que al poco se iría a dormir a la vieja casa semirruinosa que alguien le había cedido en las Travesañas.
Decían algunos del pueblo que El Mosta, aunque no lo pareciera, había sido oficial de aviación cuando la república y que cuando le mandaron bombardear su pueblo, después de darle un par de pasadas con el avión, no tuvo valor o, más bien, no quiso hacerlo y se fue a las afueras y tiró las bombas en un paraje que le dicen la Pinarilla. Hay quien asegura esto y dice, además, que, de vez en cuando, venían a verle algunos de sus antiguos compañeros de la escuadrilla, que no se habían hecho desheredados como él sino que rehicieron sus vidas con fortuna, y que le llevaban en coches estupendos a comer a los mejores sitios de la capital y luego le devolvían al pueblo con ropa nueva y algunos billetes en los bolsillos. Otros, muy bajo y todavía con miedo, cuentan a escondidas que estuvo en la cárcel y en campos de concentración después de la guerra y que, cuando volvió al pueblo después de algunos años, era requerido de vez en cuando en el cuartel de la Guardia Civil donde le daban un repaso para que no olvidara las cosas y que por eso estaba tan loco. Todo conjeturas y sospechas, pues, de esto, nadie asegura nada. Hay cosas que todo el mundo quiere olvidar.
A El Mosta le encontraron una mañana inconsciente y medio helado en la Alameda. Tenía la cara morada, lo mismo que las manos. A su lado había una botella de ginebra vacía. Se había emborrachado y se quedó dormido a la intemperie. Los diez bajo cero de aquella noche de invierno le provocaron una pulmonía doble. El médico dijo que había que llevarlo urgentemente al hospital así que, como había sido militar, cuando El Mosta abrió los ojos se encontró en el hospital militar Gómez Ulla de Madrid. Yo creo que el verse allí, en el hospital central de los militares, acabó de matarle. Dicen que, cuando supo donde estaba, cerró los ojos y ya no los abrió nunca más. Desde entonces ya no ha vuelto a haber en el pueblo quien se ocupe de aquellos viejos “servicios”.

28 septiembre 2007

El Burgo Ranero.


El nombre de este pueblo nos había llamado siempre la atención. Fuimos a visitarlo y nos alojamos en el único hostal disponible. Hay también una fonda, la Fonda Lozano, pero nos agradó más el hostal. Una vez aseados, nos sentamos relajadamente en la terraza del hostal. Un hombre calvo y corpulento nos aborda. Se presenta como Don Jesús Calvo, el párroco, y se dirige a nosotros dando por sentado, sin lugar a duda alguna, que somos peregrinos del Camino de Santiago. Le dejamos hacer sin sacarle de su confusión. Nos da una fotocopia con una poesía de un tal Eugenio Garibay. La poesía está, al parecer, publicada por los Amigos del Camino de Nájera. El párroco nos firma en el anverso de la fotocopia escribiendo esto:
El Burgo Ranero (León) ¡Feliz Peregrinación! Jesús Calvo (párroco) y pone la fecha.
El sacerdote es hombre expansivo y hablador que nos da conversación, casi siempre dejando que le escuchemos, y nos pregunta de dónde somos. Después Don Jesús se declara músico, compositor y poeta. Con celeridad, gran conocimiento de causa y sin admitir dudas al respecto, nos dice que los mejores poetas de la lengua castellana son Bécquer y Gabriel y Galán. El primero de ellos, declara, es el gran genio del sentimiento; el segundo, el gran genio de lo cerebral, o sea, del intelecto. Luego refuerza sus aseveraciones con estas palabras:
- Claro, amigos. Esto es así. No lo dudéis. Sin embargo, a Gabriel y Galán jamás se le hizo justicia. Él nunca fue uno de esos rojillos que se exiliaron como los “Lorca” y demás. Así que el pobre Gabriel y Galán está hoy en el olvido.
Callamos, prudentemente, sobre el involuntario exilio de García Lorca al más allá. Don Jesús, sin embargo, está pletórico y nos sigue ilustrando. Ignoramos la razón, pero lo hace ahora sobre su calvicie:
- Dios, queridos amigos, creó portentosos cerebros, cabezas de belleza sublime y deslumbrante. Sin embargo, incomprensiblemente, de modo incompatible con tamaña belleza, a algunas, las cubrió de pelo.
Enseguida Don Jesús, tan inopinadamente como llegó, se levanta y se va raudo. Antes de recorrer treinta metros se detiene con un grupo de peregrinos ciclistas que acaban de llegar. Les da la fotocopia con la poesía y les ilustra con profusión sobre la injusticia, no remediada aún, cometida contra el eminente Gabriel y Galán. El párroco, como después supimos, es famoso en los pueblos del contorno por viajar leyendo sobre su bicicleta, mientras va de un pueblo a otro en cumplimiento de su ministerio. Dicen que esto lo hace incluso en los días de hielo y nieve. ¡Y todavía hay quien duda de la existencia divina!
Son casi las tres cuando la patrona del hostal El Peregrino nos dice que podemos entrar a comer. La patrona es mujer muy dispuesta y vivaz que no permite dudar a los peregrinos ni a los clientes en general.
- A ver, de primero ensalada mixta o espaguetis con tomate. De segundo, filete con patatas o lomo embuchado con dos huevos “pa el que le falten”.
Comen unos dieciocho peregrinos y nosotros dos, sin que ninguno se atreva a rechistar al ama. Cuando terminamos nos obsequia a cada uno con una camiseta del local y un bolígrafo. Parece que hemos observado buen comportamiento.
Resucitados de la profunda siesta, la hospitalera del albergue de peregrinos del pueblo, que es finlandesa, se pasa por la terraza del hostal.
- In diez minuotos, il sacristano mostruará la igluesia a peregruinos que deseen verla. OK?
Vamos a ver la iglesia a falta de cosa mejor que hacer. El sacristán es un hombre menudo y vivaz. Está acostumbrado a enseñar la iglesia a los peregrinos extranjeros. Así que se viene hacia nosotros y, mirándonos a los ojos, gesticulando, dando voces y marcando las sílabas nos dice muy despacito:
- Mu-y an-ti-gu-o. To-do re-cons-tru-í-do. Mu-cho di-ne-ro gas-ta-do y mu-cho ga-na-do por al-gu-nos. Vi-drie-ras mu-y bo-ni-tas.
- ¿Cómo las hicieron?, preguntamos en castellano fluido.
- ¡Anda, joder, pues vino uno de León, tomo las medidas y las pusieron!, dijo el sacristán, ya relajado.
- ¡Ah!
Después de ver la sencilla iglesia de El Burgo Ranero, dimos un paseo hasta el barrio de la estación. Allí hay otro bar, pero hoy está cerrado.
A las ocho y media nos dirigimos a Juli, la temperamental patrona del hostal El Peregrino, y le preguntamos cortésmente si va a dar cenas o nos va a despachar con un bocadillo. Nos contesta que si lo que tiene nos vale, que nos da de cenar. Sin pensarlo nos ponemos a la mesa y damos cuenta de una ensalada, un filete con patatas y dos huevos fritos que con el postre y una botella de buen vino del Bierzo cierra el menú.
Terminada la cena y sentados en la terraza del hostal, charlamos con Doña Juli del camino, de cuando ella fue a Santiago, de los peregrinos, de las comidas, de lo venenosos que son los rencores entre la gente del pueblo, de su ayudante, la chica marroquí, de eso y de lo otro y de lo de más allá. Doña Juli nos dice:
- ¿Cómo no iba a ir yo a Santiago? ¿Cómo no iba a ir yo donde van los que vienen a mi casa? Yo tenía que verlo y me emocionó mucho.
Finalmente echamos cuentas con la simpática Juli. Se porta la señora muy bien con nosotros, no nos cobra los vinos pedidos fuera del menú y (como comprobamos al día siguiente) nos invita a desayunar.
A punto estamos de irnos a la cama cuando aparece una mujer recia y madura que resultó ser la cuñada de Doña Juli. Esta señora, muy bien plantada, no siempre está de acuerdo con Doña Juli y le dice que, en sus disputas con los del pueblo, unas veces tiene razón y otras no. Supimos también por ella que un quiñón es una suerte grande de tierra cedida por un ayuntamiento o corporación para uso de alguno. Sostiene también la señora que ella, que es viuda, se las ha tenido que ver con muchos.
- Miren, los de aquí son muy brutos. Por ejemplo, si no llego a estar al tanto, me habían hecho mujer a una hija a los once años. Claro que no fue flojo el que lo intentó. Que yo soy viuda y estoy acostumbrada a defenderme y a salir adelante.
Terminada la tranquila velada, a la cama. Son casi las 12.
Por cierto, a las afueras del pueblo, hay una gran charca cuyas ranas empiezan a cantar al caer la noche y no lo dejan hasta el alba. Habíamos olvidado preguntar la razón de un nombre tan pintoresco para el pueblo, pero ya no hizo falta.

27 septiembre 2007

Urbano, del pueblo a la ciudad.


Cuando conocí al tío Urbano me llamó la atención la pobreza que vi en su casa. La casa estaba situada en una bocacalle de las que dan al Arrabal del Agua. Era una sola habitación con un fuego en el suelo y que tenía la puerta como único punto de luz y ventilación. Un pequeño corral, con el suelo de paja y hediendo a estiércol, donde moraban un par de cochinos medio montaraces y esmirriados que sólo comían lo que les traían del campo, hacia las veces de retrete. El tío Urbano era muy parecido físicamente a su hijo Canuto Pedro. Los dos delgados, altos, nervudos y nerviosos. Duros para el trabajo, pero con el genio pronto.
Creo que la conformidad de la abuela, hermana de Urbano, con las condiciones de su vida, vino determinada por ver la existencia tan pobre de su hermano mayor, al lado del cual, ella debía sentirse muy afortunada. De la suerte de su otro hermano, Jacinto, prefiero no decir nada pues, al ser fusilado al poco de acabar la guerra civil, no debiera hablar de suerte. Ese mismo destino lo sufrió también su sobrino, Emiliano, hijo mayor de Urbano. Parece que la conformidad de la abuela derivó de la pobreza y del miedo, aunque la conformidad de los aposentados de la época derivase de lo contrario.
- Canuto, ¿cómo os trataba, de pequeños, tu padre, el tío Urbano, tenía humor?
- Entonces no existía eso.
Canuto Pedro recuerda que su padre, el tío Urbano, trabajó en una vaquería que había en la calle de la Mina y un labrador apodado Cogote, uno de la familia de los Estríngana, que vivía en esa calle, tenía un perro al que especializaron en cazar gatos:
- A los gatos, siempre machos grandes, los despellejábamos en casa, los asábamos en el horno de Toquero cuando terminaban de cocer el pan, con el horno suave, y los comíamos enfrente, en la taberna de la Goya, la de Peinado, rodeados de gatos que se comían los huesos de sus congéneres. Estaban mejor que el cabrito. ¡Ni punto de comparación! ¡Ya lo creo!
- Mi padre hizo de todo lo que pudo: vaquero, jornalero, albañil, espartero, cordelero... En "Los Corralillos", una calle sin salida en la carretera de Zaragoza junto a las monjas de abajo, y en la esquina de la calle Mendoza con la calle Arrabal del Agua estaban las dos casas de putas que había en la ciudad (dos pesetas el polvo). Para la de la esquina trabajamos una vez como albañiles mi padre, mis hermanos pequeños, Angel y Mariano, y yo. Había que agarrarse a todo.
La familia de Urbano con su mujer, Saturnina, se vinieron del pueblo a la ciudad siendo los chicos pequeños, de 10 ó 12 años el mayor. Las chicas a servir desde que tenían 12 años y los chicos a buscarse la vida en lo que saliera. Todo por ir de peor a mejor.

25 septiembre 2007

El pórtico de la ermita.


La ermita de la Estrella está a dos kilómetros largos del pueblo. No es un edificio de mucho mérito sino más bien modesto y pequeño. La ermita en sí es de base rectangular con el extremo del altar elevado un par de escalones sobre el resto. En la parte elevada se colocan los hermanos y el Abad, el día de la celebración anual, para participar en la misa y cantar la Salve; en la baja, el resto de la gente más o menos allegada y en el humilde pórtico y en la parte de fuera los más de los que acuden a la romería, pues el espacio interior es pequeño. También los hay, no digamos más impíos pero sí menos píos, que fuman por los alrededores o se toman algo en alguno de los kioscos ambulantes que se montan ese día, concelebrando a su modo.
La ermita tiene adosada una cocina y una especie de recibidor en el piso bajo y, en el de arriba, un comedor sobrio de paredes encaladas y mesas corridas de madera en el que, una vez al año, comen los hermanos de la cofradía y conmemoran una tradición que pasa de padres a hijos desde hace más tiempo del que los papeles guardan memoria. Los que se dedican a eso de la historia dicen que es probable que ya se celebrase la romería en el 1162, después de Cristo, naturalmente, aunque no hay documentos que lo prueben con certeza.
En una pequeña hornacina, sobre el único altar, se pone, el día de la fiesta, la imagen de la Virgen de la Estrella. El resto del año lo pasa en casa de algún hermano de confianza, pues hay desaprensivos que, carentes de respeto con las tradiciones, por arraigadas y antiguas que éstas sean, roban cuanto en estos santuarios se deja. Su aislamiento y alejamiento de los pueblos se presta a ello.
Llama la atención el pequeño pórtico, hundido un par de palmos del ras del suelo de tierra que lo limita, apoyado en la fachada de la ermita que cubre la puerta principal y sujetado por dos vetustas columnas de madera de sabina en su parte externa. Es allí donde los hermanos bailan a la Virgen jotas castellanas que interpreta un dulzainero o gaitero, como otros le dicen, y un tamboril o tamborilero, en ese día señalado.
Cuando uno pasa por allí, un día cualquiera del año, el paraje suele estar desierto, las puertas firmemente candadas y, si el día está bueno y sereno, se escucha el canto de los pájaros en la arboleda que limita con las huertas y también el caer del agua del caño de la fuente de al lado. Y, sólo algunos días, si se tiene el oído especialmente fino, se puede escuchar muy nítidamente, y sobre todas estas cosas, el agudo y penetrante son de la dulzaina y el ritmo machacón del tamboril mientras, de refilón, las figuras ágiles y desvaídas de los viejos danzantes se dibujan bajo el pórtico. Lo puedo asegurar. Sonidos e imágenes han impregnado durante siglos las piedras del pórtico y allí han quedado presos. No hay otra explicación.

12 septiembre 2007

El Motín de la Trucha.


Hay un templo románico en Zamora que se llama Santa María La Nueva. Su nombre se debe a que tuvo que ser reconstruido después de los hechos conocidos como “El Motín de la Trucha”, en el año 1158. No por ser poco conocido, merece el incidente ser olvidado, pues cosa muy difundida es que la historia es maestra de la vida, amén de ser rica en hechos entretenidos y de provecho para el buen entendedor. Así que ahí va este contencioso medieval para quien no lo conozca:
La campana de Santa María, que por entonces aún no era La Nueva y ni siquiera era Santa María sino la iglesia de San Román, se utilizaba para avisar al pueblo llano de que podían acudir a comprar al mercado, después de que ya lo hubieran hecho los nobles. Sin embargo un buen día, que degeneraría en triste jornada, al despensero del noble Álvarez de Vizcaya se le antojó una hermosa trucha cuando la hora de compra de los nobles había terminado y el hecho era evidente y conocido por haber tañido la campana. Como fuera que la trucha en cuestión había sido ya apalabrada por un zapatero, se inició una pelea a costa del litigio que acabó con el encarcelamiento de varios plebeyos. Sin embargo, los nobles, no contentos con esto, se reunieron en la iglesia de San Román para determinar qué otro castigo infringir a la insolente población por haberse atrevido a desafiarles abiertamente. Pero, parece que en esta ocasión, la nobleza calculó mal sus fuerzas y el pueblo, tan dócil y de común acostumbrado a humillar, se amotinó enfurecido y dirigidos por Benito el Peletero, que surgió de la masa como un caudillo iluminado, incendiaron la iglesia y, ya de paso, mataron a los nobles, sin dejar uno.
Posteriormente los plebeyos, junto con sus familias, huyeron a los montes de Ricobayo, próximos a Portugal, y amenazaron al Rey con pasarse a este país si tomaba represalias contra ellos. El rey Fernando II, viendo Zamora vacía y ponderando los hechos, decidió que, puesto que los nobles eran ya difícilmente recuperables, perdonaría al pueblo su airada sublevación a cambio de que reconstruyesen la iglesia, la cual, una vez cumplidos los deseos del monarca y siguiendo las leyes de la lógica pasó a llamarse Santa María La Nueva. Así acaba esta historia de una trucha que se cruzó con la soberbia.

11 septiembre 2007

Atuendo.


La escena es de mi ciudad.
Ella llegó con su vestido-túnica hasta los pies, calzando babuchas y, por supuesto, con el velo envolviéndole la cabeza.
Él vestía vaqueros ajustados, zapatillas de deporte última generación y un niki de marca tan chic como el calzado y los pantalones. Al cuello una bonita cadena de oro, un llamativo reloj de pulsera en la muñeca y una cajetilla de Winston en la mano. Bien afeitado y con corte de pelo a la europea no parecía ni de lejos que tuviera que ver con la mujer, pero era su marido.
¿No sería lo suyo que si la mujer viste de un modo tan tradicional, sean cual sean sus motivos, éstos alcancen también al hombre, para que así éste, con su turbante o su pañuelo árabe a la cabeza, su chilaba, su barba y sus babuchas fuera también un fiel reflejo de su tradición y su cultura?

10 septiembre 2007

Don Paco, el veterinario.


Don Paco, el veterinario, llevaba a todas partes a su mano derecha, Tomás, el herrador. De joven, Tomás, había vivido en la casa que utilizaban de herradero y que era propiedad de don Paco. Con el paso de los años, el veterinario, que era persona generosa y de corazón desprendido, le vendió el herradero al herrador. Se lo hubiera regalado por sus buenos servicios y porque, como se ha dicho, era un hombre generoso, pero no, se lo vendió, aunque por cuatro perras, para no herir su amor propio. El herrador, que no era ningún tonto, bien se dio cuenta de ello y agradeció que el otro respetase su orgullo y guardase las apariencias. También fue don Paco el que medió para que a Tomás le aceptasen como socio en el casino del pueblo. Al herrador no es que le gustase mucho mezclarse con los señoritos que leían periódicos en el salón del casino y hablaban, a veces, de cosas que no entendía bien, pero sí que le gustaba entrar en el bar, que hacía de antesala al salón principal, y tomar allí algún vino cuando se le antojaba y cambiar alguna palabra con el alcalde, el boticario, el juez de paz, el sargento de la Guardia Civil o alguno de los socios que casualmente anduvieran por allí. Agradeció mucho a don Paco la deferencia de hacerle del casino, cosa que, en el fondo, al herrador le produjo un cierto orgullo al sentirse ascendido de clase inmerecidamente. Eran los años 30 y los señoritos del casino eran los únicos que leían los periódicos y sabían algo de lo que pasaba en la capital, en Madrid y en España en general.
Don Paco, con la llegada de la República y ante las disquisiciones que en el casino se propiciaban por las distintas opiniones de los socios al respecto, siempre se significaba reiteradamente en su defensa. Por otro lado, las veces que alguno del pueblo se acercaba a él en busca de favor o dinero era normal que el veterinario ayudase al necesitado en la medida de sus fuerzas. No era habitual en la época que la gente pudiente se comportase de un modo tan generoso y a algunos miembros, algo recalcitrantes del casino, la actitud del veterinario no les gustaba un pelo, ni les parecía natural. Pensaban que a aquellos patanes era mejor mantenerlos a distancia y no permitirles familiaridad alguna, cuánto menos ayudarles por norma. Lo que les parecía compadreo irrespetuoso con el veterinario no lo consideraban de buen ejemplo ni precedente. Cada uno debía de saber estar en su puesto. Pues no faltaba más.
No hace falta decir que el veterinario era persona querida en la villa y no había nadie que hablara de él sino bondades. Se le podía preguntar a cualquiera. Esto contribuía a aumentar la inquina que algunos socios del casino habían comenzado a tomarle tanto por su defensa de la República como por su llana familiaridad con los humildes. Así fueron pasando los años, el herrador acompañando siempre a don Paco en sus visitas periódicas a los distintos pueblos de su demarcación y siendo testigo de la bondad que el hombre destilaba en todas sus acciones.
Las bestias de trabajo eran esenciales en la época y si moría una mula o un macho podría significar un grave problema para la familia que sufriera la pérdida, pues no siempre había dinero para reponer el animal y, a veces, ni siquiera para llamar al veterinario si la bestia enfermaba. Don Paco, que tenía bien tomado el pulso al personal de su zona, sabía muy bien cuando tenía que cobrar y cuando el hacerlo suponía quitarles de la boca a algunos lo más necesario. Así que a veces decía simplemente: “No es nada, la cosa no era de importancia” o “Ya hablaremos para el verano, después de la siega”… Su fama era tan buena en la zona como en la villa. Y huelga decir que algunas de aquellas deudas quedaban suspensas sine die en su memoria.
Al finalizar el verano de 1935 uno de estos clientes-beneficiarios de don Paco, uno de Tordelrábano, que no por pobre era bobo ni desagradecido, se vio inesperadamente favorecido por un pellizco de herencia que cobró de un pariente de Lumías. El hombre, cuando acabó las faenas del estío y un día que el veterinario pasó por su pueblo con el herrador, como era su costumbre, le pidió a don Paco la cuenta de lo que le debía por unas cuantas de esas visitas de cobro prácticamente olvidado. Como era su costumbre en estos casos, el veterinario le hizo un redondeo a la baja y el hombre, después de pagarle, le entregó con mucha emoción un paquete cuidadosamente envuelto en papel marrón y atado con un trozo de bramante. El veterinario, extrañado, le dijo que qué era eso. El labriego le pidió que lo abriera y aparecieron un par de hermosas botas nuevas de cuero rojizo muy bien lustrado.
- Pero, hombre, cómo haces esto. Si ni siquiera sabes mi número.
- Yo no lo sé, pero el zapatero, el tío Felipe, sí lo sabía por haberle hecho a usted algún calzado. A él le encargué las botas.
Don Paco emocionado, agradeció el detalle y aquel día vio por una vez correspondido su buen tacto y amigable trato con la gente. Don Paco, tan acostumbrado a dar, sabía también recibir con alegría lo que se le ofrecía de corazón. El veterinario quedó tan contento con el detalle que siempre que tocaba visitar Tordelrábano procuraba, salvo prisa u olvido, ponerse las botas de cuero rojizo en honor a su modesto cliente.
Los meses de aquel invierno fueron pasando y tras él la primavera, que era la época más bonita en la zona. El campo se ponía de un verdor que sólo se conoce en las estribaciones de la sierra y la luminosidad de los días los hacía deslumbrantes, como si los ojos se volvieran anhelantes de absorber aquella luz. Por el contrario, los socios del casino sabían que la situación política del país no estaba atravesando momentos tranquilos, sino más bien sombríos. Los debates entre aquellos señores, los terratenientes, el alcalde, el secretario, los dos médicos, algunos de los maestros de la zona, el boticario, el jefe de correos, los curas, el juez… y, ¿cómo no?, el buen don Paco, se sucedían en el casino con controversias cada vez más amargas y enfrentadas.
Un buen día de julio cuatro desarrapados de Sigüenza con pistolas y fusiles llegaron al pueblo en un coche, pintado con siglas que pocos endendían, dispararon unos tiros al aire y declararon a voces en la plaza de arriba y en la de abajo haberlo ocupado en nombre de la República y, realizada la toma simbólica, se volvieron sin más trámite por donde habían venido. Sin embargo, al día siguiente, tropas del ejército regular ocuparon la villa. Al parecer eran tropas de las que se habían alzado contra la República. Esos no se retiraron. Ocuparon las casas del pueblo que consideraron necesarias para la oficialidad y la tropa y se establecieron a su gusto.
Sólo dos días después, don Paco, dos maestros, un tabernero y otros cinco del pueblo, fueron detenidos. A don Paco le detuvieron los militares delante del herrador cuando ambos iban a salir para visitar algunos de los pueblos. A todos ellos les tuvieron encarcelados varios días en la cárcel de la villa, donde el herrador le llevaba a don Paco comida y tabaco. A la semana se llevaron a don Paco sin que nadie supiera donde. Ni el herrador pudo enterarse. Pocos días después se corrió el rumor de que a los demás les habían fusilado, una noche, bajo la luz de los faros de un camión, en la carretera de Bochones. Dijeron que en el Barranco de la Golondrina. Nadie se atrevió a pedir más explicaciones ni a andar por ahí preguntando. El caso es que nadie les vio más.
Terminada la guerra civil en el 1939, la familia de don Paco, familia de cierta influencia, indagó sobre su paradero. Era evidente que alguien del pueblo sabía cual había sido su destino, la misma mano negra que le había señalado tanto a él como a los demás.
Una mañana los civiles llamaron a Tomás, el herrador, y le pidieron que acompañara a unos señores en un coche, le dijeron también que, acabada su misión, le devolverían al pueblo sin más trastorno. Con cierta inquietud, el herrador, subió al coche. Enfilaron por la carretera que va a Almazán, dejando atrás Barahona y Villasallas, y pasado Almazán siguieron hacia Soria. Quedó atrás Lubia y pocos kilómetros antes de llegar a Soria se desviaron a un pueblo llamado Los Rábanos y allí, en un lugar ignoto para el herrador, detuvieron el coche. Junto a una zanja grande había unos cuantos cadáveres desenterrados, que apestaban, envueltos en los andrajos que una vez habían sido sus ropas. Una voz áspera le habló:
- ¿Puede usted identificar a uno que fue veterinario de su pueblo, a un tal Francisco Espeja?
El herrador mientras caminaba lentamente entre los cadáveres, ya muy deteriorados, los observó detenidamente y, con los ojos brillantes de lágrimas secas, dijo al cabo de un minuto interminable:
- Sí señor. Éste es.
- ¿Cómo lo sabe?
- Por las botas.

09 septiembre 2007

Escuela y religiones.

Alguna vez habrá un país en que la escuela sea el lugar común de todas las niñas y todos los niños. Allí recibirán una educación y una cultura. Luego, cada uno, según sus ideas o las de sus padres, recibirá su formación religiosa, si es que la precisa y la desea, en la correspondiente sinagoga, mezquita, iglesia, pagoda, salón de culto, etc. También cada cual contribuirá al mantenimiento de su lugar de culto y de los ministros del culto, en el que crea y desee formarse, con una dádiva directa que no tenga que pasar por las arcas comunes de la Hacienda Pública. Será un relax para todos sacar las religiones de la pugna política y de la economía pública. Todo es simple cuando no hay intereses creados. Todas las religiones podrán cumplir con su misión y anhelo de apostolado en igualdad de condiciones y con recursos realmente proporcionales a su número de creyentes. Por otro lado las jerarquías religiosas de las distintas confesiones podrán seleccionar y organizar con total libertad y sin coacción alguna, por parte del Estado, al profesorado propio que se encargue de estas tareas. Sí, seguro que así será algún día.

08 septiembre 2007

El toro de la vega.


Todos los años, por estas fechas, se alancea un toro bravo en Tordesillas, provincia de Valladolid. Primero se le saca de la villa y, una vez en campo abierto, el toro es acosado por lanceros a pie y a caballo y por una multitud de gente a los que, individualmente, se les da el nombre de torneantes.
A muchos en España lo que nos choca y espanta, a estas alturas de la historia taurina de la nación, no es la muerte hecha espectáculo, ni el sentido del arte que algunos tienen, ni el significado de la palabra fiesta para otros, ni el ecologismo de los salvadores del toro bravo, ni la invocación a tradiciones inmemoriales y colectivas unificadoras de un pueblo, ni el sentirse representante ejecutor u oficiante en nombre de la multitud de lanceros peones, lanceros a caballo y torneantes o espectadores, ni la “motivación acumulada” esgrimida por los lanceros como hipotética arma principal, ni la más prosaica lanza castellana de 2,4 metros de mástil y hoja de 30 centímetros esgrimida como arma secundaria, ni los cientos de lanceros enardecidos, ni los más de 300 jinetes entre lanceros y protectores, ni los 40.000 espectadores y oficiantes del acto, ni la denominación de torneo que se da a este hecho, ni el simbolismo del ritual, ni el retorno a supuestamente añorados tiempos pretéritos, ni la pretendida expresión de otro credo antiguo y perdido, ni la búsqueda de una dignidad arcaica y diferente, ni la afirmación de la virilidad por la asunción voluntaria de un peligro innecesario, ni el silencio de tantos ante esto, ni la indiferencia de otros, ni el mirar a otro lado de los políticos, ni la fingida ignorancia de las instituciones civiles y religiosas, ni el silencio de los medios de comunicación… Lo que choca, espanta y sobrecoge es el hecho de que esto lo hacen seres humanos y recae la responsabilidad sobre ellos y, de paso, sobre todos nosotros. ¿Por qué hacemos estas cosas?

07 septiembre 2007

La pasarela.


Para llegar al principal hospital de la ciudad donde vivo, cualquier persona que vaya a pie, ha de atravesar los dos sentidos de una autovía de esas que van de Madrid a una distante autonomía y que son actualizaciones del sistema radial que, heredado del centralismo aquel, aún distingue y caracteriza la red principal de carreteras españolas. Y esto, lo de cruzar la autovía digo, ha de hacerlo por dos pasos de cebra que además salvan una entrada y una salida de una rotonda con afluencia masiva de tráfico. Además, esos mismos pasos de cebra dan acceso a dos colegios y alguna que otra dependencia menor. Esta situación se lleva manteniendo durante más de 25 años y, a pesar del evidente peligro y los numerosos percances, se ha llegado a considerar por los ciudadanos como algo inevitable. Si a nuestros honrados y sagaces políticos no se les ha ocurrido el modo de solucionarlo en todos estos años, es que no tendrá solución. Si el sol sale por el Este y se pone por el Oeste, eso no hay quien lo cambie. No nos engañemos, no se puede sacar de donde no hay. Así que los peatones cruzamos, desde ya casi tiempo inmemorial, como conejos suicidas entre bruscas frenadas, coches de despistados conductores que te rozan sin percatarse de que ahí hay un paso de cebra y peatones que dicen ¡Ay!, y maleducados desaprensivos que, además de no frenar, te ponen los pelos de punta con un bocinazo a quemarropa. Pero claro, ya lo dice el saber popular: Bienaventurados los que creen en los pasos de cebra porque pronto verán a Dios.
Hasta aquí todo es relativamente normal y los peatones, gente con los pies en el suelo por definición, daban por perdido el encuentro de una solución vial viable. Pero, lo que son las cosas, hete aquí que sólo a quinientos metros de dicho punto negro, como ahora se dice, y al otro lado de la misma autovía se está construyendo un centro de “El Corte Inglés” y al mismo tiempo que éste se eleva deslumbrante hacia el cielo y se extiende por los solares, ¡oh, milagro y portento del talento humano!, se está construyendo una pasarela peatonal que comunica la ciudad con la entrada misma de dicho centro comercial, salvando airosa y limpiamente la autovía. Para que luego digan que el dinero no da la felicidad ni ayuda a resolver los problemas importantes. ¡Tantos años dudando de la existencia de una solución y la teníamos delante! Y todo, gracias a “El Corte Inglés”, una empresa privada. Lo privado llega donde no llega lo público y nos muestra lo evidente de las cosas. Lo privado es útil y didáctico. Lo que se aprende en la vida. Aunque no quieras. La pasarela se paga con dinero público, para más exactitud la paga el Excelentísimo Ayuntamiento. Al menos, podremos ir a comprar con total seguridad. Y que haya quien, todavía, saque punta a las cosas. Cachis.

02 septiembre 2007

Educación para la ciudadanía.


Ante la controversia que hoy existe ante esta asignatura o materia educativa en proyecto, voy a citar, con todo mi respeto, un texto de San Pablo:

“Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay autoridad, sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación. Porque los magistrados no son de temer para los que obran bien, sino para los que obran mal. ¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador, para castigo del que obra el mal. Es preciso someterse no sólo por temor del castigo, sino por conciencia. Pagadles, pues, los tributos, que son ministros de Dios, constantemente ocupados en eso. Pagad a todos los que debáis: a quien tributo, tributo; a quien aduana, aduana; a quien temor, temor; a quien honor, honor.” (SAN PABLO: Epístola a los romanos; 13, 1-7, Ed. Nácar-Colunga)

Este texto, para mejor información, ha sido tomado tal y como aparece en el libro titulado “Vela y Ancla”, página 81, cuyo autor es Eugenio de Bustos , de Editorial Doncel y que era obra declarada texto para la enseñanza de Educación Política (varones) en el primer curso de Bachillerato en el año de 1962. Parece ser que por aquel entonces la doctrina de la iglesia católica y, por lo que parece, la de San Pablo, era muy comprensiva con el sometimiento a las autoridades. Claro que puede que las autoridades de aquellos tiempos lo fueran por obra de Dios, como apunta San Pablo, pero, quizás, las de ahora tengan un origen más secular. Nunca se sabe, la iglesia católica siempre ha hilado muy fino en cuestiones de este tipo.
Por otro lado, no constan protestas de la iglesia católica contra la inclusión de textos religiosos en la educación política de entonces, aunque eran abundantísimos y de clarísima tendencia, ni tampoco ninguna petición de objeción de conciencia.

01 septiembre 2007

La felicidad se fue a la ciudad.


Como en una canción de Sabina, la felicidad se fue a la ciudad. La felicidad es canalla y no soporta que se le conozca. Por eso se fue a la ciudad, para vivir de incógnito y libre. Allí vive ahora, anónima ya de solemnidad, cantando sus penas de fin de mes hipotecado entre bellos bloques de modestos pisos caros; paseando a sus hijos por ostentosos paseos y parques salpicados de caca de perro pero con columpios y máquinas de gimnasia; llenando los carros de su vida en centros comerciales rutilantes con precios de oferta para que compre más que gasta, pero ahorrando; visitando, a destiempo por la necesidad, badulaques de barrio regidos por inmigrantes multirraciales y sin horario; viviendo en urbanizaciones privadas para familias bien, bien organizadas desde generaciones; especulando sobre prometedores solares desescombrados en la zona centro; opositando a asequibles chalets bien parcelados, bien adosados, bien pareados o ajardinados; visitando de incógnito drugstores reales de chabolas marginales; mercadeando lastimosamente el apoyo financiero de inmobiliarias competitivas que le piden dinero sólo para considerarle su cliente; jesuseando en sucursales bancarias para obtener menos de lo que tiene; mirando indefinidamente al vacío en las paradas de autobús, perdida la sensación del tiempo; esperando con ansiedad que la boca negra se ilumine en las estaciones de metro; rogando que el vuelo de la vacación caribeña no termine en la misma terminal del aeropuerto; esperando que las lanzaderas de RENFE hagan honor a su nombre y le impulsen lejos como la honda a la piedra inerte; buscando la hora feliz anglosajona en los bares de copas; matando el hambre, un día es un día, en los restaurantes de comida rápida, todo en inglés, ¿Cholesterol Paradise?, tanto da; afiliándose con ambición a media docena de agencias de empleo al menos; pensando que algún día, aunque sea lejano, le podrán ser útiles las compañías financieras; deseando que llegue el momento que la declaración de hacienda se complique tanto que necesite una asesoría fiscal para las trampas; comprando en anticuarios sólo cosas viejas; buscando en vendedores de viejo cosas que parezcan nuevas; haciéndose con lo último en tiendas de todo a cien; hidratándose en spas por la cosa de la moda; comprando en las cadenas de tiendas de ropa más famosas no lo que quiere sino lo que venden, la felicidad no tiene ya voluntad sino para lo que le ofrecen; rodando por los campus universitarios en busca de algo más que el esfuerzo personal y las bibliotecas; visitando los hospitales con urgencias y tanatorio a horas intempestivas con niños o con viejos; asustada, la pobre, con no tener ni siquiera vida eterna por las amenazas de iglesias, confesiones y religiones varias, todas un buen día reveladas; camelada por el guiño indecente de los sex-shops y los lugares de alterne; perdida en cementerios como ciudades; sepultada en la noche de los barrios dormitorio; tragando fritanga a fuerza de cañas en bares de tapas; pagando facturas de dentista en restaurantes de moda; comprando el prestigio, que la coraza da al caballero andante, en concesionarios de coches; visitando el mercadillo del martes en busca de la ganga de procedencia dudosa… La felicidad sobrevive con lo que sea, aunque no lo quiera. El pueblo quedó atrás con sus viejos rincones entrañables pero ya solitarios, sin significado. Puro pasado. Abandono.

13 agosto 2007

Berlanga, 8 de diciembre.

Los arrieros del pueblo, que nunca solían ir solos, dejaban Casillas y Romanillos a su izquierda y seguían la carretera blanca hacia Barcones. Apenas dejada atrás la linde entre provincias y mucho antes de que Barcones apareciera, se desviaban con sus reatas por un camino de tierra muy sobado, antigua Galiana de la Mesta, que, por derecho, les llevaba a Arenillas y de allí a Ciruela. Así evitaban el rodeo que da la carretera para pasar por Caltojar y antes por La Riba. Los arrieros se perdían la iglesia románica de Caltojar y la ermita de San Baudelio, que está entre Caltojar y Casillas de Berlanga, pero no creo que les importara mucho. A los arrieros estas sutilezas de turistas, que se pusieron de moda en el último cuarto del siglo XX, les traían sin cuidado pues sus caminos se regían por normas viejas de subsistencia, economía y distancia. Las finezas del arte románico, de las ermitas mozárabes, de las bóvedas de palmera, de los peristilos o los misterios de los eremitas no eran para ellos cosas de utilidad inmediata, ni de méritos muy reconocidos. En Ciruela, a cuatro kilómetros de Berlanga, refrescaban o pasaban la noche, según se terciase, en la posada o venta de la Calle de la Carretera. A veces, si la cosa se daba bien, en la misma posada se hacía el trato y los interesados se evitaban el acudir a la feria de Berlanga del día siguiente, 8 de diciembre. Eran estas ventas, situadas en las encrucijadas, abundantes en pesebres para las bestias (de algunas se decía que tenían tantos pesebres como días el año) y con amplias salas para que los viajeros, al amor de la chimenea con la lumbre en un hogar a un palmo del suelo, descansasen, se protegieran de las inclemencias del tiempo, comiesen, durmiesen o tratasen. Quien allí vendía o compraba, a su conformidad, iba sobre seguro, pues en la feria se podía vender, se podía comprar o, puede, que ni lo uno ni lo otro. Pero, claro estaba, volverse al día siguiente sin ir a la feria era algo que dejaba cojo el viaje.
A la feria de Berlanga, el 8 de diciembre como se ha dicho, acudían de los contornos gran cantidad de paisanos a comprar y a vender, tampoco faltaban los tratantes, ni los gitanos, que casi lo eran de casta, y en los últimos años, antes de que se extinguiera la feria de ganado en aras de la maquinaria agrícola, hasta asturianos y cántabros que bajaban con potros menudos y montaraces de su tierra, cargados en camiones. Por todos los caminos se veía acudir a la gente con su o sus caballerías, solos o en cuadrillas, para vender, comprar, cambiar… o lo que se terciara. Luego unos volverían a casa más contentos que otros.
En la explanada de la ermita se amontonaban el personal y las caballerías. También en la zona del rollo. La zona se convertía en una amalgama de gente y animales. Caballos, yeguas, potros, asnos, pollinos, mulas, machos romos, burros enteros… Los probables compradores hacían correr a los animales tirándoles de la rienda y comprobando si estaban cojos o si no veían de algún ojo o si las mulas eran falsas… Otros les metían los dedos bajo los belfos y les descubrían los dientes para deducir la edad. Todos les miraban las patas para ver si iban calzados y si estaban bien herrados y, por supuesto, si tenían alguna herida, merma o cojera.
-¿Cuánto pides por la yegua?
-Mándame tú y ya veremos.
Los hombres se daban la mano durante el trato y, a veces, se la mantenían estrechada un buen rato mientras regateaban para acabar llegando a un acuerdo entre subidas del comprador y recortes del que quería vender:
-Dos mil quinientos duros y no te mando más.
-¡Tuya es la yegua!
Y ya no había vuelta atrás. Se finalizaba el apretón de manos con un postrer estrechamiento y aquello quedaba atado en la tierra.
A veces no se ponían de acuerdo y se soltaban las manos haciendo aspavientos ostentosos y fingiendo despecho o, a veces, incluso desprecio por lo que se les mandaba o lo que se les pedía. Según los casos. Otras veces aparecían los mediadores que, indefectiblente, proponían partir la diferencia y que fuera el menos reacio al trato el que pagara el alboroque. Sin embargo los mediadores no siempre eran de fiar, por haber sido acordada su intervención previamente por uno u otro de los interesados.
Menudeaban también los puestos ambulantes de accesorios para las caballerías, los capadores, los puestos de chucherías, la venta ambulante de gorrinos para criar y algún que otro herrador por si se terciaba vender o comprar o por si había que calzar algún animal para redondear un trato. No faltaban tampoco algunas vacas lecheras o terneros para carne.
-Tío herrador, ¿qué es ese palo con esa cuerda que le ha puesto en el morro a la mula?
-Eso, majete, es un torcedor o acial, descanso del hombre y tormento del animal.
El herrador quitaba las herraduras viejas sacando los clavos de los cascos con unas tenazas, luego con el pujavante cortaba los cascos crecidos y los nivelaba para que sobre ellos asentaran bien las herraduras nuevas y, finalmente, clavaba éstas con maestría haciendo que las puntas de los clavos asomasen a la altura conveniente del casco donde los cortaba y remachaba. Si la caballería era rebelde o nerviosa necesitaba de alguien que la tuviera y si se veían mal la ponían en el morro el duro torniquete del acial. Una cosa hecha.
La mujeres del pueblo ponían a vender sus mercancías, que eran generalmente ajos, en horcas o sueltos, y judías blancas, pintas o de bolillo, en los portales de sus casas y también, si sus casas no eran lugar de paso, en la plaza de la villa. Los viajeros que por la tarde volverían a sus pueblos llevaban algún presente que solía ser mantequilla dulce, blanca y rosa, y algún que otro bote de melocotón en almíbar para la familia que siempre esperaba que el padre les llevara algo de la feria. A la mayoría les gustaba comprarlo en la confitería del Torero que estaba bajo los soportales de la plaza y donde, ya de paso, compraban alguna participación de lotería de Navidad.
Finalizada la misión de cada uno, las tabernas del pueblo se veían concurridas y, a la hora de comer, compradores y vendedores, tratantes y comerciantes, payos y gitanos y otras hierbas ambulantes llenaban el comedor den Ca El Vallecas donde lo habitual era comer de primero judías blancas y de segundo picadillo.
Algunos echaban la espuela en el Casino o en alguno de los bares junto a la colegiata y poco a poco, según avanzaba la tarde, la muchedumbre se disolvía con la luz del día. Sí. Así era.

07 agosto 2007

La Ciudad de Viena


Uno de mis pasatiempos infantiles era quedarme con las narices pegadas al escaparate de las confiterías, mientras llenaba mis pulmones con el delicioso aroma que exhalaban estos locales por las ventilaciones de sus obradores. Si los místicos entraban en trance con sus meditaciones a mi me debía de pasar algo similar con aquellas contemplaciones y aquellos aromas. Ciertamente no eran aquellos unos tiempos en los que los niños nos viéramos hartos de pasteles.
-Un día te tengo que llevar a ”La Ciudad de Viena”, la confitería de mi amigo Ortega, a ver cuántos pasteles eres capaz de comerte, decía el tío Antonio de vez en cuando.
Cierto día, por fin, me llevó. Me presentó al dueño, el Sr. Ortega. Yo le saludé muy comedida y cortésmente mientras miraba los pasteles de reojo. Estanterías repletas, olorosas y multicolores a distintas alturas, con pasteles de distintos tamaños, formas y texturas.
-¿Te gustan los pasteles, majo?
-Sí señor, me gustan mucho.
-Pues coge de los que más te gusten y cómete los que quieras, dijo el Sr. Ortega con una sonrisa de santo.
-¿De verdad que puedo coger los que quiera?, dije con el último resto de duda educada que me quedaba.
-Pues claro, hombre. A ver cuántos eres capaz de comerte.
Obtenida la venia y casi sin creerme del todo estas últimas palabras, no perdí más tiempo. El Sr. Ortega sonreía como un filántropo cuando me comí los dos o tres primeros pasteles, mientras yo deambulaba como un observador minucioso entre las estanterías repletas. Lo que me ocurría era un milagro, no podía ser cierto, no podía durar mucho… no podía ser.
-¡Cómo disfruta la criatura! ¿Te quieres venir a trabajar a la pastelería?
No perdía yo el tiempo, a esas alturas, en contestar preguntas de compromiso. Cuando llevaba seis o siete pasteles, el Sr. Ortega miraba a mi tío con una sonrisilla nerviosa, mi tío se hacía el loco e intentó sacar algún tema de conversación que desviara la atención de mi menuda pero ocupada persona. Yo, a lo mío, concentrado como un beato iluminando un códice.
-No me entienda usted mal, amigo Antonio. No es que me duela que el chico coma más pasteles pero, ¿a ver si le van a sentar mal? ¿Cuántos llevas ya, hijo?
-Me parece que once con éste Sr. Ortega, dije con la boca llena.
Mi tío, ya totalmente azorado, se despidió rápidamente del Sr. Ortega y de los dependientes de la confitería, que ya me hacían corrillo, y me sacó del local tirándome de la mano pero casi en volandas mientras yo engullía otro pastel cogido casi al vuelo y me despedía con la boca llena y los ojos puestos en las estanterías multicolores y repletas. Ya lo decía yo…
-Adiós señor Ortega, (A qué vendrá tanta prisa…). Enseguida comprendí que en este mundo poca gente cumple con su palabra: “Come los que quieras, hijo, come los que quieras...” ¡Sí, sí...!
Mi tío me llevó a una cafetería que había en frente de la “Ciudad de Viena”, allí pedí un café con leche y un croissant, para que los pasteles se asentaran. Solamente fue una vez. Mi tío no volvió a llevarme a “La Ciudad de Viena”, pero a mí no se me ha ido de la memoria.

06 agosto 2007

Obús

Hoy, no sé si por accidente, he encontrado y abierto uno de mis viejos libros de primero de bachiller. En esa primera hoja en blanco, que los libros suelen llevar después de la pasta y antes del título o la dedicatoria del autor, aparecía algo que me ha sorprendido, era la letra firme, apretada, regular y recta de mi padre, que había puesto allí mi nombre y la dirección familiar de entonces en una ciudad provinciana que aún no conocía los distritos postales. Súbitamente he recordado en ese mismo momento que en aquel año, el de mi primer curso de bachiller, mi padre había hecho lo mismo, concienzudamente, en todos y cada uno de mis libros. Sin duda estaba orgulloso de que su hijo mayor estudiara y, con su detalle cariñoso, pretendió que yo me diera cuenta de lo partícipe que se sentía en mi recién estrenada ocupación de estudiante. Naturalmente yo no entendí entonces el detalle y así éste ha permanecido oculto allí donde él lo puso durante todos estos años. Hoy lo he redescubierto, del mismo modo que uno puede encontrar por accidente una granada o un obús sin estallar de alguna guerra pasada. Mi padre murió hace años y este pequeño obús inesperado, en forma de su caligrafía inconfundible, se ha llevado, hace apenas un momento y con un estallido sordo, un jironcillo de mis sentimientos menguados ya de inocencia pero crecidos, quiero creer, de comprensión. Ha sido un súbito, cálido y sorprendente recuerdo, aunque sea con evidente retraso, para quien tanto me quiso.

27 julio 2007

Los privilegiados.


Alguien, no se sabe instigado por quien o quizás por voluntad propia, ha conseguido que sea secuestrada una revista en España por un dibujo satírico sobre los príncipes de Asturias. Es la revista El Jueves, a la que pertenece la viñeta de la parte superior. La medida parece un poco antigua, inusual, más propia de la dictadura y, sobre todo, de una legalidad dudosa en un país con libertad de expresión. Pero parece que la casa real española tiene un estatus especial, no sólo ante la prensa sino también ante la democracia y sus instituciones. Ese estatus especial sirve para que estas cosas sean legales hasta en una democracia. Resulta extraño que un conjunto de personas que viven del erario público y que, curiosamente, no son elegidas democráticamente, tengan estos privilegios y se consideren exentas de la crítica, de la ironía y de la sátira. Nada nos puede extrañar que los obispos, por ejemplo, que tampoco son elegidos por nadie, pero que se reclaman representantes de Dios en la tierra, reclamen privilegios semejantes y aún mayores y les digan, a los españoles todos, lo que es el bien y el mal y cuál es el verdadero camino, al margen de lo que las leyes, democráticamente promulgadas, digan. Pero claro, si la realeza está legitimada por la herencia, que pasa privilegios de padres a hijos o a hijas (en un futuro), cómo no va a estar legitimada la iglesia, cuya legitimidad procede del legado divino, para sentirse exenta de las normas democráticas. Puestos en este punto las religiones, cualquiera de ellas, son mucho más importantes y trascendentes por su tradición y por su número de practicantes que una simple casa real restaurada, en este caso, por un dictador. Si se secuestra una revista por un dibujo satírico en el que aparecen personas de la casa real dando al asunto tintes delictivos, como no va a constituir un grave conflicto internacional y un delito de magnitud infinitamente mayor la publicación de unas viñetas satíricas alusivas al profeta del Islam. Seamos justos, de ser justificable lo primero, mucho más justificable es lo segundo. Esto no es serio ni razonable.

26 julio 2007

El castillo del tío Robisco.


Cuando yo era pequeño, mi tío Robisco era para mí el ogro de las siete cavernas. Corpulento, de aspecto severo, cejas pobladas, carácter fuerte y carente de paciencia y de la más mínima psicología infantil, su sola presencia era sentida por mí como una amenaza inminente. Obviamente, jamás se llevó bien con los niños, todos le parecíamos impertinentes, desobedientes y maleducados. Sus regañinas eran mucho más temibles que un par de bofetadas. La mejor táctica con él era evitar su presencia y huir con tiempo cuando su aparición se barruntaba. Si no eras avispado podías verte ayudándole a hacer trabajos desagradables y pesados una tarde entera, y, lo que era más duro, sin posibilidad de desobedecer ni protestar y muchísimo menos de escabullirte.

Un día viajando en coche con mis padres, mis hermanas y yo vimos a lo lejos las ruinas de un castillo.

-¡Papá, papá, fíjate, un castillo!
-¿Sabéis la historia de ese castillo?, dijo muy padre muy serio.
-No, ¿cuál es? ¿De quién era?
Mi padre con mucho misterio y ceremonia, poniendo una voz especial como para revelarnos un gran secreto, nos dijo:
-Ese castillo, hijos míos, era de los moros y lo fue durante muchísimos años. Sin embargo, un buen día, hace algún tiempo, acertó a pasar por aquí vuestro tío Robisco y al verlos tan campantes por el castillo, no lo pudo resistir, sintió la sangre hervir de furia, y diciendo: ¡Ahhhh rediós, malditos moros, vais a ver lo que es bueno!, se acercó hacia ellos con una estaca y los ojos inyectados de sangre, comenzó a subir por la ladera del castillo y, éste quiero, éste no quiero, acabó a estacazos con los desprevenidos y aterrorizados árabes que, de ninguna manera, se esperaban tal ataque. Además, no conforme con lo que les hizo, dejó el castillo hecho una pena. Ahí tenéis, hijos míos, lo que el tío dejó de él.
Todos los niños quedamos impresionados. Ninguno de nosotros dudó un momento de la veracidad de la historia. ¡Menudo era el tío Robisco! Yo, imaginándome en la piel de los pobres moros, temblaba ante la sola idea de ver avanzar hacia mí nada menos que al tío Robisco, con todo su mal genio desatado, sus pobladas cejas, su voz imperiosa y, además, con una estaca... Nada peor podría haberles ocurrido a los pobres sarracenos. ¡Qué mala suerte tuvieron! Después de conocer estos hechos no me resultó extraño que huyesen de España todos, como decía el profe de historia, seguramente a consecuencia del pánico que la acción de mi tío, llevada de boca en boca, causó en sus filas. Nada peor podía haberles ocurrido. También fue mala fortuna que mi tío pasara por allí. Podía haber sido otro, pero no, tuvo que ser el tío Robisco, pobres moros, pobrecillos…
Desde aquel día siempre que pasábamos por allí, fuésemos con quien fuésemos, siempre decíamos:
-Mira, el castillo del tío Robisco.
-¿Qué dicen estos niños?, decía mi tío muy mosca.

Iberia


Si aspiramos a convertir Europa en la unidad, a todos los efectos, de todos los países que la integran, la idea de Saramago de unir solamente Portugal y España queda un poco pobre y corta, casi infantil e ingenua. Sin embargo, cuántas iras ha provocado. ¿Estamos preparados para salir de nuestras mentalidades nacionalistas y aspirar a algo mejor?

18 julio 2007

Inmigrantes


“Ante el hambre de las gentes, no se pueden poner puertas al campo. A nadie se le puede prohibir migrar a otro país para evitar el hambre, mi deseo sería que ninguna persona tuviera que emigrar de su país para no morir de hambre…”. Son estas las fatuas palabras que estamos acostumbrados a oír de nuestros inteligentes políticos ante una realidad que no saben afrontar. El hambre existe. Pero no son los hambrientos los que llegan. Esos, desgraciadamente, mueren sin posibilidad de llegar a ninguna parte.
Sin embargo, yo creo que los inmigrantes que llegan aquí no vienen porque en sus países se mueran de hambre, no vienen porque allá no tengan qué comer. Vienen en pos de la nueva religión, de una religión desconocida antes para ellos, de una religión que la televisión universal y el mundo actual, tan ansiosa y obsesivamente globalizado por occidente, esparce. Vienen guiados por la nueva religión del consumismo. Por un simple: Yo quiero ser igual que vosotros, vivir igual que vosotros, tener lo que vosotros tenéis. Si es cierta vuestra democracia y todos somos iguales, ya no me podéis privar del pastel por ser mujer, por ser negro, por ser musulmán, por ser asiático, por ser hindú, por ser pobre, por ser homosexual, por ser inculto, por ser… distinto. Veremos hasta donde aguanta vuestro privilegiado mundo. Ese mundo que os habéis inventado desde vuestra pretendida supremacía. Ese mundo que, por ciegos que queráis ser, está funcionando con una opulencia que de alguna parte ha de venir y que está por ver si puede servirnos a todos sin reventar y llevarnos por delante. Los inmigrantes queremos vivir como vosotros, somos conversos de la nueva religión, de vuestra religión. El hambre hace años que aprendimos a matarla. Ahora queremos probar la veracidad de vuestros principios. Ver si vuestro sagrado sistema funciona.